Los primeros rayos de sol comenzaban a salir de atrás de las colinas, bañando de luz de nuevo las copas de los enormes árboles pertenecientes a aquel lugar. Y así, una vez más brilló sobre las hojas, ramas, flores y arbustos, despertando la vida en esas tierras mientras los animales cantores le daban las gracias con sus sonidos. Marcó el inicio de un nuevo día, cosa que suele hacer siempre; el sol significa un nuevo comienzo.
Y eso nos trae a todos la alegría de volver a empezar, porque tenemos una nueva oportunidad de vivir y disfrutar, de luchar contra las adversidades y ante-ponernos a ellas, de ser los guerreros que la vida y sus circunstancias nos obligan a ser.
Aunque, para otros, el sol también marca el final.
Aquella habitación de posada conservaba dentro muchas cosas; una botella vacía de licor de frutamiel, las sobras de una cena a medio comer, ropa desperdigada por todo el suelo, dos oscuras cabelleras desordenadas, la calidez que dos cuerpos derramaban sobre la cama y un secreto tan grande como Runaterra misma.
Un par de ojos castaños se abrieron lentamente para darse cuenta de que, una vez más, el tiempo se les había terminado. Su brazo se retiró del torso de su acompañante y estiró sus extremidades para desperezarse, acción que provocó el despertar de quien yacía junto a ella. En silencio ordenaron el desastre que habían provocado, y mientras se disponían a irse cada uno por su respectivo camino, con sus ojos se dieron la despedida y se prometieron encontrarse de nuevo, escondidos bajo el manto de la noche, protegidos de la vista del sol y de los intrusos.
Pocas veces se les presentaba la oportunidad de gozar reuniones mejor planeadas que un efímero encuentro en algún claro perdido en la espesura del bosque, pero de una manera u otra siempre terminaban en los brazos del otro, perdidos en los ojos contrarios y envueltos en la calidez que sólo ellos se sabían proveer.
Parecía mentira incluso, y ni el más loco de los profetas hubiera podido imaginar lo que podía llegar a florecer entre ese par de almas atormentadas. Ellos, que se habían odiado momentáneamente la primera vez que se vieron, pronto se vieron tentados por lo desconocido y se decidieron a probar algo que prometía ser más dulce y embriagante que cualquier licor. Después de todo, la terquedad e impulsividad de Akali, y la curiosidad y tenacidad de Kayn eran las cualidades individuales ideales para que terminaran sintiéndose atraídos mutuamente sin remedio.
Antes de conocerse, él sólo había escuchado hablar de la chica. Y cómo no, si el impacto causado por la noticia era tan grande como el territorio de Jonia; la joven Puño de la Sombra, después de enfrentar y desafiar a los Kinkou por entorpecer aquello para lo que había sido formada, renunció a su título y decidió ir a su paso por su propio camino. Un informe impactante, en realidad. Por supuesto que despertó un poco su interés, pero no tanto como el del Maestro de las Sombras, quien no perdió tiempo en enviarlo a reclutarla para su propia Orden.
Obviamente, aquel plan salió tan mal como pudo haber salido y en lugar de captar su atención y lograr que lo considerara, sólo consiguió una lluvia de cuchillas intentando perforarlo y unos cuantos cortes sobre la piel que, de no haber sido él el objetivo, habrían matado en un instante al destinatario. Y a pesar de que sí quería contraatacar (y no sólo por las constantes peticiones del Darkin atrapado en su arma por hacerlo), su maestro había dejado órdenes claras de no dañarla, así que simplemente se dedicó a esquivar y bloquear, esperando a que la contraria se cansara de arremeter contra él.
Después de unos momentos y muchas cuchillas, cuando una nube proveniente de una bomba de humo le nubló la vista, finalmente se decidió a detenerla. Creyó que sólo harían falta un poco de su habilidad y fuerza, pero evidentemente se equivocaba, porque no fue capaz de retenerla tan rápido como hubiera querido. Al hacerlo no la dañó, sólo la inmovilizó e hizo que escuchara lo que tenía que decir. Akali sólo dejó de forcejear para interrumpirlo y dejarle bien claro que no iría con él, y que en todo caso debería matarlo para ajustar cuentas con aquel individuo que él llamaba maestro.
Ella también sabía quién era él, y desde que lo vio pretendió matarlo porque su asesinato serviría como un mensaje para Zed; sabría entonces que pronto iría a por él. Pero bueno, ninguna de sus víctimas había aguantado tanto tiempo con vida al luchar contra ella y mucho menos había logrado atraparla, así que viendo el desempeño de aquel guerrero decidió que lo mejor era escapar y tomarlo por sorpresa la próxima vez. Logró zafarse del agarre del chico mientras este parecía discutir con alguien, pero por más que ella se esforzó no logró ver ni escuchar a nadie en la cercanía. Velozmente usó otra de sus bombas de humo y se escabulló por la espesura del bosque.
Ese fue el final de su primer encuentro, pero Kayn no se iba a dar por vencido tan rápido a causa de un insignificante contratiempo, y si su maestro consideraba a una Kinkou lo suficientemente digna como para encargarle reclutarla, lo intentaría con todo su poder. Sin lastimarla, claro, órdenes eran órdenes.
