***Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen ***
N/A: mis amigos, les pido disculpas por notar hasta después de haber publicado los errores ortográficos en mi material, procuro releer tanto como me sea posible antes de subir los capítulos pero siempre se me pasa alguna errata. Normalmente escribo en mi celular y después paso la información al ordenador entonces he de corregir lo que el autocorrector hace, por ejemplo, con la conjugación ya que he notado que toma la común y, de acuerdo al tipo de narrador que estoy usando, no es la adecuada. También, me estoy reencontrando con la puntuación, total, soy un desastre.
Pero bueno, después de este dramita, ¿le seguimos o qué?
¡Disfruten!
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
DESASOCIEGO
"Por fin", digo en voz alta soltando un largo suspiro cuando desciendo del taxi y me cuelgo en el hombro la maletilla de viaje. La dicha me sobrepasa pues se acerca el momento de verla y después de horas eternas en un camión lo único que podría curar la contractura en mi cuello, producto de dormir mal, y el angustiante desespero en mi corazón es una caricia suya.
El viaje desde la ciudad en la cual vivimos hasta aquí lleva ocho horas en autobús, lo tomé ayer martes alrededor de las once de la noche con la ilusión de llegar por la mañana y por fin abrazar a Helga pero dicen por ahí que uno propone, Dios dispone y el diablo viene y descompone… pues bien, eso fue justamente lo que sucedió: un percance tras otro.
La ruta normalmente transitada estaba cerrada por un deslave (malditas lluvias veraniegas), luego un accidente provocó que estuviéramos varados casi tres horas (insisto, estúpidas lluvias veraniegas) afortunadamente el conductor del camión que se volcó aunque herido sobrevivió y todos los que iban tras él pudieron frenar a tiempo para evitar una catástrofe. Después simplemente nos retrasó el tráfico normal de las ciudades que pasamos, las paradas en distintas estaciones hasta que llegamos a la mía. No recuerdo que el viaje fuera tan largo, incómodo y detestable cuando lo hice la primera vez al lado de mi bella Pataki.
Miro el reloj, son las doce menos cuarto, después del accidente vial concluimos que mi llegada quizás rozaría el medio día y que lo mejor sería, ya que Helga estaría ocupada un rato por la mañana, que nos viéramos para almorzar algo en un pequeño restaurante que está cerca de la casa de sus padres, me confió que acudía a ese lugar cuando era niña porque vendían malteadas muy ricas y era el punto de reunión de los estudiantes de la PS 118.
Bien, estoy muy cerca del sitio y eso me pone tan contento que mi corazón palpita desaforado. El conductor me dejó una cuadra atrás porque este atormentado joven fue incapaz de esperar a que el semáforo cambiara tres veces más y el taxi pudiera cruzar, por lo tanto, pidió las señas y decidió bajarse antes… en todo caso, es bueno estirar las piernas.
A unos pasos del establecimiento, me encuentro con un par de sujetos posiblemente de mi edad y casi pasan desapercibidos frente a mí si no es porque alcanzo a escuchar su nombre en labios de uno de ellos…
- Amigo, ¿has visto eso? – habla un hombre de cabello negro y largo con una gran nariz. Su atuendo me parece extraño pues lo conforman unos pantalones de mezclilla desgastados, una chaqueta de cuero negro y unas botas blancas (singular, ¿no?, y más en verano con esta calor asfixiante), a su lado camina otro sujeto mucho más alto que él, de cabello castaño cuya nariz compite en tamaño más no en forma con la del pelinegro, su atuendo es sencillo nada comparado con lo estrafalario de su acompañante, una camiseta verde y jeans. El castaño asiente ante la pregunta de su amigo sonriendo levemente y cerrando los ojos.
- La srita Helga está de regreso – comenta con un acento que no puedo identificar.
- ¿Viste con quién estaba sentada? - por toda respuesta el alto suelta una risita burlona – después de todos estos años esos dos… - hace ademán de juntar sus dedos índices – debe ser el destino… - el castaño afirma con la cabeza.
Se alejan cada vez más por tanto no puedo seguir escuchando su conversación. Ante la mención de Helga y lo que soy capaz de inferir debido a la plática de aquellos hombres, me quedo plantado en la puerta, estupefacto y con el reflejo de la perplejidad en mi rostro. Aun así, la esperanza de que no se refieran a ella me lleva a preguntarme si en verdad hablaban de Helga, mi Helga y concluyo que solamente puede comprobarse entrando al restaurante.
No les he contado la razón por la cual Helga viajó, pero aquí va… para ponerlos en antecedentes. Una semana y media atrás Helga preparó sus maletas y organizó su trabajo (para hacerlo a distancia), con la finalidad de pasar unos días en su ciudad natal, Hillwood, para cuidar a su madre a quien previamente le detectaron cáncer en la matriz, afortunadamente encapsulado y en un sitio fácilmente operable. Sin embargo, a pesar de ser un procedimiento sencillo, la recuperación sería dolorosa y le sugirieron pasar al menos dos semanas en reposo, claro que la herida terminaría de curarse tras un año, aunque hay quienes aseguran que nunca sanan en su totalidad. ¿Por qué Helga?, se preguntarán. Bueno, pues porque la perfecta Olga, a quién por supuesto sus padres llamaron primero para pedirle el favor, hizo un viaje al extranjero que le fue imposible cancelar y el gran Bob es incapaz de pensar en otra persona que no sea él. Esto nos lleva a la propuesta obvia que es la segunda hija de la familia Pataki: Helga. Claro que ella estaba ocupada, atareada con el trabajo y pese a ello buscó la forma de acudir en su ayuda. ¿Lo apreciarán sus progenitores? Lo dudo, aunque sinceramente espero equivocarme.
Bueno una vez establecida la razón de su viaje, he de confesar que estoy algo preocupado con respecto a lo que pueda suceder aquí y es que la he notado rara en el teléfono, siento que no me cuenta todo, es algo que me cosquillea en el estómago y he querido preguntarle pero no encuentro la forma de hacerlo porque no sé cómo debería iniciar la indagatoria, no da pie para ello. Tal vez no encuentro las palabras correctas para sondearla debido a que poco sé de su pasado en Hillwood salvo por lo que conozco de su familia: sus padres casados sólo Dios sabe por qué, la señora Miriam alcohólica redimida desde hace diez años justo cuando Helga salió de esa casa, ya para qué, su padre ausente desde siempre, la perfecta Olga llamando la atención todo el tiempo. Sé que su infancia fue difícil, que tuvo que madurar muy pronto porque a veces ni siquiera eran capaces de pensar en su almuerzo, me confió que en la escuela era más bien agresiva y que sus compañeros le tenían miedo, sobre todo en la primaria, pero que a los quince cambió mucho porque comenzó una terapia con una psicóloga de apellido… Bliss… creo que sí. No fue una infancia feliz pero la hizo la persona fuerte, audaz y valiente que conozco.
Sacudo mi cabeza para despejar los pensamientos que la asaltan y respiro profundo. Al abrir la puerta, un temblor me recorre por completo, el metal helado de la manija quizás sea el culpable o tal vez algo más que no pretendo definir. Al cruzar el umbral, ruedo los ojos por el lugar hasta que me encuentro con ella sentada de frente a la puerta, se le ve animada platicando con un sujeto rubio igual que ella, la forma de su cabeza es imposible (jamás vi cosa igual), naturalmente el hombre en cuestión se encuentra sentado de espaldas a mí, razón por la cual no puedo juzgar su expresión ni hablar sobre sus motivaciones. Recorro nuevamente el lugar esperando verlo atestado de parejas pero muy a mi pesar solamente distingo cuatro más, tal vez alguna de las otras chicas se llame igual que Helga, ¿no? Intento calmarme y me sigo cuestionando si será esa la pareja sobre la cual hablaban los sujetos que encontré en la salida.
He de moverme pues si paso un minuto más parado aquí podría prestarse para malas interpretaciones. Elevo la pierna derecha para iniciar el avance cuando me petrifica el sonido de su risa, una carcajada feliz que tan sólo le he escuchado conmigo, repito, en todos estos años a su lado solamente conmigo se ríe así. ¿Quién es ese rubio y cómo pudo arrancarle tal sonido a la garganta de Helga? Guiado por la curiosidad y, debo aceptarlo, por el temor, me acerco a ellos.
Percibo un vacío en mi estómago, como si de pronto se hubiera convertido en un agujero negro que absorbiera toda mi alegría dejando a su paso congoja infinita, y el sabor de la bilis trepa dolorosamente por mi garganta en cuanto noto un fulgor en los zafiros de Helga.
Ciertamente los hombres que salieron del restaurante, hablaban de ellos: el pelinegro comento que era el destino y el alto se reía ante lo que eso podría significar dando a entender que había algo entre ellos. No lo noto pero mi cerebro le indica a mis manos que se me cierren en puños y las uñas se me clavan en las palmas lastimando mi piel mas no advierto el dolor. Mis sentidos, en su totalidad, son para ellos para encontrar en su complicidad algún indicio sobre la relación que tienen y tuvieron.
Nada hacen salvo platicar pero me siento traicionado. De verdad relegado y traicionado. Vine, sin saberlo, a encontrar la verdad, a comprender que no me ama. A descubrir que se cansó de mí. Las putas inseguridades volvieron.
¿Alguna vez me dejarán? Porque en verdad no hay razón para ellas, soy una gran persona (tal vez está mal que sea precisamente yo quién lo diga, pero lo soy), tengo un buen corazón. En mis años de estudiante ayudaba a mis compañeros, solícito acudí ante el llamado de los profesores, saqué buenas notas (no excelentes pero buenas). En casa fui un hijo comprensivo y atento, ayudaba con la limpieza, la comida, las reparaciones e incluso, viviendo aparte, al percibir mi primer sueldo fijé una suma para enviar a mis padres, sin miramientos. Estaba pendiente de mi familia, mis amigos… y de Helga porque ella formó parte importante de mi mundo desde que la conocí, todo lo que hago gira a su alrededor, es mi estrella, mi todo.
El suave y cálido manto que cubrió mi corazón cuando la supe mía por primera vez, ese fuego que me sosiega en momentos difíciles, cuando la vida me rebasa, cuando las cosas son difíciles en el trabajo, ahora me quema y enardece.
Lejano se encuentra el recuerdo de las navidades, cuando dijo amarme, más todavía el de la noche en febrero cuando nos entregamos…controlo cómo puedo mis pulsiones y el efecto que pudieran llegar a tener en mi rostro cuando se percata de mi presencia y voltea a verme.
-Gerald, hola. – me saluda con una sonrisa que no puedo comprender si es por mi o por él, además no usa el mote cariñoso que reserva para mí. Se levanta para abrazarme y darme un beso suave en la mejilla. EN LA MEJILLA - Debes estar hambriento después de tantas horas viajando.
- Sí, bastante. – le contesto pero la voz que sale de esta garganta carece de cualquier afectividad, no denota cansancio, fastidio, alegría, nada. Me siento como un robot, rígido y sin vida. El encuentro que tanto soñé, se diluye. Se suponía que ella vendría corriendo a mis brazos y la levantaría para girarla en el aire dándole un beso apasionado al bajarla, demasiado cursi, lo sé pero algo así esperaba, no esta escueta bienvenida. Los ojos azules de Helga se ensombrecen, tal vez porque interrumpí su comidita con este güero desabrido a quién por cierto no me ha presentado, ni yo he tratado de saludar.
- Bien, cariño. – Ahora sí me dices cariño, ¿verdad? Si no te sabe no lo comas, nena. Los celos me invaden - te presento a un amigo de la infancia, Arnold Shortman. – ante la debida introducción es inevitable verlo y saludarlo. Dije que era desabrido pero hasta yo he de reconocer que es un hombre atractivo, sus ojos verdes refulgen felices, llenos de vida y candor. ¡Demonios! Se levanta con elegancia y me ofrece la mano. No es tan alto como yo mas eso no evita que me sienta insignificante, sobre todo por mi falta de modales. Si mi madre me viera estaría decepcionada y tal vez me diría que el aplomo y la educación hacen milagros.
- Igualmente – respondo, luego de escucharlo decir que es un gusto por fin conocerme, y estrecho su mano. Me incomoda lo que dijo porque me hace suponer que se encuentra seguido con Helga y, es muy probable, platican sobre nuestra relación.
- Es un encanto, ¿no crees cabeza de balón? – casi me atraganto con mi lengua al escuchar la familiaridad con la que se dirige al rubio ojiverde, pero procuro reponerme, después de todo ella comentó que fueron amigos mucho tiempo, ¿no?
- Como tú digas, Helga – sonríe de lado a la vez que entrecierra los ojos - bueno, me despido, sé que tienen días sin verse y no deseo interrumpirlos – en su mirada noto algo extraño, ¿acidez, aspereza?, sin proponérmelo frunzo el ceño. - Los veré después, un gusto Gerald. – se despide con un asentimiento.
La actitud del tipo no me gustó, nada. Tengo la vaga sensación de que algo desagradable se avecina. El agujero negro en mi estómago se convierte en una piedra ardiente, como si un volcán la hubiera escupido ahí, la sangre en mis venas se vuelve lava que me consume de adentro hacia afuera.
- Cielo, ¿por qué luces tan molesto? Sé que el viaje fue muy cansado pero tenía la esperanza de que lo primero que viera de ti, después de esos bellos ojos, fuera una sonrisa coqueta – suspira triste y me abraza elevando su cabeza para mirarme; después de unos segundos me sonríe como siempre y muy a mi pesar me calma con su gesto, para cuando me doy cuenta la estoy besando con tanto cariño como ardor. Ronronea contra mi boca– te extrañé tanto.
- Yo también, amor. No te imaginas el tormento que he sufrido sin ti - todavía con los ojos cerrados y de pie a un lado de mesa sellamos lo dicho con un casto roce de labios.
Nos sentamos después de esa bienvenida que ahora sí me complace. Mientras comemos le cuento las peripecias del viaje, lo que me costó convencer a mi jefe para que me diera unos días, la soledad que he sentido mientras ha estado lejos de mí. Le cuento incluso que los días no parecen tan soleados como los del verano anterior porque no está para terminar de iluminarlos con su sonrisa. En fin, brota en mi lo romántico, lo sentimental y lo cursi. Juro que no quiero serlo pero ella me provoca y procuro controlarme pero soy tan rosa… ¡Qué pena confesarlo!
Helga, cuánto te extrañé, mi vida. Me siento completo ahora que te tengo frente a mí atragantándote con ese pastel de chocolate. Ya te manchaste las mejillas (te limpio con una servilleta), deberías tomar menos cantidad en cada bocado pero si lo hiciera no serías tú.
Me hace sonreír estar contigo pero, pese a la calidez de tu recibimiento, el sabor de tus labios y la protección que encuentro en tus brazos, la duda se posa en mi cabeza… y hace mella en mi corazón porque los hombres que me encontré fuera del restaurante sí estaban hablando de ustedes, ¿verdad, amor? Y eso solamente significa que tuvieron algo, seguro en su adolescencia. Dicen que donde hubo fuego cenizas quedan, ¿qué tan cierto es? Mentiría si intentara definirlo.
Arnold, dijiste, ¿por qué su nombre me resulta conocido?... Arnold Shortman.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
N/A: por favor que alguien me diga si es normal que increpen o conversen con los personajes, que cuestionen sus motivos y los regañen cuando se pasan de mamones, jajaja… porque justo eso me está sucediendo con Gerald, pobre, lo regaño por todo o le hago comentarios sarcásticos. ¿Estaré zafada?
Gracias por leer. Hasta la próxima.
