El fuego de mis rosas
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Sinopsis: AU La muerte de Anthony cambia la personalidad de la ingenua y divertida Candy. Ha perdido a su gran amor, su gran amigo, todo a la vez. Dual Narrator. Noir Los personajes no me pertenecen sino a sus respectivos creadores.
_ Desde que Anthony se fue, su corazón ha estado congelado. Todas las noches, un carruaje ricamente enjaezado, como si de la misma parca se tratase, espera en un oscuro callejón de la calle más pobre de París. Dentro aguarda una mujer sola, con un pañuelo con la insignia de los Andrews, un pañuelo negro como su alma de pecadora. A veces asoma un tobillo de la portezuela del carruaje, un tobillo aún fino, envuelto en seda negra, calzado de charol de idéntico color. Escudriñan la calle angosta, unos ojos tras las cortinas negras del carruaje negro; unos ojos verdes, que miran con envidia a las niñas saltar los charcos alegres y risueñas, junto a sus papás.
_ Hay una calle en París, que el primer lunes de cada mes recibe una visita. La visita de la muerte vestida de santidad. De la caridad manchada de polución, de la peste disfrazada de sonrisas. ¡Qué falsía puede haber en estas personas aterradoras!
_ Cuando el día está oscuro y es invierno, una mano enguantada en satén negro la saca de ese carruaje infernal, con ademán imperioso, de hombre acostumbrado a ser servido y que exige ser obedecido al momento. Ella sale como un autómata, la mirada aún está perdida como si llevase el traqueteo del coche dentro de su cabeza, aunque pronto la mirada se le acera como si una sombra gris pasase por sus ojos al contemplar el rostro de su orgulloso sirviente. Hace un ademán despreciativo hacia el pobre hombre, pero este pobre hombre se niega a bajar la cabeza, la mira altivo sin embargo.
_ Verá como es todo muy extraño.
— Un poco de humanidad, señora — le espeta este hombre a veces a la dama, manteniendo la mano bajo el codo de la bella señora enlutada. No es un mayordomo al uso, aunque va vestido de mayordomo. Es que todo en esta mujer tiene que ser tan maligno, espantoso.
A su alrededor la gente cuchichea, se apartan, su velo negro es espantoso. Aunque intentasen hablarle ella no respondería porque ella no oye, no asiente, no es capaz de ver nada más que su triunfo, su cólera, resentimiento, su dolor. Se llama Candy , fue adoptada y se ha quedado con la fortuna de los Andrews, todo el mundo lo sabe. Lo que ignoran es que ella no tiene nada, lo ha perdido todo. Da lástima, esa alma en pena.
_ Ayúdenla, ella fue mi amiga, pero hace tantos años de aquello...
█ 2
— ¡Basta Archie! Creo que exageras respecto al estado — mental — de la pobre Candy.
— ¡¿Pobre Candy?! Di mejor, millonaria Candy, o archiduquesa Candy — el hombre que así habla lleva un birrete y fuma pipa.
— No creo que estar rodeados de burgueses sea lo mejor, ¿porqué no nos fuimos al campo? — dice el chico de cabello oscuro y gafas.
— Yo al campo sólo voy a cazar, no quiero saber de granjas, no sabría qué hacer entre el cacaca de las gallinas, Stear.
— Los Andrews no han vuelto a organizar cacerías desde lo de Anthony. Hace veinte años que no veo una buena cacería.
— Pero Madam Candy quizá tenga a bien invitarnos a alguna de las suyas. Creo que celebra muchas.
— Son a puerta cerrada, todo lo cierra bajo llave. Por sus negocios.
— He oído que Eliza va a tener otro hijo, creo que tiene ya siete, la última vez que la vi parecía un elefante.
— Candy no ha tenido ninguno, es extraño, aunque sigue siendo hermosa, como siempre pensamos que iba a ser.
— ¡Cómo ha cambiado todo!
— Es que han pasado muchos años...
— Veinte...
█3█
_ El carruaje oscuro renquea bajo el peso de maletas llenas hasta los topes. El falso mayordomo las ha amontonado y luego las ha contado con lacónico ademán. Sus ojos azules brillan de avaricia, el nuevo alumbrado de gas no opaca tal resplandor. Está exultante, feliz, sin duda, es un hombre avaricioso, terrible.
No hay vestidos dentro de las maletas, porque todo el mundo sabe que el primer lunes de cada mes ha de llegar una diligencia. Una diligencia parte desde Cannes, dónde está el edificio de Recaudación. Esta diligencia parte a las 9 horas camino de París. Sólo se sabe que cuando llega al bosque vecino de la antigua propiedad Leagan se pierde su rastro. Nunca se vuelve a saber nada de la diligencia ni del conductor. Nunca llegan a su última parada, París.
█4
— Archie, estás otra vez con los chismes.
— No son chismes, es una historia que se comenta en todos los buffettes.
— Viejas chismosas de los buffettes serán, además de gordas como tu querida señorona Eliza — ríe Stear. — ¿Has podido hablar con Dolce?
— Aún no, es un hombre muy extraño, siempre detrás de ella — Candy — siempre vigilante, no he visto nada igual. Tiene una mirada tan extraña, tan odiosa. A veces me pregunto, ¿de dónde habrá salido? ¿habrá tenido padre o madre alguna vez? He preguntado a toda la servidumbre, incluso he introducido una camarera de las mías que me sirva de espía pero nada, no se ha conseguido saber nada de su procedencia. Es todo un misterio.
— Parece sacado de una película de terror. Hace juego con ella — apunta Stear.
—Bueno, querido Stear, yo cuento cuentos pero no me los creo nunca — ríe Archibald — yo no lo juraría.
— Vamos, Archie, ups — afuera del café ha empezado a llover, ambos hombres se ponen sus gabanes y se dan una mirada entre ellos. Una mujer acaba de entrar, procedente de las galería de enfrente. Está toda salpicada de barro.
— Señora, ¿necesita ayuda? — dice Archie, sacándose el sombrero.
— ¡No necesito nada! ¡acabo de ver al diablo! — grita la mujer, mientras se seca el barro y tuerce el gesto.
El camarero la ha oído y mira hacia el ventanal. Hay un carruaje negro de funeraria delante de las galerías.
— ¿Usted es la florista? — le pregunta a la señora manchada de barro, Archie.
— ‹ Era › la florista, ahora que el diablo viene a mi tienda, prefiero morirme de hambre antes que venderle ‹ a él› semillas y rosas — se acoda en la barra y llama al camarero — Benice, dame un trago, que lo necesito.
Archie y Stear se miran entre ellos, sin comprender. Luego ven que el carruaje declina un poco hasta comenzar el descenso por la empinada cuesta.
— Esto ha sido un golpe de gracia, Archie — dice Stear dándole palmadas rítmicas en la espalda.
— Sí, y no ha sido mío — dice Archie mirando hacia arriba.
Ya ha parado de llover y sobre las pozas, los asustados gorriones se inclinan a beber.
