Capítulo uno:
La Noble y Ancestral Casa de los Black

No podía respirar. Todos estaban mirándola como si fuese una pila de escoria.

Por supuesto que estaban mirándola, no todos los días un miembro de la familia Black rompía con siglos de tradición para desposar a una impura. Habían tenido suerte, suerte de que Walburga y Orion no se opusieran al matrimonio alegando blasfemias sobre la novia. Nadie más que ellos dos sabían sobre su estatus de sangre. La única razón por la que ese enlace había sido aceptado era una sola: Eileen decidió unirse a los mortífagos por el bien común.

Eileen Evans, recién graduada y miembro de la Casa Ravenclaw, sonreía con elegancia y andaba por el extenso corredor fijando sus ojos esmeraldas en su prometido. Regulus aguardaba por ella, feliz.

Todos continuaban observándola, desde sus escarlatas cabellos hasta la punta de sus sandalias, los medios tomaban fotografías del momento mientras la novia continuaba su marcha nupcial. Por fin se detuvo junto a su prometido y ambos guardaron silencio. Ese enlace significaba una vida entera juntos, una alianza que únicamente sería destrozada por la muerte.

– Yo, Regulus Arcturus Black, tomo como esposa a Eileen Marie Evans, hasta que la muerte nos separe.

– Yo, Eileen Marie Evans, tomo como esposo a Regulus Arcturus Black, hasta que la muerte nos separe.

Ese beso dio inicio a un destino que jamás podrían evitar.

.

La despertó a medianoche moviendo su cuerpo con sutileza, apenas Eileen despertó le dedicó un tenue ósculo sobre los rellenos belfos y después acarició sus pálidas mejillas intentando apaciguar sus propios pensamientos. Silencio reinó entre ambos amantes. Regulus temblaba de pánico, su semblante estaba bañado en tristeza y sus dedos temblaban conforme ejercían mimos en su piel.

– Eileen, por favor, tienes que quedarte aquí.

– ¿Qué sucede? –alcanzó su rostro con la mano derecha y también la acarició. Regulus se restregó como un gato contra su mano por unos instantes–. ¿Qué pasa, por qué estás llorando?

Regulus respiraba agitado y conteniendo lágrimas en sus azules ojos. Ella comprendió todo.

– No es la vida que deseo ofrecerte, Eileen. Quédate aquí sana y salva mientras intento resolver todo, entonces viviremos alejados de todas estas personas que desean vernos muertos. Volveré cuando termine todo, hasta entonces puedes dormir tranquilamente.

– No vayas. –susurró–. Es peligroso.

– Debo hacerlo. Por nosotros. Por nuestro futuro.

– Te amo, Regulus.

– Yo también te amo, Eileen.

Black se marchó en compañía de Kreacher bajo un manto lluvioso, dejándola destrozada entre cuatro paredes mientras desataba un llanto silencioso, abrazando sus piernas en un ligero vaivén. Fue una estupidez dejarlo marchar con una corazonada digno de un chiquillo, pero Evans no era nadie para impedirle cumplir sus fantasías.

Nunca mencionó que sería un último beso lo que compartieron.

El rumor corrió rápido en el mundo mágico, que Regulus Black había muerto desafiando las reglas del señor tenebroso y él lo había asesinado personalmente por su osadía. Se celebró un elegante funeral donde muchas personas asistieron, pero ningún muerto fue enterrado, y palabras vacías llovieron para la nueva viuda Black.

Walburga lloraba aferrada al ataúd vacío y su marido permanecía un metro detrás de ella, sin intervenir en aquel punzante duelo. Eileen estuvo a su lado en todo momento, ejerciendo su papel como una buena nuera y aguantando sus propias lágrimas para conservar apariencias, pero por dentro estaba muriéndose lentamente. Druella se aproximó con una falsa tristeza en sus ojos.

– ¡Pobre niña! –vociferó, apartando un mechón de cabello escarlata de su frente–. Tu marido resultó ser un traidor y ahora eres una viuda Black… debes enmendar los errores del joven Regulus ofreciendo tu vida al señor tenebroso. Así es como él perdonará tu vida.

Se trataba de morir o vivir: Eileen no tuvo más opciones.

.

Dos semanas después de haberse celebrado el funeral y con el tiempo de luto finalizado, la familia Black acabó repudiándola por completo, ofreciéndole un testamento donde dictaba que la fortuna que sería heredada por Regulus ahora era suya. Fue un trato cerrado amablemente que dejaba en claro que no deseaban verla nunca más en su existencia, ella no pudo estar más de acuerdo.

Un gélido día de invierno, cargando sus propias maletas y envuelta en vestimentas azabaches, Eileen abandonó la casa matrimonial con una tenue sonrisa iluminando su rostro. Regresar con su hermana gemela no era opción ahora que estaba felizmente casada y su otra hermana muggle tampoco la recibiría con un afectuoso abrazo. Solo le quedaba un lugar donde sería aceptada como un miembro más de la familia, un sitio donde podría descargar las lágrimas contenidas aferrada a un hombre que jamás la decepcionaría.

Arribó a aquella casa ensombrecida y tocó la puerta con suavidad.

– Buenos días, Severus. –esbozó una sonrisa–. Lamento llegar inoportunamente.

– Todo lo contrario, ya te esperaba.

Eileen no soportó más y se derrumbó en lágrimas desgarradoras que fueron limpiadas por Severus, quien atendió dulcemente a su llamado acariciando sus cabellos escarlatas. Ella era lo más cercano que tenía a una familia, él era lo último que le quedaba en el mundo. Se necesitaban el uno al otro.

Aquella gélida noche, postrados ante el fuego de la chimenea y bebiendo vino de elfo, ambos jóvenes magos discutían su futuro evaluando los posibles contratiempos que enfrentarían. Snape tenía excelentes motivos para convertirse en un despreciado mortífago y Evans… ella no tenía opción alguna, tan solo debía cumplir órdenes para limpiar el nombre de su difunto marido y seguir respirando unos años más antes de un inevitable descenso. Nadie dijo que la vida era justa.

– ¿Estás segura de querer hacerlo? –le preguntó.

– ¿Tengo opción? –Eileen sorbió la bebida hasta acabársela por completo; su acompañante le llenó la copa nuevamente y se la entregó–. Petunia me considera un monstruo, Lily cree que la traicioné, perdí a mi marido y ahora mi familia por matrimonio me ha echado con unos cuantos millones de galones en una cuenta bancaria que nunca querré tocar. No me queda nada más, Severus…

– Te equivocas, me tienes a mí.

Eileen distinguió soberbia en aquella oscurecida mirada, pero no le importó demasiado. Se inclinó sobre el muchacho y depositó un afectuoso beso sobre su frente, después se separó conectando sus resplandecientes ojos con los ajenos y, con una voz templada, murmuró:

– Gracias por estar siempre para mí.