-Detente, por favor -le pidió Harry a Ginny. Pero lo cierto es que no dejaba de mirarle la suave piel de la parte superior de sus pechos, hipnotizado. Ginny se había abierto la camisa del uniforme completamente y ahora sus pechos eran visibles bajo su sostén. La corbata escarlata con rayas amarillas de Gryffindor caía por su cuello sobre el espacio entre sus pechos. Eran enormes. Enormes, firmes, duros. Su sostén blanco parecía estar conteniendo dos masas gigantescas de pechos que luchaban por escapar, que parecían tensar la tela del sostén al extremo, y la mente de Harry empezó a enloquecer, imaginando que solo un par de ganchos tras el sostén impedían que la piel de esos gigantescos pechos saltara fuera, visible ante él, totalmente lista para que él los apretara y los sintiera dentro de sus manos…
-No -le dijo, alzando la mirada hacia sus ojos, con súplica, temblando por los nervios-. No me hagas esto, Ginny. Te lo pido por favor.
-Hoy ya me rechazaste una vez -le dijo ella, acercándose a él despacio, su camisa abierta salvajemente, cayendo sobre la corta pollera de su uniforme escolar-. Te pedí a los gritos que me follaras, ¿recuerdas? En el partido -se le acercó hasta quedar pegada a él, y el corazón de Harry latió a toda velocidad. -Te rogué que me follaras, y tú… Tú me negaste aquel pedido desesperado. ¿Sabes por qué te lo pedí a ti, Harry, antes de lanzarme sobre Davies?
Harry negó con la cabeza.
-Porque no he dejado de tirarme a infelices que no valen nada para mí, desde que empezó todo esto. Si supieras lo que he hecho… Pero aún no pude tener al único que quería, al que siempre quise. Sí, Harry. Así como tú amas a la simplona estúpida de Hermione, yo te amo a ti, idiota -le dijo, mordiéndose los labios como con una mezcla de rabia y deseo, todo a la vez, sus ojos llenándose de lágrimas otra vez-. Te amo desde que tengo memoria, desde que mis padres me contaban las historias de Harry Potter sobreviviendo al Innombrable, antes de irme a dormir. Y luego, cuando supe que ibas al colegio con Ron. Y luego, cuando apareciste en casa en el verano. Y luego -parecía obsesionada, mirándolo con los ojos muy abiertos, a solo centímetros de distancia-, luego cuando empecé la escuela y tú estabas aquí, y me rescataste en la Cámara Secreta… Me masturbé por primera vez a los doce años, en un baño del primer piso. ¿Sabes lo que tenía en la mano?
Harry negó con la cabeza, muy asustado.
-Tenía una foto tuya -dijo ella, tomándole un brazo con fuerza. Harry sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. -Una foto tuya tomada por Colin Creevey. Y me tocaba una y otra vez, mirando esa foto. Pensé que no te fijarías en mí porque era muy pequeña. Pero entonces crecí. Crecí y también crecieron mis tetas, que se pusieron enormes. Y mi trasero, que heredé de mi madre, gigante y duro, parado, firme… Todo para ti. Pensé que te fijarías en mí ahora que me había puesto tan buena, pero no… Tú… Tú… Tú solo tienes ojos para la tabla de Hermione, ¿no es cierto?
Harry quiso decir algo, pero no le salían las palabras. Ginny le tomó una mano y la puso encima de uno de sus pechos. Harry tragó saliva. Realmente se sentía enorme, en su mano, duro y firme. Era el mejor pecho que hubiera tocado nunca. Ginny pareció adivinar eso en su mirada, y se lo hizo apretar con fuerza.
-De esto te pierdes, por amar a Hermione -le dijo, en un susurro cargado de rabia-. Tú y yo pudimos ser algo. Si no te hubieras puesto a amarla a ella. Dime, ¿qué tiene ella que no tenga yo? Dímelo ahora, Harry.
-Yo… Ella… Tú… -Harry no sabía qué decir. Lo cierto era que no había mucho que decir, porque Ginny tenía buenos argumentos, y Harry sentía esos argumentos dentro de su mano, y lo estaban poniendo más y más duro con cada segundo. Ginny pareció percibir eso. Era como si pudiera sentir todo lo que le pasaba a él. Y le dirigió una sonrisita, moviendo su mano por su pecho, más y más.
-Y esto es el aula de Encantamientos -dijo Hermione, mirando a Ron como si fuera un niño de dos años, al abrir la puerta de un aula vacía y oscura y señalar el interior. Ya no había nadie en los pasillos, y no estaba segura de que estuviera permitido vagar por ellos a esa hora. Pero Ron asentía, fascinado, mirando todo con curiosidad.
-¿Y dónde viven los demás ángeles? -preguntó Ron, mirándola a los ojos con intensidad.
-No, Ron, ya te dije que no hay ángeles -dijo Hermione, pero mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja.
-Pero -insistió él, mirándola fascinado-. Tú no eres como las demás personas… de este castillo. Tú eres… diferente.
-Claro que no…
-Eres muy hermosa -dijo él, que no podía apartar los ojos de ella-. Imaginé que no habría otros ángeles, como tú, porque pareces única. Pero, ¿de dónde has salido? ¿Eres una criatura mágica de Hogwarts? -hablaba con cara de bobo y los ojos muy abiertos.
-No, Ron, soy tu amiga, somos amigos desde primer año.
-¿Amigos? -la sonrisa se borró momentáneamente de la cara de Ron-. ¿Solo amigos?
-Pues sí.
-Pero… Yo te debo haber dicho que eres hermosa, que me gustas muchísimo, que eres la persona más maravillosa que haya visto en toda mi vida… Debo habértelo dicho cientos de veces, ¿no es así?
-De hecho, no -dijo Hermione, que parecía estar disfrutando de aquello-. ¿De veras piensas eso? -y se sonrojó un poco.
-¡Claro que sí! -dijo él, a toda prisa-. Tú eres… Tú… Tú…
Pero entonces, su mirada de idiota empezó a desaparecer, lentamente. Sus ojos quedaron en blanco. La baba le chorreó por la barbilla. Su cabeza quedó colgando varios centímetros.
-¿Ron? -preguntó Hermione, preocupada.
Ron levantó la cara al oír su nombre, muy lentamente. Ya no sonreía.
-¿Hermione? -dijo. Miró alrededor, confundido. Aquella expresión tonta se había ido y ahora estaba serio. Miraba alrededor, como si acabara de despertar de un largo sueño. -¿Qué pasó? ¿Qué hago aquí? ¿Qué estamos haciendo aquí?
-Ron, tú… ¿Tú me recuerdas?
Ron miró a Hermione con el ceño fruncido.
-Claro que te recuerdo -dijo, arrugando la cara-. ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Dónde está Harry?
Hermione hizo una mueca, algo decepcionada.
-Harry te golpeó en la cabeza hace unos días, y estuviste en la enfermería desde entonces.
-¡Ah, cierto! -dijo Ron, de pronto furioso-. Ese hijo de… ¡Me golpeó fuertísimo, con esa jarra! Ahora lo recuerdo todo… Luego del golpe, yo me lancé encima suyo, ¿sabes? No pensé que había sido para tanto. Pensé que aún podía vencerlo. Pero entonces, cuando McGonagall venía a detenernos, ahí sentí el efecto del golpe, como retardado, todo de pronto. Y ahí caí al suelo, y todo se puso negro… ¿Estuve dormido desde entonces? Tengo que ir a buscar a Harry. Voy a matarlo, Hermione, te juro que…
-Espera -ella lo tomó del brazo-. Eso fue hace días, Ron. Pero, ¿no recuerdas lo de…? ¿Lo de recién?
-¿Qué cosa de recién?
-Es que estabas con amnesia de mediano plazo. O eso dijo Madam Pomfrey. Y me estabas diciendo algo. ¿No lo recuerdas?
-No -dijo Ron, pasándose una mano por el cabello-. Solo te diré una cosa. Me alegro de haber estado en la enfermería, porque ya no me siento… tú sabes, como nos hemos estado sintiendo todos desde hace días. Me siento normal, por suerte.
-Sí, lo sé. Yo tampoco me siento así. Me eché un encantamiento enfría nalguis hace un rato. Pero quizás se me pase pronto el efecto. Y tú no te sientes así porque, por algún motivo, dejas de sentirte así cuando estás en la enfermería, a mí ya me ha pasado… Escucha, es que tú estabas diciéndome algo. ¿Seguro que no lo recuerdas?
-Te digo que no, Hermione -dijo Ron, ahora enfadado-. Lo que te digo yo es que, en cuanto vea a Harry, se arrepentirá de no haberme dado un golpe mortal. ¡Porque yo lo mataré a él!
-¡BASTA, RON! -Hermione se enojó, mirándolo con los ojos entrecerrados-. Ya olvídate de eso. ¿Por qué se pelearon, de cualquier forma?
Su pregunta dio en el clavo. La había hecho a propósito. Ron se ruborizó al instante, su expresión de enojo desapareció y empezó a acomodarse la ropa, muy nervioso.
-Yo, bueno… Oye -la miró con suspicacia-. Seguro ya lo sabes, porque estábamos peleando a los gritos… ante todo el colegio.
Hermione le sonreía de una forma que lo incomodó mucho.
Ron lanzó un suspiro y la miró extremadamente nervioso.
-Bueno… ahora que lo sabes… -se rascó un brazo, mordiéndose los labios y mirándola-. ¿Qué… qué piensas?
-Pues no lo sé, Ron. Verás, hace unos minutos estabas diciéndome que soy hermosa y lo más bello que hayas visto en tu vida, pero ahora…
Ron se ruborizó hasta el extremo.
-¿Yo… yo dije eso? -preguntó, aterrorizado.
-Sí, pero quizás solo estabas delirando, por el golpe, ¿no? -Hermione entrecerró más los ojos-. ¿Qué crees tú?
-Yo… yo… bueno, yo… -Ron no parecía ser capaz de pronunciar palabra-. Quizás debería descansar, ¿no crees? Mejor iré a mi habitación…
-¿Te sientes mal?
-No, de hecho…
-Entonces, ¿cuál es el apuro?
Ron se dio cuenta de que no tenía salida. Tenía que hablar de eso con ella. No lo dejaría huir de allí sin hacerlo.
-Bien -dijo, tomando mucho aire, más nervioso que nunca en su vida-. Me gustas. ¿De acuerdo? Por eso me peleé con Harry. Y ya lo sabes, porque todo el colegio lo oyó. Así que eso es… me gustas.
Hermione se quedó esperando, pero eso fue todo. Ron no dijo nada más.
-¿Eso es todo?
Ron abrió mucho los ojos.
-¡Oye! -protestó-. ¡Me costó mucho decirlo!
-Está bien -Hermione sonrió-. Es suficiente para mí. Es decir, conociéndote, claro. Me quedaré con todo lo que me dijiste en tu otro estado, el amnésico… fue mucho más romántico, pero está bien. Sé que tú eres así.
-Yo… Tú… Oye… -Ron se atragantó con las palabras.
-De cualquier forma, tengo poco tiempo, Ron. Se me está por terminar el enfría nalguis, y hay algo muy importante que quiero pedirte. Me alegra que estés bien, y recuperado. Porque estaba deseando que despertaras, para pedírtelo.
-¿Pedirme qué?
-Ven conmigo -Hermione lo tomó de la mano y tiró de él. Aturdido, Ron fue tras ella, por los corredores.
-Hermione, ¿a dónde estamos yendo? -preguntó, luego de subir escaleras, mientras avanzaban por un desierto corredor, que pronto se quedó a oscuras cuando se apagaron todas las velas. Ya era la hora de que todos estuvieran en sus salas comunes.
-Tú eres prefecto, ¿no es así?
-Sí, ¿y eso qué?
-¿No reconoces este lugar?
Ron miró el lugar a donde Hermione lo había llevado. Estaban en el quinto piso, en la cuarta puerta a la izquierda de la estatua de Boris el Desconcertado.
-¿El baño de prefectos? -preguntó Ron, mirando la puerta, sin comprender. Y entonces comprendió, y abrió mucho los ojos, aterrado. Hermione sintió que a Ron le sudaba la mano, en la suya. -¿Qué… qué es eso… que querías pedirme? -preguntó, muerto de nervios.
-He estado pensando mucho, luego de tu pelea con Harry -le dijo ella, en voz muy baja-. Y realmente aprecio mucho que ustedes… ambos… sientan esto por mí… Pero yo, realmente, no sé lo que siento. Y no es fácil decidirlo con todas estas sensaciones tomando el control de nuestros cuerpos.
Ron no la miraba. Dejó los ojos clavados en la puerta del baño, como si hubiera algo captando poderosamente su atención allí.
-Es decir, ni siquiera sé si ustedes no tuvieron esa pelea bajo esos efectos…
-¡No, claro que no! -dijo Ron-. ¡Estábamos normales! Fue temprano en la mañana. Sabes que cuando recién te despiertas te sientes normal. Es más tarde que empiezas a sentirte así…
-De acuerdo… En fin, así es que decidí aplicarme el enfría nalguis, hace un rato. Porque quiero hacerlo contigo, Ron -dijo eso en un tono de voz aún más bajo, casi inaudible, como avergonzada pero decidida a la vez-. Quiero sentirlo así, de forma normal. Quiero explorar lo que siento por ti, en estado normal… ¿Quieres hacerlo tú también?
Ron estaba pálido, de piedra.
-Sí, claro -dijo muy rápidamente, sin pensar.
-De acuerdo -dijo Hermione, poniéndose delante de él, que dio un salto hacia atrás, asustado-. Solo estoy abriendo la puerta, Ron, tranquilo.
-Claro -dijo Ron, tragando saliva.
Hermione abrió la puerta del baño, luego de decir la contraseña, que ambos sabían, al ser prefectos, y le indicó con la cabeza que la siguiera adentro.
Ron, con ambas manos en sus bolsillos, temblando de miedo, entró al baño de prefectos tras ella. Temblaba de pies a cabeza.
Harry y Ginny ahora se besaban, a los pies de la estatua. Ella le sujetaba la mano bien firme contra su pecho izquierdo, sin permitirle quitarla, y lo besaba con mucha intensidad, su camisa abierta revelando todo su pecho y su ombligo.
-Alguien puede vernos -le dijo Harry, entreabriendo los ojos y espiando por sobre su hombro-. Algún profesor podría estar patrullando los corredores.
-No pensaba que nos quedemos aquí -le dijo ella en voz muy baja, apretándolo contra sí, presionándolo contra el enorme pecho en el que Harry tenía abierta y hundida toda su mano. Sentía su aliento cálido en la cara. Ambos estaban muy calientes.
-¿Y qué tenías en mente? -preguntó Harry, cuyo pene estaba erecto contra el pantalón y marcadamente visible, a escasos centímetros de la pierna de Ginny.
-Tengo muchas fantasías eróticas contigo -le dijo ella, mirándolo con los ojos muy abiertos, sus gruesos labios húmedos por el beso que acababan de darse. La chica se acercó aún más, y Harry sintió la textura de la piel de su seno y la tela del abultado sostén en toda su mano. Sentía el roce de su pezón endurecido, a través de la tela. -Pero hay una que le gana a todas las demás.
-¿Cuál? -le preguntó él, débilmente.
Ginny le movió la mano en un círculo, para que pudiera sentir el tacto de cada centímetro de su pecho.
-La Cámara de los Secretos -dijo ella, con una media sonrisa, un poco asustada, un poco rebelde, y muy excitada.
Harry asintió, serio.
-De acuerdo -le dijo, la voz temblando ligeramente, su pecho inflándose. Se puso de pie rápidamente y le tendió la mano a Ginny, que se la tomó. -Vamos.
Avanzaron rápidamente por los pasillos, ambos bajo la capa para hacerse invisible de Harry. Mientras caminaban, Ginny le acariciaba el pecho y el abdomen, ocultos por la invisibilidad de la capa. Para cuando llegaron al baño de Myrtle la llorona, Ginny ya le había bajado el cierre del pantalón y le rozaba el bóxer con los dedos, mientras Harry la abrazaba por los hombros con una mano y le tocaba un pecho con la otra, por debajo de la camisa aún abierta, que ondeaba en el aire. Myrtle no estaba allí, debía haberse ido por las cañerías.
-Ábrete -susurró Harry, y un silbido agudo salió de sus labios en lugar de la palabra.
-Yo primero -Ginny pasó delante de Harry, cuando el lavamanos se hundió y apareció el túnel que llevaba a la cámara. La chica se quedó allí de pie, de espaldas a él, y entonces extendió las manos hacia atrás, tomó las dos manos de Harry y lo impulsó hacia adelante. Harry quedó pegado a ella, su pecho contra la espalda de la chica. Sintió su erección apoyarse contra la pollera de Ginny, por detrás. La chica lo obligó a llevar sus manos a sus pechos, y Harry se los acarició, mientras la apoyaba por detrás. -Ahora -susurró ella.
Ambos avanzaron juntos hacia adelante, y cayeron por el túnel. Mientras descendían metros y metros por el interior del colegio y hacia las profundidades bajo este, por el túnel secreto, Ginny apretaba los brazos de Harry con fuerza contra ella, para que la abrazara fuerte por detrás, y Harry sentía el trasero de Ginny apretado con fuerza contra él. La cabeza de Ginny, más baja que la suya, se refugiaba en su pecho, y las manos de Harry se cerraban en sus enormes pechos, mientras ambos caían…
Llegaron al final del túnel, y cayeron juntos sobre el suelo cavernoso exterior a la cámara.
-¿Estás bien? -preguntó Harry, pero Ginny ya estaba de pie, tomándolo de la mano y tirando de él para llevarlo a través del pasillo cavernoso. Avanzaron varios metros hasta que vieron el cúmulo de rocas que había quedado tras el derrumbe ocasionado por Lockhart tres años atrás. Pasaron por el hueco abierto por Ron, siguieron de largo pisando los restos que aún quedaban de piel de serpiente y llegaron a la puerta de la cámara.
-Ábrete -dijo Harry de nuevo, su voz en pársel temblando un poco por la excitación y los nervios.
La puerta de la Cámara de los Secretos se abrió. Harry y Ginny pasaron por arriba del esqueleto con piel en que se había convertido el cadáver del basilisco, avanzaron por el pasillo central flanqueado por altos pilares y llegaron hasta los pies de la gigantesca estatua de Salazar Slytherin, en el extremo más alejado en lo profundo de la cámara.
-Aquí -dijo Ginny, volviéndose hacia él.
Estaban en el exacto mismo lugar donde ella había yacido en segundo año, bajo la estatua, inconsciente y prisionera de Tom Riddle.
Se dejaron caer allí mismo, en el suelo, besándose con desenfreno. Harry no podía más de la excitación. Ginny lo había calentado de una forma increíble, le hubiera dicho que sí a cualquier cosa que ella hubiera propuesto. No podía luchar contra el deseo.
Se dejó caer encima de ella y terminó de quitarle la camisa blanca, de un tirón. Luego ella le terminó de desabotonar el pantalón, bajándoselo entre besos. Harry le acarició el trasero, mientras se apoyaba encima de ella, en bóxers, presionando su pene contra la corta pollera de la chica. Metió una mano por los muslos de Ginny para sentir sus gruesas piernas en las manos. Subió la mano por sobre las medias semi transparentes que tenía la chica hasta llegar a la base de su cola, y le subió la pollera para tocar la piel de su trasero.
Se movía encima de ella, rozando su pene contra ella, besando sus pechos por arriba del sostén. Le subió la pollera por completo y metió las dos manos en sus nalgas, apretándoselas y acariciándolas. Ginny tiró de su bóxer para abajo, dejando que su pene duro saliera fuera y rozara contra su calzón.
Harry entonces llevó ambas manos a la espalda desnuda de la chica y corrió los ganchos del sostén. Ocurrió tal como lo había visto en su mente, en su fantasía desenfrenada: los pechos de Ginny eran tan grandes que el sostén saltó un poco hacia adelante, como si no hubiera podido resistir la presión de estos. Ginny se lo quitó, pasándolo por sobre la cabeza, y Harry pudo ver sus enormes senos desnudos ante él, a la luz de la tenue luz verdosa proveniente de los pilares, tras ellos. La corbata de Gryffindor aun caía sobre el costado de estos, atada a su cuello.
Empezó a recorrer esos hermosos pechos con su lengua. Los acarició y los besó. Hundió su cara en medio de ellos, besando el pecho de Ginny, subiendo hasta el cuello y bajando otra vez. Ginny alzó las piernas, clavando sus zapatos en la cintura de Harry por detrás, su pollera subida y Harry con el pantalón y el bóxer bajos hasta las rodillas. Le rozó el calzón por fuera con el pene. La besó en los labios, probando el gusto de su cálida lengua. Ella lo miró con sus ojos castaños claros, su cabello pelirrojo escurriéndose por el suelo de roca de la cámara.
Entonces, Ginny tiró del borde de su calzón, hacia abajo, con ambas manos. Harry la sujetó de la cintura y empezó a penetrarla contra el suelo.
