Disclaimer: mientras Martin siga procastinando, yo seguiré escribiendo. Y el que se seguirá llevando la pasta es él.

Esta historia responde a un desafío lanzado por Trici en el foro Alas Negras, Palabras Negras. La premisa es "Daenerys muriendo de forma diferente a la serie." Quería regalártelo por tu cumpleaños, pero ya me conoces. Yo y mi ritmo de crucero escribiendo.

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Un lugar en el mundo

Estaba cayendo la noche.

Al salir del Torreón de Maegor, comprobó instintivamente el foso de picas que lo rodeaba. Allí habían encontrado al niño rey. Nunca habían podido resolver quién lo había empujado, o si había decidido saltar, como una de sus antepasadas muchos años atrás.

Las puertas de hierro emitieron un chirrido cuando Héroe las abrió. La sala estaba desierta, pero las antorchas todavía ardían en los candeleros. Sus pasos levantaron ecos del suelo de mármol, lejanos, vibrantes. Las puertas se quejaron de nuevo cuando se cerraron tras ella. En los últimos tiempos le gustaba estar sola.

La luz dibujaba sombras oscuras, monstruosas. El sol estaba a punto de tumbarse y los haces rojos, naranjas y púrpuras entraban por las ventanas estrechas y largas del Salón del Trono. Prestó atención a las formas sobre el mármol, peligrosas y amenazantes, de grandes fauces abiertas. Los cráneos de los dragones habían regresado a su lugar en las paredes. El hueso pulido brillaba como el ónice negro, era escalofriantemente bello.

Dany no sabía a quiénes pertenecían la mayoría de ellos. Podía adivinar cuál era el de Balerion, el más grande y temible, y también conocía otros dos mucho más pequeños. No les había dado tiempo a crecer, no como a su hermano. Viserion y Rhaegal parecían insignificantes al lado del Terror Negro, pero no lo habían sido en batalla. Oh, no. Antes de caer, sus llamas habían calcinado cientos de espectros, habían llevado el verano a las Tierras del Invierno.

Los dragones que llevaban en homenaje los nombres de sus hermanos habían muerto. Igual que ellos, igual que tantos otros. En el Bosque Encantado la vida había abandonado sus cuerpos cuando una magia superior los había ocupado. Algunos caminaron, trataron de herirla. Algunos olvidaron incluso sus juramentos más poderosos, como Gusano Gris. Al final, todos habían ardido en la pira, purificados por el fuego de Drogon.

Las estrellas ya centelleaban en el cielo. A Dany le hubiese gustado conocer el firmamento. Había quienes podían leer el destino en las estrellas; aunque suponía que sus predicciones solo serían grises y funestas, como todas las que le habían hecho.

Dany había sufrido tres traiciones ―la primera por sangre, la segunda por oro, la tercera por amor― y tenía la sensación de que habían olvidado profetizar una cuarta.

Allí mismo, esa misma tarde, se había reunido el Consejo. Dany decía, para sus adentros, que era el circo, porque los que lo constituían eran nada más que bufones. Ese día habían debatido con la indolencia habitual. Poniente se hacía pequeño en las bocas de esos hombres. Actuaron como si Dany no fuese la reina, como si no hubiese regresado del Norte con la gloria sobre sus hombros. Los halagos habían desaparecido, igual que sus insinuaciones. ¿Cuántos días llevaba Mace Tyrell sin ofrecerle a su hijo en matrimonio? ¿Y cuántos Lord Arryn en no presentar su propia candidatura?

Dany se había puesto sus mejores orejas largas para el circo. Ben Plumm habría dicho que era la reina de los conejos; se habría sentido orgulloso de ella, si no hubiese muerto a manos de los Otros.

Entonces había buscado a su único amigo con la mirada, pero lo había encontrado al fondo de una copa de vino. Tyrion sacaba buen provecho de los últimos tintos de Paxter Redwyne, aunque ya no lo hacía con ella. Él, que había sido un salvavidas en Meereen, que había recibido de Dany todo cuanto le había pedido, ya no la socorría con su ingenio ni con la acidez de sus comentarios. Ya ni contaba con su atención. Tal vez habían dejado de ser amigos, desde aquella vez en Invernalia con Lady Sansa y sus hermanos, y ella no se había percatado.

Dany conocía bien cómo eran las traiciones. Todas le habían roto el corazón y todas le habían enseñado. Escuchaba las verdades y también oía las mentiras silenciosas. Podría hacerlos enmudecer de inmediato, pero ¿quién ocuparía sus sillas alrededor de la mesa?

Es difícil para una reina conservar amistades. Hay que tomar decisiones.

Dany avanzó hacia el Trono. Era un monstruo en sí mismo.

Subió los escalones uno a uno, sin prisa, cada uno más alto que el anterior. Solía decir que el banquito desde el que gobernaba Meereen era incómodo, pero solo porque no conocía todavía el Trono de Hierro. Ser Barristan no estaba para cubrirlo de cojines de plumas, aunque tampoco los habría puesto: sería ridículo, la haría parecer débil.

Dany había aprendido a no apoyar los brazos. Ocultas bajo las mangas del vestido, conservaba las vendas hasta los codos, cubriendo las heridas que los filos de las espadas le provocaban. Su sangre había goteado sobre el acero desde el primer día.

Miró a la estancia vacía. Casi siempre estaba vacía. El pueblo acudía por justicia, pero el pueblo se había roto y había sangrado como ella, y los pocos que se presentaban exigían comida. El invierno se había ido y sus penurias se habían quedado, como las secuelas de las guerras. «Poniente lo prefería a él ―le había dicho la Araña, antes de ser ejecutado―. Al vulgo no le importa quien lleve la corona, siempre que los dejen en paz. Y con todo, lo preferían a él, no les daba miedo.»

Doran Martell también se lo había dicho, encendido de rabia. Dany había tratado de explicarle que era un dragón de tela, pero el príncipe de Dorne no lo entendía. Para él, era el hijo de su hermana y no la perdonaría jamás. «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.»

Había alguien en la sala.

Dany vio la silueta que aparecía tras una columna. Se le había aparecido otras veces, hacía una eternidad.

―Fui al sur ―le dijo― y fui al este. Retrocedí y encontré las penumbras.

―Lo sé ―asintió la mujer de la máscara de laca roja.

Se observaron en silencio durante larguísimos segundos, hasta que Dany sacó todo el aire de sus pulmones.

―¿Y ahora qué? ―Le preguntó. Quaithe siempre le había dado consejos, crípticos y desconcertantes, pero la domadora de sombras ofrecía verdad―. ¿Qué debo hacer?

―Ya lo habéis hecho todo, madre de dragones. ―A Dany le pareció atisbar tristeza bajo la máscara, reflejada en los ojos húmedos y brillantes de la sacerdotisa―. Todos cumplimos una función. Todos debemos completar nuestros destinos.

―El mío está incompleto ―refutó―. Tengo que reinar, ¡si el circo me deja hacerlo! Puedo hacer de Poniente un lugar mejor. He nacido para ser la reina.

―No.

―¿No?

―Vuestro cometido era mucho más elevado. Reinar es…

―He vencido ―replicó―. Vencí a Viserys primero, a los dothrakis después. Vencí a la miseria y al éxodo del Desierto Rojo. Conquisté Astapor, Yunkai y Meereen. Conseguí ejércitos y barcos y me vengué de quienes trajeron la desgracia a mi familia. ¡Vencí a los Otros! ¡Los incendié con mi fuego! ¡Soy la madre de dragones! ¡No termino aquí, no así!

Dany parpadeó un instante para apartar las lágrimas, y Quiathe ya no estaba frente a ella. La sacerdotisa estaba a su lado, sentada sobre las espadas retorcidas, pero Dany sabía que no podría hacerse daño: no estaba allí, solo su sombra.

―¿Queréis este trono?

―Sí ―murmuró, sin fuerza.

Las manos de Quaithe le tocaron el rostro. Dany no sintió nada.

―Yo solo quería volver a casa.

Era todo cuanto había querido al principio. ¿Por qué había pensado que el trono era su casa? Dany quería ir a la de la puerta roja. Era mucho más sencillo conquistar la casita de la puerta roja que el Trono de Hierro.

―Me pertenece ―insistió―. Era de mi padre. Quiero mi casa y también el trono.

―A veces lo que más deseamos es lo que más daño nos hace.

―No debería ser así.

―Ni siquiera una reina puede cambiar la naturaleza de las cosas. ―Dany imaginó que Quaithe sonreía con condescendencia.

―Habrá más traiciones ―asumió. Se llevó una mano al pecho, y descubrió que estaba sangrando otra vez. Un nuevo corte apareció en la palma de la mano, rojo, profundo y doloroso. Quizá se había agarrado al trono sin darse cuenta.

―Conocéis bien las traiciones, Daenerys. Sí, vendrán más. Yo también las veo.

―¿Quién más? ¿Tyrion? ¿Martell? ¿Héroe? ¿Missandei? ―Amaba a Missandei como a una hermana pequeña, aunque su escriba ya había cumplido los catorce y ya era una mujer. Daenerys la había alertado, sabía cómo la miraban los hombres. Si Missandei la traicionaba, el daño sería irreparable.

―Quizá estéis a tiempo de cambiar vuestra fortuna ―se limitó a decirle.

Hasta Quaithe le mentía. Dany trató de atraparla, pero la mujer de la máscara se desvanecía en jirones de humo, y de un momento a otro, ya no estaba allí.

«Ante todo ―se dijo―, la sangre del dragón no llora.»

Las heridas de la mano le producían una extraña comezón. Dany se limpió en el vestido. Y después caviló.

Amaneció y las luces volvieron a traspasar las ventanas, expulsando las tinieblas de la estancia. El cuerpo se le había agarrotado y la cabeza se resentía de una presión dolorosa. Se puso en pie y bajó los escalones con torpeza, uno a uno, con calma.

Había perdido tres hijos, pero todavía le quedaba uno.

Iba a encontrar la puerta roja. Solo tenía que despertar a Drogon en el Pozo Dragón. Hacía tiempo que no volaba y la perspectiva la excitaba. Volar era lo mejor que había hecho nunca. Quiso sonreír de felicidad. No pudo.

Debía estar realmente cansada. Había pasado muchas horas sentada en el monstruo de acero. Se movía con demasiada rigidez, como si estuviese encadenada.

Por algún motivo, volvía a sangrar.

Y de repente, tenía hierro en el cuerpo, la empujaba hacia abajo y no podía respirar. Cayó de rodillas a los pies del trono y se forzó a inspirar y espirar.

«Tengo que llegar a Drogon ―pensó―. Tengo que…»

Sintió cada pequeño detalle de la agonía.

Y Dany murió intuyendo la verdad, ignorando quién había vertido el veneno en las espadas.


Y así Dany se sumó a la leyenda negra del Trono de Hierro, junto a Maegor y Rhaenyra.