~ Título: Secreto revelado

~ Autora: Annie-chan Diethel

~ Elricest

~ N/A: Two-shot como modo de regreso a estos lares tras tantos años. Para mi beta favorita, que gracias a ella he retomado el teclado: Kuroiku. Enjoy!


Estaban acostumbrados a crear muros impenetrables que les protegían del resto del mundo, a erigir torres desde las cuales defender la unidad que representaban sólo ellos dos. Eran expertos en crear realidades paralelas donde exprimían la confianza de los demás para crear vacíos donde ser libres.

A veces las apariencias no son más que una mota en el espacio y no tiene apenas valor. La punta del iceberg en un mar inmenso donde las profundidades oscuras esconden secretos que no son imaginables a vista de pájaro. Y eso era lo que ocurría con los hermanos Elric.

Habían sobrevivido a mil pesares, a demonios y castigos divinos complicados de asumir, apostando por su derecho a seguir robándole días a la muerte y a triunfar, a recuperar lo que por ignorancia o soberbia habían perdido. Y al vencer pudieron saborear las mieles del triunfo de una normalidad añorada donde pasaron a ser dos más en la humanidad. Dos insignificantes criaturas iguales a cualquier otra, despojados de todo aquello que les hacía dolorosamente únicos: un potencial excepcional para la alquimia y un cuerpo artificial. La carne se impuso al metal y la dicha, al pesar.

Volvieron a su pueblo natal liberados de la penitencia arrastrada durante años, tratando de instaurar una vida tranquila como la que recordaban antes de la tragedia de su madre. Compartieron una temporada con los vestigios de la familia Rockbell antes de erigir su propio techo, su independencia, sus propios recuerdos renovados. Crearon un hogar de la nada, piedra sobre piedra, con paciencia y sin atajos. Disfrutaron del proceso y se enorgullecieron del trabajo duro.

Hicieron lo posible por no romper los lazos de amistad que habían forjado a lo largo de sus aventuras, haciendo visitas frecuentes para recordar anécdotas y revivir tiempos no tan lejanos con la libertad y la tranquilidad que les otorgaba la ausencia de la sombra del peligro. La tensión latente antaño, presente por defecto en sus interacciones con la gente de Central o de poblaciones recorridas, se había sustituido por las risas alegres que compartían con personas queridas, dando paso a la cotidianidad recién estrenada.

Y dicha cotidianidad se expandió también al terreno de lo sentimental estableciendo otro indicador del inicio de su nueva vida: Winry y Mei. Cada uno por su lado hizo alarde de un acto romántico para establecer ambos noviazgos, y a menudo se les podía ver a los cuatro disfrutando de citas tranquilas por distintas localizaciones, riendo y compartiendo vivencias que atesorar.

A simple vista se podría decir que tenían una vida normal y corriente.

Pero no lo era.

Los hermanos Elric esgrimían una sonrisa amplia y dichosa durante sus incursiones al exterior, pero sólo el más avezado de los observadores podría dilucidar que no eran más que una máscara. Una fachada más, un muro con el que contentar al gentío y crear la falsa ilusión de que la cotidianidad era un modo de vida lo suficientemente satisfactorio para ellos. Que no necesitaban nada más, que sus existencias habían encontrado la plenitud.

Aquella fortaleza que habían erigido, inexpugnable, escondía la auténtica felicidad que se desarrollaba cuando ambos volvían a casa y cerraban la puerta, a salvo de ojos indiscretos y cuchicheos populares. Allí se despojaban de las máscaras que habían portado de forma estoica durante toda la jornada y se sonreían mutuamente con la honestidad que sólo conocían en el calor de su hogar.

Comenzaba el ritual de la verdad.

Edward entraba siempre el primero a la casa y esperaba impacientemente a que Alphonse cerrase tras de sí, dejando fuera a un mundo que no comprendería jamás lo que habría de desarrollarse en aquel lugar. Amparándose en la penumbra, se acercaba hacia él con paso decidido para acariciar la piel de su rostro con la suavidad de una pluma y la luz se abría paso con la sonrisa que le dedicaba el menor.

Alphonse se deleitaba unos instantes con el tacto cálido antes de arrojarse a sus brazos como si llevara una eternidad sin poderlo hacer. Siempre se dejaba llevar por la ansiedad acumulada tras tantos años sin tener la capacidad de sentir y aquel momento era su regalo particular, sintiendo aquel secreto erizar de su piel cuando escuchaba al rubio murmurar:

—Abrázame más fuerte, Al.

Y él lo hacía porque deseaba fusionarse con su cuerpo, convertirse en uno sólo con él. Sólo cuando aquel gesto ya no era suficiente sentía los dedos gráciles del mayor buscar su barbilla para reclamar un beso que casi era una caricia y le arrancaba un suspiro en el que soltaba el lastre de la mentira. Aquel momento hacía a sus corazones vibrar y sonreír a salvo.

Habían arrastrado el secreto durante años, casi toda una vida, donde ninguno tenía el valor de exponer su deshonra al otro y obligarle a compartir su pecado. Pero los secretos entre ellos siempre fueron difíciles de guardar y una noche, en uno de esos moteles en los que se hospedaban mientras trataban de responder a sus infinitas preguntas, la verdad fue forzada a salir. Y, de vez en cuando, rememoraban aquel momento.

Había ocurrido un par de años antes de recuperar sus cuerpos, una noche lluviosa tras un día agotador y peligroso, donde sus vidas habían sido expuestas tan crudamente que a Edward —y a Alphonse también le hubiera pasado de haber tenido médula espinal— todavía le temblaba el cuerpo. A oscuras sobre el colchón de sonoros muelles, con la mirada dorada fija en las gotas que golpeaban el cristal, sentía un dolor cruel en el pecho. Si moría, si no era capaz de cumplir con la promesa que le había hecho, él nunca sabría la plenitud de lo que sentía. Y quizá fue debido a la zozobra, al miedo o a que el secreto pesaba tanto que ya no podía cargarlo más, pero se sentó en el borde de la cama y quebró el silencio.

—Al, ¿puedo pedirte algo? —su voz reverberó por toda la estancia, casi estruendosa.

—La armadura giró el casco hueco y le dirigió una mirada inexpresiva que Ed podía leer como curiosa.

—Claro, nii-san, ¿qué es?

—Abrázame, por favor.

Hubo unos instantes eternos donde ninguno de los dos hizo ningún movimiento, dejando al reloj con su molesto tic-tac llenar el vacío de la habitación. La petición era extraña por parte del mayor de los dos, poco dado a las muestras de afecto. Era algo muy privado y delicado que el menor estuvo a punto de cuestionar, de no ser porque los orbes de su mirada refulgían con un resplandor tan decidido como sólo conocía en sus ojos.

Así que se levantó de su lugar, haciendo resonar las articulaciones de la armadura y el crujir del metal chocando entre sí sustituyó al sonido del reloj y de la tormenta mientras rodeaba el frágil cuerpo humano de su hermano casi con miedo de romperlo. Cuando Edward hizo lo mismo y lanzó sus brazos dispares alrededor de lo que sería su cuello, deseó en su fuero interno poder tener nervios que le hicieran percibir la sensación de su cuerpo cálido pegado al suyo, helado.

—Más fuerte —oyó de sus labios.

Obedeció, y el ruego se repitió varias veces hasta que tuvo que rendirse porque creía firmemente que si le estrechaba más contra sí le haría daño. Y luego se quedaron así durante mucho rato, aunque les pareció un suspiro.

—¿Estás bien, nii-san? —preguntó el menor de los dos, preocupado.

Edward no respondió, no de forma inmediata ni voluntaria. Dejó al silencio flotar en la habitación como un fantasma incómodo hasta que lo rompió sin querer con un sollozo. Esto alarmó profundamente a Alphonse, poco acostumbrado a verle derrumbarse de aquella manera y quiso deshacer el lazo formado para mirarle a la cara, pero el rubio lo impidió, anclado a él como si fuese su salvavidas y no tuvo alma suficiente para volverlo a intentar. Lo dejó llorar el tiempo que necesitó, cubriéndolo con sus brazos metálicos cuales alas de pájaro, protegiéndolo.

—Por favor, dime qué te ocurre… —suplicó, desesperado.

—No puedo más con esto, Al —soltó en voz baja.

—¿Con nuestro viaje, las peleas, la milicia? ¿Con qué?

Volvió a retener sus palabras un poco más, buscando entre el terror las fuerzas y el valor para poner las cartas sobre la mesa, para ser honesto y afrontar las consecuencias de su osadía. Y sólo encontró la forma más simple y más real de todas.

—Te quiero tanto que no puedo soportarlo más.

Oculto en el hueco de su cuello, cubierto por los mechones dorados, empezó a relatar el grueso de sus pensamientos más profundos, lo sucios que había dejado los lazos que los unían y su imposibilidad de seguir tapando lo que pugnaba por explotar en su interior. Luego, se separó de él lo suficiente para rogarle perdón y clemencia, y fue entonces cuando las manos enguantadas lo retuvieron cerca del cuerpo hueco.

—Yo siento lo mismo —sentenció Alphonse. Y las puertas del cielo se abrieron para recibirlos a los dos.

Esa noche se prometieron que, cuando recuperaran sus cuerpos, no dejarían pasar un solo día sin fundirse en el calor ajeno.