Harry bajó la escalera de caracol que iba a su dormitorio a las diez menos cinco, para encontrar a Hermione sentada en una butaca junto a la hoguera. Se la veía nerviosa. Alzó la mirada hacia él y se puso de pie de golpe.
-¿Vamos? -preguntó la chica, con los ojos muy abiertos.
Harry miró alrededor. Había todavía algunos chicos sentados a las distintas mesas y sofás, ya que era viernes y aún no era tarde.
-Nos van a ver… -dijo Harry, pensativo, pero entonces sintió que Hermione le tiraba de la mano, hacia el retrato de la Dama Gorda. Sorprendido, se dejó llevar.
-Ya a nadie le importan las normas, Harry -suspiró la chica, abriendo el retrato y saliendo con él al pasillo exterior-. Nadie nos delatará.
Sonriendo al ver esa actitud en ella, Harry sacó la capa para hacerse invisible de debajo de su chaqueta y la pasó por encima de los dos. Se movieron juntos y en silencio, por los pasillos, él consultando de vez en cuando el Mapa del Merodeador bajo la luz de la luna en alguna ventana para no toparse con ningún profesor.
-¿Cómo está Ron? -preguntó Harry, mientras miraba el mapa antes de bajar por la escalera hacia el quinto piso.
-¿Ron? Está bien -dijo ella, rápidamente, con la voz muy nerviosa, a su lado-. Lo vi hace un rato en la enfermería. Madam Pomfrey dice que despertará muy pronto. Le has dado un buen golpe…
-¿Quién te dijo que…?
-Lo vio todo el Gran Salón, no podías esperar que no me entere.
Harry no dijo nada. Siguieron bajando, sus brazos rozando entre sí bajo la capa para hacerse invisible. Luego de la cena, sobre todo, Harry había empezado a sentirse extraño de vuelta. Estaba reprimiéndolo tanto como podía, obligándose a sí mismo a no hacer más locuras.
Llegaron a las enormes puertas de roble de la entrada, las cruzaron y avanzaron por la explanada, atravesando los terrenos. La noche estaba fresca, y había un silencio en el ambiente muy extraño, como si todos los alumnos y profesores dentro de los muros tras ellos estuvieron haciendo algo en absoluto silencio, en lugar de hablar o bromear. De hecho, Harry creyó escuchar un gemido erótico a lo lejos, pero quizás era solo su imaginación.
-Creo que ya es seguro quitarnos la capa -dijo Hermione, cuando llegaron a pocos pasos del Sauce Boxeador.
Se la quitaron y se miraron entre sí en la oscuridad antes de enfrentar al árbol. Harry empezó a buscar alguna rama lo suficientemente larga para presionar el nudo que inmovilizaba al árbol, pero entonces sintió que Hermione lo tomaba del brazo y le apretaba fuerte.
-Mira -dijo la chica, apuntando hacia adelante. Harry alzó la vista y vio que el Sauce Boxeador no solo estaba mucho más relajado que de costumbre, sino que estaba moviendo sus ramas con suavidad y, de pronto, dibujó en el aire la forma de un gran corazón con dos de ellas, para ellos. Era como si estuviera enamorado, por más loco que sonara. -Vamos.
Hermione tiró de su brazo, y con cuidado caminaron hacia el tronco del árbol. Las ramas, en lugar de golpearlos, empezaron a acariciarlos. Un par de ramas se enroscaron en el cabello de Hermione, otra le acarició una pierna a Harry, subiendo lentamente. Los dos ignoraron esa extraña actitud, fueron con prisa al hueco que conducía al túnel secreto y volvieron a mirarse entre sí.
-Tú primero -dijo ella, en un susurro.
Harry empezó a meterse, y al instante se dio cuenta de que había crecido mucho en esos dos años que habían pasado desde la última vez. Apenas si cabía en el túnel, doblado completamente para no chocar contra el techo, casi en cuclillas. Hermione apareció tras él, también con dificultades.
-¡Lumos! -dijo Harry, alumbrando el camino, que estaba impenetrable en la oscuridad-. Vamos.
Avanzaron, él adelante y ella atrás, ya que no cabían de otra forma. A medida que caminaban por el túnel, Harry recordó la vez que habían andado ese camino dos años atrás, para ir a rescatar a Ron de las manos de lo que creían era el Grim. No podía haber cambiado más la vida en tan poco tiempo. Avanzaron en silencio, las rocas del techo amenazando con golpear sus cabezas si no las mantenían gachas. En un par de ocasiones, Harry sintió a Hermione chocar contra su espalda, mientras trataba de andar a gachas por allí.
-Lo siento -le murmuró en un momento, al pisarle los talones. Finalmente llegaron del otro lado, un largo rato después, y salieron en la sala semidestruida de la Casa de los Gritos.
La luz de la varita de Harry alumbró las sillas y muebles rotos. Aún lucía tenebrosa, más en ese horario, en plena noche. Hermione terminó de salir del túnel y le sujetó el brazo con fuerza.
-Por aquí -dijo Harry, caminando hacia lo que parecía ser la entrada, una parte que no habían recorrido en su visita anterior. Hermione avanzó a su lado, tomándolo de la mano, mirando hacia el techo y las habitaciones abandonadas y llenas de polvo y madera rota, con miedo.
-¿Cómo haremos para cruzar todo el jardín delantero, con las verjas que rodean la casa, y cruzar la montaña donde está esto? -le preguntó la chica en un susurro temeroso.
-Ya pensé en eso -dijo él. Entonces metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y empezó a sacar, de forma imposible, por el mango, su Saeta de Fuego.
-¿Cómo rayos…?
-Encantamiento extensible -dijo él-. En el bolsillo interno.
-Wow -dijo Hermione, impresionada-. Eres un genio, Harry.
Harry se sonrojó, en la oscuridad. Cuando llegaron a la puerta, ella la apuntó con su varita y las maderas que estaban clavadas a ella saltaron fuera del marco, permitiendo que la puerta se abriera con un chirrido, introduciendo el fresco aire de la noche en la ranciedad de la casa abandonada.
Se subió Harry adelante y Hermione atrás, sobre la escoba. Ella le rodeó la cintura con los brazos, y Harry dio una patada al suelo, elevándose un metro en el aire.
-Te he dicho que no me gusta volar, ¿verdad? -le dijo ella al oído, con la voz temblando.
-Sí, creo que lo has mencionado -dijo Harry, inclinándose hacia adelante y provocando que la escoba saliera despedida hacia adelante como un disparo, cruzando a toda velocidad a través de la noche, fuera de la Casa de los Gritos y bajando por lo alto de la montaña donde esta estaba emplazada. El chillido de terror de Hermione resonó en la distancia, y Harry sintió que la chica se abrazaba a su espalda con todas sus fuerzas, sus brazos haciéndole daño por la fuerza en que le apretaban el abdomen.
Aterrizaron momentos después en una conocida calle que salía a la principal del pueblo mágico. Hermione bajó enseguida, su rostro pálido a la luz de las farolas que iluminaban la callecita empedrada. Harry se guardó la escoba en el bolsillo mágico otra vez, junto a la capa, y avanzaron hacia la calle principal. No hacía frío, pero Hermione temblaba.
-Lo hiciste a propósito -le dijo, con reproche-. Podrías haber ido más despacio.
-Claro que no fue a propósito -dijo él, aunque escondiendo una sonrisita.
La calle principal estaba toda iluminada por velas que flotaban mediante magia sobre los árboles y los bancos en mitad de la calle. Las Tres Escobas brillaba iluminada desde el interior en amarillo, y algunos jóvenes de entre veinte y treinta años entraban y salían de allí riendo, mientras charlaban animadamente. Se notaba que era un lugar popular entre magos para pasar las noches de viernes y sábados.
Harry y Hermione entraron y al instante sintieron el cambio de ambiente. Hacía calor, había risas y jóvenes charlando en todas las mesas. El bar estaba lleno. Se acercaron a la barra y vieron que Madam Rosmerta estaba muy atareada, sirviendo cervezas de manteca, whisky de fuego, copas de hidromiel y vino de elfo. Harry vio que un par de muchachos llenos de acné la ayudaban. Jamás los había visto por la tarde, cuando el bar estaba mucho menos concurrido.
-Creo que no hay lugar -comentó Hermione, mirando alrededor, ceñuda.
-Lo sé -Harry también se había dado cuenta-. Y no creo que podamos hablar con Madam Rosmerta en este momento. Está como loca sirviendo bebidas. Quizás deberíamos volver más tarde…
Pero entonces Harry se giró y vio que Hermione había desaparecido. La vio acercarse a un grupo de chicos de unos veinticinco años, que tomaban cervezas en una mesa próxima, para hablar con ellos. ¿Qué le pasaba a Hermione? Estaba más rebelde que nunca, y su anterior timidez parecía haberse esfumado.
Regresó poco después, sacudiendo la cabeza.
-Dicen que siempre se pone así los fines de semana -le dijo, acomodándose el cabello mientras miraba el abarrotado bar. Había incluso unas treinta brujas y magos parados, bebiendo. -Dicen que regresemos después de las tres, donde se vacía porque la gente se va a la discoteca.
-¿Las tres? -dijo Harry, atónito-. ¿Discoteca? ¿Hay una discoteca en Hogsmeade?
-Aparentemente.
-¿Y qué hacemos hasta las tres? -consultó su reloj-. Faltan casi cuatro horas.
-La noche está linda, había gente en la calle y hace un clima agradable. ¿Vamos a dar una vuelta?
-Está bien -dijo Harry.
Mientras salían del intenso calor sofocante de Las Tres Escobas y bajaban por la calle del pueblo, Harry pensó que ya no se sentía tan caliente y con ganas de tener sexo como antes. Después de la cena, así como después de la mayoría de las otras comidas, era cuando la sensación era más intensa, más incontrolable. Pero a esa hora, muchas horas después de la cena, ya se sentía más normal. Hermione le sonrió, y se dio cuenta de que ella también debía estar en un estado normal ya.
Ambos caminaron juntos, cruzando a través de los jóvenes veinteañeros y treintañeros que andaban por la calle principal del pueblo, mirando alrededor a los negocios abiertos con sus luces encendidas. Se sentía muy bien estar en un estado "normal", simplemente disfrutando un rato agradable por la calle.
-¡Mira! -Hermione señalaba una de las tiendas, sonriente-. ¿Esa cervecería siempre estuvo ahí?
Señalaba a un negocio que servía cervezas directo a la calle, sin mesas, la barra dando directo a la calle de Hogsmeade. Un grupo de jóvenes estaban apiñados frente a ella con tazas de cerveza de manteca en la mano, charlando.
-Jamás lo había visto -dijo Harry-. Creo que por la tarde tiene la persiana baja. Debe abrir solo de noche.
-¡Mira, Harry, allí hay otro! Todos estos lugares deben abrir solo por la noche, solo que nunca habíamos venido a Hogsmeade de noche antes.
-¿Quieres probar un poco? Traje dinero -dijo Harry, rebuscando en sus bolsillos-. Como sabía que iríamos a Las Tres Escobas, me metí una buena cantidad de Galleons antes de salir.
-Yo también traje -dijo ella-. Vamos a ese de allá.
Empezaron a probar cerveza de manteca artesanal en varios puestos que daban directo a la calle. El tiempo se pasó haciendo la cola para el pedido, y luego esperando para que se los sirvieran. Unos magos de unos treinta años con barbas largas y delantales escoceses sobre unas camisas a cuadros servían tazas de cerveza de manteca artesanal directo de unas canillas. Les daban unos sickles de cambio, y ellos dos se alejaban de allí con las tazas espumantes.
Rieron los dos, juntos, mientras bebían y sentían sus cuerpos siendo invadidos por el agradable calor de la bebida, que era igual de deliciosa que la de Las Tres Escobas, solo que las de esos puestos tenían distintos sabores, y venían rubias, rojas y negras. Harry se había pedido una Mantequilla Pale Ale y Hermione una Dulce Stout. En otro puesto, Harry probó la Ipa Magic, y Hermione la MantecLager.
-Tienes un bigote -dijo Harry, sonriente, empuñando la manga de su chaqueta y acercándola a los labios de Hermione para quitarle la espuma de cerveza que le había quedado sobre el labio superior. Ella se sonrojó un poco a la luz de las velas flotantes, y le sonrió.
Pasó el rato, y ambos empezaron a sentir que la calle de Hogsmeade se movía y tambaleaba un poco con cada paso, luego de la tercera enorme taza rebosante de cerveza de manteca artesanal. Hermione rodeó los hombros de Harry con un brazo y apoyó la cabeza en él, mientras andaban hacia un banco en medio de la calle y se dejaban caer en él. Harry se sentía mareado.
-…Y entonces le dije, ¡Parvati, ya no molestes! -dijo Hermione, rompiendo en carcajadas. Harry no tenía idea de qué estaba hablando, pero rió también y la rodeó en brazos. Hermione apoyó su cabeza en su pecho y alzó la vista, para clavarla en sus ojos.
Se quedaron así un rato, sonriéndose.
-No te sientes extraño, ¿verdad? -preguntó ella entonces, aun sonriendo. Harry negó con la cabeza. -Lo sé. Yo tampoco… ¿No es extraño?
-Si lo es -dijo él, frotando un brazo de la chica con su mano. Estaban abrazados y mirándose a los ojos, en ese banco en medio de la calle, oyendo los pasos de grupos de jóvenes que les pasaban de largo, riendo y charlando. Nadie se fijaba en ellos. No conocían a nadie, porque eran magos mayores, y ellos tampoco los reconocieron.
Entonces, sin aviso previo, Hermione acercó la cara a la suya y lo besó en los labios. Harry le devolvió el beso, abrazándola más fuerte. Sentía una presión extraña en el estómago, y aun se sentía mareado, pero era diferente a estar bajo los efectos de aquella cosa que los volvía locos dentro del castillo. ¿Sería posible, acaso, que al salir del castillo el efecto se fuera?
Aquello era mucho más agradable. No eran unas ganas incontenibles de follar, como en Hogwarts, era solo el efecto de un par de cervezas. No era nada que te obligara a hacer cosas que no quisieras, el alcohol solo te hacía tener más valor para hacer aquellas que sí querías hacer. Había una gran diferencia.
Se besaron cada vez más, abrazados muy fuerte, y Harry respiró el dulce aroma de Hermione mientras sus lenguas se encontraban en sus bocas con el dulce sabor de la cerveza de manteca artesanal.
Cuando por fin se separaron, un largo rato después, se quedaron abrazados y Hermione sonrió ampliamente mientras le acariciaba la mejilla.
