Holiii. Sí, aparecí. Perrrdón por la desaparición. Esta cuarentena me pegó duro, pero acá estoy con un capítulo más.

¡Espero que anden bien y cuidándose muuucho!

Los dejo con la lectura.


La furia del mapache

Esa noche tuve un sueño extraño. Hoy en día puedo decir que fue una premonición de lo que vendría al despertar.

En el sueño estábamos Kaoru y yo en lo alto de una montaña. Contemplábamos el atardecer con melancolía. Ella me agarraba la mano con firmeza, haciéndome sentir su calidez. No quería soltarla, así que desconozco porqué de repente la solté. Hubiera tenido más sentido que ella me soltara, pero no.

Fui yo.

La solté. Miré el abundante mar bajo nuestros pies, observé sus ojos una última vez y me dejé caer al precipicio.

Ella, con una mueca desesperada, estiró la mano para atajarme, sin embargo, ya era tarde. No podía detener la inevitable caída que yo misma había provocado. No tenía miedo de morir. Parecía desear la muerte.

Y entonces, en medio de la caída y mientras detallaba cómo el rostro de Kaoru se hacía cada vez más pequeño, entendí porqué la deseaba: con ella lograría la liberación. Pero no la mía, sino la de Kaoru.

La estaba dejando en libertad.

Antes de estamparme contra el mar, abrí los ojos de golpe. Lágrimas se asomaban por los bordes de mis ojos. Las sentía allí, luchando para no resbalarse por ellos. Ahí permanecí, congelada pero con el corazón a mil, cuando lo primero que vi fue el pacífico rostro de Kaoru sumido en mí pecho. Dormía tranquila y ajena a mi rápido latir, que debía estar retumbando en su frente.

—Qué sueño tan infantil… —musité, relajando los párpados—. Parece sacado de una novela romántica barata.

Deslicé la mano por su espalda y la apreté contra mi cuerpo para sentir su calor. Todavía intentaba hacerle entender a mi mente que lo sucedido entre nosotras fue real. Haber sentido sus labios, su piel, escuchar su voz placentera... Aún resonaba en mis oídos su recuerdo.

Kaoru se revolvió un poco sobre mi pecho, haciéndome pensar que iba a despertar. No obstante, lo único que hizo fue acomodarse mejor como un lindo cachorrito.

Sonreí.

—¿Estás cómoda, mapache? —susurré en su oído, buscando despertarla. Ya era de mañana, y lo que menos quería era que los demás nos encontraran acurrucadas. Aún no sabía si Kaoru recordaba todo lo que había pasado la noche anterior. No quería perjudicarla—. Es hora de despertar, dormilona.

—Mh…

Kaoru empezó a abrir los ojos con lentitud. El sueño estaba a punto de terminar, dando paso a la realidad. Una que Kaoru debía elegir:

Kenshin o yo.

Sus pupilas se clavaron en las mías, adormecidas. Gradualmente comenzaban a ensancharse.

—¿Me… gumi?

Y ahí empezaría mi pesadilla.

—¡¿Megumi?!

Se sentó de un tirón, tal como si una cuerda la hubiera jalado, y me miró desde lo alto con una expresión desentendida. Yo le mantuve la mirada y suspiré.

—Sí, ese es mi nombre. Gracias por recordármelo. —dije, recargando la cabeza en mi mano.

—¿Eh? ¿Qué? —Kaoru echó un rápido vistazo a su alrededor, buscando pistas. Algo conocido, un recuerdo, lo que fuere— ¿Cómo…?

—¿Llegaste aquí? Simple, gracias al Sake.

Kaoru volvió la vista a mí, mordiéndose el borde del labio. No decía nada. Su cabeza era un caos y su rostro un reflejo de ella.

—¿Te acuerdas de algo? —pregunté ante su silencio. Ella desvió la mirada con las mejillas entrando en calor.

—Tengo… unas imágenes aquí y otras allá. Nada concreto. —Se rascó la cabeza, quejándose en el medio—. Me duele…

—Porque te tomaste la vida, por eso te duele —corregí, incorporándome—. No te preocupes, tengo medicina para la resaca en la clínica. —agregué, acariciándole la cabeza.

—Oh, g-gracias. Eso ayudará.

Kaoru no se atrevía a mirarme a los ojos. Yo, por el contrario, sí veía los suyos con claridad. Eran unos ojos que no sabían dónde estaban parados, que se movían inquietos de izquierda a derecha seguramente imitando a sus pensamientos, los cuales trataban de hallar una respuesta cuerda al hecho de haber despertado en brazos de su "supuesta enemiga". Kaoru estaba desconcertada, y me lo advirtió la noche pasada. Sabía que iba a colapsar. Por eso me dio una importante tarea: recordarle dicha noche para así poder enfrentarme. Esas fueron sus palabras.

Tragué saliva, nerviosa. ¿Cómo contarle lo que pasó entre nosotras sin el constante temor de que saliera corriendo?

—Kaoru.

Kaoru se animó a observarme, apenas. Su cabeza se mantenía inclinada cual niña castigada.

—¿Quieres saber lo que pasó? —pregunté, pasando la mano por su espalda. Ella por fin levantó el rostro. No podía encontrarse más endurecido.

—Yo… —dudó, haciéndome dudar a mí también—. Sí.

Casi se me escapó un gritito. Entonces era cierto… Kaoru estaba dispuesta a enfrentarme, por ende, yo también debía corresponderle con lo mismo.

Me acomodé en el futón, como si buscar una mejor posición aflojara la tensión en el aire, y agarré sus manos.

—¿Me prometes que no vas a salir corriendo cuando te lo diga?

Kaoru asintió, poniéndose firme.

—Lo prometo.

Sonreí de soslayo y miré sus pequeñas manos entre las mías. Me fue imposible no acariciarlas con los pulgares.

—De acuerdo… —Tomé aire, preparándome para el importante discurso que tenía que dar. Al final, yo estaba más asustada que ella—. Kaoru, la verdad es que…

El ruido de la puerta arrastrándose me interrumpió. Y me asustó, dicho sea de paso. Las dos miramos la puerta y nos tropezamos con un espadachín que nos observaba curioso con la mano apoyada en el marco.

—Oh, Kaoru-dono, aquí estabas. —Kenshin le sonrió y pasó la vista a mí—. Tú también, Megumi-dono. Me preocupé al no encontrarlas.

Kenshin resultó ser un inoportuno. Creo que esa fue la primera vez que estuve a punto de detestarlo.

Justo ahora…

Bajé los ojos y afiné la vista en su abdomen. Tenía un moretón al costado que me llamó la atención. Por el color rojizo, deduje que era reciente.

¿Una pelea?

—¡Kenshin! —Kaoru reaccionó primero y se levantó tan rápido que tuve que apoyar las manos en el futón para no caer hacia atrás— ¿Dónde te habías metido? ¡Soy yo la preocupada!, ¡desapareciste en medio de la noche!

Ajá, así que eso lo recuerdas. Qué agradable coincidencia.

—¿Oro? Ah, eso… —Kenshin se rascó la cabeza con una sonrisa tensa—. Fui a dar un paseo.

—¿Qué clase de paseo? —Kaoru no le creyó ni una sola palabra— ¿Y qué hay de Sano? ¿Él fue contigo?

—Hm…, algo así.

—Kenshin… —Kaoru gruñó su nombre y el espadachín ya sabía que se encontraba en problemas. Pero, para su fortuna, Kaoru estaba muy adolorida como para enojarse—. Ah… Se me parte la cabeza. Dejaremos el castigo para después, ¡pero prométeme que no vas a volver a desaparecer así!

Kenshin soltó una risita.

—Lo prometo.

Eso dijo, pero no hizo honor a su palabra. Kenshin volvió a desaparecer unas semanas después de ese día.

—De verdad..., lo único que haces es preocuparme. —Kaoru puso una mano en su hombro. Kenshin suavizó la sonrisa y cerró los dedos en su mano.

Y mientras yo los miraba… Mientras veía desde mi lugar, desdichada, como Kenshin le acariciaba la mano con disimulo y Kaoru le sonreía al hablarle, algo se quebró en mí. El tiempo se detuvo, dejándome estancada en un cruel estado.

No era la primera vez que contemplaba una escena de aquella índole, pero gracias a lo que pasó entre nosotras... me era imposible verla como antes. Ya no podía aguantarla. Ni a ese panorama, ni a la verdad que vino con él, que, odiosa, decidió revelarse en mi mejor momento, como si lo hiciera apropósito para opacar la esperanza que había nacido luego de esa noche. Pensé… Lastimosamente pensé que Kenshin era lo que Kaoru necesitaba. Ver esa imagen de ellos dos sonrientes en su propio mundo, tal como si yo no existiera, me hizo caer en una terrible realidad que muy inconscientemente venía evitando para no verla.

Yo no podía hacer feliz a Kaoru.

Por mujer, por débil, por la maldita era en la que vivíamos. Por todo. Kenshin podía darle estabilidad, seguridad, una vida dentro de todo tranquila y normal. Hijos… Una familia. En cambio, en el caso de que milagrosamente Kaoru me eligiera, conmigo todo sería un tormento. Sin hijos, sin estabilidad, sin futuro. Ella tendría que pasar terribles adversidades por estar con alguien como yo; con una mujer. El rechazo de las personas, incluso el odio de algunas. ¿Y si Kaoru perdía su prestigio por mi culpa? ¿Y si nadie quería que sus hijos estudiaran con ella solo por ser diferente? Si se quedaba conmigo podía perder hasta el dōjō y los pocos estudiantes que tenía, por ende, también la estabilidad económica que tanto le costaba alcanzar y también la estabilidad emocional. Porque el dōjō lo era todo para Kaoru. Era el legado de su familia, lo único que le quedaba.

Caóticas ideas me atacaban una atrás de la otra sin darme tregua; todas puntiagudas y peligrosas. Por haber logrado un avance aparecieron, como si hubieran estado dormidas y esperando el instante perfecto para destruir mi felicidad. Compararme con Kenshin fue la cereza del postre. Nunca lo había hecho, hasta hoy. Y me pegó duro. Muy duro.

Sin salida, así me sentía.

De pronto me costaba respirar. Me estaba ahogando en esa maldita realidad que nunca quise ver. ¿Qué estaba haciendo tratando de seducirla? Yo podía arruinar su vida, realmente podía arruinarla. Por no decir que si no estuviéramos en Tokyo, directamente la estaría condenando a muerte.

Y yo… Yo la amaba demasiado como para arruinarle la vida.

Bajé la cabeza, conteniendo las lágrimas.

Ojalá no hubiera llegado tan lejos…, de esa forma esto no sería tan doloroso.

Pensaba, tragando pesado para descontracturar la garganta. No podía llorar frente a ellos, no podía decirle la verdad a Kaoru, no con la desgracia que caería sobre sus hombros. Ella sería duramente juzgada. Yo estaba acostumbrada al rechazo, pero ella no. Kaoru no podría soportarlo, y yo no podría soportar verla herida. Por eso…

—Por eso…

Debo dejarte en libertad.

Kaoru giró el rostro hacia mí al escucharme.

—¡Ah, Megumi! —exclamó, para luego volverse a Kenshin—. Kenshin, ¿podrías ir a preparar el desayuno? Tengo que hablar unas cosas con ella.

Abrí los ojos de par en par. Kaoru seguía dispuesta a enfrentarme, y lo estaba dejando bien claro delante de ¿la persona que supuestamente amaba?

Kenshin le mantuvo la mirada un momento y esbozó una sonrisa amable.

—De acuerdo. ¿Pescado?

—¡Pescado! De cualquier forma, no hay otra cosa… —agregó Kaoru, riendo. Solo le quedaba reírse de su pobreza, cualidad que admiraba.

Kenshin se retiró en paz. Un aura de sabiduría lo seguía como una sombra. Conociéndolo, seguro era consciente de lo que estaba ocurriendo entre nosotras. A ese espadachín no se le escapaba nada. Tanto era sí, que daba miedo.

Kaoru lo siguió con los ojos hasta verlo desaparecer por un pasillo y cerró la puerta de la habitación. Yo, para ese momento, ya estaba decidida. Dolida, pero decidida.

—Lamento la interrupción. —me dijo, acercándose. Yo me puse de pie, la esquivé y fui hasta el armario donde había guardado mi ropa.

—No pasa nada. Deberías ir a ayudarlo, parecía cansado.

—¡No hace falta! Además, si lo ayudo terminarás vomitando el desayuno.

—No voy a quedarme a desayunar.

—¿Eh? ¿Por qué no? —preguntó, caminando hacia mí. Yo puse una necesaria distancia mientras me desvestía para ponerme el Haori—. No voy a dejarte ir sin que comas algo. Tú más que nadie deberías saber que arrancar el día sin comer no es sano.

—Voy a desayunar en la clínica. No te preocupes, Kaoru.

Kaoru alzó una ceja por mi repentino cambio de humor. Se quedó en silencio unos largos segundos donde intuí lo que seguiría.

—Oye, um… Me imagino que no te vas a ir sin contarme lo que pasó. —dijo, tratando de sonar graciosa. Estaba nerviosa.

—¿Hm? ¿Qué cosa? —inquirí, pasando los brazos por las mangas del Haori.

—Ya sabes… Lo que estabas por decirme. Lo de anoche. Siento que hice un berrinche o algo así. Para que me digas que no salga corriendo… debió ser grave. Nunca había bebido, por eso…

—Ah, ¿eso? Tranquila. No es el primer berrinche que haces. —contesté, terminando de vestirme.

—Pero, como te dije, tengo unas imágenes algo… —Antes de continuar, se aclaró la garganta con una ridícula sonrisa que, como siempre, me provocó una ternura desmedida que tuve que reprimir—… algo subidas de tono. Y quisiera saber si es mi loca imaginación o si son reales.

—¿Reales?

—Es decir, si nosotras hicimos… eso. —finalizó, roja hasta las orejas.

El esfuerzo que tuve que hacer para no lanzarme hacia ella y abrazarla hasta básicamente asfixiarla fue sobrehumano.

—Oh… Eso. —respondí, inexpresiva.

—Sí…, eso.

No podía creer lo que Kaoru estaba preguntando. Pensé que iba a esperar en silencio una explicación de mi parte, no me la imaginaba tan osada como para encararme así. Bueno, ese mapache con los hombros pegados al cuello y totalmente colorado no era la mejor definición de "osada". Pero, aún así, ahí estaba, intentando aclarar las cosas. No evitándolas como yo haría a continuación.

Me refregué la frente en un intento de que no viera las lágrimas que querían escapar debido a la impotencia.

Odio esto. ¡Odio todo esto!

Debía recomponerme por su bien. Por su futuro, debía hacerlo. Era mejor terminar todo ahora. Ahora donde Kaoru aún no tenía en claro sus sentimientos. Dejarla en este mundo donde ella estaba enamorada de Kenshin era lo correcto. Si le contara lo que pasó entre nosotras, solo conseguiría confundirla. ¿Qué caso tenía confundirla si no íbamos a poder estar juntas?

Respiré hondo, preparándome para encarnar a un desagradable personaje. Ya con el guión memorizado, caminé hasta ella acomodándome el Haori con una fingida naturalidad.

—¿Qué es esto? ¿Ahora resulta que tienes sueños eróticos conmigo, mapache? —bromeé. Kaoru ensanchó los ojos.

—¿Un… sueño? ¿Eso fue? —inquirió estupefacta, casi decepcionada y sin intenciones de ocultar esa decepción. Yo también quedé perpleja.

Que no negara el "haber soñado conmigo" me preocupó tanto como me brindó una fugaz sensación de felicidad que poco tardó en convertirse en agonía.

Kaoru… ¿Ella en verdad siente algo por mí? Y si lo hace, estoy haciendo esto muy tarde.

Y soy muy cruel, pensé. Soy la peor zorra de todas.

—Entonces, ¿qué fue lo que pasó? —preguntó, decaída. Yo morí al ver sus ojitos tristes.

—¿Qué harás cuando lo sepas? —dije, parándome frente a ella. Eso no debía decirlo, no estaba en el guión. Mi respuesta fríamente planeada era "nada". Nada en absoluto. Pero parece que tan fría no me encontraba.

Kaoru titubeó antes de contestar:

—Enfrentarte.

Ah. De verdad… Ah.

La mocosa no podía hacérmelo más difícil. Me iría de esa casa con el corazón destrozado, sí, acababa de confirmarlo. Pero al menos también me iría con la verdad. Ella no mintió, estaba dispuesta a enfrentarme, tal como dijo. Y en silencio lo agradecí.

Con una pequeña sonrisa, que no pude evitar delinear, llevé una mano a su mejilla y la pellizqué.

—Tontita, no pasó nada anoche. Te lo dije. Ayer te tomaste la vida y terminaste sintiéndote mal, así que te traje aquí para que descansaras. Todo lo demás fue tu loquita imaginación.

—¿Y por qué te quedaste conmigo? ¿Por qué… me estabas abrazando?

Insistía. El maldito mapache insistía. Quería destruirme.

—Tú eres la que se me pegó, mocosa. Sí que tienes sueños candentes…

—¡Por qué te quedaste conmigo! —repitió en un grito, apretando los puños. Kaoru estaba irritada. Irritada porque un lado de ella seguro sabía la verdad.

—Porque no podía dejarte sola en ese patético estado. Temía que te ahogaras con tu vómito, que, a todo esto, no lanzaste de puro milagro.

Me mantuve firme y observándola con seriedad. Ella también. Kaoru me miraba con dureza, desafiándome, tratando de quebrarme. Lo estaba logrando. Si no huía rápido de ahí tiraría muy abajo mi discurso con un desaforado arranque.

—Pero… fue tan real —musitó, sonrojándose—. Si pasó algo, prefiero que me lo digas para…

—Kaoru, tranquila. —Le acaricié la mejilla, buscando sosegarla—. No pasó nada. ¿Qué podría pasar? Las dos somos mujeres.

Ella agrandó los ojos y los dejó caer al tiempo que arrugaba la frente.

—¿Y qué?

Mi corazón se descabelló.

—¿Y eso qué tiene? —preguntó, levantando la voz—. Tú no discriminas al atender rufianes, ¿acaso esto no es lo mismo? ¿Por qué tiene que ser malo? No lo digo por nosotras, sino en general... Ya sabes.

Mierda.

Estreché los ojos. Me ardían.

Mierda, mierda, mierda.

La garganta se hacía un nudo, el pecho me pesaba y la fuerza me abandonaba. Estaba a punto de llorar.

—No dije que fuera algo malo, solo… no es muy común. Y podría traer problemas.

—¿A nosotras?

—No estoy hablando de nosotras, y tú tampoco. Acabas de decirlo.

—¡Pero-

—Kaoru, ¿qué te pasa? —dije ya un poco impaciente. No con ella, sino conmigo. No me soportaba. Finalmente parecía estar consiguiendo lo que tanto había anhelado, y, sin embargo, no podía tenerlo—. Todo está bien. Preocúpate por descansar.

Kaoru ladeó el rostro entre enojada y entristecida. Enojada, seguramente, por mi contradicción. Por haberme mostrado por tanto tiempo de una forma y ahora resultar otra.

—Ya descansé… contigo. —dijo en un dulce murmullo que me derritió.

Dios…, dame fuerzas.

Quería besarla tanto, tanto… Estaba por perder el control.

—Me refiero a tu resaca, tontita. —Pellizqué su mejilla de nuevo, logrando que volviera los ojos a mí—. Luego mandaré con el doctor Gensai una medicina que te dejará como nueva, ¿de acuerdo?

—¿Por qué no la traes tú?

Ah… Voy a explotar.

—Mocosa, tengo trabajo que hacer. Yo no soy una vaga como tú.

—Entonces, iré yo a buscarla.

—¡No!

Kaoru se sobresaltó ante mi reacción. Yo también me desorienté. Quedé absolutamente inmóvil luego de gritarle. No lo vi venir, al igual que todo lo que estaba sintiendo. Quería besarla, salvarla, gritarle, golpearme. Mi cabeza era un desastre.

—Pe... Perdóname —murmuré, tratando de sonreír—. Estás muy caprichosa hoy, Kaoru. Perdí un poco la paciencia.

Kaoru me miró con una visible desilusión y esquivó mis ojos.

—¿Caprichosa? Sí, lo soy. Después de todo, soy una mocosa. —No pasé desapercibido el sarcasmo en su voz—. Pero pensé que te gustaba así.

¿Gustar? Gustar me queda corto.

Tragué saliva con esfuerzo y me forcé a continuar sonriendo. No iba a durar mucho más con las comisuras levantadas.

—Debo irme ya —dije, dándome media vuelta para abrir la puerta—. Vamos, ve con Kenshin. Te está esperando.

Kaoru no pudo disimular la sorpresa de que fuera yo, la zorra madre, la que la enviara con Kenshin. Por querer fingir, me pasé. Me pasé mucho. Eso era, en efecto, muy sospechoso.

—¿Qué? —le pregunté, al ver que no me quitaba la vista de encima.

Kaoru achinó los ojos de un modo que me hizo reprimir una risita y salió al pasillo.

—Nada. Te acompaño a la entrada.

Negar su compañía ya hubiera sido demasiado, así que me limité a seguirla por los pasillos de la casa. Y mientras veía su delgada espalda desde atrás, lo único que podía pensar era que no quería irme. No quería dejarla. Cada paso que Kaoru daba me desesperaba porque era un paso más hacia la despedida, una más larga de la que ella pensaba.

Kaoru se detuvo en la entrada del patio y me observó con un aire de melancolía. Estaba enojada conmigo, y con buenas razones. Terminé tratándola mal.

—Entonces, supongo que acá nos despedimos. —dijo.

"Despedirnos". Esa simple pero crucial palabra me atravesó el cerebro escoltada de una panicosa sensación. De pronto, me puse en blanco y en un impulso agarré su brazo con fuerza. Kaoru pestañeó.

—¿Megumi?

Yo le mantuve la mirada con una expresión de dolor y reforcé el agarre, pero solo hice. A pesar de que mis labios se abrieron para gritar la verdad que tenía escondida en la garganta, me obligué a cerrarlos.

No puedo...

Y con un amargo sentimiento apuñalándome por dentro, la solté.

—Sí, acá nos despedimos. —contesté, pasando delante de ella para salir de su casa. Kaoru me siguió con unos ojos tristes que sentí clavados en la espalda.

—Nos veremos... —La escuché decir, ya a lo lejos.

Y así, con ese saludo cortante de ambas partes, nos despedimos por lo que serían unas buenas semanas.

Yo… decidí alejarme de Kaoru para así poder olvidarla. Y salvarla de mí. No me sentí con más opciones que esa: una cobarde pero que, a fin de cuentas, no causaba arrepentimiento. Porque lo hacía por ella. Lo hacía por puro amor. Para que pudiera vivir una vida tranquila y normal.

Solo en pocas ocasiones nos vimos de nuevo y en esas ocasiones traté de actuar normal, pero intuyo que habrá notado que yo ya no la buscaba, no la abrazaba ni la burlaba. Me dirigía a ella con cordialidad, la suficiente como para no parecer cruel. Sin embargo, posiblemente lo parecí igual. Puesto que Kaoru, luego de tanta insistencia de su parte, también dejó de buscarme. En especial cuando una caótica situación se hizo presente, una que comenzó a asechar a Kenshin desde las sombras. Un caos realmente oscuro que traía consigo desde hacía tiempo:

Su pasado.

Y por ese mismo caos… Por ese dolor que comenzó en Kenshin pero que terminó en Kaoru, decidí aparecer de nuevo. Lo hice porque no pude soportar sus lágrimas, su agonía y, más aún, la cara depresiva que ahora me encontraba viendo desde lo alto, pues, Kaoru no se dignaba a salir de la cama. Desde que él partió a Kyoto en búsqueda de Makoto Shishio, Kaoru cayó en una depresión.

Me sorprendió.

Ella, una chica tan fuerte, cayendo tan bajo… Pensé lo peor: su amor por Kenshin era mucho más del que imaginaba. Y estaba bien. Así tenía que ser, aunque doliera.

No me sentía con la fuerza para enfrentarla luego de haberla estado evitando por semanas, pero debía hacerlo. Si podía ayudarla… Si al menos podía hacer algo por ella, lo haría. La salvaría de la depresión tal como ella me salvó a mí en su momento. Le sacaría una sonrisa aunque fuera a la fuerza. Se lo debía.

Sin embargo, Kaoru, cuando me vio… Jamás voy a olvidar esos ojos inmersos de ojeras que me fulminaron disgustados y furiosos.

—¿Qué haces aquí?

Yo ya no era bienvenida.

Hasta aquí nos trajo nuestra historia, a este preciso momento. Y a partir de acá, de la partida de Kenshin, ya no sé más nada. No tengo idea de lo que piensa Kaoru, solo puedo sentir su enojo. Pero lo que sí sé es que no aguantaré un minuto más verla autocompadecerse.

Voy a hacerla entrar en razón, incluso aunque me gane aún más su odio por ello.

-/-

Mentirosa.

Me froté el cuello con fuerza, sollozando.

—Mentirosa, mentirosa, ¡mentirosa!

Estampé las manos en el espejo. Lágrimas se resbalaban por mis mejillas. Demasiadas. Creo que nunca había llorando tanto en mi vida, y todo era culpa de ella.

De ese zorro mentiroso.

Aspirando las lágrimas, giré el cuello hacia la derecha y volví a mirarme al espejo. El llanto aumentó.

Una pequeña marca roja, casi morada, decoraba mi piel. Una marca imborrable, al menos por ahora. Aunque la frotaba y la frotaba no se iba, por el contrario, crecía como si fuera una maldición. A pesar de ser una niña, no era tan estúpida como para no saber lo que era aquello.

—¿Por qué…? ¿Por qué me mintió? ¡Qué clase de idiota te viene a mentir habiéndote dejado una maldita marca!

¿Acaso pensó que no lo iba a descubrir nunca?, ¿siquiera sabe que me hizo esto?

Una marca de sus labios, eso tenía en el cuello. Como si fuera con fuego, Megumi me dejó tatuada su esencia. Eso era todo lo contrario a "no pasó nada".

—Idiota… ¡Eres una imbécil!

Caí de rodillas al suelo, tapándome la boca. No quería que me escucharan llorar, menos Kenshin.

Estaba desesperada, ¡y muy avergonzada! Seguía sin recordar bien lo sucedido, lo cual me desquiciaba. Los recuerdos solo llegaban hasta la última tanda de Sake que bebimos en el patio, ahí donde hablamos de su futuro y donde me propuso irme con ella a Alemania en caso de que se diera la oportunidad. Luego de tal propuesta, que me hizo pensar que Megumi tenía quizás, y solo quizás, otras intenciones conmigo, básicamente bebí. Bebí todo lo que pude beber para no caer en un nerviosismo histérico. Al final, terminé cayendo en una borrachera que me borró la mayoría de los siguientes momentos. Sin embargo, algunos recordaba, aunque no estaba segura de que fueran ciertos. Y esos eran los que Megumi negaba.

Lo único bueno que podía rescatar era que yo no estaba loca. Al menos sabía que esas pocas imágenes que tenía de la noche anterior eran de confianza. Si las unía al extraño comportamiento de Megumi y a la marca de mi cuello, todo encajaba. Confirmado, había pasado algo entre nosotras. No sabía bien qué, pero para tener sus labios marcados en mi piel…, algo, al menos un pequeño momento, debió haber pasado. Uno que yo permití.

Fruncí los dedos contra la boca, sonrojada.

Yo… en algún momento de la noche dejé a mis sentimientos en libertad.

Entonces, la situación que me rodeaba era ¿un rechazo? ¿Megumi se arrepintió y por eso escapó? ¿Pero por qué no decírmelo en la cara?

"Estaba borracha, lo siento".

Solo eso necesitaba. La verdad, aunque doliera.

Doliera… No, duele.

Me recargué en la pared de mi habitación con la cabeza gacha.

—Esa verdad…

Esa verdad podría sumar a mi confusión, sí. Era cierto. Estaba empezando a tener extraños sentimientos por Megumi, ya no podía negarlo. Hacía un tiempo que éstos venían creciendo en mi interior casi sin que me diera cuenta. Con excusas, con mentiras, los tapé. Si ella hubiera aceptado tener los mismos sentimientos, quizás yo… no hubiera sabido qué decirle. No estaba lista. ¿Es por eso que negó todo? ¿Fue pura conveniencia para evitar que la rechazara? ¿Fue una cobarde? ¿Eligió el camino fácil?

¿O solo jugó conmigo?

Esa última opción se clavó directo en mi pecho, punzante. Conociéndome, ni aunque estuviera borracha haría algo que no quisiera. Si yo decidí hacer lo que creo que hice con ella... fue porque era mi deseo. Un sector muy reprimido de mí lo deseaba. En cambio, Megumi...

¿Solo fui una partida más de las tantas que debe tener?

Negué con la cabeza, limpiándome las lágrimas.

—Cobarde o no, jugadora o no, ocultó un hecho importante. ¡No estuvo bien lo que hizo! ¡Y debo hacérselo saber!

Me convencí de que tenía que hablar con ella lo antes posible, aunque en realidad esa era una mera excusa para verla. Sin embargo, para mi desgracia, lo antes posible se convirtió en nunca. A pesar de que los días siguientes la busqué para que podamos aclarar el tema, ella se limitó a salir con alguna excusa para evitarlo. Y evitarme. Casi ni nos veíamos. Y cuando lo hacíamos, era una fachada, una mentira, al igual que su gran boca. Su comportamiento había cambiado, haciendo aún más sospechosa la situación.

Yo no sabía con exactitud lo que sentía por ella, pero estaba dispuesta a averiguarlo, a aclarar mis sentimientos de una buena vez. Y ella… Ella no. Después de lo que me hizo, simplemente huyó.

Mentirosa, cobarde.

Luego de unos días más insistiendo, dejé de buscarla. La furia fue mi principal razón, el orgullo la segunda y la decepción la tercera. Si Megumi no quería saber nada de mí, así sería. Eso pensé. No sabría nunca más nada de mí. Gracias a ella mi cabeza era un desastre, un maldito remolino. Hasta me hizo dudar de mis sentimientos por Kenshin, ¡todo era su culpa! ¡Que yo fuera un desastre era su culpa! Y resultó ser que la maldita culpable terminó siendo una gallina.

Ja… Patético.

Ya no iba a preocuparme por ella, no más. Me prometí aquello. No valía la pena preocuparse por una gallina.

Y, como si el destino se pusiera de mi lado para ayudarme a olvidarla, un terrible acontecimiento pasó. Uno que hizo que por unos momentos consiguiera distraerme: la aparición del lobo, Hajime Saitō, y la resurrección de Makoto Shishio, el destajador más despiadado de la historia y, ahora, enemigo de Kenshin. Mi corazón dio un vuelco de trescientos sesenta grados. Toda mi atención pasó nuevamente a Kenshin esa última y terrible semana que pasamos todos juntos. Me era inconcebible aceptar la idea de que Kenshin tuviera la responsabilidad de salvar al país. ¡Solo era un hombre! ¡Por qué abusaban de su fuerza y amabilidad! Y por qué… el muy tonto se dejaba abusar.

Tanto yo como los demás, incluida Megumi, quién seguía evitándome, nos opusimos a su partida a Kyoto. Pero, como temía, luego de despedirse de mí... Kenshin se marchó, dejándome con el recuerdo de su calor, que me brindó al abrazarme por primera y última vez, y con el corazón destrozado. Más de lo que ya estaba.

En ese preciso momento en el que me encontraba de rodillas llorando por él sin poder decir ni una sola palabra, toqué fondo. Todo se nubló y perdió sentido.

Todos me abandonan.

Mi padre, mi madre, Kenshin…, Megumi.

Nunca me había sentido tan sola en mi vida. Toda la fortaleza que cultivé durante años se fue en un solo segundo, en una sola despedida. Porque esa despedida fue un reflejo de las demás, un recordatorio de que nada es para siempre. No estaba triste solo por la partida de Kenshin, sino también por todos los que me abandonaron antes y, seguramente, por los que tarde o temprano me abandonarían.

Como guerrera que me consideraba, nunca quise mostrar ese lado vulnerable a nadie. Pero… la verdad es que siempre temí quedarme sola. No soporto la soledad. Con ella aparecen mis voces internas, que no dejan chillar. Pero menos soporto perder a la gente que quiero.

Y las estaba perdiendo una por una.

Me acurruqué en el futón y me arropé hasta las orejas. Hacía días que no salía de casa. Me dedicaba a vagabundear por ella como si fuera un fantasma; recorriendo los pasillos con el Yukata desarreglado, paseando por los alrededores con la mente en blanco. Había perdido las ganas de comer, en otras palabras, de vivir. Primero Megumi, luego Kenshin… ¿Quién seguía? ¿Yahiko?

Él también algún día se va a ir.

Me tapé con la sábana hasta la cabeza. No quería pensar en eso, en mi debilidad. Oculté durante tantos años aquel miedo a la soledad que terminé estallando.

Yo soy la patética, yo soy la cobarde que no pudo detener a Kenshin. Ya no hay nada qué hacer. Si se fue es porque no me necesita, al igual que…

Arrugué la frente, enojándome, y me di media vuelta.

—Al igual que ese maldito zo-

La puerta corrediza de mi habitación se abrió de golpe, sobresaltándome. Me senté de golpe, ignorando los grititos sorprendidos de Tae y Sae, mis amigas del restaurante familiar que habían venido a apoyarme sin conseguir resultado alguno.

Levanté la vista y mi mandíbula se desencajó al encontrarme con la dueña de mis pensamientos.

—No puedo creerlo… ¿Todavía sigues aquí, mapache?

Una inmediata furia se apropió de todo mi cuerpo al verla, y más al oírla. Corría por mis venas, electrizante, haciéndome temblar los dedos de la emoción. De verdad… quería golpearla. Tanto como quería abrazarla.

De pronto las ganas de vivir volvieron.

—¿Qué haces aquí? —pregunté en un irascible murmullo. Ella arqueó una soberbia ceja que me enfureció más.

Megumi no era bienvenida. No después de lo que pasó, de la mentira que dejó plantada en mi corazón. Eso quería pensar. Eso… traté de pensar en vano. Sin embargo, antes de darme cuenta, me encontraba sonriendo. Con malicia, pero sonriendo al fin.

Mi querida enemiga había vuelto.

Continuará...


¡Gracias por llegar hasta acá! ¡Nos leemos en el próximo capítulo! :)

Setsuna M: ¡Gracias por leer! Y sí, si en ésta época todavía es difícil el tema de la sexualidad, imagináte en esa. En este capítulo quise retractar justamente eso, lo difícil que podía llegar a ser. ¡Te leo en el próximo, entonces! ¡Besos!

Kaoru Tanuki: ¡Gracias por leer! Definitivamente Kaoru borracha puede llegar a ser un desastre, lo hemos visto en la serie jajaja. ¡Gracias por seguir por acá y te leo en el próximo! ¡Besos!