Disclaimer: No, otra vez, nada me pertenece.
Este fic participa en la Actividad Especial: ¡Rey de los Siete Reinos! del foro Alas Negras, Palabras Negras. Mi tarea consistía en escribir un drabble sobre un Baratheon ya muerto para hacerme con Bastión de Tormentas. Y quería explorar un poco a Robert, con la aparición estelar de Cersei.
Robert contempló a su esposa. Cersei, tan hermosa y fría y ajena. Lo miraba con sus ojos verdes llenos de desprecio y la boca torcida en una mueca de rechazo. Él suspiró con pesadez.
—Mi señor... —pronunció ella con gelidez. Dio un paso al amplio lecho matrimonial, cuyas brillantes sábanas blancas se encontraban regadas por pétalos de rosas. Malditas las criadas que tenían por costumbre hacerlo, maldita esta mujer que demoraba en descubrir su cuerpo, y maldita su polla por tardar en despertar.
—Mi señora, quitaos la corona —ordenó con voz ronca.
Cersei apretó los labios.
—¿También queréis que me ponga de espaldas, mi señor? —Y dicho esto, se dio la vuelta y lo miró por encima del hombro con fuego valyrio en los ojos—. Así imagináis que soy vuestra Lyanna a quien montáis.
Robert se puso rojo y la señaló con un dedo.
—¡Maldita seas, mujer! ¡Quítate la maldita corona!
—¿O me golpeareis? —Ella se la quitó y la depositó sobre la almohada.
Él la contempló con furia. Nunca en su vida se sentía tan derrotado como cuando se dirigía a reclamar sus derechos sobre su mujer.
Cersei le sostenía la mirada.
—Olvídalo —dijo al fin, sintiendo que su escasa excitación desaparecía—. Largo.
—Como ordene mi señor esposo. —Cersei se puso la corona otra vez. Se le acercó, todavía desnuda como en su día del nombre, e inclinó la cabeza—. Su Alteza.
Se marchó. Robert apretó los dientes. Maldita mujer. Casi se echó a reír cuando recordó la legendaria belleza de su esposa, y en los hombres que entregarían su nariz si eso significaba follársela aunque fuera una sola vez. ¡Ah! ¡Pobres estúpidos! ¡Y él, el rey de los estúpidos!, porque su cuerpo era suyo por derecho, y su reina, aunque bella, lograba desinflamar su pasión y alejarlo y hartarlo. ¿De qué valía ser rey cuando se había casado con una mujer que no lo deseaba, cuando tenía que vivir mientras su Lyanna permanecía muerta y no podía hacerla suya? Robert se subió los calzones, sin sentir siquiera ganas de acudir a un burdel, tan rendido como su polla. Había estrellado una copa de vino en su ira y la sangre se mezclaba con el líquido. Bufó. Tendría que llamar a los criados para que limpiaran el desastre y quitaran los pétalos de la cama.
