«James Lawrence Cartwright y América quedan muy lejos », piensa Neil Leagan mientras llega en su caballo a la mansión Leagan. La fiesta en casa de Archie no había sido todo lo animada que había esperado. Abre el establo y ve una cinta de ella atada a uno de los postes de la cuadra. La señal convenida entre ambos para avisar al otro. La cinta es azul, lo que significa que «viene en son de paz ».

Él entra en la mansión a oscuras, esperando sorprenderla.

Tú — dice Neal, encendiendo el cabo de la vela dirigiéndose a la figura que está sentada. Candy se queda muy quieta— supe que habías venido cuando vi tu cinta.

La mujer está en la oscuridad.

Una cinta azul, azul como los días que pasé con Annie ¡Pobre Annie! — dice Candy.

Se aprovechó de ti siempre, nunca pudo hacer nada por sí misma... — le espetó Leagan — nunca has sabido apreciar a aquellos que estuvieron de verdad a tu lado.

¿Pasarás la noche en la mansión Andrew? — dice la dama mirándole.

No, ¿porqué iba a hacer eso? — responde él.

Entonces, ¿vivirás en la mansión Leagan de ahora en adelante?¿y tu casa de Saint Michel?

Viviré dónde me plazca — responde él de mal humor.

Te he tratado muy duramente, ahora todo será distinto si te quedas.

Tengo dinero, gracias por preocuparte. Venía a ver la mansión Leagan, al fin y al cabo es mía. Supongo que tú entrarás por las ventanas cuando te plazca — añade con un guiño malicioso.

¿Volverás a vivir aquí? — pregunta ella.

Él la toma por los brazos y comienza a acercas los labios a su cara, en un gesto de risa contenida. — Tú sabes lo que tienes que hacer si quieres que viva en la casa Andrews. Tomarme como marido, Candy White. Sólo regresaré allí convertido en el señor de la mansión Andrews.

Ella lo rechaza, se revuelve entre sus brazos — No Neil, no te amo, nunca jamás voy a casarme contigo.

Él la suelta bruscamente como si ella quemara y aparta su mirada — En ese caso, temo que la fortuna de los Andrews ha dejado de interesarme. Dásela al Gloucester, a ver si se queda una semana contigo.

Sólo te importa la fortuna de los Andrews... yo-yo — ha ignorado los insultos de él como algo natural.

¿Y no te importa a ti? Hace muchos años, siendo una huerfanita, tú misma abandonaste el hogar de Pony para estar entre personas ricas como yo, y luego me reprochas que yo quiera prosperar por mí mismo. ¡Mírate a ti misma en un espejo Candy Andrews!

Era una niña y me sentía sola. Encontré personas amables.

Sí, el cuento de la colina me lo sé de memoria...¿porqué no me dices algo que yo no sepa? Siempre sales con la misma historia, pero ¿sabes? No es lo mismo que esa historia te la cuente una niña rubia de doce años que una mujer que ya casi alcanza los treinta.

¡Bastardo! — dice ella sacando las uñas dispuesta a arañarle la cara.

Muy bien, aráñame, eso quieres, arañarme ¡oh mi Candy! — ejerce fuerza sobre las manos de ella, mientras se burla de ella tendiéndole los labios. Al final ella se rinde, pero él continua teniéndola sujeta por las muñecas, desconfía, conoce el poder de esas uñas. Ella lo mira con cariño para que la suelte, incluso intenta abrazarlo, al adivinar la treta él sonríe y la deja ir dándole la espalda.

No hagas esto, no tienes porqué hacerlo, regresa a la mansión Andrews... — la voz de ella sale de sus pulmones como un grito espontáneo. Tal vez es lo que buscaba.

¡Nunca nunca más volveré a pedir que me ames! ¡jamás! — dice él, con sus dedos alrededor de las muñecas de ella — Volveré a la mansión Andrews cuando quiera y como quiera, ¿me entiendes?

¡Neil! Tengo miedo de que te vayas de nuevo, y esta vez no regreses jamás. No quiero que te pase nada malo. — Sus sentimientos tenían la culpa, debiera haberlo entendido entonces. Era demasiado caritativa con él. Si lo hubiese entendido...

¿No puedes olvidar eso? Cuando tú me rechazaste...

El chico aprieta los puños recordando la humillación sufrida o los peligros en la mar, aunque no supiese diferenciar unos sucesos de otros por estar entremezclados con la misma causa de su sufrimiento. Candy se da cuenta de que ha tensado demasiado la cuerda. Intenta aliviar el ambiente enrarecido que se ha formado entre los dos.

Esta noche también fui a Saint Michel y no te encontré, por eso tuve miedo... — dice ella en tono lastimoso.

Él bufa ante la confesión tan absurda de ella, provocando que ella se acerque y sea rechazada de nuevo de forma no muy sutil. Ella emite un quejido de dolor pero no llora.

Si vas a quedarte, tendrás que dormir en el establo, Candy White, no voy a permitir que ninguna mujer que no sea de mi familia duerma en la mansión de mis padres.

No voy a quedarme — finalmente Candy recobra la compostura y recuerda que sigue siendo la dama Andrews. Antes de cerrar la puerta principal, echa un último vistazo al interior.

Hasta mañana, señorita Andrews... — dice él.

Hasta mañana, señor Leagan — se despide ella.

Antes de que los caballos lleguen al portal Andrews, Candy ya adivina que algo no está yendo bien. Los caballos se encabritan y el chófer tiene que parar, el hombre se niega a seguir conduciendo, se excusa como puede y desaparece en la oscuridad. La misma Candy coge las riendas, y no tarda en ver entre los rosales, grupos de gente emborrachándose y haciendo sus necesidades en sus queridos jardines.

Asustada,dirige los caballo hasta la entrada, y se apea como puede ya que los lacayos también se han marchado. Las luces están prendidas, y consigue pasar sobre los desperdicios amontonados de la entrada con bastante trabajo. Abre la puerta. Se queda atónita al ver un montó de desconocidos que la saludan de manera amable, incluso se inclinan a su paso como si de una actriz se tratase.

Terry, ¿estás por aquí? — pregunta ella.

¡Vaya Terry! Ha llegado la dueña...¡Terry! — dicen a voces.

Candy intenta ordenar un estante de libros de medicina, que están esparcidos por el suelo. Va a tener que ir a buscar ella misma a Terrance Gloucester, el cual debe estar celebrando que su padre le haya cortado el grifo por séptima vez.

Su retrato en óleo expuesto en el salón principal parece estar intacto, pero de lo que hay a su alrededor apenas se ha salvado un jarrón de porcelana india. Candy suspira, se había esperado cosas más atroces, y desde luego había visto escenas más dantescas que aquella. Auque ver tu propia casa destrozada siempre va a dar impresión.

Se detiene ante la enorme escalera, cuyos escalones había bajado tantas veces con Archie, Stear o Anthony de la mano...pestañea sin poder creérselo, ve a Anthony bajando la escalera, pero no puede ser él, tiene la camisa blanca abierta dejando ver sus pectorales desnudos, sus pantalones claros están sucios. Cuando recobra la compostura se da cuenta de que su visión no es de Anthony. Simplemente es Terry bajando las escaleras, con la modorra reflejada en la cara. Una damisela muy distinguida lo acompaña.

¿Qué significa esto, Terrance? — le reclama Candy cuando el chico se detiene a su lado para mirarla entre los ojos resacosos. Todo el mundo queda en silencio, intentando captar mejor la escena y luego poder repetirla en cada corrillo de la societé.

¿Quién dice qué? ¿eres mi esposa acaso? — dice Terrance con poco sentido.

Todos prorrumpen en carcajadas, han captado la escena al detalle y no tiene desperdicio. Aquello servirá de anécdota en muchas veladas lo que queda de estación.

Eres un Gloucester, compórtate — dice Candy herida en lo más vivo, pero tratando de ser neutral.

¿Has venido sola? — pregunta Terry, aún con la mirada desvaída, y con un pie sin abandonar aún la escalera. La damisela distinguida lo tiene abrazado por la espalda.

Ella lo mira

Porque pensé que siempre estaba contigo...ese, ¿cómo se llama? — chasquea los dedos y pregunta en dirección a la damisela. Ésta le susurra al oído unas palabras y Terry parpadea mirando a Candy — ah, gracias...ese Dolce Evans.

Candy siente un sudor frio recorriendo su piel. — No te atrevas, él es un sirviente, tú...tú eres...

Yo soy tu amigo, ¿no? — dice él. A ella no se le escapa el tono irónico y no puede simplemente marcharse y dejar la conversación ahí, porque la gente aunque ya no los mira, sigue atenta a ellos.

¡Basta Terry! — dice ella en tono bajo — Estás haciendo una escena. Se da la vuelta y se dirige a otra sala que esté vacía. Él baja del todo las escaleras y se apoya en la damisela para seguir a Candy. Una vez en la sala, ella abre las cortinas para comprobar si hay más desperfectos.

Dime una cosa, ‹Candicita›, ¿te piensas que los hombres somos juguetes? — continua él. La damisela ríe, como si fuera su propia cosecha.

No tengo porqué contestar las tonterías de un borracho — dice ella. Envía una camarera a que de la fiesta por terminada, para que los concurrentes se vayan a sus casas o otro sitio distinto a dormir la mona. La damisela distinguida se escabulle en cuanto ve la puerta abierta y la posibilidad de desplumar a alguien en el camino.

¿Te ries de mí o de él cuando piensas en lo locos que estamos por ti, ‹Candicita› ? — pregunta en tono lacónico. Quiere parecer más alto, apoyándose en el antepecho, ayudado por las sombras que se alargan y fluctúan. Mira con gesto dormido la cara de ella.

Estás borracho, eso es lo que te pasa — dice ella.

¿Sabes que él nunca va al establo? Ese Dolce Evans, ¿porqué cuando yo le mando ensillar los caballos no me obedece?. Se ríe de mí y me contesta que sólo va al establo cuando tiene ganas de... — Terry comienza a reírse con una risa que no puede ser más falsa ni poco alegre, aunque sigue mirando a Candy con ojos brillantes y semblante de poca broma

¡Basta Terry! Él está aquí para cumplir con sus obligaciones, sólo para eso.

Y te guarda estupendamente, sólo que cuando llega la noche, te quedas sola en tu gran mansión, ¿verdad ‹Candicita› ? — Parece que al final, la cólera va disipando su borrachera.

Vete, ya...no estoy para retruécanos.

Está bien, me voy. Esta noche me echas, ya vendrás a enviar a buscarme pero para entonces yo no estaré disponible — dice cerrando de un portazo.

Tía Ellroy, — dice Neil Leagan, mientras sujeta con ademán ceremonioso la mano de la augusta señora.

Neil... — dice ella, enjugándose las lágrimas que caen de sus ojos.

Es tan temprano para las visitas que la tía abuela no teme que su sobrino recorra todo su apartamento para encontrarlo sin arreglar.

Cuando me dijiste que venías a París, no supe qué escribir, quería dar vueltas de alegría — dice ella con una sonrisa fingida que a ratos parece modestia.

Viajando por mar, nunca se sabe si las cartas van a llegar bien — miente él. Ella traga su mentira y él no se siente culpable. Sabe que lo hace por Candy y que la verdad mataría a su tía.

Eliza, ¿está bien? — pregunta su tía ordenando a una doncella ron para su sobrino y para ella un té con gotas de misterio.

Está feliz, o eso supongo.

¿Cómo que supones? — rie la tía con ganas — oh, Neil querido, si acabas de verla hará una semana en Texas...

Neil cambia de tema. — James Lawrence Cartwright es un buen partido.

Sí — dice ella tomando la taza de té con avidez y sorbiendo con fruición — ¡un gran partido! Ojalá él tuviese una hermana para ti. ¡Oh Neil! Realmente no quiero decírtelo, pero tengo que decírtelo...no sé qué hacer... — las dudas se cernían sobre la frente de la augusta señora mientras dejaba a un lado su taza de té.

¿Qué es lo que tienes que decirme tía? — preguntó sombrío.

Verás, Neil, tal vez oigas hablar de ello en las fiestas o a la gente chismosa, pero prefiero que lo sepas por mi boca. El señor Cartwright se presentó en París inmediatamente después de que tu partieses en ese horrible horrible viaje...

Sí, eso lo sabía — repite maquinalmente Leagan — supongo que te refieres al joven Cartwright tía Ellroy.

Me refiero a ambos, padre e hijo...pues-pues...no sé cómo decírtelo, ambos pidieron ver a Candy White, oh, querido Neil, y una compra en París del joven Cartwright de una sortija de diamantes, ya sabrás para quién era...desde luego, no creo que el joven Cartwright pretendiese casarse con...con ‹ nuestra › Candy...

No, claro que no — se metió las manos en los bolsillos apretando los puños hasta sentir dolor. Casi sentía chirriar sus dientes. «Nuestra Candy » repite en su mente Neil con la entonación de tía Ellroy; desde luego no le ha faltado con quién olvidarse de la tan odiosa compañía Leagan — si no contamos a Monsieur William — .

Advierte el tembleque de la mano de la augusta señora y se sienta a tomar su ron, luego pide un te.

El silencio continua por espacio de varios minutos. Al final él deja la taza en el platillo.

Creo que Eliza será feliz con Cartwright.

Pues claro que sí, querido Neil...

Candy también se merece ser feliz. Que me haya rechazado no significa que no lo merezca.

Eres demasiado bueno con ella, pensar que ella ha estado a punto de romper nuestra familia. Mírame aquí me tienes, — señaló a su alrededor como si los sofás y recuerdos fuesen andrajos — me he quedado con una sola doncella, no quiero ser un peso muerto para ninguno de los jóvenes.

Tía, Candy nunca diría esas cosas, — ríe interiormente pensando en las usuales palabras de la rubia que solía llamar ‹ vieja decrépita › a la tía. Su lado malvado siempre le atrajo.

Sin pensarlo, a Neil se le escapa una sonrisa y ella mira alarmada el semblante de su sobrino.

Sobrino, ten cuidado, creo que ella pretende cazarte — dice la tía Ellroy.

Leagan ríe de nuevo, esta vez se divierte, las ocurrencias de aquella anciana son siempre fuente de diversión para él. — Es un poco tarde para cazarme tía. Candy permanecerá en París hasta que aparezca otro Cartwright.

El sabe que es mentira todo lo que dice. Candy no se irá, siempre será la niña de Poneyville y siempre será una Andrews. Se pasa la mano por el cabello, sudoroso.

Ella te rechazó, pero tú no has renunciado a ella, ¿verdad? Pero si has regresado por ella, olvídate de amarla, quítale lo que te debe, sobrino, los años de dolor que has sufrido por ella, quítale lo que nos pertenece por derecho, por honra, por sangre. Devuélvela al hospicio de dónde jamás debió salir.

Él cree que son los efectos del te con misterio de la tía, que hacen que ella le hable con tal confianza, o tal vez él ha tomado demasiado ron. Pide que le traigan su gabán y luego del beso protocolario se despide de la anciana dama, dejándola en aquel salón dónde ella amontona recuerdos que considera verdades incuestionables.

Quítale todo, sobrino, quítale también a Anthony del corazón...