**** Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen ****
CABAÑAS
¿Qué voy a hacer contigo, Helga? ¿Cómo sosegar lo que siento por ti? Lo intento, trato en verdad de verte como una amiga pero…es que tú…yo te... ¡Diablos! No quiero seguir ocultándote lo que alberga mi corazón. No puedo seguir así porque este silencio es un cáncer que me ataca de apoco, estoy enfermo, enfermo de mutismo. Y ahora, enfermo de celos.
Sé que dije que no me importa, lo sé pero no es verdad Helga y verte animada, silbando mientras te arreglas para encontrarte con otro hombre me desespera. No entiendo porqué lo dije, es decir, no es cierto que me es indiferente. Claro que no. No quisiera que te vieras con alguien más. Me hierve el hígado de pensar que ese desconocido te toque, te mire, te hable. Que tú le dediques una sonrisa, si quieres la más fea de tu repertorio, pero una sonrisa al fin y al cabo.
Te ves preciosa envuelta en esa toalla y dando vueltas por la recámara, eligiendo el atuendo, aplicándote crema. Y yo te miro insolente, a sabiendas de que me golpearás si te das cuenta. ¿Te habrás paseado alguna vez por tu departamento, tratando de arreglarte para un encuentro conmigo? Me gusta pensar que sí porque siempre luces maravillosa e impecable. Siempre.
En cierto modo me alegra que esta cita suceda aquí, en medio de la naturaleza, cuando no trajiste nada elegante ni sensual para lucir. No tienes muchas opciones jeans o pantalones de deporte, tennis o botas, playera o una blusa de manta. No trajiste alhajas, no hay perfumes. Aunque para ser sincero no necesitas nada de eso. Con un costal y sin bañar estarías hermosa. Pero eso él no lo sabe porque no te conoce como yo.
Veo que elegiste justo lo que pensé. Debería voltear a mirar la tele, se supone que eso estoy haciendo aquí sentado en el sillón con el aparato encendido y el volumen alto en un intento desesperado por sofocar las imágenes que vienen a mi mente patrocinadas por ti y esa bendita toalla.
Será mejor que deje de mirar pues estás a punto de quitártela. Ahora sólo te escucho, cierro los ojos para potenciar mis otros sentidos. Te escucho, oigo cómo se desliza la tela de mezclilla por tus largas piernas, abotonas y sigues con la blusita de manta blanca y bordada. Seguro me llamas en 5 segundos cuando te atores en ella como siempre.
-¡Gerald!
Ves, ¿qué te dije? Ya voy, camino hacia ti, posiblemente medio me ves a través de la tela, te sonrío burlón, lo mereces por hacerme sufrir.
- Ya la habría tirado, si fuera tu.
- ¡Jamás!- sueltas un bufido, exasperada - Estará conmigo hasta que le salgan agujeros tan grandes que parezca estar desnuda cuando me la ponga.
-¿Por qué te gusta tanto?
- Porque tú me la regalaste, tarado.
Es verdad, no lo recordaba, hace un par de años te la regalé de cumpleaños. Me pareció fresca, delicada, divertida y hermosa como tú.
-De acuerdo, no la tires. Mejor te ayudo a bajarla
Lo que has dicho tranquiliza mi corazón, muy poco. Tu cabello se enredó en el único botón que tiene. Lo suelto con cuidado y te ayudo a bajar la tela. Sin planearlo rozo con los dedos, empuñados alrededor de la blusa, la piel de tus costados y siento como te estremeces. Carraspeo para aclarar mi garganta antes de hablar pues la sensación me recorrió por completo y el ser (nada pensante) que habita en mis pantalones medio despertó.
- Listo
- Gracias
Estás turbada, lo siento. No fue mi intención molestarte. Me voy al sillón nuevamente. Ojalá puedas dejar pasar esta situación no quisiera tener problemas contigo, menos hoy que nuestra estadía está por culminar. Esta será la última noche. Mañana partiremos en la tarde.
- Me voy, nos vemos en un rato.
Te despides con la mano y yo…muevo la cabeza en respuesta, no deseo seguir mirándote porque siento que mis ojos se anegan en lágrimas.
Me quedo dormido en el sillón. Imaginando y después soñando un sinfín de escenarios entre ese sujeto y tú. Me despiertas con el ruido atronador de la puerta. Sobresaltado me paro de un brincó. Estás recargada en ella. Me miras con los ojos hechos agua, ¿qué pasó? ¿te hizo algo ese malnacido?
- No alcanzó a hacerlo. Es un idiota que piensa que no significa sí.
Noto que formulé las preguntas en voz alta. Me acerco a ti. Estás llorando, me imagino que por el susto. Mañana pondré una queja en la administración, algo se podrá hacer después de todo es un empleado del lugar.
Otro paso y ya estoy frente a ti. Te abrazo y entierras tu rostro en mi pecho. Me desarma el verte así. Beso tu coronilla y te sobo la espalda en un intento por calmarte. Sollozas y siento que dejas caer tu peso sobre mi. Mejor te levanto, ¿no crees? Paso un brazo alrededor de tu espalda y el otro en la flexión de tus rodillas, recargas tu cabeza en mi hombro. Eres muy ligera y cálida.
Te llevo a la habitación y te recuesto en la cama. Descalzo tus pies y te cubro con las mantas. Estoy por alejarme pero me tomas de la mano.
- ¿Puedes quedarte conmigo? - lo dices mirándome a los ojos con una intensidad que jamás había visto como si supieras que yo soy capaz de protegerte ante cualquier cosa, como si supieras lo que alberga mi corazón.
- Claro que sí, por supuesto - mi voz es apenas un susurro, tu mirada me dejó indefenso - voy a cerrar y ya regreso.
Apago las luces, cierro las ventanas, aseguro todo. Llego al cuarto y me acuesto a tu lado. Bajo las mantas, contigo. Y tú me abrazas pegando todo tu cuerpo a mi costado. Apergollando mi figura con las piernas y los brazos. Paso una de mis extremidades bajo tu cabeza para abrazarte a mi cuerpo y te acomodas en mi pecho justo sobre mi corazón que palpita a mil. Cierras los ojos y poco a poco te vas calmando. Te estás quedando dormida, con tu mente entre la conciencia y la inconsciencia, dejas escapar un "te quiero, mi Gerald" .
Me permito afianzar mi abrazo y besar tu cabeza. ¿Qué voy a hacer contigo, Helga (mi Helga)?
