El dilema del mapache
«¿Por qué sigue acá? En serio, ¿por qué?»
Pensé que después de derrotar a los Oniwabanshū todo se solucionaría. Y cuando digo todo me refiero a la presencia de Takani Megumi, la mujer zorro, en mi casa. Pero no. Ha pasado un tiempo desde de aquello y sigue apareciendo por aquí. De hecho, gracias a que se le volvió una costumbre pasarse seguido pude conocerla mejor. Y no me refiero a esa Megumi pesimista y desconfiada del principio sino a una más esperanzada y divertida. Descubrí que no era del todo desagradable. Dentro de ella, muy muuuy adentro había una buena persona, pero eso no borraba que fuera mi oponente y que últimamente estuviera poniéndole más hincapié a su rutinaria tarea de molestarme. Parecía disfrutarlo.
«Disfrutar…»
Bien, esa era una forma de ponerlo. Más adelante me enteraría de que yo tenía una visión algo distorsionada de la realidad.
Suspiré a lo lejos mientras observaba cómo hablaba con Kenshin en las afueras del Dōjō. Megumi soltó una risita coqueta y me miró de soslayo. Aparté la mirada cuando me saludó inocentemente con la mano.
—Zorro... —Me di la vuelta y entré a la casa a un paso deprimido—. Ya estoy cansada de enojarme con ella, diga lo que diga va a seguir acosando a Kenshin. Supongo que es mejor evitarla… Sí, ¡eso haré! —Cerré el puño, decidida— ¡No va a volver a jugar conmigo!
—¿Quién no va a jugar contigo?
Me sobresalté al escuchar una voz a mis espaldas. Sabía de quién se trataba, como si pudiera pasar desapercibido ese tonito burlón. Me volteé y ¡pin pon! acerté.
—¿C-Cómo llegaste aquí tan rápido?
Megumi llevó su cabello largo hacia atrás con arrogancia y sonrió.
—Magia.
Tuve que contenerme de rodar los ojos.
—¿Qué necesitas? El hospedaje gratis ya lo tienes. —Pero no pude contener el sarcasmo.
Ella arqueó una ceja y sujetó mi brazo.
—¿Por qué estás evitándome? —preguntó.
—No lo estoy.
—Lo estás. Me viste afuera, ¿no? Por no decir que hace días que estás más calladita que de costumbre, y siendo tú... Ja, eso es un milagro. —Reforzó el agarre, al igual que su sonrisa fanfarrona— ¿Es por Ken?, ¿ya no toleras ver a una verdadera mujer a su lado?
Yo le sostenía la mirada con un visible agotamiento. Bufé.
—No voy a seguirte el juego esta vez, estoy cansada de esto.
Megumi mostró un segundo de sorpresa.
—Oh... Qué desilusión. Entonces no tiene gracia molestarte ni que me quede aquí. —Me soltó el brazo—. Supongo que el mapache quiere que me vaya.
—¿Qué estás tratando de decir, mujer zorro?, ¿que solo vienes aquí para molestarme? —pregunté, frunciendo el ceño— ¿Tan importante resulté ser?
—Sí, lo eres. —Megumi sonrió de un modo tan encantador que no pude evitar que mis cachetes se acaloraran. Odiaba admitirlo, pero era condenadamente hermosa. Y yo... solo era una mocosa sudorosa— ¿Por qué crees que vengo tan seguido?
—¿Para arruinarme la existencia?
—¡Exacto! —exclamó, lanzándose a mis brazos. La atajé por la espalda con la sorpresa tatuada en el rostro—. Eres imprescindible para mi vida, Kaoru, más de lo que crees. —susurró en mi oído, estremeciéndome.
«¿Por qué está abrazándome? ¿Qué demonios le pasa?»
—Si tan imprescindible soy, ¿podrías dejar de provocarme todo el tiempo?
Ella me miró de frente con las cejas en alto, como si hubiera dicho una curiosidad. En sus labios comenzaba a trazarse una sonrisa coqueta.
—¿Provocarte?, ¿en qué sentido? —preguntó, acortando la distancia— ¿En este? —Deslizó los dedos hacia abajo por mi pecho, generando que mi corazón saltara debido a su descarada actitud. Rogué que no lo sintiera, como muchos otros tontos habrán rogado.
Gracias a la primera impresión que me regaló cuando la conocí, y además por observarla este último tiempo, aprendí que una de las características más destacables -pero no la más importante- de Megumi era ser una seductora innata. Seducía para burlarse y se burlaba de los que trataban de seducirla. Pero conmigo nunca había actuado de esa manera, al menos no a este nivel que ya consideraba peligroso.
—Te quedaste muda... —dijo en un murmullo, despertándome. En algún momento, que pasé desapercibido, su rostro terminó innecesariamente cerca del mío. Podía sentir su cálido aliento en los labios.
—M-Me refería a que dejes de molestarme.
—¿Esto es molesto? —Frenó los dedos en medio de mis pechos y lentamente comenzó a sumirlos dentro del Kimono amarillo que llevaba puesto. Tragué saliva. Esos dedos fríos se arrastraban por mi piel haciendo que ardiera—. No parece molestarte.
Desvié la mirada. Tenía que sacarme esa maligna mano de encima, pero el no saber qué tramaba me detenía. No quería quedar como una niña que era incapaz de tolerar una provocación. Sí..., eso era, una provocación. Megumi solo estaba jugando conmigo para ver hasta dónde llegaría, cuándo me rompería. Ella esperaba que me quebrara para finalmente soltar la macabra risa que debía tener escondida en la garganta, lista para ser disparada. Me estaba probando y vencerla era mi deber.
Bien, desafío aceptado. ¿Perder? ¡Nunca!
Agarré su muñeca y ella separó los labios.
—No me molesta, mujer zorro. Es más... —Me incliné a su oreja—... me gusta.
Sus dedos temblaron dentro del Kimono, los sentí en la piel. Sonreí, victoriosa, y me alejé para ver el resultado que había conseguido. Ensanché los ojos cuando en vez de toparme con un rostro irritado sediento de venganza, me encontré con uno avergonzado que hasta me hizo sentir culpable. Megumi tenía la visión plantada en el suelo, se acomodaba un mechón detrás de la oreja. Sus ojos serios brillaban con timidez. Relajé la frente mientras la examinaba.
«Es igual que aquella vez...»
Antes de que venciéramos a los Oniwabanshū, esa noche anterior a su escape. Fui a su habitación para dejarle una Yukata y terminé yéndome totalmente confundida por su repentina actitud. Por unos buenos días quedaron retumbando sus palabras en mi cabeza: ¿puedo jugar contigo? Lo primero que pensé fue que lo dijo para molestarme. Una broma algo subida de tono, nada grave viniendo de ella. Sin embargo, por alguna razón no pude dejar de pensar en que hubo algo más detrás de esa broma. Sus ojos cuando me lo dijo... Sus ojos para nada estaban bromeando. Y ahora... otra vez. Otra vez ahí estaban esos ojos profundos que admiré esa noche.
«Son los mismos... ¿Qué significan? Parece preocupada»
—Megumi.
Ella levantó la vista con lentitud mientras yo llevaba la mano a su rostro. Sus largas pestañas bailaron rápidamente al percibirme.
—¿Por qué me miras así? —pregunté en voz baja, acariciándole la mejilla sin pensar. Megumi apartó la mirada y dibujó una sonrisa tenue que parecía solitaria— ¿Te preocupa algo? Siempre te guardas todo para ti... Sabes bien que aunque te odie puedes confiar en mí, ¿no?
Ella soltó una risita por mi broma, aunque sus ojos lucían pensativos.
—Preocupar... No, estoy sorprendida.
—¿De qué?
Megumi regresó los ojos alargando la sonrisa y de pronto sujetó mi ropa.
—De esto.
Ahogué un grito cuando abrió el Kimono, revelando parte de mis pechos, e inclinó el rostro para detallarlos sin pudor alguno.
—No eres tan plana como pensé, mapache. —dijo con la cabeza por poco y metida dentro del Kimono.
Un escalofrío comenzó a trepar por mis pies al sentir sus cabellos suaves acariciándome las curvas de los pechos. Esa eléctrica sensación subía por las piernas cual hilera de hormiguitas, me revolvía el vientre y amenazaba con asentarse en mis pechos, cosa que no podía permitir porque ella lo notaría.
—¡S-Sal de ahí, maldito zorro! —grité, jalándole el pelo. Megumi escapó de su guarida riéndose, me sacó la lengua y empezó a alejarse a los saltitos. En su huida juré ver dos orejitas de zorro naciendo de su cabeza— ¡Vuelve acá, pervertida! ¡Esta no te la dejaré pasar!
—¡Al final sí terminaste jugando! —exclamó triunfante, abriendo la puerta de la entrada— ¡Ya cumplí con mi deber! ¡Te veré luego, mocosa!
«¡Todo este tiempo estuvo...!»
Quería perseguirla para matarla, pero mis pies no se movían de lo perpleja que me encontraba.
Cerré los puños, sonrojada, y me acomodé el cuello del Kimono. Confirmado, ella solo quería molestarme. Y sí que lo logró. Al final terminó ganándome otra vez. Si en algún momento pensé ver algo detrás de sus ojos, me equivoqué terriblemente. Desde el principio hizo toda esa actuación para molestarme, acción que seguiría haciendo.
Seguiría bromeando de ese modo que ya empezaría a perturbarme demasiado.
«Si será... ¡Maldición!»
Dejando de lado la bronca, no podía negar que prefería verla así, toda bromista y pesada, a como la vi una vez: a punto de terminar con su propia vida. Cuando presencié paralizada en el lugar cómo trataba de suicidarse en la mansión de Kanryū, entendí que la había juzgado mal, pero… tampoco tan mal. Vivir requiere valentía, el suicidio es para los cobardes. Siempre pensé de esa manera, incluso cuando perdí a toda mi familia. Si yo podía seguir adelante, ella también. Esas eran mis creencias. Pero aún así... Aún conservando ese firme pensar, su desesperado acto para enmendar los errores del pasado me conmovió. Esa sería la primera de muchas veces en las que me desarmaría su persona. Mi corazón se partió en dos al ver cómo lloraba descompensada cuando Sanosuke le robó la daga de la mano para evitar su final. A mí también se me escaparon unas lágrimas. Sacrificar su vida, aunque fuese incorrecto, seguía siendo una acción muy noble. El problema aquí era que Megumi no lograría nada dejando de existir, y tenía que hacérselo entender en caso de que algún día se le pasara por la cabeza volver a cometer una estupidez.
—¡Ni se te ocurra volver a hacerlo!
Le grité luego de que nos despidiéramos de ella, quien finalmente se había propuesto vivir y estudiar con el doctor Gensai para ser una verdadera doctora. La mejor, recuerdo que dijo.
Megumi detuvo los pasos junto al doctor Gensai y se giró hacia mí con una expresión ingenua.
—Como ves, mapache, no lo hice. ¿Eres ciega o qué? —Puso una mano en su cadera.
«Ah»
Cierto. Estaba ahí, viva. No había pensado bien la frase antes de decirla.
—¡Y-Ya sabes lo que quiero decir! —La señalé, avergonzada—. Si un día lo haces, bajaré hasta el mismísimo infierno para volverte a matar yo misma. —Me soné los nudillos para que conozca su lugar. Ella ni se inmutó.
—Vaya... Eso sonó fuerte. —Sonrió como si nada— ¿Sabes que sonarse los nudillos es malo para tus dedos? Los tuercen y bastantes deformes ya son los tuyos, además de que no son nada delicados. Si yo fuera tú, me abstendría de sonarlos.
Gruñí por su discursito. Mis amigos, para variar, ya nos miraban con miedo.
—¿Y por qué asumes que iré al infierno cuando muera? —continuó, poniendo un dedo en su mentón sin quitarme la vista de encima— ¡Oh! Supongo que es por mi despreciable pasado... Quizás tengas razón. —Ella ladeó el rostro con una sonrisa que vi triste—. Pero nunca podrás verme ahí, la entrada del infierno está cerrada para ti. A una mocosa como tú le costaría mil reencarnaciones alcanzar la cantidad de vidas que arruiné.
—¿Qué estás diciendo...? ¡No me importa tu pasado!
Megumi deshizo la sonrisa y me observó de golpe.
—No te importa...
—¡No irás al infierno por eso sino por comportarte como una zorra con Kenshin! —Estiré el cachete del vagabundo a mi lado. Él solo atinó a "orear"— ¡Tu pasado no me interesa! ¡No te creas tanto!
Ella respingó con sorpresa. Su rostro poco a poco se inclinaba, ensombreciéndose. Dejé de ver sus ojos. Algo se rompió en su interior. En aquel tiempo no lo pude notar, al contrario, pensé que por mis palabras se vendría la artillería pesada, así que me dispuse a buscar unos buenos insultos para contraatacar cuando ella terminara de atacarme. Pero... el ataque nunca llegaba.
Ahora, mirando atrás, veía la realidad. Podía ver lo que se rompió en su interior.
—Una zorra, ¿eh? —dijo, cubriéndose los ojos. Sus hombros temblaban al tiempo que dejaba escapar una risita baja.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunté de mala gana.
—¿No es obvio? —Se destapó el rostro y mi pecho se cerró al notar en sus ojos un inmenso agradecimiento. Era similar al que mostró Kenshin tiempo atrás cuando le dije que no me interesaba su pasado—. Tú eres graciosa, mapache. Supongo que si insistes no me quedará otra que esperarte ahí hasta que cometas tu primer pecado.
—¿Huh?, ¿esperarme?
Ella sonrió.
—En el infierno.
Y se fue, dejándome con un escalofrío helado recorriéndome la columna.
Desconocía si le estaba cayendo bien o mal. Sus palabras inmersas de un macabro vocabulario, esos gestos desarmados y sus afligidos ojos... Todo era desconcertante. No podía dejar de pensar en que Megumi era un contradictorio misterio. Y que cada palabra, cada frase, escondía un acertijo que cada vez más deseaba resolver. Me estaba arrastrando a su mundo más rápido de lo que creí y en absoluto estaba preparada para hundirme en él.
Pero no era la única en desventaja.
—Pero qué niña tan amargada… Fue una broma. No tienes sentido del humor, mapache.
Megumi se excusó unos días después por haber visto parte de mi delantera sin mi consentimiento. Yo, sentada en el pasillo de las afueras del Dōjō, me limité a correrle la cara cual dramática.
—¡Hm!
—¿En serio estás enojada porque te vi los pechos? Ni que fuera tan importante, son solo pechos.
—¡Deja de decir pechos como si nada!
—¿Tetas te gusta más?
—¡Cállate! Y no estoy así solo por las te... ¡Por eso! Pensé que te pasaba algo. Me hiciste preocuparme por nada, mujer zorro.
Ella soltó una carcajada delicada.
—¿Qué podría pasarme? Exageraste, para variar —dijo, sentándose a mi lado. Pasó los ojos al frente. El panorama que nos rodeaba no era muy pintoresco que digamos, se limitaba a Yahiko entrenando con su Shinai en el patio—. Aunque tengo que admitir que fue muy dulce de tu parte el preocuparte por mí, no me esperaba eso de alguien tan violenta como tú. —Sonrió con una suavidad que me hizo sonrojar.
—Nunca más lo haré. —Me crucé de brazos, haciendo un puchero— ¡Nunca!
Ella rió cubriéndose la boca y luego llevó la mano a mi cabeza. Me acarició, provocando que descruzara los brazos algo conmocionada. Últimamente su actitud era… ¿Cómo decirlo? Más cariñosa.
—Vamos, no es para tanto. ¿Hay algo que pueda hacer para compensarte? —preguntó, llevándose mis cabellos para el camino.
—¿Compensarme qué?, ¿el hacerme la vida imposible?
Megumi negó con el dedo índice de un modo coqueto y se inclinó, quedando cerca de mi rostro.
—El haber visto tus preciosos pechos...
Ensanché los ojos, tanto, que juré que iban a escapar de mis párpados.
«¡¿Q-Q-Qué?!»
Llevé la cara hacia atrás con el corazón a mil por hora. Megumi infló los cachetes al verme y soltó una carcajada que parecía contenida hacía rato.
—No pongas esa cara, ¡es una broma! Sí que tienes que relajarte, mapache.
—¡N-No puedo relajarme si sigues bromeando con mis pechos! —Me los tapé, acalorada— ¡Bromea con otra cosa!
—¿Otra cosa? Hm... —Ella descansó la mejilla en la mano, pensativa— ¡Ah, ya sé! —Señaló mi entrepierna—. Me imagino que una chiquilla tan fea como tú debe ser virgen, ¿no? Hablemos de eso. ¿Quieres un consejo?
Me tapé la entrepierna de inmediato, como si así pudiera formar una armadura para protegerme.
—¡Con eso menos puedes bromear!
Hoy definitivamente se estaba pasando con las bromas, por no decir que cada día se pasaba un poquito más. La gran pregunta era: ¿por qué lo hacía? Mejor dicho, por qué comenzaba a afectarme tanto.
Megumi hizo un pequeño puchero que me dejó de piedra viniendo de ella.
—Eres tan aguafiestas... Típico de una mocosa.
—¡Lamento serlo! —Le di la espalda—. Y tú eres una pervertida. Si eso es ser adulta, ¡me niego rotundamente a crecer!
Ella rió de nuevo y me sujetó los hombros por detrás.
—¿Cocinar? —inquirió en mi oído. Yo giré el rostro.
—¿Eh?
—¿Quieres que te enseñe a cocinar para compensar lo pervertida que soy? Además, si mal no recuerdo, te lo prometí hace un tiempo.
Aún no tengo muy claro si ese día me descolocó que hiciera algo amable por mí o el hecho de que admitió ser una pervertida. Posiblemente fueron ambas.
—¿No es una trampa? ¿De verdad me vas a enseñar?
Megumi asintió con una sonrisita. Tomó mi mano para ponerme de pie.
—¡Ahora mismo! Está atardeciendo, es la hora ideal para cocinar. Cuando Ken-san regrese de pescar le tendremos preparado un manjar.
—¡¿En serio?! —exclamé dando saltitos en el lugar. La emoción tapó por completo el enojo que sentía— ¡Eres la mejor, Megumi! —Me lancé a sus brazos sin pensar y la abracé. Megumi no dudó en corresponderme deslizando las manos suavemente por mi espalda.
—Por fin lo admites, mapache. Tardaste.
Debía admitir que la doctora tenía buenos momentos aunque fuera una arrogante. Con el paso del tiempo esa parte de ella dejó de molestarme, digamos que me acostumbré. No tenía caso llevarle la contraria, excepto cuando enfocaba toda esa arrogante energía en hacerme enojar, lo cual parecía ser su deporte favorito. Por alguna razón me convertí en el centro de sus bromas poco después de que nos conocimos. A veces las aguantaba, a veces no. Otros días ella simplemente se concentraba en estar muy cerca de Kenshin. ¡Ah! Y se aseguraba de que yo estuviera mirando, claro está.
En toda esa línea de tiempo, desde que la conocí hasta ahora, nuestro vínculo... podría decirse que creció. Por un lado quería que creciera aún más, puesto que no tenía ninguna amiga mujer. Siempre estuve rodeada de hombres, así que desarrollé una personalidad un poco tosca. Las chicas del restaurante familiar podrían considerarse amigas, pero no lo suficiente como para contarles mis problemas... femeninos, por decir de alguna manera. Son muy tímidas para eso. Pero con Megumi era diferente. Megumi no conoce la pena, por ende, con ella soy capaz de hablar esos temas que antes me avergonzaban. Desde algo tan íntimo como los dolores que atravesamos al indisponernos hasta algo más profundo como el amor. Ella naturaliza todo, cosa que aprecio, ya que me brinda seguridad y no me hace sentir sapo de otro poso. Posiblemente nuestro vínculo hubiera crecido más si Kenshin no estuviera en el medio.
«No...»
Me retracté. Incluso sin Kenshin chocaríamos, las diferencias nos superaban. ¿Pero acaso aceptar esas diferencias no nos hacía... amigas?
Ese término me dio vuelta el cerebro de un bofetón.
«Espera, espera, espera. ¿Se ha convertido en mi amiga?»
Espié lo más disimulada que pude a Megumi, quien cortaba unas papas a mi lado con tranquilidad. Ella notó mi persistente mirada y señaló la papa que yo tenía en las manos.
—Lo estás haciendo mal.
—¿Huh?
—Te dije cortes rectos y suaves, y mira eso... —Señaló un corte totalmente diagonal sobre la papa. Yo me achiqué en el lugar— ¡Dios mío! Está destruida… ¿Querías desmembrarla o qué? Ten compasión con la pobre comida, nos alimenta cada día.
—No me di cuenta...
Megumi sonrió de soslayo y dejó el cuchillo sobre la mesa de la cocina.
—Te enseñaré bien cómo se hace.
Seguí con los ojos cómo se colocaba detrás de mí. Antes de que llegara a preguntar qué tramaba, aplastó los pechos contra mi espalda y alargó los brazos para sostenerme las manos, donde tenía la papa y el cuchillo. Yo me entumecí. Estaba dispuesta a utilizarme de títere para mostrarme cómo cortar adecuadamente.
—Es así... —Movió su mano sobre la mía, cortando la papa.
Mi respiración se entrecortó por unos críticos instantes en los que recé para que no la escuchase. No estaba preparada para tal cercanía, me agarró desprevenida. Tenerla tan pegada a mi espalda me generaba unos molestos chispazos en el estómago. Se disparaban de un lado a otro como fuegos artificiales.
—¿A-Así? —pregunté, presionando con más fuerza el cuchillo.
—No presiones tanto, con un corte limpio es suficiente —musitó en mi oído, haciendo que respirara con fuerza— ¿Ves?
—Veo.
—Ja, eres un desastre con el cuchillo para ser una maestra de Kendo.
—Los cuchillos son muy diferentes de las espadas. —me excusé, viendo como seguía moviendo su mano sobre la mía.
—¿Esa es tu excusa para ser una pésima cocinera?
—No tengo otra. —respondí en voz baja. Su delicioso perfume floral comenzaba a envolverme, atontándome.
«Huele muy bien...»
La observé de reojo. Su rostro se encontraba demasiado cerca, cosa que empezaba a ser un problema cuando no debía serlo.
Megumi, al sentir una insistente visión sobre la suya, deslizó los ojos lentamente hacia mí. Yo aparté la mirada con los cachetes entrando en calor.
«Esto está mal..., no puedo ni mirarla. ¡¿Qué demonios me pasa?!»
Ella relajó los párpados con un aire pensativo y reforzó el agarre en mi mano.
—No te distraigas, te lastimarás. —dijo en un agradable murmullo, acariciándome el dorso con el pulgar.
Observé su acción, detenida. Algo extraño estaba sucediendo. ¿Qué pasaba con esas caricias?, ¿por qué se comportaba así? No tenía sentido. ¡Esa situación no tenía sentido para nada!
—Y-Ya entendí, puedo seguir sola.
Megumi me sostuvo la mirada un momento, meditando el liberarme o no, y finalmente optó por retirar las manos. Enseguida suspiré como si hubiera estado reteniendo el aire por horas.
—Pruébalo.
Aire que volvió a quedar atascado en el pecho cuando enredó los brazos en mi cintura. Megumi apoyó el mentón en mi hombro y mis labios temblaron.
—¿Megumi? —inquirí con una sonrisa tirante. Ella me observaba con inocencia.
—¿Qué pasa? Vamos, sigue cortando. Se hará tarde y tenemos que terminar de cocinar.
—Pero...
—Me quedaré aquí para vigilar que lo hagas bien, aunque es poco probable tratándose de ti.
Regresé la visión al frente, endurecida. Claramente algo extraño le ocurría a la doctora. Y aunque me daba una urgente curiosidad averiguar la razón de su comportamiento, preferí dejar el tema y no cuestionarlo. Una parte de mí, muy cobarde, tenía miedo de conocer las razones detrás de su actitud.
Porque su actitud me estaba removiendo por dentro cuando no tenía que hacerlo.
«A cualquiera lo pondría nervioso una belleza... Es natural»
Le atribuí la culpa a la estética y al patético factor de sentirme menos mujer que ella. La teoría no estaba mal, resultaba bastante lógica. Lástima que la voz en mi cabeza no sonó muy convencida al decirla.
Tomé aire y decidí volver a mi deber. Continué cortando la papa lo más concentrada posible, pero mis manos se movían torpes debido a otras que me acariciaban el vientre con suavidad, haciendo que lo contrajera sin darme cuenta.
—Está mejorando, al menos ahora no está despedazada. —comentó Megumi, pegando la mejilla a la mía. Su piel era tan suave… ¿Usaba cremas? Siempre pensé que debía pedirle una clase de cosmética. No había un día en el que no estuviera resplandeciente y hermosa.
«Realmente… hermosa»
Sus rasgos tan finos; el cabello largo y sedoso, las pestañas rizadas, los ojos profundos que dejan escapar una pizca de soledad... Sí, Megumi era hermosa. Y no solo por fuera. Mientras más nos conocíamos, más me demostraba que su interior le hacía justicia al exterior. Brillante, misericordioso y fuerte.
Muy fuerte.
Cada vez que llega una persona herida a la clínica, ella pone una expresión de inquietud confirmando que la vida de sus pacientes es primordial. Nunca se desconcentra. Sus manos bailan con experiencia cuando los trata, incluso en las operaciones más difíciles. Siempre se mantiene centrada y, en especial, neutra, ya que también atiende a los rufianes. En algunas ocasiones la ayudé como una asistente bastante desastrosa y me fue imposible no quedar hipnotizada al verla trabajar.
Ella de verdad es una gran persona que quiero tener de amiga, pensaba al mirarla.
Ya no era la cobarde y desconfiada mujer que conocí al principio. Megumi era una mujer fuerte que ahora estaba haciendo lo mismo que Kenshin: compensar su pasado pecador ayudando a las personas. Se ganó completamente mi respeto.
«Tienen la misma meta... Y yo parece que tengo un imán para estos personajes salidos de la nada»
La espié de reojo, aflojando el agarre en el cuchillo. Ella también me miró. Dibujó una pequeña sonrisa que no pude evitar corresponder.
—Después de todo este tiempo... ¿te has convertido en mi amiga? —pregunté, descolocándola por un momento.
—¿Quieres que lo sea? —inquirió, arrimándome hacia ella por el abdomen.
—Es mejor que tenerte de enemiga.
Megumi soltó una risita y se acercó a mi oído.
—¿Me tienes miedo, mapache? No muerdo...
—Eres un zorro, ¡claro que muerdes!
—Hm… ¿Cómo?, ¿así?
Mis pelos terminaron de punta cuando abrió la boca y me mordió el borde de la oreja.
—¡Agh! ¡Eso duele! —Atajé su cabeza.
Ella abandonó mi oreja, ahora enrojecida, y pasó la lengua por sus dientes como un zorro que acababa de devorar a una presa.
—Tienes las orejas muy grandes, me tenté.
Yo llevé una mano a mi pecho, impactada. Me arruinó el día.
—¿Tengo las orejas grandes? —Me las tapé con vergüenza—. Oh, no... ¡Ahora entiendo porqué me decían elefante de pequeña!
«Kenshin seguro lo notó también... ¡Mierda!»
Megumi pestañeó debido a mi crisis.
—A mí me gustan.
—¿Huh? —La miré con los ojos llorosos. Ella sonrió.
—¡Tus orejas de mapache!
Separé los labios, sorprendida, para luego desviar la visión con timidez.
—No te burles… Acabas de traumarme para toda la vida, tonta.
—¡Por primera vez no me burlo! —exclamó ella, meciéndome de un lado a otro como si tuviera a una tierna mascotita en los brazos. Yo me dejaba llevar cada vez más desconcertada—. Tienen su encanto y hay mucho lugar para morder. —agregó, estirando la sonrisa.
Entrecerré los párpados al verla sonreír así. Parecía una niña, y eso que aquí la niña era yo. Ella no dejaba de resaltarlo cuando se le presentaba la oportunidad.
«Parece feliz… Me alegro. Ha pasado por mucho»
Quizás su cariñoso comportamiento se debía a ello, pensaba con inocencia. Debido a que se encontraba feliz por haber escapado de Kanryū y del opio. Ahora podía cumplir su sueño de convertirse en doctora y hacer honor a su familia desaparecida. Pensar en eso me hacía sonreír. Su felicidad, en algún momento del camino, pasó a ser la mía.
Guiada por el entrañable ambiente que se creó entre nosotras, llevé las manos a las suyas y las acaricié.
—Me alegra tenerte de amiga, Megumi.
Ella paró de moverse y me miró con el labio inferior desprendido. Tardó en devolverlo al superior y esbozar una sonrisa que hallé desolada.
—Lo mismo digo.
La respuesta no me dejó muy conforme, sonó igual de lamentable que su rostro. Algo le sucedía. ¿Había dicho algo malo? Quería preguntar, moría por hacerlo.
—Megumi, yo...
—¡Ya llegué, Kaoru-dono!
Me sobresalté al escuchar la voz de Kenshin a lo lejos. Miré hacia atrás y yo sí sonreí de verdad por solo oír esa suave melodía.
—¡Ah, Kenshin ya volvió! —exclamé, volviendo el rostro para ver a Megumi y… no encontrarla. En algún momento, que pasé desapercibido, me dejó en libertad.
La busqué con los ojos para terminar hallándola en la entrada de la cocina. Me daba la espalda.
—¿Megumi?
—Sí..., tu vagabundo favorito llegó. —dijo de un modo que percibí tajante.
—¿Huh?
Ella volteó el rostro con lentitud y ahí estaba de nuevo esa sonrisa zorra que conocía bien, esa que tomaba vida cuando Kenshin estaba cerca.
—¡Iré a saludarlo como se debee~! —dijo en un cantito, echándose a correr.
—¡Ah! ¡Ni te atrevas! —La señalé con el cuchillo mientras la veía irse a los saltitos.
«Maldita...»
Sonreí de lado.
—Supongo que eso nunca cambiará entre nosotras. Bueno…, mientras no sea tan cariñosa con él como lo fue conmigo, lo toleraré.
«Cariñosa…»
Me rocé la oreja inconscientemente.
«Sí que está cariñosa... y rara»
Me mordió. ¡La pervertida me mordió y se fue como si nada! Como si no tuviera la marca de sus colmillos en la piel, como si todavía no ardiera…
Megumi resultó ser más extraña de lo que creí, lo confirmé cuando la historia con Kanryū finalizó. Ella comenzó a mostrar otro lado de su personalidad; uno más burlón, astuto tal como un zorro e innecesariamente seductor. A la vez mantenía una elegancia y una seriedad que convocaba cuando la creía necesaria. Uno de esos momentos era cuando tenía que ejercer su trabajo de doctora. Para rematarla, a pesar de su excéntrica personalidad, seguía siendo mucho más madura que yo en varios sentidos, hecho que me deprimía, haciéndome pensar que quizás Kenshin sí se merecía a una mujer como ella y no a mí, que solo era una niña en comparación. ¡Pero! no podía rendirme. Iba a luchar fuego contra fuego aunque fuese mi amiga, y lo mejor de todo era que ella lo sabía. No tenía que atacarle las espaldas, iría de frente.
Sin embargo..., un problema se asomaría, cauteloso, en medio de nuestra ardua batalla a puro fuego. Uno que sigilosamente me dio señales que debí captar, pero no lo hice. No tenía idea de que un imprevisto viento cambiaría drásticamente la orientación de la flama, quemándome en consecuencia. Quemándonos a las dos en medio del inicio de la era Meiji, la cual lejos estaba de ser la ideal para lo que nos ocurriría.
Muy lejos.
Suspiré secándome el sudor de la frente con una toalla y dejé la espada de madera con la que estaba entrenando apoyada en la pared del Dōjō.
—Hoy me pasé… —Me di unos golpecitos en el hombro—. Sí que tenía mucho que descargar.
«¿Pero descargar qué?»
Mis ojos se perdieron en el techo, pensativos. Me encontraba un poco estresada. Siempre que lo estaba, mi espada parecía danzar con más habilidad de lo normal; irritada, exasperada. No sabía la razón de mi estrés, o tal vez sí pero no quería reconocerla. Hacía ya varios días que me sentía de esa manera. Lamentablemente coincidía con el último día en el que vi a Megumi, ese que me enseñó a cocinar. No apareció de nuevo y ya empezaba a preocuparme que no anduviese merodeando por mi casa acosando a Kenshin o molestándome.
Miré el calendario pegado en la pared.
—Una semana… Qué raro.
Salí del Dōjō. No podía dejar de pensar en si se encontraba bien pero a la vez me desquiciaba estar tan preocupada por ella. El orgullo me jugaba en contra.
—¿Debería ir a verla?
«Dije que era mi amiga y eso hacen las amigas, ¿no? Visitarse»
Aquella idea daba vueltas y vueltas por mi cabeza mientras caminaba por las afueras de la casa. Kenshin, que se encontraba lustrando el suelo del pasillo de un lado a otro, se puso de pie al verme.
—Kaoru-dono, ¿ya terminaste de entrenar? —preguntó con una sonrisa gentil, sacudiéndose la ropa— ¿Quisieras que te prepare el baño?
Yo asentí distraída y su sonrisa desapareció. Comenzó a dirigirse hacia mí.
—Te tomó más tiempo esta vez, ¿te preocupa algo?
Le sonreí en el camino. Él siempre parecía saber cuando no me encontraba bien. Siempre parecía saber todo, así que quizás...
—Kenshin, por casualidad… ¿has sabido algo de Megumi? —le pregunté con un grado de vergüenza que no pude disimular. Kenshin pestañeó.
—¿Oro? ¿Estás preocupada por ella, Kaoru-dono?
—¡No lo estoy! —espeté. Él levantó las manos en un signo de paz—. Solo… me resulta raro que no pase por acá a molestarme.
—Ya veo. —Kenshin cerró los ojos con una sonrisa apacible—. Es natural preguntar por alguien que aprecias.
Mi corazón se aceleró de golpe.
—¡No la quiero!
—No dije exactamente esa pala-
—¡Que no! —exclamé, zarandeándolo por los hombros. No soporté aquella sentencia.
—¡¿Orooo?!
Kenshin iba y venía con los ojos mareados. Yo lo solté frunciendo el ceño. Me desesperaba que se hiciera el tonto.
—¿Sabes algo o no?
Él bufó, arreglándose el Kimono.
—Escuché del doctor Gensai que está muy ocupada por un accidente que hubo hace unos días.
—¿Un accidente?
—Parece que una locomotora perdió el control y varias personas resultaron heridas cuando descarriló. —explicó con preocupación.
—Ya veo… Tiene sentido que esté desaparecida.
Kenshin sonrió con suavidad ante mi semblante inquieto.
—¿Por qué no vas a visitarla? Estoy seguro de que le alegrará verte.
Yo inflé los cachetes y sin razón alguna más que la vergüenza que sentía, agarré su larga coleta y la jalé hacia mí.
—¡Agh!
—¡No estoy preocupada por ella!
—¡No dije eso, Kaoru-dono!
—¡Lo escuché en mi cerebro!
—¡¿Oorooo?!
Sus ojos giraban fuera de órbita mientras yo meditaba la opción de ir a visitarla enredando un dedo en su cabello como si fuera el mío.
—Pero tal vez… debería ir.
Kenshin se refregó la cabeza y me sonrió.
—Te prepararé el baño antes de irte.
Siguiendo sus consejos (porque era inevitable no hacerlo), me bañé y decidí que la visitaría. Pero mis pies no parecían muy de acuerdo con esa decisión. No se movían de la entrada de mi casa.
Me encontraba incoherentemente ansiosa.
—Muévete… ¡Muévete! —me decía, tratando de adelantar el pie derecho— ¡Me cago en la...!
—¿Qué haces, Jo-chan?
Levanté la vista al escuchar una voz familiar, solo para encontrarme con el vago de Sanosuke contemplándome desde lo alto.
—Sano... A ti también hacía bastante que no te veía. —recordé. Hacía al menos tres días que no aparecía por el Dōjō ni siquiera para pedir comida. La última vez que lo vi fue cuando se reencontró con un amigo del pasado que, como él, perteneció a la tropa Sekihoutai. Digamos que entendí que quisiera pasar más tiempo con su antiguo camarada que con nosotros.
Sanosuke metió las manos en los bolsillos del pantalón con una expresión aburrida y entró a mi hogar como si fuera el suyo. De alguna forma, lo era.
—¿También? ¿A qué te refieres, Jo-chan?, ¿hay alguien más perdido? —preguntó.
—No... Kenshin y Yahiko están en el fondo.
—¡Ah, eso! Solo vine a preguntarles algo.
—¿Algo? —inquirí, regresando los pasos. Lo sentía un poco distante. Luego me enteraría de la razón, pero mientras tanto...
—¿Fiesta? —preguntamos todos, desorientados.
—Ajá, pensé que podríamos divertirnos de vez en cuando. No se preocupen, yo me ocuparé del dinero —respondió Sanosuke con una simpatía que no me dejó muy tranquila viniendo de él—. Si la hacemos aquí no molestaremos a nadie.
—Si es así... supongo que no hay problema. —contesté, aún extrañada por su comportamiento. Siendo la dueña de la casa, era mi deber tomar la primera y última decisión, y la verdad no me parecía una mala idea relajarnos al menos por una noche.
—¡Entonces una fiesta será! —Sano nos mostró los dientes en una gran sonrisa y se dio la vuelta dispuesto a irse para hacer todos los preparativos— ¡Ah, cierto! Jo-chan. —Se detuvo antes de cruzar la entrada—. Avísale a Megumi de la fiesta.
—¿Qué?, ¿a Megumi? —Eso SÍ que era inesperado. Ellos se llevaban como perro y gato, casi peor que nosotras.
Sanosuke sonrió de soslayo.
—Hemos pasado por muchas cosas juntos, no sería justo que no la invitara. Y si vamos a pelearnos, será mejor que lo hagamos con gente alrededor.
—¿Quieres dar un espectáculo o qué? ¿Y por qué le tengo que avisar yo?
—¿No ibas a salir? Hazme el favor.
—Pero... —Dudé. Era incapaz de decirle que iba a verla.
—Te lo encargo, Jo-chan.
Luché contra esos ojos que me observaban desde arriba, pero al final terminé suspirando. No podía decirle que no a esa cara de cachorro abandonado.
—De acuerdo...
Y así el empujoncito que necesitaba para ir a visitarla me fue dado.
Alcé la visión, titubeante, y detallé la clínica del doctor Gensai. No tardé mucho en llegar; se encontraba a pocas cuadras de mi casa. Una tediosa ansiedad no paraba de oprimirme el pecho, volviendo arrítmica mi respiración. Tenía que centrarme, era patético lo nerviosa que estaba. Una parte de mí no quería demostrarle a Megumi que me importaba, pero la otra parte me decía que era una estupidez comportarme de un modo tan orgulloso cuando solo estaba preocupada por una amiga; algo supuestamente normal. Ninguna parte ganaba la batalla, solo lograban confundirme más. Lo único que podía hacer para detener la pelea era accionar.
—Ya estoy acá, no hay vuelta atrás. —Tomé aire, juntando valentía— ¡Con permiso! —exclamé, corriendo la puerta y sacándome los zapatos en la entrada—. Megumi, ¿estás aquí?
Nadie respondió.
Cerré la puerta corrediza a mis espaldas y adelanté unos precavidos pasos.
—¿Megu...?
Me silencié cuando la nombrada pasó corriendo delante de mí con una gran gota de sudor resbalándose por la frente y unas vendas en las manos. Me observó de reojo y se detuvo en seco, sorprendida. Por mi lado, me paralicé. No podía explicar el inmediato alivio que sentí al verla. Se encontraba bien. Algo cansada y ojerosa, pero bien. Eso era lo único que importaba. De pronto el estrés que había sentido toda la semana se esfumó, lo cual me alegró tanto como me preocupó, porque aquello confirmaba que me había sentido así debido a su falta.
—¿Kaoru? —me llamó con una ceja en alto, para luego pasar la vista al frente, donde se encontraba un paciente temblando en una camilla. Emitía dolorosos quejidos y tenía toda la pinta de rufián, pero Megumi no discriminaba al atender— ¡Ven, necesito ayuda!
Ni me dio tiempo a cuestionarle nada. Guiada por la urgencia que tenía en manos, me acerqué a ella y al hombre herido. Megumi se ató el cabello con un pañuelo para evitar que sus mechones cayeran sobre la herida que tenía que cerrar en su pierna y me dio las vendas.
—¡Véndale el brazo!, ¡se infectará si dejamos la herida al aire!
Asentí una y otra vez drenando a la garganta de saliva y empecé a vendar su brazo lo mejor que podía. En éste yacía una cicatriz reciente que amagaba a sangrar.
—Megumi, esto... —Mis palabras quedaron ahogadas al admirar cómo cosía la extensa herida de su pierna con concentración. Sus ojos me decían que el tiempo se estaba acabando, pero sus manos demostraban una tranquila agilidad cuando clavaba la aguja en su piel y pasaba el hilo por ella repetidas veces para cerrar la herida.
En ese momento, como en otros tantos que presencié su trabajo, volví a pensar lo de siempre pero con más fuerza: ella nació para ser doctora. Ella nació para salvar vidas.
—Está oscureciendo... No veo bien. —Señaló un escritorio detrás de nosotras— ¡En el cajón hay velas! ¡Enciende una!
Asentí y fui hacia el escritorio apresurada. Encendí una vela y la acerqué.
—¿Así está bien? —pregunté. Megumi asintió sin quitar la vista de la herida.
Me mantuve a su lado unos largos minutos mientras ella terminaba de suturar. Su frente brillaba por el sudor. La examiné, preocupada, y comencé a buscar con los ojos alguna toalla o algo que pudiera utilizar. Encontré una colgada en una silla a mi lado. Con cuidado la llevé a su frente y empecé a limpiarla. Megumi me miró con cierta sorpresa y luego sonrió tenuemente.
—Gracias.
Yo le sonreí también y continué observando su arduo trabajo. Solo faltaba suturar uno de los vértices de la herida, lo demás ya se encontraba perfectamente cerrado.
«Es increíble...»
Pasado unos minutos más, Megumi retiró las manos del hombre dando por finalizado su trabajo. Suspiró, desatándose el cabello. Mis ojos, ensimismados, se perdieron en sus largos mechones cayendo en picada.
—Con esto será suficiente —murmuró, pasando la vista al brazo que yo había vendado. Sonrió—. Lo has hecho bien. Gracias, Kaoru, llegaste justo a tiempo. El doctor Gensai está atendiendo a otro paciente, por eso...
—Me alegra haber sido útil. —Miré con una sonrisa al desmayado hombre que ella había salvado de una muerte segura—. Pero no se compara a lo que tú hiciste por él. Eres increíble, Megumi.
Ella acomodó un largo mechón detrás de su oreja y suspiró con pesadez de nuevo, como si ahora se permitiera liberar todo el pesar que reprimió al atenderlo.
—Hice lo que tenía que hacer.
—Te ves cansada… ¿Cómo has estado?
Megumi esbozó una pequeña sonrisa y comenzó a sacarse la bata de doctora por la espalda. Estaba manchada de sangre.
—Ocupada.
—Me imagino... Kenshin me contó del accidente.
—¿Por eso viniste? —preguntó con los ojos cerrados, doblando la bata.
—¿Eh?
—¿Estabas preocupada por mí?
Desvié la vista, sintiéndome acorralada.
—Yo no...
—¿Me extrañaste?
—¡No! Solo… vine a traer un mensaje. Sanosuke va a hacer una fiesta en mi casa.
Megumi abrió los ojos, desentendida.
—¿Fiesta? ¿Sanosuke? ¿Yo invitada?
—Raro, lo sé.
—Hm... —Ella me escaneó de pies a cabeza sospechosamente—. Así que era por eso. Solo así vienes a visitarme, por un recado. —Hizo una mueca dramática—. Siempre tengo que ir yo a verte. Qué tristeza…
—No finjas… Tú solo vienes porque quieres ver a Kenshin. —dije con los dedos fruncidos en mi Kimono azul. Ella me mantuvo la mirada, inexpresiva, y pasó la atención al frente.
—No es así, también voy a molestarte. Ya sabes que no puedo vivir sin eso.
Silencio.
No pude decir nada contra su respuesta, contrario a otras ocasiones en las que hubiera empezado una ridícula pelea. Algo se sentía diferente en el ambiente, expectante. De lo único que fui capaz fue de espiarla de soslayo. Su rostro se mostraba pensativo.
—¿Vendrás? —pregunté en voz baja.
—¿Hm?
—A la fiesta de Sanosuke.
—¡Claro! —exclamó, juntando las manos—. No pienso perder la oportunidad de embriagar a Ken.
La lancé una mirada peligrosa.
—No te dejaré.
Ella rió en un murmullo.
—Si esperas a que me bañe, podemos ir juntas.
—¿Ah? Sí, claro. ¿Te ayudo a preparar el baño?
—Si serías tan amable. —Estiró la sonrisa— ¿Quieres bañarte conmigo?
—¡No! —exclamé. Enseguida me mordí la lengua por mi desastrosa reacción—. Es decir, ya me bañé antes de venir...
—Oh, qué lástima.
«¿Lástima?»
La seguí con los ojos, seguramente sonrojada, mientras ella se dirigía al cuarto de baño.
—La leña está afuera. —avisó, desapareciendo por un pasillo. Yo asentí y empecé a dirigirme hacia el patio. Rodeé la casa buscando la parte de afuera del baño para colocarle la leña que calentaría el agua.
«Sigue igual que siempre... La única que se siente diferente soy yo»
Pensaba mientras tiraba la leña que recogí en la chimenea del ofuro. La encendí y comencé a soplar el fuego a través de una vara de madera para avivarlo.
—¿Cómo está la temperatura? —pregunté, poniéndome de pie. Me asomé por la ventana del baño solo para terminar acalorada, y no por el vapor que escapaba de ésta. Su cuerpo desnudo era innecesariamente magistral, casi que me dañaba la vista.
—¡Perfecta! —respondió en un eco, metiéndose en la tina. Yo me di vuelta con torpeza.
«No la espíes... ¡No la espíes, tonta!»
Tarde. Mis ojos, desobedeciéndome, ya se encontraban deslizándose hacia ella otra vez. Tragué saliva al detallar sus voluptuosos pechos, en los cuales unas afortunadas gotas se resbalaban; sus largas y esbeltas piernas, que parecían las de una bailarina, y su calmado semblante rodeado de unos largos cabellos que flotaban a su alrededor. Megumi suspiró y yo cerré los puños. Le di la espalda. Ese suspiro había sonado demasiado incitante para mí.
«¡Deja de actuar como una idiota!»
Me insulté. Y ese solo sería el principio de todos los insultos que me dedicaría esa noche.
«De verdad... soy una idiota»
Y así, mientras continuaba refunfuñando por dentro, ella terminó de bañarse, se alistó y salimos de la clínica.
Megumi me observaba de reojo mientras caminábamos hacia mi hogar en un silencio un poco incómodo. Incómodo por mi culpa, pues no dejaba de sentir nuevas y extrañas sensaciones que solo atinaban a crecer y que no sabía cómo denominar. No eran claras, aún no podía ver a través de ellas, pero al menos conocía a la responsable de su despertar. Y, como casualmente se encontraba al lado mío, me limitaba a tener la mirada perdida en el horizonte y refregarme los brazos. El frío comenzaba a sentirse, más aún de noche.
—¿Tienes frío? —Me despabiló su voz—. El clima cambió de repente.
—El otoño está empezando. —contesté con melancolía. Hacía ya dos estaciones que Megumi se encontraba con nosotros. Desde que Kenshin apareció en mi vida el tiempo parecía pasar volando. No obstante, ese otoño resultaría ser el más largo e importante de mi vida. Lo que ocurriría, quién me abandonaría y quién me consolaría, serían los culpables de unas sensaciones que jamás olvidaría.
Marcarían un antes y un después para siempre en mi vida.
Ella me contempló unos momentos y comenzó a sacarse su Haori. Parpadeé cuando sentí cómo lo colocaba en mis hombros. Pasé la visión a ella. Me sonreía con amabilidad.
—No hace falta que...
—Yo no tengo frío, no soy tan debilucha como tú. —dijo, estirando una comisura. Yo reforcé el Haori en mis hombros. Olía bien, a ella.
—¡No soy debilucha! Solo… ¿Qué haremos si por mi culpa se resfría la mejor doctora que conozco?
Megumi ensanchó los ojos y luego suavizó la sonrisa.
—Tendrás que cuidarme, entonces. Será tu responsabilidad.
Devolví la vista al frente tratando de no pensar en el calor que incendiaba mis mejillas gracias a su petición. Estábamos llegando.
—Solo lo haré para saldar esta deuda, ¡solo por eso!
Megumi se echó a reír mientras nos deteníamos en la entrada de mi hogar. Dudó antes de entrar.
—¿Qué sucede? —le pregunté, sosteniendo la puerta para que pasara.
Ella bajó el rostro con una expresión indecisa y me miró con la misma. Sus ojos brillaban tímidamente.
—¿De verdad... soy bienvenida aquí?
Me quedé observándola con un nudo formándose en la garganta. Megumi... Ella aún no se sentía bienvenida. ¿Quizás por mi cambiante actitud?, ¿era mi culpa? Pensaba. Tal vez se tomó muy en serio esas veces que la eché porque creía que se pasaba de lista con Kenshin, pero ya hacía bastante que no me comportaba así. ¿Será que esas situaciones quedaron marcadas en su corazón? ¿O será que ella no sabía lo importante que su presencia era para mí? El solo pensar que era mi culpa que se sintiera apartada me hacía sentir condenadamente mal.
Descendí los párpados con pesadumbre y sujeté su mano, dispuesta a mostrarle la realidad. Ella apenas levantó el mentón.
—Siempre. Eres y siempre serás bienvenida, Megumi. —Le sonreí, entrelazando nuestros dedos. Megumi separó los labios con sorpresa. Éstos lentamente comenzaban a dibujar una sonrisa agradecida—. Vamos, nuestros amigos nos esperan.
Ella asintió, reforzando el agarre, y retomó los pasos conmigo. No tenía intenciones de soltar mi mano y yo tampoco la de ella. Me encontraba muy cómoda así.
—Ya ansío verte ebria, seguramente será un espectáculo memorable. —dijo, recuperando la compostura.
—¡No voy a emborracharme!
—Ya veremos cómo terminarás. —Me guiñó un ojo.
En pie, pensé. No me embriagaría. Además de que era menor para beber, tenía que vigilarla para que las cosas con Kenshin no se salieran de control. Sin embargo, lo que no sabía era que igualmente se saldrían de control, pero no entre Megumi y él.
Sino entre nosotras dos.
Continuará...
¡Gracias por leer, gente linda! Y sí que es una sorpresa que justamente lean a esta pareja tan peculiar que se me ocurrió, ¡mil gracias por darle una oportunidad! Al final la historia se está alargando un poquito más. Hay demasiado material por explotar que no pueeedo pasar por alto.
¡Los leo en el próximo capítulo, entonces!
Kaoru Tanuki: ¡Gracias por leer y comentar! Me alegra que la historia te esté gustando e incluso que te parezcan coherentes las situaciones que plasmo. ¡Ah! Y es todo un honor que éste fic sea tu primer yuri. Bienvenida al lado oscuro :) jajaja ¡Te leo en el próximo, beso!
Setsuna M: ¡Gracias por leer y comentar! ¡Qué bueno que te esté gustando la historia! Estoy tratando de llevarla lo mejor que puedo para que no quede todo muy descolocado, espero que esté resultando jajaja ¡Te leo en el próximo, beso!
