***Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen ***
N/A: continuamos la tormenta. Amigos, en verdad el drama no se me da. Parafraseando a la rubia o castaña que aparece casi al final de Chicas pesadas, quisiera hacer un pastel de buenos deseos y que al comer de él todos fuéramos felices… pero ¡NO! Sé que a todos, o casi todos, nos pasa que antes y durante una relación estamos tan inseguros que lo fácil se vuelve complicado y lo transparente, turbio.
Pero bueno, gracias por seguir esta historia mal hecha, "juar juar juar" (así se ríe mi papá cuando bromea)
¡Qué disfruten la lectura!
:::::::::::::::::::::::::::::::::::: SUNSET ARMS::::::::::::::::::::::::::::::::::::
¡Ya recuerdo! Sé la razón por la cual ese nombre me resultaba familiar: Arnold. Sí, estoy seguro. Es el nombre que escuché en esta posada dónde ahora retozo y que es la misma en la que me quedé la única vez que vine (antes de quedar vetado) a la casa de la familia Pataki para navidad.
En contra de lo que mi rubia vaticinó, su padre no me recibió de la mejor maner (por no decir que en realidad no me dio la bienvenida), cuando Helga le dijo que me quedaría en la recámara de su hermana o en la de huéspedes, Bob se puso histérico.
- No dejaré que un hombre desconocido duerma en esta casa – aseguró con los brazos cruzados sobre el pecho, el mentón alto y volteando la cara hacia la derecha. Su entrecejo fruncido evidenciaba su molestia.
-No es un desconocido papá, es mi amigo, hemos sido amigos durante más de un año.
- Año y medio, para ser exactos, señor Pataki – acoté sin pensarlo dos veces. Ambos se giraron para mirarme como si no recordaran que yo estaba ahí presenciando la discusión.
- Gracias, Geraldo – espetó Helga entre dientes, por demás malhumorada, al tiempo que volteaba hacía su progenitor - ¿por qué no se puede quedar?
- Porque yo digo que no y es mi última palabra, Olga. – me sorprendió escuchar un nombre diferente incluso pensé que quizás Helga tenía un segundo nombre que desconociera pero decidí no preguntar en ese momento, los ánimos estaban demasiado caldeados. – consíguele un cuarto de hotel.
- Bob – habló con deferencia, como si en lugar de con un adulto, negociara con un niño emberrinchado - sabes tan bien como yo que durante la temporada navideña todo está lleno y me parece descortés de nuestra parte que…
- Eso debiste pensarlos antes. A un hotel, jovencita. ¡He dicho! – la interrumpió. Yo solamente los miraba esperando que terminaran de discutir de una buena vez.
- Pero, papá…- el corpulento señor Pataki se giró para salir de la sala en dirección a otro cuarto que, más tarde me enteré, era su estudio – lo siento Gerald. Lamento esto, afortunadamente tu maleta no es grande – sonrió conciliadoramente. – Vamos, creo que sé dónde podremos alquilar un lugar.
- No te preocupes, Helga. – lo dije en serio pero en mi pecho se anidó la tristeza, porque esperaba desvelarme con ella tanto que nos quedáramos dormidos juntos, en la sala o en alguna de las habitaciones. Sin embargo la enfática negativa de Bob Pataki no dejaba lugar a que eso sucediera, nada podía remediar la situación. El tal Bob empezaba a parecerme antipático. De pronto recordé el nombre con el que reprendió a Helga, una sonrisa burlona se asomó en mi rostro mientras descendimos las escaleras de la entrada y emprendimos el camino hacia el sitio que mencionara mi pequeña rubia.
- … es una casa de huéspedes – continuó explicando, me perdí la primera parte pero puse atención desde ese momento, el viento helado nos calaba la piel, incluso provocando una rojez especial en las mejillas de Helga que acompañaba a una sonrisa dulce, se veía hermosa – pero normalmente tienen habitaciones libres para rentar en temporadas vacacionales, como ésta. Espero que el abuelo Phil no las rentara todas.
- ¿Es tu abuelo? – llamó mi atención la forma cariñosa con la que se refirió a él.
- No, es el abuelo de… un ex compañero, compartimos clases se puede decir que toda la vida, claro hasta que entramos a la universidad. – se le notaba nerviosa y esa fue la razón por la cual decidí cambiar de tema.
- No sabía que te llamas Olga… ¿Helga Olga? ¿Olga Helga?... suena terrible, con razón no lo usas.
- Es que yo no soy Olga, así se llama mi hermana - sonrió con algo de tristeza – Aunque sí tengo otro nombre: Geraldine.
- Vaya, no esperaba que llevaras el mismo nombre que yo – "parece el destino" completé para mí – jamás pensé que sería el nombre de tu hermana, es que siempre lo cambias por un apelativo… entonces ¿por qué tu padre te dijo así?
- Es un misterio hasta para mí – dijo levantando los hombros – siempre me ha dicho Olga, has de saber que mi hermana es más grande que yo por casi diez años y es perfecta, todo le sale bien, siempre sacaba diez, es una mujer exitosa con un trabajo estable y a punto de casarse – soltó un bufido- creo que papá la extraña por eso me llama por su nombre, en un intento desesperado por sentir que habla con ella - concluyó con cierta nota amarga su relato y una sombra sobre sus bellos ojos azules haciéndoles perder el fulgor que tanto los caracteriza. Verla así me entristeció, se notaba que la relación entre la familia era tensa ni siquiera pude conocer, en ese momento, a su madre quien, según nos dijo su papá, estaba recostada porque se "sentía mal", un eufemismo para decir que se moría por un trago tanto que podría tomarse el jerez para cocinar con algunos hielos. Más tarde Helga me contaría que durante las fiestas la abstinencia la hacía desfallecer, pero se mantenía fuerte.
Anduvimos unas cuadras más, en silencio (pues no supe qué decir), hasta encontrarnos frente a una casa roja, de dos pisos. En la entrada un letrero rezaba Sunset Arms. Al tocar, del interior se escucharon gritos y ruidos de animales. Un hombre mayor, casi una reliquia, abrió y Helga se hizo a un lado jalándome en el proceso para dejar salir una estampida de animales comprendida por gatos, perros y un cerdo, sí, un cerdo. Me resultó sumamente extraño.
-Buenas noches, Phil – lo saludó con una gran sonrisa - ¿cómo están esos huesos?
- Andando como siempre, doloridos pero contentos - sonrió el anciano - mírate, estás muy cambiada, pequeña, tu ceja ha desaparecido – rió como solamente la ancianidad le permite a la gente reír: entrecortadamente.
-Vamos Phil, mi amigo no sabe eso de mí, quisiera mantener el misterio, si te parece bien.
- Muy bien, jovencita, prometo no decir más pero, ¿qué te trae a nuestra puerta? Si esperas ver a Arnold no…
- No es eso – Helga lo interrumpió a la velocidad de la luz, de pronto hizo un gesto que me hizo imaginarla de pequeña, tomó con su mano derecha el brazo izquierdo retorciéndolo ligeramente – es que… ay, no te presenté. Este es mi amigo Gerald – le dijo señalándome, cosa que me tomó por sorpresa porque hasta el momento yo me mantenía en silencio y mirándolos como si viera un partido de ping-pong - él es Phil Shortman, el propietario de esta casa de huéspedes - lo señaló mientras me miraba.
- Un gusto sr. Shortman – dije extendiendo una de mis manos para estrechar la que el anciano me ofrecía.
- Lo mismo dijo, jovencito, un gusto – me sonrío - Bien, ¿en qué les puedo ayudar?
-Phil, nos preguntábamos si tendrás libre alguna habitación, no hay espacio en mi casa – añadió sobando su cuello con la mano. El anciano le dirigió una mirada de entendimiento y… compasión.
- La hay, pero pasen, está haciendo mucho frío – se hizo a un lado y abrió la puerta por completo para dejarlos entrar – Galletita, mira quién está aquí, la pequeña amiga de una ceja de Arnold. – completó cerrando la puerta mientras dirigía su llamado hacia el interior de la vivienda. De reojo, vi que Helga se sonrojaba hasta el límite y me sentí incomodo de pronto porque ella no se ponía nerviosa tan fácilmente.
- ¡Eleonor, querida! – gritó desde el fondo una mujer tan anciana como el sr Shortman.
Las presentaciones continuaron, los abuelos de su amigo se pusieron al día con ella y mencionaron algunas veces que habían pasado años sin verla, casi como un reproche el abuelo Phil comentó que un día simplemente ya no regresó y ni siquiera se despidió antes de irse a estudiar la universidad a otro lado. Casi una hora después el sr Shortman me mostraba una habitación que por el empapelado y el amueblado pertenecía ser de un adolescente.
-Esta es la única habitación que te puedo ofrecer de momento, jovencito, es la de mi nieto pero no vendrá esta navidad a visitarnos así que puedes usarla mientras tanto – estaba ubicada en el ático, tenía un tragaluz enorme y parecía muy acogedora.
- Muchas gracias, señor.
- Iré a la planta baja, te esperaremos mientras interrogamos a tu amiguita – levantando las cejas se volvió a reír como cuando nos recibió en la puerta.
Arnold, Arnold Shortman. El recuerdo de la voz que me contestó cuando llamé al Sunset Arms la semana pasada me llega de pronto, golpeándome con fuerza.
Dormiría bajo el mismo techo que mi adversario. Pero si eso era cierto, por qué no fue él quien abrió la puerta, en su lugar me recibió un hombre corpulento, parecía unos años más grande que yo. Se presentó como Harold Berman, tal vez… le ayudaba, quizás la propiedad ya no era de los Shortman, un sinfín de posibilidades daban respuesta a mi pregunta.
Sin embargo, el cansado viaje, el corto recorrido por la ciudad y el baño caliente que tomé al llegar al cuarto (cabe mencionar que no era el mismo de la vez pasada) terminaron por doblegarme y entregado a mis pensamientos e infinitas preguntas me desplomo en los brazos de Morfeo. Ya tendría tiempo al día siguiente para seguir indagando.
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N/A: lo sé, ustedes esperan sangre y huesos pero yo les entrego apenas un trapito manchado. Pero bueno, no pueden decir que no les advertí sobre esto, el drama no es lo mío.
Gracias por leer. Hasta la próxima.
