Su respiración era pesada, cada segundo que se mantenía de pie le causaba calambres en todo el cuerpo, sus brazos y piernas estaban adormecidas y adoloridas a causa del estrés físico al que estaban siendo sometidas; el peso de su propio cuerpo parecía haber sido multiplicado por cientos, apenas y lograba no caer de cara contra el suelo por suerte. Su mirada comenzaba a volverse borrosa a causa de la polvareda que se había levantado por todo lo que estaba sucediendo, su cabeza retumbaba incesantemente mientras trataba de soportar un poco más, si caía desmayado seguramente Reborn lo cortaría ahí y no le permitiría conseguir su objetivo, quería seguir aunque fuera un instante más, solo un poco, llevar a su cuerpo al límite máximo que pudiera.

Gokudera, el chico que llegó esa misma mañana a la escuela, pasó todas las clases mirándolo con odio desde atrás, dejándolo saber que sus intenciones para él no eran ni buenas ni bonitas, tenía la misma pesadez que Reborn y su padre, pero en un nivel bastante menor, como si no hubiese desarrollado su instinto asesino por completo; igualmente era suficiente para que Tsuna lo notara mucho y se estremeciera ante las distintas paranoias que cruzaban su mente.

Cuando llegó la hora del almuerzo, salió del aula rápidamente, quería morir pacíficamente, ser asesinado por un estudiante de su edad no sonaba muy atrayente para él y decidió evitar un conflicto directo, esperaba que luego de un par de días se olvidara de él y lo dejara en paz, no quería nada más que estar tranquilo al menos en clases, ya tenía suficiente con las torturas a las que era sometido por causa de Reborn en casa. Un escalofrío recorrió su espalda mientras chocaba contra tres estudiantes de último grado, eran mucho más altos y grandes que él, además de portar una sonrisa que no podía significar nada bueno; pero no eran nada comparado con la gente que se había cruzado hasta ese momento, por lo que ni siquiera les prestó la suficiente atención como para asustarse, simplemente se disculpó por lo bajo por el empujón y salió al patio trasero por una pequeña puerta que había en el pasillo.

Junto a la puerta, se encontraba el chico que estaba tratando de evitar, el ceño molesto de su rostro y su odio no habían desaparecido, incluso se había marcado mucho más, como si acabase de ver algo que le causara mucha más molestia que la que ya tenía arraigada en su interior; un empujón por su parte fue suficiente para apartar a Tsuna de la puerta, haciéndolo tropezar y caer al piso detrás de él mientras lo miraba. No tenía nada que hacer, no sería capaz de escapar de ahí, no había ninguna ruta libre y sus capacidades físicas no serían suficientes para poder levantarse tan rápido, seguramente terminaría tropezando de nuevo y quedaría aún más a su merced; el ver todo perdido, despertó sus instintos suicidas –si es que se les puede llamar así-, decidió que se quedaría quieto mientras recibía la paliza del chico nuevo en silencio, no valía la pena intentar defenderse, no sería capaz.

—Eres patético, no entiendo como el Noveno pudo seleccionarte para ser el sucesor del poder de Vongola —. La ronca voz del joven, seguramente a causa del cigarro que tenía en la boca, viajó hasta sus oídos y entendió lo que sucedía.

Desde su llegada, el bebé no paraba de repetir que era el mejor asesino a sueldo, además de ser el más grande e increíble de todos, había escuchado el nombre de Vongola repetidas veces, según Reborn, era una familia mafiosa con la cual estaba directamente conectado por sangre, siendo seleccionado como para candidato a volverse el jefe de la siguiente generación a causa de esto; le parecía la cosa más estúpida del mundo, no tenía nada de sentido que algo así pudiese suceder, era tan surrealista que Tsuna dejó de escuchar al pequeño mafioso cuando comenzaba a decir cosas de la índole, terminando golpeado gran parte de las veces; le tomó por sorpresa que una persona más también llegase hablando de las mismas cosas, pero no le importaba más. Si de verdad era parte de la mafia y estaba ahí para matarlo, le ahorraría el trabajo de hacerlo por sí mismo, no era la forma de morir más increíble y valiente, pero si así debía ser, lo aceptaría.

Un disparó retumbó a espaldas del chico con pelo plateado, Tsuna lo reconoció durante el instante en que fue golpeado por la bala, Reborn le había disparado con la bala de la Última voluntad de nuevo, su cuerpo volvió a ponerse demasiado sensible ante todo lo que ocurría a su alrededor, sus pensamientos comenzaban a arremolinarse de nuevo mientras miraba distintos eventos de los que se arrepintió durante su vida; la idea de que no tenía sentido sufrir por hacer algo mal, porque siempre hacía todo mal, reapareció, impidiendo la actitud explosiva que había presentado en el combate contra Mochida. En su rostro solo había un gesto inexpresivo, su mirada era opaca y nublada, como la visión de un marinero que se pierde en altamar y no logra encontrar las estrellas que guíen su camino de vuelta a tierra firme. La molestia de Reborn reapareció, odiaba no entender con exactitud cada cosa que sucedía, especialmente si se trataba sobre su trabajo, le molestaba que, de un día para otro, todo lo que Tsuna había demostrado contra Mochida se fuese a la basura, volviendo a la actitud tristona y depresiva de antes.

—Si lo matas, podrás volverte el décimo jefe de Vongola, como lo prometí —. Por más molesto que estuviera, no permitiría que su torpe estudiante descubriese lo que estaba pasando; simplemente saltó a un lado para ver la pelea que se desarrollaría en ese instante. Por su mente pasó algo: «Tal vez Gokudera logre despertar ese instinto de nuevo».

Sin esperar un segundo más luego de que Reborn anunció eso último, Hayato apareció algunas cargas de dinamita, las cuales encendió rápidamente con el cigarrillo en su boca; Tsuna escuchó de fondo como Reborn explicaba que era conocido como 'Smoking bomb' y que era capaz de esconder bombas en cualquier parte de su cuerpo, pero el sonido fue completamente tapado por las explosiones que comenzaron a sonar a su alrededor. La fuerza del impacto lo arrojó hacia tras, rasgando su ropa y llenándolo de ceniza por el golpe que recibió; su rostro enrojeció por los rasguños de las piedras que se levantaron por la fuerza y le hicieron pequeños cortes, a la vez que el aire abandonaba su cuerpo durante unos segundos por haber chocado directo contra el muro a sus espaldas, si no hubiese sido por la liberación de sus limitadores físicos a causa de la bala, probablemente estaría bastante más lastimado.

Se puso de pie sin mayor dificultad, su cuerpo aguantaría bastante daño durante un largo rato a causa de la Última voluntad, algo que molestó muchísimo al chico que estaba atacándolo, que no paraba de pensar: «¡¿Cómo puedo resistirlo tan fácilmente y seguir con esa cara de no importarle nada?!»

Como si estuviese leyendo sus pensamientos, Tsuna reafirmó los pensamientos de Gokudera, dejándole en claro que era más fuerte de lo que pensaba sin siquiera intentarlo, pero no fue con la intención de ser superior, en ese momento no había algo que le importase menos que el ego, era estúpido sentirse mejor que otra persona solo porque tenía una ventaja gracias a su pequeño tutor; sentía cierto deseo de demostrarse a sí mismo y a Reborn que la bala no era suficiente para automáticamente hacerlo invencible, debía tener debilidades, no era inmortal, eso era obvio, simplemente su cuerpo aguantaba mucho mejor los daños que antes. Si algo o alguien podían acabar con su vida estando en ese modo, definitivamente las cargas de dinamita deberían ser una posibilidad bastante alta, sus instintos comenzaban a evolucionar cada vez más, aunque no en el aspecto que sería "normal", sino al contrario: cada vez tenía más ganas de morir, como si le generase cierto placer o atracción la idea de ser asesinado, de demostrar que tenía razón al querer terminar con todo porque no era capaz de sobrevivir, si no podía mantenerse vivo, tampoco podría hacer nada más; era una especie de autocompasión para poder tener un pretexto para rendirse.

—Si quieres acabar con mi vida, ¡necesitarás más que eso! —dijo con un ligero tono de explosividad, seguía sin ser comparable a la vez anterior que estuvo en ese modo, pero era distinta a la primera vez. No lo hizo como reto, pensaba que era una motivación para su 'rival', no lo consideraba así, para animarlo a lograrlo.

Los siguientes cuatro minutos podrían considerarse una paliza, el castaño no opuso ninguna resistencia a los imparables ataques de su compañero de clase, recibió cada explosión mientras el daño se acumulaba en su cuerpo, no sentía dolor, su tolerancia normal era mucho más baja que eso, estaba comenzando a frustrarse de que no funcionara; había visto como la cantidad de bombas había ido aumentando gradualmente, incluso recibió el doble de bombas varias veces, pero seguía sin surtir efecto, solo lograba ser derribado, logrando levantarse un par de segundos después; deseaba que la rabia que se acumulaba en Hayato fuera suficiente para que su fuerza de ataque aumentara, acercándose cada vez más a morir, comenzaba a aburrirse, el efecto de placer había desaparecido un par de segundos después de aparecer, comenzaba a preocuparse de que no funcionara y solo terminara sufriendo enormes daños una vez terminara, si ser torturado ya era mucho, serlo mientras estaba herido sería peor. Quería morir, no sufrir, el dolor no le gustaba en lo más mínimo y la idea de alargarlo sin sentido parecía solo llevar a eso; llegó a sentir ganas de querer ir a pelear solo para ganar y no recibir daño, pero un ligero orgullo apareció y se lo impidió.

El tiempo de la bala terminaría pronto, perdió toda noción del tiempo por los ataques, pero no debía quedar demasiado, tenía que decidir si huir para no salir lastimado o tener fe en que el joven lo terminase matando; Gokudera también debía estar cerca de su límite, estaba tan frustrado que lo vio sacar montones de dinamita mientras gritaba: —TRIPLE BOMB


Se sentía como un payaso, entendía que su rival era el seleccionado para ser el próximo líder de la familia Vongola, pero era estúpidamente irreal que resistiera tanto, estaba quedando como imbécil ante un chico que no era, ni en lo más mínimo, respetado por sus compañeros de clase; su intención inicial nunca fue matarlo, solo estaba ahí para probar su valía como candidato, pero su actitud y comentarios solo lograban ponerlo de malas, además del incesante golpeteo en su pecho, sentía como si fuese a explotar por presión acumulada, sus latidos eran molestos y desesperados, bajaban a su estómago y todo su cuerpo se enfriaba, como si su sangre desapareciera, odiaba sentirse así. Los recuerdos de su familia volvieron a él, la primera vez que se sintió así fue cuando era pequeño, su madre había muerto un par de días atrás en un horrible accidente de auto y su padre no parecía preocupado en lo más mínimo, lo seguía forzando a tocar el piano en las fiestas que hacía; estaba harto.

El pequeño se frustraba de que las cosas fueran así, siempre se preguntó por qué debía vivir con un hombre que no lo quería, lo único que hacía que valiera la pena eran las visitas que su madre realizaba cada semana, pero siempre terminaban y nunca podía irse con ella. Estaba condenado a vivir bajo una máscara de algo que no era, y solo para poder ver a la única persona que quería por lo menos por un par de horas, pero ya ni eso tenía, su madre murió de forma muy extraña, estaba completamente seguro de que fue mandada a asesinar por su padre, odiaba ahí y solo esperaba la más mínima oportunidad para escapar –ya lo había intentado varias veces, pero siempre era encontrado por su hermanastra o atrapado por los guardias del castillo donde vivía-. Odiaba a esas dos mujeres incluso más de lo que odiaba a su progenitor, siempre lo trataban como si fuera estúpido y ellas superiores, lo miraban por encima del hombro por ser el bastardo de la familia; no soportaba ese trato, siempre le hacía sentir inflado, como si su torso entero se comprimiera a la vez que se inflaba, le causaba náuseas, mareo y dolor de cabeza enormemente, no quería sentirse así nunca más.

Cuando logró escapar de su casa, logró entrenarse para ser un buen mafioso, un asesino, que también era médico, le enseñó lo básico para utilizar la dinamita, pero nunca más le continuó enseñando, tuvo que aprender por cuenta propia todo lo que sabía, se ganó un lugar en la mafia a pesar de su corta edad por mérito propio, incluso su nombre se hizo conocido por su habilidad y talento a la hora de utilizar las cargas explosivas, no necesitaba a nadie para sobrevivir y ser fuerte, ya lo era por cuenta propia; se prometió a sí mismo que nadie lo pisotearía, que sería el mejor en lo que hacía para que ninguna otra persona pudiese tratarlo como si fuera menos; pero ahí estaba, sintiéndose humillado por una cosa tan simple, ninguno de sus ataques estaba siendo eficaz, parecía que se enfrentaba a un monstruo imposible de derrotar para él, lo único que tenía estaba siendo arrebatado por ese pequeño de pelo castaño, estaba harto de eso.

Sacó toda la dinamita que quedaba escondida en su cuerpo, la cantidad justa para su ataque final, daría todo para demostrarle que no podía pisotearlo como si no valiese nada, cumpliría la promesa que se hizo a sí mismo y le demostraría a su estúpida familia que era especial y no los necesitaba. Gritó el nombre del ataque a la vez que lo lanzaba, era el triple de lo que estaba acostumbrado a utilizar, aún no lo dominaba por completo, había apostado todo en una técnica que no dominaba y que no era eficaz si fallaba; muchas bombas no lograron ser lanzadas, quedándose atoradas en su ropa, cayendo a su alrededor o volando por encima de él, por lo menos la mitad se quedó cerca de él, el resto estaban de camino hacia Tsuna. Sería el fin.

«¡Estúpidas piernas, muévanse!». La desesperación comenzaba a apoderarse de él, tenía miedo, arruinó todo con su falla y ahora estaba en peligro de morir, había gastado toda su energía y ya no podía moverse, su cuerpo le fallaba y no le respondía Supongo es el fin —susurró suavemente para sí mismo, una pequeña sonrisa lastimera apareció en sus labios mientras aceptaba su inminente final.

Sintió un fuerte empujón, algo impactó contra su abdomen y lo arrojó hacia atrás varios metros, estaba seguro de que no había sido la explosión de todas las bombas, el impacto fue diferente y se sintió más como un empujón, además de que no escuchó que detonaran; confirmando sus sospechas, todas las dinamitas explotaron mientras su cuerpo se estrellaba contra algo detrás de él, seguramente un árbol del pequeño patio trasero. Perdió la conciencia y no logró ver qué fue lo que pasó entre la enorme polvareda.


Un par de minutos pasaron después de la pelea, su cuerpo estaba completamente agotado y solo logró quedar tirado contra el suelo, trataba de recuperar el aliento con largas bocanadas, sabía que quedarse había sido la elección incorrecta, ahora estaría lastimado por un par de días sin recibir piedad por parte de su verdugo, tal vez podría encontrar una forma de escapar de Reborn si se lo proponía, pero estaba seguro de no tener la capacidad mental para eso, luego de volver a la normalidad, regresó la autocompasión y las dudas en sí mismo lo comían por completo, se sentía perdido entre todo lo que estaba pasando. Hubiese preferido huir de ahí, salir ileso al menos haría más simple el soportar los entrenamientos que recibía, pero el odio y asco que hubiese sentido hacia sí mismo se vería multiplicado; jamás sería capaz de abandonar a una persona que estaba en peligro de morir, mucho menos si era por su culpa.

En el último instante, cuando vio venir el ataque, sabía que ya no le quedaba más tiempo de esa enorme resistencia, tenía que huir, pero visualizó a Gokudera, su rostro fue suficiente para entender todo: estaba en peligro; no le importaba que estaba intentando matarlo, ni siquiera le importaba si terminaba dañado gravemente por lo que estaba a punto de hacer, no podía simplemente hacerse el loco y desaparecer de ahí. Estaba dispuesto a morir y muchas veces incluso lo deseaba, pero no disfrutaba la idea de que más personas terminasen sucumbiendo ante eso por su culpa, hasta donde entendía, todo el mundo tenía algo por lo que vivir, que él se deshizo del único lazo que le daba ganas de continuar viviendo no estaba relacionado con terminar forzando a otro a romperlos.

Se lanzó contra él, uso los segundos finales de la Última voluntad para empujarlo fuera del camino, cayendo un poco alejado de la zona donde se habían acumulado las bombas por el regreso de los limitantes, su torpeza había hecho entrada en un momento muy inoportuno, igual que siempre, incluso fue cómico sentir la enorme explosión empujarlo y dañarlo mientras resentía todos los golpes causados durante la pelea; definitivamente odiaba la parte de sí que había decidido que morir entre explosiones era una buena idea, ni siquiera lo había conseguido y no era nada disfrutable, era doloroso y horrible, prefería una muerte tranquila o rápida de ser posible. Esas ideas fueron lo único que lo mantuvieron consciente, dejando que toda la tensión abandonara su cuerpo cuando notó que Gokudera estaba bien, que solo había recibido un impacto contra el árbol; no sabía por qué estaba tan seguro de que estaba fuera de peligro, pero algo dentro de él le decía que podía estar tranquilo y que no le pasaría nada. Terminó cayendo desmayado un par de segundos después, no podía aguantar más.

Todo se oscureció, parecía que desapareció del mundo, o tal vez todo el Universo había desaparecido y él era lo único que existía en ese vacío, sus sentidos estaban alterados de forma extraña: sentía que tocaba, pero no podía sujetar ni tocar nada; podía oír, pero ningún sonido existía a su alrededor; sus ojos veían, aunque no había luz que pudieran captar; era un espacio perdido, su mente era lo único que seguía funcionando con normalidad, razonaba perfectamente, trataba de descubrir lo que sucedía a su alrededor y buscaba desesperadamente una solución a su estado actual, ¿había muerto? Era posible, sentía que podría ser similar a lo que sucedía, que todo se perdía y lo único con lo que podía interactuar era con su propia mente, un castigo para toda la eternidad. Si tuviese que relacionarlo con una experiencia que pudo vivir, era como tener un sueño lúcido, podía controlar lo que sucedía hasta cierto punto, pero no era completamente el dueño de su realidad, solo era una falsa sensación de autocontrol, una desesperación absoluta; el libre albedrio parecía existir solo para burlarse de la ilusión que tenía de ser libre, exactamente igual que vivir.

La percepción del tiempo se perdía entre todo a su alrededor, o en la nada, no sabía cuál era la forma correcta de mencionarlo; su cuerpo estaba tenso, podía notarlo, sentía como sus músculos se apretaban fuertemente mientras su respiración se reducía, era extraño porque no se sentía en su cuerpo, parecía un toque fantasma que estaba ahí y a la vez no; odiaba muchísimo ese estado, no soportaba la idea de estar encerrado en un abismo donde todo lo que sucedía, no lo hacía en verdad, prefería el dolor por encima de eso, estaba muy seguro, el dolor al menos era palpable de alguna manera.

Como si hubiese dicho la palabra mágica, su cuerpo reaccionó en automático, sintió como si un vórtice succionara su ser fuertemente hacia su interior, como si se hubiese vuelto un agujero negro que se absorbía a sí mismo. Un fuerte impulso por inhalar aire recorrió cada fibra de su cuerpo cuando recuperó la conciencia, un enorme frío le recorrió, su sangre se helaba y sus extremidades perdían la sensibilidad, sentía que se había encontrado congelado durante bastante tiempo y recién recuperaba la capacidad de respirar; el oxígeno siendo transformado en sus pulmones, los latidos de su corazón bombeando sangre a todos sus órganos, sus ojos percibiendo cada rincón de la habitación, se sentía vivo, demasiado para su gusto. Tomó un par de segundos regular la entrada de aire, hasta que no lo consiguió le costó darse cuenta del lugar en el que estaba: una habitación blanca, pequeña y bastante vacía, solo había un par de camillas más, además de la de él, un escritorio y pequeñas cortinas que las separaban; había estado ahí algunas veces, bastantes, por culpa de su torpeza, la enfermería era un lugar que no le gustaba.

A su lado estaba el encargado de que terminase en ese lugar, se encontraba en un estado tan indefenso que era difícil de creer que fuera un asesino capaz de hacer explotar a cualquier persona que se interpusiese en su camino; la reacción automática de su cuerpo al verlo fue un escalofrío de miedo, si se hubiese despertado después que él, tal vez ahora estaría completamente muerto, pero, de cierta manera, él era quien tenía la ventaja en ese momento, podría evitarse más peleas y momentos estúpidos si simplemente terminara con su vida en ese instante; la idea cruzó por su mente durante un solo instante, solo un segundo fue suficiente para que sintiera aún más asco de sí mismo, no podía creer que se le hubiese pasado por la mente que asesinar a alguien sería la manera fácil de terminar con algo, le daba asco el haber considerado esa posibilidad por más mínimo que fuera.

No lo había notado hasta ese momento, cuando la otra persona en la habitación decidió mostrarse para aprovechar lo que se le había pasado por la mente al castaño, el pequeño bebé saltó a la cama de Tsuna y mientras le apuntaba con su arma dijo en un tono muy serio, incluso más de lo normal, algo que aterró a Tsuna:

—Si se te pasó por la mente matarlo, ¿por qué simplemente no lo haces? te dije que eres parte de los Vongola y te volverás su líder, no podrás evitar matar por siempre, acepta tu destino y comienza ahora.

Un enorme yunque se posó en sus hombros, metafóricamente, se sentía completamente aplastado por la presión, el instinto asesino de Reborn no paraba de fluir en su dirección, era aterrador y le cortó todas las palabras en la garganta, un enorme nudo apareció, no tenía nada con lo que defenderse, no podía quejarse porque al final de cuentas él era quien había provocado esa actitud del pequeño; él estaba decidido a no asesinar, no era una idea que le atrajera, no quería matar a alguien por más horribles que fueran sus actos, era una idea terrible, tenía miedo incluso con solo pensarlo.

—Jamás asesinaré a alguien. No me importa lo que digas, no sucederá, no soy así, no soy parte de la mafia y jamás lo seré, mucho menos me volveré un asesino —. Incluso él mismo estaba sorprendido por la seriedad con la que las palabras dejaron su cuerpo, era igual que el día en que casi se lanzó del tejado –cuando sí cayó, pero no le sucedió nada-, estaba completamente seguro y su mente desbloqueaba esa parte de él que no conocía.

Una sonrisa se dibujó en el rostro del bebé, la cual ocultó hábilmente con el borde de su sombrero, se dio media vuelta mientras un tono burlón cubría las siguientes palabras que dijo—: El suicidio también es asesinato, acabas de hacer una promesa contigo mismo, si la rompes, terminarás en el purgatorio; lo que sentiste estando inconsciente no se acercará en lo más mínimo a la tortura que vivirás si rompes el trato.


Pudo esperar cualquier cosa, estaba preparado para afrontar al chico del pelo plateado cuando intentara matarlo, suponía que terminaría enfrascado en situaciones igual de bizarras desde ese momento; estaba tan seguro que sería malo estar cerca de Gokudera, que quedó completamente fuera de sí cuando lo vio arrodillarse delante de él, gritándole que por favor lo disculpara y que le debía la vida; Reborn le explicó que en la mafia se toman muy en serio la importancia de la vida de una persona, si alguien te salva de la muerte, automáticamente le debes todo lo que eres, odiaba la idea, era casi como ser el dueño de su compañero y ya era bastante extraño sin ese factor extra. Por más que lo intentó, no pudo quitarse de encima al chico, así que al final terminó dejando de protestar ante el nuevo título con el que se refería a él: «¡Décimo!», incluso siempre lo gritaba, como si fuera parte del sobrenombre; se sentía un pasó más cerca de la mafia y no podía quitarse de la mente que eso lo acercaba más a ser un posible asesino, estaba aterrado de sí mismo y no podía dormir por sobrepensar cada noche, se había añadido una nueva paranoia a su repertorio, acortando más el periodo de sueño que era capaz de conseguir.

No lo notaba, pero su estado mental había sido modificado bastantes veces en menos de dos semanas, desde la llegada de Reborn hasta ese momento, todo era cambiante, tan rápido y repentino que ni siquiera lo notaba, así como podía estar completamente deprimido, podía estar completamente serio y dispuesto a morir a la mínima, reprimiéndose solo por no querer regresar al limbo donde había pasado una tarde, tenía una barrera enorme que se levantaba frente a él, pero estaba tan ciego que no la podía ver. La gente se había acercado a él más de una vez luego de la pelea con Mochida, se había ganado un poco del respeto de la comunidad estudiantil por lo "épico" que se vio al derrotar al capitán del club de Kendo, era una estupidez enorme en su opinión, ni siquiera lo hizo por cuenta propia, sin ayuda de Reborn habría recibido la paliza de su vida, seguramente; rechazó cada oferta que recibió, eliminando rápidamente su estatus positivo, regresando rápidamente a solo ser el inútil de la clase.

El día terminaba por fin, era viernes, la última clase de la semana, el profesor era el tipo más amargado, aburrido y pedante que Tsuna había conocido nunca, solo buscaba enardecerse de sus logros, humillando a los que no eran capaces de igualarlo, si alguien adoraba recordarle que era un inútil, definitivamente era ese profesor, no había una sola clase donde no fuera tratado como imbécil por él; el silencio había ganado mucha fuerza en su contra, pasar un momento de silencio era simplemente tortuoso, por lo que consiguió unos audífonos para escuchar música en el transcurso del día, no solucionaban su problema por completo, pero era mejor poder perderse entre los sonidos en sus oídos, que muchas veces ni siquiera lograba reconocer, que hundirse en el vacío; la música comenzó a reproducirse cuando salió del aula con camino a su casa, lo básico de la rutina se negaba a dejarlo y era, de cierta manera, igual que siempre: pasaría la tarde tirado en su cama hasta poder dormir por la madrugada, repitiéndolo durante todo el fin de semana hasta regresar a clases, tal vez jugaría algún videojuego de entremedias.

Sus pensamientos lo consumieron tan profundamente, que no notó al chico que trataba de llamar su atención hasta que sintió una palma en su mano, sobresaltándose suavemente mientras miraba a quien lo detuvo; Yamamoto era un miembro del club de béisbol, si no recordaba mal era el capitán, era popular, atlético y muy hábil, completamente lo contrario a él; no se esperaba que él lo notara, solo era un cero a la izquierda en su presencia. Se quitó uno de los audífonos de la oreja, dejándolo caer sobre el cuello de su camisa, el otro lo mantuvo en el mismo sitio para seguir escuchando el ritmo de la canción y poder relajarse al menos un poco.

—¡Yo! —. El amigable saludo le causó una ligera repulsión, no porque fuera muy alegre u optimista, no solía disgustarle la gente así por más que chocara con su personalidad, pero era distinto, algo en esa sonrisa le causaba miedo y escalofríos.

Esa mañana, Gokudera no se presentó a clases, por lo que había bastante paz a su alrededor, a pesar de que sus personalidades eran muy distintas y ninguno de los dos se había adaptaba al otro, se empeñaba en proteger y atacar a cualquiera que pusiera en duda la grandeza del pequeño castaño, la incomodidad en este era enorme cada vez que algo así sucedía, pero no se atrevía a ponerle un alto; creyó que esa tarde podría caminar solo y tranquilo hasta su casa, pero había sido muy iluso. Supuso que, al igual que el resto de deportistas que se acercaron a él durante ese tiempo, le pediría apoyo en el entrenamiento o en algún partido, lo rechazaría y de alguna u otra forma terminaría siendo rechazado y ofendido por él, era horrible pensar que ahora tenía que soportar las falsas expectativas que la gente ponía en él, ¿por qué lo hacían si él nunca trató de llamar la atención de ninguna forma? Suspiró en cuanto vio que su interlocutor comenzaba a hablar, preparándose mentalmente para rechazarlo.

—Perdón por interrumpirte en tu camino a casa, pero tenía un pequeño favor que pedirte —. Ahí estaba, igual que el resto—. Bueno, en realidad es una pregunta, quería saber cómo lo sobrellevas.

La pregunta lo tomó por sorpresa, en el fondo sabía a lo que se refería, pero tenía miedo de responder, haciéndose creer a sí mismo que no lo sabía—: no entiendo a qué te refieres… ¿sobrellevar qué?

—Todo, no lo entiendo por completo, pero estoy seguro de que lo comprendes, que todo parece estar mal de alguna manera… al menos yo me siento así y no entiendo cómo te mantienes de pie como si no pasara nada.

Un enorme balde de agua helada cayó sobre Tsuna mientras escuchaba esas palabras, nunca se esperó que una persona alegre y talentosa pudiera sentirse de esa forma, incluso podía notar ligera envidia en su tono, como si quisiera ser como él en ese tema; eso era lo que sintió: «su sonrisa es falsa».

No tenía la más mínima idea, nunca había confrontado sus sentimientos con alguien más estando cerca de él, no tenía amigos así que tampoco sabía cómo era apoyar emocionalmente a otra persona en una situación así, principalmente porque no tenía idea de cómo ayudarse ni a sí mismo, solo decidió rendirse y dejar que todo terminara.

—Supongo que lo malentendiste, yo no soy alguien a quien puedas pedirle un consejo, porque estoy en un punto sin retorno, me rendí ante eso y no soy capaz de luchar contra ello, soy tan débil que me terminé quebrando. Creo que el único concepto que puedo darte, es que no cometas el mismo error que yo hice —. Un nudo se apretó en su estómago en cuanto terminó de escupir las palabras, nunca imaginó enfrentar una situación similar, no estaba listo para decir en voz alta lo malo que era para superar sus problemas y lo cobarde que era por eso mismo.

Dejó a su compañero con las palabras en la boca, no quería seguir ahí, quería huir de todo y ser libre por lo menos una vez durante su vida, deseaba fuertemente ser de ayuda, pero sería estúpido e hipócrita tratar de hacerlo, solo lo pondría en una situación peor si lo mandaba por un camino que no conocía; se daba asco por ser tan cobarde, tal vez pudo haber sido de ayuda en algún momento, si solo hubiese aprendido a afrontarlo no se sentiría un monstruo por abandonar a Yamamoto. Sentía que la vida era un pozo, que se encontraba en el fondo y se había rendido de tratar escapar, simplemente se estaba dejando hundir en el agua que poco a poco llenaba la estructura.

«Es lo correcto, ¿no? si lo hubiese intentado ayudar, solo lo habría arrastrado al fondo conmigo, no le hubiese podido impulsar para salir, no tengo esa capacidad».

Esa fue una de las peores tardes que pasó en su vida, sentir como una de sus paranoias se volvía real y tangible le dolía, no soportaba el dolor de no poder apoyar a la primera persona que se acercó sinceramente a él; era distinto a lo que había sucedido con Kyoko, ella no notaba su existencia, se sentía culpable por amarla, pero ella no lo sabía, no podía reprochárselo; ahora se enfrentaba por primera vez a esa situación, alguien que realmente lo necesitaba, no de una forma superficial como los otros que se acercaron, terminó siendo rechazada cruelmente, no paraba de crearse ideas y situaciones mentales en las que Takeshi lo odiaba, lo atacaba y lo culpaba de todo lo malo. Se sentía triste, demasiado, era tan fuerte que su pecho no paraba de sentir ese vacío enorme mientras estaba hecho bolita encima de su cama sin poder parar el llanto.

—Lo siento mucho… —. Se repitió varias veces eso hasta que terminó durmiéndose por el cansancio mental que acumuló; ni siquiera notó que Reborn no intervino en lo más mínimo, su cuerpo pedía a gritos descansar luego de tantos días en vela, pero no lo obtendría tan fácil.

Una explosión lo hizo volver de los terrenos de Morfeo luego de unos minutos, lo agradeció mentalmente porque la pesadilla que azotaba su mente era bastante pesada y comenzaba a sentirse abrumado, pero a la vez le asustó y le tomó por sorpresa; lo primero que pasó por su mente fue que Hayato se decidió a si matarlo al final y que terminaría peleando con él, le había agarrado cierto cariño en ese tiempo (a pesar de no involucrarse con él por la fuerte personalidad que cargaba). Notó un pequeño bulto negro entrando por su ventana, tirando su teoría a la basura rápidamente, el culpable de las explosiones no había sido su compañero de clase, sino el pequeño disfrazado de vaca que se acababa de colar a su casa gritando a todo pulmón.

—¡Reborn, el Gran Lambo te matará! —. No sabía si hablaba de sí mismo en tercera persona o si Lambo era alguien más, pero definitivamente era un niño tan raro como su pequeño tutor; parecía ser más grande, quizás tenía unos cinco años, pero las dos granadas en sus manos le impidieron seguir analizándolo.

Reborn apareció de la nada, como si hubiese estado en la hamaca que colgaba de la pared todo el día, pateando al pequeño desconocido por la ventana, haciéndolo explotar en el cielo. Definitivamente las cosas escalaban rápidamente en su vida y no podría tener un solo minuto de paz, pero eso ya estaba a otro nivel, niños pequeños con armamento explosivo superaba por mucho el límite de la locura. Comenzó a cuestionar al asesino, olvidando temporalmente el problema que lo había hecho sentir tan horrible, pero la única respuesta que obtuvo fue:

—No lo conozco, no me involucro con personas de un rango más bajo que yo.

Su madre abrió la puerta de la habitación con el pequeño en brazos, asustándolo al notar que estaba intacto y que solo lloraba, él había soportado explosiones de dinamita solo por la Última voluntad, pero el niño estaba en su estado base, era imposible que las bombas no le hiciesen ningún daño real. Nana, como se llamaba la mujer, no pareció notar la tensión en el ambiente y solo entregó al pequeño a su hijo mientras le decía que debía reconciliarlos por ser el mayor, dejándolo con ambos. Lambo instantáneamente sacó más armas de su cabello, un enorme y frondoso afro que al parecer tenía la increíble capacidad de esconder pequeños objetos dentro, lanzándolas contra el tutor asesino, quien solo las pateó sin mucha importancia, haciendo que cayeran en su estudiante y el dueño original de las granadas.

El miedo de que se repitiera lo del limbo por quedar noqueado lo invadió, forzando a sus reflejos a alcanzar su punto máximo y tomarlas del piso, lanzándolas por la ventana; para su sorpresa, lo logró eficazmente, quedó fuera del rango de alcance de la explosión, su torpeza no había interrumpido su lanzamiento, pero no desapareció; cayó por su ventana por el impulso de arrojarlas, quedando tirado en el patio con un enorme dolor de espalda.

—¡Ay! ¡¿Estás bien?! —escuchó una voz femenina preocupada, no estaba acostumbrado y dudó que fuera por él, pero ahí estaba la chica, mirándolo fijamente mientras se acercaba a él; hizo todo lo que pudo para levantarse y asentir, no quería que la desconocida se viera involucrada en las cosas extrañas de Reborn —. Bueno, espero que sea así, por mientras toma esta soda para relajarte, ten buena tarde.

Tsuna se sentía extraño, nunca antes fue tratado con tanto respeto por una persona que no conocía, en su barrio era muy bien sabido quién era el chico inútil de esa casa, sus vecinos lo identificaban de esa manera. Supuso que solo pasaba por esa calle cuando lo vio caer, dejándose llevar por la fachada de que era una chica amable que se preocuparía por cualquier persona que viera caer de una ventana. Abrió la lata tranquilamente mientras pensaba que era un pequeño oasis en el desierto en que se encontraba, era el primer regalo que recibía en mucho tiempo y lo disfrutaría; pobre iluso.

—¡Décimo! ¡Suelte eso! —escuchó la voz de Gokudera retumbando, pero el tono que tenía era muy diferente, mucho más débil y apagado, a pesar de estar gritando, volteó para verlo y lo vio arrastrándose por el piso mientras se sujetaba el estómago, cuando regresó la mirada a la lata notó una peste enorme, gusanos, moscas y distintos bichos salieron del agujero junto a una masa viscosa y morada, definitivamente eso no era una soda.


Le costó comprender todo lo que había sucedido en solo un par de minutos, que se podía resumir en que: Bianchi, la 'amable' chica que le regaló la bebida, en verdad no era tan dulce como parecía, estaba ahí para matarlo para poder recuperar a Reborn, que al parecer era su viejo amante –la mente de Tsuna se encontraba en otro mundo, ya nada le parecía tener sentido-, a la vez, era la media hermana de Hayato, a quien había traumado con su extrañamente asquerosa habilidad: la comida venenosa. Cualquier producto alimenticio que fuera dejado a su alcance, podía volverse un potente y efectivo veneno. Lambo era un miembro de una pequeña familia mafiosa de Italia, los Bovino, que al parecer había sido mandado en una misión suicida a derrotar a Reborn. Estaba harto de todo ese cuentito de la mafia, no era nada realista ni similar a lo que imaginaba, era estúpidamente raro que niños pequeños fueran profesionales en ese campo, además de lo extravagante y extremista de las habilidades que utilizaban; seguía sin poder comprender el poder de la bala de la Última voluntad y ya había presenciado algo que era mucho más loco.

Lambo, que al parecer tenía una innata rivalidad con Gokudera, lo molestó y terminó recibiendo un golpe en la cabeza por parte de este, provocándole un montón de sollozos y lloriqueos infantiles mientras de su cabello sacaba una bazuca con la cual se disparó a sí mismo, creando una gran cortina de humo que cubrió la habitación, Tsuna estaba preocupado, por más resistente que hubiera sido con las granadas, un disparo a quemarropa con esa arma debía ser mortal; pero para su sorpresa en su lugar solo había un chico con el ojo derecho cerrado y una camisa negra con un pequeño estampado de vaca.

—Esa es la bazuca de los diez años, un invento de la familia Bovino que les permite cambiar de lugar con su versión futura por cinco minutos —. La explicación de Reborn era tan tranquila que no encajaba para nada con el ambiente que nació a partir del disparo—. El Lambo mayor es extrañamente similar al exnovio de Bianchi, al cual odia bastante.

La hermana de su compañero de clase persiguió al joven Lambo, no entendía eso, por la calle hasta que el efecto se terminó, dejando a un pequeño de cinco años en ese sitio; Bianchi perdió el interés rápidamente, regresando a casa de Tsuna para cargar a Hayato en su espalda e irse, prometiéndole a Tsuna que regresaría por Reborn.

Lambo, que aprovechó su aspecto tierno, convenció a la madre de Tsuna de permitirle quedarse, por lo que el desastre comenzaba a inundar poco a poco su hogar, si ya le era imposible dormir por propia cuenta, ahora le sería completamente imposible con todo el ruido que el pequeño crearía, sería bastante molesto. Todo lo que sucedió al final tuvo un ligero aspecto positivo en él, se había librado de la horrible paranoia que le carcomía acerca del tema de Yamamoto, sería algo a lo que se enfrentaría en otro momento.


Hey, ¡he vuelto! la verdad es que no tengo mucho que añadir en esta parte, solo quería agradecer a las personas que comenzaron a seguir la historia, esta la comencé a escribir por motivos personales y es meramente un desahogo para mí, por lo que no esperaba que nadie fuera a leerlo, gracias a los que dieron una parte de su tiempo para leer la primer parte y esta, se aprecia bastante y significa mucho para mí.

Perdón si durante el episodio encontraron fallos, llevaba bastante tiempo sin escribir nada y a veces me emociono tanto con el actuar y sentir de los personajes que no me detengo a observar que todo este correctamente explicado, tendiendo a enredar bastante las cosas; si alguien tiene algún comentario respeto a esto, alguna situación que no haya entendido, con gusto la aceptaré y trataré de corregir el problema.
También, quería dar un agradecimiento especial a Mika99, quien dejó su review en el último episodio, me alegra que te gustase el comienzo de la historia y que puedas sentirte identificada con Tsuna, eso significa que es al menos un poco realista. Gracias por dejar tu comentario.

Sin más qué decir por ahora, me despido, tengan un buen día, tarde o noche, dependiendo de a qué hora lean esto; un saludo.