No había salida. Pero tenía que haberla. Harry miró rápidamente a Fudge, buscando un momento de debilidad. Esperando una distracción para correr hacia él y romperle alguna botella en la cabeza.
Hermione también parecía atenta. Si bien se bajaba el pantalón lentamente, algo en su mirada indicaba que no iba a caer sin luchar.
Y entonces, cuando Fudge inclinaba el cuello hacia atrás, para tragar otro trago de hidromiel que se había servido él mismo, y tanto Harry como Hermione se inclinaron hacia adelante aprovechando esos segundos de guardia baja; Rosmerta apareció tras él, tras su alta silla, envuelta en la oscuridad parcial, totalmente desnuda excepto por los zapatos aguja. Harry vio con toda claridad las partes depiladas de la bruja. Se había quitado el calzón. Y de súbito, Rosmerta extendió los dos brazos en torno al cuello de Fudge con increíble rapidez.
Rosmerta empezó a ahorcarlo con algo. Harry vio, inmóvil por el impacto, que estaba ahorcando a Fudge por detrás con algo rojo, y entonces supo qué era: su propia tanga.
-¡Ahhhggg! -Fudge se ahogaba, forcejeando.
Rosmerta ahorcó a Fudge con la tanga, con cada vez más fuerza, era como si estuviera ahorcándolo con un hilo rojo muy resistente. Fudge empezó a ponerse rojo y quiso tomar su varita de la barra, tanteando en la madera para encontrarla. Pero Hermione fue más rápida: saltó hacia adelante y se la quitó. Luego le quitó la suya propia y la de Harry, y se alejó de él con las tres varitas como si se tratara de algo asqueroso.
Rosmerta siguió haciendo fuerza, sin detenerse. Fudge ahora estaba verde. Estaba tan ebrio que no podía defenderse ni librarse de ella. Hermione retrocedió hasta donde estaba Harry, mientras se subía el pantalón otra vez, y se quedó a su lado, en sostén, sin dejar de apuntar a Fudge con una de las varitas.
Pero no fue necesario: poco después, los brazos del ministro cayeron a un lado, inmóviles, y su cabeza quedó lívida. Rosmerta lo soltó, por fin, y el cuerpo inerte del hombre cayó de lado hacia el suelo, donde quedó tendido, inconsciente.
Hermione soltó un grito. Rosmerta respiraba agitada, totalmente desnuda y temblando de pies a cabeza. Harry entonces tomó de las manos de Hermione su varita y se acercó a Fudge con cuidado.
-¿Está muerto? -preguntó, mirando a Rosmerta.
-Puedes apostarlo -dijo ella, agitada-. Apreté mucho más de lo que me había enseñado papá, cuando me enseñó a hacer esto por si algún ebrio quería propasarse conmigo. No pude contenerme… Este hijo de puta. Hace tiempo que quería hacerlo, pero esto fue el detonante -miró a Hermione-. No puedo creer que quisiera hacerte esto a ti. Conmigo, bueno… al menos tenía mi consentimiento, aunque de forma extorsiva. Pero tú… ¿una niña de quince años? ¿Amenazando con matarte? Sabía la clase de mierda que era este tipo, pero esto… Esto fue demasiado. Que se vaya al infierno -y escupió sobre el cadáver de Fudge, retorcido en el suelo.
Hermione lloraba en silencio.
-Matamos al ministro -decía, en voz débil-. Matamos al ministro…
-Yo maté al ministro -corrigió Rosmerta-. Ustedes no tienen nada que ver, mejor váyanse de aquí. Yo sé cómo manejarlo.
-Pero Rosmerta -dijo Harry-. Si la mafia en la que estaba metido, este… esta mierda de hombre… o el Ministerio… se enteran de lo que pasó… ¿No vendrán por ti? Tienes que decir que fue en defensa propia.
-No vendrán por mí, porque no sabrán lo que pasó. Ustedes son muy pequeños. La defensa propia está muy bien si se trata de algún mortífago, o alguien a quien todos quieren ver preso. Pero si se trata del ministro, nadie me creerá.
Harry se acordó de Sirius, donde nadie le creyó. Y luego del retorno de Voldemort, que nadie le creyó tampoco. Y supo que era cierto, el Ministerio no era más que una mierda corrupta.
-La única forma de que no termine muerta o en Azkaban es que haga desaparecer el cadáver y borre cualquier rastro de esto -Rosmerta los miró fijamente-. Por suerte, nadie irá a interrogarlos a ustedes, porque nadie sabe que estuvieron aquí… ¿verdad?
Harry y Hermione se miraron entre sí. Habían ido a cafeterías, heladerías, cervecerías… pero nadie pareció fijarse en ellos. Así que asintieron, algo nerviosos.
-Bien, váyanse -ordenó, mientras se vestía a toda velocidad-. Yo desapareceré su cuerpo. Sé cómo hacerlo.
-¿Necesitas ayuda…? -preguntó Hermione.
-No -dijo Rosmerta-. Ya lo he hecho antes.
Hermione y Harry volvieron a mirarse algo nerviosos ante esas palabras, pero asintieron otra vez.
-De acuerdo… Mucha… Mucha suerte -tartamudeó Hermione.
-Vamos, rápido -dijo la bruja, moviéndose a toda velocidad por el oscuro bar-. Que nadie los vea saliendo de aquí.
-Tengo la capa -musitó Harry, sacando la capa para hacerse invisible y acercándose a Hermione para pasarla sobre sus hombros-. Suerte, Rosmerta… Adiós.
-Adiós, adiós -dijo ella rápidamente, moviendo una mano hacia ellos antes de cargar el cuerpo de Fudge en brazos y llevarlo hacia el fondo, como de mala gana, como quien hace algo rutinario de todos los días.
Harry y Hermione salieron a la calle otra vez, cubiertos por la capa. No había nadie allí ahora. La mayoría de los negocios habían cerrado y tenían las luces apagadas. La juventud debía estar ahora concentrada en la discoteca, y no quedaba nadie allí. El ambiente era totalmente distinto. Toda la emoción y diversión de unas horas atrás ahora había desaparecido y había cambiado hacia algo oscuro.
Hermione, sin embargo, pareció ver algo bueno en todo aquello, porque le sonrió a Harry bajo la capa, pegada a su cuerpo.
-Valió la pena -le dijo, en un susurro.
-¿Qué cosa?
-Venir a Hogsmeade.
-Pero no pudimos descubrir cómo terminar con lo que está pasando en el castillo. Casi te violan, a ti y a Rosmerta. Y ahora somos cómplices de asesinato.
-Sí, pero tenemos información nueva sobre lo que pasa en el castillo -dijo Hermione, optimista-. Y no solo no me violaron, sino que pudimos terminar con una gran injusticia que estaba viviendo Rosmerta. Si todo sale bien y nadie descubre lo que hizo, se habrá librado de la pesadilla que estaba viviendo, acosada por ese hombre horrible.
Harry asintió. Era cierto. Había una forma de ver todo aquello como algo positivo.
-Además -le susurró Hermione, al oído-. Otra cosa muy importante pasó aquí, que hizo que valga la pena venir.
Se detuvieron en la esquina de la calle principal que salía en dirección a la estación del expreso de Hogwarts. Se miraron a los ojos, bajo la capa para hacerse invisible. La luna brillaba sobre ellos, alumbrando sus rostros incluso a través de la tela de la capa.
Se acercaron y se besaron. Harry la abrazó contra su cuerpo y le acarició el cabello lentamente con una mano, mientras sentía los labios de Hermione en los suyos. Luego de un rato, se separaron.
-Harry -le susurró ella, en voz muy baja-. Quiero pedirte algo.
-¿Qué cosa?
-Tengo miedo…
-¿Miedo? ¿De qué?
-Todo lo que está pasando… No dejo de pensar que Voldemort o alguien aparecerá en cualquier momento y nos hará cosas terribles… O que esa sensación regresará a mí en cuanto volvamos a Hogwarts y acabaré peleándome contigo y saliendo con quien sabe qué chico ahora, o chica, o profesor, ya ni sé.
Harry no dijo nada. Él se sentía igual.
-Pero ahora, en este momento, me siento normal, Harry. Me siento bien, sin esa sensación que nos agarra en Hogwarts. Y estoy contigo porque quiero, no porque algún encantamiento o cosa extraña me obligue.
-Lo sé. Yo me siento igual.
-Y tengo miedo de que al volver esto termine… Que esta noche se termine.
-Pero tenemos que volver… En especial luego de lo que pasó. Si no volvemos, alguien podría sospechar que estuvimos involucrados.
-Lo sé. Pero antes de volver… quiero que… que tú y yo…
Hermione se acercó más a él y lo miró a los ojos, acariciando su pecho con una mano.
-Quiero hacerlo en este estado, no en el otro. Contigo. Ya lo he vivido tantas veces en ese estado extraño, y ahora quiero vivirlo contigo estando así, estando normal. Quiero que tú y yo lo hagamos… Necesito vivirlo así, como ahora, esta noche. Sentir cómo es hacerlo de forma normal, sin estar bajo los efectos de nada extraño…
Harry asintió, acariciándole un brazo.
-De acuerdo.
-Tiene que ser ahora. Antes de regresar al castillo.
Harry miró alrededor, preguntándose a dónde podían ir. Hogsmeade había demostrado tener lugares que ellos no habían conocido bajo la luz del sol, pero aun así… ¿dónde podía haber un hotel, o algo similar? No existía algo así, que él supiera. Y, además, nadie podía verlos allí. Pero Hermione tenía la respuesta:
-Vamos a la Casa de los Gritos -le susurró, tomándolo de la mano-. Luego volveremos por el túnel.
-¿La Casa de…? ¿No te da miedo allí? Es decir…
-Creo que estará bien -dijo ella, tirando de su mano-. Vamos… A ti no te da miedo, ¿verdad?
-¡Claro que no!
Ella sonrió.
-Está bien. Vamos entonces.
Se alejaron de la mano bajo la capa hasta llegar a la pendiente que subía hacia la Casa de los Gritos. La vieron en la distancia, sobre su montaña. Cuando llegaron al alambrado que impedía acercarse más, Harry sacó la escoba y ambos se montaron en ella.
-Ve más despacio ahora -le pidió ella, dándole unos golpecitos en la espalda con reproche. Harry sonrió y aceleró la Saeta hasta llegar a la entrada. La puerta había quedado entreabierta. Ingresaron al interior y Hermione hizo, con su varita, que las tablas volvieran a clavarse en la puerta.
La Casa de los Gritos estaba oscura y tenebrosa, como siempre, en especial de noche. Debían ya ser casi las cinco de la mañana.
-Vamos arriba -Hermione tomó a Harry de la mano y tiró de él. Subieron las escaleras desvencijadas hasta llegar al mismo dormitorio donde, dos años atrás, habían tenido una larga conversación con Sirius y Lupin.
Entraron y Harry lanzó la capa y la escoba a un rincón. Entonces ambos se volvieron hacia el otro, se acercaron rápidamente y se besaron con más ganas que nunca.
-Puedo limpiar un poco… el polvo… si quieres -murmuró Harry, mientras los labios de Hermione lo buscaban con urgencia, las manos de él tras ella, abrazándola por la cintura.
-Olvida el polvo -Hermione apretó su cuerpo al suyo con fuerza, y Harry sintió el calor que emanaba.
Cayeron sobre la cama, y una nube de polvo que la cubría flotó sobre ellos. Hermione tosió un poco, pero no se apartó de él por un segundo. Se arrastraron por la cama, mientras se besaban con locura, la misma cama sobre la que Ron había descansado su pierna rota aquella vez, a fin de tercer año. Harry ahora estaba sobre ella, besándola con intensidad, quitándole la ropa, mientras ella se la quitaba a él.
Estaban ambos cubiertos de polvo, pero no les importó. Las sábanas bajo ellos debían tener décadas allí, mohosas y apolilladas, pero nada de eso importaba. Se movieron en la cama, Harry sobre Hermione, sin dejar de besarse por un segundo. En el suelo, que tenía una gruesa capa de polvo también, cayeron las zapatillas de ambos, seguidas de sus calcetines. Luego cayó el suéter de Hermione. Luego la chaqueta de Harry. Luego la blusa de Hermione. Luego la camiseta de Harry. Poco después, el pantalón de Hermione voló casi hasta la ventana. El de Harry no se hizo esperar: salió despedido hacia el rincón donde Sirius Black se había ocultado, tras la puerta, esperándolos, dos años atrás. Casi de inmediato, el sostén de Hermione voló cerca de este, seguido del bóxer de Harry. Por último, el calzón negro de Hermione voló hacia un costado de la cama, quedando colgado de una de las barras de madera de las esquinas de la cama, de las que colgaba el viejo y raído dosel.
Harry se apoyó con ambos codos en el colchón, contemplando el rostro de Hermione bajo él, con su cabello extendido sobre la cama, sus ojos castaños fijos en él y su boca entreabierta. Su pecho desnudo se inflaba bajo él. ¿Estaba nerviosa? Al estar en estado normal, aquello era muy diferente. Diferente, pero también mejor. Eran mucho más conscientes de lo que hacían, y el calor no parecía provenir de algo en su sangre que les urgía por quitarse la calentura con cualquier cosa. No. En este caso, lo que motivaba a Harry eran los hermosos ojos de Hermione, su pequeña nariz respirando con fuerza, sus tiernos y delicados labios esperando a que los besara.
Y lo hizo. Los besó tanto como pudo, disfrutando del placer de sentir el sabor de la lengua de la chica en su boca. Era una lengua dulce y cálida, su boca era como una golosina delicada, la más deliciosa de todas.
Hermione miró hacia arriba y vio los verdes y brillantes ojos de Harry tras sus lentes, mientras el chico la besaba, concentrado en sus labios. El cabello negro azabache de Harry, un poco más largo de lo usual, le caía sobre la cara. Sentía las manos del chico acariciarle un brazo, como con timidez. Estaba encima suyo, ambos desnudos, pero apenas le rozaba el cuerpo. A pesar de que ambos estaban completamente calientes, parecía tener miedo o vergüenza de tocarla.
Así que ella lo ayudó: le tomó una mano y se la apoyó sobre uno de sus pechos. Sintió los dedos de Harry sobre sus pezones duros. Ahora él le tocaba los pechos y le acariciaba el torso desnudo, el costado, las caderas…
Harry llevó una mano a la espalda de Hermione y acarició la textura de su piel, suave en sus dedos. Bajó la boca hasta su cuello y empezó a besárselo, mientras ella le tomaba la otra mano nuevamente y la llevaba a su pecho otra vez. Entonces bajó la boca y le besó el espacio entre los pechos, dándole suaves besitos, uno tras otro. Empezó a recorrer el costado de su pecho derecho con la boca, como subiendo una montaña, hasta finalmente llegar a la cima…
Hermione sintió los labios de Harry envolviendo su pezón izquierdo, su saliva en la carne dura del pezón. Luego su lengua mientras le envolvía el pecho entero con la boca, al tiempo que movía la lengua, en círculos en torno a su carne. Eso la puso más caliente. Sintió que se estremecía. Arqueó un poco la espalda. Le acarició la espalda con sus delgados dedos. Sintió que el pene de Harry, totalmente duro, la rozaba un poco mientras el chico se movía sobre ella.
-¡Condom! -gimió la chica, que tenía la varita en la mano. Bajó una mano y le tocó la cadera. Luego le acarició la pierna con la mano, subiendo por el interior de sus muslos…
Harry se estremeció al sentir la mano de Hermione sobre su pene. Se lo acariciaba, se lo agarraba con firmeza, le bajaba la piel, guiando la cabeza desnuda sobre su vagina, donde se lo apoyó, empezando a hacer presión.
Hermione sintió a Harry moviéndose un poco hacia abajo, penetrándola de a poco, despacio. Clavó las uñas en la espalda del chico y movió la cara a un costado. El pecho de Harry rozaba el suyo. Estaban ahora pegados el uno al otro. Con la otra mano rozó las raídas sábanas bajo ellos, resbalando sus dedos en el polvo de la cama.
Sintió a Harry entrando en ella, cada vez más. Giró la cara hacia arriba para encontrarse con esos ojos verdes y Harry volvió a besarla. Ahora le acariciaba la cara, la mejilla. La estaba rodeando en brazos, completamente, envolviéndola en su cuerpo, un poco más grande que el suyo y con unos incipientes músculos de adolescente. Había un poco de bello en el pecho de Harry, que le rozaba en el pecho de ella. Al besarlo, se pinchó un poco con la suave barba que le había empezado a salir.
Harry abrazaba el pequeño cuerpo desnudo de Hermione, muy delgado y delicado como algo precioso que temía dañar. Sentía su pene entrando y saliendo de ella, se movía sobre ella, la boca de Hermione abriéndose para producir un gemido que luego era ahogado por los labios de Harry, que sentía que no podía dejar de besarla por un segundo. El gusto de sus labios era simplemente irresistible.
Hermione, que seguía sintiendo que Harry se estaba conteniendo con ella, quizás por la vergüenza de conocerse tanto, quizás por no estar bajo los efectos de aquella cosa extraña del castillo, le tomó las manos y se las llevó a sus glúteos. Harry sintió la carne de las delgadas nalgas de Hermione, y se las sujetó con fuerza. Mientras la penetraba, le apretaba ambas nalgas con las dos manos, presionando su cuerpo contra la cama.
Se dejó llevar, cada vez más. Le acarició las piernas. Le mordió suavemente los labios. Se dejó hipnotizar por la delicadeza de su cuerpo, por la ternura que le incitaba esa mirada, ese rostro hermoso, acariciando cada centímetro de su cuerpo, sintiendo el calor que salía de la piel de ambos.
Hermione le dio un empujoncito a Harry, girándolo en su lugar, y quedó ahora ella arriba de él. Le besó ella a él el cuello, su cabello cayendo por encima de toda su cara. Harry sintió los labios de Hermione en su cuello, en su clavícula. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Hermione le besaba el pecho, mientras movía sus caderas de atrás hacia adelante, haciendo que él entrara dentro suyo.
Perdido en el movimiento rítmico de las caderas de Hermione sobre él, sus piernas abiertas a cada lado de su cuerpo, sus glúteos cerrándose y abriéndose sobre él, su pene entrando dentro de ella, su abdomen rozando sobre el suyo, Harry la abrazó por la espalda y se perdió en aquella sensación placentera.
Hermione se levantó. Quedó sentada encima suyo, reclinando la espalda y la cabeza hacia atrás. Tomó las manos de Harry nuevamente y apoyó ambas en sus pechos, gimiendo de placer. Harry se los acarició, ahora pudiendo ver plenamente el cuerpo de Hermione, sentado sobre el suyo, a la luz de la blanca luna que entraba por la ventana. Veía su cabello cayendo tras ella, sus pechos desnudos dentro de sus manos, su delgado cuerpo, con sus costillas ligeramente marcadas sobre su piel, su ombligo unos centímetros encima de él, y el espacio en que sus piernas se abrían, arriba suyo, donde llegaba a divisar su propio miembro ingresando en ella, moviéndose dentro suyo, presionado en el interior de su vagina, resbalando en su lubricación, la carne de ambos conectada.
Se sentó él también. Se abrazaron de nuevo, y se movieron allí, sentados ambos en la cama, ella sobre él. Ambos abrazaban con fuerza al otro, las piernas extendidas en direcciones opuestas. Hermione le acarició el brazo, el bíceps, los huesos que le sobresalían por la espalda y el cabello alborotado, más despeinado que nunca.
Harry sintió a Hermione hundiendo los dedos en su cabello y apretándoselo, mientras gemía más y más fuerte. Ambos estaban empapados en sudor, sus cuerpos resbalando sobre el cuerpo del otro. Llenos de transpiración, polvo pegado por todas partes, la carne del trasero de Hermione golpeando sobre los muslos de Harry a medida que subía y se dejaba caer sobre él, sus manos resbalando en la sudada piel de la espalda del otro.
Ahora él hundió los dedos en el cabello de ella, sujetándole la cabeza con firmeza mientras se miraban a los ojos, sin desviar la mirada en ningún momento, subiendo y bajando, el calor brotando de todos sus poros.
Harry se reclinó hacia adelante, empujándola hacia atrás. Ella rodeó su espalda con sus piernas, dejándolas cruzadas tras él, mientras él se acostaba boca abajo nuevamente, con ella bajo él, apoyándola de espaldas en el colchón. Entonces, ella lo hizo rodar, y de pronto ambos cayeron con estrépito de la cama.
-¡Ay!
-¿Estás bien?
Hermione rompió en carcajadas. Harry sonrió, mientras la chica se acomodaba encima suyo y volvía a introducirle el pene adentro, mordiéndose los labios, con placer. Empezó a gemir de nuevo, con la boca abierta, al parecer divertida por aquello, los dos en el duro suelo de madera, junto a una pata de la cama.
Se movían con un ritmo constante, Hermione sobre él con una pierna extendida y la otra doblada a su lado. Se besaron con más fuerza. Lo hicieron más rápido. Hermione empezaba a ponerse salvaje, moviendo las caderas con cada vez más rapidez, acariciándole la cara con amor y al mismo tiempo apretándole el cuerpo con las piernas, presionándolas con fuerza contra él y hundiéndose dentro suyo con velocidad, control y firmeza.
Empezó a respirarle en el oído, muy agitada. Harry la escuchaba lanzar gemidos, cada vez más alocada. La chica aún tenía la varita en la mano, y de pronto e inexplicablemente para Harry, pareció sentir la necesidad de lanzar hechizos, porque apuntó hacia una pared e hizo que una silla semidestruida se quebrara con un chasquido, sus patas saliéndose y desplomándose en el suelo.
-Más fuerte, Harry -le ordenó, perdiendo el control. Harry obedeció, un poco asustado.
Hermione apuntó hacia una ventana, le lanzó un conjuro y el vidrio estalló en pedazos. Harry no se atrevió a preguntarle por qué hacía eso. Aumentó la velocidad, le tomó un glúteo con fuerza con la palma de la mano entera y la apretó más contra sí, perdiendo el control él también.
Hermione lanzaba conjuros que destruían aún más la casa, como si estuviera exteriorizando un lado salvaje y rebelde dentro suyo, que estaba saliendo a la luz con la locura del momento. Lanzó gritos y alaridos sexuales, gemidos eróticos fuertes e intensos que resonaron por todas las paredes de la casa, y probablemente por la montaña exterior también.
Harry tuvo la súbita idea de que la gente del pueblo oiría el estruendo de la madera y objetos rotos, juntos con los chillidos agudos de Hermione, y pensarían que, luego de tantos años en silencio, la Casa de los Gritos habría despertado de nuevo, poseída por los "fantasmas" que la habían habitado antiguamente, que en verdad había sido Lupin en sus noches como hombre lobo.
-¡OHH, HARRY! ¡OHHH! -gemía Hermione muy fuerte, su piel brillando por el sudor como chispas resplandeciendo en la noche con la luz de la luna, sentada sobre Harry en el suelo, saltando encima de él como poseída, contrayendo y cerrando sus labios vaginales en torno a él al tiempo que resbalaba sobre su carne tan rápido como podía, arañándole todo el cuerpo con las uñas, mordiéndole una oreja, lanzando un encantamiento que aumentó el sonido de sus gemidos, amplificando sus voces a propósito, haciendo que la respiración agitada de ambos y sus gritos eróticos resonaran por los muros de cada edificación de Hogsmeade.
-¡OHH, HERMIONE! -chillaba Harry ahora también, enloquecido, apretando el cuerpo de la bruja con sus manos y embistiéndola con roda la rapidez posible, hacia arriba, sus testículos golpeándole el espacio entre la vagina y el ano velozmente y de forma desenfrenada. -¡OHHHH!
-¡OHH, HARRY!
-¡OHHHH!
-¡OOHHHHHHHHHHH!
Llegaron al orgasmo, juntos. Ocurrió a la vez. Sus cuerpos quedaron paralizados, Harry sintió la eyaculación y Hermione sus piernas temblando por la sacudida del orgasmo, paralizando todo su cuerpo, sintiendo cómo se mojaba toda por dentro.
Harry se corrió dentro de ella, en un éxtasis sexual. El cabello de Hermione estaba alborotado y mojado sobre los hombros de Harry. Parecía que la chica había lanzado algún hechizo que los había humedecido aún más, a ambos. Chorreaban sudor por cada poro en su piel. Gotitas brillaban en las pestañas de Harry, cuando sus ojos verdes se clavaron en ella, antes de elevar su cara para besarla en los labios.
Hermione lo besó con fuerza, y lo abrazó. Harry la rodeó en brazos y le devolvió el beso. Estaban desnudos, él aún dentro suyo, abrazados con mucha fuerza y besándose en los labios con pasión y locura, chorreando sudor, pegados al cuerpo del otro, como uno solo.
Y entonces Harry lo dejó escapar.
-Te amo -le dijo, emanando calor sobre ella-. Te amo, Hermione.
No pudo evitar notar la falta de respuesta de ella. La chica lo besó con más fuerza luego de eso, le acarició el cabello con más rebeldía y apretando sus labios más fuerte. Pero no respondió.
Luego de que el momento de calor pasó, y ambos quedaron allí, uno sobre el otro, respirando muy agitados y recuperándose lentamente, Hermione se apartó un poco de él, apoyándose con una mano sobre su pecho desnudo, y lo miró a los ojos.
-Está por amanecer. Deberíamos irnos.
Se vistieron, recuperando sus prendas de las distintas partes del viejo y destruido dormitorio. Harry observó de reojo a Hermione poniéndose el calzón y el sostén, mientras él se ponía el bóxer. Cuando estuvieron vestidos por completo, Hermione reparó el vidrio de la ventana con su varita y Harry recogió su escoba y su capa del rincón.
Bajaron en silencio por las escaleras, sin la capa, e ingresaron al túnel. Lo recorrieron casi en absoluto silencio, Harry adelante, alumbrando el camino con su varita. Cuando se habían metido por el interior de la Casa de los Gritos aun era de noche, pero cuando salieron del otro lado, por entre las raíces del Sauce Boxeador, vieron que el cielo estaba teñido de azul intenso, en el momento previo al amanecer.
-Será mejor que nos pongamos la capa -dijo Hermione.
Harry la pasó por sobre el cuerpo de ambos, y la tomó de la mano. Entonces avanzaron por la explanada y por las escaleras de ingreso al castillo. Cuando subían por los distintos pisos, hacia la Sala Común, Hermione le soltó la mano para acomodarse la manga del suéter, y no volvió a tomársela.
Llegaron ante el retrato de la Dama Gorda, poco después.
-Chiflidos chiflados -susurró Hermione. La Dama Gorda bostezó, mirando a ver quién había pronunciado la contraseña, ya que estaban invisibles, pero se apartó y los dejó ingresar.
Pasaron a través del hueco detrás del retrato. La Sala Común estaba totalmente vacía y en profundo silencio, y por la ventana veían ahora el sol anaranjado asomando por el horizonte, tras el Lago Negro, reflejando los primeros débiles rayos de la mañana en el cielo.
-Nos vemos luego -le susurró Hermione.
Harry se inclinó para darle un beso en los labios, pero ella salió de debajo de la capa muy rápidamente, como si no se hubiera dado cuenta de esta intención por parte de él, y avanzó rápidamente hacia las escaleras de caracol que conducían a los dormitorios de las chicas. Desapareció escaleras arriba tan rápido que Harry se quedó desconcertado, allí, invisible aún y mirando el lugar por el que ella había desaparecido.
Finalmente, luego de unos instantes, se quitó la capa y avanzó escaleras arriba, en puntitas de pie. Ingresó a su dormitorio, donde Seamus, Neville y Dean dormían profundamente, Neville roncando. Ron aún seguiría en la enfermería. Guardó sus cosas en el baúl, se desvistió y se acostó en la cama.
Se quedó un buen rato mirando el cielo, ahora claro, por la ventana. El sol brillaba del otro lado. Se quedó pensando en Hermione. Estaba claro que algo había cambiado desde que reían juntos, bebiendo cerveza en la calle principal de Hogsmeade, hasta que regresaron al castillo y se despidieron, instantes atrás.
Por algún motivo, llegado al final de su aventura, ella pareció ponerse algo fría con él. Podría ser simplemente debido al cansancio, siendo tarde en la madrugada, al estar exhaustos por el ejercicio hecho en la Casa de los Gritos… Pero también podía deberse a otra cosa, como a aquella frase que Harry no había podido evitar pronunciar, y que ella no había respondido.
