La caída del zorro I
—Te cortaré el cuello.
Con esa frase, dicha por Kenshin para Saito, empezó la pesadilla de Kaoru.
En sus cristalinos ojos a punto de llorar veía el dolor que la carcomía y el miedo de perder al Kenshin que conocía. No estaba equivocada al temer.
—De pie, pelea.
Kenshin estaba desapareciendo. Ya casi nada quedaba de él. Su voz había cambiado, sus ojos poseían un filoso brillo y su vocabulario se había vuelto tosco. El ya no era Kenshin; el vagabundo, sino Battousai; el destajador. Ni siquiera parecía estar aquí. No estaba luchando en el dōjō, sino en el Bakumatsu de Kyoto. Aquel lobo desterró su pasado y con él despertó la agonía de Kaoru.
Lo odié.
Odié a Hajime Saito por causarle tanto dolor a mis amigos, incluso al cabeza de chorlito que tenía en mis brazos, Sanosuke, otro herido por el lobo.
Entre estocada y estocada, Kaoru lloraba en silencio y gritaba con la mirada. Yo la observaba de reojo, detestándome por no poder hacer nada por ella, siquiera consolarla. Kaoru seguía enojada por mi alejamiento, ese no era el mejor momento para decidir ser su amiga de nuevo. No podía acercarme. En sí, no tenía el valor de hacerlo. Kaoru también estaba en otro mundo; en el mundo de Kenshin. Además, la tensión en el aire no me permitía moverme. Era como si ese dōjō se hubiese llenado de odio y rencor, tornándolo pesado. Y de sangre. Las paredes estaban teñidas de sangre.
Kenshin corría con la Katana en mano, se deslizaba por el suelo como si estuviera patinando por él. El lobo lo imitaba con una sonrisa sádica, se sacaba el cinturón, lo ahorcaba con él ante la falta de espada; su contrincante la partió en dos. Kenshin emitía entrecortados sonidos, intentando liberarse. Sus ojos se volvían cada vez más fríos y Kaoru se rompía al verlos.
—¡Deténganlos!
Mientras más feroz se volvía la batalla, más ella se quebraba.
—¡Por favor, alguien pare esta locura!
Kaoru cayó de rodillas al suelo, haciéndome reaccionar. Solo a mí. Los demás estaban muy enfocados en la batalla, diría que deslumbrados. Y, tanto para el lobo como para Kenshin, no existíamos. Solo existían ellos dos librando la batalla final que por diez años habían retrasado. Kaoru lloraba tapándose el rostro, lágrimas se resbalaban por sus dedos.
Apreté las muelas, harta de verla sufrir, y justo cuando estaba a punto de correr hacia ella, las puertas del dōjō se abrieron de forma brusca. Toshimichi Ōkubo, ministro del interior y anterior restaurador de la era Meiji, apareció. Fue oportuno; los pies de los espadachines frenaron en seco al verlo. Le di las gracias por dentro. Aunque luego no agradecí que pusiera a todo Japón en manos de Kenshin, quién ya había vuelto en sí debido a un poderoso golpe que se proporcionó a sí mismo.
Lo quise imitar, realmente lo deseé. Tal vez de ese modo yo también volvería a mis cabales, porque desde que conocí a ese mapache lo único que he hecho es estar fuera de mí, lo suficiente como para incluso desconcentrarme en el trabajo. Y no es como si tuviera un trabajo cualquiera; de mí dependía la vida de muchos pacientes.
A pesar de que la situación se normalizó por unos días, eso no tranquilizó a Kaoru ni a los demás, incluida yo. Kenshin continuaba distante, planteándose en silencio el irse a Kyoto por pedido del ministro para así derrocar al anarquista Makoto Shishio. Lo que siguió fue inevitable: la partida de Kenshin.
Y gracias a ella ahora estaba aquí, observando cómo Kaoru levantaba unos apagados ojos desde la cama. Ira, dolor, vi en ellos cuando me miró.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Su voz también era el fiel reflejo de su furia.
Yo estreché la mirada, angustiada. Una molesta presión no dejaba de pincharme el pecho desde el día en que comencé a evitarla. Viví con esa puntada día tras día, rogando que se fuera, pero nunca lo hizo. Al igual que yo nunca quise alejarme de Kaoru. Lo hice por su bien, para que tuviera una vida normal; me recordaba siempre. No era la primera vez que pensaba que conmigo todo sería una incógnita, pero cuando desperté a su lado aquel día y Kenshin fue a buscarla, fue la primera vez que entendí lo peligroso que podía llegar a ser que se quedara conmigo. Quizás estaba soñando en grande. ¿Por qué iba a quedarse conmigo? Kaoru apenas recordaba lo sucedido entre nosotras, tampoco podía guiarme por las palabras que me dedicó esa noche. Aunque fueron dulces, seguían siendo las de una borracha. Sí, tal vez mi decisión fue apresurada, pero acertada al fin. Porque si ella recordaba todo cabía la posibilidad de que cayera en una inevitable confusión que solo la perjudicaría. Acabaría con su normalidad.
La verdad…, en ningún momento me arrepentí de mi decisión. Asumí que tendría que vivir con ese maldito pinchazo toda la vida con tal de que Kaoru fuera feliz. Esto es lo mejor para ella, me dije una y otra vez hasta convencerme.
Sí, es lo mejor. Incluso aunque me mires con esos ojos.
Y como quiero lo mejor para ella, hoy seré su peor pesadilla.
—No puedo creerlo… ¿Todavía sigues aquí, mapache? —le dije con arrogancia.
Kaoru me fulminó con la mirada. Yo no podía dejar de ver esas grandes ojeras y su estado físico. Estaba delgada. ¿Hacía cuánto que no comía? Tae y Sae le habían llevado comida, pero, por lo que veía, no había tocado un solo bocado.
—¿Para qué viniste? —me preguntó con el ceño fruncido.
Para ayudarte.
—Para reírme de la mocosa que fue abandonada por Ken-san, ¿para qué más? —Solté una aguda risita digna de una zorra que le hizo bajar la cabeza.
—Tú también sigues aquí. —masculló. Yo paré la risa en seco.
—Pero yo no me paso el día llorando y compadeciéndome de mí misma.
—Ja, cierto. —Ella sonrió con sarcasmo—. A veces olvido que siempre estás muy ocupada como para llorar, o para verme.
Primera estocada; directa a mi corazón.
—Tan ocupada estás que en este último tiempo te dedicaste a evitarme, ¿y ahora apareces de la nada para reírte de mí? Soy yo la que debería reír. Eres patética. Solo apareces cuando te conviene.
Segunda estocada; directa a la garganta. La estranguló. Su enojo confirmaba mis temores: ella tal vez sabía la verdad.
—Voy a preguntarlo de nuevo, y espero que esta vez no respondas con una estupidez. ¿Qué haces aquí, Megumi?
Le mantuve la mirada a Kaoru, quién no atinaba ni a pestañear. A pesar de su débil estado, sus ojos me traspasaban como dagas. Querían averiguar la verdad. Ella tenía razón, pero si se la daba todos esos días evitándola serían en vano. No podía quebrarme, porque si lo hacía… perdería el control. Y perder el control significaba agarrar esa suave mejilla y jalarla hacia mí para besarla. No debía. No podía. Ella tenía que seguir los pasos de Kenshin. Él era la barrera perfecta entre nosotras.
—No estás en posición de decirme patética, mapache. Mírate, toda desalineada y ojerosa… ¿Es así como quieres estar? ¿Es aquí donde debes estar o con Ken-san?
Kaoru corrió el rostro, esquivando mis ojos.
—Tienes miedo, ¿no? Miedo de que él te rechace. —proseguí, metiendo la mano en una de las mangas del Haori.
—¡Tú no eres nadie para hablarme de miedos!
—Esta es una medicina para las heridas profundas. —Saqué un pequeño pomo de la manga y se lo mostré, ignorando su comentario de mal gusto—. Ken-san la necesitará. Iba a dártela para que se la entregues, pero no puedo confiar en una llorona. Se la voy a dar a Yahiko. Estoy segura de que Ken-san pensará en mí cuando la reciba y se olvidará de una mocosa como tú.
Los ojos de Kaoru enrojecieron al escucharme. No pude evitar preguntarme si sentía celos de él o de mí.
—¡Entonces por qué no vas a Kyoto y se la entregas tú misma!
—No tengo tanto tiempo libre como cierto mapache. Tengo muchos pacientes, no puedo irme de viaje así como si nada. —respondí, dándome media vuelta. Me costaba verla a los ojos.
—¿Pones primero a tus pacientes antes que a Kenshin?, ¿así de poco te importa? ¡Eres una zorra! ¡¿Vas a escapar de nuevo?! —exclamó, destapándose. Temía que fuera a golpearme en cualquier momento. La verdad, si esa era su intención, me lo merecía— ¡Primero yo, ahora Kenshin! ¡Lo único que haces es escapar! ¡No has cambiado nada!
Sus palabras me acuchillaban por la espalda, avivando una furia reprimida. No contra ella, sino contra mí. Desde que la dejé aquella noche, una pequeña flama se encendió en mi corazón. Una furiosa emoción que trataba de controlar y que se mezclaba con el incómodo pinchazo. Estaba creciendo. Las palabras de Kaoru hacían que creciera, cegándome, y no me encontraba en el mejor estado psicológico como para apagarla. Temía agarrármela con ella debido a las cantidades infinitas de frustración que venía conteniendo. Tenía que callarla de inmediato para que dejara de avivar la llama.
—Cierra la boca. —advertí, girando el rostro hacia ella, solo para hallar un semblante aún más furioso que el mío. Y otros dos, los de Tae y Sae, asustados. Por concentrarme en Kaoru me había olvidado de que estaban aquí.
—¡No voy a cerrar nada! ¿Crees que solo por Kenshin estoy así? ¿Qué hay de ti? ¡Tú te alejaste! —dijo ya en un grito, poniéndose de pie. Yo abrí los ojos de par en par, cada vez más endurecida por la furia— ¡Dijiste ser mi amiga y te alejaste! ¡Traidora!
—Mocosa… —mascullé entre dientes, perdiendo la paciencia.
¡Todo lo hice por ti!
—¡Zorra mentirosa! ¡Eres una farsa!
Dolida, cansada de los insultos, me nublé. Realmente... me nublé.
—¡Cállate! —grité, llevando una mano hacia atrás. La impulsé a su mejilla y Kaoru levantó la suya, parando el ataque con el dorso en un golpe que me ardió al recibirlo. Lo agradecí. Yo merecía ser golpeada, no ella. Sin embargo, para hacerla reaccionar, yo…
—Sigo siendo la maestra del dōjō Kamiya, no me subestimes. —espetó con seriedad.
Yo choqué los dientes e impulsé la otra mano a su mejilla. Kaoru ensanchó los ojos; no la esperaba.
¡No entiendes nada!
Ella cerró los párpados, incapaz de eludir el golpe.
¡Nunca entiendes nada!
Me detuve antes de abofetearla, respirando pesado. Mis dedos temblaban sobre su piel. Aquel maremoto de furia que me asaltó sin piedad me hizo estallar. No quería golpearla, eso era lo que menos deseaba. Mi único y verdadero deseo era...
Besarte…
Y antes de darme cuenta, ya estaba sujetando su mentón con suavidad. Pasé del odio al amor en un mísero segundo. Ese poder tenía en mí.
Kaoru abrió los ojos lentamente al no recibir el golpe y me observó de mala gana, pero también inquieta por mi comportamiento bipolar.
—¿Qué? —preguntó ante mi profunda mirada, que no le quitaba la vista de encima— ¿Por qué me miras así?
—¿Y por qué no? —contesté, desorientándola.
Tae y Sae, impresionadas con el panorama, comenzaron a hablar en voz baja entre ellas. Las asesiné con la mirada. Aún seguían aquí. Estorbaban.
—Váyanse —ordené, haciendo un ademán con la cabeza. Ellas me observaron con terror—. Yo la voy a cuidar ahora.
Kaoru esbozó una sonrisa irónica, que vino acompañada de una risita, y atajó mi muñeca.
—¿Tú me vas a cuidar? ¿Acaso no estabas a punto de golpearme, zorro? —Reforzó el agarre, provocando que la soltara—. Bien…, como quieras. Tae, Sae, háganle caso.
—Pero…
—¡Vuelvan al restaurante! —exclamó, callando a Tae.
Ambas asintieron, asustadas, y se retiraron a paso lento. Yo las seguí con los ojos hasta que desaparecieron y volví la atención a Kaoru, quién continuaba acuchillándome con la mirada.
—¿Qué pasa? Querías quedarte a solas conmigo, ¿no? Acá me tienes —dijo en un ronroneo— ¿Qué quieres hacer?, ¿dejarme otra marca?
—¿Marca?
Kaoru me soltó la muñeca y se bajó un lado del yukata por el hombro. Giró el cuello, descubriendo su piel.
—Aún queda un pequeño rastro. Sí que le pusiste empeño... —Rozó con los dedos un puntito morado en su piel y yo quise morir. ¿Eso… se lo había hecho yo?— ¿Qué te parece? ¿Me queda bien?
Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
—¿Cómo crees que me sentí todos estos días con esta maldita marca? ¿Creías que nunca me iba a mirar al espejo o qué? ¡¿Me tomas por idiota?!
No puede ser…
—¿Qué piensas que sentí luego de que empezaras a evitarme? ¿Al menos te importa lo que me hiciste o solo jugaste conmigo?
Tragué saliva, tratando de regular la respiración. Nada. El aire no pasaba.
—¿Callada? Ya veo… —Kaoru volvió a subirse el yukata mientras yo la contemplaba con unos petrificados ojos— ¿Ahora lo entiendes? No tienes derecho a decirme nada, zorro. No seas hipócrita.
Me temblaban los labios. ¿Cómo pude pasar desapercibido ese detalle? ¿Cómo pude marcarla así? Si hubiera recordado esa marca… jamás le hubiera mentido.
Oh, no. ¿Ella lo sabe? ¿Sabe lo que pasó?
Cerré un puño, intentando tranquilizarme. Aún podía escapar de la situación, solo tenía que inventar algo lo suficientemente convincente. Algo coherente, ¡lo que sea!
—Ve a Kyoto, Ken-san te espera.
Nada. No pude decir ninguna mentira esta vez. No tenía fuerzas, Kaoru me las robó.
Kaoru bajó los párpados arrugando la frente y me dio la espalda.
—No lo entiendes… ¡Se despidió de mí en mi cara! ¡Cómo quieres que lo enfrente! ¡Él no me necesita, por algo me dejó! ¡Al igual que tú! —exclamó.
Yo, para ese momento, ya no me encontraba ahí. O sería mejor decir que solo la mitad de mi cerebro se encontraba ahí, por ende, no funcionaba muy bien. Mis ojos estaban decaídos, perdidos. Sentía los párpados pesados. No quedaba tiempo. Antes de romperme, tenía que convencerla.
—Al menos se despidió de ti, y solo de ti. Eso significa… que tú eres lo más importante para Ken-san.
Y para mí.
Kaoru volteó el rostro para verme. Lágrimas bordeaban sus ojos enrojecidos.
—Esa no es la respuesta que esperaba —contestó con la voz áspera—. Sigues cambiando de tema, ¿qué te hice para que me trates así? Si solo fui un juego para ti, si solo estabas ebria…, prefiero que me lo digas. ¡Dejemos las cosas claras y volvamos a la normalidad!
—¿Normalidad? —repetí, riendo por lo bajo—. Kaoru, conmigo nunca tendrás lo que llamas "normalidad".
—¿Qué…? ¿Qué quieres decir? —inquirió, acercándose. Yo di un paso atrás. Dos, tres. No me atrevía a mirarla. No podía levantar el rostro, ni tampoco la sonrisa que trataba de esbozar.
—Ve a Kyoto a buscar a nuestro vagabundo. Es lo menos que puedes hacer por él.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —preguntó. Yo me animé a levantar los ojos; su expresión era una completamente desamparada—. Con lo que dolió que me dejaras de hablar, al menos esperaba una disculpa o una explicación. No…, ya ni eso. En realidad... —Sus mejillas se ruborizaron—… esperaba que nos reconciliáramos con un abrazo o algo así, pero al final veo que será imposible.
Doblé los dedos contra el Haori. Ella estaba dispuesta a perdonarme aunque no lo mereciera, nunca perdió la esperanza conmigo. Y yo... Yo no podía aguantar tanta bondad. Me partía en dos.
Lo siento...
Mis sentimientos estaban tomando el mando, acallando a los caóticos pensamientos que gritaban que me fuera corriendo antes de mandarme al muere. Apenas escuchaba las advertencias; resonaban lejos de mi consciencia. Y la prueba estaba en mis pies, que, desobedientes, ya me estaban conduciendo hacia ella, pasando por alto cualquier peligro futuro.
Kaoru…
Llevé una mano a su mentón y lo levanté.
—¿De verdad te dolió? ¿Me extrañaste?
Kaoru desvió la mirada.
—Yo también te extrañé —continué, pasando la mano a su cuello con unos entregados ojos. Los sentía allí, profundos, mientras acariciaba esa marca que le dejé, quién, perversa, me incentivaba a dejarle una mayor—. Te extrañé tanto…
Su piel ardía en mi palma. Podía sentir su rápido palpitar justo donde estaba tocando; ese lugar que conectaba con su bondadoso corazón.
—Si me extrañaste tanto…, ¿entonces por qué estuviste evitándome?
Parpadeé con lentitud, embelesada. Tenía que despertar. Seguir mirando sus labios con hambruna no iba a aportar nada a esa crítica situación. Mi contradictorio discurso menos.
—Porque es lo mejor. Lo correcto es que vayas por Ken-san. Él te necesita.
Él te ama, quise decir, pero no me atreví a decirlo. Por egoísmo no lo hice. No quería entusiasmarla con él, pero al mismo tiempo tenía que alejarla de mí.
Soy lo peor.
—¿Lo correcto? ¿Qué quieres decir? Megumi, no entiendo nada… ¡Desde ese día no entiendo nada!
Despegué las pupilas de sus labios para ver sus ojos y me encontré con una mirada extrañada. Kaoru no comprendía qué sucedía entre nosotras ni porqué la animaba a encontrarse con su amado. Yo, su enemiga en el amor. Yo, la mujer que supuestamente jugó con ella.
Yo… la mujer que estaba a punto de besarla.
Tengo que irme, urgente.
—Si no eres capaz de ir a buscarlo, significa que eres una cobarde.
Le sonreí con un falso desprecio y le di la espalda llevándome el recuerdo de sus ojos impresionados y sintiéndome la peor persona del mundo. Tenía que irme. Claro que tenía que irme. La amaba demasiado como para interponerme en su felicidad, y ya bastante lo había hecho. Mi única intención era sacarla de la cama para que volviera a vivir. A regañadientes y con el corazón destrozado, lo conseguí.
—Cobarde… ¿yo?
La escuché detrás de mí. Su voz sonó furiosa de nuevo, mucho más que antes. No podía culparla y tampoco podía darme vuelta, así que arranqué mi camino hacia la salida, abandonando su habitación. Cabizbaja, deprimida y también enojada, rogué que mis pies se movieran más rápido.
Porque escuchaba a los suyos siguiéndome con prisa.
—¿Cobarde? ¡¿Cobarde?! ¡Esa eres tú! —gritó, haciéndome acelerar el ritmo— ¡Tú eres una maldita cobarde! ¡Dime la verdad de una vez! ¡Qué te pasa conmigo! ¡Qué pasó esa noche!
No sigas, por favor, ¡no sigas!
No quiero condenarte, pensaba. Pero si Kaoru continuaba así, estaría a segundos de hacerlo.
—¡Cobarde! ¡Gallina!
Cerré los puños en el camino, respirando con dificultad.
—¡Cagona!
Me detuve en seco. Ese vocabulario fuera de los límites me dejó suspendida.
—¿Ca… gona? —repetí, volteando el rostro hacia ella. Clavé unos furiosos ojos en los suyos, que me miraban con el mismo rencor a lo lejos— ¿Me dijiste...?
—¡Cagona, sí! ¡Eso eres!
Y eso fue todo, terminó de desquiciarme. El finito hilo que era el hogar de mi paciencia se cortó. Y el maremoto volvió.
—¿Quieres la verdad, estúpido mapache?
Kaoru dio un paso atrás cuando giré el cuerpo y empecé a caminar hacia ella apresurada.
—Oye…
Frené de súbito en la tierra y agarré el cuello de su yukata sin sutileza alguna.
—¡Aquí tienes tu verdad!
Jalé el cuello hacia mí y capturé sus labios con furia, con una exasperación jamás sentida.
Kaoru parpadeó sobre mis pestañas, haciéndome cosquillas, y puso las manos en mis hombros para apartarme. No la dejé. Hice un gancho en su espalda mientras presionaba sus labios con más fuerza.
—¡Megu… Mh!
Mordí su labio inferior, haciendo que emitiera un pequeño quejido, y me despegué fatigada.
—Ahora aguántatela, mocosa —dije, soltándola. Kaoru se tambaleó hacia atrás con el desconcierto tatuado en el rostro— ¡Vete a Kyoto de una buena vez! —grité con los ojos cristalinos. Sin darle tiempo a responder, me di vuelta y retomé la huida a paso rápido, dejándola pasmada en el lugar.
Y dejándole lo que quedaba de mi corazón también.
—Megu… ¡Megumi!
Maldición, ¡maldición!
—¡Megumi, espera!
—¡No me sigas! —exclamé de espaldas a ella— ¡No quiero ver tu cara nunca más!
Mentí. Mentí descaradamente con tal de detener esas insistentes pisadas que me seguían.
Y lo logré.
Kaoru, luego de unos pasos más, se detuvo.
Continuará...
Si llegaron hasta acá, ¡gracias por leer!
Setsuna M: ¡Gracias por leer! Y sí, Megumi no actuó bien. Pero en su cabeza creyó que lo mejor para Kaoru era alejarse de ella, así que no fue con malas intenciones. Igual, como ves, Kaoru no lo tomó muy bien jaja. ¡Te leo en el próximo, besos!
