Tras el recibimiento mutuo en el hogar, se dejaban caer en el sofá del salón y desmenuzaban con cuidado los eventos ocurridos a lo largo del día, distinguiendo con claridad lo falso y lo real, cada gesto o mirada ocultos a plena vista, cada roce disimulado, cada mirada cargada de intención. Todo con el objetivo de recordarse que, a pesar de la acción que se llevara a cabo, no dejaban de pensar en volver a casa donde el universo se cerraba a aquellos escasos metros cuadrados donde no había más que amor y sinceridad. Aquel espacio donde las caricias y los besos se deslizaban borrando cada impureza de vida fingida
No cabían los celos en su pequeño mundo, ni había tiempo de perderse en detalles como recalcar lo prohibido de su amor. Habían perdido demasiados años persiguiendo quimeras y sufriendo las barreras que les impedían sentirse, así que ver cómo el otro besaba a Winry o a Mei no constituían una verdadera afrenta a su realidad. Asumían sin dudar que las cosas debían ser así y se conformaban con las dulces migajas que la vida les había regalado. Aunque sabían que no sería para siempre, desechaban el futuro y se desvivían por atesorar cada segundo del presente.
Pero las cosas cambian y las mentiras tienen fecha de caducidad: nada puede ser enterrado para siempre. Por lo que, cuando llegó el día crítico donde su universo particular se sacudió y sus caminos se quebraban para bifurcarse en dos diferentes de forma irremediable, la conversación de sofá perdió calidez.
—Así que, finalmente, vas a pedirle matrimonio a Mei, ¿no? —preguntó el mayor, con un cojín en su regazo a modo de escudo contra el dolor.
—Creo que es lo más lógico. Todo el mundo lo espera y no hay razón aparente para no hacerlo… —respondió el menor, con voz de autómata.
Lo sabían desde hacía mucho tiempo, no era un tema sin tratar. Pero Edward había sido demasiado cobarde como para ser el primero en lanzarse al vacío. Necesitaba más tiempo a su lado, no estaba preparado para aquel desenlace. No estaba preparado para decir adiós.
—Deberíamos considerar la repercusión que tendrá eso en nuestras vidas… Pero no quiero que esto termine.
—Yo tampoco.
Se miraron largamente, dejando que la realidad se instalara entre ellos como un ente pesado. Alphonse sonrió con la inocencia y la confianza que sólo podían nacer en su mirada.
—No pienso dejar que nos separe —sentenció—. Nos veremos menos, pero, cuando nos volvamos a ver, recuperaremos el tiempo.
—Empecemos a recuperarlo por adelantado.
Edward trepó hasta su boca y la atrapó, dejándose caer sobre él. Fue recibido por los dedos de Alphonse que se enredaron en sus hebras doradas y soltaron su coleta, desparramando su cabello que le hizo cosquillas en la cara. Un atisbo de felicidad al borde del abismo.
La boda era la convención social más esperada por las personas de su alrededor, un movimiento lógico en el tablero que había tardado demasiado en ocurrir. Y, precisamente por haberle robado tiempo al futuro, no cabía ni duda ni reproche, pero marcaba el fin de una era. Los dos eran conscientes, pero no había más opción que asumirlo.
Durante el tiempo de los preparativos, se dedicaron en cuerpo y alma a disfrutarse y a considerar el enlace como una broma cruel. Desfiguraron tanto el evento que dejó de tener sentido para conformar una mancha borrosa e informe, algo irreal. Sin embargo, cuanto más se acercaba el gran día, más esfuerzo requería y más promesas eran necesarias para soportarlo.
—Prométeme que tu matrimonio no significará que nos dejaremos de querer.
—Te lo prometo, aunque eso es incuestionable. Te necesito en mi vida.
Finalmente, el día de la boda llegó y fue el momento de comenzar con el espectáculo del novio emocionado y feliz. Edward se encargaría de llevar a Alphonse en el coche nupcial hasta el emplazamiento, así que disfrutarían de un par de horas más antes de la separación.
Lo llevaban bien y ninguneaban el elefante en la habitación que suponía el enlace. Los nervios comían a Al por dentro, tanto por sus inminentes nupcias como por el irremediable quiebro de su fortín, pero Ed se encargaba de aligerar su peso con sonrisas y sin eludir el tema. Apoyado en el marco de la puerta, veía como los ojos pardos se reflejaban en el espejo mientras se adecentaba el traje.
—Vas a ser el novio más guapo del mundo —le dijo, acercándose para ayudarle con el nudo de la corbata.
—Eso se le dice a la novia.
—Pero a mí el que me gusta eres tú, no ella —y le sonreía de esa forma burlona y sarcástica que tanto le gustaba al menor.
Edward aprovechó que sus dedos se afanaban con la sedosa tela para dejarlos excursionar por la piel de su cuello, arrancando un escalofrío placentero a Alphonse.
—¿Puedes darme un beso para tranquilizarme?
—No veía el momento de hacerlo.
Mientras Al se imbuía en los últimos momentos de su preparación personal, que incluía tanto su vestuario como su propia mentalización, Ed decidió esperar en el sofá del salón para darle intimidad. Pero, cuando pasó junto a la puerta de la casa, vio un sobre tirado en el suelo. Por un momento, pensó que se habría volado desde algún escritorio, aunque, cuando lo cogió, comprobó que estaba cerrado y en manuscrito rezaba el nombre de su hermano. No figuraba remitente, ni sello.
—Al, ¿tú esperabas correo?
Desde el cuarto se oyó su voz diciendo que no, que la abriera y que, seguramente, sería la carta de algún invitado. Así que Edward abrió el sobre y sacó lo que parecía una foto y un trozo de papel. Observó la imagen y se le cayó el alma a los pies, como si la vida se le hubiese escapado de golpe. El estómago le dio un vuelco, como si hubiera recibido un puñetazo, mientras desencriptaba la fotografía donde se les veía a los dos besándose enredados en los brazos del otro.
Se dejó caer en el sofá sin dejar de mirar, sintiendo repugnancia e hipnotismo al mismo tiempo. En el papel sólo decía que esa persona lo haría público de no respetar la boda, que tenía más fotografías. Sentía que le faltaba el aire, que le quemaban los ojos, pero no podía llorar.
Cuando Al apareció y vio a su hermano con aquel gesto abatido y pálido, le preguntó qué ocurría y, entonces, Ed se dio cuenta de que no podía dejar que viera la imagen. Pero ya era tarde para protegerlo. Murmuró un "nada" a media voz e intentó ocultar la foto, pero Al ya la había divisado en su mano.
—¿Qué es eso?
—Nada, Al.
—Enséñamelo —su tono de voz ya daba a entender que sabía perfectamente cuál era el origen de su preocupación.
—No, no es nada.
—Quiero verlo.
Intentó cogerla de su mano, pero Ed la apartó e intentó torpemente esconderla detrás de sí mismo. Al hizo varios intentos y, ante la resistencia del mayor, cayó sobre él en el sofá y se la arrancó bruscamente. Cuando la vio, empezó a jadear y a temblar.
En una décima de segundo, su mente trató de comprender qué ocurría, desentrañar la imagen frente a él, buscar culpables, recomponer su mundo. Todo fue demasiado, se vio superado por toda la situación y empezó a sufrir una crisis de ansiedad.
—No, no, no, no… No puede ser…
Se desató en un llanto descontrolado, casi histérico; empezó a tener dificultades para respirar. Rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un frasco de pastillas que solía tomar cuando sufría terrores nocturnos, pero Ed le agarró de la muñeca y no le permitió tomarlas. El frasco abierto derramó las píldoras por el suelo de forma ruidosa.
—Te casas en una hora, Al. No puedes hacer eso.
—¡No quiero esto! ¡No puede estar pasando!
Soltó un rugido animal, que Ed sólo había oído en contadas ocasiones y que hacía patente su desesperación. Por su parte, el rubio estaba en shock.
—Tienes que calmarte y respirar…
—¡No puedo! ¡Estoy harto! ¡No van a poder con nosotros! —y ahí, sentado a horcajadas sobre su hermano, empezó a golpear su pecho con indignación, esperando que reaccionara— Y no lo harán, ¡no lo harán porque no me pienso casar si no es contigo!
—Al…
—¡Sí, eso haremos! Saldremos y le diremos al mundo cuánto nos queremos, ¡acabaremos con esto nosotros mismos! ¡Me casaré contigo! —y siguió golpeándolo.
Ed agarró sus manos y lo detuvo, esquivando sus ojos. No podía mirarle a la cara, así que se concentró en el cuello de su camisa y la forma en la que rozaba con su piel y se unía a la tela oscura de la chaqueta mientras se movía, y sólo dijo:
—No.
Simple, seco, átono.
—Claro que sí, me casaré contigo como sea.
—No.
Al se desató en un llanto amargo de nuevo, ruidoso y rabioso.
—No —repitió el rubio por tercera vez, aunque no había recibido más réplicas.
Se quedaron así un tiempo que pareció una eternidad, donde los segundos eran castigos y las lágrimas de Al, azotes. Ed seguía con la mirada clavada en el cuello de la camisa como si lo investigara porque se sentía incapaz de enfrentarse a la expresión del otro.
—Al… —murmuró.
Pero no respondió, ahogado en su dolor.
—Lo sabíamos, no puede ser. Sabes que te quiero, pero tenemos las manos atadas. La sociedad no nos aceptará.
—¿La sociedad? —su voz estaba rota y el sonido cortaba como el cristal— ¿Te refieres a ti mismo? ¿A la cobardía de no exponerte?
—Tal vez a la cobardía de no exponerte a ti. Mírate…
Al volvió al llanto sin control, sin querer darle la razón, pero sin argumentos para rebatir nada. El espejo perfecto donde se reflejaban sus secretos, aquello que los hacía felices, se había roto para siempre en tantos pedazos que era irreparable.
—Sé que te estás preguntando por qué, porque es posible que seamos sólo tú y yo entre estas paredes —se atrevió a mirarle a la cara, hinchada y roja, y tomó sus mejillas entre las manos. Le dedicó una sonrisa triste—. Pero cuando salgas ahí fuera, despertarás y verás que no hay esperanza para nosotros después de todo...
Al se lanzó hacia él y le besó con desesperación. Ed le correspondió con amargura y, después, le apoyó la mano en el pecho para separarse ligeramente.
—Ahora lávate la cara y recomponte. Tu boda te espera y debe seguir adelante.
El de los ojos pardos no dijo nada. Se puso de pie y se arrastró por la casa para intentar fingir que asumía lo que ocurría. Mientras se aseaba, Ed se apoyó en el marco de la puerta y le sonrió.
—Aun con la cara como un tomate, sigues siendo el novio más guapo del mundo.
Se acercó y le atusó el pelo con delicadeza y amor.
—Prométeme que no dejarás que lo nuestro se muera —suplicó el menor.
—Jamás. Siempre esperaré por ti.
Alphonse se puso el disfraz de novio emocionado y, juntos, salieron por la puerta de la casa sin mirar atrás, por última vez.
