NARRADOR: Monsieur William (ALBERT)


Era noviembre, el mes en el que empieza a soplar el viento frío, y una mujer vestida con un chal sobre los hombros, se paró sobre sus pies calzados de mala manera. Apenas pude reconocerla, había cambiado mucho desde la última vez que nos vimos.

Candy, ¿eres Candy Blanche? ¿verdad? — pregunté, mirando a todas partes. En realidad sentía temor porque nos encontrábamos en una avenida de gente, dónde se paraban los coches de caballos. Seguro que algún transeúnte me observó.

Sí — dijo la joven. Estaba tan pálida, que pensé que iba a desmayarse en cualquier momento. De nuevo regresó mi miedo a que nos pudieran sorprender.

¿Necesitas...? ¿necesitas...? ¿qué necesitas? — me ofrecí sin palabras, procurando no escrutar su cara amoratada por el frio. Le hubiera ofrecido cualquier cosa. Aquella pobre desgraciada, ¿cómo había podido llegar a aquel estado de miseria?

Observé sus ropas, se le ajustaban al talle, más delgado que nunca, su cara famélica, enflaquecida, su rostro amoratado por el frío, sus manos huesudas y sus harapos que colgaban como jirones.

Intentó poner una mano sobre los ojos. — Albert, no quiero que me veas así, tal como estoy ahora...por favor...

¿Qué ha pasado? — con un poco de suerte conseguí que caminara a mi lado, procurando no separarme de ella, sentía que en cualquier momento caería al suelo y se rompería en mil pedazos, tan frágil me parecía.

He dejado el hospital porque ya no puedo mantenerme, y he acudido al Socorro para comer — masticaba las palabras como si hiciese mucho tiempo que no hablaba con nadie. Una ola de indignación corrió por mis venas, yo había estado los últimos meses de viaje por el Oriente, y había dejado todo en manos de Archie Cornwell, para que le asignara una paga que provendría del fondo de la herencia de los Andrews, esta paga era lo bastante sustanciosa como para que Candy pudiese vivir cómodamente, incluso en el centro de París.

¿Dónde está Archivald Cornwell? Me urge hablar con él — dije sin pensar, estaba furioso, no podía creer que tú Archie fueses tan descuidado con el dinero.

¿Porqué querrías ver a Archie? — la desgraciada chica me miró con ojos vivaces y sombrios, ambos Archie y yo lo habíamos hecho a sus espaldas para que no pudiese negarse a recibirla y ella recibía su asignación cada mes de mano del director del hospital. El pobre hombre casi la obligaba a recibir aquella suma, porque ella siempre le preguntaba su procedencia. — ¿tiene algo que ver con el dinero que recibía en el hospital?

No, él, es porque tiene una deuda conmigo, eso es todo — dije al final, no me atreví a decirle la verdad mirándola a los ojos.

Siempre he sospechado de la procedencia de ese dinero, — me dijo, mientras se limpiaba con el chal — pero lo aceptaba porque el director ha sido como un segundo padre para mí. Luego dejé de recibirlo, no sé porqué. — pasó un momento y continuó hablando — No se lo he dicho a nadie, pero me han ofrecido una suma mucho mayor, no de manos del director, sino por un intermediario...— dijo mientras me miraba en silencio.

¿Una suma de quién? Oh, Candy, ¿no creerás que la tía Ellroy es la que te manda esa suma? No tiene contacto con nadie...sería absurdo.

No, no creo que sea tía Ellroy y por eso me negué a aceptarla porque desconocía su procedencia y además porque era una suma mucho mayor que las anteriores. — Al contarlo parecía nerviosa, miraba en todas direcciones — Oh, Albert, no sé si debería contarte todo esto.

Haces bien, haces muy bien en decírmelo para que así demos con el que te manda ese dinero.

¿Crees que es él? Yo no creo que haya muerto, sin embargo no es posible...

Sin embargo que haya muerto es la única explicación para todo lo que te ha pasado, ya ves no ha regresado todavía y ha pasado más de un año. — Miré a Candy mientras ella juntaba las manos en actitud pensativa, le dije de inmediato — Deberías regresar al hogar de Pony, casarte con un buen hombre sencillo, vivir en el campo, ser feliz. Olvida toda esta historia, piensa en tu futuro, lo hace todo el mundo. Estamos a mitad del s. XVIII no hay razón para que no pienses en tu vida.

Ella meneó la cabeza, — ¿Y si regreso a Pony y él...él vuelve a París y no me encuentra esperándole...?¿crees que se volverá a marchar al mar otra vez? yo...yo no quiero, de verdad...

Nunca has tenido la culpa de nada, en nuestra familia los hombres tenemos la cabeza muy dura — le dije —por eso ocurren tragedias.

Albert, sé que no está bien que te lo diga, que apenas nos vemos, y que no debería ser tan franca contigo, a pesar de todo lo he sido — dijo ella — pero es que pienso constantemente en que pueda engullirlo el mar o que pueda terminar su vida colgado de un palo. Pienso en las noches de tormenta en el mar y que nunca antes ha salido a esa vida tan dura. Siempre ha estado bajo la protección de...bueno ...los Leagan y tú...

¿Entonces tú me hablas de...? Neil, piensas en Neil...fue su decisión, sólo suya. Él escogió esa vida, los demás no podemos hacer nada.

Hazme caso, Candy, regresa a Pony, sigue siendo tu casa...yo, quizá algún día nos veamos y podamos hablar...


PRESENTE


¡Dinero de un muerto que no está muerto! — dice Archie, levantando el cabo de su pipa — parece una novela. — Tendría sentido si Neil estuviera muerto y hubiese hecho heredera a Candy, nada de esto parece haber sucedido, entonces si no está muerto, ¿quién es el del dinero? En lo que respecta a la asignación que me ordenaste pasar a Candy, está en manos de mis abogados recuperar el dinero que me estafó mi intermediario.

¿Acudiste a un abogado para que le asignase a Candy la cantidad? — preguntó Albert.

Tenía que hacerlo así, el colegio de procuradores fue muy estricto respecto a las daciones. También necesité a una persona de confianza para firmar los cheques de banco, no creas que fue fácil cumplir tu orden.

Esos burgueses...Se están haciendo de oro a costa de la aristocracia a la que desprecian.- dijo Albert riendo con ganas.

No te enfades, nos desprecian más que nunca, pronto sólo estaremos en los cuadros, ¿sabes que se re estrena Marie Antoniette? Me temo lo peor, que haya aforo restringido para los gatos y no nos dejen entrar a nosotros.

Pronto el antiguo Boulevard estará lleno de tiendas y no quedará una sola boutique a la que acceder sino es a trompicones y en masa cual ovejas en el redil.¿De qué otra manera saben ir de compras los pastores sino es en masa cual ovejas?

Los nuevos tiempos...

A mí me gustan, tenemos a Candy Blanche,

Candy no es como ellos, oh Albert, si todas fuesen Candy...

Me pregunto qué habrá sido del misterioso donante de Candy.

¿Crees que lo llegó saber que Candy no recibió el dinero?

Termina la historia, Albert— preguntó Archie — ya sé que ella no regresó a Poney, ¿te dijo algo más aquella vez?

No, no regresó, la fui a visitar un par de veces e intenté convencerla para que regresase a la casa Andrews, pero ella no quiso. Dijo que le traía recuerdos, yo sé que en realidad ella quería regresar al hospital pero no sabía cómo, tampoco quería pedirme nada y sé que ella no hubiese querido recibir nada de mí ...oh, es todo demasiado complicado.


CONTINUA ALBERT


Candy se puso en lo que le vino peor, en esperar, una carta, una señal de Neil Leagan. Pero pasaban los días, las semanas y los meses, y no recibía nada. El director del hospital que le guardaba afecto, tenía contacto con gente que guardaba el puerto y éstos le comunicaban si algún marinero o pescador era hallado, vivo o muerto, la avisó una y otra vez. De Neil Leagan no se sabía nada.

Cuando escuché esto de su boca, un día que aparecí cerca del albergue en que se alojaba, ella empezó a llorar. Me decía que no se entendía ella misma al llorar por aquello, si cuando se había marchado él no había llorado, ni cuando escuchaba las noticias que le llegaban del puerto. Lloró mucho, se frotó los ojos valientemente y me dijo que no esperaría más, que se marcharía a Pony. En total, había estado esperando cuatro meses alguna noticia, luego realmente creyó que Neil había muerto. En ese momento apareció James Cartwright y ya conocéis la historia, Eliza se casó y Candy tuvo que ayudar a la novia en una boda que realmente le pertenecía a ella, con un ajuar que había sido adquirido sólo para ella. En fin...

Un mes después llegaron otras noticias, pagadas por mí a un viejo socio, que contaban que Neil estaba en un buque en América, que tal vez se quedara allí, que muchos lo hacían. Esta noticia serenó a Candy de forma extraña como si de repente tomase confianza en lo que iba a hacer, y entonces yo empecé a dudar como nunca, andaba por la calle insomne, mirando a todas partes como si me fueran a asaltar. No recuerdo haber pasado tanto miedo en mi vida, no sabía en qué podría andar metido mi primo, pero mi informante no me había dado buenas vibraciones.

Él no regresaría, no estaba muerto entonces, y si él le había mandado a Candy toda aquella suma, él mismo debía considerarla perdida para los Leagan y para la propia Candy. Eso era algo que a ella no debía escapársele tampoco, a pesar de que la propia Candy no me había dicho nada.

Albert, regresaré al hospital — me dijo un día, en el que fui a comer con ella, en primavera — no puedo seguir en esta situación, siento que he provocado muchas penurias a la familia con todo esto. Eliza está casada y en cualquier otro trabajo de la mansión me sentiría un estorbo.

Yo la miraba extasiado de que hubiese llorado tanto por un hombre al cual no amaba, me sentía extenuado por su belleza y su bondad, a la vez no se me iba de la mente que con todo lo que había ocurrido, ella había derramado más lágrimas por Neil que por ningún otro primo de la familia, pero ella no se afianzaba en esa idea, seguía con su intención de regresar al hospital, olvidar su pasado, y me pareció totalmente asombrosa.

Y regresó al hospital — confirmó Archie.

En efecto, eso ya lo sabíais — dijo Albert.