Esta historia participa en el reto Arcoíris Mágico del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. El reto consiste en escribir sobre un personaje o tema LGBT. En este caso, trata sobre un personaje (y relación) lésbica. El personaje principal se me sorteó: me tocó la Reina Maeve.

Beteo: Nea Poulain.

Disclaimer: Muchas cosas pertenecen a JK Rowling, aunque no mi imaginación o la mención a cierto personaje artúrico.


Salvia, tomillo y romero


Decenas de cuervos rodeaban la humilde cabaña frente a la que Maeve acababa de aparecerse; estaban pertrechados en el tejado de paja, graznando entre los árboles, dando saltitos sobre la hierba cubierta de escarcha.

Cuando la joven dio un paso en dirección a la casa, sus ojos, relucientes a la escasa luz del amanecer, se clavaron en ella. Las aves se quedaron quietas como estatuas, con las plumas erizadas y los picos un tanto abiertos, y Maeve supo lo que ocurriría.

Sacó la varita al tiempo que dos cuervos abandonaban el árbol más cercano, lanzándose sobre ella con las garras extendidas. A uno lo apartó con un fogonazo de luz azul y al segundo lo convirtió en una nube de plumas negras.

Muchos otros cuervos habían emprendido el vuelo, dispuestos a atacarla. Maeve conjuró un escudo que golpeó a la mayoría de ellos, provocando graznidos agudos a medida que sus alas se rompían.

Corrió hacia la cabaña tratando de evitar las garras de los cuervos que todavía permanecían en el aire. Al poner una mano sobre la puerta uno intentó herirle los dedos; un movimiento de su varita logró congelar sus picotazos.

Entró en la cabaña con el corazón acelerado.

Una chica se encontraba de pie frente al fuego del hogar. Maeve calculó que tenía unas dieciocho primaveras, no muchas más que ella misma. Llevaba un vestido de color azul desvaído, con un broche de hierro cerrando una tosca capa de lana. Sus ojos azules, enmarcados por un cabello oscuro, estaban abiertos por la sorpresa.

—No tengo intención de heriros —dijo Maeve, usando el gaélico que era habitual en las tierras escocesas—. Aunque no se pueda decir lo mismo de vuestros cuervos.

—No son míos, eran de mi señor Fearchar. —La muchacha llevaba un seax, un cuchillo que debía estar acostumbrada a empuñar, a juzgar por como apretaba el mango—. Él dijo que siempre me protegerían, si bien no han podido hacer mucho contra vos.

—Fearchar —repitió Maeve, en un susurro ansioso. Llevaba mucho tiempo siguiendo la pista de ese hombre—. Erais una de sus criadas, ¿verdad?

—Sí —murmuró ella.

—¿Y sabíais qué era?

Drai.

«Druida». La muchacha pronunció esa palabra no de forma asustadiza, como muchos muggles que seguían la religión del hombre clavado, sino con el respeto de las personas que aún recordaban a otros dioses.

Fearchar siempre se había rodeado de ese tipo de gente. Era un mago que deseaba sentirse poderoso y por ello había recorrido las tierras británicas en búsqueda de fama y objetos poderosos, acompañado de muggles que lo reverenciaban como si fuera un auténtico hombre sabio y no un simple mago repleto de ínfulas. A Fearchar le gustaba ser un basilisco entre culebras, pero los basiliscos vivían durante siglos y a él le había tocado morir pronto. El hacha de un sajón se lo había llevado de improviso y nadie sabía qué había ocurrido con sus objetos ni con sus muggles. Todos habían desaparecido, dejando el castillo de Fearchar vacío.

Al llegar a Irlanda la noticia de su muerte, Maeve había recorrido Britania de punta a punta, intentando encontrar un objeto en particular. Un rumor la había llevado hasta esa cabaña extraña, habitada por una muchacha que parecía protegida por los cuervos.

—Creo que tenéis algo que le perteneció: un libro —dijo Maeve.

La chica apretó los labios, lo cual confirmó sus sospechas; pero sus ojos no se volvieron hacia ningún rincón de la cabaña, lo que habría dado a Maeve una pista de dónde lo escondía

—Estoy dispuesta a pagaros por él —añadió Maeve—. Tierras, ganado, joyas...

—No me interesan.

—¿Qué queréis?

La muchacha había estado tejiendo antes de que Maeve entrase. Ahora, se arrodilló ante el telar y cogió una de las piedras que servía de contrapeso, pensativa.

Maeve la dejó reflexionar, mientras echaba un vistazo a la cabaña. Un jergón de paja, un cofre de madera barata, un par de utensilios, el telar. La casa pobre de una sirvienta pobre. Para Fearchar habría sido muy sencillo mover la varita y dejar a sus muggles alguna riqueza, pero tenía reputación de hombre duro, que nunca había regalado nada. A Maeve no le extrañaba que lo llamasen Garra de Cuervo, un mote que respondía a algo más que su afición por esas aves.

—Enseñadme lo que sois capaz de hacer —dijo la chica—. Ya que imagino que, sin dúile, no habríais podido sortear a mis cuervos; pero demostradme que sois como él.

Dúile. La muchacha quería una muestra de magia. Maeve se sintió tentada a rechazarlo, pero la muggle ya conocía la existencia de magos y las brujas gracias a Fearchar. No perdía nada.

—De acuerdo.

La chica se enderezó y retrocedió un paso, mientras Maeve se agachaba ante el telar y alzaba su varita.

El pasador empezó a moverse solo, trazando los hilos como si mano humana lo guiase, aunque mucho más rápido de lo que cualquier mujer habría sido capaz de tejer. La camisa de lino estuvo terminada en pocos minutos.

—¿Y bien? —preguntó Maeve, alzando la vista hacia ella.

Esta vez sí, la muchacha traicionó con su mirada el lugar en el que guardaba el libro: el cofre.

Maeve se acercó a él, cosa que la chica no impidió. Al abrirlo, encontró un par más de camisas de lino y, oculto entre esas telas, la caja que debía contener el libro. Emocionada, alargó la mano para cogerla, pero sus dedos no encontraron el tacto de la madera, sino algo que la abrasó como si fuera un hierro candente.

Retrocedió rápidamente, cogiéndose la mano, comprobando como su piel enrojecía. Apretó los dientes para no gritar.

—Está maldito —dijo Maeve, volviéndose a la chica.

—Solo puedo tocarla yo —repuso ella, en un tono que casi pareció satisfecho—. Aunque mi señor me contó la forma de romper ese hechizo.

—Hacedlo. —La apuntó con su varita. Había recorrido cientos de millas y atravesado reinos devastados por la guerra para llegar hasta ahí. No se marcharía sin el libro.

La muchacha no pareció asustada, solo ligeramente irritada.

—Vos habéis dicho que me daríais algo a cambio —dijo la chica—. Pues bien, quiero que me enseñéis toda la magia que sepáis.

—Eso no es posible para una muggle como vos.

La muchacha arrugó la nariz. Maeve sospechó que la había ofendido gravemente, pero no tardó en substituir su gesto dolido por una pequeña sonrisa.

—Vos mostradme lo que conozcáis y me daré por satisfecha —dijo la chica—. Y también deberéis traerme tres plantas: salvia, tomillo y romero.

—¿Para la cena? —preguntó Maeve.

La muchacha negó con la cabeza, divertida. Ese gesto hizo que un mechón le tapase los ojos, y cuando movió la mano para apartarlo, Maeve se fijó en lo delicados que eran sus dedos. Fue en ese instante que reparó por primera vez en su piel suave, extrañamente impoluta, las tenues pecas que recorrían el puente de su nariz y el brillo de su cabello.

«Belleza» no era una palabra que Maeve asociase con mucha gente, así que fue una sorpresa encontrarla en su mente.

—Usaré esos ingredientes para elaborar un brebaje que vos tomaréis. Entonces podréis tocar la caja —dijo la chica—. Pero esas plantas las tenéis que cortar vos, de noche y a la luz de una luna llena o no funcionará.

—Sois una muggle, esa poción no servirá.

—Lo hará, creedme. Fearchar así lo dispuso.

Maeve miró la caja. ¿Qué le impedía hechizar a esa muchacha, obligarla a preparar la poción y quitarle el libro? Nada.

Pero tampoco le costaría esfuerzo cumplir con su petición. De todas formas, faltaban muchos días para la siguiente luna llena y en algo debería entretener su tiempo.

Además, herir algo tan bonito como ella parecía un sacrilegio.

—Está bien —contestó Maeve—. ¿Cómo os llamáis?

La muchacha vaciló.

—Eileen inghean Cennédig —acabó respondiendo.

—Yo soy Maeve de Connacht, y os enseñaré lo que pueda.

oOo

La magia que más impresionaba a los muggles era la que manipulaba aquello que ellos sentían mundano: el fuego, el agua, la tierra bajo sus pies. Durante los primeros días que pasó en la cabaña, Maeve creyó sencillo ganarse a Eileen con llamas que se formaban de la nada y pedazos de nieve que se convertían en remolinos de agua.

Pero ella recibió todos esos trucos con la paciencia de un niño que contemplaba por enésima vez la técnica de arado de su padre.

—Fearchar os debió enseñar muchas cosas —le comentó Maeve. A Faerchar probablemente le había encantado engatusar a sus muggles con cualquier truco.

—Muchísimas —respondió Eileen. Ambas se encontraban ante la cabaña, bajo la atenta mirada de unos cuervos que, quizás por ser capaces de intuir que Maeve no representaba una amenaza, se encontraban quietos y apacibles—. ¿Por qué creéis que lo que guarda la caja es un libro?

—Se dice que Nimue guardó todo su saber en ese objeto. —Debía ser un libro, puesto que a Maeve no se le ocurría otra cosa.

—Habéis dicho que sois de Connacht. Ese reino está lejos. —Eileen levantó un brazo y un cuervo, obediente, voló hasta posarse en él—. Os entiendo, yo también habría recorrido el mundo para encontrarlo. ¿Qué puede haber más importante que el conocimiento? —La chica seguía acariciando al cuervo; su cabello, notó Maeve, era tan oscuro como el ave.

—Algunos dirían que la ambición. Otros, la caridad o la valentía. —Maeve negó con la cabeza—. Pero tenéis razón, nada de eso es tan relevante. La ambición, la caridad y la valentía se desvanecen; el conocimiento es lo único que una persona puede legar.

—¡Mis pensamientos exactos! —exclamó Eileen, sonriendo. Su entusiasmo hizo que ella también se emocionase—. Mostradme lo que podéis hacer.

Maeve apuntó al cuervo con la varita y este se convirtió en un gato negro. Eileen lo cogió antes de que se estrellase en el suelo.

—Sois malvada —dijo Eileen, abrazando al nuevo animal—. Le habéis robado la habilidad de volar. —Y sonrió.

¿Quién iba a decir que una sirvienta muggle fuera capaz de esbozar un gesto tan bonito?

—Mostradme algo más —añadió Eileen, mientras el gato se removía y bufaba entre brazos.

Esas palabras se repitieron sin cesar. «Mostradme más», le pidió Eileen un amanecer, mientras trataba de cocinar la escasa harina de la que disponía para pasar el día. Maeve la convirtió en dos hogazas de pan caliente y se sintió complacida cuando ella la felicitó.

«Mostradme más», le pidió una mañana, pisando la tierra congelada que se extendía frente a su cabaña. Maeve hizo que un manto de hierba apareciera bajo sus pies, tan fresca que Eileen quiso revolcarse en ella como una niña pequeña, dejando que las brizas se le enganchasen en el pelo. Maeve deseó pasar sus dedos por ese manto de ala de cuervo, hasta quitarle cualquier color que pudiera contaminar el negro.

«Mostradme más», le pidió una tarde, tras visitar el bosque en búsqueda de frutos silvestres. Maeve formó un par de arbustos de colores que cambiaban de tonalidad cada vez que se tocaban sus hojas, y Eileen le envió una de esas sonrisas que ella había aprendido a codiciar.

«Mostradme más», le pidió una noche, adormecida sobre su jergón de paja. Maeve creó varias esferas de luz para iluminar la cabaña.

—Son como las estrellas—dijo Eileen, fascinada.

—Podría hechizar vuestro techo para que muestre el cielo nocturno. —Maeve volvió la mirada al tosco entresijo de paja y madera que se encontraba por encima de sus cabezas.

—Eso alegraría mis noches.

«O yo os las podría alegrar de otra forma», pensó Maeve, y enseguida enrojeció.

No la avergonzaba desear una mujer —en el castillo de su padre había dejado a muchas amantes— pero sí a una muggle: su propio padre la había advertido a menudo contra ellos.

«Los tiempos han cambiado», solía decir. «Ahora los muggles hablan de la magia como si fuera algo impuro y malvado. Creo que algún día nos perseguirán, como se persiguen entre ellos por ofender a su Dios. Ten cuidado».

—Habladme de vuestro hogar —le pidió Eileen, al día siguiente—. Nunca he estado en Irlanda.

—Tengo la sensación de que hay más magos y brujas allí que en estas tierras —le explicó Maeve. Había hechizado el telar para que hiciera otra camisa de lino y observaba los giros del pasador mientras hablaba, tratando de obviar como la miraban esos ojos azules que empezaban a llenar sus fantasías—. Mi padre dedica gran parte de su tiempo a enseñar a niños y yo lo ayudo.

—Ah, por eso queréis los conocimientos de Nimue.

—Sí. Quiero ponerlos a salvo, transmitirlos a nuevas generaciones.

—A mí también me gustaría…

Eileen no acabó la frase. Cuando Maeve volvió la vista hacia ella, comprobó que tenía su seax en la mano y lo movía entre sus dedos, en un gesto que parecía muy triste.

—Siento que no tengáis magia –dijo Maeve.

—No importa —respondió ella, con una sonrisa todavía más afligida.

—¿Habéis leído el libro de Nimue?

—Podría decirse que sí. Fearchar me lo permitió.

—¿A pesar de ser muggle? —Eileen asintió—. ¿Por qué?

—Tenía sus razones.

«¿Por qué la caja está hechizada para que solo ella pueda tocarla?». Era la primera vez que Maeve se hacía tal pregunta. Algunas de las reliquias de Fearchar habían sido robadas por sus sirvientes muggles, pero el libro parecía ser un legado. ¿Para qué dejárselo a una criada?

¿Y si había sido más que una criada para él? Solo de pensarlo, se le removía el estómago.

En ese instante, Eileen tomó su mano. Maeve se sobresaltó al notar la caricia.

—Gracias por todo lo que me habéis enseñado —dijo Eileen. Su piel era pálida, pero se coloraba con rapidez, especialmente cuando trabajaba. Ahora, sin ningún esfuerzo físico que justificase ese color, Maeve se atrevió a soñar que era el contacto entre ambas lo que la había puesto colorada.

—Debería ser yo la que os diera las gracias… por querer entregarme el libro… sin otra condición… —susurró Maeve, su voz perdiendo fuerza a medida que el rostro de Eileen se aproximaba a ella.

Había muchas cosas en Eileen que no parecían propias de una muggle: su limpieza, el lustre de su cabello, unas espaldas que no parecían vencidas por el trabajo duro, su olor a flores, su amor por la magia y por el saber.

«Si solo fueras una bruja. Si solo…»

—A lo mejor quiero pediros otra cosa. —Eileen salvó la distancia entre ambas, apretando los labios contra los suyos.

Un momento que debería haber vuelto loca a Maeve se vio entorpecido cuando escuchó el sonido metálico que hizo el cuchillo al dejarlo Eileen a un lado. Y aunque ella colocó su mano libre sobre su mejilla, acercándola más hacia sí y profundizando el beso, Maeve no pudo dejar de pensar en el arma.

«Tiene un cuchillo para defenderse, no una varita». Puede que Eileen que no le recordarse a otros muggles, pero seguía siendo una de ellos.

«Algún día, nos perseguirán».

Su padre se sentiría decepcionado si pudiera verla.

Se apartó bruscamente. Eileen enarcó las cejas, sorprendida.

—La luna llena llegará en unas noches —dijo Maeve—. No creo que tenga tiempo de mostraros mucho más…

—¿Por qué me rechazáis? —murmuró Eileen.

—Sois una muggle. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Puede que os muestre mis hechizos, pero nunca perteneceréis a mi mundo.

—¿Por qué? Lo único que necesito es que me aceptéis en él.

—Aunque quisiera hacerlo, sería una mentira. No sois como yo.

Eileen se mordió el labio.

—¿Y qué hacéis con esos niños que nacen de muggles? Sé que existen y que tienen tanta magia como vos.

—A esos no les enseñamos nada.

«Nos perseguirán», decía su padre, «cuanto menos nos relacionemos con ellos, mejor».

Esa noche Maeve hechizó el techo de la cabaña para ella, haciendo que reflejase el cielo nocturno e intentado que la belleza de ese encantamiento fuera una disculpa.

Pero lo único que logró fue ver, a la luz de las estrellas, las lágrimas que recorrieron las mejillas de Eileen.

OoO

No le costó encontrar la salvia, el tomillo y el romero. Llevó las plantas a la cabaña y las dejó frente a Eileen.

—Llenad la olla de agua, por favor —le pidió ella. A pesar de la decepción de días atrás, actuaba como si nada hubiese ocurrido entre ambas.

Con la ayuda de Maeve, la chica elaboró una poción que, además de las plantas que había recogido, también incorporó un par de garras de cuervo, unas pequeñas flores azules que había sacado de su cofre y unos gusanos cortados con su cuchillo.

Mientras Eileen trabajaba, Maeve aprovechó para examinarla por última vez: su cabello oscuro, su piel suave, ahora perlada por el sudor que causaba el vapor del agua, las manos finas y la pequeña sonrisa que había esbozado mientras se concentraba. En un momento dado se quitó la capa de lana, dejando a un lado el broche de bronce que solía usar para atarla. Maeve suponía que había sido otro regalo de Fearchar, ya que estaba esculpido en forma de garra de cuervo, quizás en alusión a su mote. Eso volvió a removerle el estómago.

«Solo es una muggle», pensó, «El libro es lo que viniste a buscar, no a ella».

Se sentía como una estúpida por desear cambiar una cosa por la otra.

—Ya está. —Las palabras de Eileen interrumpieron sus pensamientos.

Le sirvió la pócima en una escudilla de barro. Maeve seguía sin estar convencida sobre si funcionaría, pero, ¿qué podía perder por intentarlo? Como mucho, el brebaje la pondría enferma, ya que una muggle sin una pizca de sangre en sus venas no podía hacerle mucho más.

Se apresuró a beber, notando un sabor amargo muy acorde a lo que sentía en esos instantes.

—Nunca me contasteis por qué Fearchar os leyó el contenido del libro —dijo Maeve.

—Seguís suponiendo que es un libro —respondió Eileen, retirando la escudilla.

—¿En qué otro objeto podría haber volcado Nimue todo lo que sabía?

—En una diadema.

Maeve rio al escuchar aquello, pero su compañera se mantuvo seria. De hecho, mientras limpiaba la escudilla con un paño, le pareció que estaba más solemne de lo que jamás la había visto.

—Una diadema —repitió Maeve.

—Si te la pones te ayuda a ver el mundo como lo hacía Nimue. Y su inteligencia tenía pocos límites.

—¿Y vos os la habéis puesto?

—En muchas ocasiones. Cada vez que pruebo un nuevo hechizo, por ejemplo.

El caldero seguía humeando sobre el fuego y, por un instante, su calor le produjo a Maeve un ligero mareo. Agradeció estar sentada en el suelo, mientras parpadeaba para enfocar la vista.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó.

—Aún no sé que os hizo suponer que yo era una muggle. ¿Fue por esto? —Eileen le mostró su cuchillo—. Lo hago para que los verdaderos muggles no sospechen de mí. —Eileeen pasó la mano por el seax y, ante la mirada atónita de Maeve, este se convirtió en una varita—. Es una ilusión simple. Una que decidí que creyeseis, ya que eso os hizo bajar la guardia. —Eileen señaló la escudilla, en un gesto elocuente.

—Sois una bruja. —A Maeve le dolía el estómago. Su mareo había aumentado, y ya no estaba segura de que el calor tuviera nada que ver.

—Sí.

—Eileen…

—Tampoco me llamo así.

—¿Por qué? —A Maeve se le llenaron los ojos de lágrimas, algunas fruto del mareo que sentía, otras nacidas de un dolor muy distinto.

—Porque no sois la primera que busca la diadema, ni seréis la última. Le prometí a mi padre. —Eileen tocó el broche—, que la mantendría a salvo. Lo que os he dado es una poción para olvidar. Ya que me habéis entregado los ingredientes por voluntad propia, nunca tendrá cura. Vos habéis decidido olvidarme.

—¡No lo he hecho!

—La poción no entiende de engaños. Solo sabe quién recogió las plantas, y fuisteis vos.

Las lágrimas le nublaban la vista. Ese rostro que había aprendido a amar se había convertido en un borrón. Cuando Eileen le tocó la mejilla, Maeve no notó nada.

—¿Cómo… cómo os llamáis? —Por lo menos logró articular esa pregunta.

—Rowena inghean Fhearchair.

«Rowena, hija de Fearchar».

Un nombre que no tardó en olvidar.

OoO

Rowena la dejó en una aldea cercana, a sabiendas de que Maeve no tardaría en encontrar el camino de vuelta a su hogar; tal vez un tanto desconcertada por no entender qué la había llevado hasta allí, pero incapaz de recordarlo por mucho que lo intentase.

Entró en su cabaña. Con la manga de su camisa, se limpió las lágrimas.

«¿Por qué no le conté la verdad?».

Se arrodilló ante el cofre y sacó la caja.

Había estado a punto de hacerlo, el día de su beso. Si Maeve hubiese reaccionado de cualquier otra forma, se habría descubierto ante ella. Habría abierto esa caja y le habría mostrado la pieza de plata que ahora sostenía entre sus manos. La diadema de Nimue.

«Juzga a los magos y brujas por como tratan a los muggles, Rowena», decía su padre. Eran muchos los magos y brujas que creían que Fearchar era un hombre arrogante por rodearse de personas no mágicas, pero Rowena sabía la verdad. «Ellos no tienen el mismo poder que nosotros, pero hubo un tiempo en el que amaron y respetaron la magia. Si se lo recordamos, acabarán por hacerlo de nuevo». Eso era lo único que buscaba Faerchar: transmitir conocimientos olvidados.

Rowena no era tan optimista como su padre. Ella recordaba demasiado bien el sajón cristiano que, asustado ante lo que creía una manifestación de maldad, le había cortado el cuello con su arma. El mundo muggle acabaría por odiar y perseguir a los suyos, pero Rowena había guardado para sí la idea de que un mago o bruja revelaba su auténtica naturaleza cuando se encontraba ante un muggle.

El saber no debía tener límites. Si Maeve lo hubiese entendido, podrían haber hecho grandes cosas juntas. Rowena ansiaba encontrar a esa persona que quisiera, como ella, enseñar y transmitir todo lo que sabía a futuras generaciones, sin importar la sangre de sus padres.

Maeve le había parecido la adecuada. Maeve le había parecido la persona a la que amar. Se había equivocado en ambas cosas.

«No importa», Rowena volvió a secarse las lágrimas y miró al techo, aún encantado para reflejar el cielo. «Por lo menos he aprendido mucho de ella».

Guardó de nuevo la diadema, y usó la varita para empaquetar sus cosas. Era hora de trasladarse. Tal vez volvería al castillo de su padre, aunque le parecía muy solitario sin los muggles que una vez lo habían habitado. Quizás seguiría buscándolos a ellos, intentando recuperar las reliquias que se habían llevado, aunque eso significase ocultarse entre no mágicos y correr el riesgo de atraer a las personas que deseaban la diadema, como Maeve.

Y quién sabe, puede que, en sus viajes, encontrase a otra persona que compartiese sus intereses. O a otra persona que pudiese querer.

Rowena, hija de Faerchar mac Ruardí, también apodado Garra de Cuervo, tenía fe.


Preparaos para una NA larga como un día sin pan porque JK se complicó la vida situando a los fundadores en una época tan compleja:

El nombre «Rowena Ravenclaw» es muy extraño para la época en la que los fundadores vivieron. El nombre correcto para una mujer escocesa de esos tiempos es X ingheam (que significa «hija de») X (el nombre estaría escrito en genitivo en este caso, de ahí que cuando Rowena da su nombre sea hija de Fhearchair, no Fearchar). Sin embargo, ciertos hombres podían tener motes, y algunos pudieron derivar en los apellidos que conocemos ahora. He decidido que Ravenclaw (Garra de Cuervo en inglés) sea uno de esos casos.

Hablando de nombres, Eileen es la forma galesa de Helena (¡foreshadowing!) y Rowena tampoco es correcto para la época (sería Ronwen o Romwenna) pero en este caso, me he decantado por el nombre que todos conocemos.

Creo que es una licencia que la diadema no sea un objeto que Rowena hechizó, sino uno que adquirió de otra bruja (Nimue o la Dama del Lago, un personaje de los ciclos artúricos que merece más amor), pero que, con el tiempo, se le acabó atribuyendo a ella.

Un seax es una especie de daga típica de la Alta Edad Media, aunque aquí la llamo cuchillo, porque "daga" es una palabra que no existía en la Edad Media.

La caza de bruja como la conocemos todos (con sus hogueras y sus tribunales de la inquisición) tampoco existía en esa época. Lo que sí había era un recelo y hostilidad de los cristianos hacia las religiones paganas y la magia que estas practicaban, y que en ocasiones acababa en violencia. Eso último tampoco es raro en un momento en que había decenas de reinos peleándose constantemente entre sí: Irlanda misma era un conjunto de ellos. Escocia no recibía ese nombre (se le llamaba reino de Alba, un nombre que me suena XD) pero para simplicar las cosas he usado el que todos conocemos.

Según el universo JK, Maeve fue una bruja que enseñó a niños antes de la existencia de Hogwarts. También fue una reina, aunque yo no he incluido esa parte de la historia por ser ella muy joven. Tiene toda una tradición dentro del folklore irlandés que quizás no hace falta contar aquí, aunque es muy interesante.

La salvia, el tomillo y el romero son tres flores que aparecen en una balada llamada Scarborough Fair, en la que una persona le pide a su amante que realice tareas imposibles para él (o ella). Una de estas tareas era tejer una camisa sin llegar a tocar la tela, así que se podría decir que la canción me ha inspirado un tanto XD

No hay ninguna prueba de que Rowena no pudiera ser bisexual (que creo que sería el caso si dio a luz a Helena). Me planteé si incluir algún conflicto por la sexualidad (que ya sabemos que esos tiempos progresistas no eran) pero me decanté por seguir mi headcanon de que, en el mundo mágico, el mayor prejuicio es el de la sangre. Quería tratar una relación perdida, pero no por ser LGBT en sí.

Gracias por leer hasta aquí y gracias a Nea por betearme.

Si queréis estar de buen rollo con los cuervos, recordad dejar review en las cosas que leéis :)