Orgullo y decepción

Sintió un insoportable ardor punzante cuando James, sujetándole bruscamente las muñecas y esbozando una mueca de asquerosa burla, se hundió en su interior brindándole una de las peores sensaciones que había sentido en su vida. Sin embargo, no profirió sonido alguno mientras que su dignidad se desvanecía con cada minuto que transcurría. Tan solo se dejó hacer, silencioso.

Y sentía asco, repulsión y, más importante, unas tremendas ganas de llorar para tranquilizar esas sensaciones que terminarían por joderle la existencia. Por su cabeza desfilaron montones de maldiciones, entre ellas la maldición asesina, y estuvo a solo instantes de profesarla contra su enemiga.

No lo hizo. James se lo impidió con una carcajada burlona.

– ¿Qué vas a hacer ahora, Quejicus?

Snape se quedó inmóvil, mirándolo con los ojos ardiendo en repulsión; sus manos, alzadas por encima de su cabeza, también inmóviles. Aunque quisiera, no podría conseguir su varita sin antes pagar un precio muy alto.

Entonces, aceptando la situación con orgullo y decepción, se quedó quieto recibiendo las embestidas con el mentón en alto. Las lágrimas todavía deseaban hacer presencia, pero Severus se tragó cada una de ellas.

Ni siquiera en ese momento, Severus le otorgaría el gusto de verlo llorar.