El Cuento de las Lobas


Cerise es Hood. Caperucita. Eso fue muy evidente desde que nació, por eso Ramona no se quejó nunca de la división de apellidos y destinos consecuentes.

Casi no lo recuerda. Pero su color es el negro y el de Cerise es rojo. Rojo pálido, de mejillas sonrojadas y las capas que su madre cosió con la tela que su padre compró en secreto.

—Tú serás Caperucita, entonces —entendió Ramona, con cierto alivio.

Hasta entonces no estaba segura. Su padre se había adueñado de ella. La mimaba, en cierto modo. Dejó que sus orejas puntiagudas se vieran. Él y su madre ponderaron y llegaron a la conclusión de que Ramona sería Badwolf, incluso antes de que naciera Cerise.

Pero Cerise estaba en los planes.

Y cuando nació, Ramona supo que no tendría que oscilar en la dualidad de ser víctima o asesino, fingida o no. No le daba miedo ser vulnerable. Ni reticencia el volverse traviesa y pronto feroz. El límite era el Bosque, el mundo.

Cerise pareció hacerle caso desde el principio.

Tan tierna. Pequeña. Suave.

Cuando ya pudo caminar, corría en cuatro patas detrás de Ramona.

Pero Ramona siempre iba más rápido. Y era más fuerte. Por eso, se trataba de la Loba Mayor.

—¿Por qué tú eres la Loba? Si yo también tengo orejas puntiagudas.

—No tanto como las mías.

—Pero no quiero que me coman.

—¿No? A mamá le gustó que se la comiera papá. Así naciste tú.

Y Cerise abrió los ojos, los ojos muy, muy grandes. Y por un instante, aunque ella era más pequeña que Ramona, fue como si sus orejas hubiesen sido más largas.

—¿Cómo?

Los dientes de Ramona seguían siendo los más afilados. Ella abrió la boca, enseñándolos. Presumiendo.

—Ah, yo los ví. Lo veo todo, ¿sabes? Por eso soy la Loba Mayor y tú eres Caperucita, como mamá.

Y Cerise, aquella tarde perezosa en la que paseaban por el Bosque, tiró de sus ropas.

—No te creo.

La hermana menor era obstinada. Pero Ramona tenía más carácter. O eso creía.

—¿Quieres que te muestre?

Cerise asintió, tras meditarlo un instante.

Ramona siempre tuvo cierto talento para la voracidad. Y lo puso en práctica.

—Túmbate en el suelo...

—¿Eh?

—Como mamá. Yo seré papá. Levántate la capa y el vestido. Así puedo llegar a tus carnes. Y comerte.

Cerise ladeó la cabeza, confundida, al principio.

Ramona no estaba segura. Pero la imagen seguía fresca en su mente. Cómo habían hecho a Cerise. Ella los atrapó en el acto.

Así es como el Lobo se come a Caperucita, pensó, aunque la castigaron, avergonzados. Y también es como se hacen los bebés.

Su madre le explicó. A medias. Había algo de obediencia perruna en Cerise cuando le hizo caso y se tendió, desvistiéndose. Tenía la inocencia de una niña.

Lo era.

Al igual que Ramona.

Eran niñas las dos y jugaban.

El juego se sentía bien. Ramona lamía por todos lados. Mordía. También se frotaba como había visto a su padre hacerlo. Guiaba a Cerise en los movimientos.

Cerise lloraba, quizás, al principio. Decía que le dolía y también eso sentía Ramona, pero su determinación por jugar y ser feroz era más fuerte.

Mucho más.

Pronto se acostumbraron al juego. Sus identidades quedaron decididas.

—Ramona es el Lobo Feroz, mamá. Y me come. Ese es nuestro cuento —le explicó a Roja, un día, Cerise.

Y eso fue el comienzo del fin, una semilla de inquietud.

Roja las siguió como Ramona lo hizo una vez con ella y el Lobo Feroz. Las encontró juntas. Ramona mordiendo a Cerise entre las piernas.

Las separaron.

Las golpearon.

Al menos golpearon a Ramona. Roja dijo que si de ella dependiera, le abriría el estómago y pondría piedras en su interior.

—No era su intención, solo son niñas —intentó explicarle su padre, las tres lloraban, Ramona sangraba, Cerise seguía desnuda.

—Hay muchas maneras de ser devorada. Esa está prohibida —dictaminó Roja.

Y pronto se decidió que seguirían creciendo separadas. Cerise tuvo una casa con Roja. Ramona se fue a vivir a la Academia con su padre.

Fue muy injusto. Solo podía ver a Cerise una vez al año. De lejos, se hacían muecas. Su hermana se escondía bajo la capa asfixiante.

Ramona entendía su frustración y aburrimiento. Casi la aplaudió cuando se enteró de que se hizo Rebelde.

Pudo ver a Cerise en los pasillos de la Academia ocasionalmente. Ramona le enseñaba los dientes, como si acaso pudiera asustarla.

Cerise fingía pero se carcajeaba.

En sueños, Ramona recordó devorar a su hermana. Y contó los días para volver a hacerlo. Incluso se permitió fantasear: Cerise tenía en lugar de una capa roja, insulsa, un vestido de novia blanco y lencería del color del fuego.

No podían tener cachorros que perpetraran esa hipócrita existencia.

El de ellas sí que sería un final perfecto, si se lo permitían.

(Y si no lo hacían, desobedecer, para unas lobas malas, estaría más que bien).