Harry despertó en la enfermería. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero aún sentía un dolor muy agudo en el hombro y en la pierna, así como en la cara, sobre una mejilla. Ni bien abrió los ojos, giró la cabeza y vio que tenía vendajes en el hombro donde Bellatrix le había clavado la daga. La pierna le ardía de dolor.
Entonces quiso mirar hacia su pierna, para ver cómo estaba, y al hacerlo vio algo que lo dejó petrificado: Madam Pomfrey estaba sentada sobre él, moviéndose de forma sexual con las piernas desnudas abiertas a cada lado de él, su túnica blanca de enfermera cayendo sobre el abdomen de Harry y su cabeza hacia atrás, mientras gemía de placer, el velo blanco sobre su cabeza.
-¡Oh! ¡Oh! -gemía la mujer, con las manos sobre las caderas de Harry, mientras frotaba su cuerpo contra el de Harry, que estaba dentro suyo.
-¿Madam Pomfrey? -susurró Harry, temeroso. La mujer se pegó un sobresalto tremendo, cayó fuera del camastro y se incorporó como un resorte.
-Hola, Potter, veo que has despertado -dijo muy rápidamente, mientras se alisaba la túnica blanca sobre las piernas. Harry tenía los ojos desorbitados. -Creo que estás curado, ya he sanado todos los cortes. Puedes irte si quieres.
Dijo todo eso rapidísimo y se dio la vuelta. Pero, como cambiando de opinión, giró otra vez sobre sus talones.
-Es muy solitario estar aquí, ¿sabes? -le dijo, llevándose una mano al pecho-. Ni siquiera me permiten comer en la mesa de los profesores… Nadie piensa en mí. Solo me buscan cuando alguien se accidenta… ¡Estoy tan sola! -y con un lloriqueo, salió al trote fuera de la enfermería, avergonzada.
Harry se bajó de la camilla y vio que le habían dejado su ropa, lavada y remendada, en la mesa al lado. Se la puso a toda velocidad, ignorando el dolor que aún sentía en la pierna, que tenía también vendajes, y caminó rengueando hasta otra cama, donde vio que estaba Hermione.
-¡Hermione!
Ella entreabrió los ojos lentamente y giró la cabeza hacia él, con una sonrisita.
-¿Estás bien?
Hermione asintió.
-Madam Pomfrey dice que me golpeé la cabeza -dijo la chica, en un susurro-. Pero que estaré bien pronto. No puedo irme, por ahora.
Harry se la quedó mirando, con mucha pena.
-Lo siento mucho.
-No tienes nada que sentir. Tú me salvaste la vida. Esa bruja enferma, iba a matarme… Gracias, Harry.
Harry le hizo una caricia en el hombro suavemente, mientras ella lo miraba débilmente. No parecía estar del todo bien. Harry trató de recordar en qué momento la chica se había golpeado la cabeza, y entonces el recuerdo de Pettigrew lanzándola al piso y sacudiendo sus partes sobre su cara vino a él, seguido de un escalofrío.
-Voy a terminar con esto, Hermione -le prometió, con seriedad-. Toda esta locura que está pasando… Podrías haber muerto. Yo también. Jamás me lo habría perdonado, si…
-Tú fuiste el que me salvó, Harry -repitió ella, en un susurro, mirándolo a los ojos con algo parecido a ternura-. Y antes de eso, cuando yo quería… tú sabes… Tú dijiste que no, dijiste que te contendrías, por mí… Luchaste con todas tus fuerzas para no aprovecharte de mí, en esa situación…
-Cualquiera lo habría hecho -empezó Harry, algo incómodo, pero ella levantó una mano débilmente y tiró de su brazo, hacia ella. Harry dejó que la chica lo acercara, y entonces Hermione le acercó la cara a la suya, lentamente, y le dio un dulce beso en los labios.
Harry y Hermione se besaron despacio, él teniendo mucho cuidado de no tocar más que sus labios, con miedo a lastimarla. Luego se separaron.
-¿Eso fue… porque estás en este estado alocado en el que hemos entrado todos? -murmuró Harry, despacio.
Ella negó lentamente con la cabeza.
Entonces él le tomó la mano, y se quedaron mirando un rato.
-Será mejor que te vayas, Harry -le susurró Hermione, respirando lenta y entrecortadamente-. No pierdas el tiempo aquí conmigo… Ponte a investigar. Busca en los libros que estábamos leyendo… Quizás encuentres algo… Algo que detenga todo lo que está pasando.
Harry asintió rápidamente, decidido.
-Lo encontraré -le dijo, con seguridad-. Terminaré con esto. Cuando te recuperes, y puedas salir de aquí, el castillo habrá cambiado. Ya verás. Todo será como antes… No habrá más de toda esta locura.
Caminó a toda prisa hacia la salida y avanzó por los pasillos exteriores, bajando escaleras, pasando junto a alumnos que reían y bromeaban, otros que lucían tan serios y asustados como él, con una sensación extraña en el pecho. Una sensación muy extraña que no tenía nada que ver con toda esa locura en la que habían estado envueltos esos días.
Y decidió que no perdería un minuto. Resolvería el misterio. Tenía que hacerlo, por Hermione.
-Hola a todos -saludó la profesora Trelawney con voz misteriosa, saliendo de las sombras de su aula cubierta de chales y perfumes exóticos. Junto a ella salió Firenze, el centauro, que levantó una mano para saludar también. -Como saben, estamos viviendo unos días muy extraños… Luego del… desafortunado -no pudo evitar esbozar una sonrisita- fallecimiento de la profesora Umbridge, se me ha permitido dar clases de vuelta. Hoy Firenze y yo hemos preparado un programa muy especial para ustedes…
Ron estaba sentado en una mesa con Dean y Seamus. Pensaba en Harry y Hermione. Los había ido a ver a la enfermería unas horas atrás, pero ambos estaban inconscientes. La noticia de que dos mortífagos se habían filtrado en el castillo y habían atacado sexualmente a dos estudiantes, que luego los habían matado, era ultra secreta, y por eso mismo todo el castillo se había enterado.
-Hoy tenemos una clase del programa de Educación Sexual Mágica -siguió diciendo Trelawney-. Para empezar, nosotros dos les contaremos experiencias sexuales propias, de personas adultas con experiencia como nosotros -Firenze frunció el ceño a su lado, como si no hubieran discutido eso antes de la clase-. ¿Le gustaría empezar, Firenze?
Trelawney se apartó hacia la hoguera y se refugió en un sillón junto a ella, alzando sus lentes gigantescos a Firenze, que se puso pálido y no parecía ser capaz de hablar. Mientras lo miraba, la profesora alzó una jarra llena de jugo de calabaza, se sirvió un vaso y empezó a beber. Hacía mucho calor ese día.
-Ehhh… yoo… -empezó el centauro, muy nervioso-. Bueno, a decir verdad, los centauros tenemos sexo igual que los humanos, por supuesto. Es nuestra forma de reproducción. Pero no lo recuerdo, para ser honesto, ya que solo lo hacemos cuando los planetas se alinean en paralelo a la constelación de Orión, evento que ocurre cada doscientos años…
Trelawney se acomodó los lentes, abanicándose con la mano. Bebió otro vaso de jugo.
-¿Cómo hacen para aguantar doscientos años sin sexo? -le preguntó, impresionada-. A duras penas yo he aguantado dos semanas.
Algunos alumnos rieron, Parvati y Lavender entre ellos.
-Los centauros no pensamos demasiado en fornicar -dijo Firenze, aclarándose la garganta, muy incómodo-. Solo lo hacemos como un mecanismo de repro…
-Oh, vamos -Trelawney se puso de pie, revoleando los ojos-. De acuerdo, centauro. Si eso dice, haré como que le creo. Ahora bien, alumnos, creo que llegó el momento de que practiquemos cómo predecir las nieblas sexuales de nuestra aura.
-Creí que usted también hablaría de sus experiencias -dijo Firenze entre dientes, mirándola con recelo, pero ella hizo como que no lo escuchaba.
-Pónganse en parejas -ordenó Trelawney-. El deseo sexual se manifiesta en el aura de los magos y brujas. Aprenderemos a sentirlo, a explorarlo. Abran sus mentes… -dijo, alzando ambas manos al aire, de pronto más alocada de lo que normalmente era-. Deben aprender a abrir sus mentes… Abran sus mentes, sus mentes… Oh, sí… Oh… Abran sus mentes… Abran sus… sus anos… -puso los ojos en blanco, saboreando la bebida que acababa de beber nuevamente. Parecía en éxtasis.
Ron quedó boquiabierto, horrorizado.
-Gracias por venir, señor Flamel -dijo McGonagall, caminando por las escaleras de ingreso al castillo junto al anciano mago.
-Gracias a usted por permitirme venir, profesora -dijo Nicolas Flamel, en un tono de voz senil-. Desde que supe que Dumbledore estaba internado en San Mungo, y que aún no ha despertado, supe que corríamos peligro. Esta intrusión de dos mortífagos en su castillo es la prueba exacta de que mis predicciones resultaron, desgraciadamente, correctas. Como amigo personal de Dumbledore, no podía dejar de venir para hacer todo en cuanto esté en mi poder por protegerlos de las fuerzas del mal que intentan penetrar en el castillo.
-Sí, sí -McGonagall le lanzó una mirada de reojo, asustada-. Debo decir que pensaba que usted había… ya sabe… muerto -dijo con brusquedad, mirando su decrépito rostro que parecía pura piel y huesos.
-Nadie sabía que estoy vivo, hasta hoy -dijo él en un susurro inaudible-. Dumbledore convenció a todos de que habíamos destruido la piedra filosofal y que yo había muerto. Se encargó de difundir esa versión de los hechos por doquier, para que la gente no me volviera a perseguir, en busca de esa piedra. Pero eso jamás pasó. Sigo vivo, y con la piedra en mi poder. Ahora que el Innombrable regresó, supongo que no tiene sentido seguir ocultándolo. Él ya no necesita la piedra, porque ya ha regresado.
-Bien, ya veo. Aun estamos a tiempo para almorzar. Venga, los elfos nos servirán comida y bebida.
-Oh, qué bueno -dijo Flamel, avanzando con pasitos lentos y la boca entreabierta en una sonrisa fantasmal en su rostro cadavérico-. Estoy tan sediento…
-Bien, escuchen todos -dijo Angelina, mirando al resto del equipo. Estaban en el medio del campo de Quidditch, con sus túnicas deportivas puestas y sus escobas en la mano. -Primero que nada, quiero agradecer a Fred y a George, que accedieron a venir a este entrenamiento más temprano de lo normal, a pesar de que tuvieron que faltar a varias clases para hacerlo.
-Es un placer -dijeron los dos gemelos a la vez, con una sonrisa.
-Como saben, tenemos que suplir a varios miembros del equipo que muy probablemente no puedan jugar el partido de este sábado -dijo Angelina-. Harry está en la enfermería, Ron ha dicho que no quiere jugar, y Ginny es evidente que está sufriendo algún tipo de problema mental, ya que cuando le pregunté si jugaría con sus hermanos se puso a llorar y salió corriendo.
Angelina miró al resto de los que estaban allí: Alicia, Katie, Andrew y Jack.
-Andrew, tú serás buscador. Y tú, Jack, serás guardián. ¿Entendido?
Todos asintieron.
-Bien, a practicar.
-Qué calor hace -se quejó Fred.
-Traje algo de jugo de calabaza -dijo Alicia, sacando una jarra y sirviendo tragos a todos. Fred y George se miraron entre sí.
-Pensar que quisimos hacer una broma con esto que no funcionó -comentó Fred, sonriendo.
-¿Qué broma? -preguntó Katie, con curiosidad.
-Nada, de cualquier forma, no surtió efecto… aunque no sé por qué -dijo George, pensativo.
-Bueno, concentrémonos, por favor -dijo Angelina, bajando su vaso de un trago y volviendo a tomar su escoba-. Todos a sus posiciones, ¡vamos! Empecemos.
Snape avanzaba por los corredores del tercer piso, furioso. Su capa negra ondeaba tras él. Ginny estaba a mitad del pasillo, sentada tristemente en el pie de una armadura. Snape se detuvo ante ella, dedicándole su más profunda expresión de desprecio.
-¿Qué… demonios… se supone… que está haciendo usted aquí? -le espetó entre dientes-. ¿Ha visto la hora? ¿No debería estar en clases, jovencita?
Ginny levantó la mirada y se limpió una lágrima rápidamente, de forma disimulada.
-Detención -murmuró Snape, encolerizado-. Y si dependiera de mí, expulsión inmediata.
-¿Qué demonios le pasa? -saltó Ginny, poniéndose de pie. Snape crispaba de furia.
-¿Qué… ha dicho… Weasley?
-¡No hay nada malo en lo que estoy haciendo! La clase que tenía ahora… fue cancelada -mintió rápidamente.
-¿Qué clase era esa? -inquirió Snape, acercando su ganchuda nariz a su rostro. Ginny se agitó.
-Encantamientos -mintió de nuevo.
Snape estaba más furioso que nunca.
-Bien. En ese caso, acompáñeme, iremos de inmediato al aula del profesor Flitwick, y si no hay ninguna clase allí, como usted afirma, iremos a su despacho a hablar con él para corroborar su relato.
Ginny entornó los ojos. Respiraba con furia. Era difícil decir cuál de los dos estaba más colérico. Clavó las pupilas en las de Snape, que no se movió un centímetro. Se puso de pie, ante él.
-De acuerdo -le dijo, con dignidad, inflando el pecho.
-Oh, vaya, esto es delicioso -dijo Nicolas Flamel, bebiendo una copa rebosante de jugo de calabaza, con una sonrisa en su decrépito rostro blanco como el papel.
-El jugo de calabaza es una especialidad de Hogwarts -dijo McGonagall, en la mesa de profesores, sonriéndole al anciano mientras tomaban ese tardío almuerzo.
-Oh, válgame -dijo Flamel de pronto.
-¿Está usted bien?
-Oh, sí, sí, claro, solo comí muy deprisa -dijo él, sonrojándose. Pero cuando la profesora apartó la mirada, miró hacia abajo para ver la marca de su pene erecto contra el pantalón. Su rostro se quedó congelado. Hacía 569 años que no experimentaba aquello.
Harry estaba en la biblioteca. Tenía toda una pila de libros que hablaban sobre sexo ante él, y daba vuelta las páginas a toda prisa, sin aliento. Milagrosamente, no se sentía excitado. No tenía ganas de tener sexo. Estaba normal, por primera vez en mucho tiempo, y no se había aplicado el enfría nalguis. ¿A qué se debería aquello?
-¿Harry? -dijo una voz suave, y vio que Luna aparecía detrás de una estantería, con un libro bajo el brazo.
-Hola, Luna -dijo Harry, volviendo a mirar su libro de inmediato, en una forma silenciosa de indicarle que estaba ocupado. Pero Luna no pareció captar el mensaje, y se sentó a su lado.
-¿Qué haces?
-Estudio -dijo él, dando vuelta a toda prisa las páginas de los libros. Miró la hora. Se moría de hambre. Tanto tiempo en la enfermería sin comer ni tomar nada más que los menú light para enfermos le habían dejado un hoyo en el estómago. Moría de ganas de clavarse un buen estofado con delicioso jugo de calabaza.
Luna pareció leerle la mente, porque pronto sacó un termo de su mochila y dos vasos de plástico.
-¿Tienes sed? Siempre traigo algo de jugo conmigo -le dijo, muy sonriente-. Lo meto en este termo durante las comidas.
-Gracias -Harry tomó un rebosante vaso y bebió con ganas-. ¿No deberías estar en clases?
-A veces no voy a clases -comentó Luna, sin ningún tipo de remordimiento por ello, como si no tuviera nada de malo.
Harry siguió leyendo, hasta que de pronto sintió que se ponía duro.
"Oh, no", pensó, sufriendo por dentro. "No de nuevo…"
Y Luna pareció leerle la mente una segunda vez, porque de pronto su mano estaba sobre su pierna…
-Disipen las nieblas sexuales de sus parejas… -decía Trelawney, caminando por el aula, en torno a los sofás y puffs, donde chicos y chicas se miraban entre sí, tomados de las manos y mirando a sus parejas a los ojos. Ron sostenía a Lavender en un puff, que lo miraba de una forma que parecía indicarle que quería tener sexo con él en ese mismo momento. -Abran sus mentes… relajen sus glúteos, queridos míos, y abran sus anos. Abran sus anos, queridos míos…
Firenze no aportaba nada a la clase. Miraba desde un rincón, incómodo.
-¿Alguien ha podido ver algo?
-Yo -dijo Parvati, de inmediato. Estaba con Dean.
-¿Sí, querida?
-Dean quiere tener sexo -dijo Parvati, como si acabara de descubrir algo extraordinario del más allá.
-¡Fantástico! -la felicitó Trelawney, impresionada-. Has conseguido ver dentro de las nieblas sexuales ocultas por el velo de la vergüenza de Dean. Y déjame decirte, querida, que veo algo en tu futuro, que me indica que una relación física muy placentera viene en camino, muy pronto.
Parvati sonrió, entusiasmada. Ron chasqueó la lengua. Hubiera querido burlarse de la profesora por sus predicciones estúpidas, pero sabía que Lavender la adoraba, así que no podía burlarse con ella. Si tan solo Harry estuviera allí... Cómo deseaba que él y Hermione salieran de la enfermería pronto…
-Listo, querida -dijo Madam Pomfrey, acercándose a la cama de Hermione a toda prisa y tomándole la temperatura-. Ya estás curada, puedes irte.
-¿De verdad? -se extrañó Hermione, sentándose en la cama-. Pensé que faltaría más. Aún me siento un poco mareada.
-Sí, es por el golpe que te diste en la cabeza -le explicó la bruja-. Pero estás bien, solo te sentirás un poco confusa el resto del día por la poción contra lesiones craneales. Pero he revisado tus genitales minuciosamente, y no había ninguna lesión. Ante estos casos, de ataque sexual, hay que revisar con mucho cuidado. Pero estás bien, ya puedes irte. Descansa bien esta noche, y no te preocupes. Ya estás curada. Ah, y no comas nada pesado. Solo agua y menú liviano el día de hoy.
Dicho eso, se dio la vuelta y se marchó. No parecía tan preocupada por sus pacientes como de costumbre. Hermione la oyó murmurar: "Malditos niños, con quince años tienen más sexo que yo en décadas…"
Hermione cerró las cortinas de su cama para vestirse. Luego salió de la enfermería, caminando despacio. Tenía mucho miedo. Se sentía normal, no se sentía con aquel terrible deseo sexual, por suerte. Pero no sabía cuánto tiempo podría durar aquel respiro. ¿Se debería a que estuvo dormida en la enfermería? ¿Por eso no lo sentía? ¿O acaso toda esa locura ya había terminado?
Pero pronto supo que no se trataba de eso, porque al doblar un recodo no pudo evitar notar, por una ventana cercana, que había un par de sombras moviéndose de forma extraña en uno de los invernaderos que estaba justo debajo. Se acercó, miró con atención, y quedó con los ojos como platos al ver la lejana pero distinguible silueta de Dennis Creevey follándose a la profesora Sprout contra la pared de vidrio. Estaban dentro del invernadero, Denis la embestía contra la pared desde el interior, y los senos arrugados de la profesora estaban aplastados contra el vidrio, resbalando por él y visibles desde donde estaba ella.
Hermione se apartó de la ventana, horrorizada. Aquello era más grave de lo que había creído.
-¿Me disculpa un momento por favor, profesora?
Aterrado, Nicolas Flamel se puso de pie, tapando su erección con la larga capa de viaje, y caminó velozmente fuera del Gran Salón. Subió la escalera de mármol y buscó un baño donde no hubiera ningún estudiante. Finalmente encontró uno en uno de los pisos superiores.
Se metió dentro y se dirigió al lavamanos. Abrió la canilla y se llevó un fuerte chorro de agua a la cara. Miró su reflejo en el espejo. Era un anciano decrépito de 600 años con apariencia esquelética. Hacía siglos, literalmente, que no sentía deseo sexual. Pero ahí estaba, una erección en su pantalón y el sudor cayendo por su frente, como si fuera un joven de dieciséis años otra vez, de vuelta en el siglo XIV, en clases de la condesa Anthonyson, donde por accidente su larga pollera se había enganchado a una silla, provocando que una parte de su tobillo quedara a la vista, para el asombro de todos. Recordaba perfectamente que su padre lo había encontrado masturbándose en el baño esa tarde, y como castigo le habían colocado un calzón metálico con pinches que se clavaban en el pene si este osaba a pararse.
Mientras recordaba aquellos episodios traumáticos de su juventud, Flamel, que pensaba que estaba solo en el baño, oyó el ruido de una cadena. Alguien había terminado de usar el inodoro el uno de los cubículos que había tras él. Sorprendido y asustado, ya que ahora su capa de viaje estaba abierta y revelaba abiertamente su situación, se volvió para ver a la persona que acababa de salir del cubículo…
El sujeto se lo quedó mirando. Flamel lo miró. Él lo miró a él. Ambos se miraron.
El muchacho bajó la vista y vio la erección de Flamel.
-Oh, mierda -dijo, llevándose una mano al pecho.
-Ayúdame -dijo Flamel, con un tono de voz muy débil y agitado, deseoso de sexo, urgente.
-Qué remedio -se lamentó Malfoy. Se empezó a quitar la túnica y se acercó a Flamel, preparado.
-¿Qué demonios…? -Fred se quedó de piedra, sin poder creer lo que veían sus ojos. Incluso los gemelos, que eran expertos en mujeres, jamás habían visto algo así: Alicia Spinnet había tratado de montar su escoba, pero en vez de echar a volar, había empezar a frotar su entrepierna contra el mango, una y otra vez, sin control.
Y, para sorpresa de todos, Katie Bell la siguió. Directamente, de pie en el césped del campo, se llevó el mango de la escoba a la raja y empezó a mover la punta de la escoba por ella, con una expresión de placer en el rostro.
Andrew y Jack se miraron entre sí, luego se bajaron los pantalones deportivos y empezaron a tocarse a la vez, mientras las miraban.
Angelina fue la última, pero también la que llegó más lejos. Sin poder contenerse más, se sentó en el suelo, se quitó la túnica de Quidditch por encima de la cabeza, quedando en ropa interior, tomó su escoba, se corrió el calzón con una mano y se introdujo el mango de la escoba cinco centímetros dentro.
-Muy bien, señorita Weasley -dijo Snape, mirando el interior del aula de Flitwick desde afuera, sin entrar, solo entornando la puerta-. Tal parece ser que el profesor Flitwick está dando clases con absoluta normalidad, a alumnos de… séptimo, si no me falla la vista. Con lo cual usted ni siquiera tenía clases de Encantamientos a esta hora -la miró fijamente, clavándole los ojos negros, que denotaban triunfo-. Usted es una mentirosa, una embustera. Solo para empezar, descontaré en este mismo momento… veamos… doscientos puntos a Gryffindor.
Ginny abrió la boca de par en par, sin poder creerlo.
-Por ser una asquerosa embustera, holgazana, por atreverse a mirarme a los ojos y a mentirme -le fue espetando, acercándose a ella con cada palabra cargada de odio, mientras se le acercaba mirándola de cerca-. Y por ser una mugrosa traidora a la sangre.
Al oír esas últimas palabras, Ginny sintió que le hervía la sangre. Sin pensar en lo que hacía, levantó la mano y le encajó una bofetada en la cara a Snape que le dio vuelta el rostro hasta el otro lado. El profesor quedó pálido. Volvió a abrir la boca, al parecer para insultarla nuevamente, pero entonces Ginny, que ya no podía más con todo aquello, y ya no le importaba ni que la expulsen, abrió los labios y le encajó un escupitajo en la cara.
Snape se quedó de piedra. Le chorreaba la saliva de Ginny por la ganchuda nariz y por los labios. La cara que tenía era tan terrible que Ginny no sabía si iba a expulsara o a pegarle. O si simplemente se quedaría allí, con esa tensión que se cortaba con un cuchillo, hasta que explotara como una bomba.
El rostro del profesor pasó del blanco papel al rojo intenso, luego se puso verde, y luego blanco otra vez. Se llevó un dedo a la nariz, tocó la saliva de Ginny, se quedó mirando su dedo brilloso y entonces se lo llevó a los labios. Ginny quedó de piedra al ver a Snape chupándose los dedos, mientras la miraba con un brillo extraño en los ojos.
-Es hora de que alguien te enseñe modales, jovencita -le dijo, acercándose más a ella-. Ven conmigo. Es una orden.
Ginny fue tras él, sin saber qué pasaría a continuación. Aterrada, dobló con él un recodo. Pero Snape no parecía estar llevándola al despacho de la directora, sino a… ¿un baño?
Harry respiraba agitado. Tenía el enorme libro titulado Cómo provocarle un orgasmo a una bruja con tres simples hechizos abierto delante de él, tapando tanto como fuera posible de aquella mesa de la biblioteca a la mirada ajena. Porque Luna, sentada a su lado y fingiendo mucho interés en el libro, reclinándose sobre él, tenía la mano dentro de su pantalón y lo masturbaba cerrando toda la mano en su miembro.
A su alrededor había otros jóvenes, concentrados en sus deberes, estudiando y caminando ante ellos hacia las estanterías, para tomar libros y regresar a sus asientos. Harry podía notar que todos estaban como ellos: calientes, deseosos de sexo. Pero parecían contenerse, de alguna forma. ¿O quizás no? Notó que varios se ponían de pie y caminaban en dirección a los baños, incómodos. ¿Cuántas veces por hora se masturbaría cada uno de ellos, para poder aguantar?
Mientras Harry movía su propia mano, la pasaba por el borde del pantalón de jean de Luna y la metía dentro, tocándole la ropa interior, se sintió culpable por Hermione. Se habían besado, y había sido un momento lindo e incluso romántico. Había sido un momento donde ninguno de los dos estaba bajo esos efectos de calentura incontrolables. Pero ahora estos habían vuelto a él, y no podía esperar ni un minuto más. Necesitaba sexo.
-Vamos allá -le indicó a Luna con la cabeza. Los dos se pusieron de pie y avanzaron hacia una sección apartada donde no había nadie. Se metieron, fingiendo que buscaban un libro, tras la estantería más lejana. Una vez allí, Luna apuntó a Harry con la varita y exclamó "¡Condom!". Harry sintió que se calentaba más aún. Arrinconó a la chica contra una estantería y le rodeó la cintura con los brazos. Ella alzó sus ojos azules a él y le sonrió.
Empezaron a besarse. Harry se apoyó en ella rápidamente. Le desabotonó el pantalón, bajó el cierre y se lo bajó varios centímetros. Mientras se besaban en los labios, movió todos los dedos de su mano izquierda en su vagina, por arriba del calzón. Luna estaba caliente y emanaba el deseo por toda su piel. Le bajó el pantalón a él y sacó su pene afuera. Harry se lo apretó contra el calzón, aplastándola contra la estantería detrás. Un par de libros cayeron al suelo, pero no les importó. Cualquier persona podía aparecer allí en cualquier momento, para buscar un libro, pero no les importó tampoco.
Se besaron con más ganas, sus lenguas encontrándose en sus bocas. Luna besaba de una forma apasionada y desesperada, como si algo enorme dentro suyo rugiera por dentro y la enloqueciera más con cada segundo. Lo tomó del trasero y le hizo presión contra ella. Harry le bajó el calzón hasta las rodillas, luego se sujetó el pene y se lo introdujo despacio adentro. Luna se apretaba los labios, sin dejar de clavarle sus enormes ojos azules en los de él mientras lo sentía entrar.
Harry se movió dentro suyo, adentro y afuera. Luna le metió una mano dentro de la camiseta y le arañó la espalda. Lo atrajo más hacia sí y empezó a respirar con su boca abierta varios centímetros, gemidos ahogados y agudos saliendo de ella. Harry le mordió el labio inferior. Luego empezó a chuparle el cuello, que estaba caliente, con su sangre fluyendo a toda velocidad, mientras la penetraba contra la estantería de libros. Abrió los ojos y miró hacia abajo. Los grandes glúteos de Luna se clavaban contra el lomo de una colección de libros de Transformaciones que él mismo había leído varios años atrás, de un nivel inferior. Tuvo el absurdo y alocado pensamiento de que algún chico de segundo año tomaría esos libros para hacer sus deberes más tarde, y presionó a Luna aún más contra ellos, en ese arranque de locura.
La chica estaba húmeda y caliente. Harry vio que con las piernas terminaba de quitarse el jean y el calzón, que quedaron en el suelo, y alzaba ambas piernas en el aire, colocándolas detrás de Harry. Este la tomó de las nalgas para sostenerla mejor, le apoyó la espalda contra enormes tomos de libros sobre criaturas mágicas, y empezó a moverla contra sí mismo, guiándola con las dos manos, que estaban abiertas sobre sus glúteos, mientras ella le apretaba su trasero con los pies, que estaban cruzados tras él, y agitaba su cabello rubio en el aire, al mover la cabeza hacia atrás, moviéndose rápidamente ella también sobre él.
-Siéntanlo -decía Trelawney, que parecía poseída por extrañas fuerzas cósmicas, avanzando entre las mesas de la sofocante aula de Adivinación, cuyos perfumes ahora mareaban a todos más que nunca, haciéndolos sentir más deseosos que nunca de tener sexo-. Sientan la energía sexual de sus parejas… Sientan el deseo… fluir por su sangre… por su pecho…
Empezó a tocarse los pechos a sí misma. Pero nadie le prestaba atención. Todos acariciaban las manos de sus parejas, y luego sus brazos. Y, pronto, como hipnotizados, todos se acercaron más a sus parejas y empezaron a acariciarles los hombros, los brazos, las piernas…
-Ohh… sientan la energía sexual -decía Trelawney, apoyando el trasero sobre la mesa de Parvati y pasándose un dedo por encima de sus chales, en la zona de la entrepierna-. No la retengan. Disfrútenla. ¡Gócenla! ¡OOOOHHHHHHHHHHH!
Empezó a gemir, mientras se quitaba los chales, sin dejar de tocarse a sí misma. Ron se besaba con Lavender en el mismo puff, que pronto empezó a quitarle la ropa. Todos a su alrededor se desvestían, a la vez, poseídos por una energía sexual incontenible que flotaba en toda el aula.
Nicolas Flamel y Malfoy se besaban con locura. Malfoy se apoyaba sobre el anciano mago y le quitaba la ropa, contra el lavamanos. Se tocaban el pene mutuamente, gimiendo de placer. Flamel estaba extasiado. Le tiraba de las mangas de la camisa, fuera de sí, moviéndose contra él, frotando sus penes entre sí…
Entonces, la puerta de entrada del baño se abrió y ambos se llevaron un sobresalto.
Malfoy miró, aterrado, al profesor Snape entrar al baño tirando de la blusa de Ginny Weasley.
Por un momento, los cuatro se miraron entre sí, algo confundidos, algo asustados, algo calientes. Entonces, todos se empezaron a desnudar a la vez.
Ginny se quitó la blusa y sus enormes tetas colgaron fuera, libres. Se chupó un dedo y se lo pasó por un pezón, mirando a Snape con deseo. Este se quitó toda la ropa, quedando desnudo en medio del baño, su pene duro ante ellos. Flamel se terminó de quitar los pantalones y se arrodilló en el suelo, en cuatro patas, pidiendo que lo penetraran con agudos gemiditos.
Malfoy se quitó toda la ropa, mientras acariciaba la desnuda espalda de Flamel con una mano y un desnudo pecho de Ginny con la otra.
Fred besaba a Angelina, metiéndole más adentro el mango de la escoba, con la mano. Cuando lo sacaba, el palo de madera de la escoba brillaba al sol con el líquido que salía de la vagina de la chica. Junto a ellos, George usaba su varita para meter las otras dos escobas dentro de Katie y Alicia, haciéndolas entrar y salir por turnos. Las tres chicas gemían de placer, mientras los gemelos las masturbaban con las escobas. Andrew y Jack se tocaban a ellos mismos, mirando la escena. Andrew caminó hasta Alicia, que lo había llamado con un dedo, y la chica empezó a darle sexo oral, mientras la escoba se metía dentro suyo.
Hermione entró a la biblioteca, buscando a Harry. Quería decirle que ya estaba bien, que no sentía más ningún deseo sexual, que estaba mejor que nunca desde hacía todos esos días, solo con un poco de mareo, y que estaba lista para que juntos investigaran qué era lo que estaba pasando en el castillo.
Luego de pensar en todo lo que Harry había hecho por ella, de pronto sentía un torrente de emociones hacia el chico que hasta ese día había sido su amigo, y ahora despertaba en ella algo totalmente diferente. Quería decirle una vez más lo agradecida que estaba con él, y lo importante que había sido para ella…
Pero entonces, mientras avanzaba entre las estanterías, buscándolo, lo encontró. Al doblar en una de las partes más alejadas de la biblioteca, pudo ver a Harry. Estaba desnudo. Y con Luna Lovegood. Ambos se movían como locos, tenían sexo contra una estantería. No la vieron, estaban muy concentrados y en un ángulo en el que otra de las estanterías la bloqueaba a ella de la vista.
Hermione los miró, y su expresión cambió. Algo muy parecido a la decepción se reflejó en su cara. Se quedó mirándolos unos segundos. Luego miró el suelo, se dio la vuelta y se marchó de allí.
