La infame asesina furtiva iba de un lado a otro, recolectando datos y conocimiento tal como debía ser. Y a donde iba ella, una fiel sombra la seguía. Los primeros dos días no le dio importancia, pero cuando el chico tuvo la audacia de volver a intentar persuadirla, de nuevo desató la furia de la joven asesina. A veces le perdía la pista por unas horas o hasta algún día completo, y a partir de eso comenzaron una especie de pacto extraño, dictando que si ella lograba averiguar desde dónde la observaba el guerrero, naturalmente se lanzaban de nuevo a la batalla. Ella siempre lo sabía.
Ninguno daba su brazo a torcer en esos enfrentamientos, y cuando la fuerza o habilidad no bastaron para vencer al oponente, recurrieron a la guerra con palabras. Insultos, frases con sarcasmo, palabras con filo, todo valía para molestarse y avivar la furia que alimentaba la contienda.
Media semana más tarde, Kayn se las arregló para encontrar a la chica mientras dormía. No lo había planeado ni nada de eso, sólo se topó con el pequeño campamento que había montado la ninja en medio de los árboles. Podía entender sus razones perfectamente, porque en el área no existía ninguna aldea cercana y al parecer estaba cansada después de algunas noches en vela. El estilo de vida de la muchacha parecía no incluir mucho descanso, pero obviamente eso le estaba pasando factura y ahora estaba totalmente inconsciente encima de su estera mientras una fogata agonizaba cerca de su cuerpo.
Le pareció bastante gracioso en un principio porque así, hecha un ovillo, respirando tan despacio y con los ojos cerrados, no parecía para nada la misma mujer que intentaba cortarle la garganta cada que lo topaba. Se le veía tan serena y apacible, sin rastro de la letalidad que solía emanar, tan tranquila, quieta, tan…
―Vulnerable
Silenció a Rhaast mientras se alejaba un poco, sentándose sobre las gruesas raíces de uno de los árboles existentes en el área sin dejar de ver a la chica tumbada en su primitivo campamento. En realidad no sabía por qué no se había ido ya dejándola tranquila (o sola, porque tranquila ya estaba) si no tenía nada qué hacer ahí, pero es que verla en ese estado era… medianamente interesante. Observar sus respiraciones profundas hizo que al poco tiempo estuviera imitándolas, por lo que terminó respirando a la par con ella y relajándose al instante.
¿Por qué no se había dado por vencido ya? ¿Por qué no simplemente acababa con ella y le decía al maestro que había sido la mejor opción? Después de todo lo quería muerto, y eso él no podía permitirlo.
Cada que Akali se movía un poco, él apretaba su agarre sobre la guadaña como si supiera que ella se iba a levantar a atacarlo en cualquier momento y estuviera preparándose para ello, pero simplemente no sucedió. Pasaron las horas y cuando menos lo esperó, comenzó a ver el sol asomarse tras las montañas, por lo que decidió marcharse antes de que la asesina despertara.
Así que, con un suspiro, se levantó de donde estaba sentado y disponía a irse cuando escuchó una risilla a sus espaldas.
―Buena idea― escuchó decir con esa voz ya conocida ―vete antes de que piense que eres un cobarde― la ninja no se había movido ni un centímetro, ni siquiera se había sentado. Kayn entró en pánico, pero sus años de entrenamiento como un Guerrero Sombra no lo defraudaron en ocultar toda expresión de su rostro.
―Creo que "Gracias por cuidar mi sueño de los peligros nocturnos" es más apropiado, Puño de la Sombra― fue lo que logró decir con su característico tono burlón que esta vez trataba de ocultar el pinchazo de vergüenza que tenía por haber sido descubierto
― No necesito la ayuda de nadie para cuidarme, y no soy el Puño de la Sombra― le recordó ella poniéndose en pie ―además…―
Poco pudo hacer Kayn cuando ya se encontraba de espaldas contra el suelo, siendo amenazado por el filo de una cuchilla muy cerca de su cuello. No se inmutó en absoluto, de hecho sonrió con suficiencia intentando tomar a Rhaast, pero este se hallaba más lejos de lo que pensaba, burlándose de su falta de atención
―¿Además?― la animó a continuar
―Atacar mientras el enemigo duerme es para débiles y cobardes, ¿lo sabías?
El siguiente movimiento fue tan rápido que si Akali hubiera parpadeado, se lo hubiera perdido. Ahora era ella quien se encontraba apresada por el cuerpo del guerrero con las manos a los costados, le habían arrebatado las armas y las habían lanzado fuera de su alcance.
―Si hubiera querido atacarte estarías muerta desde hace horas… De hecho, estarías muerta desde la primera vez que te vi
―¿Aún crees que puedes?― sonrió la chica, luego suspiró ―Kayn, Kayn… debes estar peor de lo que pensé. Qué lástima…―
Akali zafó la mano izquierda de su prisión para colocarle un mechón de cabello atrás del oído al muchacho, quien se sobresaltó al sentir el suave tacto de la mano de ella contra su piel. Los dedos de la asesina viajaron desde el oído del contrario, a lo largo de su mandíbula hasta llegar a su barbilla, la cual sostuvo con la punta de dos de sus dedos para soltarla un momento después y dirigir la mano justo a su cuello.
No se habría dado cuenta de lo cerca que estaban si él no hubiera dado un gran salto hacia atrás, con una expresión que ella nunca lo había visto hacer mientras se recargaba con toda su fuerza en el tronco de un árbol. La joven soltó una carcajada y se sentó con las piernas cruzadas cómodamente.
―¿Qué demonios crees que estás haciendo?― le bramó el guerrero sosteniéndose el cuello, como si su piel ardiera donde lo había tocado ella momentos atrás, amenazándola con la guadaña que en un santiamén había llegado de nuevo a sus manos.
―Admiro la belleza de los dementes, es realmente una tragedia… ¿por qué los chicos guapos siempre están locos?― se puso en pie y empezó a acercarse a él con lentitud ―¿Qué pasa, acaso temes que te toquen? ¿Qué tipo de entrenamiento tienen los Yánléi para que tengas tal trauma?― su voz suave y amenazante parecía llenar el ambiente, se sentía victoriosa por haber encontrado un punto débil en aquel guerrero que parecía no tener ninguno. El placer de provocar aquella reacción realmente la extasiaba, tener el control literalmente en sus dedos la hacía hincharse de orgullo, porque no habían hecho falta heridas ni cuchillas para dominar fácilmente a su oponente.
Si él quería decir algo, no lo hizo. Desapareció entre los árboles y no se volvieron a ver la cara por un tiempo, lapso en que la chica pudo viajar sin inconveniente alguno por algunas aldeas clave para reabastecerse de víveres e información.
