La paciencia no era una de las mejores virtudes de Akali. Desde muy pequeña, había sido una niña inquieta y energética por naturaleza, corriendo de un lado a otro sin descanso, mostrando toda su habilidad y fuerza. Y no había cambiado mucho ahora que ya era una mujer, sólo había mejorado.
Más ágil, más hábil, más fuerte. Menos paciente ahora que se valía por sí misma, por eso viajar de un lado a otro dando su merecido a aquellos que se atrevían a lastimar su tierra natal era algo que disfrutaba considerablemente.
Podía estar un día en Whe'le y al siguiente en los alrededores de Navori, y en menos de una semana de regreso en el monasterio. Nada la detenía desde que había decidido ser dueña de su destino y eso no iba a cambiar pronto, mucho menos si era el asesino de su padre quien la quería bajo su control.
¿Enserio era necesario enviar al más loco de sus acólitos a buscarla?
Desde su última pelea, Akali intentaba permanecer lo más lejos posible del guerrero sombra que la perseguía. Tres días habían pasado desde entonces y sabía que debía evadirlo, sin tiempo de dormir o descansar porque conocía de primera mano las capacidades de rastreo del chico; sabía que en cualquier momento simplemente iba a aparecer frente a ella, pero después de tanta energía gastada estaba necesitando urgentemente un alto para reponerse antes de llegar al monasterio.
Se detuvo en un poblado cerca del Placidium de Navori, donde encontró una modesta posada que le prometía refugio y alimento por una noche. O al menos por un rato si sentía a su fantasma lo bastante cerca como para irse.
No muy lejos, Kayn observaba trepado en la rama de un árbol cómo la joven se adentraba en el pequeño establecimiento de dos pisos. Había cambiado su estrategia después de darse cuenta de que la chica lo evitaba de una manera casi impresionante, pues cuando creía que la tenía acorralada, al siguiente instante ella ya no estaba. Entonces optaría por dejarla confiarse y atacar cuando tuviera la guardia baja.
Después de solicitar una habitación, Akali decidió comprar algo de comida antes de irse a descansar, por tanto se sentó en una de las mesas disponibles en el comedor y se dedicó a disfrutar de sus fideos. Hacía un buen tiempo que no se daba el lujo de comer unos, así que nada le impediría deleitarse con su comida favorita, ni siquiera su loco acosador.
Al terminar subió los escalones rápidamente para retirarse a su habitación rentada, la cual encontró enseguida gracias a las indicaciones de la dueña, y entró. No era muy grande pero era suficiente, tenía un estilo extranjero y había una cama, silla y mesa a modo de escritorio, una ventana y un par de muebles más, nada impresionante, coherente con el precio.
La asesina se desató el cabello y se quitó la capa para ponerla sobre la silla, después permitió a su cuerpo caer sobre la cama sin molestarse en aflojar las ataduras de su vestimenta, simplemente se dejó envolver por la sensación de estar en una cama suave aunque fuera por sólo unas horas. Comenzó a relajarse de a poco, su consciencia se desvanecía segundo a segundo…
¡THUNK!
El kunai se clavó justo en la pared de enfrente a escasos centímetros de su objetivo, pero lejos de asustar o intimidar a su presa, le sacó una carcajada que resonó por la pequeña habitación. Kayn jugueteaba con una vela que anteriormente reposaba sobre la mesa, lanzándola y deslizándola entre sus dedos en movimientos constantes sin quitarle la vista de encima.
―Tal vez deberías dejar tu cabello libre más a menudo, te sienta bien― le dijo mientras ponía la vela en su lugar original
―Tal vez deberías dejar de molestarme tan a menudo, me sentará mejor― contestó ella, sentándose en la cama ―Mira, estoy cansada, así que puedes intentar matarme por la mañana… O mientras duermo, tú eliges―
―Ah, ¿atacar mientras duermes no me convierte en débil y cobarde?
―Lo has entendido, aprendes rápido.
Por primera vez supieron lo que era mantener una conversación normal, no en medio de la batalla como usualmente eran sus pláticas. Kayn se encontró extrañamente disfrutando de lo ameno que estaba resultando, la chica tenía siempre respuestas ingeniosas para todo y eso lo hacía más entretenido porque la socarronería era una de sus especialidades.
―Sabes, me has divertido bastante las últimas semanas. Te dejaré en paz por ahora si sólo deshaces el vínculo mágico
―¿Sigues con eso?
—Hablo enserio, sería una lástima que los Kinkou perdieran su mejor arma. Sólo anula el hechizo y no me verás por un tiempo… al menos no si no me lo ordena mi maestro
―No sé cómo llegaste a la conclusión de que fui yo la que usó magia en ti, pero te voy a contar un pequeño secreto― la chica se recostó sobre la almohada que tenía cerca ―no tengo ningún tipo de habilidad mágica o control sobre ella. Quien sea que te haya embrujado, no fui yo― terminó su confesión despreocupadamente
―¿Y esperas que te crea?
―Bueno, puedes tratar de matarme si lo deseas, pero si lo logras te llevarás una gran decepción― se acomodó sobre la cama, dando a entender que no seguiría con la conversación por mucho tiempo ―estás siguiendo… al objetivo equivocado― bostezó
―En cuanto a la magia, Kayn― el guerrero escuchó la voz del Darkin ―…dice la verdad. No hay magia en ti, ¿podemos sólo acabarla de una vez?―
Él dudó por unos instantes. Si no era magia, ¿qué le había hecho entonces?
Se acercó un poco a la figura que reposaba en la cama, parecía que se había quedado dormida en segundos. Observó con recelo sus facciones y sus lentas respiraciones, y el oscuro cabello que caía como una cascada desde la almohada. Era una mujer muy bella, sin duda alguna.
En realidad nunca se había detenido a pensar en el aspecto físico de las mujeres que había visto en su vida, no tenía tiempo para nimiedades cuando había asuntos mucho más importantes por atender, y en su camino a la gloria no tenía espacio para acompañantes. Eso era otro indicio de que en él ya no había humanidad, porque cualquiera quedaría atontado ante la belleza de la ninja que tenía enfrente.
Estaba tan metido en sus pensamientos que cuando volvió en sí, cayó en cuenta de que su brazo extendido estaba acercando peligrosamente el filo de la guadaña al abdomen de la asesina, por obra de Rhaast. Le escupió un par de maldiciones en voz baja al Darkin mientras le retiraba el arma de encima a Akali. Cerca divisó un armario vacío y puso al demonio dentro ignorando el colorido lenguaje que este le estaba mostrando por encerrarlo.
Cerró las puertas del mueble y respiró profundo, tratando de alejar la molesta voz de Rhaast de su mente. Volvió la vista hacia la chica dormida, pero por más que quiso mantenerse alejado, ni todo el autocontrol disponible en su ser pudo contra su insaciable curiosidad. Se acercó con cuidado y se arrodilló para poder observar mejor.
Había algo en ella que le incitaba a indagar… ¿Sería su misteriosa personalidad? ¿Su llamativa insolencia? ¿Su belleza imposible de ignorar, tal vez? Kayn pensó que quizá debería usarlo como un arma, podía sacarle bastante provecho para distraer a sus enemigos y luego…
Sacudió la cabeza y frunció el ceño. Se riñó mentalmente por estar considerando tales idioteces, se levantó del suelo, dio media vuelta y se sentó en la silla que tenía disponible la habitación. Desde ahí cruzó los brazos y soltó un suspiro, contemplando lo que debía hacer ahora. Por un lado podía creer en lo que le había dicho Akali, después de todo Rhaast lo había confirmado y ahora regresar tranquilamente al templo no parecía una mala idea.
Pero por alguna extraña razón eso le parecía… decepcionante. Se preguntó qué es lo que esperaba de su pequeña cacería porque claro que en un principio su intención era matarla, pero esa idea ya no le parecía tan seductora como antes. ¿Por qué hacerlo si su único motivo había sido invalidado?
Akali hizo un extraño sonido, se removió en la cama y se sentó con los ojos entrecerrados. Luego volteó hacia donde estaba el guerrero e hizo una mueca, como queriendo enfocar bien para comprobar si estaba viendo lo que creía.
―¿Por qué sigues aquí?― preguntó con voz suave
―Intento decidir si debo matarte, déjame concentrarme
―Ah, claro… entonces empecemos― se levantó y se estiró, alistándose para lo que sabía que venía ―¿dónde está tu arma?― cuestionó, revisando la habitación al no percibir la enorme guadaña que Kayn solía cargar.
―¿Qué, crees que no puedo vencerte sólo con mi fuerza?― rio el chico
―Estarás en desventaja ― tan pronto como Akali puso las manos en su confiable kama, se lanzó contra el guerrero en un salto impresionante para alguien que apenas había despertado.
Kayn reaccionó rápidamente y detuvo los ataques con la silla en la que estaba sentado antes, su gran habilidad para el combate se hizo evidente mientras bloqueaba y esquivaba con lo que tenía a la mano. Con sus movimientos, trataba de obligar a la chica a acercarse al ropero donde estaba Rhaast, así podría tomarlo y contraatacar, pero abruptamente se quedó quieto cuando logró arrebatarle el arma sin querer.
Ambos observaron el kama deslizarse por el suelo, mismo que quedó bajo la mesa. Akali soltó un quejido; el letargo le había hecho una mala jugada y estaba a punto de decir algo al respecto cuando sintió que era impulsada hacia atrás con fuerza. Quedó sentada, su espalda chocó con la base de la cama y su cabeza contra la suave colchoneta, sus piernas siendo retenidas por algo pesado, cuando levantó la vista se dio cuenta de que era Kayn encima de ella, a horcajadas. Apenas iba a empujarlo pero él fue más rápido y le tomó las muñecas fuertemente con una sola mano.
La chica quería reclamar, atacar, gritarle, pero tanto sus palabras como las de él se negaron a salir en el momento en que sus ojos se encontraron. Ámbar colisionó con marrón, dejándolos sin aliento al tiempo que les dejaba una sensación nueva para ellos, y una rara urgencia que ninguno de los dos había sentido nunca.
Akali vio con claridad dentro de los ojos contrarios, guardaban muchísimas cosas. Ambición, egocentrismo, peligro… pero también coraje, lealtad, hambre de conocimiento. Parecía que intentara leerla con sólo mirarla.
En aquellos ojos castaños, Kayn encontró algo tan fascinante como una joya. Además de ser desafiantes, fríos, analíticos… podía ver valentía, fuerza, determinación.
El tiempo pareció detenerse justo ahí; no había nada más en la habitación, en todo Jonia, en Runaterra entera que no fueran ellos mismos. Sus alientos se mezclaron, sus respiraciones se acompasaron, y sin darse cuenta, cedieron ante la tentación de unir la piel de sus labios suavemente.
