Hegemonía de los Sueños
Prólogo: La Diferencia entre lo Posible y lo Imposible
Darach creyó durante mucho tiempo que no le faltó nada al crecer, pero tampoco podía admitir que le sobraron muchas cosas. Creció siendo el hijo único de una familia ocupada: sus regalos eran cosas que necesitaba y nunca cosas que quería; sus papás le medían la comida ya que las sobras siempre se tienen que guardar para otro día; y el orden y la limpieza fue su modo de vida tanto en lo personal como en lo profesional.
Sus papás eran trabajadores leales de una de las familias reales más antiguas de la región Sinnoh: los Percila. Su padre era la quinta generación de su familia que había trabajado como mayordomo y su madre era de la tercera generación como encargada de limpieza diaria para el Castillo Percila. Siempre escuchó acerca del gran honor que era trabajar para alguien como el Rey Anselio y la Reina Betilia, cómo eran indignos de estar ante la presencia de altas figuras de la monarquía cuando se atrevían a intercambiar una sola palabra con su alteza.
De niño nunca le dio mucha importancia a esas historias, eran solamente cosas de adultos que lo interrumpían de su verdadera pasión: el entrenamiento Pokemón. Cuando cumplió los diez años, Darach ignoró las recomendaciones de su papá para ir a trabajar al castillo con ellos y saltó a realizar su viaje. Era su derecho viajar, descubrir qué había más allá de las murallas de aquel viejo castillo y correr sin miedo de romper alguna regla. Lo único que importaba era que estaba con su Piplup y nada lo detendría en su viaje para volverse campeón.
(Darach, 11 años)
Un año después de su inicio se dio cuenta que tenía un gran talento, ganó las 8 medallas y tenía un equipo muy admirable para un niño de 11 años: Empoleon, Gallade, Staraptor y Houndoom. Ya estaba preparado para entrar a la Conferencia de la Liga Pokemón y el ganador tendría la oportunidad de enfrentar a la Elite Four.
Darach se encontraba en el centro Pokemón de la Isla Lirio del Valle hablando con sus papás, contándoles de su plan de entrar al torneo. Su mamá lo veía a través de la pantalla todavía con su uniforme de mucama puesto, su cansancio no ahogaba el orgullo que sentía por su hijo y su dulce sonrisa dejaba en claro lo feliz que estaba por él. Su papá, quien también se encontraba con su uniforme después de una larga jornada, también estaba ahí con su cena frente a él.
—¿Y qué harás después? —le preguntó su papá.
—Retaré la Elite Four y me volveré campeón, —dijo Darach con una gran sonrisa determinada, su mamá le respondió con una sonrisa también.
—No Darach, en serio, cuál es tu plan después que todo esto termine.
Su papá nunca le levantaba la voz, su forma de mostrar autoridad era poner la voz más grave y puntuaba alguna palabra específica con un ritmo imponente. Darach le respondió con una cara de enojado, no entendía por qué sentía que lo estaban regañando.
—Hablas como si fuera un hecho que vas a ganar, —le dijo su padre al otro lado de la pantalla, la resolución tal vez no era la mejor, pero el niño podía ver el poco interés en la expresión del hombre.
—Sí, porque lo voy a hacer.
—Solo te digo que habrá un día que tu viaje llegará a su fin y tendrás que enfrentar la realidad, —su papá dejó sus cubiertos en la mesa y miró a su hijo seriamente—. No puedes pasar tu vida viajando y desperdiciando tu tiempo.
—Shaw, por favor, —le suplicó con un susurro a su esposo—. Déjalo disfrutar su viaje.
—No Lena, algún día tendrá que crecer. Tú le sigues llenando la cabeza con fantasías.
—Shaw…
—Lena…
Darach bufó molesto, odiaba cuando sus papás se peleaban enfrente de él. Aunque estuviera miles de kilómetros lejos de su casa en la Isla Sinnoh, se sentía como si estuviese de regreso sentado en la mesa del comedor viéndolos discutir. Habían veces que era por cosas de dinero, otras era por algo del doctor de su mamá y casi siempre era por algo de él. Aclaró su garganta, fue ignorado y siguió esperando tocando el borde de la computadora frustrado.
—Te dejé regalarle ese Pokemón, lo dejé viajar, ya le toca regresar a trabajar al castillo.
Que su papá dijera eso le afectó de maneras inexplicables para su mente de 11 años. Solo entendió que su papá lo quería de regreso para hacer lo que le decían que estaba destinado a hacer: trabajar en el Castillo Percila. En otras palabras: el fin de su viaje.
—¡No me puedes obligar a regresar! —gritó furibundo Darach asustando a sus papás y a varias personas alrededor suyo en el Centro Pokemón—. ¡Todavía no terminé mi viaje!
La expresión de su papá se tornó sombría, odiaba cuando su hijo le levantaba la voz y esa clase de berrinche era imperdonable para él.
—No ha terminado… por ahora… —el papá tomó sus platos y se levantó de la mesa—. Buen provecho.
Y así el hombre se retiró y el muchachito vio cómo desapareció del encuadre de la cámara. Darach tragó saliva nervioso, algo se sintió muy mal en lo que le dijo su papá y en serio no entendía qué fue. Solamente se sintió frustrado y con mucho miedo.
—Darach, mi cielo, mírame por favor, —la voz de su madre lo trajo de regreso y no esperó sentir las lágrimas que empezaron a salir de sus ojos—. Mi cielo, no llores.
—¡N-no estoy llorando! —respondió enojado el niño levantándose sus anteojos y frotándose la cara con su manga, en teoría debería de usar su pañuelo pero no lo llevaba encima—. Se me metió algo en el ojo…
—Ah… —dijo su madre sin creerle una sola palabra—. Deberías de usar el pañuelo celeste que te bordé, ¿lo tienes?
—Está en mi mochila.
—Bien, llévalo siempre contigo, lo bordé especialmente para ti y para tu viaje, —su mamá le dio una sonrisa dulce que logró calmar el ardor de sus ojos—. Ya casi empieza el invierno, prométeme que te vas a abrigar.
—Sí mamá…
—Darach…
—¿Qué? —preguntó enojado el niño, necesitaba inscribirse y la charla parecía eterna.
—Más te vale presentarte arreglado a las peleas, estaré viendo en vivo todo.
—¿A esa hora? —Darach se sabía de memoria los horarios de trabajo de sus papás y sabía que se cruzaban con las del torneo.
—Tengo cita con el doctor en la mañana y tengo el resto del día libre.
—Qué casualidad que sea el mismo día que el torneo… —le respondió Darach con una pequeña risa, al ver la sonrisa pícara de su mamá hizo que soltara una carcajada.
Era normal que Lena hiciera eso, lo hizo para mucho de sus cumpleaños y otras ocasiones importantes.
—Todo está fríamente calculado mi cielo, —su mamá le dio una última sonrisa antes de despedirse—. Lleva el pañuelo que te bordé al torneo, es de buena suerte.
—Ok mamá.
—Oh, dile a Empoleon que le mando saludos, —agregó emocionada Lena—. Pensar que yo misma lo cuidé cuando era un pequeño huevo…
—Mamá, me tengo que ir a inscribir, —se quejó el niño, su mamá era incapaz de cortar una conversación rápido.
—Ok, ok, ya te dejo tranquilo, —el niño respiró aliviado por un segundo—. Y Darach…
—¡¿Qué?!
—Te quiero mucho.
Esa respuesta lo dejó sorprendido por un segundo, siempre le decía eso pero por alguna razón, esta vez sonó mucho más serio que de costumbre.
—Yo también mamá, adiós.
Cuando por fin logró colgar el teléfono, Darach suspiró aliviado. Su mamá siempre alargaba sus conversaciones y eso le desesperaba mucho. Salió de la sala de teléfonos y se dirigió a la recepción del Centro Pokemón para registrarse en el torneo con la enfermera Joy.
Mientras esperaba que le trajeran los papeles escuchó a varios entrenadores en el lobby hablando acerca de la competencia.
—Todos dicen que hay una chica de Celestic Town que va a ganar, —decía una entrenadora a otra.
—¿La que tiene un Garchomp? —preguntó la otra aterrada—. Peleé con ella ayer, si estoy en el mismo grupo que ella prefiero retirarme.
Darach no pudo evitar sonreír, no sintió temor ante los rumores de la chica del Garchomp, sintió emoción ante la presentación de un verdadero reto. Un año de estar viajando y jamás había perdido una batalla.
En aquellos días, el Darach niño decía estar orgulloso de su logro… el adulto de ahora solo veía ego desbordado.
En la mañana del torneo Darach se tomó un momento para arreglarse, ahora que sabía que su mamá lo iba a estar viendo en televisión supo que tenía que poner algún tipo de esfuerzo en su apariencia.
Salió de bañarse y después de vestirse con jeans, su chaleco y camisa abotonada blanca favorita, decidió peinarse con gel. Desde que empezó a viajar se dejó crecer el cabello y odiaba como su lunar se veía tan grande. Jamás entendió por qué tenía una franja rubia entre todo su pelo negro, su mamá le explicó que eso se llamaba lunar y era algo común en su familia. Lena tenía varios lunares rubios entre su cabello café, pero honestamente no se veía tan mal comparado con la franja deforme que veía Darach en su propio cabello.
Suspiró derrotado y se peinó todo para atrás, así su mamá no lo podía acusar de ir desarreglado. Salió de su habitación tan emocionado que se le olvidó revisar su bolsillo, dejando el pañuelo bordado a mano perdido entre su mochila.
El torneo comenzó con una apertura lenta: encendieron una antorcha, dieron como tres discursos tontos de inspiración y Darach solamente quería empezar a pelear. Era durante las batallas Pokemón que en verdad se sentía libre, ahí tenía el control de todo y siempre se emocionaba de buscar nuevas maneras de ganar.
Miró a su alrededor, estaba parado en la arena de batalla con otros entrenadores y nadie se veía tan fuerte como él. Se preguntó quién de las entrenadoras era la famosa chica del Garchomp.
Se armaron los grupos y habían cuatro en total. Darach salió primero en el suyo, las batallas fueron rápidas y fáciles, su Staraptor había logrado hacer todo el trabajo sucio. Eran peleas de tres contra tres, jamás tuvo que sacar un segundo Pokemón ya que nadie le lograba vencer a su Staraptor.
Las semi-finales llegaron y le tocaba pelear con la que había salido primero en su grupo. Era una chica rubia con ropa negra que siempre peleaba con un Lucario, parecía tener un par de años más que él. ¿Trece? ¿Catorce? No importaba, igual le iba a ganar.
Se preparó y antes de salir a la arena, Darach se revisó el bolsillo y se molestó de no encontrar su pañuelo. No es que necesitara suerte, pero por alguna razón pensó en su mamá mientras esperaba a ser llamado.
Lo llamaron y olvidó el pensamiento de su pañuelo, salió a la arena de batalla y fue inundado por los gritos del público. Estaban emocionados de ver una gran batalla y Darach no pudo evitar buscar una cámara de televisión. Quería verse fuerte y con dignidad, le iba a demostrar a su papá que viajar no era un desperdicio de tiempo.
Llegó al centro de la arena y el réferi se presentó, luego le permitió a los contrincantes hablar por un momento.
—¡Hola! ¡Me llamo Cynthia! —dijo la chica rubia con una sonrisa ofreciendo su mano—. Tienes cara intensa, ¡bien! ¡Eso significa que te gusta pelear!
—Mucho gusto, me llamo Darach, —dijo el muchacho tomando la mano de la chica—. Hoy voy a ganar.
—¡Ja! ¡Buena suerte con eso!
Se separaron, cada uno tomando su lado de la arena y Darach sacó su Staraptor esperando pelear contra el Lucario. Para su sorpresa, la chica sacó otro Pokemón: un Garchomp. El dragón rugió tan fuerte que un escalofrío recorrió su espalda, al final terminó enfrentándose a la chica de los rumores más rápido de lo que esperaba.
—¡Vamos Staraptor! —gritó el muchacho, estaba listo para ganar y estaba convencido que lo lograría.
Esa pelea fue el inicio del fin de su viaje porque fue derrotado. Sus Pokemons pelearon con toda su fuerza y voluntad, Darach en verdad puso todo su corazón en el campo de batalla. Pero fue inútil, el Garchomp de la chica lo destruyó sin piedad alguna.
El niño no se atrevió a llamar a sus papás, no podía creer que había sido derrotado de una manera tan brutal frente tantas personas. No vio el resto del torneo, se quedó en su habitación llorando sujetando su pañuelo celeste lleno de vergüenza.
Finalmente decidió llamar a su casa después de una semana, estaba seguro que su mamá estaría sufriendo por pasar tanto tiempo sin saber de él. Decidió sacar a su Empoleon para que saludara a su mamá, eso siempre la ponía de buen humor y se sentía obligado a hacerlo, ya la decepcionó en cadena nacional perdiendo contra la chica del Garchomp. Finalmente alguien contestó la llamada y el chico se puso pálido al ver quién estaba al otro lado de la pantalla.
—Darach.
—Papá…
Ninguno dijo algo y el silencio se hizo presente.
—Escuché de tu madre que perdiste, —dijo finalmente el hombre.
—¡En las semi-finales! —gritó molesto Darach, Empoleon soltó un chillido preocupado atrás de él.
—Pero aún así perdiste, —seguía sin levantar su voz, pero el tono que usaba era aterrador y frío—. Saber la diferencia entre lo que es posible e imposible es tu responsabilidad.
—¡Sé que puedo volverme campeón! —gritó molesto el niño—. ¡Solo necesito entrenar más!
—Entrenar más equivale a tiempo y te recuerdo que no tienes todo el tiempo del mundo, —el hombre continuó agravando su voz, pero seguía sin levantarla—. Eres un Kokuran y has sido bendecido con un trabajo asegurado en el Castillo Percila al ser parte de nuestra familia.
—¡Todavía no terminé de viajar!
—Por ahora, —respondió su papá haciendo que Darach se asustara—. Le prometí a tu madre que te dejaría viajar y ser un niño, pienso cumplir con esa promesa. Pero el reloj corre Darach y el momento que dejes de ser un niño, no estaré obligado a ayudarte en tu viaje.
—¿En dónde está mamá? —preguntó furioso, no quería seguirle hablando.
—Durmiendo. Llámala después, necesita descansar.
Darach terminó la llamada colgando de forma agresiva el teléfono. Habían lágrimas asomándose en sus ojos y no estaba dispuesto a dejar a su papá verlo llorar. No quería darle el placer.
Empoleon soltó un chillido raro y trató de meter su aleta en el bolsillo del muchacho. Darach lo miró un poco confundido y lo revisó, hoy no se le había olvidado llevar su pañuelo celeste bordado. Se levantó sus anteojos y lo usó.
—Gracias Empoleon, te prometo que nos volveremos más fuertes, —el muchacho empuñó su mano determinado con su pañuelo—. Te prometo que seremos tan fuertes que lograrás vencer a ese Garchomp, ¿está bien?
Empoleon hizo un chillido determinado y Darach levantó la cabeza en alto, no pensaba rendirse. Su papá le dijo que era su obligación diferenciar entre lo que es posible e imposible.
Bueno, le enseñaría que era posible volverse en campeón, sin duda alguna lo lograría.
(Darach, 12 años)
Un año de duro entrenamiento pasó y la Conferencia de la Liga Pokemón empezó una vez más. Esta vez, Darach logró ganar todo el torneo sin ninguna derrota y adquirió el derecho de poder retar la Elite Four con solo doce años de edad.
Para su sorpresa lo que frenó su avance fue exactamente lo mismo que lo detuvo la última vez: la chica del Garchomp. Ahora no se presentó ante él como una contrincante del mismo nivel, en realidad lo hizo como la nueva campeona de Sinnoh.
—¡Hola! ¡Mi nombre es Cynthia! —la chica ni siquiera se acordaba de él y Darach no supo cómo procesarlo—. Siempre se me acelera los latidos de mi corazón antes de una batalla, ¡no espero nada más que lo mejor viniendo de ti, retador! ¡Dame lo mejor que tienes!
Preparó su Pokebola con Gallade y se sorprendió que Cynthia sacara un Spiritomb, era la primera vez que miraba uno en persona. Respiró profundo y pensó en cuál sería su siguiente movimiento, no pensaba perder otra vez contra la misma chica.
Esa misma noche Darach llamó entre lágrimas a su casa, le había prometido a su mamá que la llamaría después de su batalla y no pensaba romper esa promesa.
Había ganado tanto dinero durante su año de entrenamiento y finalmente había logrado comprar su propio teléfono. No tenía cámara como el de los Centros Pokemón pero funcionaba bien.
—¡Hola Darach! —atendió Lena felizmente—. ¿Cómo es—?
—Perdí.
Ni siquiera le dejó terminar su pregunta, solo quería decirle las cosas rápido para terminar lo antes posible con su conversación.
—Oh… —escuchó a su mamá pensando lentamente y la dejó tranquila, no tenía ganas de hablar—. Lo lamento mucho mi cielo.
No supo qué decir, así que no dijo nada.
—Darach, escúchame bien: que todo te salga bien siempre te guiará a un camino lleno de desilusión, porque la vida no funciona así. Perder es parte de ganar, porque es cuando perdemos el momento que encontramos nuestras debilidades y entenderlas es lo que te hace más fuerte. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—Sí, —la verdad no entendía absolutamente nada, pero solo quería terminar la llamada—. Todavía no terminé mi viaje.
—Yo sé que no, te prometo que haré todo lo que pueda para seguirte apoyando. Te quiero Darach…
No le respondió y simplemente colgó la llamada. Necesitaba entrenar más y volverse más fuerte. No pensaba en rendirse, en serio no quería hacerlo. Batallar era su vida y tenía miedo de perderla.
(Darach, 15 años)
Otros años pasaron en donde miles de victorias perdieron su valor cuando Darach volvió a ser derrotado ante la escalofriante campeona de Sinnoh. Al cumplir los trece años empezó a sentir el peso del reloj y el tiempo en su bolsillo.
El sistema estaba diseñado para que los niños tuvieran la libertad de viajar por todas las regiones sin algún obstáculo económico. Era un derecho que todos tenían acceso sin importar su clase socioeconómica o educación. Pero todo lo bueno tenía que terminar y el sistema no podía funcionar si los adultos no tomaban responsabilidad.
Con la caída del precio del carbón y la última recesión económica, la situación en Sinnoh no era la más amistosa para los entrenadores mayores.
Las cosas eran así: los niños entre las edades de diez a catorce años podían viajar con precios mucho más accesibles. No se les cobraba la comida ni tampoco la estadía en los Centro Pokemón y muchos productos tenían un gran descuento para hacerlos accesibles. Productos como medicina, Pokebolas y accesorios de batalla.
Darach ya llevaba varios años sin la ayuda económica de su papá: Shaw Kokuran le había prometido a su esposa que dejaría a Darach viajar y ser un niño como los demás, pero en la noche que cumplió catorce dejó de enviarle su mensualidad. Su justificación era simple: pues su hijo ya no era un niño y si quería seguir viajando tenía que aceptar la responsabilidad de sus decisiones.
Al principio no fue difícil vivir sin la mensualidad de sus padres, pues seguía siendo un entrenador talentoso. Aunque no fuera campeón no significaba que no ganara otros torneos y muchas veces venía con un cheque que lo ayudaba a vivir.
En el momento que llegó a los quince años y sin ningún título todavía, fue ahí cuando Darach empezó a tener serios problemas. Ya no le sobraba el dinero como antes y ahora ya no podía quedarse tan seguido en los Centros Pokemón. Podía llevar a sus compañeros para ser atendidos sin cargo, pero siempre era obligado a salir del establecimiento para acampar o buscar algún motel barato en el área donde se encontrara. Acampar solía ser una mejor opción.
La comida era mucho más barata en los Centros Pokemón, pero antes era gratis y se sentía mucho la manera en que sus ahorros se decaían con el pasar del tiempo. Lena se esforzó para apoyar a su hijo enviándole dinero a las espaldas de su esposo, siempre comenzaba un ahorro personal que lo terminaba gastando en accesorios para su hijo: Pociones, Revives, medicina, de vez en cuando lo sorprendía con algún TM y otros accesorios de batalla.
Darach continuaba volviéndose más fuerte, ganando torneo tras torneo para seguir entrenando, pero siempre que llegaba el momento para retar la Elite Four continuaba perdiendo. Tampoco era alguien conocido como para conseguir a alguien que lo patrocinara. En el último año la campeona comenzó a contratar nuevos entrenadores y Darach se horrorizó cuando perdió contra el cuarto miembro de la Elite Four, un entrenador tipo psíquico que logró vencerlo.
Después de perder contra él, Darach salió al Centro Pokemón para que atendieran a su equipo. Mientras esperaba se sentó en la sala de espera completamente desesperado, seguía sin entender qué le faltaba para volverse campeón.
Le empezó a doler el estómago y decidió comer algo, era de noche y su última comida había sido el desayuno. Se acercó a una máquina expendedora y buscó algo comestible, sacó su billetera y se horrorizó al contar las monedas que le quedaban: no le alcanzaba ni para el dulce más barato de la máquina.
Miró su reflejo en el vidrio de la máquina y sintió unas náuseas horrible recorrer su estómago. Tenía 15 años, incontables títulos de entrenador y ocho medallas… y no le alcanzaba para comprar una miserable bolsa de papalinas.
Saber la diferencia entre lo que es posible e imposible es tu responsabilidad, —la voz de su padre lo atormentó en su mente y ese recordatorio se volvió en un arma mortal que lo estaba matando.
¿Acaso era imposible que se volviera campeón? ¿Ya no era posible para él seguir viajando? ¿En serio no le alcanzaba el dinero para comprar comida?
Esa noche llamó a su madre para contarle su siguiente plan: adelantaría su viaje de regreso al castillo para las fiestas. Siempre regresaba para Navidad pero esta vez lo haría más temprano que de costumbre.
—¡Excelente! —le respondió su mamá al otro lado del teléfono emocionada de tenerlo de vuelta—. Te he bordado otro pañuelo, esta vez lo hice sin flores como me pediste y te prometo que me limité con los colores. Estoy segura que te encantará.
—Gracias, —le dijo Darach agotado, el hambre hacía que le diera sueño—. Mamá, necesito que le digas algo a papá.
—¿Si? —a esta altura ya se había acostumbrado a ser la interlocutora entre los dos hombres, desde que su papá lo dejó de apoyar económicamente Darach cortó contacto con él. Tampoco es que Shaw se esforzara por buscar a su hijo.
—Dile que entraré al programa de trabajos temporarios del castillo, —decir eso le dolía más que su estómago vacío—. Por lo menos hasta el verano del próximo año.
—Oh… —Lena se quedó pensativa sujetando el teléfono en su oreja y Darach se pudo imaginar su cara desilusionada—. ¿Te falta dinero? Te puedo enviar si necesitas…
—Mamá, no, —lo último que quería era quitarle más de lo que ya le quitaba—. Necesito reconsiderar unas cosas y me gustaría ahorrar un poco de dinero antes de decidir qué hacer.
—Está bien cielo, yo le digo. Prométeme que te abrigarás mucho, dicen que esta noche empezará el clima de invierno.
—Lo haré mamá, —Darach miró la puerta del consultorio y seguía sin abrirse, en serio sus Pokemons habían sufrido con la última batalla y se sentía muy culpable de haberlos hecho sufrir—. Te hablo mañana.
—Está bien, te quiero.
—Yo también.
Viajó en barco de regreso a casa, el Castillo Percila quedaba en una isla cerca del continente de Sinnoh. No había mucho en términos de ciudades o lugares interesantes, solo había un volcán donde se encontraban algunos entrenadores y el Castillo real de la familia Percila. Darach miró con melancolía el horizonte, estaba convencido que solo necesitaba trabajar durante un año para ahorrar dinero y seguir con su viaje.
Quería explorar, quería encontrar más estrategias y más batallas que hicieran que su corazón latiera fuerte. Tal vez su cuerpo cambió y creció al de un adolescente, pero sus sueños y esperanzas seguían siendo el mismo de un niño. Tenía el corazón de un aventurero, un luchador nato que se moría por seguir viviendo la emoción de las batallas.
El barco llegó al puerto y Darach se bajó esperanzado, le mostraría a todos que tenía un destino más grande que el de un solo lacayo más en el castillo de un monarca. Tenía que mostrarlo…
(Darach, 16 años)
Trabajar en el Castillo Percila era peor de lo que hubiera imaginado. No era una cuestión de sufrimiento por estar en un mal ambiente, era más bien que se sentía como un Starly atrapado en una caja de cristal.
Su papá era el mayordomo del comedor, así que estaba encargado de mantener limpio y presentable el comedor principal donde se le servía la comida a la familia real. Darach pensó que lo integraría a su equipo, tenia entendido que los mayordomos estaban encargados de supervisar el trabajo de los empleados varones. Para su sorpresa terminó en otra área del castillo: limpieza.
Parte de él se preguntaba si fue obra de su mamá, pues sabía que ella era una de las criadas encargadas de la limpieza de una de las torres. No estaba seguro de cómo funcionaba el sistema de integración de empleados, pero se imaginó que al buscar un trabajo temporal le darían lo que nadie quería hacer. Su mamá era criada de limpieza de la torre del homenaje, básicamente la torre principal del castillo en donde vivían los reyes y su hija.
Casi nadie se le permitía entrar ahí sin algún tipo de autorización y entre más lo pensaba, más sentido tenía que no lo pusieran a trabajar con sus papás. Aunque llevara toda su vida viviendo en un condominio cerca del castillo, seguía siendo un extraño para los demás.
El área donde lo pusieron a trabajar era la torre atalaya, básicamente la torre más alta que se usaba en épocas medievales para comunicarse con otros reinos mediante fuego o humo. Hoy en día se había vuelto en una clase de trampa turística, desde hacía unos años que habían abierto las puertas del castillo para los turistas, al parecer el Rey Anselio se esforzó por compartir la historia de su hogar con una clase de museo en la torre atalaya.
Darach visitó el museo de niño con su escuela y estar ahí ahora como criado de limpieza se sentía casi irreal. Las armaduras que veía con admiración de pequeño ahora eran parte de su trabajo, una de sus responsabilidades era pulirlos todas las mañanas antes del amanecer.
Sufrió los primeros meses del trabajo, en verdad no podía esperar a contar los días para largarse de ahí.
Una mañana se encontraba puliendo la quinta armadura de uno de los pasillos del museo y todavía se sentía incómodo con el uniforme. Era el colmo que esperaran que limpiara más de 15 armaduras usando saco completo y guantes blancos. Estaba harto de mancharlos así que se los quitó, eso por lo menos le ahorraba tiempo a su mamá de tener que lavárselos todas las noches.
—¿Darach? —dijo una voz que honestamente no reconoció, dejó el pañuelo en el suelo y se dio la vuelta.
Se encontró con una cara que no había visto desde hace casi seis años y se veía tan flacucho y perdido como siempre.
—¿Aidan?
—¡Por Arceus! ¡En verdad eres tú! —el muchacho de cabello verde se acercó emocionado a él, era su viejo amigo de la infancia que no había visto desde que emprendió su viaje. A diferencia de Darach, Aidan no tuvo el lujo de viajar cuando cumplió 10 años—. ¿Qué haces aquí?
—Limpio las armaduras, —respondió apuntando a lo obvio.
—Ja, tan simpático como siempre, —Aidan estaba acostumbrado a la actitud antisocial de Darach, los dos se encontraban con el mismo uniforme de criados de limpieza que era básicamente un saco rojo con corbata negra y guantes blancos—. Me refiero a qué haces aquí aquí, en el castillo. Pensé que estabas viajando.
—Regresé para ahorrar dinero, —respondió Darach volviendo a su responsabilidad de pulir las armaduras, eran las cinco de la madrugada y necesitaba tener todo listo antes de las siete—. Pero mi viaje no ha terminado.
—Vaya, tienes suerte, —le respondió Aidan desilusionado—. Yo nunca pude viajar, mis viejos me habían prometido darme dinero cuando cumpliera doce para empezar, pero… bueno, como que no alcanzó la plata…
Darach miró con lástima a su amigo, originalmente querían viajar juntos pero las circunstancias de la familia de Aidan no se lo permitió. El embarazo repentino de su madre y la llegada de un quinto hijo cambió las prioridades económicas de su familia. Aunque llevara años sin hablarle no significaba que no le importara.
—Sabes, tal vez no te puedo ayudar con dinero, —le dijo Darach sin quitarle la vista a la armadura—. Pero tal vez sí te puedo ayudar con entrenamiento. ¿Sigues teniendo a tu Bellsprout?
—¡Ja! ¡Ahora es un Weepinbell, cuatro-ojos ! —presumió con orgullo Aidan y Darach no pudo evitar sonreír, su amigo siempre fue el optimista de los dos—. ¿Por?
—Bueno, escuché de un líder de gimnasio que reté que hay un área de la isla que se está poniendo popular entre entrenadores fuertes, —Darach terminó de pulir el casco y lo puso de regreso en su lugar—. Podríamos ir ahí un fin de semana para entrenar.
—Tal vez está muy elevado para mi nivel, —dijo inseguro el muchacho rascándose el cuello nervioso—. Pero hey, si eres trabajador temporal igual que yo tenemos un fin de semana al mes libre. ¡Vayamos! Tal vez pueda comprar una Pokebola y atrapar un Pokemón.
—Guarda tu dinero para un Leaf Stone, —Darach se sacudió las manos y miró a su amigo con una sonrisa, se sentía bien tener a alguien con quien hablar—. Yo te regalo un par de Ultra Balls.
—¿Una Ultra Ball? —preguntó asombrado Aidan—. Amigo, sé que tienes más plata que yo pero no tienes que gastar tanto en mí. Con una Poke Ball soy feliz.
—Nah, ya tengo mi equipo armado y no me interesa atrapar más Pokemons, —le dijo Darach sin darle mucha importancia—. Me sobraron muchas en mi viaje… además no creo que te sirva una Poke Ball con los Pokemons de la Ruta 225 o 230, son muy fuertes.
—Ja… cierto… —Aidan se rascó el cuello avergonzado y luego miró a su amigo con una sonrisa genuina—. Gracias Darach, en serio me alegra tenerte de regreso.
Darach le sonrió también, aunque nunca fuera alguien de muchos amigos, el adolescente apreciaba a los pocos que tenía. Escucharon unos pasos acercarse y Aidan se puso nervioso a limpiar el polvo de una jarra que tenían cerca. Todavía no era hora para recibir turistas o invitados, pero era normal que el mayordomo de la torre atalaya los supervisara.
—Darach, —la voz que lo llamó no era el mayordomo de su área y al darse la vuelta, el muchacho se extrañó de encontrarse con una cara conocida.
—¿Papá? ¿Qué haces aquí? —lo primero que pensó Darach fue en su madre y se preocupó que algo le hubiera pasado—. ¿Pasó algo con mamá?
—¿En dónde están tus guantes? —le preguntó, su voz se agravaba y los vidrios de sus anteojos no ocultaba la frialdad de sus ojos.
Aidan fingía no escuchar nada, continuaba limpiando los adornos del pasillo sin parar, aterrado ante la presencia del hombre. Shaw Kokuran era conocido entre los empleados como alguien que se tenían que evitar a toda costa.
—¿Mis guantes? Ah… están aquí, —le explicó Darach señalando su bolsillo—. Me pusieron a pulir las armaduras y no los quiero manchar.
Tan pronto terminó su oración sintió un bofetazo azotando su rostro. Fue uno fuerte, al borde de ser doloroso, y se tardó unos segundos para registrar bien el golpe. Después de arreglarse sus anteojos, puso su mano en su propia mejilla como tratando de corroborar si en serio lo habían golpeado; al sentir el ardor en ella, miró a su papá horrorizado.
—¿Qué clase de imbécil eres? —le dijo su papá todavía sin levantar su voz—. ¿Limpiar los adornos reales sin guantes? ¿Acaso no ves lo que estás haciendo? Te podrían despedir por esto. Dices limpiar las cosas cuando en realidad la estás ensuciando más con tus sucias manos de criado. ¿Ves a alguien más sin guantes en el castillo?
—… —Darach la verdad tuvo problemas para contestar, pero de alguna forma encontró su voz—. No…
—Exacto, jamás olvides cuál es nuestro lugar y jamás, jamás toques nada en este castillo sin tus guantes.
Sin decir una palabra más, el mayordomo Kokuran se dio la vuelta y se alejó del pasillo. Seguramente se dirigía al comedor de la torre de homenaje para empezar la jornada del día. En el momento que desapareció del área, Aidan se dio la vuelta y se acercó a su amigo preocupado.
—Darach, ¿estás bien?
El adolescente no respondió, solamente se puso de regreso sus guantes sin que le importara mancharlos. Tomó de regreso el pañuelo y continuó puliendo la siguiente armadura. Aidan conocía a su amigo y sabía que si presionaba el tema terminarían peleándose.
—Te veré a la hora del almuerzo, ¿ok? —al no recibir respuesta de él, solamente se alejó triste, tenía que atender otras responsabilidades.
Darach continuó con sus quehaceres y no se atrevió a quitarse los guantes por el resto de su turno. Desde aquella madrugada, no se atrevió a quitárselos hasta la hora de dormir durante muchos años.
Notas del Autor: Aquí va un... algo que me he querido sacar de mi sistema desde hace mucho tiempo. Originalmente quería re-escribir Cruzando Fronteras (mi primer fic) pero siempre me detuve al darme cuenta que no quería escribir la misma historia, sino una nueva. Básicamente esto será tipo una historia de origen para Darach y Caitlin. ¿Cuánto durará? No tengo idea, solo quiero escribir y relajarme un poco con mi OTP (no esperen nada romántico hasta más adelante, solo quiero dejar fluir la historia y analizar cosas).
Espero que lo disfruten :) la verdad me relaja mucho escribir sobre ellos.
