Capítulo 6: Recibiendo mis alas

No hay mejor deporte en el mundo entero que el Quidditch. Durante los últimos dos años, he viajado por muchos lugares, he conocido muchas culturas, y he practicado cientos de deportes, muggles y mágicos. Pero nada, absolutamente nada, se compara con el Quidditch.

El Quidditch es simple y llanamente… fabuloso.

Nada puede compararse con esa sensación de libertad y vértigo que genera una escoba. Con la velocidad con que atraviesas el cielo, sintiendo el viento golpear contra tu cuerpo. Cuando vuelas a altas velocidades los ojos te lagrimean, la boca se te seca, el aire que inspiras se vuelve frío, y las manos se te entumecen del esfuerzo por no caerte. Debes de ser rápido y habilidoso sobre tu escoba, o de lo contrario, estarás en el suelo en pocos segundos de empezado el partido. En los cielos, durante un partido de Quidditch, no existe la piedad. Es una batalla aérea que todos queremos ganar. Nadie se apiadará de ti si te distraes. Un segundo de descuido puede significar un brazo quebrado, un desmayo, un ojo morado… o peor aún, perder el partido.

Pero todo aquello pierde relevancia una vez que estas volando sobre el campo con tus otros seis compañeros de equipo, y cuatro pelotas zumbando por todos lados. Solo una cosa importa: ganar. Nadie que no haya jugado al Quidditch puede entender esto. Porque solo aquellos que han tenido la suerte de jugar pueden comprender hasta qué punto todos los sacrificios del partido valen la pena cuando el árbitro toca el silbato y te declara triunfador.

El volar en escoba ha estado presente en mi vida desde que tengo recuerdos. No puedo citar exactamente cuándo fue la primera vez que escuché hablar de una escoba, de volar, de Quidditch. Pero siempre ha estado presente de una u otra manera. Ya fuera con los partidos de la tía Ginny, o las anécdotas de Hogwarts de Harry. Con los partidos que organizábamos en la Madriguera, o con las revistas de Quidditch que Ron siempre me daba a escondidas de Andrómeda. Y desde siempre he pensado que no existe nada mejor que volar.

Un verano, cuando tenía seis años, Harry me llevó a pasar unos días a su casa. Siempre me ha gustado la casa de mi tío Harry. No sé qué es lo que tiene, pero algo tiene. Esa sensación al cruzar el umbral de la puerta, como de ser bienvenido adentro. La sensación de verdaderamente estar en casa. Y sé que a él le sucede lo mismo. La Casa del Valle de Godric es mucho más que una casa. Es un Hogar. Y sólo alguien que ha vivido la vida de Harry Potter puede entender la enorme diferencia que existe entre ambos términos.

La Casa del Valle, como yo suelo llamarla, es una maravillosa fusión entre la magia y lo muggle. Y de todas las habitaciones que tiene, mi favorita siempre fue el despacho de mi padrino. Dentro de esas cuatro paredes, Harry ha logrado encerrar toda su vida.

Recuerdo aquel verano puntualmente, porque fue el verano en el cual Harry descolgó de la pared del despacho su Saeta de Fuego, para que yo pudiera observarla mejor.

Han pasado cerca de veinte años desde que Harry Potter pisó por última vez los pisos de Hogwarts como estudiante. Y sin embargo, las historias sobre sus hazañas de Quidditch siguen recorriendo los pasillos del castillo, susurradas con emoción, como quien no termina de creer que algo verdaderamente sucedió.

Colgando de aquella pared se encontraba la escoba sobre la cual mi padrino había hecho historia. Una Saeta de Fuego. En su momento, la mejor escoba del mercado. Hoy en día, se trata de un modelo algo obsoleto, pues ha sido superado por las nuevas versiones de escobas. Pero sigue siendo lo que los fanáticos del Quidditch llamamos: una pieza de colección.

— Esta escoba me la regaló mi padrino cuando tenía trece años. Fue el mejor regalo que recibí en mucho tiempo—me comentó Harry, mientras que acariciaba con cierta nostalgia el palo de la escoba, la mirada brillante de recuerdos. —Ten. Siéntela —me dijo entonces, extendiéndola en mi dirección.

Dudé. Incluso con tan solo seis años yo era capaz de comprender lo que aquel gesto significaba. Pero finalmente, tragando saliva y temblando, la tomé entre mis pequeñas manos.

Sentí cómo la Saeta vibraba entre mis dedos, posiblemente reconociendo que otras manos la estaban sujetando. Era una obra de arte. Con sólo tocarla ya podía imaginarme cómo se debía de sentir volarla.

—¿Te gusta? —me preguntó Harry, mirándome atentamente desde detrás de sus anteojos.

—Me encanta —respondí yo, todavía fascinado con la escoba, incapaz de apartar los ojos de ella.

—Quédatela, entonces —dijo repentinamente mi padrino.

Levanté la mirada con cierta brusquedad, la boca entreabierta por la sorpresa de aquellas palabras. Llegué incluso a preguntarme si es que había oído correctamente. Harry simplemente me miraba con una sonrisa paternal en los labios.

—¿En serio? —quise asegurarme, mientras que mis dedos sujetaban con más fuerza la escoba. Harry asintió con la cabeza. —¿No vas a necesitarla? —insistí.

—Esa escoba me ha dado más de lo que podía, Teddy. Creo que es hora de que ayude a otra persona —me aseguró, guiñándome un ojo cómplice.

No volví a insistir. Estoy seguro de que una inmensa sonrisa de felicidad plena debe de haberse dibujado en mi rostro. Y mi primera reacción fue lanzarme sobre el cuello de mi padrino, encerrándolo en un abrazo que por poco lo asfixia. Harry me devolvió aquel abrazo con la misma intensidad, y cuando por fin lo liberé, casi podía ver las lágrimas acumuladas en sus ojos.

—Ven conmigo —me dijo él, desviando la mirada para que yo no pudiera ver que, efectivamente, se había emocionado.

Harry me guió entonces hacia el jardín de la casa del valle. Yo lo observaba todavía sujetando la Saeta en mis manos, incapaz de creer que verdaderamente era mía. Mi padrino, por su parte, se dedicó a recorrer el jardín, caminando con la mirada fija en el cielo, como si estuviera evaluándolo. Cada tanto, levantaba una mano, y hacía movimientos con la varita. Más tarde, yo mismo comprendería que Harry estaba evaluando el clima para volar.

Luego de cinco minutos de minuciosa evaluación, Harry giró a mirarme, y con una sonrisa ancha, me dijo las palabras que todavía resuenan en mi mente cada vez que estoy a punto de treparme a una escoba:

—¿Listo para aprender a volar, Teddy?

Mi corazón dio un vuelco completo en mi pecho, movido por la emoción. Durante años, había visto a mi padrino y a sus amigos subirse a esos pedazos de madera y sobrevolar los cielos, como si fueran pájaros. No había nada en el mundo que yo deseara tanto como aprender a hacer lo mismo. Aprender a volar.

—¡Por supuesto! —fue mi respuesta, mientras que corría con la escoba hacia donde estaba Harry.

Harry alzó su varita, y con un movimiento ágil y silencioso, convocó a su propia escoba, una Nimbus 2010, un modelo más nuevo que la Saeta que yo sostenía, e increíblemente veloz.

—Bien —dijo apenas tuvo la escoba entre sus manos.

La tomó por el mango, y con cuidado, la apoyó sobre el suelo. Con un gesto, me invitó a imitarlo. Coloqué la Saeta de Fuego en el césped, junto a la Nimbus de mi padrino.

—Lo primero que debes aprender, Teddy, es que eres tú quien controla a la escoba, y no a la inversa —comenzó a explicarme Harry. Yo podía leer la fascinación en su voz, la emoción en sus ojos, que anticipaba lo que se vendría: volar. Aquello sólo conseguía entusiasmarme aún más. Yo lo escuchaba atento, tratando de incorporar cada palabra que él me decía. —No debes temerle, porque si lo haces, la escoba lo percibirá, y no te obedecerá. La Saeta es una escoba muy sensible. Responderá a tus órdenes inmediatamente si las formulas con decisión —continuó explicándome.

Yo asentí con la cabeza, dando a entender que comprendía lo que se me decía. Sin embargo, dentro de mí las tripas comenzaron a moverse, nerviosas, y mi mente comenzó a jugarme una mala pasada. ¿Y si la escoba no me obedecía? ¿Y si no lograba controlarla? ¿Y si no lograba aprender a volar?

—Extiende una mano sobre la Saeta, Teddy —me ordenó Harry, mientras que hacía lo mismo sobre su propia escoba. Extendí unas de mis manos temblorosas sobre la Saeta. —¡Arriba! —dijo entonces mi padrino, con determinación, y la Nimbus 2010 prácticamente saltó del suelo para impactar sobre la palma de su mano. Harry cerró el puño sobre el mango de la escoba, sujetándola, mientras que ésta flotaba a medio metro de altura, vibrando ansiosa por despegar. Mi padrino me miró entonces, y con una sonrisa, me dio coraje. Supe que era mi momento.

—Arriba —dije, pero apenas pronuncié la palabra supe que no funcionaría. La escoba si ni siquiera tembló en el suelo. Permaneció estática, como si yo no hubiera dicho nada.

—Con decisión, Teddy. La Saeta es ahora tu escoba —me recordó Harry.

"Mi escoba" pensé, mientras que observaba aquella bellísima pieza de madera y paja en el césped, aguardando a mi orden. Era mía. Mía.

—¡Arriba! —volví a gritar. La Saeta vibró en el suelo, pero no llegó a levantarse. Algo frustrado, y siendo sincero, también enojado, fruncí el entrecejo. ¡Era mía! Debía obedecerme, lo deseara a o no. Decidido a aprender a volar, miré fijamente la escoba, y con toda la autoridad que podía juntar con mis seis años, volví a convocarla— ¡ARRIBA! —pronuncié más imperativamente de lo que nunca antes había hablado.

La escoba se elevó del suelo, para impactar, al igual que la de Harry, en mi mano. La tomé con fuerza, mientras que una alegría inexplicable estallaba en mi pecho. Había pasado la primera prueba. Ya estaba un paso más cerca de aprender a volar.

—¡Excelente! —me felicitó mi padrino, radiante de felicidad y orgullo. —Siempre que le des una orden a tu escoba, debes tener la misma seguridad y decisión que acabas de mostrar, ¿de acuerdo?

—Entendido —confirmé yo, todavía anonadado con mi reciente logro.

—Ahora quiero que te trepes a la escoba. Con cuidado y sin apuro —me advirtió.

Crucé una pierna por encima del mango de la escoba, y apenas me senté sobre ella, la sentí vibrar, anticipándose al despegue. Tanto la Saeta como yo estábamos ansiosos por volar.

—Cuando estés listo, quiero que patees el suelo, despacio. La escoba despegará ante esa señal. Quiero que sobrevueles lentamente el jardín, y regreses hasta aquí. ¿Puedes hacer eso? —me pidió Harry.

Yo apenas asentí con la cabeza, demasiado concentrado en lo que debía hacer a continuación. Harry me había dado pocas instrucciones sobre cómo volar. Simplemente que pateara el suelo despacio, y sobrevolara. Tomé varias bocanadas de aire, y tragué saliva para calmarme. Despegar y sobrevolar. Era simple. Podía hacerlo.

Luego de lo que parecieron horas, finalmente pateé el suelo. Fue un toque suave, algo inseguro, pero la Saeta respondió de todos modos, elevándose varios centímetros del suelo, despegando mis pies del mismo. Ahí estaba yo, flotando en el aire, sobre la vieja y magnífica escoba de mi padrino.

—Ahora, inclínate hacia delante, con mucho cuidado —me indicó Harry, casi en un susurro. Noté que él también estaba nervioso.

Yo no podía saberlo en ese momento, porque era muy chico, pero al crecer, Harry me confesaría que aquel día él estaba tan nervioso, o incluso más, que yo. Pues él también había soñado durante seis años con el día en que me enseñaría, finalmente, a volar mi primera escoba.

Incliné mi cuerpo hacia delante, aferrándome con fuerza de la escoba. La respuesta fue inmediata, y algo abrupta. La Saeta salió despedida hacia delante, más rápido de lo que yo me esperaba. Y una sensación vertiginosa me inundó al sobrevolar el jardín. Reduje un poco la inclinación de mi cuerpo, y comprobé que inmediatamente, la escoba disminuía la velocidad. Era simple. Verdaderamente era simple volar. Torcí un poco mi cuerpo hacia la derecha, tirando del mango de la escoba, y la Saeta volvió a responder dócilmente a mi orden, desviándose hacia la derecha, y comenzando a girar. Inevitablemente, una sonrisa de radiante alegría se dibujó en mis labios. ¡Lo estaba haciendo! ¡Estaba volando!

Emocionado, y algo más confiado, me incliné un poco más para adelante, ganando algo de velocidad. Todavía recuerdo la sensación del aire golpeando contra mi cuerpo a medida que aumentaba la velocidad. Recuerdo cómo tuve que entrecerrar los ojos para evitar que se secaran, y cómo mis manos se aferraron con más fuerza a la escoba, temeroso de caerme. Recuerdo que una risa se escapó de mis labios. Una carcajada de pura felicidad y adrenalina. Era la sensación más maravillosa del mundo.

Repentinamente, me encontré con que Harry se hallaba volando junto a mí. También reía, contento. Con una seña, me indicó que tirara de la escoba hacia arriba, para levantar altura. Obedecí. Y la Saeta se propulsó hacia el cielo.

En aquel momento sentí que me elevaba muy alto, llegando casi hasta las nubes. La realidad es que fueron apenas unos metros, pero eso no era importante. En mi mente, yo surcaba todo el espesor del cielo. Atravesaba los aires, y volaba sobre continentes y mares. Me imaginaba viajando por el mundo sobre mi escoba. Me imaginaba en Hogwarts, en el equipo de Quidditch. Me imaginaba sobre una escoba el resto de mi vida.

Sobre aquella escoba, zumbando por el jardín de mi padrino, a la edad de seis años, gané mis alas. Y supe que volar sería una de las mayores satisfacciones de mi vida.

Hoy en día, sigo manteniendo la misma teoría. Han pasado cerca de quince años desde la primera vez que me subí a una escoba. Quince años desde aquel día en que sentí por primera vez la adrenalina y la emoción de volar. Y sin embargo, cada vez que me subo a una escoba, pateo el suelo, y despego, vuelvo a sentirme de nuevo como aquel niño de seis años, maravillado frente a un nuevo descubrimiento.

No se trata solo de volar. De manejar una escoba. De cruzar los aires. Volar es más que despegar y aterrizar. Es más que simplemente deslizarse por los cielos. Para mí, volar es verdaderamente desplegar mis alas. Cuando vuelo, todos mis problemas se quedan en la tierra, y sin importar que tan mal me sienta, todo desaparece cuando siento el viento despeinándome, colándose entre mis ropas, arrancándome escalofríos. Cuando vuelo, soy verdaderamente libre. Porque sobre una escoba, el mundo no tiene límites. Sobre una escoba, puedo hacer lo que quiera, ser quien quiera ser. Cuando vuelo, el mundo es mío.

Todavía guardo la Saeta de Fuego. Ya no vuelo sobre ella. Pero así como una vez mi padrino la tuvo colgando en la pared de su despacho, hoy cuelga en la pared de mi casa. Todos los días la veo al llegar a casa, y sonrío. Porque recuerdo que fue sobre aquella escoba que yo aprendí a volar. Fue sobre aquella escoba que jugué por primera vez al Quidditch en la Madriguera. Fue sobre esa misma escoba que le enseñé a volar a Victoire.

Guardo la Saeta conmigo porque es parte de mí. Así como una vez lo fue de Harry. Y así como espero que algún día, cuando llegue el momento, pueda serlo de mi hijo. El día que tenga un hijo, quiero que él también obtenga sus alas sobre una Saeta de Fuego. Porque no se trata simplemente de una escoba. No, es mucho más que eso. Y sólo aquel que ha volado alguna vez es capaz de comprender de lo que estoy hablando.


Bueno, me tardé bastante, pero es que estuve muy ocupada últimamente, y la verdad es que escribir esta historia me demanda de mucho tiempo, pues me resulta muy difícil.

Es un capítulo corto, pero era algo sobre lo cual tenía muchas ganas de escribir. Además, necesitaba contar este "recuerdo" de Teddy para poder después relatar otros que tendrán lugar a lo largo de su vida.

Gracias a todos por los reviews! Y espero que les guste.

Saludos,

G.