*Presente

Al terminar la fiesta en casa de Archie, Neil Leagan aún está mirando el fuego con ojos legañosos.

— Ah, Neil, — dice Stear posando su brazo en el hombro del moreno — fue algo extraño que Candy rechazase tu proposición de matrimonio. Hubiese sido una oportunidad muy buena para no estar ahora encerrada en la mansión Andrew.

— ¿Porqué? — pregunta Neil, separando sus ojos del fuego por un momento para mirar a Stear — ¿qué tiene que ver lo que haga Candy ahora con haber rechazado mi proposición?

— Era una honrada proposición de matrimonio, apuesto a que la condesa Candy no ha tenido muchas oportunidades después de haberte dado con la puerta en las narices — dice Stear — eso no abunda a pesar de la hermosura que uno pueda tener.

— Sí, no creo que Anthony la quisiera tanto como para casarse con ella... — dice Archie, echando más leña al fuego figurativa y literalmente.

— ¿Qué sabes tú de eso, Archie? — pregunta Neil, empezando a sentirse acorralado.

— Nada — dice Archie, sin convencimiento — conocí a Anthony, era un muchacho inteligente, desde luego, demasiado inteligente para el matrimonio...no se hubiera casado con Candy, créeme.

— Esa es tu visión cínica de las cosas, — dice airado Neil — si amas alguien lo mejor que puedes hacer es decírselo. Es lo que hace a uno hombre.

— Cuéntale a Neil, Archie — apunta Stear.

*Archie

« Claro. Le contaré a Neil lo que pasó con Candy cuando ésta rechazó la proposición de matrimonio de la familia Leagan. Ni más ni menos, una huérfana llegada de las colinas de Ponyville rechazando a uno de los herederos más codiciados de los salones de París. La noticia corrió como la pólvora entre la alta sociedad, los salones resonaban con júbilo el fin de la saga de los Leagan, afilando las lenguas hacia la fortuna de los Andrews. La primera en enviar cartas a todas las familias para que no admitiesen a Candy Andrews fue tía Ellroy. Quiso darse ese placer, según sus propias palabras.

¡Esa pequeña prostituta no ha de reírse más de nosotros! Suficiente le hemos aguantado — decía la tía viendo cómo su sobrino predilecto Neil Leagan ponía rumbo, desolado, a tierras vírgenes en un humilde barco pesquero con la sola recomendación de un viejo patrón, y sin un céntimo en el bolsillo. Si eso no es amor, díganme entonces qué es amor...

En vano,tratamos de que tía Ellroy recapacitase acerca de Candy, que a la sazón tenía 20 años; es más cuando le dijimos que tal vez la pobre chica se sintiese abrumada, no rencorosa, por la proposión del joven Leagan, nos contestó que ella conocía a Candy lo suficiente para saber que la chica tenía recursos hablatorios suficientes como para no hacer sentir tan mal a su sobrino y que había sido el rencor y el ansia de venganza los únicos motivos para actuar de aquella manera tan irrespetuosa, primero hacia su sobrino, luego hacia los Leagan, luego hacia ella misma y por último hacia los Andrews. Los cuales la habían adoptado pensando en todas las ventajas que pudiesen ofrecerle, no en forma de pasatiempos desde luego.

Monsieur Williams dijo que tal vez un nuevo internado sería bueno para modificar las costumbres orgullosas y desafiantes con que las gentes empezaban a describir a Candy, después de todo las opiniones del jefe de los Andrews siempre habían sido muy modernas acerca de la libertad de las mujeres, aunque se abstuvo de opinar en esta ocasión estando en entredicho el honor de un Leagan y el propio corazón de su sobrino.

Sin duda, tu partida Neil, enrolado en un barco que se movería al arbitrio del buen Neptuno, debió de llegarle al corazón a Monsieur William y llevar a recordarle alguno de esos amores puros que tenemos los hombres cuando pensamos que una mujer lo es todo para nosotros. Luego todo se convierte en sombras que arrastra ese mismo viento que antes movió nuestras velas. »

Neil interrumpe la narración con un ademán.

Creo que en este caso, puedo decir que he cambiado, ya no creo en el amor tal y como se presenta. Hace mucho tiempo que he aprendido a esperar antes que a desear.

Stear pone una mano en el hombro de Neil. Archie continúa su relato.

«Sigamos con la condesa, que sin duda, luego de rechazar tu proposición de matrimonio se sintió más libre, más capaz que nunca, puesto que se instaló definitivamente en la mansión Andrew, recibiendo visitas sin permiso de la tía y haciendo las delicias de Monsieur William, por cuanto Candy jamás le obedeciese en absolutamente ninguna cosa y siempre hiciese su santa voluntad.

Un día después de tu partida, tu Candy se fue a consolar con Terrance Gloucester, gran bebedor y jugador de naipes que la tenía obnubilada. Conocido por sus escarceos con bailarinas y amistad con gente de variada reputación. ¡Hubieras visto la alegría de Candy cuando Terry le trajo a sus compinches! No sólo pagó las deudas del díscolo Gloucester, lo visitó varias veces con sus abogados en París y lo apoyó en un juicio por insultos a la autoridad y vejaciones. El bueno de Terry no podía limpiarse la boca aunque la tuviese llena de alcohol. Veía a un polizonte y era capaz de ejecutar las mayores procacidades. Las lágrimas de la rubicunda condesa no se hacían esperar, era un espectáculo para las revistas, incluso la tía Ellroy llegó a prometerle a Candy que le pagaría con gusto una carrera en Broadway, a lo que la aludida se negó, — aunque quizá ello hable mejor del intelecto de la pobre Candy, que no de sus gustos musicales, por haber entendido el implícito insulto que la anciana dama le profería — defendiéndose con que "era la primera vez que tenía una familia y se sentía sola„ ya sabes, lo tan manido.

Desde luego los Andrew no sabían si reír o llorar, pero los Leagan no estaban mucho más felices con todo lo que ocurría a su alrededor, a lo que añadir un futuro dónde las grandes fortunas se despedazaban debido a la industrialización. Eliza debió temer por su propia estrella y aceptó un partido allén del mar. No lo hubiese aceptado tan rápido, creo yo, si los eventos hubiesen seguido un cauce normal. Supongo que unos padres ancianos y la ausencia de su hermano precipitaron aún más el compromiso y la boda con Lawrence Cartwright. »

*no sé si es el fin.