« Tras un bosque de estatuas de piedra caliza, se encuentra la mansión White Andrews, encargada de custodiar el mayor secreto de Francia. Desde el camino que serpentea entre bosquecillos de abedules, se puede ver un minarete de reciente construcción que desafía al cielo y a lo que pueda haber en él.
»La base la mansión es un polígono, la fachada principal da al norte,mientras que al oeste, dónde quedan los bosquecillos de abedules, queda la habitación de la condesa. Al sur hay una pequeña capilla, a la que se accede por un pequeño jardicinllo de rosas blancas comunicante con la casa de labor, dónde están los criados. Un pequeño y gracioso error del arquitecto, que obligaba a los antiguos dueños de la casa a pasar frente a la casa de labor a horas intempestivas para no toparse con los animales saliendo del establo. Ahora la capilla luce abandonada.
»Todas las noches, la condesa Candy Andrews, se pasea totalmente desnuda por los alrededores de rosas blancas, tulipanes, cercados de acacias. Los criados de la casa de labor, insomnes, pueden verla a través de sus ventanas y algunos se han enamorado de ella, de su belleza que desafía al tiempo como nada más lo haya hecho nunca antes.
»Ella sube la escalera de caracol del minarete, siempre riendo locamente. Cuando llega a la puerta de la habitación de arriba, se puede oír cómo gira la llave de oro en la gigantesca cerradura, se oye el clack del candado que resuena por todas las paredes, sacudiendo las entrañas a quién lo oiga, pues son aterradoramente sonoras a esas horas. Dicen que es como si se abriese la puerta del más allá. O simplemente se trata del tipo de alucinación que se tiene en una mansión que lleva mucho tiempo vacía.
»Al moverse los pesados goznes de la puerta, se oye un grito similar al de la lechuza cuando atrapa a su presa. La gigantesca llave cae al suelo marmóreo con un sonido de mil llamas del infierno. Pero hay quién asegura que son sollozos de alegría al contemplar el esplendor de su colección...colección de lingotes, piedras preciosas, joyas...rapiña al fin y al cabo.
Sólo las aves nocturnas habituales logran acostumbrarse a los hábitos de la déspota. Algunas despavoridas huyen, yendo a anidar en la cornisa de cualquier otra habitación. Porque todos los cuartos están vacíos. Nadie entra en ellas hace años. Ella lo ha prohibido terminantemente.»
Archie interrumpe su relato para tomar la pipa de su mesa, mientra mira con cuidado a los asistentes a su fiesta. Está en un apartamento lujoso de París, cercano a Salpêtrière y disfruta de una confortable habitación gracias a su asignación como procurador en cortes.
— Es una historia fascinante, Archie — dice Neil Leagan, tomando una copa de oporto, mientras mira la concurrencia — si me permites felicitarte por tu fiesta.
— ¡Neil! ¡Cuanto tiempo! ¡no te había visto desde hacía por lo menos siete años! — se une a la reunión de viejos amigos, el ingenierio Stear.
Neil ríe y repite la felicitación por la fiesta.
— ¿No vas a contarnos alguna historia fascinante de tus viajes por ahí, truhán? — dice Archie, dándole un codazo al chico moreno. Éste lo miro extrañado por la afinidad momentánea, de igual manera ríe la broma.
— Bah, no ha sido nada, unos viajecitos por aquí, otros por allá — dice Neil.
— ¿Ninguna anécdota? — pregunta Archie. — ¿o dama?
Neil ríe. — Nada de importancia, si lo fuese, no habría regresado a París.
Archie y Stear se miran el uno al otro. — ¿Vas a ir a la mansión Leagan esta noche? Acabas de llegar a la ciudad y, tal vez te encuentres todo un poco cambiado.
— ¿Cambiado? ¿a qué te refieres Stear? ¡Claro que iré a la mansión Leagan! ¡Es mi hogar! ¡mi heredad! ¿ha pasado algo mientras he estado fuera?
Ellos niegan con la cabeza. — Tal vez la encuentres un poco diferente, eso es todo.
— A propósito — continua Neil, tomando el caldo de los lagares de la ciudad con una mano, y con la otra apoyada en la chimenea. Sus ojos chisporroteando más que las llamas — decidme, ¿Candy sigue siendo hermosa?
« — Ayer me trajo flores sucias, el agua de París que usted me trae no es de calidad — gritaba la rubia damisela de la mansión Andrews a su fiel mayordomo — ¿he de soportar más estupideces de su parte...? Dije la mejor agua...
De inmediato Candy se giró al ver que era espiada. ¡¿Cómo no iba a serlo la beldad más terrible y bella de nuestra ciudad?! ¡Afortunado mayordomo!
Sí, Dolce, el mayordomo de Candy, siempre se acerca a sus manos y las besa cuando ella se enfurece, entonces ella le habla como a un perrito faldero, le pasa la mano por el cabello y se van. Pero todo esto, señores, es una comedia, porque él es quién la tiene engañada, él es quién va a la ciudad, y ella permanece encerrada hasta que llega la hora de salir el lunes primero de cada mes.
Todo absolutamente todo es una burda patraña fabricada para los necios. Nada es real.
»El lunes pasado tuve el honor de sujetar la puerta para que bajase de su calesa negra, esta dama siniestra. Imaginad lo que me dijo, me miró dos veces y la segunda vez emitió un sonoro suspiro que hubiese partido el talle de una rosa. Me miré la camisa, los zapatos, seguro de que había elegido bien mi atuendo y al hacerlo ella me dirigió una de sus sonrisas animosas, ante la que el fiel sirviente hubo de acudir.
» — Mi señora — le dijo él — ¿quiere que me deshaga de este hombre? — evidentemente el torvo sujeto se refería a mi persona pero yo no estuve dispuesto a retroceder un palmo. Armado de valor que me habían dado haber estado toda la noche en el casino jugandome mi patrimonio.
Ella negó con una sonrisa escueta, de esas que desarman a un ejército. — No hace falta, Dolce, me temo que tendremos que sufrirlo. »
— ¿Creyeron que eras periodista? — pregunta Stear.
— Tal vez, no son pocos los que se acercan a ella con esa intención. Supongo que tendrá pretendientes. — responde Archie.
— No es posible que Candy no te reconociese — dice Stear, pensándolo un poco.
— Fue por él, fingió no reconocerme cuando llegó el bendito mayordomo, por eso sé que todo es una comedia... — dice Archie.
