***Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen ***
CASA JOHANSSEN
-Apresúrate, Helga. Vamos tarde.
- Ya voy, cabeza de cepillo – toma la pequeña bolsa de viaje y el inseparable morral. Es un alivio que dentro de los regalos para este año haya decidido comprarle uno nuevo, éste se encuentra tan desgastado y viejo que no tardará en romperse.
Tengo mi maleta en el auto, la espero, el viaje no es tan largo pero deseo llegar con la luz del día. Mi familia nos espera ansiosa. Por fin termina el recorrido por su estancia, lo inspecciona todo.
-¿Ventanas?
-Cerradas.
-¿Llaves de paso?
- Cerradas.
- ¿El gas?
- También.
- ¿Llaves? – me las muestra - ¿Cartera? -toca el bolsillo trasero de sus jeans.
- Desconecté todo, incluso la nevera.
- Entonces estás lista.
- Pero siento que algo se me olvida. – la observo repasar nuevamente el lugar con la mirada. De pronto sonríe, ya lo recordó. Me da la maletita y corre a su cuarto. Regresa con un brillo divertido en la mirada.- ahora sí, vámonos.
Solamente Dios sabe lo que estuvo a punto de dejar esta mujer porque a mí no me suelta prenda. Cuando quiere es una tumba.
Las seis horas de camino pasan volando. En nuestros respectivos trabajos nos dan unos días para navidad y casi siempre la pasamos juntos y en general con mi familia. Cuando va con la suya prefiere aparecerse sola. No la culpo por haberme vetado de por vida, la acompañé en la navidad de nuestros 20 años y estuve a un pelo de partirle la cara a su progenitor cuando noté el rechazo hacia mi amiga, quién muy animada les contaba sobre sus logros personales y profesionales.
Además el hecho de que ni siquiera fuera capaz de llamarla por su nombre, me desquició. "Soy Helga, papá", le corregía la rubia cada tanto. Y luego regresaba inevitablemente a ese mismo nombre para referir las hazañas y proezas de la mayor de las hermanas Pataki. Olga hizo esto… Olga nos contó aquello, Olga, Olga, Olga.
Helga entendió que me calentaba la situación y cuando mis labios estaban tan apretados que seguramente formaban una línea, me tomó de la mano y profiriendo una disculpa me sacó de ese lugar justo cuando me había puesto de pie con los puños apretados y las palabras "Vaya padre" saliendo de mis labios con todo el odio y acidez del que soy capaz.
-No lo soporto, Helga. Me llena de rabia el pensar que has debido vivir así.- miraba al piso mientras caminaba a su lado y pateaba una piedra delante de mi. No sabía a dónde me guiaba pero la seguía como un autómata.
- Son mis padres, Geraldo y, muy a mi pesar, los amo y deseo de ellos su aprobación y cariño. – lo dijo seria, con un dejo de tristeza. Giré el rostro para verla, ella miraba al firmamento. El cielo estaba divino, lleno de brillantes estrellas y ella parecía pedirle a alguna ese milagro. Luego fijó la mirada al frente. -llegamos – me anunció
Nos encontrábamos en un terreno baldío con un gran árbol en el centro, éste guardaba celosamente entre sus ramas una casita, hecha con trevejos. Helga subió las "escaleras" y me urgió a seguirla.
- Es la casa del árbol de los chicos de este barrio. Aquí los niños han venido a divertirse por generaciones. No sé si seremos los únicos semiadultos que han profanado este espacio – soltó una risita, como la que una niña traviesa.
- Es genial - dije sentándome en el silloncito que quién sabe cómo habrían subido. Tenían historietas, libros, juegos de mesa, etc., todo apilado y desperdigado. – Lo siento – interrumpí el silencio que se cernía sobre nosotros, frotaba mis manos inquieto- no soporto la manera en la que te trata tu familia.
- Lo sé, no hay problema pero espero que entiendas que jamás te volveré a invitar – me miró a los ojos, penetrando mi alma, sin rastro de reproche. – te quiero mucho pero también quiero a mis padres, lo último que deseo es enemistarlos.
- Perdona, lo comprendo. Prometo que si algún día me levantas el castigo me portaré mejor. – con la mano derecha sobre el pecho y la izquierda levantada mientras lo decía le sonreí. Ella me respondió y culminado el tema comenzamos a platicar de otras cosas. De todo y de nada, como siempre.
- ¡Bienvenidos! – mi madre nos recibe muy animada, abrazándonos – adelante hijo, Helga, cariño, deja eso ya y ven a darme un abrazo, si acaso es posible estás más bella que la última vez que te vimos. – la tiene agarrada de las manos y las extiende para admirarla con un poco de distancia. Sonrío pues es verdad, cada día mi Helga se pone más hermosa – ¡Martin, ven a saludar! - gritó en dirección a la escalera -Está arreglando el lavabo del baño de invitados, cielo, se dañó ayer – nos dirige a la sala pero yo me excuso para subir las cosas a los cuartos.
Dejo a Helga a merced de mi madre, al cabo ya se conocen, las escucho platicar animadamente y soltar de vez en cuando alguna risita. Es muy probable que esta pequeña rubia me esté echando de cabeza y es seguro que mi madre responde con alguna de las miles de anécdotas vergonzosas sobre mi niñez. ¿Qué más da? Adoro que disfruten el momento. Ya bajaré para reclamar vivamente.
