Capítulo 3: La importancia de ser pelirrojo

Desde pequeño siempre tuve el pelo azul. Era algo llamativo, y solía causar algunas miradas reprobatorias en ciertas personas que se cruzaban conmigo por la calle. Pero a mí no me importaba. Me gustaba ese color. Mi abuela me había dicho que ya desde bebé solía gustarme. Fue el primer color al que cambió mi pelo cuando nací. La primera señal de que era un metamorfomago, como mi madre. En cierta forma, creo que llevo el pelo azul porque de esa manera todos los días, al mirarme al espejo, recuerdo que hay algo de ella dentro de mí. Una especie de consuelo, podría decirse.

Pero no crean que siempre fui capaz de controlar mis habilidades y mantener el color de mi pelo inalterable toda mi vida. No, lamentablemente, no siempre fue así. De niño el color de mi pelo cambiaba constantemente en relación con mis emociones. Y aquello siempre me enfurecía. Mis sentimientos eran como un libro abierto para que leyera cualquier persona que se cruzara conmigo. En especial la Abuela y Harry solían ser muy perceptivos al respecto. Agradezco que para cuando llegué a la adolescencia ya tenía un completo (o casi completo) dominio de mí mismo. Sino, hubiera sido muy humillante que mi cabello cambiara de color cada vez que hablaba con la chica que me gustaba.

Solo había dos colores a los que yo cambiaba voluntariamente. Uno era el color negro azabache, como el de mi padrino. Me encantaba su pelo, aunque Andrómeda siempre se lo criticaba, argumentando que era demasiado desprolijo, o que a veces estaba demasiado largo. Para mí, aquel pelo era tan fantástico como mi padrino en sí. Y cuando yo cambiaba el color de mi pelo, imitando el suyo, la gente solía confundirse y tomarnos por hermanos. Aquello me gustaba incluso más.

El otro color que me gustaba era el pelirrojo. Y también tiene una explicación de lo más lógica: la gran parte de mi familia "adoptada" es pelirroja. Ser pelirrojo era para mí, la entrada a una de las mejores familias que uno puede desear. El rojo era mi segundo color favorito.

La primera pelirroja que conocí fue Ginny Weasley, quien más tarde pasaría a convertirse, para alegría de todos, en Ginny Potter. Pero en la época en que yo la conocí ella todavía era, simplemente, la novia de mi padrino.

Si Harry se ha convertido en una especie de padre para mi, Ginny podría decirse que ocupa muchas veces el lugar de madre.

De niño pequeño, me encantaba que Harry nos visitara acompañado de Ginny. La linda pelirroja siempre traía con ella una bolsa secreta de golosinas que me entregaba a escondidas de los demás adultos. Y también fue quien me regaló mi primer chasco, fabricado por su hermano mayor George. Ginny era mi cómplice en las travesuras y juegos.

Ginny podía pasarse horas enteras leyéndome historias, o bien inventándolas para mí. A medida que fui creciendo me enteré que muchas de las historias que yo creía inventadas habían sucedido verdaderamente, y nada menos que a mi propio padrino y sus amigos. Eran historias fantásticas y terroríficas a la vez, y yo solía acurrucarme en la cama a escucharlas.

Ginny siempre fue una excelente relatora de cuentos. Siempre supo exactamente en qué momento hacer una pausa, cuando susurrar las palabras, o cuando elevar su voz. Con Ginny, yo viajaba a lugares desconocidos y mágicos. Peleaba contra dragones y tritones. Perseguía al Heredero de Slytherin. Me aventuraba en las espesuras del Bosque Prohibido. Conocía Egipto y sus pirámides.

A veces, Harry entraba en la habitación interrumpiendo la historia de turno. Se quedaba unos minutos de pie, junto a la puerta, mirando embobado a la mujer que se encontraba sentada junto a mi cama, tan compenetrada en el relato que no notaba la presencia de mi padrino a sus espaldas. A veces, Harry fruncía un poco el ceño al escuchar la historia que Ginny que me estaba contando. Sé que seguramente, él no aprobaba aquel relato como apto para un niño tan pequeño como era yo. Pero ni a Ginny ni a mi nos importaba aquello. La historia continuaba su curso, y Harry finalmente se daba por vencido, y tomando otra silla, se sentaba junto a su novia, a escuchar el resto de la historia. Ella se detenía entonces, para mirarlo fijamente unos segundos, luego sonreía, y volviendo su vista en mi dirección, continuaba el emocionante relato. Fue gracias a Ginny que hoy conozco prácticamente todas las andanzas de mi padrino.

Había otra cosa que me encantaba de la novia de Harry. Y era que Ginny Weasley tenía el segundo mejor trabajo del mundo, solo antecedido por el del propio Harry. Ginny Weasley era Cazadora de las Holyhead Harpies. Y era una de las mejores que he visto.

Recuerdo todavía el primer partido de Quidditch al que asistí donde, obviamente, Ginny jugaba de titular para el único equipo de Inglaterra compuesto solamente por mujeres. ¡Y qué mujeres!

Mis ojos viajaban fascinados de un lado al otro del campo, tratando de seguir, en vano, los rápidos y ágiles movimientos de las jugadoras. Puede que las mujeres no tengan tanta fuerza como los hombres, pero tienen algo que nosotros no tenemos: delicadeza.

Todos sus movimientos, todas las jugadas, los paces, todo, absolutamente todo lo que hacían las Holyhead Harpies estaba perfectamente coordinado, realizado con una delicadeza y una fluidez que parecía más bien una danza. Las jugadoras parecían bailar sobre sus escobas, deslizándose de un extremo al otro de la cancha. Y Ginny era la mejor.

-¡Harry, Harry, mira, ahí entran!-exclamé a todo pulmón, mientras que me paraba de mi silla, y me inclinaba sobre la baranda para mirar a las jugadoras, que en ese momento salían de los vestidores, listas para dar comienzo a un partido crucial en la temporada. Jugarían el Puddlemere United contra las Holyhead Harpies. Era sabido que ambos equipos eran rivales históricos. Y actualmente, los dos se peleaban por el primer puesto de la Liga de Irlanda y Gran Bretaña.

-¡Sí, ahí la veo!-exclamó un Harry Potter tan emocionado como yo. Ginny había salido disparada desde los vestidores hacia el centro del campo. Mi padrino la miraba embelezado, como si se tratara de un espejismo. Recuerdo que yo pensé que tenía una terrible cara de estúpido en ese momento. Pero… ¿cómo iba yo a saber que así se veía un hombre enamorado? ¿Cómo iba yo a suponer que algún día, yo tendría esa misma expresión al mirar a una mujer específica?

Aquel fue un partido memorable. Duró cerca de dos horas, durante las cuales, ambos equipos hicieron una demostración del mejor Quidditch que se puedan imaginar.

Pero el mejor momento del juego fue cuando Ginny hizo su primera anotación del partido. Toda la tribuna de las Holyhead Harpies estalló entonces en aplausos y silbidos, incluido Harry, sentado a mi lado.

Pero Ginny no pareció prestar atención a toda la gente que había en aquel estadio. Sus ojos sondearon apresuradamente las tribunas principales, hasta dar con Harry y conmigo. Sonriendo, voló velozmente hacia nosotros.

-Ese punto te lo dedico a ti, Teddy-me dijo al llegar junto a nosotros, y guiñándome un ojo, volvió a alejarse, de regreso al partido.

Yo quedé petrificado en mi lugar, sin poder creer lo que acaba de suceder. Harry a mi lado, me palmeó amistosamente el hombro, sonriendo radiantemente.

-¡Me lo ha dedicado a mí, Harry!-exclamé finalmente, entre sorprendido y extasiado.

-Claro que lo ha hecho… eres su preferido-me explicó Harry, pícaramente.

Aquella fue la primera vez que mi cabello se tiñó enteramente de colorado. Y permaneció así el resto del partido, el cual, por cierto, ganaron las Holyhead Harpies.

Pero he de aclarar que Ginny no era la única razón de que yo quisiera ser pelirrojo. Porque con ella, venía una de las familias más numerosas y maravillosas que he conocido, y que jamás conoceré en toda mi vida.

Ron Weasley era, y sigue siendo hoy, el mejor amigo de mi padrino Harry. De hecho, con los años se han convertido en mucho más que amigos. Podría decirse que son prácticamente hermanos. Cuando has compartido tanto con una persona como Harry lo hizo con Ron… pues, la palabra amigo comienza a quedarte chica para referirte a esa persona que tanto significa en tu vida.

¿Por dónde empezar con Ron? Supongo que la manera correcta de describir a Ronald Weasley es como a un eterno niño metido en el cuerpo de un adulto. Se trata de un hombre alto y delgado, pecoso como todo buen pelirrojo, y con un sentido del humor irónico e infantil que hace estallar de carcajadas a los más chicos y menear la cabeza de manera resignada a los más grandes.

Cuando Harry no venía a casa con Ginny, solía visitarme con Ron. Ron acostumbra a sentarse en el living de la casa, y siempre me contaba algo gracioso que le había sucedido en la Escuela de Aurores, o alguna de sus (yo las consideraba divertidas) peleas con tía Hermione. Solía bufar y despotricar frente a Harry, a Andrómeda y a mí sobre por qué él tenía razón en haberse enojado, y sobre cómo ella debía de pedirle perdón de rodillas. Al final, Andrómeda, quien tenía mucho más tacto que Harry, lo hacía entrar en razón y comprender que la pelea había sido una niñería. Pero para entonces, yo ya me había divertido unas dos largas horas escuchándolo quejarse.

Y recién entonces, Ron se relajaba en el sillón, y sonriéndome, me preguntaba si tenía ganas de jugar una partida de ajedrez. Yo siempre le devolvía la sonrisa, y corría escaleras arriba en busca de mi juego de ajedrez, que el mismo Ron me había regalado cuando yo todavía ni siquiera sabía hablar.

Ron me enseñó a jugar tan pronto como tuve la edad suficiente para entender las reglas. Y desde entonces, el partido de ajedrez se ha vuelto una tradición entre nosotros. Siempre que nos veíamos, bastaba tan solo con que Ron me diera la señal, para que yo sacara aquel juego de ajedrez, y ambos nos sumergiéramos en un mundo de batalla y realeza.

Tomar a la reina y matar a rey. A veces nos pasábamos horas enteras jugando. Al principio, Ron siempre ganaba. Pero a medida que las partidas iban pasando, y yo iba creciendo, el partido se iba volviendo más intenso y más difícil. Ron era un excelente jugador. El mejor que Hogwarts había visto en muchos años, según las mismísimas palabras de Harry Potter. Pero eso era porque yo todavía no había llegado a Hogwarts en aquella época.

Una vez más, es importante aclarar algo: yo no soy engreído. Créanme, no lo soy. Pero a veces, es necesario reconocer las virtudes y defectos de uno mismo. Soy un hombre con muchos defectos. Pero también soy bueno en varias cosas. El ajedrez es una de esas cosas que yo se hacer, y muy bien.

Recuerdo perfectamente la primera vez que gané un partido contra Ron. Es importante aclarar que ya había ganado otras veces, cuando jugaba contra Harry, o Ginny, o bien la abuela. Pero Ron... él nunca me dejaba ganar. Ni siquiera porque fuera un niño. Por eso supe aquel día que verdaderamente había ganado. Ron nunca se hubiera dejado perder. Él no es de los que aceptan de buena manera las derrotas. Recuerdo que yo tenía siete años. Lo recuerdo no solo porque fue la primera de muchas victorias contra aquel pelirrojo, sino también porque fue la primera vez que Ron perdía un partido en cinco años.

-Bien, Teddy… es tu turno –dijo Ron, con una sonrisa triunfante en los labios, mientras que recostaba sobre la silla, con las manos agarradas detrás de su cabeza. Había hecho una jugada de la cual estaba convencido que le daría la victoria de aquel partido. Su alfil había hecho pedazos a mi reina. Mi rey estaba descubierto.

Pero lo que Ron no sabía, es que yo quería que él aniquilara a mi reina. Ahora, confiado con su captura, y distraído de mi alfil, yo tenía el camino libre para destruirlo. Bastó sólo de un movimiento de mi parte para que la sonrisa se borrara de la cara de Ron, y su mirada se volviera turbia al comprobar que se había equivocado al tomar a la reina, y que como consecuencia de ello, ahora caería su rey.

Durante cerca de quince minutos, Ron observó detenidamente el tablero, mientras que yo sonreía sin poder contenerme. Finalmente, con un suspiro resignado, el pelirrojo lavantó la mirada hacia mi.

-Me tienes rodeado, Lupin-. Fue la primera vez que usó mi apellido para llamarme. Aquello solo hizo que mi sonrisa se ensanchara aún más. Resignado, Ron hizo su último movimiento con el ceño fruncido, y su torre despedazó a uno de mis caballos.

Pero aquello no era suficiente, y yo lo sabía. La voz me temblaba cuando por fin le ordené a mi alfil blanco que se desplazara hacia el rey negro. El Rey Negro tiró entonces su corona a los pies de mi alfil.

-Jaque mate –dije sonriente, por primera vez frente al invencible Ronald Weasley. Ron bufó, y miró con cierta tristeza y enojo la corona de su rey todavía a los pies de mi alfil blanco.

-Bien jugado –gruñó finalmente, mientras que se ponía de pie apresuradamente y caminaba hacia la puerta de la sala. Yo lo miré todavía sonriendo. Conocía a Ron demasiado bien como para tomarme a mal aquella reacción. Al contrario, aquello solo conseguía divertirme aún más.

Sin embargo, antes de llegar a la puerta, Ron hizo algo que yo no me esperaba. Giró sobre sus talones para mirarme nuevamente, y me sonrió. Era una sonrisa algo forzada, como quien hace un esfuerzo por superar su propio orgullo. Pero era una sonrisa de parte de un Ronald Weasley que acababa de perder. Era lo mejor que yo podía pedirle.

-Que no se te suban los humos a la cabeza, Lupin… todavía te falta mucho puré de calabaza para ser el mejor jugador de la familia… pero vas por buen camino, muchacho-bromeó Ron, y luego salió de la habitación.

Yo me quedé momentáneamente paralizado, estático en mi silla, todavía con mis piezas blancas delante de mí esperándome para que las guardara. Las palabras de Ron resonaban todavía en mi cabeza. Y quizás suene algo curioso, pero de todas aquellas palabras, era una sola la que me había impactado de tal manera que me había dejado mudo: familia. Ronald Weasley me consideraba parte de la familia.

Aquella fue la segunda vez que mi cabello cambió inconciente e involuntariamente al color pelirrojo.

Podría hablar cientos de horas del resto de los Weasley, y jamás lograría retratar en este papel a cada uno de ellos de manera fidedigna.

Podría contarles, por ejemplo, de George, el eterno gemelo quebrado. Podría hablarles sobre la muerte de su hermano gemelo, Fred, y de cómo aquello lo marcó de por vida. Todavía hoy, veinte años más tarde, George sigue encogiéndose de dolor cada vez que el nombre de su hermano sale a colación. O cómo todavía esquiva entrar en la habitación de la Madriguera que una vez compartió con Fred. Aquel dormitorio se ha convertido en una especie de santuario. Un lugar que no ha cambiado en nada desde que sus antiguos dueños lo abandonaron. Todavía puedes encontrar por ahí restos de inventos aún no terminados, abandonados junto con cientos de recuerdos de una época mejor.

George nunca volverá a ser el mismo que alguna vez fue. El George que yo conocí sigue siendo un hombre gracioso y divertido, ingenioso al extremo, y dueño de una de las mejores tiendas de chascos mágicas de toda Inglaterra, y por qué no decirlo, de Europa.

El George que hoy conocemos ha logrado, por decirlo de alguna manera, adaptarse a la falta de Fred, y ha encontrado un equilibrio y también algo de felicidad.

Poco después de la muerte de su hermano, George comenzó a salir con Angelina. Y luego de cinco años de que la guerra hubiera terminado, George trajo una nueva alegría a la familia Weasley: Angelina estaba embarazada. Acostumbrado a siempre romper las tradiciones, George fue el primero de la familia en traer un niño al mundo sin estar casado. Claro que luego, cediendo a las insistencias de Molly, terminaron por casarse.

Entre los magos, tenemos la creencia de que los nombres son muy importantes. A veces, hasta determinantes. Creemos que muchas veces, los nombres determinan a sus dueños. Cargan consigo una magia poderosa y antigua. Por eso, es importante pensar mucho el nombre que uno ha de ponerle a un hijo. Podría marcarlo de por vida.

George no tuvo que pensarlo. Él ya sabía cómo quería que se llamara. Su primer hijo fue llamado Fred, en honor al hermano perdido. Y es el día de hoy que mucho creen que dentro de Fred II vive un pedacito de su antecesor fallecido. Yo no sé bien qué pensar, pues no llegué a conocer al Fred anterior. Pero puedo asegurarles que Fred II es el único capaz de hacer reír a George descontroladamente, como solía reír veinte años atrás, antes de que su vida cambiara para siempre.

También podría hablarles de Percy, el hijo pródigo. El Weasley que redimido. El hijo que dio la espalda a la familia creyéndose mejor, pero que fue capaz de olvidar su orgullo y reconocer el error, y volver en el momento de mayor necesidad.

Percy conserva aún su antigua elegancia y pomposidad, como si se tratara de una figura distinguida e ilustrada. Pero es un tipo amable, que todavía carga con la culpa de aquel error que cometió en la adolescencia, cuando en su afán de progresar, el poder lo encegueció. Es el día de hoy, veinte años después, que a veces puedes verlo mirando de manera nostálgica a su madre, como si temiera que ella todavía guardara algún rencor. Pero ni Molly, ni ninguno de los Weasley le guarda rencor alguno. Otro rasgo de ésta familia: la capacidad de hacer borrón y cuenta nueva sin ninguna dificultad o resentimiento.

Percy fue uno de los hermanos que más tardó en conseguir una mujer que se adecuara a él. Finalmente, encontró lo que buscaba en Audrey, una muchacha de padres muggles, tímida y reservada, dueña de una mirada cálida y tierna, de una voz suave y adorable, y de una dulzura inmensurable. Pero no tardaron en traer a la primera de sus dos hijas al mundo, el mismo año en que nacía Fred II. La llamaron Molly, en honor a la madre de Percy.

Pero contrario a lo que cualquiera pueda pensar, es ella, Audrey, quien lleva las riendas de la pareja. Percy escucha y confía ciegamente en su esposa, la única capaz de hacerlo entrar en razón y evitar que cometa nuevos errores. Si a mi me lo preguntan, creo que gran parte de lo que Percy es hoy se lo debe a Audrey.

O podría hablar largo rato de Charlie, el hijo que nunca se casó. Charlie, el alto y fornido Weasley, el glorioso Capitán del Equipo de Quidditch de Gryffindor, el domador de Dragones, como solía llamarlo cuando era niño.

Charlie es el hermano misterioso. El ermitaño. El solitario. Desde que tengo recuerdos que Charlie vive en Rumania, lejos de todos y de todo. Y de hecho, vive allá desde antes incluso que yo llegara a éste mundo.

Pero no han de confundirse con Charlie. No es que él no quiera a su familia. No es que él no disfrute de la compañía del resto de los Weasley. Al contrario, Charlie es un hombre agradable y cariñoso, que siempre sabe entretener a los niños, ya sea con emocionantes historias de dragones, o bien jugando un partido de quidditch en el jardín de la Madriguera. Es un hijo y hermano cariñoso, que siempre se acuerda de los cumpleaños y aniversarios. Charlie ama a su familia. Pero también ama su vida aventurera en la lejana y peligrosa Rumania, rodeado de escamas y fuego.

Sus visitas son esporádicas, pero siempre llenas de alegría. Toda la familia se reúne cuando Charlie viaja desde Rumania hasta Londres de visita. Molly y Arthur Weasley, o los abuelos Weasley como yo los llamo, organizan siempre una gigantesca comida en el jardín, en honor a él. Andrómeda y yo siempre estamos invitados a esas fiestas, al igual que estamos invitados a todas las demás fiestas y reuniones que se organizan en La Madriguera. Como he dicho antes, con los años nos hemos convertido en parte de la familia. Aún sin tener el cabello pelirrojo, aún sin las pecas, aún sin el apellido, somos tan parte de aquella familia como cualquier otro miembro.

Y por último, podría hablarles de Bill Weasley, el hermano mayor, el hermano marcado por la guerra de una manera cruenta y dolorosa. He visto fotos del antiguo Bill, el Bill previo al encuentro con Fenrir Greyback. Un muchacho joven y apuesto, con un aire rebelde y despreocupado. Ver esas fotos hace que mi corazón se encoja de pena. Porque Bill es otra de las tantas personas que todavía vive con las marcas del imperio de terror de Voldemort. En su caso, se tratan de profundas cicatrices que surcan su rostro, y algún que otro rasgo de personalidad que se trastornado como consecuencia de haber sido atacado por un licántropo fuera de fase.

Es curioso, y a veces hasta un poco irónico, como la vida se las rebusca y nos sorprende de las maneras menos esperadas. Aquel ataque, que pudo haber hecho flaquear muchas relaciones, fue causa de fortaleza y unión entre Bill y su mujer Fleur.

En mi vida me he encontrado con pocas mujeres tan hermosas como Fleur Delacour, ahora conocida por Fleur Weasley. Y a mis ojos, solo hay una mujer más bella que ella, en todos los sentidos, y se trata nada menos que de su hija mayor.

Fleur supo aceptar con estoicismo y casi con orgullo las heridas de su prometido, y todavía hoy, la puedes atrapar cada tanto, mirando a su esposo con el pecho inflado, como si se tratara de un héroe de guerra. Y posiblemente así sea. Probablemente Bill sea uno de los tantos héroes desconocidos de la guerra que sacrificaron mucho por el bien común.

Pero a Bill y a Fleur me une algo más que el simple hecho de que son familia de Harry, mi padrino. También son los padres de mi novia.

Victoire Weasley nació exactamente un año después de la Batalla de Hogwarts. Ni un día más, ni un día menos. Y Fleur y Bill consideraron adecuado nombrarla "Victoria", en honor al triunfo sacrificado que habían obtenido un año atrás. En ella, rindieron honores a todos los caídos, como mis padres, para que cada vez que se pronunciara su nombre, la gente recordara el precio de aquella victoria.

Vicky y yo crecimos en un mundo de cambios. Un mundo que se estaba reconstruyendo desde las cenizas. Y los dos estamos marcados por la guerra, de maneras diferentes, es verdad, pero al fin y al cabo, marcados. El resto de nuestros primos Weasley llegaron al mundo cuando Londres se podía considerar un lugar de paz. Nosotros vivimos el cambio, la reconstrucción, el renacimiento de un pueblo devastado por la guerra y el dolor. Nosotros somos los frutos de la guerra. Los hijos de la guerra.

Mi marca son mis padres. Y también sus padres son la marca de Vicky. Mis padres murieron peleando por lo que creían. Por un ideal. Por un mundo mejor. Su padre fue transformado, herido, muerto y renacido a una nueva vida, por la misma razón. Por no rendirse. Por creer que aún en los peores momentos, existen esperanzas. Por nunca bajar los brazos.

Y he aquí otra ironía de la vida. Tanto mi padre como el de Victoire están marcados por el estigma de la licantropía. Pero ahí no termina. Pues he de revelarles en este punto otra de esas extrañas y poco amables coincidencias de la vida: tanto mi padre como el de ella fueron atacados por el mismo hombre lobo.

Talvez sea por eso que ella y yo nos sentimos unidos de una manera poco usual. Nos une la historia y una guerra sangrienta y terrible. Nos une el dolor y la licantropía. Nos une la magia, canalizada en cada uno de nosotros de maneras peculiares: en mí, como un metamorfomago, y en ella, como una veela.

Podría decirse que Victoire y yo hemos compartido prácticamente todo en estos últimos veinte años. Ella fue mi primera amiga, y yo fui su primer amigo. Fui yo quien la entretenía de niña cambiando mis rasgos para convertirme en todo tipo de animal. Fue ella quien me mostró dónde escondía Molly las galletas dulces en la Madriguera. Era yo quien la ayudaba a trepar el árbol más alto en el Valle de Godric. Y era ella quien luego curaba mis rasguños para que la abuela Andrómeda no los viera. Fui yo quien le enseñó a Vicky a montar su primera escoba. Fue ella quien me enseñó a bailar el Valls para una Fiesta de Navidad en Hogwarts. Yo fui el primer chico que la besó. Y ella fue la primera chica de la que me enamoré.

Podría pasarme toda la vida hablando de la familia Weasley. Y creo que ni todo ese tiempo sería suficiente para que ustedes pudieran comprender cuánto yo anhelaba, yo todavía hoy anhelo, tener el pelo de color rojo. La importancia que se esconde detrás de aquel detalle físico tan insignificante, pero a la vez, tan emblemático. La importancia de ser pelirrojo.


Pues, estoy con poco tiempo... pido perdón si es que en este capítulo encuentran errores ortograficos o de tecleo. Pero lo terminé de escribir hace poco, y no tuve mucho tiempo para revisarlo. Pero quería subir este capítulo ya que hace bastante que no actualizo la historia (jajaja, para los que me conocen, saben que me gusta actualizar seguido para que los lectores no se pierdan en la historia).

En fin, agradesco los reviews de: G-annie, Iruna, Helen Nicked Lupin, Rose Weasley de Malfoy, yesica7448 y Nat Potter W. ¡Prometo responderlos mejor en el proximo capitulo! Pero sepan que los he leido todos, y que han sido un increible incentivo para seguir escribiendo. Me alegra muchísimo que les guste la historia.

Este capítulo tenía como intención retratar un poco cómo ve Ted a los Weasley, y hacer un vistazo rapido sobre lo que ha sido de cada uno despues de la guerra. Prometo que en el proximo capitulo relataré un hecho en concreto.

Gracias a todos por leer!

Saludos,

G.