HOLA!!!! Antes que nada les pido mil disculpas por mi larga ausencia, pero como expliqué en el capítulo pasado me acabo de mudar y mi falta de celular y PC no me ayudó para nada.

Planes a futuro: planeo saltar mucho tiempo ya hasta la segunda titanomaquia y mostrar el pasado a travésde flashbacks.

El Inframundo, Palacio de Hades

–Hermano, ¿puedo ingresar a tu dominio?– preguntó el dios de la tierra en su mente, dirigiéndose a su hermano.

–Ingresa, pero que sea rápido– contestó el rey del inframundo con impaciencia.

Pronto, Perseo destelló frente al palacio de su hermano Hades y se adentró por las grandes puertas.

Cuando llegó a la sala del trono, allí estaba Hades sentado en su trono de almas. Al lado un trono de oro más pequeño se cernía con imponencia.

–¿Qué sucede hermano? Imagino que esta no es una visita social– dijo Hades con aburrimiento.

–En parte no, en parte sí.– dijo acercándose al trono de su hermano y extendió los brazos para abrazarlo– ven hermano, hace casi un siglo que no nos vemos.

Hades se puso de pie y devolvió el abrazo tímidamente, ya que el cariño por Perseo aún estaba.

Se separaron del abrazo y juntos marcharon hacia la sala de estar, donde uno los ciervos de Hades nos trajo comida y algo de beber.

–Dime hermano, ¿qué te trae a mi dominio?

Perseo bajó su trozo de pan de nuevo a su plato y miró a su hermano– vine a ver si hay novedades de ella.

Hades sin quitar los ojos de su hermano soltó un largo suspiro y se sentó junto a él– Hermano, va a tomar tiempo y lo sabes. Su cuerpo no se destruyó como el de nuestro padre, pero al ser una titánide pacífica su regeneración va a ser lenta. Quizás unos 3 milenios más.

Perseo solo observó el suelo que en estos momentos debe haber sido sumamente interesante– Maldición– dijo el dios arrastrando las palmas de las manos en su rostro– la extraño hermano, Atenea la extraña.

Hades apoyó su mano en su hombro en un intento de reconfortarlo – Lo sé hermano, fue la mayor pérdida en esa guerra.

Pronto Perseo abrió los ojos al recordar la razón secundaria de su visita al inframundo– Otras de las razones por la que estoy aquí es que hace unas décadas sentí presencias divinas al noroeste de aquí.

–¿Otras presencias? ¿Y eso que tiene que ver conmigo?– preguntó Hades a la defensiva.

Perseo rápidamente contestó– Calma hermano, no te estoy culpando. Son presencias divinas pero no helénicas, son extranjeras.

Hades guardó silencio tratando de procesar la información– En el noroeste. Dime que no es en las tribus albinas.

Perseo lo miró con extrañeza– ¿Cómo sabes que es ahí?

–Soy el rey del inframundo y por lo tanto se lo que sucede con las muertes. Aquellas tribus son guerreras, y siempre que mueren en batalla el hijo de la noche va a recoger sus almas pero cuando llega allí ya se han ido. No hay un solo nórdico en los campos de castigo, en los prados de Asfódelos y mucho menos en los Elíseos– dijo Hades con suficiencia, sabiendo algo que el dios de la sabiduría y el conocimiento no.

–Pero si ni Thanatos ni tú pueden hallar esas almas, eso significa que no somos las únicas divinidades en el mundo– dijo el dios del conocimiento. Ambos guardaron silencio unos momentos antes de que Hades hablara.

–tendrías que hablarlo con el consejo a esto, quizás puedan hacer algo para sacarlos de aquí– dijo el dios de las riquezas.

Perseo lo miró con ingenuidad– No sabemos nada de ellos hermano, y conociendo a Zeus y su paranoia les va a declarar la guerra inmediatamente. Y me temo que tengo hijos sobre la tierra, y los mortales son los que sufren las guerras divinas.

Hades se levantó rápidamente del sillón– Sé quien nos puede ayudar.

Pronto apareció una bella mujer o tres, no lo sabemos. Es una joven con túnica oscura sin mangas, y cabello dorado recogido en una cola de caballo alta. Su vestido era tan sedoso que parecía ondear, como si la tela fuera tinta, y no aparentaba más de veinte años. Sus ojos eran negros, y es preciosa pero pálida como una muerta.

Perseo rápidamente se puso de pie hipnotizado por su belleza y se acercó a ella, le tomo la mano y se la besó–Perseis Hécate, un gusto verla.

Hécate aturdida por el atrevimiento del dios retiró la mano rápidamente e hizo una leve inclinación– Lord Perseo, el placer es mío.

Hades observó a su hermano con una sonrisa en los ojos, sabiendo que nunca cambiara –Perseo, si ya terminaste de coquetear con ella, la llamé por una razón– se volvió hacia la titánide de la magia– Hemos sentido presencias divinas en la zona de las tribus albinas del norte, allí donde las almas se pierden y no llegan plegarias.

Hécate centró sus poderos ojos negros en Hades intercalándolos con Perseo– Asique supongo que quieres que averigüe que sucede con las almas de allí exactamente.

–Elemental, mi querida Hécate– dijo Perseo con una sonrisa juguetona la que Hécate devolvió con una mirada desaprobadora– pronto junto con mi hija y Artemisa iremos a investigar haber que encontramos y te voy a estar haciendo un par de visitas.

–Mientras menos sean, mejor. Con permiso– hizo una leve inclinación y destelló lejos de ellos, dejando a Perseo con la boca abierta y a un Hades riéndose a carcajadas como pocas veces se había visto.

–Creo que fuiste rechazado hermano– dijo el dios del inframundo con una sonrisa risueña.

–Será mía hermano, y no tendré que secuestrarla– dijo Perseo comenzándose a reir cuando Hades acabo con su risa.

–Eso ofende hermano– dijo el dios más joven– tendrías que pasar más por aquí, pero ahora tengo que seguir con mis deberes.

–Lo entiendo– dijo saludando a su hermano– pronto pasaré nuevamente– y con eso, desapareció.

Monte Pelión, hogar de Perseo

Una pelinegra de ojos grises destelló en el jardín del dios de la tierra con semblante preucupado. Pronto, se apresuró a buscar un lugar donde poder sentarse, eligiendo el banco el olivo, donde siempre con su padre se sienta.

—Padre— dijo Atenea en voz baja— ven, tengo que actualizarte de las noticias de allá arriba.

Las pequeñas rosas blancas ubicadas frente al bando apenas se movieron cuando algo, o mejor dicho alguien, surgió de la tierra y se sento al lado de la diosa de la sabiduría.

—Si es sobre Hera y sus presiones, dejame decirte que ya estoy informado—dijo el ojigris con cansancio en su voz pero con una slnrisa burlona— era de esperarse.

—Pues, yo si estoy molesta— dijo la diosa— no es justo que te obliguen a casarte.

Perseo posó la palma de su mano en la mejilla de su hija y con el pulgar guardó su cabello detrás de la oreja.

—Yo creo que tú estás celosa hija mía.

Atenea pareció indignada por momentos pero no negó las acusaciones— Es que cuando madre vuelva…

El dios retiró la mano del rostro de su hija y peinó el cabello con sus dedos.

—Cuando Metis vuelva lo va a entender. La amo con locura, pero debes entender que las cosas van a seguir.

Antes de que Atenea pudiera responder los mares se agitaron y el cielo se nubló rápidamente.

—Poseidón…— dijo la joven diosa volteandose hacia el cielo y luego a su padre que tenía los ojos cerrados en señal de concentración.

—Ay Casiopea que hiciste…— murmuró Perseo para si mismo desapareciendo en una nube de polvo.

Etiopía, Palacio del rey Cefeo y la reina Casiopea.

—Ya sabes Andrómeda, puedo no ser tu padre de sangre pero aún así eres como mi hija, además de tener sangre divina— dijo el rey Cefeo, hijo de Belo, hacia la Perseida Andrómeda— pronto tendrás que elegir un esposo.

—Pero rey, me gustaría aguardar un tiempo—dijo la joven semidiós hacia el hombre que la crió— aún soy jóven.

La reina Casiopea oía la conversación sin interrumpir hasta que no lo contuvo más.

—Pero nada Andrómeda, eres una princesa y ya tienes catorce inviernos— dijo la reina poniendo una mano sobre la mejilla de su hija— además, ¿qué hombre podrá resistirse a tu belleza?

Andrómeda ya adivinando las próximas palabras de su madre puso su mano sobre la suya para retirarla de su rostro.

—Madre, detente— rogó la joven princesa.

Casiopea simuló no oírla y siguió con su diatriba— ¡Solo observate hija mía! ¡esos rojos cabellos con ese hermoso gris tormentoso que domina tus ojos!

Cefeo optó rapidamente por interrumpir a su esposa— Mi reina, detenente. Cuida tus palabras.

Casiopea se volteo indignada hacia su marido— ¿Cuidar mis palabras? ¡Pero si ni las mismísimas Nereidas son tan hermosas como mi hermosa hija!

Pronto, tanto Cefeo como los integrantes de la corte se taparon la boca y empezaron a recitar plegarias a Nereo, uno de los hijos de Gaia y Pontos. En cambio la princesa Andrómeda se puso rápidamente de pie y abofeteó a su madre.

—¡Inútil! — le gritó la Perseida a su madre que en ese momento estaba estupefacta— ¿Te das cuenta el error que hsd cometido?

Y como si eso hubiera sido un llamado a los problemas los cielos empezaron a tronar y el mar se agotó rápidamente, un viento gélido inundó la sala del trono apagando todas las velas.

Guardias armados se posicionaron frente a la familia real cuando un fuerte viento abrió ambas puertas de un portazo, seguida de una figura que se apareció como por arte de magia.

El hombre estiró su derecho brazo hacia delante y un tridente se apareció mágicamente, dio unos pasos adelante donde los guardias intentaron detenerlos pero con un movimiento de su mano izquierda cayeron muertos al piso. Con esa misma mano señaló a Casiopea.

—¿¡Cómo te atreves, reina mortal, a insultar así a un antigüo dios del mar!?— rugió el desconocido con notable ira mientras alzaba su tridente— ¿¡Cómo osas comparar a la hija de mi hermano con las Nereidas!?

Gran parte de la corte permaneció de pie pero esta declaración fue como una patada en las rodillas para todos los presentes, que rápidamente se pusieron de rodillas en señal de respeto al dios.

—Lord Poseidón— apenas pudo tartamudear Andrómeda— disculpe a mi madre por favor, no sabe lo que dice.

Poseidón posó sus ojos verde mar en la hija de Perseo—Guarda silencio Perseida, tu eres el sujeto en comparación aquí, por lo tanto pagarás por los errores de tu madre.

Andrómeda que nunca antes había sentido miedo en su vida experimentó en primera persona el terror.

Antes de que alguien dijera algo más, las puertas se cerraron con una fuerza sobrehumana, grietas en la madera reforzada. Las velas se encendieron dando lugar a otra persona, solo que esta llegó rodeado de polvo.

Poseidón al sentir la presencia de su hermano se volteó hacia él, con gesto impasible—Te estaba esperando, Perseo.

Pronto el polvo se disipó mostrando los rasgos de esta persona, medía alrededor de 1,80 mts, piel pálida con un cabello negro revuelto y unos tormentosos ojos grises. Llevaba una armadura hoplita completa al igual que Poseidón, solo que el dios de la tierra traía una lanza en lugar de un tridente.

Andrómeda que ya estaba de pie se le endurecieron todos los musculos del cuerpo "¿Ese es él?" se preguntó rapidamente. Siempre soñó con conocer a su padre, pero no en circunstancias tan desfavorables.

Los ojos de Casiopea se llenaron rápidamente de esperanza —Lord Perseo— dijo tratando de acercarse— gracias a los dioses que estás aquí, tenía tanto miedo.

En cambio, el dios de la tierra se mostró impasible ante ese acto. Con un movimiento de cabeza una ráfaga de aire empujó a Casiopea al suelo.

—Cállate mujer— dijo con voz gruesa Perseo, poniendo la punta de la lanza en el pecho de la mujer— Yo vengo a interceder por mi hija, el castigo lo mereces tú— dijo para sorpresa de la reina que rápidamente comenzó a derramar lágrimas.

Perseo se volteó hacia su hermano para trastorno de Andrómeda, que aún siquiera la había mirado a los ojos o almenos notado.

—Hermano, por favor, hablemos— Poseidón pareció pensativo pero rápidamente asintió y ambos destellaron fuera del palacio.

—Siquiera notó mi presencia— dijo Andrómeda al borde de las lágrimas, pasando rapidamente las mangas de su vestido de seda color beige para evitar que salieran.

Casiopea rápidamente se puso de pie y sujetó bruscamente a Andrómeda de los hombros y empezó a sacudirla— Fui denigrada y rechazada y a ti solo te importa…— fue rechazada por un destello en la habitación, Poseidón volvió.

—Diez minutos— dijo mirando a la semidiós con una mirada impasible, y con un movimiento de mano, la joven desapareció en brisa de mar.

Monte Pelión, hogar de Perseo

—¿La vas a traer aquí?—dijo Atenea con sorna— ya suficiente tenemos con Halia y ahora…

Perseo le dirigió una mirada que asesinaría hasta un primordial.

— Basta Atenea, tus absurdos celos me tienen cansado — dijo parándose al frente de su hija— yo voy a hacer lo que quiero, no me puedes prohibir nada.

—Pero padre…— comenzó pero rápidamente fue interrumpida.

—BASTA ATENEA— dijo Perseo, hizo una garra con tres dedos de su mano apoyándolos en su pecho y luego empujando hacia afuera— luego hablaremos.

Ante esa acción de Perseo, Atenea fue expulsada momentáneamente del hogar del dios de la tierra.

En menos de 1 minuto una jovencita pelirroja, vestida con un caro vestido que resalta sus tormentosos ojos grises.

Andrómeda primero creyó estar ciega pero cuando los ojos se acostumbraron a la claridad se asombró.

Estaba parada en el centro de un hermoso jardín, el más bello en el que ha estado en su corta vida.

—¿Dónde estaré?— murmuró para sí misma.

—Estás en el Monte Pelión, mi casa—dijo una voz detrás de ella.

Ella se volteó alarmada y llevó la mano derecha hacia la cintura en busca de su espada, que no estaba, pero al reconocer a su padre frente a ella las piernas le flaquearon.

Rápidamente Perseo se acercó y la sujeto por los hombros para evitar su caída, y ella para sorpresa de su padre, lo abrazó con fuerza.

Perseo aún en sorpresa le devolvió el abrazo con la misma fuerza, para reconfortar a su hija, que ya estaba derramando lágrimas sobre su armadura de hoplita— Calma mi niña. —dijo mientras le besaba la frente.

—Siempre quise conocerte— dijo Andrómeda aún en los brazos de su padre— pero no en estas circunstancias.

Perseo se separó del abrazo y la tomó de la mano—Ven, vamos a sentarnos.

Ambos caminaron de la mano hasta que se sentaron en el típico banco bajo el olivo. Aún tomados de la mano Andrómeda habló.

—Padre… ¿qué va a sucederme?

—Con mi hermano llegamos a un acuerdo— dijo el dios con cansancio— él ya me aclaró que no quiere esto, pero Nereo presiona y tiene que evitar una guerra en las profundidades.

—Padre, yo no quiero ser irrespetuosa pero ¿cómo nos afecta una guerra en el mar?— preguntó la semidiós calculando sus palabras.

—Ay mi niña— dijo el dios con cariño— eres la hija del dios de la sabiduría, piénsalo. Hades, Poseidón, Zeus y yo mantenemos la paz entre los grandes cuatro reinos, un cambio de poder en el océano podría llevarlos a una guerra contra la superficie, el cielo o el Inframundo, o peor, contra todos. Sería la batalla de ejércitos nunca antes vista.

—¿Ejércitos?— preguntó Andrómeda con impaciencia— Poseidón tiene las criaturas marinas, Zeus las voladoras, Hades los muertos ¿tú, padre?

Pronto Andrómeda entendió quiénes serían el ejercito en una hipotética guerra entre los grandes reinos, y se decidió a hacer lo que haya que hacer.

Perseo procedió a explicarle el plan arreglado por él y Poseidón a su hija.

—Tu hermano y Perseo, el hijo de Zeus. Ellos son la clave para salvarte.

—¿Y donde están ahora?— preguntó Andrómeda con curiosidad.

—Hace unos días partieron de su encuentro con el dios Hermes.

Unos kilometros de la cueva de Medusa, cerca al monte Olimpo

—Auch— gimió Fénix mientras se frotaba el brazo— ¡deja de hacer eso Perseo!

—Oye, tu cuando me encerraste entre paredes de tierra no me quejé— contestó el hijo de Zeus mientras otro rayo salía de sus dedos e iba a parar a Fénix.

El hijo de la tierra dejó caer sus armas al lado de una gran roca y se volteo a Perseo —Practiquemos nuestros poderes.

El otro muchacho solo asintió y se alejó unos 20 metros donde dejó caer sus armas excepto su escudo, clavó su vista en el hijo de Perseo y asintió.

El joven Perseida levantó los brazos con rapidez para aprisionar las piernas del hijo de Zeus, pero este fue más rápido y dio un salto que pocos mortales podrían hacer y con un movimiento de brazos hizo que el viento lo impulsara para caer sobre Fénix.

Fénix cayó al suelo con un hijo de Zeus sobre él —¡Ja! Te gané—dijo el rubio.

Fénix solo lo observó con una sonrisa burlona concentrando el poder de un pequeño terremoto en su mano derecha, se la apoyó en el pecho al hijo de Zeus y este salió despedido.

El rubio se arrastró por un par de metros pero rápidamente se puso de pie —Wow, eso es nuevo.

—Si, de a poco voy aprendiendo— dijo el Perseida encogiéndose de hombros.

Siguieron avanzando por un par de kilómetros hasta que el hijo de la tierra notó una roca distinta a los demás.

—Alto, mira esto— dijo sujetando una roca alargada, con una ligera curva en el medio.

—Parece un…— comenzó a decir Perseo pero fue interrumpido por Fénix.

—Un brazo— dijo el ojigris— estamos cerca.

Se giró para ver a su compañero solo para encontrarlo con la vista fija en un punto en la altura.

—Estamos bastante más cerca de lo que pensábamos— dijo el rubio.

Fénix siguió la dirección de la mirada de Perseo solo para fijarse en la gran montaña que se cernía frente a ellos, en cuya base una gran boca se hacía imponente.

—Es el monte Olimpo— dijo Fénix con entusiasmo.

—Mejor, esa gran boca debe ser la entrada a la cueva de Medusa.

Ya una semana había transcurrido desde que los hijos de Perseo y Zeus se habían adentrado dentro de la cueva de Medusa y la asesinaron mientras dormía.

Y ahora en la entrada del jardín de las Hespérides los muchachos buscaban un lugar seguro donde pasar la noche.

El cielo se oscurecía cuando el carro de Apolo descendía del ancho Urano, allí donde moran los inmortales, para darle lugar al carro de su hermana Artemisa, que es llevado por hermosos ciervos dorados.

Entraron juntos al jardín donde las Hespérides los interceptaron, donde la menor les amenazó.

—Si quieren robar una manzana dorada, háganlo. Lejos no irán porqué Ladón los devorará— dijo con solemnidad.

—Wow— dijo Perseo algo incómodo— no queremos la fruta de la inmortalidad, solo queremos hablar con su padre el Titán Atlas, que por castigo divino carga el cielo en sus hombros.

Las cinco muchachas con sus rostros faltos de sentimientos se observaron una con otra hasta la nuevamente la menor tomó la iniciativa.

—Pueden pasar, pero no quieran pasarse de listos. Padre hace tiempo que busca una excusa para arrojar el cielo.

—Zöe, ve con ellos, que no cometan una estupidez— dijo la mayor observando a la pequeña.

Fénix observó el intercambio hasta que notó que estaba frente a la receptora del regalo de su padre.

—Oye, tu conoces a mi padre, ¿verdad?

Zöe recién pareció fijarse en él, lo estudió un momento con sus llamativas orbes negras y luego asintió— Pensé que solo eran niñas.

Fénix dejó salir un suspiro cansado, — Si, todos me lo dicen pero aquí estoy.

Se puso de rodillas buscando algo en su bolso y cuando lo encontró sonrío.

—Ten— dijo el Perseida entregando el hermoso arco a la Hespéride más pequeña— Lord Perseo te lo envía, dice que te vendrá bien.

Zöe aceptó el arco con una sonrisa espléndida, una expresión desconocida en el rostro de la hija de Atlas.

Pronto, los 3 fueron hacia las ruinas del palacio de Otris, donde pudieron observar al Titan Atlas sostener la bóveda celeste.

El Titán de la fuerza al verlos y reconocerlos tembló de ira acumulada. Recordó rápidamente una profecía que dictaba que un hijo de Zeus lo engañaría para robarle un fruto inmortal pero su odio se debió a que estaba frente a un hijo de Perseo, ese dios que le dio una paliza y lo confinó a sostener el cielo.

Al notar la ira creciente de su padre ordenó a los semidioses que saliesen rápido de la presencia de Atlas pero ya era tarde.

Atlas juntando las pocas fuerzas que aún conservaba se puso de pie para soltar el cielo pero como si se leyeran la mente Perseo se adelantó hasta quedar al lado del Titán.

Una patada fuerte en el costado derecho de su rodilla bastó para hacer que se apoyara sobre ella, y justo en ese momento Fénix rebuscó en su bolso la cabeza de la gorgona convirtiendo a Atlas en piedra.

—¿Lo matamos?— preguntó el hijo de Zeus a nadie en especial.

Fénix se volteó buscando a Zöe para evitar una reacción violenta pero se sorprendió cuando la vió sonreír a más no poder como pocas veces se ha visto.

—Por fin, se lo merecía— parecía encantada— y para responder a tu pregunta: No, no murió. Es inmortal. Esto jamás había pasado, supongo que se le ira a ir lo piedra de a poco.

Ambos semidioses estaban sorprendidos de la falta de sentimientos de la hija por el padre.

—Pero después de esto no pueden quedarse — dijo cambiando su semblante a serio— síganme.

Siguieron a Zöe a través del jardín hasta la salida, cuando detuvo a ambos semidioses— tengo un regalo para ti— dijo mirando a Fenix arrojándole algo.

Fénix por inercia lo recibió y se sorprendió con lo que agarró: en sus manos tenia una de las manzanas doradas.

—¿Por qué?— preguntó el hijo de Perseo aún sorprendido.

—El regalo de tu padre me gustó mucho y me parece la forma de honrarlo— dijo en medio de una pausa— suerte en su viaje a Etiopía.

—¿Qué sucede en Etiopía?—preguntó Perseo.

Zöe los observó esperando a que se rían u algo parecido, pero al no observar reacción alguna les pasó a explicar— La reina ofendió a los mares y pidieron en sacrificio a su princesa, una hija de Perseo, a Keto, la esposa de Forcis.

Antes de que Perseo respondiera se volteó a ver a su compañero, pero no estaba. Lo buscó por un momento solo para encontrarlo corriendo y saltando a través del monte como un ciervo.

Este capítulo fue por lejos el que más me costó escribir. Ya quería terminar esta parte Medusa, por eso la última parte la narré como un mito a diferencia de como vengo escribiendo.

Andrómeda será MUY importante en esta historia, le tengo un papel muy especial así desplazo un poco a Perseo como personaje principal.