Capítulo 4: Once velas
Recuerdo que una vez, hace ya varios años, leí un libro donde el escritor planteaba que el ser humano es una criatura naturalmente insatisfecha. Que no hay nada en el mundo que pueda colmarlo y hacerlo plenamente feliz. Que siempre, sin importar cuánto tenga, el hombre quiere más. Y que inevitablemente, al no poder conseguirlo todo, no logra nunca ser feliz.
Pero ese escritor se encontraba equivocado. Hay momentos, a veces breves, a veces más duraderos, en los que uno es capaz de sentirse completamente feliz. Donde verdaderamente sientes que lo tienes todo en el mundo, y que nada puede hacerte más feliz que como eres en ese instante. Son momentos. Instantes. Pero a veces, son esos momentos los que luego se convierten en el motor de toda tu existencia.
Me alegra, y enorgullece, decir que mi vida está plagada de esos valiosos momentos de felicidad plena. No voy a mentirles y decirles que mi vida fue, y es, una cama de rosas. Sería hipócrita y completamente falso asegurar eso. Cuando uno crece, descubre que la vida real es muy diferente al mundo imaginario en el que vivimos de niños. La vida real no es como los cuentos de hadas. No todas las historias terminan con un "y vivieron felices para siempre". Pero a veces, se acerca bastante.
Creo que si he de hacer un balance de estos veinte años, se podría decir que he sido muy afortunado. He sido más feliz de lo que podría haber imaginado o esperado nunca. Sí, he pasado por varias pálidas, y he llorado mucho. No me avergüenza decirlo. Pero al final de cuentas, lo que verdaderamente importa son esos instantes en los que eres feliz. El resto se vuelve pasajero, difuso y efímero. Al final, creo que solo quedan los buenos momentos.
Recuerdo perfectamente la primera vez que fui conciente de que era plenamente feliz. Fue durante mi onceavo cumpleaños.
La abuela Andrómeda había organizado una fiesta mucho más importante y multitudinaria que para los diez previos cumpleaños. La razón era fácil: ese mismo año, en Septiembre, yo me subiría finalmente al Expreso de Hogwarts y partiría de casa. Y pasaría mis próximos siete cumpleaños entre las paredes de piedra y magia del castillo escondido en algún lugar de Escocia. En otras palabras, aquel sería nuestro último cumpleaños juntos, al menos hasta que terminara mis estudios.
Podría relatarles hasta el más mínimo detalle de aquella fiesta. Recuerdo que Molly Weasley (la abuela Weasley para mi) y Ginny llegaron temprano aquel día para ayudar a Andrómeda con todos los preparativos. Molly se encerró inmediatamente en la cocina, dispuesta a hacer comida suficiente como para un batallón del ejército famélico. Ginny y Andrómeda se dedicaron a colgar guirnaldas y globos mágicos por todas partes. Un cartel inmenso colgaba en el jardín, sobre el cual Ginny había escribo "Feliz Cumpleaños Teddy". Una mesa gigantesca se extendía a todo lo largo del parque, rodeado de más sillas de las que era capaz de contar. Ginny había colocado un mantel rojo y dorado, con los colores de Gryffindor. Pero mi abuela siempre le encontraba la vuelta a las cosas, y había colocado sobre la mesa servilletas de color verde, con bordes plateados. Yo reí ante la extraña combinación. Así es mi familia: una extraña combinación, que sorprendentemente, queda bien.
Harry fue el primero en llegar, acompañado de Ron y Hermione. Entre los tres, traían a cinco niños, hijos de ambas parejas.
El mayor era James Sirius Potter, que para aquel entonces tenía cuatro años. Apenas cruzó el umbral de la puerta el niño salió corriendo escaleras arriba, hacia mi dormitorio, buscando posiblemente algo que lanzar desde la ventana del primer piso. Sí, por si aún no lo han adivinado, James era ese tipo de niños inquietos y traviesos que vivía metiéndose en problemas. Hoy en día, sigue siendo igual, con la diferencia de que ahora sus travesuras se han vuelto más sofisticadas, y por lo tanto, más terribles.
Después venía Albus Severus, llamado así en honor a dos directores de Hogwarts que Harry había conocido durante su tiempo en el colegio. Tardé varios años en conocer el verdadero significado escondido detrás de aquellos nombres. Pero con mis once años, simplemente me parecían nombres raros y graciosos.
Albus siempre fue más tranquilo que su hermano mayor, incluso cuando apenas tenía tres años. Aunque tenía un carácter más fuerte y con los años, fui descubriendo que la mente de Albus era mucho más intricada que la de James. Talvez por eso fue que el Sombrero terminó sorteándolo a Slytherin, el primero de todos los Weasley en pisar la casa de la serpiente. Recuerdo que Andrómeda esbozó una sonrisa entre divertida e irónica cuando Harry se lo contó. De todos los Weasley, justo el hijo de Harry Potter fue el que terminó en la casa más apaleada y con peor fama de todo Hogwarts. Creo que aquello era suficientemente irónico como para provocarle una sonrisa a mi abuela. Ella siempre tuvo un humor bastante negro.
Siempre pegada a Albus iba Rose Weasley, y la mayor de las hijas de Ron y Hermione. Incluso con sus tres añitos, Rose prometía ser tan inteligente como su madre. Siempre fue brillante, y su inteligencia iba acompañada de una dosis igual de cascarrabias y cabeza dura.
Y por último, venían los dos más pequeños de ambas familias, ambos en brazos de sus padres. Harry Potter cargaba con la pequeña Lily Luna, de apenas un año de edad. Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Hacía apenas unos días que había nacido, y dormía placidamente en su cama diminuta. Se la veía tan pacífica y dulce. Creo que fue ese mismo día que Lily me cautivó para siempre. Con los años, terminaría convirtiéndose en mi pequeña debilidad. Bastaba con que ella me sonriera para que yo le comprara cualquier cosa que pidiera. Y sé que ella también me adora.
En brazos de Ron iba el pequeño y tímido Hugo. Incluso de pequeño era obvio que Hugo era el calco de su padre. La misma nariz, los mismos ojos azules, las mismas pecas y el mismo pelo colorado. Así como Rose se volvería mejor amiga de Albus, Hugo se convertiría con los años en el mejor amigo de Lily. Pobre Hugo… realmente lo compadezco. Pues Lily es… ¿cómo explicarlo? Supongo que podría decirse que ella es como un torbellino. Arrasa con ella todo lo que encuentra a su paso. Hugo incluido. Sin embargo, hay que reconocer que Hugo fue, y sigue siendo, el único capaz de refrenarla. El tema es que muy rara vez lo hace. Creo que, en el fondo, a Hugo le gusta que su prima sea así. Lo divierte.
Retomando mi cumpleaños, creo que sería importante explicar por qué la llegada de Harry Potter suponía para mí toda una avalancha de euforia descontrolada. Sí, claro, era mi padrino. Pero a los once años, más que la persona, lo que importa es el regalo. Y Harry siempre me traía el mejor regalo de toda la fiesta.
Aquel día no fue la excepción. Recuerdo que cuando llegó, lo recorrí de pies a cabeza con la mirada, buscando en dónde se encontraba escondido mi regalo. El año anterior Harry me había regalado una escoba, una bellísima Júpiter 110. Todavía la conservo, aunque ya es un modelo bastante viejo. Pero a mi no me importa. Yo conservo todos los regalos que Harry me ha hecho en estos veinte años. Menos uno. Y, pues miren que casualidad, que el único regalo que no conservo conmigo es el que recibí en mi onceavo cumpleaños.
-¡Feliz Cumpleaños, Lupin!-me saludó Ron, mientras que dejaba a Hugo en el suelo, y me abrazaba. Hermione tenía en sus manos un paquete que reconocí al instante lo que era: un libro.
Pero yo mantenía mi mirada fija en Harry, quien todavía sostenía a una Lily que luchaba por liberarse de su padre para poder venir conmigo. Mi mirada seguía observando a mi padrino con detalle, pero éste no cargaba ningún paquete con él. Por un instante, pensé que se había olvidado de comprarme algo. Pero luego, la sonrisa cómplice que me dedicó me dijo que no era así. Tenía un regalo para mí.
-¡Oh, por fin llegan! ¡Ya me estaba preocupando!-dijo entonce Ginny, apareciendo desde la cocina, donde se encontraba ayudando a su madre. Tanto James como Albus corrieron hacia su madre para abrazarla. Lily seguía luchando para llegar conmigo. Sus manitas diminutas se extendían hacia mí. Harry pareció comprender entonces las intenciones de su hija, pues la dejó en el suelo, y ella, con pasos tambaleantes, se encaminó hacia donde yo me encontraba de pie, saludando a Hermione, Ron, Rose y Hugo.
-Ediiii-me llamó Lily, entre contenta y enojada porque yo no le prestaba atención. Yo le sonreí, y con cierta dificultad, la tomé en mis brazos y la alcé. Lily rió y aferró sus manos alrededor de mi cuello.- ¡Oinc, Oinc!-me dijo entonces, mirándome fijamente. Yo comprendí inmediatamene lo que me pedía. Sin ningún esfuerzo, convertí mi nariz en la de un cerdo, y Lily rió a carcajadas, mientras que aplaudía emocionada. Hugo también se sumó a los aplausos.
Mi abuela mi miraba en ese momento desde la puerta que comunicaba con el jardín de la casa. Lucía una extraña expresión en el rostro. Cuando notó que yo la miraba, me sonrió, y me pareció ver lágrimas acumuladas en sus ojos.
-¿Pasa algo, abuela?-le pregunté, dubitativo. Ella negó rápidamente con la cabeza.
-Nada-me aseguró-. Es solo que tu madre solía hacer el mismo truco para divertir a la gente-agregó entonces.
Por un momento, no supe qué decir ni qué pensar. Mi madre solía hacer lo mismo… Repentinamente, me encontré con que tenía algo más en común con ella. Incluso sin conocerla, nos parecíamos en algo. Yo tenía su humor. Había heredado aquello de ella. Fue como si de repente, aquellas pocas palabras, hicieran que mi madre estuviera allí presente, conmigo. De golpe, la sentí más cerca que antes, más parte mía. La sentí más mi mamá.
Los grititos de Lily, pidiéndome otro animal me hicieron volver a la realidad. Y durante la siguiente media hora me dediqué a sentarme en el suelo, rodeado de niños pequeños, convirtiéndome en todo tipo de animal a pedido de ellos. A Lily y Hugo se le habían sumado Albus y Rose. Más tarde, llegaron Percy y Audrey, con sus dos hijas, Molly y Lucy. Lucy también se sumó a la ronda de niños que se divertían a costa de mis habilidades como metamorfomago. Molly se sentó también cerca de mí. Pero en su caso, no era la diversión de ver a una persona convertir sus orejas en las de un gato, sino la curiosidad intelectual que ya desde los seis años mostraba. Más tarde, Molly se convertiría en una estudiante aplicada y madura, y terminaría, como todos esperábamos, en Ravenclaw.
Casi al mismo tiempo que Percy, llegó George, en compañía de Angelina y de sus dos hijos, Fred y Roxanne, a quien todos llamamos Roxie. Roxie también se sumó a mi pequeño show de entretenimiento, mientras que Fred subió apurado las escaleras, en busca de James.
Los últimos en llegar fueron Bill y Fleur, con sus hijos, Vicky, Dominique, y Louis. Apenas vi entrar a Victoire por la puerta de la casa de Andrómeda detuve el show de transformaciones. Como consecuencia de ello, provoqué varios abucheos, y uno que otro llanto. Pero no me importó. En aquel entonces, no comprendí bien por qué no quería seguir haciendo aquellas transformaciones delante de Victoire. Un par de años más, supe que se trataba de vergüenza. Y cerca de cinco años después, comprendí que era porque Vicky me gustaba. Pero a los once años, simplemente se trataba de Victoire Weasley, la niña dos años menor que yo, con quien había compartido toda mi infancia. Vicky, la niña hermosa y "estirada", como la describiría años más tarde su propia hermana Dominique.
Si piensan que la fiesta estaba completa con la llegada de todos los Weasley, pues se equivocan. Andrómeda había invitado también a Neville Longbottom, que por aquel entonces había comenzado a salir con una muchacha llamada Hannah Abbot, quien más tarde se convertiría en su esposa. Luna y Rolf Scamander también fueron invitados, y ambos asistieron junto con sus hijos, Lorcan, de la edad de James, y Lysander, de la edad de Albus. Y por último, llegó Hagrid, un íntimo amigo de Harry, llegó cuando la fiesta ya llevaba varias horas, trayendo un paquete de regalo (que fue revisado antes por Andrómeda y Harry para asegurar que era apropiado para un niño de once años) y una botella de Hidromiel. El único ausente fue Charlie, quien mandó sus disculpas a través de una lechuza, así como también un regalo, que resultó ser una campera de piel de dragón. Más tarde yo me enteré que Charlie había sido compañero y amigo de mi madre en Hogwarts.
La fiesta transcurrió maravillosamente, entre risas, juegos y cientos de alimentos dispuestos a lo largo de la mesa que habían armado en el jardín. Mi cumpleaños cae en Abril, por lo cual, para aquel entonces, la primavera ya se estaba asentando en Londres. Aquella tarde, hizo un clima maravillo, que nos permitió jugar entre todos un pequeño partido de Quidditch. A mi me toco jugar con Harry, Ginny, y Bill. En el equipo contrario jugaban Ron, Angelina, George, y Fleur, quien no era muy buena jugadora pero se defendía bastante bien sobre la escoba. Obviamente, ganó mi equipo.
Había pasado ya gran parte de la fiesta cuando, repentinamente, sentí una mano que se posaba sobre mi hombro. Levanté la mirada y me encontré con los ojos esmeraldas de mi padrino, que me miraban llenos de emoción y misterio. El corazón me dio un vuelco cuando comprendí que estaba a punto de recibir mi regalo.
-¿Tienes un minuto, Ted?-me preguntó Harry, conteniendo la sonrisa que amenazaba con delatarlo. Asentí entre nervioso y emocionado, mientras que me ponía de pie tratando de no llamar la atención de ninguno de los invitados.
Harry caminaba delante de mí, con paso tranquilo. Tenía ambas manos metidas en los bolsillos, y miraba a su alrededor toda la decoración que su esposa y mi abuela habían colocado horas atrás, antes de la llegada de los invitados.
Yo lo seguía de cerca, nervioso, tratando de imaginarme cuál sería el regalo en ésta ocasión. Sabía que me esperaba un regalo especial. Era el último cumpleaños que pasaría en casa. Era mi cumpleaños número once, el cumpleaños más esperado. Para mí, tener once años significaba por fin tener la edad necesaria para entrar en el mundo mágico. Sé que puede sonar algo exagerado, pues yo viví entre magos y brujas desde mi nacimiento. Pero con once años, recibiría mi carta de Hogwarts, y el 1 de Septiembre de ese mismo año me embarcaría en un tren rojo, que me llevaría hacia un mundo que hasta entonces solo había conocido a través de otros. Por fin, pisaría los pasillos de Hogwarts, subiría sus escaleras movedizas. Comería en el Gran Salón, y con suerte, sería sorteado a Gryffindor. Los once años eran especiales. Y yo sabía que mi padrino pensaba igual. También para él los once años marcaron un antes y un después en su vida. Fue en su onceavo cumpleaños que Harry supo que era un mago.
Pero nada, absolutamente nada que mi mente pudiera idear en esos momentos, podía compararse con lo que verdaderamente me esperaba como regalo.
Harry entró en la casa, y guiándome en silencio, subió las escaleras que llevaban a los dormitorios de la primera planta. Abrió la puerta de mi cuarto, y la sostuvo para que yo entrara. Luego, cerró la puerta detrás de él.
-Muffiato-dijo, apuntando con su varita a la puerta. Bendito sea ese hechizo, que años más tarde yo utilizaría con más frecuencia de la adecuada. En aquel entonces, era para mi tan desconocido como imposible. Todavía no tenía siquiera varita.
Harry me miró y guardando su varita, sonrió. Esa sonrisa suya, amplia y delatadora. Creo que ya se los he dicho una vez, pero vale la pena repetirlo: Harry es un pésimo mentiroso. Apenas vi su sonrisa supe que estaba a punto de darme el regalo. Su sonrisa y sus ojos lo delataron.
-Así que once años, ¿eh?-comenzó a decir mi padrino, mientras que recorría la habitación, examinando los estantes, cargados de juguetes mágicos y de miniaturas de jugadores de Quidditch. Yo me senté en mi cama. Estaba tan ansioso que ya no podía ni mantenerme parado.-Recuerdo cuando yo cumplí once años. Mis tíos se habían olvidado completamente de que era mi cumpleaños. Estaban demasiado ocupados tratando de evitar que yo me enterara que era un mago. -Una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro ante el recuerdo.-Recuerdo que estábamos en una cabaña, y en medio de la noche, Hagrid irrumpió en ella, derrumbando la puerta. Aquel día me pareció que era el hombre más grande del mundo-rememoraba Harry. Yo reí ante el comentario.
-¿Qué acaso ya no lo piensas?-bromeé. Harry también se rió. Se hizo un breve silencio entre los dos. Supe que Harry estaba pensando la mejor manera de decirme algo.
-Estás a punto de empezar una experiencia que cambiará tu vida, Teddy-me dijo entonces, repentinamente serio. Yo también me puse serio.
-Lo sé-le dije. Pero la verdad es que no lo sabía. No era conciente, con mis escasos once años, de lo que siete años en Hogwarts harían en mí. No era conciente de cómo una persona puede crecer y madurar en el camino. Harry me miraba intensamente. Finalmente, metió una mano en el bolsillo y sacó un trozo de pergamino. Lo sostuvo varios minutos entre sus manos, girándolo, observándolo desde todos los ángulos, tratándolo con un cariño que a mis ojos parecía extraño. Después de todo, yo solo veía un trozo de pergamino.
-Ten. Esto es para ti-me dijo finalmente, extendiéndome el trozo de pergamino. Yo lo miré unos segundos sin comprender, y finalmente lo tomé. La decepción debe de haberse reflejado en mis ojos, porque Harry sonrió con cierta picardía.-No debes de juzgar a las cosas por su apariencia, Ted-me advirtió, mientras que volvía a sacar la varita.-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas-dijo Harry, mientras que tocaba con su varita el trozo de pergamino frente a mí.
Ahogué un grito de sorpresa cuando letras de tinta negra comenzaron a dibujarse delante de mis ojos, sobre el pergamino.
Los señores
Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamente,
Se enorgullecen de presentar
EL MAPA DEL MERODEADOR
Leí y releí las palabras delante de mis ojos varias veces, tratando de encontrarle un significado, pero no lo conseguí. Finalmente, decidí preguntarle al sonriente Harry parado frente a mí.
-¿Qué es esto, Harry?-dije tratando de no sonar agresivo ni desagradecido con mi padrino. Mi pregunta y desconcierto hicieron que su sonrisa se acentuara aún más.
-Eso es El Mapa del Merodeador-me respondió. Alcé una ceja, dándole a entender que yo ya había comprendido aquello por mí mismo. Estaba escrito delante de mí. Una risita escapó entre los dientes de Potter-. Ábrelo y verás-me dijo.
Obedientemente, abrí el trozo de pergamino gastado y roto que tenía en mis manos, desplegándolo con lentitud, por miedo a romperlo en el camino. Y entonces lo vi.
Un mapa. Un mapa como ninguno otro que yo hubiera visto. Un mapa que detallaba un lugar que yo nunca había visitado, y que a pesar de ello, reconocí al instante.
Hogwarts se extendía frente a mis ojos en todo su esplendor. Sus pasillos, sus pasadizos secretos, sus escaleras y salas comunes. Todo estaba allí, delante de mí. En un trozo de pergamino viejo y arrugado.
Levanté la mirada y estoy seguro de que los ojos me brillaban de emoción contenida. Harry se sentó entonces a mi lado en la cama, y se inclinó para poder echar un vistazo al mapa.
-Harry… ¿cómo conseguiste esto?-fue todo lo que pude articular.
-Dos gemelos me lo regalaron cuando yo tenía trece años-me respondió con simpleza. No fue necesario que dijera más. Yo sabía que hablaba de Fred y George Weasley. Por alguna razón, no me sorprendió que ellos tuvieran algo como ese Mapa en su posesión en aquel entonces. Tampoco me sorprendería que lo tuvieran hoy.
-¿Ellos lo hicieron?-pregunté, sorprendido, pues aquella era, y todavía es, una buena pieza de magia. Harry negó suavemente con la cabeza, e hizo girar el mapa para que yo volviera a leer la las primeras inscripciones.
-No… Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta lo hicieron-me dijo Harry, con una mirada especial, diferente en los ojos. Algo había cambiado en él al decir aquellos nombres. Como si se tratara de unos amigos a quién hace mucho tiempo que no ve, y de repente, algún viejo recuerdo los hace volver al presente.
-¿Quiénes son?-le pregunté, aunque dentro mío, ya creía conocer la respuesta. Algo en mi interior me decía quiénes eran aquellas personas. Harry me miró fijamente a los ojos, y casi pude leer la respuesta en su mirada.
-Lunático era el apodo de tu padre. Cornamenta era el apodo del mío-respondió Harry.
Mis ojos volvieron una vez más hasta el mapa que todavía sostenía en mis manos (ahora temblorosas). Y aquel pedazo de papel adquirió repentinamente un nuevo significado para mí.
Años atrás, mi padre y sus amigos lo habían fabricado. Ellos mismos habían creado algo que ahora yo sostenía en mis manos. Mi padre había tenido aquel mismo trozo de papel consigo. Lo había guardado en su baúl de Hogwarts o en algún bolsillo de su túnica. Cientos de veces había susurrado las mágicas palabras "Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas". Y luego, se había deslizado en silencio por los pasillos de colegio, junto con Canuto, Cornamenta y Colagusano. Aquel mapa había acompañado a mi padre durante un su tiempo en Hogwarts. Había acompañado a Harry Potter. Y ahora, me acompañaría a mí. Era un legado. Una herencia. Era lo más cercano que jamás estaría a Remus Lupin en mi vida. Y se sentía bien.
-Cada vez que tu padre sufría una transformación lunar, mi padre, Sirius y Peter adquirían sus formas animagas, y escapaban de Hogwarts hasta la Casa de los Gritos, donde tu padre los esperaba cada luna llena-me contó Harry, rememorando una vieja historia que yo ya había escuchado varias veces, pero que ahora, tenía un sentido nuevo.-Fue gracias a éste mapa que los Merodeadores pudieron hacer de las suyas sin que ningún profesor, ni siquiera Dumbledore, se enterara.
Harry hizo una pausa, como si esperara que yo dijera algo. Pero mi garganta se encontraba cerrada, y mis labios resecos. Y de repente, no podía hablar. No sabía que decir. Mis dedos acariciaban con cuidado, casi con veneración, el mapa. Harry pareció comprender lo que yo estaba pasando por dentro, porque no esperó una respuesta, y en cambio, siguió su relato.
-Éste mapa ha ido pasando de generación en generación, Ted. Nuestros padres lo tuvieron primero. Luego, como si el destino quisiera que permaneciera entre sus legítimos dueños, el mapa llegó a mis manos… y tu padre se aseguró de que yo lo conservara cuando él dejó de dar clases en Hogwarts-siguió contándome Harry.
-¿Crees… crees que él me lo hubiera dado también a mí?-pregunté finalmente, la voz algo ronca. Harry pareció meditarlo.
-¿Con once años? No estoy seguro…-confesó Potter con una sonrisa-. Puedo decirte que mi padre no hubiera dudado siquiera en dártelo. Él y Sirius Black eran dos inconcientes-comentó Potter, mitad en broma, mitad en serio, y sonrió con melancolía.-Pero Remus… él siempre fue el más centrado. El más maduro… creo que a él le hubiera preocupado un poco lo que un niño de once años podía llegar a hacer con un mapa como éste…-Harry pareció sumergirse momentáneamente en los recuerdos, como si estuviera buscando en su mente la respuesta a mi pregunta. Volvió a sonreír.-Pero si me lo preguntas a mí, yo creo que al final, luego de pensarlo bastante, tu padre te lo habría dado. Después de todo… el Mapa pertenece a Hogwarts-sentenció finalmente. Yo le devolví una sonrisa, algo vacilante.
-Harry…-mi voz seguía sonando ronca, y mientras que levantaba la cabeza para mirar a mi padrino, noté que los ojos me escocían, y varias lágrimas amenazaban con escaparse-. Gracias.-fue todo lo que pude decirle.
Pero creo que fue suficiente. Creo que Harry comprendió todo lo que aquella palabra encerraba. Y es que con Harry, no hacen falta las palabras. A veces, ni siquiera son necesarias las miradas. Él y yo somos muy parecidos. Y sabemos lo que el otro piensa o siente, porque, en cierta manera, sentimos lo mismo.
No era necesario que yo le dijera a mi padrino cuánto significaba para mí aquel mapa. No era necesario que le explicara cuánto extrañaba a mi padre. No era necesario que le dijera lo que me gustaba escuchar las historias de los Merodeadores. Porque Harry ya lo sabía. Porque para él, ese mapa tenía el mismo significado que para mí. Aquel Mapa, era una de las pocas cosas que quedaban en el mundo como prueba de que Remus Lupin y James Potter habían vivido, habían estudiado en Hogwarts, y habían sido condenadamente buenos haciendo magia, lo suficientemente buenos como para fabricar aquel mapa y convertirse en animagos. Habían deambulado por los pasillos de Hogwarts, habían hecho cientos de travesuras y se habían reído a más no poder. Habían compartido buenos y malos momentos. Se habían enamorado, se habían casado, habían tenido un hijo, y al final… los dos habían muerto.
Harry no necesitaba que yo le dijera que extrañaba a mi padre, incluso sin haberlo conocido. Porque Harry también extrañaba a James Potter.
Harry no necesitaba que yo le pidiera alguna de las historias de los Merodeadores. Porque a él también le gustaba escucharlas.
No, no hacía falta. Bastaba con ese "Gracias" para que Harry Potter entendiera. Sólo eso bastó. Harry lo entendió, y apoyando una de sus manos en mi hombro, y me abrazó.
-Úsalo bien, Ted Remus Lupin-me susurró Harry, antes de liberarme de su cálido abrazo. Yo reí, mientras que me secaba disimuladamente las lágrimas que se habían derramado por mis mejillas.
-¡Teddy!-llamó entonces la voz de Andrómeda Tonks desde las escaleras.
Escuché los pasos ligeros de mi abuela subiendo los escalones, y a continuación, vi la puerta de mi dormitorio abrirse con cuidado, y el rostro de Drómeda asomando por la rendija.
-Teddy, te estamos esperando abajo para la torta, cariño-anunció ella, y pude ver sus perspicaces ojos que me recorrían entero, y se detenían unos segundos en el trozo de pergamino que todavía sostenía en mis manos. Instintivamente, lo doblé para que no pudiera ver lo que contenía. Estoy seguro de que ella se dio cuenta, pero no dijo nada al respecto. Otro rasgo de mi abuela: ella es muy respetuosa, y jamás se entromete en dónde no la llaman.
-Ya vamos, señora Tonks-le respondió Harry, asintiendo con la cabeza.
-Harry, por milésima vez, dime Andrómeda-le pidió inútilmente mi abuela, mientras que rodaba los ojos resignada. Todavía hoy, después de tantos años, Harry sigue llamándola señora Tonks.
La abuela cerró la puerta detrás de ella, dejándonos nuevamente solos. Harry sacó entonces su varita, y volvió a apuntar el Mapa.-
-Travesura realizada-pronunció, y el mapa se borró completamente. Harry me guiñó un ojo.-Cuando tengas tu varita, podrás usar el mapa-me aseguró, mientras que se ponía de pie. Yo asentí con la cabeza, y guardé el pergamino en mi bolsillo.
A partir de ese día, el Mapa del Merodeador me acompañó en todo momento, tanto dentro como fuera de Hogwarts. Pasarían siete años hasta que yo decidiera que había llegado el momento de pasar el legado hacia el siguiente heredero. Siete años hasta que yo le devolviera el mapa a Harry, para que él se lo entregara a sucesor: su primogénito, James Sirius Potter. Después de todo, el Mapa pertenece a Hogwarts.
Aquella tarde de mi onceavo cumpleaños, recuerdo que todos nos reunimos alrededor de la mesa para que yo soplara las once velitas, y luego cortara la torta.
-¡Pide un deseo, Teddy!-escuché decir a Victoire, emocionada, mientras que aplaudía.
Pude ver los rostros sonrientes de todos los que me rodeaban. Andrómeda estaba de pie a mi lado, luciendo una de esas sonrisas que sólo existen para mí. Harry estaba sosteniendo a Lily en brazos, que una vez más peleaba por venir conmigo, y Ginny sostenía una cámara fotográfica, lista para disparar en cuánto yo soplara. Todos los Weasleys se agolpaban alrededor de la mesa, tratando de ver mejor. Reían, bromeaban, y me instaban a que pidiera mi deseo.
Metí una mano en el bolsillo de mi pantalón, y rocé la áspera superficie del Mapa. Una sonrisa se dibujó en mis labios, casi sin darme cuenta.
Ese cumpleaños, no pedí ningún deseo al soplar mis once velas. No había nada que pedir. Ningún deseo pendiente. Aquel día, mientras que observaba las caras felices de los que me rodeaban, supe que ya tenía todo lo que podía pedir.
Guardo aquel recuerdo lo más fresco que es posible en mi memoria. Cada tanto, cuando siento las que cosas no son como yo quisiera, o cuando atravieso momentos difíciles, viajo mentalmente a aquel cumpleaños número once, en el jardín trasero de la casa de mi abuela Andrómeda, cuando fui completamente conciente por primera vez de que yo, Ted Remus Lupin, era feliz. Un momento. Un instante. Pero es todo lo que necesito.
Acá les traigo el cuarto capítulo... en este caso, relatando un momento puntual en la vida de Ted: su onceavo cumpleaños.
Espero que les haya gustado! Gracias a todos por los reviews... se que no los he respondido, y pido perdón, pero estoy con mil cosas en la cabeza, sumado a que estoy escribiendo dos historias al mismo tiempo, y pues... mi mente está algo saturada.
En fin, acepto todo tipo de criticas, opiniones, etc.
Saludos,
G.
