NARRADORA CANDY
Mi nombre es Candy, de soltera Candy Blanche Neige, me llamaron así porque me encontraron una noche bajo la nieve, junto a un árbol, en las afueras de París. Yo no tenía apellido, ni familia ni nada, estaba destinada a ser una fille du Sacré Coeur, la institución más antigua del país, dónde acuden las personas que no tienen hogar ni nadie que los quiera. Esa era yo cuando nací.
Nunca conocí a la persona que me encontró pero le debo lo que soy. Me llevó adonde Soeur Marie, la hermana María, que tenía un refugio para niños desamparados al otro lado de la colina, cruzando un bosque, en plena naturaleza.
Así fue cómo llegué al hogar de Mlle Poney y Soeur Marie, un lugar dónde los niños sin padres encontraban una oportunidad. Seguro que no les interesa que les cuente sobre los amigos que hice en ese lugar, los tendré siempre en el corazón pero no repetiré sus nombres ahora por no involucrarlos conmigo, sé que ellos no querrían verse envueltos en todo esto...
Un día deslumbrante conocí a un chico, no mucho mayor que yo, cierto que apenas hubo palabras entre nosotros pero no hizo falta, dijo que era escocés, era tan extraño, sus ojos eran azules y su cabello era rubio pero nada de esto me fascinó tanto como el hecho de que me hablase como si yo fuera su amiga.
Yo nunca antes había hablado con nadie de fuera del refugio de Mlle Poney, y enseguida presentí que debía marcharme de aquella colina, irme a otro lugar, tal vez a Escocia, ¡oh, usted no sabe qué sueños puede albergar una cabeza juvenil cuando nunca ha tenido más que una escoba o un libro de colegio entre las manos ! Yo no leía novelas, no iba a fiestas, no sabía nada del mundo...en fin, que pronto empecé a pensar en aquel chico y a enamorarme de una manera casi obsesiva.
Sin duda, Mlle Poney y Soeur Marie debían de sospechar que algo me pasaba, ellas eran las mujeres más valientes que yo he conocido jamás, y ustedes no habrían imaginado mejores madres si se hubiesen visto solos en el mundo como yo lo estaba.
Siendo yo una adolescente, Mlle Poney me dijo si quería quedarme en el pueblo o si me apetecía quedarme en el hogar. Yo hacía todas las tareas, vigilaba bien a los niños, y todo parecía estar bien, sin embargo...ella entendió que seguía faltando algo en mi vida. Yo ya no podía conformarme con el hogar de Poney, ya no podía quedarme en el pueblo.
Ellas lo entendieron y creo que lamentaron mucho que sucediese tan rápido para mí. Es decir, tal vez ellas contaban con que las siguiría ayudando más adelante y a partir de ese momento se dieron cuento de que no iba a ser así. Ahora me doy cuenta de que debieron sentirse abandonadas pero nunca me reprocharon nada.
El sueño se materializó cuando una carta procedente de París, con las señas de Mde Leagan,llegó a nuestro refugio.¡Nada menos que una de las mujeres más brillantes del salón de París me invitaba personalmente a que asistiera en calidad de acompañante de su hija Mlle Eliza Leagan a un baile que se celebraría...! Al leer la carta, yo empecé a fantasear pero mis dos queridas protectoras enseguida debieron de ver el truco e intentaron ponerme los pies en el suelo con su acostumbrado tono cariñoso y maternal.
« ¿De qué me conocía Mde Leagan para hablar de mí de aquella manera tan familiar a mis dos protectoras ? ¿porqué no acudía ella misma a la Casa Poney para conocerme en persona ? »
Mlle Poney me dio la libertad de declinar la invitación – a todas luces extraña – pero yo me negué en redondo, para mí era mi gran oportunidad, mi gran sueño se iba a realizar. Y si gustaba a los Leagan quizá volviese a ver a aquel joven con el que soñaba cada noche.
El baile fue perfecto, no habría que añadir nada, salvo por la frialdad del saludo familiar que yo achaqué a la novedad que yo suponía entre ellos, y no a un prejuicio contra mí. ¡Fui muy ingenua la verdad ! Ya le he dicho que en Poney no leíamos novelas, sólo absurdos libros de texto.
La tarde transcurrió calurosa, era verano y yo llevaba un vestido vaporoso. Al ir a sentarme a uno de los balconcitos de la gran casa, oí un grito como un estertor. Creí que alguien estaba en peligro, y me asomé, recibiendo un caldero de agua sobre mí, procedente del balconcito superior.
Miré hacia arriba y debido a la oscuridad de los árboles, en principio sólo distinguí dos pares de ojos relucientes que se descubrieron a la luz del día como si fuesen cuatro cuchillos. Los hijos de la familia Leagan me habían empapado de pies a cabeza para troncharse a mi costa.
– ¿Qué te parecere, Eliza ? ¡Esta no es una señorita como tú ! ¡esta es un chien mouillé! – gritó el hermano, de manera que yo pudiese oír cada palabra.
Sentí furia en mi interior, de dónde yo vengo un chien mouillé es el peor insulto hacia una persona. Me imaginé de dónde provendría su vocabulario y lo amenacé con informar a su padre de su comportamiento y de sus proezas lingüísticas.
– Eso me da igual, – continuó él cruzándose de hombros – un chien mouillé es un chien mouillé. Te van a calar enseguida y te darán el lugar que te mereces.
– ¿No eres tú un hombre acaso ? – dijo Candy – Prueba si lo que dices es verdad.
– Por supuesto si ya fuera un hombre te habría sacado a patadas de la fiesta, chien mouillé, ¿te imaginas que soy tonto? – y sacó la lengua en mi dirección mientras estiraba con un dedo su párpado para enseñar su globo ocular.
Mi vestido había quedado arruinado por la gamberrada, aunque me había dado tiempo de bailar un poco, hubiese querido seguir bailando. Hubiese bailado con el vestido arruinado y todo, pero estaba en aquella fiesta para hacer sentir bien a los sentimiendos de Mde Leagan, no a los míos, así que por una vez decidí quedarme inmóvil. En ese momento escuché a los Leagan, abandonar el balconcito, y pararse a hablar. Pude oírlos, porque no parecían esconderse de mí, mas bien al contrario.
– ¿Has oído a la chien mouillé ? ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera de padre... ? – decía la hermana.
– No va a decirle nada a padre hermanita, aunque sería divertido ver la escena. Padre no le creería nada, desde luego – dijo él.
– Se lo dijiste tú a padre, que sería divertido traerla a la fiesta, ¿dónde la has visto?
– Me la señalaron un día cuando íbamos para Marsella. También me contaron que es muy ignorante, y por lo visto, no se equivocaron – dijo sin parar de reírse.
– ¿Te gusta, Neil ? Oh, debe ser mayor que tú... Yo había pensado que mejor traerla a nuestra casa para que fuera mi dama de compañía. Ahora en vacaciones me aburro tanto.
Dejé de escuchar la conversación cuando ellos llegaron al final de las escaleras. Aquellas palabras me hicieron sentir rabia, por primera vez en mi vida sentí rabia, y no sabía porqué. Aquellas personas no tenían nada que ver conmigo, ¿qué me importaba lo que pensaran?¿en qué podía afectarme que se burlasen de mí o me apreciasen ? ¿qué tenía yo en común con ellos ?
Nada.
Regresé a casa Poney, después de cambiar de vestido. Tanto Soeur Marie como Mlle Poney no mencionaron nada de la fiesta, ambas aceptaron la mentira piadosa que les conté, o por lo menos no pidieron más detalles. Algo que agradecí, pero que no podía dejarme conforme a mí misma.
A menudo mi mente volvía a los hermanos Leagan, ¿es que el muchacho del que me había enamorado también tendría aquella actitud maligna conmigo? No podía ser, el mundo no era un lugar oscuro y solitario, el mundo era un lugar de oportunidades y sueños por cumplir. Además ya estaba en mi hogar, en mi cama, un lugar confortable, dónde no temer, sólo amar, ser feliz...aunque tal vez no fuera lo mejor que pudiese conseguir...
Conseguir, me dije abriendo los ojos.
Conseguir qué.
Me quedé dormida profundamente.
Pasaré por alto el día en que llegó carta procedente de París, de los Leagan, ofreciéndome el puesto de dama de compañía especial para Mlle Eliza, aquellos días pasaron muy rápido, no voy a ocultar el gozo que sentí al ver que mis sospechas agudizadas en la fiesta habían sido erradas. Sin duda, la carta era probatoria de que la familia Leagan había quedado contenta con mi desempeño.
Reconozco que no escuché esa tímida vocecita que nos aconseja prudencia, fui rápidamente a pedir permiso a mis dos personas más queridas, Mme Poney y Soeur Marie, las cuales entre lágrimas se prepararon para la última despedida.
Omitiré las lágrimas del día de la partida y el último abrazo a todos mis amigos. Yo llegaba a casa de los Leagan con una pequeña maleta con más momentos dulces que bienes materiales. Ahora me doy cuenta del valor de todo aquello.
Al pisar el umbral de la magnificiente entrada a la mansión, empezó mi infierno.
Aquellos Leagan no tenían lo que yo tenía en aquella maleta, no tenían sueños ni tampoco felicidad, por eso eran entré por aquella puerta, como digo, empecé a oír sus risas, el suelo estaba impoluto, sin mácula así que lo evité, también evité las escaleras, fui dando un rodeo hasta encontrarme cara a cara con el hermano más joven de Eliza. Éste me miró malhumorado.
– ¿Esta es tu forma de saludar a la familia ? ¿dónde quedan tus modales ? ¿desconfías de quién te tiende su mano?¡qué malagradecida es esta niña ! – habló rápidamente con la sonrisa torcida y me empujó de manera que caí de espaldas, mientras él seguía avanzando.
Observé su mano izquierda, tenía un bote de pintura ; le dije que parara, pero pisó el borde de mi vestido para afianzarme en el suelo y comenzó a pintarme de la cabeza a los pies. Eliza reía la proeza de su hermano como la suya propia
– ¡Bien Neil ! ¡bien hecho!
Me sobrepuse, a pesar de que él era más fuerte que yo no me iba a ganar. Me di la vuelta rompiendo mi único vestido y conseguí hacerlo caer, aprovechando su exceso de confianza. Él me miró con odio mientras se levantaba del suelo, su preciosa pechera lucía en ese momento bastante colorida.
– Eres sólo una chica odiosa – gritó mientras empezaba a correr en dirección hacia afuera.
A la hora de la cena supe que los hermanos habían contado a su padre todo lo ocurrido. Me mandaron retirarme a un cuarto oscuro, al salir vi a Neil apoyado en un árbol.
– ¡Fue idea de Eliza ! ¡yo no te acusé ! – luego se marchó por el camino con las manos en los bolsillos dando patadas a las piedras mientras silbaba de forma estridente.
Juré que me las pagarían, pero los siguientes meses fueron por el estilo. Ellos comenzaban una jugarreta, yo me defendía y terminaba yo castigada. Cierto día, que habían dejado la puerta del despacho de Monsieur Leagan abierta, escuché una conversación que me llamó la atención por lo airado de sus argumentos, porque aquella familia discutía a menudo.
– Querido, no me gusta Candy pero no podemos seguir echándole la culpa de todo – decía Mde Leagan – a veces, siento que nuestro hijo se pasa un poco de la raya.
– Es una edad difícil, es un chico está rodeado de mujeres, lo mejor será que se vaya de aquí, en otoño vendrán sus primos, será una oportunidad para hacer cambios – Monsieur Leagan asociaba la mudanza de cada estación con los cambios en las personas, era algo habitual en él.
– ¿Y porqué no se va ella ? Ella es la que lo trastorna, – el marido solía mirarla de forma que esta mujer se callaba como por arte de magia – lo siento, querido, pero no dejo de pensar en que es ella la culpable, antes de que Candy entrara en esta casa, Neil...
– Antes de viniese Candy... – empezó el señor Leagan – antes de Candy, ¿qué niñas conocia Neil ?¿Candy tiene catorce años no ?
– ¡Neil sólo tiene doce ! – protestó la señora Leagan.
– Eliza cumplirá pronto los catorce, – dijo el señor Leagan – mira cariño, tal vez si los dejamos en paz.
– ¡En paz ! ¡no voy a dejar que una harapienta embauque a mi hijito y lo convierta en el hazmerreír... ! – dijo la señora.
– Vamos, querida Elsa, no hables así de Candy, para ella han sido muchos cambios. Ha pasado del hogar de Poney a estar conviviendo con una de las familias más ricas del país.
– Está bien, pero quiero que Candy se aleje de Neil. Prométeme que no alimentarás la amistad entre ellos, querido. Prométemelo.
– Si vas a estar más tranquila, te lo prometo pero no me parece bien tratarla así.
Los tres, Neil, Eliza y yo compartíamos lecciones, y yo aproveché en aquel tiempo para aprender todo lo que pude, acerca de historia y protocolo. Yo no tenía de qué preocuparme, salvo de evitar el cuarto oscuro que no me gustaba y las lecciones interminables de una institutriz pobretona, que no cumplía los veinte, y que cubría las gamberradas de Neil, sin duda pensaba que Eliza y yo no la veíamos, o tal vez era una de tantas que sólo pensaba en su pan.
Cierto día caluroso en que ella cuchicheaba sus interminables parlamentos de forma mecánica, Neil guiñó un ojo a su hermana.
– A esta lo que le hace falta es un hombre – susurraba él, refiriéndose a nuestra profesora.
Eliza se reía acostumbrada a la broma.
– ¡Niños ! – gritó la desgraciada maestra apoyando la vara sobre la cabeza de Neil. – ¿Saben el significado de la palabra galante ? Los hombres deben ser galantes con las mujeres, ¿verdad señorito Neil ?
– Y las mujeres con los hombres – dijo él mostrando una sonrisa aviesa.
– ¡Neil ! – rió su hermana, intentando evitar la risa tapando la boca con las manos.
– ¿Qué clase de educación te han dado jovencito ? ¿dónde aprendes esas ...esas...expresiones obscenas ?
– Bah, no sé,... – dijo Neil como si hablase con la vara amenazante – dígamelo usted, lo que le gusta.
No le dejó terminar la frase, la maestra tomó de una oreja al señorito y lo llevó ante su madre, que estaba tomando el té con otras mujeres de su misma clase. No me perdí la cara roja de Neil, al ver a todas aquellas mujeres laurearlo como si de un torero se tratase al grito de « ¿Cómo se ha atrevido la mucama esa que no tiene dónde caerse muerta a tratarte así, Neilicito ? o ¡ya le daré yo lecciones a esa solterona amargada ». Neil recibía frases del estilo muy cerca de sus mejillas y resplandecia un poco más, la rojez de sus mejillas iba apartándose para dejar paso a un gesto de jactancia y satisfacción. No necesitaba las lecciones de aquella maestra prematuramente envejecida, teniendo a las amigas de mamá parloteando acerca de él con sus vestidos vaporosos ante un té que se enfriaba...
En otoño llegaron a París procedentes de Calais los Cornwell y los Andrews, Archie Cornwell y Stear Cornwell. La primera vez que vi a los tres primos, estaban separados físicamente y se miraban con confianza aunque tristeza por la división artificial trazada desde su nacimiento. los Cornwell descendían de la rama del marqués de Montpellier, mezclada con antepasados aragoneses, de ahí su aspecto más español, al igual que parte de los Andrews, mientras que Anthony Andrews, por lo que averigué más tarde pertenecía a la línea más antigua de la descendencia del Conde de Flandes.
En esta rama familiar, quedaban los Leagan, cuyo origen era marsellés y entroncaban con la reina Désirée Clary y con el obispo de París, Du Fagort, ortodoxo y de gran influencia.
Conocí a los dos hermanos Cornwell y a Anthony casi a la vez, un día soleado mientras paseaba por el río, contar los detalles no está en mi ánimo porque casi los he olvidado. Recuerdo que eran amables y liberales conmigo.
Aquella primera impresión de amistad secreta entre los hermanos Cornwell y Anthony no fue errada, con el paso del tiempo me di cuenta de que los tres eran muy amigos y me incluyeron en muchas de sus salidas. Yo no sabía el porqué de las atenciones pero era feliz así y además porque Eliza siempre quedaba al margen de nuestros encuentros.
El tres de octubre Anthony, que cumpliría años el dos de noviembre me dijo que me amaba. Yo tenía catorce años, él dieciséis y pensábamos que el amor era pasear de la mano por las tardes bajo un bosque de castaños mientras caían las hojas sobre nuestras miradas.
Supongo que fui feliz hasta noviembre, mirándolo, era mucho mejor que el muchacho del que me había enamorado en el hogar de Poney. Realmente yo deseaba no ver más mi antiguo yo por cuán feliz me sentía. Pero las cosas no son como uno las planea.
Anthony me enseñó el valor de la naturaleza, del pensamiento y del lenguaje, para él todo se unifica en una completa y perfecta armonía. Me habló de sus rosas y bautizó a la primera Candy Rose delante de mí.
— Esta rosa — me dijo mientras sostenía la misma por el tallo, para no tocar las espinas — es una muestra de mí mismo en ti. Quiero perfumar tu vida, Candy Blanche.
« Una hermosa rosa para la hermosa Candy... »
Estaba escrito que nuestro romance no duraría. A principios de noviembre, en víspera de su cumpleaños, Anthony sufrió un accidente de caza y hubo de ser trasladado a casa en una camilla. En sus ojos, aún brillantes yo leía el amor que sentía por mi y por toda la vida que le rodeaba. Le esperaba un futuro tan hermoso que aún hoy me resulta casi imposible creer lo que pasó a continuación.
Al día siguiente, fui a la mansión Andrews, como venía haciendo desde hacía un mes, pero esta vez iba a pedir que me permitiesen ver a Anthony. Al llegar a la puerta principal, vi la luz de la habitación de Anthony encendida pero el balcón cerrado. Me extrañó por la hora porque era de día y lucía el sol. Cuando bajé la vista me di cuenta de que había alguien en el jardín bajo el balcón.
Me aproximé hasta el lugar y vi a Eliza Leagan entre las rosas de Anthony, las que él no había tenido tiempo de regalarme, pero que eran nuestras promesas. Promesas de sueños. Vi lágrimas en los ojos de Eliza Leagan y la vi que arrancaba rosas, con las espinas clavadas en las manos. Al oír mi llegada, alzó su mirada hacia mí con odio.
— ¡Ha muerto! Mi Anthony ha muerto... — decía rompiendo las rosas con sus manos.
Yo quedé tan sorprendida de aquellas palabras como del «Mi ». ni siquiera dijo «nuestro ».
— ¿Qué dices? — me acerqué a ella y la tomé de los brazos y creo recordar que estuve zarandeándola hasta que ella casi perdió el sentido — ¿Qué dices?
— Mi Anthony ...por tu culpa — siguió diciendo ella con voz hueca.
Anthony sólo tenía dieciséis años y yo no podía creer que aquello me sucediese. Creo que me senté en el suelo y empecé un llanto con toda la fuerza de mis pulmones.
— ¿Porqué?¿porqué es mi culpa? — sollocé en medio de mi delirio.
— A él no le gustaba cazar — empezó Eliza. Ante la confesión yo abrí los ojos desmesuradamente, sí yo recordaba aquello de él. — pero él quería que tuvieras un hermoso cuello de zorro para tu abrigo...y cuando perseguía al zorro a través de la ladera, su caballo fue atrapado por una trampa...
Yo no quería oír más, Eliza estaba tan fuera de sí que no sabía lo que decía. Debía de equivocarse, sino como era posible su conocimiento, sin embargo tenía que ser verdad, no podía ser falsa. De alguna manera ella tenía que ser la mala, la mentirosa en toda la historia. Todos sabían que ella me odiaba.
— Un hermoso zorro para la hermosa Candy... dijo — repitió Eliza.
— ¡Mientes! ¿Cuando habló contigo así Anthony? — Yo estaba fuera de mí porque ella conociera todo acerca de nosotros, un conocimiento al que no se llega por la simple observación.
Ella sonrió, porque por fin podía herirme con algo que me importaba de verdad. — Yo y mi Anthony hablábamos mucho porque somos primos y además...además él salía conmigo antes de que llegaras tú a nuestra familia.
— ¡Mientes otra vez! — yo no quería creerlo, quería que dejara de hablar, me dolía Anthony pero la verdad de lo que estaba descubriendo era demasiado dañina para mí. ¿Cómo no iba a afectarme? Eran las palabras de Anthony las que Eliza estaba utilizando, el tono de Anthony. El mundo estaba girando y me estaba dejando a mí del lado de la oscuridad.
« Una hermosa rosa para la hermosa Candy... » recordaba haberle oído decir a él, como si fuera un martillo en mi cabeza. No quería creerlo. La realidad era tan horrible, ahora comprendía a los que se apartaban, huyendo de ella, buscando la paz en la soledad.
— Y hay más — Eliza ya dejaba de llorar y se lamía los labios como un gato cuando ve al roedor herido — muchas veces cuando tú tenías tareas que hacer, yo buscaba a Anthony para salir y él también me buscaba a mí. Salimos muchas veces de esta forma.
Aquello fue un golpe mortal para mí, caí al suelo de nuevo y me puse a temblar y a llorar incontrolablemente.
Ustedes no lo entienden, yo quería ser Julieta y no me dejaron, quería ser la dama de las Camelias, para entones, Anthony me había dado novelas y yo leía sobre aquellas maravillosas heroínas acerca del amor y la guerra, la fatalidad y la sensualidad todo mezclado sin orden ni moral que lo sustentase, sólo mi cabeza llena de rizos. Ojalá hubiese tenido un preceptor adecuado, es lo que lamento, porque ya no sabía adónde dirigirme o a quién con mi dolor a cuestas. Era y sigo siendo demasiado joven para esa carga.
Sigo, yo seguía llorando mientras veía el semblante frío de mi enemiga. Sí, Eliza se había convertido en ese momento en mi enemiga mortal. Pensaba en los abusos, las intrigas, las mentiras que había urdido ella para alcanzar sus fines. Hacerse con todo lo que me correspondía, incluido el aprecio del pobre Anthony. Ahora lo que estaba haciendo en mi mente era mucho peor. Oímos el ruído de una calesa pararse en la avenida dónde antes habíamos jugado felices.
– Es la calesa de la muerte – dijo Eliza, así le llamábamos los niños al carruaje de la funeraria que transporta los muertos. Yo alcé mi mirada hacia el lugar y ella me puso un dedo en los labios, yo estaba demasiado angustiada de que nos sorprendieran en el jardín de los Andrews. Me habían parecido tan estirados y escrupulosos como los Leagan.
– Eliza, ¿porqué... ? ¿qué haces... ? – dije notando que me empujaba hacia el emparrado, introdujo una mano entre las hojas de detrás de mi cabeza y sacó un objeto brillante.
– ¿Qué es eso ? – pregunté, deslumbrada por el brillo del objeto. Parecía una joya especial. Ella lo mantenía lo bastante lejos como para que yo no pudiese detallarlo.
– Me lo regaló Anthony – dijo ella secándose los ojos, mientras acariciaba el objeto.
– Shh...alguien viene – dije mirando a través de las hojas. Tras el emparrado, estábamos camufladas de forma que los de la avenida no podían vernos, pero nosotras sí los podiamos ver llegar.
Eliza seguía acariciando su joya, mientras yo luchaba por distinguir a los que iban a tripular la grotesca calesa oscura. Yo sólo podía distinguir ropas oscuras y ruido de gente que se apretujaba. Alguien pidió una silla más en la calesa y quise estirar un poco más el cuello para ver quién era el personaje que ocuparía aquel lugar de honor. Fue el único nombre que escuché esa noche, y la primera vez que lo escuchaba, se trataba de la viuda Flink, Ellroy Flink. La sorpresa me dejó muda y apoyé mis manos dejando el peso de mi cuerpo sobre emparrado, con tan mala suerte que comenzó a ceder el armazón cuando mis pies estaban ya colgando.
– ¡Candy ! – avisó Eliza con los ojos muy abierto, mirando con terror lo que yo hacía – se va a caer toda la...
En efecto, el emparrado cedió, quedando tendido en el suelo a mis pies y dejandome al descubierto totalmente delante de aquellas personas. La sorpresa de los presentes fue mayúscula.
– ¿Quién es esta mocosa ? – preguntó una dama, dirigiéndose a mí– ¿es amiga de la familia ?
Madame Ellroy se acercó asegurada en su bastón, era la persona de más edad así que por su voz supe que se trataba de la misma de la que habían estado hablando.
– ¿Quién eres tú ? No eres Andrews, ni tampoco amiga de la familia.
Yo no sabía que decir, me sentía intimidada. Giré la cara adonde había estado Eliza pero ella ya se había marchado, dejándome sola. Lo debería haber supuesto.
– Habla, no mires adónde no hay nadie, no te escondas... – siguió la mujer.
– Yo-yo... – dije.
De repente oímos un llanto tras una mata de rosas. Las rosas de Anthony.
– ¿Otra intrusa aquí ? – preguntó la señora – sáquenla – le dio orden a su sirviente.
Eliza salió a la vista de todos, llorando, y retorciendo las manos.
– Madame... – dijo la señora Leagan, tocando el brazo de aquella – es mi hija, Eliza Patrice Leagan.
– ¡Ya la conozco ! Pero ¿qué hace aquí ? – preguntó la anciana mirando a la mujer y luego a Eliza.
Eliza comenzó a hablar de forma clara y diáfana, que todos la entendieran – Oh, yo he venido a devolver un objeto que pertenece a los Andrews...no soy una intrusa... – les tendió la joya que me había estado enseñando a mí.
– Esto es la insignia de nuestra familia – dijo la madame luego de tomar la joya y observarla.
Yo estaba estupefacta, apenas podía moverme.
– ¡Candy la robó de Anthony ! – dijo Eliza con seguridad.
– ¡No es cierto ! – grité con toda la fuerza que me quedaba.
– Sí, lo es, tú la robaste, él estuvo contigo el último día. – dijo Eliza mirándome con odio – Siempre estaba contigo...
– ¡Es mentira ! No he robado nada nunca... – dije con más entereza de la que podía
– Se puede probar que Candy miente, – dijo Neil, desde detrás de su madre – si Anthony no está portando la insignia en su traje...ahora mismo.
– Pero eso no puede hacerse, ¿verdad ? – replicó su madre – La funeraria va a llevárselo inmediatamente a la Morgue. Se precisa abrir el ataud para ver si la lleva consigo.
– Los Andrews siempre nos hemos enorgullecido de nuestro linaje, es totalmente imposible que Anthony Andrews acudiera a la cacería sin esa insignia – apostilló la anciana dama.
En torno a la calesa negra, el doctor fue en el encargado de abrir el ataud ante todos los presentes y como yo había sido acusada de robo y de alevosía delante de toda la familia todos fuimos testigos de cómo se levantaba la tapa y todos pudimos ver que en el traje de escocés de Anthony no había ninguna insignia.
– ¡Aquí está la prueba ! La prueba de que Candy es una pequeña ladrona – dijo madame Ellroy volviéndose hacia mí.
– ¡Yo no fui ! ¡tienen que creerme ! – aún grité.
– Ahora recuerdo, que él siempre decía que iba a conseguir un hermoso zorro para la hermosa Candy – dijo alguien – es obvio que fue a verla durante la cacería y entonces ella aprovechó para tomarle la insignia...no deja de ser una joya.
– Él, que te ha tratado tan bien y tú así le pagas... – dijo otro – quizás ella haya tenido la culpa del accidente también.
– ¿Qué se puede esperar de una vulgar así ? – y otro.
– Basta, silencio – pidió la madame con gesto frio – quisiera respeto para mi sobrino Anthony, puesto que la que él creyó su amiga sólo lo utilizó para aprovecharse de él.
Volvieron a colocar el ataud en el lugar anterior para prepararse para la marcha. De repente una dama enlutada rigurosamente se abrió camino sola hasta el carruaje, y habló a Mme Ellroy de forma desesperada.
– ¿Qué vamos a hacer con ella, madame ? Todo nuestro prestigio de Leagan en sus manos, y no podemos permitir que nos llamen inmisericordes por devolverla a su estado de miseria anterior – era la madre de Eliza posternada a los pies de Madame Ellroy.
La anciana habló con rudeza cual predicador. – Yo no puedo dirigir las vidas de los demás, eso sólo puede hacerlo Dios mismo – siguió un silencio sepulcral – pero ay, de vosotros si pretendéis apoyar al malvado, servir al ruin. A esos no los dejaría cruzar el umbral de mi casa.
Así se marchó la augusta mujer en la silla de principal que colocaron en la negra calesa. Yo apenas podía ver que mi futuro iba a ser negro, oscuro como aquella aparición.
– Muchas gracias por devolver la joya...significa mucho para el condado y para la familia, Eliza Patrice Leagan – dijo Archie, inclinándose hasta Eliza.
– ¿Vais a creerla ? ¡es una mentirosa ! – dije recuperando el habla tras la marcha del carruaje.
– Deja de gritar, Candy – dijo Neil, acercándose como siempre de improviso a nuestro grupo – nadie te escucha
Siempre había burla en las palabras de aquel chico, pero aquella tarde además había verdad. Nadie me había escuchado, a nadie le interesaba lo que Candy, la huerfanita del hogar de Poney tenía que decir.
De regreso en el carruaje de los Leagan, nadie abrió la boca sobre el incidente, al llegar a la puerta de la mansión, Neil pusó un pie delante de mi paso,de forma que casi tropiezo.
– ¿Qué ocurre ? – pestañeé confusa, esperando que se apartase.
– Tú te quedas afuera, Candy Blanche – dijo él sonriendo de medio lado.
Yo no podía creerlo, no podían hacerme aquello. Mil y un pensamientos se agolparon en mi cabeza.
– Es cierto – dijo madame Leagan volviéndose en redondo hacia mí con un movimiento espectacular y calculado de su falda. – Te vamos a preparar una habitación en el establo. De hoy en adelante dormirás allí.
La muerte de Anthony fue el comienzo de la vida que no deseé nunca vivir. Incluso ahora pienso, cuán diferente hubiese sido todo si él no hubiera muerto pero hay cosas que es inútil pensar. Simplemente son lo que son. O lo que fueron.
