¡Bueenas! Aparezco por acá solo para molestar con lo que es mi "especialidad": un crack fic. Sí, hoy les traigo un Megumi x Kaoru para romperles la cabeza. Estoy viendo la increíble serie de Rurouni Kenshin de nuevo y no pude evitar que estos dos personajes me hicieran explotar el cerebro con sus idas y vueltas. Siempre pensé que esa "enemistad" que tenían podía convertirse en algo más (al menos en mi cabeza), y ahora que estoy viendo la serie otra vez ese pensamiento tomó más fuerza que cuando la vi hace años atrás. En resumen: ¡soy incapaz de no shippearlas! Tenía que satisfacer ese deseo al menos escribiendo un fanfiction sobre ellas. Algunos de los diálogos son prestados de la serie e intercalados con el manga, más allá de la ficción. Soy consciente de que no a todos les va a gustar esta pareja, ¡pero qué mierda! Tenía que hacerlo, sino mi alma nunca va a poder descansar en paz (?

Al principio el fic va estar narrado por Megumi, contando su lado de la historia, luego se va ir intercalando entre Megumi y Kaoru. El fic contiene yuri, claramente.

Solo me queda decir que: estos magníficos personajes no me pertenecen. Como siempre, reverencia a sus respectivos autores.

Ahora sí, a los que se animen, ¡a leer se ha dicho!


El zorro y el mapache

El dilema del zorro

¿Tú qué puedes saber de ser una mujer? Solo eres una mocosa.

Aún recuerdo muy nítida mi imagen diciéndole aquello. Con el mentón en alto, orgullosa y una voz que sobrepasaba la arrogancia.

Esbocé una sonrisa mientras esperaba a que la chiquilla que acababa de conocer se intimidara por mi presencia, acción que no estaba ocurriendo. Al contrario.

Al final fui yo la que terminé algo intimidada.

—¡¿Qué dijiste?! —Ella se remangó la manga del Kimono, dispuesta a golpearme— ¡Repítelo en mi cara!

Yo reforcé el agarre en el brazo de Kenshin, quien la miraba con un terror que me parecía incoherente viniendo de un gran espadachín y mi reciente protector.

—Vaya… Estoy sorprendida. Qué muchacha tan violenta. —dije, consiguiendo que sus ojos azules brillaran con más furia.

Furia que me hizo sonreír. En medio del infierno que vivía día tras día había encontrado un entretenido juguete que quizás me ayudaría a sobrepasar los duros momentos que estaba atravesando.

—¡¿Quién es ella, Kenshin?!

Juguete que no se contuvo de empezar a golpear a Ken sin razón alguna, excepto la de haber sido supuestamente engañada.

—¿Estás bien, Ken-san? —Lo incorporé del suelo, donde Kaoru lo dejó luego de darle varios golpes con su Shinai.

—¡Un minutito! —Me señaló ella— ¿Qué te une a Kenshin? ¡Identifícate! —cuestionó con la misma voz molesta de antes. Yo la miré tranquila desde lo bajo y sonreí.

—Ken-san es alguien muy importante que va a protegerme, ¿y qué relación tiene contigo?

—¿Qué relación...?

—No puedes ser su amante. Una niña sudorosa como tú no puede ser lo que mi querido Ken busca en una mujer. —Reí, burlándome de ella.

Su cara se puso roja como un tomate. Nunca había visto a una persona que expresara tanto lo que sentía con un solo gesto. Esa chica era completamente transparente, una presa fácil para mis malvadas bromas.

—¡D-Discúlpame por sudar! ¡¿Qué tiene de malo?! —exclamó con Yahiko agarrándola por detrás para que no se me tirara encima— ¡¿Cuál es tu problema?!

No tenía nada de malo sudar, solo quería molestarla. ¿Por qué? Porque era fácil hacerlo.

Desde que nuestros ojos se cruzaron, supe que no nos llevaríamos bien. Tuve ese infaltable instinto que nunca falla. Ya saben, ese sexto sentido que toda mujer tiene. Bueno, excepto Kaoru, que para mí de mujer no tenía nada. ¿Cómo podría ser una mujer con ese comportamiento tan infantil?, ¿con esos ojos de cachorro abandonado y con ese carácter tan violento y poco delicado? Kenshin no se merecía eso, pensaba. Él necesitaba a una mujer fina, astuta y con los pies bien puestos en la tierra. Una mujer madura y no una chiquilla.

Yo le convenía más. Yo era la adecuada.

«Sí…, eso pensaba»

Lucharía por él aunque solo fuera un capricho, porque eso era, un capricho. Desde el principio me aferré a Kenshin con la idea de ser protegida. Sumando puntos, resultó muy bien parecido, por ende, un candidato adecuado. Sin embargo, poco tardé en convertir ese capricho en respeto y el respeto en cariño. Él me ayudó, hizo mucho por alguien como yo que no merecía ser salvada. Quería a Kenshin con todo mi corazón, al igual que a sus amigos, los cuales también se ganaron un lugarcito en él. Luego de un tiempo se convirtieron en mi familia, esa que perdí hace años. Ellos y Kenshin me rescataron, me salvaron de la depresión y me enseñaron que uno puede redimirse viviendo y ayudando a los demás, no evitando la vida como un cobarde. Por eso ellos resultaron muy importantes para mí, más el espadachín, quien con sabias palabras influyó profundamente en mi pensar.

Pero… hubo alguien que influyó aún más que él. Alguien que con el paso del tiempo empezó a generarme un corto circuito en el cerebro debido a los sentimientos encontrados.

«A veces no sé si matarla o abrazarla, de verdad…»

Ese alguien era ella, mi rival en el amor y tal vez mi primera amiga: Kamiya Kaoru, la mocosa. Sí, no tiene sentido si volvemos al principio y analizamos bien cómo nos conocimos.

—A Ken-san le gustan las mujeres maduras, no las niñitas como tú. ¿Verdad, Ken-san? —ronroneé en el oído del espadachín, abrazándolo por detrás. Kaoru tapó los ojos de Yahiko al creer inadecuado el panorama y comenzó a temblar de pies a cabeza fulminándome con la mirada. Mi presentación lejos estuvo de agradarle.

—¡Qué significa esto, Kenshin! —le gritaba, golpeándolo en la cabeza con el Shinai. El pobre, tirado en el suelo, solo se dejaba abofetear diciendo una y otra vez una graciosa expresión que no comprendí: "oro"— ¡¿Qué te pasa?! ¡Mírate todo enamorado! ¡Eres una verdadera vergüenza!

Le estaba haciendo un berrinche sin sentido alguno. Era yo la que lo estaba acosando, no él. Por un momento pensé que era su novia celópata, pero nada tardé en darme cuenta de que en absoluto lo era, aunque sí resultaba muy obvio que le atraía. Respecto a Kenshin, quién sabe lo que realmente sentía o siente por ella. Para él todo siempre parece estar bien. Con ese aura de bondad e inocencia y con esa voz suave calma hasta las aguas más turbias, quiebra en dos el corazón del más duro de los guerreros, tal como Sanosuke u otros, y enamora a cualquiera que pase por su camino. Debo admitir que me impactó el enterarme que dentro de sí mismo otra personalidad lo asechaba desde el pasado, saliendo a la luz por momentos. No podía creer que ésta fuera tan diferente a su presente. Battousai Himura: el destajador que forjó una nueva era con sus maquiavélicos asesinatos a sangre fría. Comprendí rápido que no era quién para juzgarlo, dado que yo también tenía un pasado lleno de manchas.

Ahora que Kenshin partió a Kioto menos se me ocurre lo que siente, lo que piensa, pero algo es seguro... El porqué no se despidió de mí: Kaoru es su persona más importante, la única que recibió el regalo de su despedida. Y la muy estúpida… Ja, esta estúpida mocosa depresiva que ahora me mira con los ojos apagados y unas grandes ojeras ni lo sabe. No sabe la importancia que tiene para él, para sus amigos...

Para mí.

Ese primer berrinche que presencié no fue el único que hizo Kaoru. Se volvió una rápida costumbre provocarla para que sus nervios perdieran el rumbo y mi ego se elevara a niveles inexplicables. Terminé adicta a ello, en especial cuando los problemas con Kanryū acabaron y pude relajarme. Necesitaba mi dosis diaria para alegrarme el día, por ende, la molestaba casi sin razón alguna. Kenshin era una de las razones justificadas, la más efectiva, así que podría decirse que lo usaba un poquito para molestarla.

Éramos como perro y gato; a veces nos odiábamos, pero no funcionábamos sin la otra. Adoraba ver sus explosiones e incluso escuchar esos alaridos llenos de impotencia que emitía. Y eso que yo odio el bullicio, pero en ella me parecía divertido. Me entretenía tal como si estuviese viendo un cómico espectáculo. El solo saber que era yo la que generaba que perdiera los estribos me hacía aún más feliz. Sí, feliz. Estar a su lado me hacía feliz; sensación que asimilaría más tarde. Ella recargaba la energía que me faltaba, quizás porque la suya era inagotable, típico de una niña. Ser consciente de que mi presencia le afectaba tanto, aunque sea para mal, me llenaba de satisfacción y cierto consuelo. En aquel tiempo no entendía porqué sentía que tenía que ser consolada, pero pronto lo descubriría.

Yo… de alguna manera siempre estaba tratando de llamar su atención. Comportamiento muy opuesto a mi supuesta madurez y que me tomaría mi tiempo notar.

—¿Y tu familia?

Unos días después de que llegué a su hogar, Kaoru hizo esa sensible pregunta que me removió las entrañas. Estábamos almorzando. Ella devoraba los pasteles que preparé con la promesa de enseñarle a hacerlos. Era la primera vez que hablábamos seriamente y sin berrinches en el medio. Bueno, al menos de nuestra parte. Yahiko se estaba peleando con las niñas por la comida, para variar.

Con los ojos en el suelo y una sonrisa tenue, respondí.

—No tengo familia. —dije, levantando la vista. Mi cuerpo se entumeció cuando hallé en sus ojos marítimos comprensión y una inesperada empatía. Ella también sabía lo que era la soledad.

Me incomodó tanto como me hizo sentir expuesta. No pude seguir mirándola a los ojos. Me puse de pie con la vaga excusa de ir a preparar más té. Esos ojos, en contraste de los míos, se mostraban limpios y honestos, dulces. Yo había olvidado lo que era la honestidad y hundirme en ese mar tan sincero me destruía. Era como un reflejo de lo que quería ser, de lo que carecía en mi presente. Hacía que me odiase aún más por haber sido forzada a fabricar opio y ser tan cobarde como para no suicidarme.

Me hacían tan bien como mal.

Posiblemente sus ojos fueron lo primero que me desarmó de su persona, y eso solo sería el inicio. Con el paso de los días Kaoru empezó a mostrar su verdadero ser: una chica valiente y devota. Descubrí que había más que una mocosa violenta en su interior. Además de nuestro gusto por Kenshin, teníamos más en común de lo que pensé. Una ironía era que lo que más me agradaba de ella era justamente en lo que nos diferenciábamos. Kaoru tenía algo imprescindible que yo no: valentía, fuerza y confianza en sus amigos. A mí siempre me costó confiar en las personas por razones que creí justas y entendibles: mi pasado. Nunca le entregué mi corazón a nadie, jamás tuve esa intención tan peligrosa ni me la despertaron. Primero yo, luego los demás; esa era mi visión de la vida. Cruda pero segura. Sin embargo, mis nuevos amigos y ella… En especial ella, una niña que con cada día me demostraba más su lealtad y fortaleza, transformaron completamente esa egoísta visión en una más noble, una que coincidía mucho más con el título de doctora. Kaoru perdió a tanta gente como yo y a pesar de eso era tan amable, tan cariñosa y cálida… Tan diferente a mi fría persona, que trataba de hacer lo imposible para obtener alguna de esas cualidades. Me acogió en su casa sin saber nada de mí, sin quejarse aunque yo fuera su competencia en el amor. ¿Alguien más haría eso? Dejar entrar a una mujer fastidiosa que se interponía entre Kenshin y ella. De verdad me preguntaba porqué me permitía estar en su hogar. Kaoru solo ayudaba a su oponente. A mí.

Yo… no merecía la ayuda de nadie, menos la de ella.

«Debería irme»

Solo podía pensar en eso en aquel tiempo en el que la culpa transitaba por mis venas. Y ese pensamiento tomó fuerza cuando los Oniwabanshū atacaron el Dōjō de Kaoru para secuestrarme. Lo que menos quería era que hubiesen más involucrados e irrumpir la paz de ese humilde hogar. Pero, sincerándome, tenía una razón más egoísta para escapar: temía que mis "nuevos amigos" fracasaran.

A ellos no parecía molestarles defenderme, de hecho, se esmeraban en hacerlo. Me protegían con su vida. Incluso la chillona mapache (apodo que le di en algún momento perdido) me protegía aunque no era su deber. Ella era más débil que Kenshin, yo no le caía bien, tenía más excusas para no ayudarme que todos sus amigos. Y ahí estaba, arriesgándose por mí, demostrándome la gran fuerza del estilo Kamiya Kasshin-ryū. Y yo... Yo solo trataba de huir mientras ellos luchaban.

—¿A dónde vas?

Kaoru detuvo mis pasos con esa comprometida pregunta. Me sentía emboscada, avergonzada por mi cobardía.

—... No hay forma de que ganen. —respondí de espaldas a ella.

—Kenshin está peleando por ti —refutó—. Sería cruel que escaparas cuando no te está viendo.

Cerré los puños dejando bien marcados los nudillos en los bordes. Impotencia me asaltaba.

—A los Oniwabanshū no les importa matar gente, ni siquiera tienen piedad con las mujeres. Tú también deberías escapar, podrían matarte.

—¡Nadie me tiene que tener piedad! ¡Las mujeres no somos débiles y eso te incluye! Además, siempre cuento con la ayuda de Kenshin y mis amigos. Él no es la clase de hombre que rompe sus promesas, ¡y yo tampoco soy esa clase de mujer!

«Mujer...»

—¡Dijimos que te protegeríamos y eso haremos!

Me volteé con una gota de sudor resbalándose por la sien y admiré, congelada, cómo Kaoru salía despedida directo a mis enemigos con la espada de madera en alto. Me sorprendió. Peleaba tan bien que parecía otra persona. La chiquilla que conocí se había esfumado, dando paso al nacimiento de una guerrera. Por un momento la consagré una mujer hecha y derecha a pesar de su corta edad. En ese instante era mucho más mujer que yo, que alardeaba de serlo cuando estaba a punto de escapar. Ella todavía no era consciente de lo que sus palabras y acciones me provocaron: un cambio radical. Siendo ambas mujeres no me fue difícil sentirme tocada con su discurso. El de los hombres también me afectaba pero mucho menos. Hay cosas que solo las mujeres entendemos, una conexión única que solo nos compete a nosotras. La igualdad... La búsqueda de la igualdad siempre fue nuestra meta y yo la había olvidado actuando como una cobarde y resguardándome con la excusa de ser el sexo débil.

Quedé tiesa en el lugar observando cómo luchaba.

«Es muy fuerte... y solo es una niña»

Suspiré.

«Ya no puedo seguir metiéndolos en mis problemas. No puedo escapar más, tiene razón»

Luego de esa batalla, que resultó milagrosamente victoriosa para nosotros, decidí que debía irme. No por escapar en esta ocasión, sino para salvarlos de mi vida ajetreada. Así de fuerte influyeron las palabras de Kaoru en mí. Pero no me iría esa noche. Tenía que atender a Yahiko, resultó el más herido por la batalla. La siguiente noche me marcharía incentivada también por el discurso de Sanosuke, quien perdió a un amigo por mi culpa. Era todo. Estaba decidida, muy decidida a marcharme.

Y entonces, por un instante, alguien rompió mi convicción.

Quizás si Kanryū no hubiera amenazado a mis camaradas al otro día, justo ese en el que decidí escapar, yo hubiera tomado la decisión de quedarme. Porque esa noche… Esa noche antes de irme recibí unas palabras de aliento que realmente necesitaba y no esperaba. No de ella. Tal vez por eso le di más importancia que a las palabras de Kenshin, que de cualquier ángulo sonaban misericordiosas. Cobraron más valor viniendo de mi "enemiga".

Al menos... quería creer que era por eso.

Me encontraba en la habitación de huéspedes peinándome el cabello, observando en un espejo mis apagados ojos. Un pequeño brillo escapaba de ellos gracias a la vela a mi costado, que flameaba de un lado a otro por el viento que entraba por la ventana. Hacía tanto que no los veía brillar por sí solos... Ese resplandor se apagó cuando perdí a mi familia y terminé haciendo todo lo contrario a lo que me enseñaron: drogas en vez de medicina.

—Yahiko… Es mi culpa que haya salido herido, y también los demás —musité, bajando la cabeza—. Todo es mi culpa.

—Megumi, ¿estás ahí? ¿Puedo pasar?

Me sobresalté al escuchar a la mocosa del otro lado de la puerta. No llegué a levantarme a tiempo. Sin esperar un permiso, corrió la puerta hacia el costado. La vi a través del espejo redondo. Estaba vestida con lo mismo que llevaba en manos.

—¿Y esto? ¿No te parece una falta de educación entrar así como si nada? Mira si estaba desnuda...

—No sería nada nuevo lo que vería. Ambas somos mujeres, las únicas del Dōjō, por eso estoy aquí.

—Yo creo que sí sería nuevo, muy nuevo... Y me atrevo a poner en duda lo de "ambas". —Levanté una ceja coqueta, a lo que ella negó con la cabeza esbozando una sonrisa.

Su irascible carácter había aflojado bastante desde que sin querer le confesé que no tenía familia. El mío también aflojó un poco al enterarme que ella era igual que yo y más cuando vi cómo luchaba por mi bienestar. Sin embargo, la chispa competitiva seguía intacta entre nosotras. Se podía sentir en el aire.

—Te traje una Yukata limpia para dormir. —dijo, acercándose con la ropa blanca en manos. Se agachó y la dejó a mi lado sobre el tatami.

Yo giré el cuerpo y le mantuve la mirada, extrañada por su atento servicio.

—¿Y a qué se debe este cambio, mocosa? Tanta amabilidad es sospechosa viniendo de ti.

Su ceja derecha tiritó, haciéndome reír en un murmullo.

—¿Por quién me tomas?, ¿un demonio? Solo te trato como a cualquier otro ser humano, aunque la verdad pareces más un zorro con esa actitud —respondió con suficiencia—. Una mujer zorro.

Ahora fue mi ceja la que tiritó.

—Y tu pareces un mapache con esa cara de idio-

—¿Disculpa? —Levantó las cejas para que ni se me ocurriera continuar— ¿Vas a insultar a esta hermosa chica que abrió las puertas de su hogar a una desconocida?

«¿Hermosa?»

La escaneé de pies a cabeza, indiferente.

Bien, lo era. No soy ciega, ya lo había notado. Su belleza era simple pero cautivadora, tal como su personalidad. Esos ojos grandes y expresivos, incapaces de mentir, le daban un toque especial. A veces me perdía en sus rasgos e imaginaba qué maquillaje le vendría mejor aunque realmente no lo necesitara. No le hacía falta porque, sí, era una niña preciosa. Pero jamás lo diría, nunca le daría esa satisfacción, pensaba en esa época. Aún no sabía nada de mí misma.

—... Supongo que lo dejaré pasar porque soy una huésped en problemas. —dije.

«Y porque aceptaste mi pasado como si nada, como si no mereciera la muerte de lo pecador que es»

—Supones bien. De vez en cuando tomas decisiones sabias, Megumi.

Bufé, sonriendo de soslayo. Ya ni me molestaba que no me llamara con respeto.

—No te preocupes, no es mi intención quedarme más tiempo. Mañana mismo partiré y dejaré de ser un problema.

El rostro de Kaoru se desfiguró.

—¡Estás loca, te quedarás aquí! —exclamó, agarrando mi brazo. Contemplé el aferre, boquiabierta. No pensé que fuera a retenerme con tanta pasión— ¡Todo el clan de Kanryū está atrás de ti, idiota!

—Justamente por eso voy a irme, no quiero ponerlos más en peligro. —Agarré su mano—. Este es mi problema, yo lo resolveré.

—¡Tonta, no es seguro! ¡Lo único que harás será condenarte!

Titubeé, pero no perdí de vista mi objetivo.

—Lo que no es seguro es que ustedes sigan con vida si me quedo aquí.

—¿Vas a escapar otra vez? Kenshin no se ha rendido, yo tampoco. Te vamos a proteger, ¡no tienes porqué volver a esa vida que no quieres tener! Eso es... ¡Eso es tan injusto que me enferma! —Golpeó con los puños el suelo.

Me sorprendió su devoción e ideología de justicia, que cada día más la sentía como una cuchillada en el centro del pecho. Lastimaba, puntiaguda, justo en lo que me quedaba de moral.

«Esta mocosa...»

Entrecerré los párpados hipnotizada por su persona. Ella temblaba en el lugar de impotencia, de verdad no quería dejarme ir.

—¿No lo entiendes a pesar de que lo viste con tus propios ojos? Qué niña ilusa... Los Oniwabanshū son peligrosos. Su jefe, Aoshi, más. No podrán vencerlos, morirán en el intento.

—Vencimos a dos de ellos la última vez, estoy segura de que podremos con los demás. No tienes excusa para irte, ¡te vas a quedar aquí y punto final! —Me agarró los hombros con tanto empeño que casi me tira hacia atrás— ¡Si te vas, iré por ti y te traeré de vuelta a las patadas, ¿me escuchaste?!

Debo decir que me encontraba estática con su actitud. ¿Por qué se preocupaba tanto por mí? ¿Por qué yo… me preocupaba tanto por ella? No quería que se inmiscuyera en una batalla tan peligrosa.

Espié de soslayo su mano. Junto a la otra me presionaban los hombros con firmeza.

«Su tacto... es muy cálido. Delicado pero lleno de vitalidad, diferente al de Kenshin»

Bajé la mirada acomodándome un mechón detrás de la oreja. Las mejillas me ardían. Un sentimiento cálido, tal como su agarre, se encerró en mi pecho al escucharla. ¿Felicidad, tal vez? Felicidad porque alguien luchara tanto por una vida tan sucia como la mía. Lo que fuera, quebró bastante mi decisión de abandonarlos.

—¿De verdad quieres que me quede? —pregunté con un dejo de inseguridad que no me caracterizaba. Kaoru respingó sorprendida y luego soltó una risita.

—¿Qué pasa con esa pregunta? Claro que quiero. —Me dio un cariñoso apretón en el hombro—. Cualquier persona que necesite ayuda es bienvenida en mi hogar.

—¿Aunque coqueteé con Ken? —Le guiñé un ojo, burlona. Ella infló los cachetes, generando que quisiera morderlos. Me provocaron una ternura desmedida.

«Morderlos... Ternura...»

Abrí los ojos de par en par; el aliento me abandonó de golpe. Mi propio pensamiento me aturdió, por no decir que me dio un tremendo cachetazo que zarandeó al cerebro cambiando peligrosamente la trayectoria de lo que creía correcto.

—¡No voy a permitir que juegues con Kenshin, mujer zorro! —exclamó ella ajena al caos que me irrumpía.

Tragué saliva, tratando de volver al eje. Imposible. Ese no razonable pensamiento seguía rebotando en mi mente, insistente.

Tentador.

—¿Y contigo? —pregunté en un murmullo, sujetando su mano con delicadeza.

—¿Huh?

—¿Puedo jugar contigo?

Kaoru llevó el rostro hacia atrás, sonrojándose.

—¿Q... Qué estás diciendo?

Yo le sostenía la mirada sin conseguir nada a cambio. Su expresión no podía mostrarse más descolocada.

«¿Qué estoy esperando? Soy una idiota...»

Dibujé una sonrisa lamentable y comencé a soltar su mano dándome cuenta muy inconscientemente de que ese día sería el inicio de mi perdición.

—Nada... Haré lo posible para controlarme con Ken, pero no prometo mucho. —atiné a decir con la voz más firme que pude encontrar, apartando los ojos. Mi corazón latía más apresurado que de costumbre y la única culpable era la mocosa sentada frente a mí. Me hacía decir cualquier cosa.

Ella me miraba con curiosidad.

—¿Y ahora qué te pasa? —Inclinó el rostro para ver mis ojos, los cuales hacían lo imposible para escapar de los suyos—. Tienes la cara roja. —Frunció el ceño—. Veo que el solo pensar en Kenshin te emociona, mujer zorro.

«Ja, tan inocente... Ojalá fuera tan simple»

Tragué saliva otra vez, rogándome volver.

—Parece ser que se ha ganado mi completa atención. —mentí, a lo que ella suspiró.

—Supongo que estamos en guerra, entonces. No te lo dejaré tan fácil.

Comenzó a ponerse de pie con mis ojos siguiéndola. Me dio la espalda y yo apegué los hombros al cuello avergonzada por mi comportamiento desagradecido. ¿Qué demonios me pasaba? ¿Por qué no podía decir simplemente "gracias" en vez de tonterías? Gracias por salvarme, gracias por dejar que me quede aquí; eso era todo. Tenía que poder. Yo era la madura acá, no ella.

Me levanté dispuesta a demostrárselo.

—Espera, mapache. —Agarré su Yukata por detrás. Kaoru giró el rostro.

—¿Qué?

La miré unos críticos segundos en los que mi mente se desquiciaba buscando la mejor respuesta. Todo para terminar esbozando una pequeña sonrisa y decir:

—Gracias por todo.

Sus mejillas se ruborizaron levemente.

—Vaya… Así que tenías un lado bueno escondido.

—No te acostumbres, chiquilla, no tiende a salir mucho.

—Entonces hay que aprovecharlo. —Sonrió—. No hay nada que agradecer, Megumi, para eso estamos los amigos.

Para eso estamos los amigos…

Con esa frase supe que por fin había conseguido mis primeros amigos, incentivo suficiente para querer quedarme si no fuera porque al día siguiente Kanryū tiraría muy abajo ese deseo al amenazarlos de muerte. La idea de perderlos me aterró, y bastante aterrada ya estaba por cómo había reaccionado con la mocosa.

Kaoru se fue a paso lento y cerró la puerta. Apenas desapareció me tapé la cara y ahogué un grito.

—¿Qué fue eso? ¿Qué me pasó? —Me llevé el flequillo hacia atrás, acalorada—. No entiendo nada... Maldito mapache.

Decidí acostarme en vez de darle vueltas al asunto y perder energía innecesariamente. Seguir pensando en un pequeño desliz carecía de importancia comparado a los problemas que me rodeaban.

—Eso es, solo fue eso... Un desliz. Estrés, culpa del estrés.

Mi voz no sonó muy convencida.

Giré sobre el futón, fastidiosa, y me tapé hasta la cabeza con la sábana. No podía dormir.

—"¿Puedo jugar contigo?" —imité mi propia voz exageradamente— ¡¿Qué mierda?! ¡Soy una imbécil! —Me mordí el borde del labio, nerviosa—. Justo con ella... Espero que la mocosa no haya entendido nada.

«Pero... ¿qué hay que entender?»

En efecto, Kaoru no entendió nada. Era imposible que lo hiciese si yo misma no me entendía en esa época en la cual juraba estar enamorada de Kenshin. Para mí fue un desliz y fin de la historia. Me generó ternura su infantil comportamiento. Hasta ahí bien, todo normal. El problema yacía en que la ternura dio un paso más y llegó al deseo. Morderla era claramente un deseo.

Un deseo... algo carnal que era moralmente incorrecto.

—Mal día, mala noche —me autoconvencí cerrando los ojos con fuerza, como si así lograra invocar al sueño—. Sí..., solo un mal día.

Mañana sería peor. Al final terminaría yéndome por mi propia voluntad debido a la amenaza de Kanryū, quien dejaría muy claro que mi vida le pertenecía y que si dejaba de ser así mis amigos pagarían el costo de mi libertad con la muerte. Lo que él no sabía es que muy lejos estarían sus planes de cumplirse gracias a la ardua batalla que le darían Kenshin y los demás. Batalla que me salvaría del suicidio.

Y lo que yo no sabía es que mi crítica situación emocional solo tendería a empeorar luego de ello.

«Parece que mi infaltable sexto sentido falló... Qué inesperado giro»

Continuará...


Si terminaron de leer el primer capítulo, ¡mil gracias por tomarse el tiempo! Dentro de poquito voy a subir el segundo.

¡Besotes gente linda y muchas gracias por leer!