Capítulo tres:
Las vidas que se perdieron

Eileen iba a evitar de cualquier manera que él le hiciera daño a su hermanita. No hubo tiempo para pedir detalles a Severus, ambos se colocaron las gruesas capas encima y desaparecieron de la habitación con los corazones brincando en sus pechos, debían evitar una masacre aunque sus propias vidas se perdieran en ello. Siendo casi medianoche rogaban que el poderoso mago estuviese esperándolos en la montaña donde lo habían citado y cuando llegaron a su destino una sensación pacífica los envolvió, ahí se encontraba Albus Dumbledore observando el paisaje.

– Profesor Dumbledore, ayúdenos. –Los labios de Eileen temblaban y en cualquier momento desataría un quejumbroso llanto–. Todo. Le entrego todo lo que soy si salva a mi hermana.

Snape se arrodilló en el suelo, la varita se le había caído de la mano.

– La profecía se refiere a Lily Evans. Por favor, es una petición de un sarnoso como yo, sálvela.

– ¿Solo a ella? Eres un asqueroso, ¿poco te importan el marido y su hijo?

La pelirroja temblaba estrepitosamente, poco podía pensar ahora que su hermana y familia estaban en riesgo, y escuchar las horrendas súplicas del mortífago no lograban apaciguarla. Regulus llevaba razón; tener la marca tenebrosa te lo arrebataba todo. Aunque jamás pudiesen volver a verse en la vida, subsistiría contenta sabiendo que su familia continuaría envuelta en una burbuja de regocijo.

Dumbledore seguía expresando respuestas vacías a las súplicas de Snape. No los ayudaría, ella podía presentirlo. Redimirse era lo mejor, resultaría en salvación para almas inocentes en un mundo cruel.

Y mientras ellos continuaban negociando lo inimaginable, desapareció de la montaña, pero no sin antes esconder un viejo pergamino en las túnicas del mortífago, entonces se permitió escapar.

Eileen había tomado una decisión.

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Oyó a su hermana gritar desde el segundo piso y se apresuró en subir las escaleras con el corazón revoloteando en su pecho. No sería sencillo, pero no perdía nada intentándolo: Voldemort estaba a tan solo unos pasos arremetiendo contra lo último que le quedaba en el universo. Él estaba ahí. Él había matado a James. Él mataría a Lily. No iba a permitirlo. Jamás consentiría tal atrocidad.

Lily no podía verla debido al desesperado intento de proteger a su hijo, pero Eileen sí que podía observarla desde el umbral de la puerta. Era ahora o nunca. La primera advertencia del mago tenebroso fue lanzada, y sintió regocijo de que él cumpliese sus problemas, aunque también conocía bastante bien a su hermana y sabía que no se movería de ahí bajo ningún concepto.

Segunda advertencia, Lily continuaba implorando misericordia.

– Regulus, por favor acógeme entre tus brazos cuando me halle contigo.

A la tercera advertencia y preparando su varita mágica para cometer una masacre, Eileen saltó como una fiera y se interpuso en el camino con lágrimas corriendo por su pálido semblante. Voldemort no consiguió detener la maldición imperdonable y esta impactó contra la redimida mortífago.

Y la maldición rebotó en respuesta. Lord Voldemort se derrumbó al mismo instante que su inadvertida subordinada, desapareciendo del mundo con un horrible resplandor verdoso.

Un sacrificio de amor fue suficiente para rescatar dos almas inocentes. Lily desgarró su garganta exclamando el nombre de su hermana gemela, acariciando sus humedecidos pómulos mientras lloraba sobre su gélido cadáver. Y resonando entre las paredes de la habitación, Harry Potter, su pequeño retoño protagonista de una profecía desgarradora, lloraba aferrándose a sábanas níveas.

Cuando Snape arribó con el pergamino en manos temiendo lo peor se encontró con dos sorpresas: Lily estaba sana y salva, pero abrazaba afligidamente un cadáver. Era el cuerpo inerte de Eileen Black el que tanto acunaba con desespero. Fue un golpe duro e inesperado para ambos.

El impredecible y valeroso sacrificio de una mortífago redimida salvó lo que alguna vez dio por perdido: su familia.

La historia nunca fue como te la contaron,
el niño y la madre vivieron. Una redimida
mortífago se ofreció como sacrificio.