Capítulo 5: ¿Puede el amor sobrevivir a la muerte?
Hay algo morbosamente atractivo en un cementerio. Talvez sea esa paz que lo envuelve todo. Talvez sean las blancas tumbas, imperturbables al paso del tiempo. Talvez sean las flores, decorando el árido paisaje.
O talvez sea el hecho de que es allí donde descansan los restos de aquellos que una vez amamos.
Esa es la sensación que me invade cada vez que entro en el Cementerio del Valle de Godric. Una mezcla de atracción y repulsión. El deseo de avanzar, y al mismo tiempo, retroceder. El cariño y el miedo. El amor y el dolor. Todo se mezcla en un torbellino de emociones mientras que avanzo por los curvilíneos caminos del cementerio.
Me gusta caminar despacio. Y me detengo cada tanto a mirar los nombres inscriptos en el frío mármol. Algunos nombres me resultan conocidos. No es algo de lo cual sorprenderse. El Valle de Godric es un pueblo antiguo, donde han vivido (y fallecido) cientos de generaciones de magos.
A veces, trato de imaginarme cómo pudo haber sido aquella persona que ahora descansa bajo varios metros de tierra. Me imagino cómo habrá sido su rostro. Me imagino cómo habrá sido su vida. ¿Se habrá casado? ¿Tendría hijos? ¿Fue feliz?
La primera vez que pisé aquel cementerio tenía cinco años. La última vez, fue hace unas semanas. Y en las dos ocasiones, estuve acompañado por mujeres a quienes amo profundamente.
Desde aquel fatídico 2 de Mayo de 1998, Andrómeda Tonks visitaba el cementerio, religiosamente, todos los meses. Visitaba la tumba de su única hija, y de su yerno Remus. Y dejaba flores sobre el frío mármol. Leía una y otra vez el epitafio e intentaba consolarse con aquellas palabras, aunque la mayor parte del tiempo, no era suficiente.
"Los padres no deberían enterrar nunca a sus hijos" la escuché decir una vez a Andrómeda, mientras que conversaba con Molly. "Es antinatural" agregó luego. Y tenía razón. Dicen que el tiempo cura todas las heridas. Pero mi abuela sigue sangrando por aquella herida desde hace veinte años, y creo que seguirá sangrando por siempre. El tiempo no puede sanar la pérdida de un hijo.
Pero Andrómeda Tonks es una superviviente. Toda su vida ha sido una prueba de obstáculos. Y ella jamás se da por vencida. No está en su naturaleza perder. Así que todos los meses, visita a su hija, y a veces hasta conversa con ella. Nunca la vi derramar una lágrima, pero sé que lo ha hecho alguna vez. Todos los meses, sin falta, ella visita el Cementerio. Y siempre regresa con una sonrisa.
Recuerdo que cuando era muy pequeño, no llegaba a comprender por qué sonreía. Hasta que a los cinco años, Andrómeda me llevó con ella por primera vez.
—Teddy, despierta —le llamó la voz de Andrómeda, desde el otro lado de la puerta de mi habitación, que alguna vez perteneció a mi madre.
—¡No quiero! —me quejé yo, mientras que me cubría la cabeza con mi almohada, buscando ahogar su llamado.
—Ted Lupin, no me hagas entrar y sacarte de la cama, muchachito. Porque créeme que lo haré —me advirtió la abuela, seriamente. Y sí, yo sabía que lo haría.
Gruñendo por lo bajo, mientras que mi cabello adquiría toda la gama de colores existente, me levanté de la cama y abrí la puerta del dormitorio.
Andrómeda me miraba seria, de pie en el umbral. Pero en sus ojos brillaba una sonrisa divertida.
—Ya me levanté —señalé yo la obviedad. Ella asintió con la cabeza.
—Vístete, péinate y baja a desayunar —le dijo luego, mientras que se preparaba para bajar las escaleras.
—¿Es necesario que me peine? —me quejé. Ella se detuvo en los primeros escalones y giró a mirarme. Me dedicó una sonrisa.
—Sí, es necesario.
—¿Por qué? —insistí yo caprichosamente.
—Porque hoy vendrás conmigo al cementerio, Ted —me respondió la abuela.
Casi podría jurar que mi corazón se detuvo en ese instante. El aire escapó de mis pulmones, y durante un instante, sentí como si una mano gigante me estuviera estrujando todo el cuerpo. Estoy convencido que Andrómeda lo notó, pues su sonrisa vaciló, y volvió a subir los pocos escalones que había recorrido, acercándose a mí.
—Si no quieres venir no tienes que hacerlo, Teddy —dijo precavidamente Andrómeda, hablándome como si yo fuera un animal salvaje a quien no quisiera asustar. Tragué saliva, nervioso.
—Sí, quiero ir —articulé finalmente.
Andrómeda me miró intensamente, casi atravesándome con sus ojos claros. Como si quisiera leer mis pensamientos. Pero mi mente estaba en blanco, aturdida. Yo no sabía qué pensar. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, la mirada de mi abuela se suavizó, y con un último gesto de cabeza, Andrómeda bajó los escalones y desapareció de mi campo visual.
Yo regresé a mi cuarto, y durante los siguientes quince minutos hice todo de manera automática, sin pensar. Me vestí sin prestar atención a lo que me ponía, me cepillé los dientes y me peiné sin mirarme al espejo ni preocuparme por si lo hacía correctamente.
Mis pensamientos me habían abandonado. Me sentía aturdido, y no sabía que pensar. Por primera vez en mis cinco años de edad la abuela me llevaría con ella al cementerio. Por primera vez en mi vida yo iba a conocer el lugar donde descansaban mis padres. ¿Qué se suponía que debía de pensar? ¿Debía de ponerme alegre o triste? Nunca antes había estado en un cementerio.
Apenas recuerdo lo que sucedió entre aquella charla y la llegada al cementerio. Sé que en algún momento bajé las escaleras y desayuné. Sé que la abuela habló conmigo durante ese desayuno. Estoy convencido de que usamos la Aparición Conjunta para llegar al Valle de Godric. Pero todos esos recuerdos llegan a mi como visto a través de una niebla. Difusos y confusos. Han pasado muchos años desde entonces, y es común que con el tiempo, los recuerdos se vayan perdiendo y se vuelvan menos nítidos.
Sin embargo, a partir del momento en que mis pies tocaron las calles del Valle, todo el recuerdo se vuelve repentinamente claro y preciso. Recuerdo cada detalle, por pequeño que fuera. Recuerdo el olor a pan recién orneado que salía de una de las casas. Recuerdo las risas de unos niños que jugaban alrededor de un monumento en la entrada del pueblo. Recuerdo cómo el monumento se convirtió frente a mis ojos en una estatua de los padres de mi padrino, sosteniendo en brazos a un bebé Harry.
Y recuerdo la iglesia, pequeña y antigua, y las rejas que bordeaban cientos de tumbas. Recuerdo pasar junto aquellas frías tumbas, de blanco mármol. Recuerdo las letras de sus nombres borroneadas por el tiempo. Recuerdo las flores de todos los colores. Recuerdo el olor a hierba mojada y a lavanda.
Recuerdo el viento que se coló por el cementerio, revolviendo mi cabello azul. Recuerdo a la abuela Andrómeda tomándome fuertemente de la mano. Recuerdo mirarla, algo asustado, y recuerdo que ella me sonrió con dulzura y comprensión.
Recuerdo temblar con cada paso que daba. Recuerdo la mezcla de emociones: la ansiedad, el miedo, la nostalgia, el dolor, el amor. Todo se arremolinó en mi interior, sacudiéndome con brutalidad, confundiéndome. De golpe, ya no estaba tan seguro de querer estar ahí.
Recuerdo cuando crucé el arco que marcaba la parte del cementerio destinada a los caídos durante la Segunda Guerra. Los Héroes. Los Mártires. Los Perdidos. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral a medida que avanzaba por aquel camino.
Y recuerdo perfectamente la primera vez que vi la tumba de mis padres.
Allí estaban, uno junto al otro, unidos en la muerte como lo habían estado en vida. Un amor tormentoso, que nació en una de las épocas más oscuras de nuestra historia, y murió intentando traer algo de luz a un mundo en penumbras.
Andrómeda Tonks se inclinó entonces sobre la tumba de su hija, y con sus delicadas manos, limpió la superficie del mármol, barriendo la tierra y hojas que la cubrían. Podría haber usado magia, pero no lo hizo. Después de todo, eso es todo lo que le queda de su hija: una lápida que limpiar. Y yo. Nada más.
Yo permanecí parado detrás de ella, inseguro. No sabía bien si acercarme o no. Por suerte, la abuela decidió por mí. Tomándome de la mano, tiró con delicadeza de mí, acercándome a donde ella se encontraba.
Y lo primero que mis ojos vieron al encontrarse con el mármol blanco de la lápida de mi madre fue el epitafio grabado en negras letras. Solo las letras, negras y prolijas, garabateadas sobre la dura superficie de la tumba. Solo veía letras. Todavía no sabía leer.
Recuerdo que aquella fue la primera vez que odié no saber algo. Odié con todo mi ser no saber leer. Ahí estaba yo, de pie frente a mi madre, incapaz de leer el mensaje que rezaba su lápida.
Y como siempre, la abuela Andrómeda comprendió lo que me sucedía con tan solo una mirada.
—El Tiempo es demasiado lento para aquellos que esperan, demasiado rápido para aquellos que temen, demasiado largo para aquellos que sufren, demasiado corto para aquellos que celebran. Pero para aquellos que aman, el tiempo es Eterno —me leyó Andrómeda, con voz suave y dulce, como si aquellas palabras le trajeran muchos recuerdos.
Escuché en silencio, y una vez que mi abuela hubo terminado de leer, yo seguí repitiendo aquel epitafio una y otra vez en mi mente, asegurándome de memorizarlo. De recordar cada palabra, cada oración. De recordarlo todo perfectamente. Atesoré aquel epitafio en mi memoria como si se tratara de un verdadero recuerdo de mi madre. Como si hubieran sido sus labios, y no los de Andrómeda, los que habían leído aquellas palabras.
—A tu abuelo le encantaba esa frase… solía repetírsela una y otra vez a tu madre, y ella siempre solía reír con ironía al escucharla —comentó Andrómeda, con una sonrisa melancólica—. Tu madre ella… ella no creía en el amor. O al menos, no creía que el amor pudiera dársele a ella. Hasta que llegó tu padre… —recordó la abuela. —Remus lo cambió todo, Teddy. La cambió a ella. La hizo una mejor mujer. Más valiente. Más tenaz. Más fuerte. Remus la hizo más feliz de lo que ella nunca había sido…
Mis ojos comenzaron a arderme a medida que escuchaba el relato de Andrómeda Tonks. Allí estaba yo, en mi primera visita al cementerio, conociendo la historia de mis padres. En pocos segundos Andrómeda había revelado más información de la que ella era conciente. Y yo se lo agradecía.
Mi abuelo había sido un romántico empedernido. Mi madre había sido una escéptica del amor. Y mi padre había sido el hombre que, sin siquiera proponérselo, la arrancó de su letargo y le enseñó lo que es amar. A su modo, cada uno de ellos, había vivido el amor de una manera completamente diferente, e igual de especial.
Pero yo no llegué a comprenderlo con mis cinco años. Tardé cerca de diez años más en comenzar a descubrir cuánto el amor puede cambiar a una persona. Tardé diez años más en comprender las locuras que los seres humanos somos capaces de hacer por amor. ¿Cómo se supone que con cinco años iba a comprender que cuando se ama, el tiempo es verdaderamente eterno? ¿Cómo iba yo a saber que el amor no conoce límites, no conoce distancias ni tiempo? ¿Cómo entender en aquel entonces que ni siquiera la muerte puede acabar con el amor?
Aquel día, no encontré consuelo en aquel epitafio. Porque para mí, un niño de cinco años, mis padres estaban muertos, y yo nunca llegaría a conocerlos. Sin importar lo que aquel epitafio dijera, ellos estaban muertos.
Las lágrimas se volvieron imposibles de contener, y finalmente, resbalaron por mis mejillas de manera silenciosa. Ni siquiera me preocupé en secarlas. Andrómeda me vio llorar, y apoyó una de sus manos sobre mi hombro, presionando suavemente y dándome fuerzas. Tragué saliva, y con cierto temor, di un paso al frente, y estiré mi mano para poder acariciar el mármol del sepulcro de Nymphadora Tonks.
El contacto fue frío, casi glaciar, pero aún así, no retiré mi mano. Recorrí cada una de las letras del nombre de mi madre con los dedos, dibujando sobre el mármol. Y por un instante, me sentí conectado con ella. La sentí cerca de mí.
Andrómeda Tonks hizo un movimiento suave con la varita, y un ramo de rosas blancas apareció frente a ella. Me lo extendió, y todavía temblando, lo tomé entre mis manos y lo deposité sobre la tumba de mi madre. Y sonreí. A ella le gustaban mucho las rosas.
Mi madre se encuentra enterrada al lado de mi padre. Rodeados de otros caídos durante la guerra. Fred Weasley se encuentra enterrado cerca de ellos. Es extraño cómo puede pasarnos que nos sentimos conectados de una manera especial a aquellas personas que han perdido seres amados de una manera similar a nosotros. Y esa conexión pareciera afianzarse por el simple hecho de que dichas personas se encuentren enterradas en el mismo lugar.
Al menos eso fue lo que sucedió con Molly Weasley y Andrómeda Tonks. Dicen que los momentos felices unen a las personas. Pero yo puedo asegurarles que son los momentos tristes y de dolor los que crean las uniones más fuertes e inesperadas. Molly y Andrómeda se encuentran unidas por el mismo dolor: la muerte de un hijo. Y con el paso de los años, fue a partir de ese vínculo, por horripilante que fuera, que ambas mujeres se convirtieron en íntimas amigas y confidentes. Sin embargo, Andrómeda nunca ha ido al cementerio junto con Molly. Eso es algo que se reserva para ella sola. No lo comparte con nadie. A excepción de mí. Yo soy, y creo que seré por siempre, la única persona que la ha acompañado, y aún la acompaña, a visitar la tumba de su hija. Soy el único que lo tiene permitido. Así son las mujeres Black. Orgullosas y fuertes. Incluso en los momentos de mayor vulnerabilidad, no las verás temblar.
Yo, en cambio, soy una historia aparte. A mi no me gusta ir solo al cementerio, por varias razones.
La primera razón es posiblemente la más egoísta y triste de todas. No me gusta ir solo al cementerio porque me recuerda de mi realidad: que soy un huérfano. Y que, técnicamente, a la hora de la verdad, estoy solo, sin padres. No, no me gusta sentirme así. Por lo que en general, suelo ir acompañado. A veces me sumo a las visitas mensuales de la abuela. Otras veces voy en compañía de Harry. Es agradable ir con Harry. Creo que él es el único que me entiende y comparte éste sentimiento al respecto de ir solo al cementerio. Sus padres también descansan allí, no muy lejos de los míos.
La segunda razón por la cual no me gusta ir solo es bastante tonta y hasta ilógica si se lo razona detenidamente. Pero bueno, no puedo evitar sentirlo de esa manera. No voy solo al cementerio porque no quiero que mis padres piensen que estoy solo. Porque a pesar de que ellos no están, yo nunca estoy solo. Tengo una inmensa familia adoptiva, que me ha criado, cuidado, malcriado, retado, castigado, consentido, que me ha hecho reír y llorar a la par. Y quiero que ellos sean testigos de ello. Que vean que a pesar de todo, soy feliz.
Es tonto, lo sé. Porque ellos no están verdaderamente ahí. Porque son solo sus cuerpos los que descansan en el Cementerio del Valle de Godric. Porque no pueden oírme cuando les hablo, ni pueden verme. Pero aún así, yo sigo yendo acompañado de la gente que amo, y que de estar aquí, ellos también amarían. De alguna forma, estoy convencido de que ellos son capaces de percibirlo. De verlo. De sentirlo.
Es por eso que llevé a Victoire conmigo en la última visita, una semana atrás. Quería que mis padres conocieran a la mujer que amo, y con la que espero casarme algún día.
A diferencia de aquella visita al cementerio quince años atrás, la última visita la recuerdo a la perfección, pues tuvo lugar apenas siete días atrás. En el aniversario de muerte de mis padres. Que coincide, por cierto, con el aniversario de nacimiento de Victoire.
El cumpleaños de Victoire siempre a tenido un sabor agridulce para muchos de nosotros. Nos recuerda de las personas que perdimos. Pero también, tiene un mensaje de esperanza. De cómo la vida continúa. De cómo por cada uno que muere hay otro que nace. De cómo hemos de seguir adelante.
Victoire es una persona complicada. Ella puede ser la mujer más dulce que hayas conocido, y al segundo siguiente, puede convertirse en un infierno en la tierra. Es temperamental, narcisista, perfeccionista, elegante, delicada, encantadora, dulce, y rencorosa. Y estoy enamorado de cada una de las características que he enumerado. Pero por sobre todas las cosas, Victoire es cariñosa, y cuida y defiende a los que ama con garras y uñas de ser necesario.
—¿En qué piensas? —me preguntó aquella tarde, después del abundante almuerzo que habíamos compartido con sus padres. Ambos hermanos de Vicky, Dominique y Louis, se encontraban en Hogwarts por aquellas fechas. Aquella noche, Fleur y Bill celebrarían una reunión entre amigos y familiares en honor al cumpleaños número dieciocho de Victoire.
Yo me encogí de hombros, evadiendo de esa forma la pregunta, y coloqué mi brazo por sobre sus hombros, envolviéndola en un abrazo protector. Ella se acomodó mejor en mi pecho, y esperó pacientemente varios minutos antes de arremeter nuevamente.
—Estás raro… algo te pasa —insistió Vicky. Noté como se esforzaba por mantener un tono tranquilo, casi desinteresado. Pero yo la conozco demasiado bien. Supe al instante que estaba verdaderamente preocupada por mí.
He de aclarar que yo no estaba especialmente raro aquel día. Sí, se puede decir que estaba más silencioso y taciturno que en general. Pero si Victoire hubiera sido más observadora los años anteriores, (y también menos egocéntrica) hubiera notado que yo adquiría siempre el mismo comportamiento durante el día del aniversario de muerte de mis padres.
Pero fue recién hace una semana atrás que ella por fin lo notó. Y la perturbó completamente.
—Ted… dímelo—me dijo seria, mientras que se enderezaba en el sillón, y me miraba desde sus penetrantes ojos azules.
Su mirada me hipnotizó, como solía hacerlo con mucha frecuencia. Estoy convencido que es la sangre veela que corre por sus venas la que la hace capaz de causar semejante efecto en mí con tan solo una mirada. Aunque no siempre fue así. No siempre me afectó tan profundamente. Solo desde que me he enamorado de ella.
Tragué saliva y desvié la mirada. No tenía ganas de hablarlo. No quería arruinar aquel día tan importante para ella con mis tonterías. Pero Victoire no se da por vencida fácilmente. Hace honor a su nombre, y no se detiene hasta conseguir lo que quiere. Y aquella no iba a ser la excepción.
Sentí su mano aferrando con fuerza y con ternura la mía, incitándome de manera silenciosa a confiar en ella. Suspiré, abatido y derrotado. A veces bastaba solo con aquellos pequeños gestos por parte de ella para que yo me derrumbara sin preámbulos.
—Yo…—vacilé, sin saber bien qué decir, cómo empezar. Ella me miraba fijamente, incitándome a continuar. Invitándome a confiar en ella. — Es una tontería, en serio… —quise evadir el tema una vez más, a pesar de saber que ya era tarde. Victoire negó con la cabeza, haciendo que su cabello platinado ondeara en el aire y golpeara suavemente su rostro.
—Si te tiene tan amargado, entonces no puede ser una tontería —aseguró ella, con la seguridad de quien se sabe en lo cierto. Volví a suspirar.
—Es por mis padres…—solté finalmente. Ella abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero ninguna palabra escapó de sus labios, y luego de unos segundos, Vicky se vio forzada a volver a cerrarla. —Es raro, pero… me cuesta festejar ésta fecha. Siento como si… como si estuviera festejando su muerte —le confesé.
Y aquella fue la primera y única vez que hice aquella confesión en voz alta. La llevaba atorada conmigo desde hacía ya muchos años. Desde la más temprana edad me vi arrastrado a cientos de fiestas, conmemoraciones, y celebraciones de la Guerra de Hogwarts y de la Victoria de Harry Potter. Año tras año había visto a la gente levantar sus copas, brindar y reír. Festejar, bailar y cantar canciones alegres y triunfantes. Y año tras año, la culpa me había invadido de manera inevitable, haciéndome sentir terriblemente mal. Sintiéndome un traidor, un desleal, un mal hijo… mis padres habían muerto, y la gente simplemente festejaba. Y el remordimiento me carcomía por dentro cada Aniversario de la Segunda Guerra.
Sentía la mano tibia y suave de Victoire rozarme la mejilla y me sobresalté. Me había sumergido tan profundamente en mis pensamientos que no me había percatado de que ella se había acercado a mí, y ahora su rostro estaba tan cerca del mío que yo podía contar las pecas en su nariz.
Victoire me sonrió, y antes de que yo pudiera decir algo más, me dio su suave y breve beso en los labios. Luego, tomándome de la mano, se levantó de sillón y me arrastró con ella.
—Vamos —me dijo, mientras que tiraba de mí hacia la puerta de entrada de la casa.
—¿A dónde vamos? —pregunté yo, con un leve presentimiento de lo que estaba por suceder. Pero Victoire no respondió hasta que recorrimos el jardín de la casa hasta el límite de Aparición.
—¿Confías en mí? —me preguntó entonces, mientras que me tomaba fuertemente de ambas manos.
—Sí —respondí sin dudar.
Y entonces, nos Aparecimos. O más bien, Victoire se Apareció y me arrastró con ella. Lo siguiente que supe era que estaba parado detrás de la vieja iglesia del Valle de Godric. Victoire me soltó las manos, y miró a su alrededor para comprobar que nadie nos había visto Aparecer.
—¿Qué hacemos aquí, Victoire? —le pregunté, sin saber muy bien si lo que sentía era enojo o agradecimiento.
—Talvez sea hora de festejar este aniversario como es debido, Ted —me respondió ella, con su tono autoritario. Y sin esperarme, comenzó a caminar.
Yo la seguí en silencio. No fue necesario que le marcara el camino. Victoire sabía llegar perfectamente a la parte del cementerio donde descansaban los cuerpos de los caídos durante la Segunda Guerra. Allí descansaba su tío Fred, a quien ya había visitado en otras ocasiones. Pero jamás habíamos ido juntos al cementerio.
Fue algo extraño, como salido de un sueño, ver a Victoire, con su rubia cabellera ondeando detrás de ella, caminando entre las lápidas. Durante unos minutos, observándola caminar delante de mí con su gracilidad y delicadeza característica, tuve la sensación de que observaba a un ángel. Mi ángel.
Estábamos ya llegando a las tumbas de mis padres cuando Vicky se detuvo, y giró a mirarme. Y como si se tratara de un deja vú, igual que como mi abuela había hecho quince años atrás, Victoire me extendió su mano y me sonrió.
Recorrí el resto de los pasos que me separaban de mis padres aferrado a la mano de mi novia, como si aquel contacto me fuera indispensable para seguir vivo. Mi corazón galopaba en el pecho, inquieto, nervioso. Tardé en comprender que se debía a que aquella era la primera vez, en quince años, que visitaba a mis padres en el aniversario de su muerte.
Tengo que aclarar que yo visito seguido a mis padres. Me gusta ir al cementerio. Me gusta dejarles flores frescas. Me gusta contarles sobre mi vida. Me gusta estar simplemente allí, con lo que queda de ellos. Suelo visitarlos siempre para sus cumpleaños. Pero jamás los había visitado para su aniversario de fallecidos.
Siendo mis padres dos héroes de guerra pueden imaginarse que en estos últimos veinte años algo que no faltaron fueron fiestas, celebraciones y conmemoraciones de la guerra en mi vida. Mi abuela y yo hemos sido invitados a prácticamente todas las conmemoraciones organizadas por el Ministerio y por gente particular. Andrómeda tiene la teoría de que es mala educación rechazar una invitación, por más aburrida o detestable que te parezca. Así que, por lo general, para el Aniversario de la Batalla en Hogwarts siempre teníamos algún evento al cual asistir. Algo que se convirtió, con el tiempo, en un pretexto para no tener que pisar el cementerio ese día.
Pero ahora, de la manera menos pensada, yo me encontraba ahí, con mi novia. Y una vez más, como cuando tenía cinco años, me vi abrumado por cientos de sensaciones diferentes e intensas.
—Quien ha amado hasta morir, entonces ha sabido vivir —leyó Victoire, tomándome por sorpresa. Eran las primeras palabras que decía desde que habíamos llegado al Cementerio.
Yo conocía aquella frase de memoria. La había leído una y otra vez. La había memorizado hasta el cansancio. Y había pasado noches enteras tratando de encontrarle el significado a aquella frase. Buscando el consuelo en ella, al igual que lo había hecho con el epitafio de mi madre.
—Es una frase muy linda —volvió a hablar Vicky. Yo sentía la boca seca, la lengua entumecida. Pero aún así, hice un esfuerzo por responderle.
—Es sólo una frase —le dije, la voz algo ronca por el esfuerzo. Ella me miró de reojo.
—Yo no creo que sea sólo una frase, Ted… es mucho más que eso. Éste epitafio es… tu padre. Y tu madre también —me contradijo Victoire, su voz dulce y suave. La miré fijamente, y ella evitó el contacto visual, posiblemente porque se sentía algo intimidada.
—Es sólo un epitafio, Victoire… no es mi padre —continué negando, y noté que cierta amargura se filtraba en mis palabras sin pretenderlo.
—No, no es solo un epitafio, Ted. ¿Qué no lo ves? ¿Qué no lo entiendes? —insistió ella, mientras que me tomaba de la mano y tiraba de mí para acercarme más a la tumba de mi padre.
Y entonces, por primera vez en veinte años, no sólo miré aquel epitafio, sino que esta vez, lo leí. Verdaderamente lo leí.
Victoire tenía razón. Ahí estaba mi padre. Y mi madre. Ellos, que habían luchado por amor. Por un mundo mejor. Por mí. Habían vivido por amor. Y habían muerto por amor. Y de esa manera le habían dado un sentido trascendental a su existencia. Todas sus vidas adquiría un nuevo sentido a partir de su entrega. A partir de su amor. Mis padres habían dado su vida por amor.
Igual que la primera vez que había pisado aquel lugar, volví a sentir que los ojos me escocían, y no pude evitar que las lágrimas resbalaran silenciosas por mis mejillas. Victoire se aferró fuertemente a mi brazo, y me besó la mejilla. Yo la rodeé por la cintura y la acerqué a mí.
Nos quedamos allí largo rato. En silencio, abrazados. Los dos pensando lo mismo. ¿Hasta dónde esta el hombre dispuesto a entregar por amor? ¿Vale la pena vivir por amor? ¿Morir por amor? ¿Luchar por amor? ¿No lo hubiera hecho yo también, de haber estado en el lugar de mis padres? ¿No sería yo capaz de hacerlo, el día de mañana, por Victoire? ¿Por Andrómeda? ¿Por Harry?
Y por sobre todas las cosas, ¿Puede el amor sobrevivir a la muerte? ¿Es el tiempo eterno para los que aman?
Mis padres creían que sí. Hoy, yo empiezo a creer que talvez, ellos tenían razón.
Perdón por tardarme tanto. La verdad es que éste capítulo me costó muchísimo. Tenía la idea en mente, pero a la hora de plasmarla en palabras, se volvió bastante complicado. Cada vez se me hace más difícil explicar los sentimientos por los que atraviesa Ted a lo largo de distintos momentos, porque quiero que queden lo más reales y humanos posibles... en fin, espero que les guste cómo quedó.
Respondo reviews:
Helen Nicked Lupin: sí, yo también leí por ahí que Harry se guardó el mapa y que fue James quien lo robó de su escritorio... en lo personal, es una versión que no me gusta, jajaja. aunque quien sabe... talvez le dio el mapa a Ted, y éste se lo devolvió al terminar Hogwarts. y después James se robó el mapa. Jajaja. Me sigue gustando más mi versión de los hechos. Creo que Ted merecía tener el mapa. Es tan de él como de Harry. Bueno, espero que te guste este capítulo!
G-Annie: gracias por el review... sí, puede ser que algunos capítulos tengan mucho sentimiento... y se pongan un poco sentimentaloides... confieso que éste capítulo puntualmente tiene mucho de eso. Pero es que como la historia se cuenta en primera persona, el lector va atravesando por todos los sentimientos por los que pasa el personaje. Y creo que hay ciertas situaciones que ameritan muchooo sentimiento jajaja. Espero que te guste este capitulo
Rose Weasley de Malfoy: sí, a mi también me gustó escribir sobre el cumpleaños número once. Fue entretenido imaginarse a todos de grandes, festejando, con hijos y demás. en cuanto al mapa... ¡Oh, amo a los merodeadores! ¡Y odio a JKR por matarlos a todos! ¡no tuvo ni un poquito de piedad! Cuando tuve que escribir el capítulo pasado, se me comprimió el pecho al escribir "Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta....". Me dio como una extraña nostalgia. Pero bueno, la vida sigue, y ahora, tengo para entretenerme la descendencia. ¡Lastima que Sirius no tuvo hijos! Hubiera sido lindo escribir sobre ellos...
Nat Potter W: gracias por el review! Me alegro que te haya gustado la idea del Mapa. En realidad, te cuento que no escribo en orden cronológico, sino que escribo distintos momentos a medida que se me van ocurriendo. Y pego saltos en el tiempo jajaja. Como verás, en este capítulo regresé hacia los 5 años, y luego viajé hacia los 20. En general, todo el fic va a ser así... no lo voy a hacer cronologicamente. Y quédate tranquila... voy a relatar sobre el nacimiento de James, de Albus, y hasta de Lily. y muchos otros momentos más!
Al resto que dejó reviews en capítulos anteriores y no los respondí, pido mil perdones. Pero estoy super ocupada, y no tengo tiempo. Pero si alguien tiene alguna duda o pregunta, o crítica, bueno... le la hace y prometo responderla!!
Gracias a todos por leer esta historia.
Saludos,
G.
