La caída del zorro II

Un día pasó desde que fui a la casa de Kaoru. Un tedioso día… pasó. Mi mente no lograba tranquilizarse, era una nebulosa. Tuve una noche de terror, apenas pude dormir. Por no decir que tuve pesadillas tan vívidas con Kaoru que juré que eran reales. Despertares imprevistos envueltos de sudor se llevaron todo mi descanso a la tumba.

En conclusión, mi estado era deplorable.

Una nueva noche me daba la bienvenida y lo único que seguía haciendo era pensar en ella y en el desliz que tuve. La besé. De nuevo… la besé.

¿Para qué?

Kaoru ya debe estar rumbo a Kyoto… Si no la asusté con ese beso, ya no sé con qué asustarla.

No lo hice a propósito, perdí el control. Ella me provocó. Sí, fue todo su culpa.

¿A quién quiero engañar?

Reforcé el agarre en la bolsa de papel que cargaba y levanté el rostro. La imponente luna, adornada por unas nubes grises que avecinaban una inoportuna lluvia, era lo único que iluminaba los desolados callejones, recordándome que tal vez no fue tan buena idea ir a comprar a esas horas de la noche.

—Se me hizo tarde —dije, suspirando—. Mejor me apresuro.

—¿Por qué la prisa, hermosa?

Me detuve al escuchar una voz masculina detrás de mí. Tragué pesado, dándome vuelta con sigilo.

¿Un rufián?

Pensé, examinando su rostro. Una vestimenta oscura, una espada de madera en la mano derecha, la esencia de unos cuantos sakes encima… Sí, lo era. En efecto, se me había hecho tarde. Las calles de Tokyo no eran las más seguras a estas horas. Y yo definitivamente no fui la más inteligente al decidir transitarlas.

—¿Qué quieres? —pregunté con indiferencia. Él me mostró los dientes en una malvada sonrisa y apoyó la espada en su hombro.

—¿Qué tienes ahí? —Señaló la bolsa que tenía en manos. Yo la miré tratando de mantener la calma y la abrí.

—Medicinas.

—¡¿Huh?! —inquirió, deformando el rostro—. Qué aburrida… ¿No, muchachos?

¿Muchachos?

De los callejones oscuros salieron otros dos hombres encapuchados.

Mierda, lo que me faltaba.

El miedo comenzaba a atacarme. Lento, penetrante, me picaba el pecho como si lo escarbara. En ese preciso momento mi mente activó al máximo su instinto de supervivencia, tanto, que me costaba pensar con claridad un plan de escape. Lo único que podía pensar era en atacar o huir.

Y en la muerte.

Me apegué a un paredón cuando empezaron a rodearme. Uno tenía una espada de verdad, lo cual aumentó mi terror.

—Apártense —espeté sin mostrar miedo. Si lo hacía, estaba muerta. Ellos atinaron a reírse de mí—. No tengo dinero, están perdiendo el tiempo.

—Si no tienes dinero, supongo que tendremos que conformarnos con tu cuerpo, preciosa. —Habló el que primero me asechó, y entonces entendí que su intención nunca fue robarme, sino otra más asquerosa—. Ven aquí… —Empezó a acercarse despacio.

—¡No me toques! —Le di una cachetada que lo dejó de piedra.

—Perra… ¡Eres una perra! —Me devolvió la cachetada, pero con una fuerza que me hizo caer al suelo, adolorida— ¡Cómo te atreves a golpearme! ¡Tú, una mujer! —Agarró mi haori y me puso de pie con tanta facilidad que mis pies quedaron colgando— ¡Voy a ponerte en tu lugar!

Me estampó contra la pared. Choqué los dientes, furiosa.

Lamento el día en que dejé de llevar mi fiel cuchillo.

Pensé, sintiendo el metálico sabor de la sangre en mi boca.

¿Esto es… karma? ¿Voy a morir así? ¿Violada y asesinada por unos rufianes?

Mi corazón se desató totalmente en desacuerdo con esa opción.

¡No puedo morir así!

—¡Déjenme!

Comencé a patalear y lanzar inútiles golpes contra ellos, pero lo único que conseguí fue que me tiraran al suelo y me arrinconaran contra él.

—¡No!

Manos sobre mi cuello, sobre mi ropa, sobre mis piernas… Todo estaba pasando demasiado rápido. No había salida ni escapatoria. Y lo peor de todo era que lo estaba asumiendo.

—¡Suéltenme, malnacidos!

—¡Cierra la boca de una puta vez! —El jefe me tapó la boca, desesperándome—. Te gustará, ya lo verás. —Empezó a desatarse el pantalón, riendo por lo bajo.

Y mientras los escuchaba reír, odiándolos con todo mi ser, cerré los ojos y solo pensé en una persona. En un mapache revoltoso.

Kaoru… ¡Kaoru!

Lágrimas escaparon de mis ojos.

No quiero morir, ¡no quiero dejar de verte!

Me aferré de la tierra, sollozando.

—Ka… oru. —la llamé, sintiendo como sujetaban mis muñecas tan fuerte que juré que las habían partido.

—¿Qué dices? —Se burló uno de los hombres, acercando la oreja a mi boca—. No puedo oírte, preciosa. Tendrás que hablar más alto. ¿Qué tal si gritas un poco para mí?

Rió frente a mis ojos, que lo acribillaban con la mirada.

—¡Hijos de…!

—¡Megumi!

Me tragué el insulto al escuchar una voz familiar.

¿Kaoru?

—¡No la toquen!

Rodé los ojos y vi de cabeza como unos rápidos pies saltaban mi cuerpo junto a una espada de madera.

¡Kaoru!

Con unos ojos salvajes, Kaoru clavó la punta de su espada de madera en el estómago del hombre que apresaba mis muñecas, empujándolo hacia atrás. El tipo rodó por el suelo entre quejidos y terminó estampado en la pared de enfrente.

—¡Kaoru! —exclamé, despegando la espalda del piso. No lo podía creer. ¿Qué hacía aquí? ¿Cómo llegó aquí? ¿Telepatía, quizás? Llevaba puesto su kimono amarillo, pero cargaba la espada. ¿Vino a buscarme?

Kaoru aterrizó derrapando los pies en la tierra y con ambas manos empuñó la espada, poniéndose delante de mí. Yo la contemplé desde el suelo, boquiabierta.

—¡Retírense! —ordenó, flexionando las piernas— ¡O sino atacaré!

Los dos hombres que quedaban en pie intercalaron miradas y se echaron a reír.

—¿Qué es esto? ¿Henmi fue derribado por una niña? Patético. —El jefe le sacó de un manotazo la espada filosa a su compañero y le lanzó la suya de madera—. Yo me encargaré de esta puta mocosa.

Kaoru frunció el ceño, reforzando el agarre en el mango de la espada.

—¡Espera! —Me puse de pie, apresurada— ¡Ella no tiene nada que ver!

—¡Quédate atrás! —me gritó Kaoru.

—¡Pero…!

—¡No me van a ganar! —exclamó sin perder de vista a esa peligrosa espada que le apuntaba—. Tengo que protegerte, por eso no voy a perder. ¡Ese es el lema de mi escuela!

Mi mandíbula se desencajó al tiempo que Kaoru saltaba hacia adelante, dispuesta a atacar.

—¡Proteger a las personas!

Mis ojos siguieron sus movimientos. El rufián llevó la espada hacia atrás juntando fuerza y la impulsó hacia adelante emanando un grito de gloria. Kaoru se agachó, esquivando la estocada por los pelos, y fijó la vista en su rodilla. En un rápido movimiento, cambió de dirección la espada y la estrelló debajo de ésta. El rufián abrió la boca con el dolor llegando de a poco y cayó al piso sujetándose la pierna. Quedó lloriqueando en el lugar. Yo, por mi parte, sonreí orgullosa.

Es increíble…

—¡P-Puta! —gritó con los ojos aguados.

Su compañero, el que tenía más cara de psicópata, chasqueó la lengua.

—¿Para qué me robas la espada si vas a hacer el ridículo, idiota? —le dijo, sacándole la espada de la mano. Miró su filo unos segundos y bajó los ojos a él. Dejándome suspendida, clavó la espada en el cuello de su amigo, matándolo al instante—. No sirves para nada.

Kaoru detalló el desmembramiento, atónita, y le apuntó.

—¡¿Por qué hiciste eso?!

"Si yo me abstuve de matarlo, ¿por qué tú lo mataste?" Eso pensó Kaoru. Conocía a la perfección su sentido de justicia, y esto no era justicia para ella. Sin embargo, yo era otro caso. Sería mentir decir que no deseaba la muerte de esos insectos.

—¿Por qué? Porque es un debilucho, siempre lo fue. Los débiles no tienen derecho a vivir. Ahora… —El hombre levantó la espada hacia Kaoru y sonrió de lado con perversidad—. Tú sigues.

Kaoru se puso en posición de defensa con las muelas apretadas.

—¡Todos tienen derecho a vivir! —exclamó, lanzándose hacia él con la espada en alto. El hombre atajó la punta de la espada con los dedos. Su habilidad era mucho mayor a la de sus compañeros.

—¡No molestes, niña! —Le dio una patada en el estómago que me infartó.

—¡Kaoru!

Kaoru se estrelló contra la pared, agarrándose el estómago. Sujeté sus hombros, intentando ponerla de pie.

—¡¿Estás bien?!

Kaoru puso una mano en la pared, jadeante. De su garganta escapaba un pitido debido al golpe, y de su boca sangre. Sangre que no soporté.

Me puse frente a ella y extendí los brazos.

—¡Es a mí a quién quieres! ¡Déjala en paz!

El hombre bajó la espada y comenzó a acercarse sin borrar esa asquerosa sonrisa que lo caracterizaba.

—No te creas tanto, preciosa. Ya no tengo interés en ti —Alzó la espada, dispuesto a cortarme en dos— ¡Muere!

Kaoru agarró mi hombro con falta de aire y se colocó delante de mí.

—¡Muévete! —Traté de apartarla, pero fue muy tarde. Kaoru me abrazó por delante cuando el rufián impulsó la espada, recibiendo la estocada ella en la espalda.

Lo próximo que llegué a ver fue su sangre salpicándome.

—¡Agh!

La atajé en mis brazos cuando sus rodillas flaquearon y se estrellaron contra el suelo. Kaoru, entre quejidos, se llevó la mano a la espalda. Sangre, mucha más que antes. No era una herida de muerte según mis ojos de doctora, pero si era lo suficientemente profunda como para abrir su piel en dos.

—¡Kaoru!

—M-Maldito… —masculló, para luego, pasando de mí, voltear el cuerpo y dirigirse a él como si su herida ni existiera— ¡Desaparece!

El hombre agrandó los ojos al no verla venir y dirigió su espada hacia ella con torpeza. Kaoru esquivó el ataque como pudo y, sorprendiéndome, impulsó la espada hacia el costado y la estampó en la curva de su cuello. Creo que el rufián ni llegó a sentir el golpe, ya que se desplomó en el suelo inconsciente.

Kaoru sonrió victoriosa y clavó la espada de madera en la tierra para sostenerse.

—Me costó más de lo que creí… Perdí la forma en estos días.

—¡Kaoru! —Corrí hacia ella— ¡Vamos a la clínica! ¡Voy a curarte esto! —dije, ayudándola a incorporarse.

Kaoru me miró con un ojo cerrado por el dolor.

—Estás sangrando. —musitó, limpiando mi labio con el pulgar. Yo atajé su mano con desconsuelo. Verla así me destruía.

—¡No es nada! ¡Vamos!

Ella me sonrió de oreja a oreja.

—Qué suerte la mía. Encontrarme a una doctora tan guapa en medio de la noche.

Yo me sonrojé y pasé uno de sus brazos por encima de mis hombros.

—Tonta, no tenías que arriesgarte así.

Empecé a llevarla a cuestas. La clínica, por suerte, estaba a pocos metros, lo cual hacía más patético el hecho de que quisieran asaltarme a media cuadra de mi casa.

—Sí tenía —contestó con el rostro inclinado por el agotamiento—. Eres importante para mí. Haría lo que fuera por ti.

Decir que mi corazón saltó cuando la escuché, sería poco. Se aceleró al compás de una tediosa mezcla de tristeza y felicidad que me cerró el pecho, terminando todo en una congoja.

—De verdad… eres una tonta.

Sacrificarte por alguien como yo… No lo valgo.

Casi arrastrándola, llegamos a la clínica. El doctor Gensai ya se encontraba durmiendo luego de un arduo día de trabajo, por eso mismo me había ofrecido para ir a buscar unas medicinas que él necesitaba al día siguiente.

A oscuras, llevé a Kaoru a mi habitación, cerré la puerta y encendí una vela para ver bien la herida. Kaoru se sentó en el tatami emitiendo un quejido mientras yo buscaba en un armario todo lo necesario para curarla.

—Ugh… Ese maldito me agarró desprevenida.

—Bájate el kimono. —le dije, observando su kimono amarillo manchado de sangre. Era su favorito.

Kaoru ladeó el rostro, pues me daba la espalda, y me observó con una inocente expresión.

—Hazlo tú.

Me aclaré la garganta, empezando a ponerme nerviosa. ¿Qué pasaba con ese "hazlo tú"? No sabía qué tramaba el mapache, pero, según mis estadísticas, no era nada bueno. No si me invitaba a desnudarla.

Bufando, me arrodillé detrás de su espalda y comencé a desatar el moño de su kimono con la cabeza gacha. Los nervios se fusionaban con una punzante tristeza que no dejaba de sentir. Una que seguramente se notaba en mi voz.

—Eres una mocosa caprichosa.

Kaoru cerró los ojos con una paz que pude ver a través del espejo de pie frente a ella.

—Sí, lo soy.

Habiéndolo desatado, bajé su kimono por los hombros hasta descubrirle la espalda. Estreché los ojos con la garganta hecha un nudo. Tenía una larga línea roja dibujada en ella. En su espalda que, no sabía la razón, pero hoy veía más pequeña que nunca. Como si un solo empuje de mi dedo la desarmara.

—Lo siento… —murmuré, poniéndole un paño frío en la herida y reprimiendo las ganas de abrazarla. Kaoru aspiró el aire entre dientes—. Aguanta un poco, tengo que limpiar la herida. Por suerte ya dejó de sangrar.

—¿Habrá que suturar?

—No, es superficial. Con una buena limpieza estarás bien, cerrará sola.

Kaoru asintió y se quedó en silencio mientras la limpiaba, pasando el paño de arriba hacia abajo por su piel con la mayor delicadeza que podía.

—¿No vas a vendarme?

—Si te vendo la herida no respirará, lo cual necesita para cerrarse por sí sola. No es tan profunda como para infectarse.

—Ja, de verdad eres una experta, Megumi.

—No… No lo soy. No todavía —contesté, dejando la toalla en el tatami para poder pasarle una crema medicinal que ayudaría a cicatrizar. Mi voz continuaba decaída y era incapaz de disimularla—. Esto te va arder un poco.

Kaoru se sobresaltó cuando empecé a pasársela por la herida.

—¿U-Un poco? Arde mucho, mujer zorro.

—No te quejes, ya no eres una niña.

—¿Oh? —Giró el rostro hacia mí con una ceja arqueada— ¿No lo soy? Pero si acabas de llamarme mocosa.

Arrugué la frente. Mis mejillas no dejaban de acalorarse. Kaoru se mostraba demasiado… confiada. Como si tuviera un plan entre manos. No estaba preparada para eso, menos para su presencia tan repentina. Apenas podía procesar que se encontrara aquí luego de lo ocurrido en el día de ayer.

¿Por qué apareció de la nada?

—Dime… ¿Qué hacías sola en medio de la noche? Decirte que es peligroso está de más. —pregunté. Ella dejó caer los hombros con desinterés.

—Podría preguntarte lo mismo. ¿Qué hacías en medio de la noche caminando por ahí?

—Fui a buscar unas medicinas.

—Qué osado de tu parte.

—No pensé que podría pasarme… eso.

—Para la próxima piénsalo dos veces. No vivimos en un mundo ideal, no todavía. Debes tener cuidado. Menos mal que salí con mi espada…

—¿Y tú qué? —pregunté.

—¿Hm?

—¿Qué hacías? ¿Venías a ver a Gensai?

—No, venía a verte a ti.

Mis manos frenaron sobre su espalda.

—¿Por qué…?

—¿Cómo que por qué? —Volvió a mirarme con una media sonrisa—. Porque quería verte.

Ah… maldita mocosa.

Tomé aire y volví a recorrer su piel, humectándole la herida con la crema.

—Ya deberías estar rumbo a Kyoto, no perdiendo el tiempo aquí.

—Tú no eres una pérdida de tiempo.

Mis manos se estancaron de nuevo. ¿Qué le pasaba? ¿Qué sucedía con esas palabras tan libertinas y carentes de vergüenza? Lo que fuere, no podía caer ante ellas. No si eso significaba condenar a su felicidad.

Esparcí un poco más la crema por la herida y retiré las manos.

—Ya está, en un rato estarás bien —Le di unas palmaditas en el hombro—. Vuelve a tu casa. Te acompaño.

—¿Me estás echando?

Me puse de pie, suspirando.

—Agradezco tu ayuda, pero lo mejor es que descanses.

—Descansaré aquí.

La miré con el cuerpo rígido. Confirmado, Kaoru tramaba algo.

—Kaoru…

—¿Te molesta? Está empezando a llover —dijo, mirando la ventana. Pequeñas gotas caían en ella—. No quiero mojarme.

—Te daré un paraguas.

—Me voy a quedar. Además, si me acompañas volverá a repetirse la misma historia cuando regreses sola. ¿Quieres pasar esa experiencia de nuevo?

—¿Pero qué…? —Fruncí el entrecejo con el miedo comenzando a atacarme. Miedo de mí misma. No me encontraba en el mejor estado psicológico como para frenar mis lujuriosos impulsos. Kaoru corría peligro a mi lado; no debía quedarse por nada del mundo— ¿Qué significa esto? ¿Acaso no recuerdas lo que pasó ayer? Lo que… te hice.

Kaoru empezó a levantarse con tranquilidad y dejó al descubierto su delantera. Mis mejillas se acaloraron aún más al ver sus pechos al desnudo. Perfectos, como siempre.

—Lo recuerdo muy bien. Cómo si pudiera olvidarlo, mujer zorro.

—Cúbrete —dije, girando el rostro para no tentarme ante tal panorama—. Te vas a resfriar.

—Dame algo para dormir.

Es el colmo.

—¡Te dije que-

—Mi kimono se ensució por tu culpa, dame un yukata o lo que sea. —Hizo un ademán con la mano. Yo detallé sus ojos, confundida. Se mostraban absolutamente apacibles, sin una pizca de inquietud. Pero sí con un dejo de tristeza.

Me refregué la frente, agotada. Su sola presencia me agotaba. Estaba luchando contra mí misma, contra mis reprimidos deseos. Eso agotaría a cualquiera. No obstante, más me desgastaba seguir manteniendo ese papel de malvada. Apenas podía soportar la culpa.

—No hay cuarto de huéspedes. —Lancé lo último que se me ocurrió para ahuyentarla.

—Dormiré contigo.

Mi pecho se cerró, ansioso. No…, impaciente. Emocionado.

Oh, no. No de nuevo. Si dormimos juntas definitivamente voy a enloquecer.

—Kaoru, escucha…

—¿Vas a traerme un yukata o no? —Kaoru detuvo mi cuestión con otra.

No había manera. No iba a irse. Tenía que asumir que esa noche no pegaría un ojo. Posiblemente lo había asumido hacía un buen rato, pero no quería aceptarlo.

Bufé y a paso resignado me dirigí al armario para sacar dos yukatas. Le arrojé uno. Kaoru lo atajó con una sonrisa y empezó desvestirse. Me di vuelta. Si quería mantener la compostura no debía verla. Aunque el mero hecho de saber que se estaba desvistiendo detrás de mí ya me revolucionaba por dentro.

¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué está acá?

Yo también empecé a desvestirme en silencio. Sentía una fuerte energía clavada en la espalda, pero no quería pensar que eran los penetrantes ojos de Kaoru espiándome.

Me volteé con sigilo mientras terminaba de acomodarme el yukata y mis temores se hicieron realidad. En efecto, ella me estaba observando. Con su cabello ahora suelto, el yukata blanco puesto y los brazos relajados a los costados del cuerpo, me miraba con profundidad.

Tal como me miró esa noche.

Desvié los ojos, incómoda, y me dispuse a sacar dos futones del armario para colocarlos sobre el tatami. Kaoru detallaba todo en un silencio abrumador que no tardaría en romper.

—Veo que no te agrada mi compañía. —mencionó mientras yo terminaba de acomodar los futones.

—No dije eso.

—No dijiste nada, eso ya es una muestra de desprecio —resaltó, corriendo con el pie uno de los futones hasta dejarlo pegado al mío. Yo observé su acción arqueando las cejas y volví a separarlos— ¿Ves? El desprecio sigue.

—Kaoru, te estás pasando —dije con seriedad, levantándome. Debía callarla de una vez por todas si quería salir victoriosa— ¿Debo recordarte que no soy muy paciente? Deja de molestarme y agradece que te permití quedarte.

Kaoru se mostró enfadada por primera vez en esa noche. Sus hombros tensos, su frente disconforme… Todo me informaba que se vendría un berrinche y que mis nervios, al igual que ayer, volverían a descarrilar. Una parte de mí, en demasía egoísta, ya no tenía las ganas ni la fuerza para reprimirlos.

—¿Por qué sigues con esta farsa, Megumi? Las dos ya sabemos lo que pasa.

Y Kaoru no ayudaba.

—¿Oh? ¿Lo sabemos? —inquirí, poniendo una mano en mi cadera— ¿Y qué es exactamente lo que pasa, Kaoru?

Kaoru bajó el rostro y pensó sus palabras antes de responder:

—Ayer… me besaste —contestó en un tímido murmullo—. Y esa no fue la primera vez que lo hiciste.

Mi rostro palideció. Lo sentí allí, enfriándose del cuello para arriba debido al pánico que pronto despertaría.

—Yo… recordé todo —agregó, para luego mirarme con determinación—. Tu beso me hizo recordar esa noche.

Mi mandíbula se desprendió.

Estoy acabada.

Sospechaba que lo recordaba, pero saberlo…

—Y por eso estoy acá, para enfrentarte, tal como te dije ese día.

—¿Enfrentarme? —repetí, esquivando sus ojos. Me sentía entre la espada y la pared—. Ja… Mocosa. No hay nada que enfrentar.

—¡Sí lo hay! —Kaoru adelantó un paso—. Esa noche me dijiste lo que sentías, pero luego empezaste a evitarme como si te hubieras arrepentido, como si todo hubiera sido un maldito juego para ti. No puedo entenderte...

—No hay nada que entender.

—¡Deja de bromear! ¡¿Por qué sigues evitando el tema?! ¡¿Por qué sigues…?! —Su voz se quebró—… mintiéndome.

Agrandé los ojos cuando unas pequeñas lágrimas rodaron por sus mejillas. Unas que, sin darme cuenta, Kaoru venía conteniendo.

¿Está llorando por mí?

Me mordí el labio inferior, conteniendo mi propio dolor.

¿La hice llorar de nuevo?

Sus lágrimas me destruían, sus pequeños y tiernos gimoteos más. No obstante, también me resultaban condenadamente irresistibles. Quería hacerla mía allí mismo. Quería envolver todo su dolor con mis brazos. Envolverla a ella y no dejarla ir. No parecía un mal plan, no cuando ella se mostraba tan entregada a mí... como si realmente le atrajera.

—No soporto más esta incertidumbre, ni las mentiras... ¡Ni nada! ¡Cuando estoy contigo no puedo ni respirar, maldito zorro! —explotó, tal como yo por dentro—. Si todo lo que pasó esa noche fue un juego para ti, quiero saberlo —prosiguió, limpiándose las lágrimas—. Pero… si el beso de ayer significó que no lo fue, también quiero saberlo.

Ah…

Mis párpados decayeron con deleite. Su transparente inocencia no hacía más que hacerme perder el rumbo. Estaba a punto de descarrilar como aquella noche, como ayer. ¿En qué momento me había convertido en una marea de emociones? ¿Dónde había quedado mi fría racionalidad?

Es todo tu culpa.

—Contesta, ¿fue un juego o no? —preguntó, aspirando el llanto por la nariz pero manteniéndose firme. Contradicción que me pareció cruelmente dulce y terminó por ser mi perdición.

—¿Un juego? Ja…

Me refregué la cara riendo en un murmullo que de risa no tenía nada.

—¿Megumi?

Me destapé el rostro y Kaoru dio un paso atrás. Sintió peligro. Quizás porque mis ojos estaban tan apagados como ahora se encontraba mi lucidez.

O quizás porque me lancé a ella en un arranque de locura.

—¡¿Un juego?! —exclamé, agarrando su brazo— ¡Deja de poner palabras en mi boca!

—¿M-Megu…?

La di vuelta con muy poca sutileza y la estampé de frente contra la pared. Antes de que llegara a quejarse, enredé un brazo en su cintura y con la otra mano atajé su mentón, quedando Kaoru envuelta en mis brazos como si estuviera cautivada por una serpiente.

—¿Te parece que estoy jugando? —susurré en su oído, subiendo una mano por su firme abdomen. Atrapé uno de sus pechos, haciendo que se sobresaltara.

—¡O-Oye, pervertida! ¡Dónde estás tocando!

—No eres un juego para mí. Voy en serio contigo —dije, hundiendo los dedos en su pecho, cuya suavidad y calor juraba sentir incluso sobre el yukata. Kaoru bajó el rostro con una expresión de total vergüenza—. Me gustas, Kaoru.

Ella me observó de reojo con la mirada de una niña asustada (pero muy curiosa) y sujetó la mano que perversamente estaba apresándola.

—Entonces… ¿por qué sigues…?

—¿Evitándote? Sencillo, para protegerte. Por eso no te dije la verdad ese día —contesté, moviendo uno de sus largos mechones con la nariz. Olía de maravilla—. Pero no pareces querer entenderlo. No quieres entender que estar conmigo te complicaría la vida.

—¿Por qué...?

Sonreí de soslayo y la impulsé hacia atrás por el abdomen, apegándola a mi entrepierna. Kaoru levantó el rostro con las orejas enrojeciendo.

—Porque ambas somos mujeres. —Agarré una de sus manos y la llevé a mi intimidad— ¿Ves? Mujer.

Kaoru frunció la mano libre contra la pared debido a mi intrépido comportamiento.

—C-Como si eso no lo supiera… No hace falta esta demostración.

—Despierta de una vez, Kaoru. Si te quedas conmigo todos te rechazarán. ¿Acaso quieres que el dōjō se hunda? ¿Qué padres enviarían a sus hijos con una maestra tan… especial? No confiarán en ti. La sociedad no está preparada para esto, tú no lo estás.

—¿Y tú lo estás?

—Yo estoy muy acostumbrada al rechazo, pero tú eres otro tema. No podrás soportarlo.

—Esa es una forma muy negativa de pensar. —murmuró sin animarse a verme.

—¿Eso crees? —pregunté, apretando más su mano contra mi entrepierna, la cual ya comenzaba a quemarme.

Ah… Mierda.

Mi mente estaba colapsando; mi cuerpo moviéndose por sí solo. Las pocas lucecitas que quedaban tintineando en mi cerebro estaban a punto de extinguirse.

—Soy realista, no negativa —ronroneé en su oído mientras mi mano, traviesa, comenzaba a mover la suya de arriba hacia abajo sobre mi intimidad— ¿La sientes? Con esto no tendrás futuro, ni hijos.

Kaoru pegó la frente a la pared, respirando agitada. Podía notarlo en su espalda; se expandía y cerraba contra mis pechos. No la estaba agarrando con tanta fuerza, ella podía quitar la mano si quería, pero no lo hacía. Para mi suerte y también desgracia, la mantenía en su lugar.

En un peligroso lugar.

—R-Realista o no, me estás subestimando. ¿Crees que no conozco el rechazo? ¿Dónde has visto mujeres que enseñen Kendo? Y los hijos… ¿Por qué sales con eso? Nunca dije que quisiera tener hijos. Ni siquiera había pensado en eso.

—Deberías.

—¡Tengo diecisiete años! ¡Por qué tendría que pensar en eso ahora! ¡No vine a este mundo solo para tener hijos! ¡Hay muchas cosas que quiero hacer!

Chasqueé la lengua, irritada. Kaoru no dejaba de complicar las cosas, y de insistir. ¿Por qué insistía? ¿Acaso ella realmente...?

—Mocosa… No hagas esto más difícil —dije, impulsándola más a mi cuerpo. Yo era la que estaba complicando la situación básicamente obligándola a tocarme.

—¡Y tú deja pegarte así! —exclamó Kaoru al notar como hundía las caderas contra su mano en un desesperado intento de percibirla más. De verdad... no estaba pensando bien. No estaba pensando directamente. Un poco más y mi garganta liberaría el placer que venía conteniendo.

—¿No te gusta? —murmuré, mordiendo el borde de su oído— ¿Entonces por qué insistes con esto? Tú estás enamorada de Kenshin, ¿no?

Kaoru pestañeó como si hubiera dicho una revelación y se quedó en silencio con la frente apoyada en la pared. Busqué sus ojos ante la falta de respuesta y lo único que encontré en ellos fue una profunda angustia.

Lo sabía.

Dibujé una derrotada sonrisa y lentamente comencé a soltarla.

Y si lo sabía… ¿por qué tengo ganas de llorar?

—¿Quién es la que está jugando al final? No me vengas con ilusiones si lo amas a él. —Me aparté, para luego empezar a caminar hacia el futon—. Dios santo… Hacerme perder el tiempo así. ¿Quién crees que soy? Soy una mujer ocupada, no hagas berrinches sin sentido.

Me agaché para acostarme en el futon, no sin antes alejar el suyo para que no quedara cerca del mío. Se me estaba haciendo imposible contener las lágrimas. Sentía la nariz ardiendo. En cualquier momento huirían.

—Si no vas a dormir, vete. Tengo que levantarme temprano mañana.

No se escuchó respuesta alguna, cosa que me preocupó. Quizás me había pasado… Corrección, definitivamente me había pasado en más de un sentido.

Miré a Kaoru de reojo desde donde estaba sentada y la hallé abandonando la pared y viniendo hacia mí. Me di vuelta. El solo verla aflojaba las lágrimas que con tanto empeño estaba conteniendo.

Mi futon se hundió, informándome que se había sentado detrás de mí desobedeciendo por completo lo que dije.

—Tu futon es ese. —Señalé el suyo a unos metros del mío. Kaoru no contestó. Continuaba sentada sin mover un solo músculo, contrario a los míos, que se revolvían tensos por dentro al tenerla tan cerca— ¿Escuchast-

Mis palabras fueron interrumpidas por unos delicados brazos que comenzaron a rodearme la cintura hasta arrimarme a su cuerpo. Tragué pesado al sentir sus pechos aplastados contra mi espalda.

—A... Aléjate.

—¿Con qué derecho me dices eso? Hace un minuto te veías muy complacida acorralándome.

Mi garganta se resecó.

—Eso no es…

—Eso… nada —dijo en mi oído, reforzando el agarre en mi vientre, que, para esa altura, estallaba por dentro—. Hueles muy bien...

—V-Vete a tu lugar.

—No. —Se limitó a contestar, rozando la boca contra mi cuello, haciéndome cosquillas—. Qué piel tan suave tienes… —prosiguió con su tortura, arrastrando los labios lentamente por mi cuello.

Descendí los párpados, entrando en una completa hipnosis.

—Kaoru, no… —Llevé una mano hacia atrás para alejarla, pero no pude.

No pude porque de repente un mapache me mordió.

—¡Agh! —exclamé, tapándome el cuello— ¿Qué demo-

—Te la debía.

—¿Huh?

Kaoru me guiñó un ojo y señaló mi cuello, ya carmesí.

—Ahora estamos a mano.

—¿Qué…? —No tardé en comprender lo que quiso decir— ¿Te refieres a la marca que te dejé?

Kaoru se cruzó de brazos con una altiva sonrisa.

—¿A qué más podría referirme, mujer zorro?

—¡Yo no te mordí, estúpida!

—Parecía una mordida.

—Mocosa… Hay una diferencia muy grande entre lo que te hice y lo que tú me hiciste.

—¿Oh? Supongo que no se me da bien, entonces. Tendrás que enseñarme algún día.

—¿Ense… ñarte?

Kaoru asintió con una sonrisita traviesa e inclinó el rostro hacia mí.

—Mostrarme cómo se hace… de nuevo.

Entré en calor de inmediato. Mi cerebro explotó, mi corazón más.

Con gusto lo haría, pero…

Le di la espalda otra vez, rogando que no viera mis ojos, los cuales debían reflejar todas las cosas que deseaba hacerle en ese momento. No quería esperar ese "algún día".

—Tonta… ¿No escuchaste nada de lo que te dije antes?

—Tú eres la que no está escuchando. —Volvió a abrazarme por detrás, destruyendo mis defensas—. Megumi, escúchame. Y escúchame bien. Kenshin es un preciado amigo para mí, y sí, es indispensable en mi vida. Es verdad que me sentía atraída hacia él, pero tú, maldito zorro, cambiaste eso.

¿Yo… lo cambié?

—Hubiera sido mucho más fácil para mí que nunca aparecieras. Si no te hubiera conocido jamás hubiera caído en esta maldita confusión —prosiguió, apoyando el mentón en mi hombro. Yo la observé de soslayo, ruborizada—. No lo podía creer… "¿Cómo pudo pasar? ¿En qué momento empecé a mirar a Megumi de otra forma? A otra mujer... Ella es una zorra, yo un mapache. Somos animales diferentes, ¿cómo puedo sentirme atraída hacia ella?" Pensaba. Pero ahora… agradezco que hayas aparecido. Lo que siento por ti nunca lo sentí por nadie.

Mis manos agarraron las suyas, entusiasmadas, al escuchar su discurso. No di esa orden, ni las anteriores y posiblemente tampoco las que seguirían. Mi cuerpo de verdad... se había distanciado de mi mente. A tal punto que reaccionaba antes de que pudiera formular un pensamiento.

¿Esto... está pasando?

—Y aunque venía sospechando que quizás, y solo quizás, me gustabas más de lo que imaginaba, ayer terminé de confirmarlo. Cuando me besaste todos los recuerdos de esa noche volvieron a mí, y con ello también lo que sentí al estar… entre tus brazos.

No podía creer lo que escuchaba. Tenía que ser un sueño, ¡tenía que serlo! No obstante, el aliento de Kaoru se sentía muy real sobre mi oreja.

—¿Y qué… sentiste? —me atreví a preguntar. Kaoru soltó una risita coqueta y besó mi cuello, sacudiéndome de pies a cabeza.

—Amor.

Abrí los ojos de par en par. No pude evitar que la sorpresa huyera de mi boca en un resoplo. Todo parecía tan irreal.

—Pero no podía ser, pensé —continuó, ignorando mi parálisis—. No podía ser cierto que tú… estuvieras interesada en mí. Desde que apareciste solo te has fijado en Kenshin e incluso competiste conmigo por él.

Bajé la cabeza, apenada.

Ah… Momento revelación.

—Eso… era solo una pantalla. Es verdad que Ken-san me atrajo al principio, pero luego…

—Lo sé —me cortó, reforzando el abrazo—. Ahora lo sé. Perdóname… Me di cuenta muy tarde de lo que sentías.

Negué con la cabeza, sollozando. Ya no podía contener las lágrimas. Tanto las de tristeza como las de felicidad debido a sus dulces palabras que, lastimosamente, no podía parar de pensar que solo eran un consuelo. Un regalo.

—No lo digas como si tuvieras la obligación de corresponderme.

—No la tengo, lo hago porque así me siento. Es extraño… —Kaoru despegó el mentón de mi hombro y plantó los ojos en la ventana con melancolía. Seguía lloviendo—. Ayer, cuando me besaste, pensé: "ahora entiendo porque no me dijiste la verdad, porque ahora que la sé… estoy más confundida que antes". Sin embargo, no tardé mucho en salir de esa confusión y aceptar los hechos. Fue como si… necesitara ese beso para finalmente sacarme la venda de los ojos. Todo encajó. Mi comportamiento contigo, el tuyo conmigo.

La miré de costado. Kaoru mantenía una apacible sonrisa que contrastaba con la inquieta mueca que yo no podía borrar. Inquieta porque le había mentido y ella al fin lo había descubierto. Ahora estaba desnuda, con los sentimientos a flor de piel. Kaoru lo sabía. Podía ver a través de mí, y eso solo significaba una cosa:

No tiene sentido seguir mintiéndole. Perdí la batalla.

—Ya veo... Al final mi arduo trabajo evitándote no sirvió de nada —dije en voz baja. Me sentía tan pequeña a su lado en ese momento— ¿Tan mala actriz soy?

—Así que fue un trabajo ¿eh?

—Y muy duro. Luego de esa… noche, cuando te vi con Kenshin al otro día pensé que era lo mejor para ti que yo me alejara. Lo pensé tarde, ya sé. Debí haberlo hecho cuando descubrí mis sentimientos, pero caí muy tarde en la realidad. —Giré el rostro hacia ella con las cejas arqueadas—. Kaoru, yo no quería lastimarte, solo quería…

—Protegerme, lo sé. Pero ya soy lo suficientemente grande como para tomar una decisión sola, no te necesito para protegerme. Ni a ti, ni a nadie. Deja de subestimarme.

Kaoru agarró mis hombros y me volteó. Encontré convicción en sus ojos, además de un brillo especial.

—Yo misma estoy decidiendo que quiero estar contigo, y no puedes cambiar eso.

Mis palpitaciones se desquiciaron, quitándome el aire por unos cruciales segundos.

—¿Quieres… estar conmigo?

Kaoru asintió y me envolvió en sus brazos. Quedé perpleja entre ellos. Era demasiado bueno para ser cierto. Ella estaba tomando las riendas de la situación, dejándome a mí muy mal parada para ser la mayor.

—Si no te molesta que sea una mocosa, que sea un estúpido mapache, me gustaría… que dejemos de fingir y aceptemos de una buena vez lo que nos pasa. Si estás dispuesta, yo también lo estoy.

Estreché los ojos, conmocionada por sus sinceras palabras, y no tuve más remedio que cerrarlos cuando el llanto subió por mi garganta, estrangulándola, y me desbordó.

No es justo... ¡No es justo que seas así!

—¡Kaoru!

Me abracé a su espalda, cuidadosa de no tocar su herida, y lloré. Lloré en su pecho como una niña desamparada. Como hacía tiempo, incluso antes de conocerla, quería hacer. Lloré por el ayer, por el hoy y también por el mañana que, sin darme cuenta, estaba aceptando. Pero más que nada lloré por la culpa, por todo el dolor que, sin saber, le hice pasar.

Una vez dije que temía que finalmente Kaoru diera el primer paso y se le declarara a Kenshin. No me equivoqué, al menos no en una parte. Kaoru era la valiente de la relación, tanto con él como conmigo. Cuando se trataba de sentimientos, solo ella, quién no soportaba mentirse a sí misma, tenía el valor de dar el paso necesario para dejarlos en libertad. Por el contrario y más allá de mis razones personales, Kenshin y yo, ambos heridos y marcados por un pasado imborrable, no éramos capaces de darlo. Por miedo, tal vez, a ser lastimados o incluso a lastimar debido a la carga que llevábamos en nuestras espaldas. Una tan pesada que no cualquiera podría hacerle frente. Justamente me encontré cómoda con Kenshin porque éramos parecidos en ese patético sentido que no tardé en descubrir.

Pecamos tanto, tanto… que no creemos merecer la felicidad.

"Estaría mejor muerta".

Ese pensamiento lo he tenido varias veces, y estoy segura que Kenshin también, sino no tendría sentido el cómo se arriesga y pone en peligro su vida obviando por completo los sentimientos de los demás, de sus amigos que se preocupan por él. Sí…, Kenshin no valora la vida. Y yo tampoco. Porque traté de suicidarme.

Hasta que la conocí a ella.

En Kaoru, estoy segura, ambos encontramos nuestra ancla a tierra, nuestro deseo de vivir. Esperanza, calma. Pero esta ancla, Kaoru…, no puede ser de los dos. No para mí.

Porque la quiero solo para mí.

Plegué los dedos contra su yukata al pensar aquello.

En eso sí había una gran diferencia entre Kenshin y yo. Soy egoísta, muy egoísta. Lo suficiente como para estar abrazándola ahora y rindiéndome a su confesión sabiendo que Kenshin tal vez algún día sufrirá por ello.

—No voy a dejar que nadie te toque… —dije ya en un placentero murmullo. Su calor me derretía, su perfume más. Poco quedaba de mi lucidez—. Voy a golpear a Kenshin cada vez que lo haga.

Kaoru soltó una carcajada.

—Eso sí es nuevo. ¿Eres de esas celosas?

—Contigo... sí.

—Yo no me quedo atrás. ¿Competiremos por eso también?

—Me encantaría, pero te aseguro que vas a perder.

Kaoru rió de nuevo, enredando los dedos en mi cabello. Sus yemas frotando mi cuero cabelludo me inducían a un inmediato estado de relajación que necesitaba hacía tiempo.

—Kenshin no es tan iluso, aunque lo parezca —empezó a decir—. Para ésta altura ya debe saber bien lo que pasa entre nosotras. Quizás… el muy idiota se fue pensando que yo estaría bien por eso.

—Eso…

—Pero no es así, no estoy bien. Lo quiero de vuelta, y por eso lo voy a traer a casa cueste lo que cueste.

Un punzante temor se clavó en mi pecho, malicioso, y despejó toda la felicidad que sentía en un santiamén. El temor tenía nombre, uno que advertí: celos.

Me aparté y la observé con una inseguridad que esta vez ni intenté ocultar. Ella sonrió ante mi sincera reacción.

—¿No fue por eso que ayer fuiste a mi casa? Porque es nuestro querido vagabundo, lo queremos de vuelta ¿no? —preguntó, acariciando mi mejilla.

Y así, con una leve caricia, Kaoru me despojó de mi inseguridad como si nada. Como si nunca hubiese existido.

Le sonreí, recargando la mejilla en su palma. Sí, yo también lo quería de vuelta.

—¿Sabes? —continuó, cruzando las piernas cual indio—. He estado pensándolo… Ah, no le digas a nadie lo que te voy a contar.

En respuesta, fruncí los labios hasta desaparecerlos, haciéndola reír.

—Bueno... Descubrí que suelo apegarme mucho a las personas porque en realidad siempre he sentido un vacío muy grande desde la muerte de mis padres. Traté de hacerme la fuerte, pero, como ves, no funcionó muy bien. —Se rascó la cabeza sacándome la lengua. Yo le mantenía la mirada, atenta—. Por eso cuando Kenshin se fue me puse tan mal, pero cuando tú te fuiste ayer me puse peor. Tan mal estaba que recién tuve el coraje de ir a buscarte a altas horas de la noche. Lo que quiero decir es que… —Se aclaró la garganta antes de continuar—. Tú eres mi persona más importante, es por eso que… cuando te alejaste me dolió tanto.

Kaoru...

—Perdóname —dije, llevando una mano a su cabeza. La acaricié mientras Kaoru sonreía infantilmente—. Nunca quise decidir por ti. Me obsesioné con protegerte y terminé lastimándote. La verdad no pensé que podrías llegar a sentir lo mismo que yo, al menos no... al mismo nivel.

—Parece que los adultos también se equivocan. —contestó Kaoru. Yo esbocé una pequeña sonrisa.

—Y parece que las mocosas de vez en cuando enseñan lecciones a los adultos. Quién lo diría. —Hice una pausa, pensativa—. Pero... ¿en serio estás segura de esto?

—¿Tú no lo estás?

—¡Lo estoy! ¡Desde hace mucho que lo estoy! No pregunto por mí, sino por ti. Todo... es por ti. —resalté, sonrojada. Kaoru sonrió de punta a punta y tomó mis manos.

—Megumi, vamos a enfrentar todo juntas. Si luchas conmigo, estaré bien, así que no te preocupes. Además, no me gusta esconderme. No es mi estilo, lo sabes.

—¿Eh? ¿A qué te refieres con eso?

—A que no voy a esconder lo nuestro. Es decir, si hay nuestro… Ya sabes —dudó, ladeando el rostro con timidez— ¡Ah! Pero si tú no quieres decirlo, te respetaré. No quiero pasar por encima tus sentimientos…

Me humedecí los labios, ansiosa.

Ah… dios. No puedes ser tan dulce.

—¿No estás enojada conmigo? Por haberte mentido... —pregunté en un murmullo.

—Lo estuve. Pero ahora que sé tus razones, no. No lo estoy. Si no fuera tan egoísta, yo también hubiera hecho lo mismo por ti para protegerte. Lo siento..., al final sí soy una niña caprichosa.

Y linda... Muy linda.

Pensé, deshaciéndome por dentro. El pecho me dolía, ya ni sabía porqué. Si era emoción, tristeza, felicidad, o simplemente eran las ganas de hacerla mía que estaba reprimiendo. Lo que fuere, me estaba superando.

Maldito mapache.

—Kaoru, deja de provocarme sin darte cuenta.

—¿Huh?

Estiré los brazos y la abracé, hundiéndola en mi pecho.

—Quisiera comerte ahora mismo… ¿sabes?

Kaoru levantó la cara y me miró con la ingenuidad de un niño.

—¿Comerme? No soy sushi, Megumi. —dijo de un tierno modo que generó que delineara una atontada sonrisa.

—Debes ser mucho más deliciosa que el sushi —contesté, acariciando su cuello sugestivamente—. Si no estuvieras herida estaría a un paso de comprobarlo. Qué lástima…

—¿Herida? Oh, esto. —Se llevó la mano a la espalda—. No es nada, ya no me duele. Esa crema que me pasaste es milagrosa.

Mi ceja derecha tiritó.

—¿Estás… dándome permiso?

—¿Eh? ¿Permi…? —Kaoru agrandó los ojos y se tapó la boca cuando entendió a lo que me refería. ¿En serio? ¿Acaso no estábamos hablando de lo mismo? ¿Solo pensó que estaba preocupada por su herida? Dios… Tan inocente que duele—. Ah… ¡Ja, ja! —Kaoru se rascó la nuca con las orejas rojas—. A-Así que te referías a eso… Ya veo. Entendí mal, qué tonta soy. —Soltó otra risita nerviosa.

Yo incliné el rostro para buscar sus ojos, los cuales corrían de izquierda a derecha apresurados.

—¿Mapache? ¿Qué te pasa?

Kaoru me observó de soslayo notablemente nerviosa y abrió los labios para hablar, sin embargo, no llegó a hacerlo. Un estruendoso relámpago cayendo en las afueras provocó que cerrara la boca de golpe. Lo próximo que vi fue su cuerpo lanzándose hacia mí cual zambullida.

—¿Kaoru?

La atajé en mis brazos, extrañada, cuando pegó un agudo gritito.

—¿Te dan miedo las tormentas?

—¡No! ¡No me dan miedo! Solo… ¡me agarró desprevenida! ¡Eso es! —habló con la lengua resbalosa, frunciendo los dedos en mi espalda.

Sonreí maternalmente al verla temblando en mis brazos.

—Tontita, no pasa nada —le dije, acariciando su cabello—. Deja de lloriquear.

—¡No estoy lloriqueando! —espetó, levantando la cabeza y, detalle no menor, estrellándola contra la mía.

—¡Auch! —me quejé, refregándomela—. T-Tienes la cabeza muy dura…

—¡Ah! ¡Perdón! —exclamó, frotándose la frente— ¿Estás bien?

—Sí… —contesté, entreabriendo un ojo.

Para qué.

¡Cerca!

Ahogué un grito al tenerla a escasos centímetros de mis labios.

¡Muy cerca!

Entré en un inmediato cortocircuito, uno que no se hizo esperar y que me drenó de un deseo ambicioso que apenas podía digerir. De pronto me encontré riendo de mis anteriores pérdidas de control, porque la que sentía ahora... no tenía comparación.

—Lo siento, fue sin querer.

Kaoru alejó la cara por el penoso acontecimiento, pero no el cuerpo. Mi mano se movió por sí sola, atajando su espalda e impidiéndoselo. Ella echó un vistazo atrás y volvió el rostro adelante ya no tan tranquila.

—¿Qué pasa?

Mis ojos se mostraban sorprendidos por aquella acción que no ordené, pero mi mano no la soltaba. ¿Esos eran indicios de que estaba a punto de perder la cabeza?

Mierda…

Las dos nos contemplábamos con una visible inquietud que, al menos en mi caso, paulatinamente comenzaba a ser reemplazada por una mirada profunda. Kaoru relajó los párpados al notarla, sin embargo, su cuerpo seguía tenso.

—¿Deberíamos… dormir? —preguntó, evitando mis ojos—. Dijiste que tenías que levantarte temprano.

Reforcé el agarre, incapaz de dejarla ir. Y mientras deslizaba la mano hacia abajo por la curva de su espalda, pensaba que ya no podía mantener más el papel de compasiva. No me sentaba bien. Esa no era yo. En cambio, el papel de egoísta me sentaba mejor.

Mucho mejor.

Tanto me lo creí, que mi cuerpo se rindió ante él y se apegó al suyo en un necesitado abrazo.

—Kaoru... —la llamé en un murmullo, hundiendo la nariz en la curva de su cuello—. Eres tan linda...

—¿Megumi?

—Me sacas lo peor. —dije, inclinando los labios a su cuello. Los presioné contra esa suave piel. Kaoru se estremeció.

—¿T-Te das cuenta de que tu discurso es contradictorio? Ponte de acuerdo, zorro.

Reí por lo bajo sobre su cuello y bajé las manos por su espalda hasta atajar su trasero. Kaoru ni llegó a quejarse que en un rápido tirón ya la tenía sentada sobre mis piernas.

—¿M-Megumi? —me llamó con el mayor sonrojo que vi esa noche. Yo le sonreí asomando los dientes.

—¿Así estábamos la última vez, no? Tú encima mío...

Kaoru se quedó en blanco un momento, recordando, y asintió lentamente.

—Sí, pero...

—Dijiste que querías que te enseñe —continué, sujetando su mejilla— ¿Quieres que lo haga ahora?

—¿Te refieres a…?

Refregué la frente sobre la suya en un asentimiento y esperé. Esperé a que Kaoru tomara una decisión que, según sus titubeantes ojos, le costaba tomar. Y a mí respirar. Dolía de la ansiedad que tenía encerrada en el pecho. O, mejor no mentirnos, de la excitación que sentía en cada partícula de mi cuerpo.

Y cuando pensaba que no tendría más remedio que seguir guardándomela, un milagro ocurrió. Kaoru asintió. Con vergüenza, pero asintió.

El aire escapó, aliviado, de mis labios. También escapó una sonrisa. Y otra, y otra. Porque Kaoru era eso, mi sonrisa. Mi felicidad. Una mocosa como ella se había ganado tan importante lugar… Casi me molestaba. Yo, una adulta, cayendo por una mocosa…

Por un mapache revoltoso.

—Te odio —susurré, acercándome a sus labios—. Tanto como te amo.

Kaoru bajó los párpados y plantó las pupilas en mi boca.

—Espera, antes de que…

No le permití continuar. Robé sus labios descaradamente. Sin compasión, sin esperar. Porque ya no tenía la capacidad. Esta era yo. Yo perdiendo el control y olvidándome de todo, excepto de nosotras.

Y en su agarre tan potente, que por poco y me desgarraba los hombros, pude sentir su mismo odio y amor hacia mí. Ella también me odiaba por lo que le generaba, hecho que me hacía feliz. Sentíamos igual.

—Kaoru...

Entreabrí los labios, llevándome los suyos, y nuestros suspiros se encontraron en un beso mayor donde, ya sin reprimirme, asomé la lengua para buscar la suya. Las puntas se rozaron, y ese simple roce fue suficiente para que mi lado primitivo despertara y eliminara todo lo demás que carecía de importancia.

—M-Megumi, espera…

Oí a Kaoru en un eco, pero no me pude detener. Antes de darme cuenta mis manos habían vuelto a su trasero para acoplarla más a mi cuerpo, que hervía por sentirla.

Entre besos y caricias que le regalaba, ella seguía insistiendo con que esperara. O al menos eso creía.

Porque yo… ya no la escuchaba.

Continuará.