Capítulo cuatro:
Lo que aconteció en la batalla
Charlie lucía como un auténtico profesional mientras trataba con sus dragones, obviamente lo era por todos los años que estuvo ejerciendo su profesión, y su novio no dejaba de mirarlo como si se tratase de la octava maravilla del mundo, controlando sus ansias de acercarse y comérselo a besos.
Y es que se acercaba a los dragones como si estos no fueran peligrosos, alimentándolos y acariciando sus escamas mientras que les sonreía amigablemente, contento por estar allí de nuevo. Dos semanas habían transcurrido desde que abandonaron La Madriguera y se alojó en la rústica cabaña del pelirrojo, ayudando con las tareas del hogar incluso cuando apenas sabía cocinar un estofado.
– Vaya, es extraño mirar a Weasley ahora. –Ivana, quien parecía conocerlo como la palma de su mano, se acercó al mortífago con una sonrisa resplandeciente–. Hace poco más de mes nos habría dicho que los dragones son su vida y no tenía tiempo de relaciones amorosas. Llegaste tú para destrozar todas esas cosas que siempre consideré estúpidas.
– Ah, no sé qué decirle… –susurró avergonzado.
Ivana negó con la cabeza y palmeó su espalda.
– No te avergüences, chico. Por fin hay alguien que puede sacarlo de las caballerizas antes de medianoche. Espero que consigas hacerlo descansar, pero si se les antoja hacer algo muchísimo más íntimo no me molesta en lo absoluto, solo espero que Charlie no tarde en alimentar a sus dragones.
Atticus se sonrojó hasta las orejas.
– Nos vemos después, chico. Cuida de tu hombre.
Decidió encaminarse a la cabaña para intentar preparar la cena con el fin de darle una sorpresa a su novio, y aunque no supiera cocinar en lo absoluto ansiaba ver una sonrisa resplandeciente en su semblante. El pelirrojo era tan atento con él que merecía la misma atención como agradecimiento.
Con muchísimo esfuerzo consiguió preparar huevos revueltos, tostar panes y servir jugo de calabazas sin hacer un desastre extremo en la pequeña cocina. Charlie entró a la cabaña dejando el abrigo con las botas en su respectivo lugar y se dirigió a la cocina en cuanto captó un delicioso aroma, entonces sonrió encantado cuando observó a su pareja de espaldas a él lavando una vajilla con extremo cuidado. Lentamente se aproximó para abrazar su cintura mientras recargaba su barbilla en su hombro, sobresaltando a Atticus por la repentina acción.
– Bienvenido. –sus mejillas enrojecieron.
– Es la mejor sorpresa de todas, Attey.
– Siéntate… comamos juntos, Charlie.
El domador tomó asiento mientras que el otro servía los alimentos recién preparados, el mortífago esbozó una apacible sonrisa antes de sentarse junto a él y probar su creación. No sabía tan mal como esperaba. Sin embargo, Charlie devoraba el platillo como si no existiese cosa más sabrosa en la tierra, deteniéndose pocas veces para beber del jugo de calabazas, y aquellas acciones le otorgaban cierto aire infantil. Atticus enrojeció hasta las orejas debido al regocijo que sentía.
– ¿Está bueno? –preguntó sonrojado.
– Sabe como el de mi madre, es estupendo.
– Ella me enseñó a prepararlo. –contestó.
Y el pelirrojo comió gustoso.
.
Norberta era una maravilla, sus escamas esmeraldas resplandecían en el sol y Charlie estaba montándola con una sonrisa en el rostro, volando por las colinas manifestando una fantástica sensación de libertad. Definitivamente los dragones eran el mayor orgullo del domador y no esperaba tomar ese sitio, pues sabía lo mucho que significaban para él. Atticus esbozó una sonrisa antes de continuar leyendo su ejemplar de Animales fantásticos y dónde encontrarlos, lectura que había sido recomendada por Ivana el primer día que llegó al recinto.
Con un año transcurrido desde que se volvieron pareja su vida era maravillosa: despertaban enredados en las suaves sábanas, desayunaban juntos y se dividían en distintas actividades, cuando regresaban a casa cenaban en compañía de encantadoras melodías y después hacían cualquier cosa que se les antojara en el momento, y por supuesto el sexo era una de ellas.
Atticus se había convertido en un Rompedor de Maldiciones para Gringotts y trabajaba en compañía de Bill Weasley viajando por todo el mundo en busca de aventuras, y sus misiones siempre eran en el continente europeo para evitar incomodarlo. Ese día estaba libre de trabajo, así que podía pasar tiempo con su novio sin tener que correr a otro país en busca de tesoros.
Weasley bajó del dragón con una frescura envidiable, peinó sus largos cabellos hacia atrás y se acercó al castaño esbozando una de sus carismáticas sonrisas. Dolohov frunció la nariz cuando un olorcito a quemado inundó el cambiante y, sacando la varita de su túnica, dijo:
– Aquamenti.
– ¡Oye, que no era necesario!
– Hueles a quemado.
Él suspiró pesadamente.
– Iré a darme una ducha, ¿vale?
– Es una estupenda idea.
Diez minutos después de que entró a la cabaña el muchacho decidió seguirlo con una estupenda idea en su cabeza: sorprenderlo mientras se duchaba. Charlie era de esas personas que tomaban baños extensos hasta que le gritaba que era suficiente agua desperdiciada, y supuso que continuaría con esa rutina incluso cuando tenía un recordatorio andante los minutos que llevaba ahí.
No se equivocó. Charlie se encontraba de espaldas a él enjabonando sus rojizos rizos y el resto de su cuerpo en completo silencio, pero no parecía estar al tanto de una segunda presencia en la habitación. Atticus se desvistió de manera veloz antes de abrir la puerta de la regadera suavemente, captando la atención del domador con el simple gesto.
– ¿Attey? –preguntó dudoso.
Se lanzó a sus labios provocándole sensaciones placenteras por toda su anatomía; una semana completa sin tenerse era el peor martirio del universo. El domador tomó sus glúteos para impulsarlo hacia arriba y el rompemaldiciones abrazó su cintura con sus torneadas piernas, dejando escapar un gemido de extensa lujuria. Charlie apartó su cabello húmedo del rostro.
– Me encantan tus sorpresitas.
– Me fascina dártelas, cariño.
Y la sesión de besos pronto se convirtió en un placer demasiado impetuoso para describirlo, las embestidas arrancaban fuertes gemidos en el menor de ambos conforme el mayor acariciaba su blanquecina espalda con lujuria, asegurándose de que estuviese disfrutando al máximo.
– Merlín… –musitó ahogadamente el castaño.
– Nombre incorrecto, cariño. –y empujó más fuerte.
Atticus arqueó la espalda y gimió con más fuerza, aferrándose a las manecillas de la regadera mientras que sentía cada extremidad de su cuerpo ser profanado. Charlie esbozó una dulce sonrisa.
– Quiero adoptar. –gimió.
– Lo sé…
Echó la cabeza hacia atrás para besar a su novio con pasión, sintiendo esta vez las manos ajenas recorrer su trabajado abdomen con tranquilidad, llenándolo de caricias satisfactorias. Charlie mordió su belfo de manera juguetona y Atticus jadeó por el acto.
– Tengamos un bebé. –pidió.
– Todos los que quieras, cariño.
La felicidad podía encontrarse en el momento menos estipulado,
y los tres pequeños que adoptaron semanas se lo confirmaron.
Lucianne, y los gemelos Kaida y Kaiba otorgaron luz a su batalla.
