¡Buona notte! Perdón por el retraso :v
Odio el cambio de puntos de vista pero lo veo necesario.
Todos los derechos a Rick Riordan.
El viento era suave y Apolo brillaba suave en el Urano, era a un día espectacular para estar en la playa, se dijo Andrómeda.
Pero cuando ella se dijo playa no esperaba que fuera en la playa asiática de la poderosa Troya, luchando día a día para sobrevivir.
Tetis, la madre de Aquiles, convenció a este de devolver el cuerpo de Héctor a Príamo, que valientemente guiado por Hermes se infiltró en el campo Aqueo.
También trajo noticias del monte Olimpo, en especial para Andrómeda
—Apolo está furioso y exige tu cabeza— había dicho Tetis— Zeus a pesar de estar enojado por lo de Sarpedón, inclinó la balanza hacia tu lado porque Apolo jamás tuvo que haber intervenido.
Eso le trajo alivio a Andrómeda que temía la furia del vengativo dios por su incoherente acto de asesinar a unos de sus mejores sacerdotes y derribar el templo más grande de Asia.
Por otra parte, Areolo y Andrómeda comenzaron a entrenar juntos. Por lo visto derribar un templo a un dios solar une a las personas.
Ambos estaban entrenando en la playa cerca del bosque, Andrómeda con escudo y espada, y Areolo también.
—Tu habilidad es buena, soldado— dijo Andrómeda. Bloqueó con su escudo y con una patada en el pecho lo derribó al suelo, apoyando su pie derecho sobre su pecho.
Le llevo la espada a la garganta— Pero te falta reacción, tienes que estar atento Areolo, un segundo de distracción y te cuesta la vida o la de tu amigo.
Retiró la espada y el soldado se sentó en la arena. Se sacudió la arena del cabello castaño y de su negra armadura mirmidón.
—Eres una gran maestra, ahora entiendo como el señor Aquiles es tan hábil— dijo el soldado con una sonrisa.
Andrómeda solo se quedó ahí de pie, con una sonrisa burlona—Lo sé, me lo han dicho.
Se acercó y le tendió la mano que el aceptó gustoso. Se puso de pie y Andrómeda puso su escudo sobre el hombro del muchacho, donde una flecha rebotó.
Areolo se asustó y se puso en posición defensiva.
Andrómeda solo levantó la mano en señal de calma— Hagas lo que hagas, no te muevas, no respires, no hables y por favor no la mires a los ojos.
Areolo no entendía hasta que vio a bella muchacha de largo cabello negro y sedoso, piel cobriza, una diadema de plata alrededor de su cabeza, una nariz ligeramente doblada hacia arriba y ojos negros como rocas volcánicas.
Entró en la playa con el arco tensado y una flecha lista para despegar de su arma.
Andrómeda se paró en frente a Areolo y sonrío—Hola Zöe, ha pasado tiempo.
Zöe se unió a la sonrisa y bajó su arma—Solo como un favor hacia ti dejaré que el macho huya.
Andrómeda se volteó hacia Areolo—Ya la oíste, corre antes que sea tarde.
Areolo asintió dudoso y corrió al campamento mirmidón.
—Gracias por eso— dijo Andrómeda. Estiró los brazos de manera tentativa a un abrazo que Zöe aceptó.
Se fundieron en un abrazo —Si que a pasado tiempo Andy.
Se separaron y Andrómeda sonrío ante el apodo—Lo fue Zozo, lo fue.
—No estamos para hacer sociales, Zöe—dijo una voz detrás de ella.
Andrómeda busco la voz con sus ojos y se encontró con Phoebe, su media hermana.
—¡Bravo!— gritó Andrómeda aplaudiendo— llegó el alma de la fiesta.
—Escucho mucho ruido pero pocas palabras, Andromeda— dijo Phoebe con el ceño fruncido.
La semidiós se contuvo a insultarla solo por la presencia de su amiga Zöe—Te ignoraré.
—No puedes, Lady Artemisa está viniendo hacia aquí— dijo Zöe cambiando su semblante a serio— quiere hablar contigo.
Andrómeda cambió la mirada de Zöe a Phoebe—Supongo que no tiene nada que ver con el hecho de que haya derribado un poderoso templo de su hermano gemelo, ¿Verdad?
—De hecho si tiene que ver con eso— dijo una voz desde el bosque.
Una niña de doce años, con ojos amarillos plateado como la luna y cabello castaño, hizo su aparición desde el bosque.
Inmediatamente las tres jovencitas hincaron una rodilla en señal de respeto—Lady Artemisa— saludaron al mismo tiempo.
—Supongo que mis cazadores ya han hablado contigo— dijo mirando a Andrómeda— Yo solo quiero que entiendas algo, hija de Perseo.
Andrómeda se tensó, normalmente cuando un dios te llama por tu ascendencia es porque una amenaza le sigue.
—Sigue siendo mi hermano a quien has insultado— dijo Artemisa con peligro en la voz—además de haber asesinado a cinco doncellas, entonces lo que te quiero decir es lo siguiente: contrólate o te controlo.
Andrómeda tragó saliva con fuerza, siempre confió en sus habilidades de lucha, pero sabe perfectamente que contra una diosa no tiene posibilidades— Lo siento mucho mi señora, no volverá a pasar— concluyó agachando la cabeza.
—Espero que así sea.
Comenzó a brillar obligando a las muchachas a cerrar los ojos.
—Vaya, eso fue duro— dijo Zöe, luego de unos minutos de silencio.
—Podría jurar que se cagó en la armadura— dijo Phoebe con una sonrisa.
—Fue duro, no les voy a mentir— dijo Andrómeda con una sonrisa fingida.
—Zöe, debemos volver al campamento— dijo Phoebe— deja a Andrómeda que siga peleando en guerras de machos.
—Ve— dijo Zöe señalando el bosque— Te alcanzaré.
Phoebe le dedicó una sonrisa arrogante— Suerte con eso, teniente— y salió corriendo a una velocidad impresionante.
Se quedaron unos momentos en un silencio cómodo, mientras el mar golpeaba contra la arena.
—Ignórala, siempre fue así.
—Si no fuera porque Artemisa me acaba de amenazar de muerte la golpearía con una espada—dijo Andrómeda. Zöe solo negó con la cabeza con una sonrisa juguetona en el rostro.
Le puso la mano en el hombro y le dió un fuerte abrazo— Espero verte de nuevo Andy, y espero que sea en mejores circunstancias.
—Yo también lo espero Zozo.
—¿Sabes que odio ese apodo, no?— dijo Zöe.
—Claro que lo sé, Zozo— dijo resaltando el apodo.
Se volteó sobre sus talones y corrió al campamento mirmidón.
Ya pasada una semana las batallas se continuaron. Troya recibió refuerzos de la tierra natal de Andrómeda, Etiopía.
Memnón era hijo de Titono y de Eos, la aurora. Memnón es sobrino del rey Príamo de Troya, y trajo con él a todo su ejército.
Pronto Antíloco, hijo del sabio Néstor de Pilos, murió asesinado por Memnón.
—Néstor ha pedido que vengue a Antíloco en su nombre— dijo Aquiles cuando se aproximó a su maestra. La batalla continuaba a su alrededor, reyes como Agamenón y Néstor, debido a su longeva edad, estaban detrás del ejército. Diomedes, Áyax y Odiseo luchaban juntos, parecían unos demonios fusionados.
—Hazlo rápido. Memnón es un buen hombre y merece que su cuerpo sea devuelto a los etíopes.
Aquiles asintió y marchó en busca de su propio enfrentamiento.
Andrómeda se adentró en la batalla dónde tuvo un enfrentamiento con Trolio, un príncipe troyano.
La batalla no fue larga, pero Andrómeda se ganó una buena cicatriz en su muslo izquierdo.
Se acercó a Aquiles que cargaba el cuerpo de Memnón en sus hombros y se los llevó al ejército etíope.
Andrómeda se acercó dónde Aquiles dejó el cuerpo y puso un dracma en la boca de Memnón.
Se volteó en busca de Aquiles pero no lo vió, por lo que se volvió a adentrar en la batalla.
Corrió hacia Odiseo que estaba arrinconado entre cinco troyanos contra las murallas de la ciudad.
Andrómeda se acercó detrás de los troyanos y con su lanza apuñaló a uno por la espalda.
Uno de los soldados reaccionó rápidamente y con su espada atacó a Andrómeda que se cubrió con su escudo y lo golpe con la parte trasera de su lanza, lanzándolo al suelo.
Clavó la lanza en el pecho del soldado caído y desvainó su xiphos, degollando a un soldado que se acercaba por detrás.
Se volvió a Odiseo para ayudarlo pero vio que tenía todo controlado.
El rey de Ítaca se volvió a observarla— Eso fue genial, Andrómeda.
Ella le sonrío—Ganamos o morimos juntos, Odiseo.
El rey estaba por responder cuando su mirada se dirigió a algo que se robó su atención y lo preocupó.
Andrómeda siguió la vista cuando vio a Aquiles en las puertas de Troya, tratando de abrirlas a golpes tal y como Heracles lo había hecho hace décadas.
Su visión ascendió hasta lo más alto de los muros troyanos, allí donde los arqueros de posicionan para herir a distancia.
Su visión se conecto con uno de los arqueros, que resultó ser Alejandro o mejor conocido como Paris, apuntando a Aquiles.
Pero lo que más llamó la atención de Andrómeda fue el hombre detrás de Paris, parado sobre la muralla. Tenía puesto un quitón griego simple, pero hermoso. Su mano estaba alzada con dos dedos extendidos, y Andrómeda entendió de inmediato lo que significaba.
—¡INTERVENCIÓN!— gritó lo más fuerte que pudo, sabiendo que los olímpicos seguramente observan la batalla—¡Aquiles cuidado!
El hijo de Tetis levantó la vista y la dirigió hacia Andrómeda, fue solamente un segundo y fue fatal.
Una flecha se incrustó en el talón izquierdo de Aquiles, derribándolo al instante.
Andrómeda gritó con todas sus fuerzas—¡NO! ¡AQUILES!
La hija de Perseo corrió a toda velocidad hacia el caído hijo de Tetis, sin importar a cuántos derribara en el camino.
Se sentó junto a su alumno caído—Aquiles hijo mío, por favor, no mueras.
Él apoyó una mano sobre su mejilla—No es mala forma de irse. Espero verte en el Hades, solo que no pronto.
Y en menos de un minuto, el azul en los ojos de su alumno se fue, dejando solamente un cuerpo sin vida.
El silencio era abrumador, lágrimas corrían por la cara de la semidiós.
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Mayo, 2006.
Andrómeda ingresó a la escuela. Enseñar siempre se le dio bien, fue entrenadora de héroes como semidioses como Aquiles y junto a Quirón ayudó con Teseo.
El mortal Jasón nunca le cayó bien, por lo que solo le daba algún consejo de ves en cuando pero nada importante, luego cuando descubrió que fue el único campeón de Hera descubrió la razón de su "desprecio".
Caminaba por los pasillos a través de los salones de clase buscando el suyo.
Ingresó a su salón y saludó a sus alumnos como lo viene haciendo hace casi cinco meses.
Siempre trató de llevarse bien con Perseo, pero muchas veces le hace perder la paciencia.
Será por la histórica rivalidad entre los hijos de los dioses más antiguos, pensó.
A este punto ya está casi al 90% segura de que es hijo de Poseidón. Al principio se mostró reacia a confirmarlo, pensando que podría ser un hijo de Tritón, pero pronto descartó esa posibilidad.
Luego de terminada la clase salió del aula y se dirigió hacia el patio, donde tomó asiento en un banco.
Sacó un libro de su bolso y comenzó a leer hasta que fue interrumpida.
—Mi señora Andrómeda…— dijo una voz a la derecha.
—Deja los títulos sátiro— dijo Andrómeda sin levantar la vista de su libro— no soy una diosa y deje de ser reina o princesa hace mucho tiempo.
—Lo siento, Andrómeda— dijo con dudas Grover.
Ella levantó la vista del libro y se fijó en él—Dime, sátiro, ¿solo interrumpes mi lectura o tienes algo para decirme sobre Perseo?
—No, solo Quirón quiere hablar contigo—Tartamudeó.
Andrómeda se sorprendió— ¿Quirón está aquí?
Grover asintió— Sí, quería ver a Percy por si mismo. Sospechamos que es hijo de uno de los antiguos.
Andrómeda se puso de pie—Guíame sátiro.
Con Grover y sus muletas guiando el paso hacia uno de los salones vacíos.
Entraron en un salón donde un hombre en silla de ruedas esperaba en el escritorio del maestro.
Andrómeda cuando lo vio sonrío—¡Quirón! Ha pasado tiempo— dijo. Se acercó y lo estrechó en un fuerte abrazo.
El centauro lo correspondió—Así es, querida Andrómeda.
—¿Qué te trae por aquí?— dijo la semidiós. Se sentó sobre el escritorio para quedar frente al centauro en silla de ruedas.
—Perseo Jackson— dijo— supongo que tú también estás aquí por eso.
Andrómeda asintió— Si, nuestro padre me envió.
—¿Ya sabes la ascendencia divina del muchacho?— preguntó Quirón con curiosidad. Andrómeda se volvió hacia el sátiro.
—¿No se lo dijiste?
Grover le sostuvo la mirada solo unos segundos antes de bajarla avergonzado— No lo sé aún.
Andrómeda se llevó las palmas a la cara en señal de cansancio.
—¿Siempre traen sátiros idiotas para los semidioses poderosos?— dijo Andrómeda mirando a Quirón—Estoy casi al 100% de que es un niño Poseidón.
Quirón se frotó la frente con su mano—Entonces todo parece ser cierto.
Andrómeda se desorientó y esperó a que la explicación comenzara, pero al notar que no hablaba ella tomó la delantera.
—¿Qué sucede, Quirón?
—Han robado el rayo maestro de Zeus.
Andrómeda se pasó la mano por su cabello pelirrojo.
—Y supongo que culpa a Poseidón.
Quirón asintió—Así es.
—Pero Perseo no sabe nada del mundo divino, no tiene idea y se duerme siempre en historia.
—Hace tiempo que se le repite un sueño— dijo Grover acercándose— Percy sueña contigo atada y torturada, con tatuajes en el antebrazo.
Andrómeda se tensó. Sabía que Perseo tuvo ese sueño durante una clase de historia, no era algo extremadamente raro recibir información suelta en sueños. ¿Pero que se repita?
Quirón miro a Grover fijamente—Grover, déjanos solos por favor.
El sátiro asintió y salió dejando solos a la semidiós y al centauro.
—¿Crees que sea uno de Neptuno? La gran profecía no afecta a los romanos— dijo Quirón. Andrómeda se llevó las manos a las cienes en señal de dolor de cabeza.
—No me nombres a los romanos, solo me da dolor de cabeza— dijo Andrómeda— Es imposible, no quiero arrancarle la cabeza cuando lo veo. Además Plutón, Neptuno o Júpiter no han tenido hijos. Ha menos que yo no sepa de alguno.
—Pero sí tú padre— dijo Quirón.
—También es el tuyo, y Máximo no es mi padre, mi padre es Perseo— sentenció Andrómeda— Sobreviví y peleé contra los romanos en cada una de las guerras civiles, se identificarlos.
—¿Te sigue afectando mucho?— preguntó Quirón. Andrómeda solo asintió.
—Para los griegos soy la Princesa Andrómeda o un sinfín de títulos estúpidos. Pero para los romanos soy la Bellator, Graeca o la venantes agmine bellator. Me afecta menos que a los dioses, pero es como si fuera un trastorno de identidad— concluyó Andrómeda.
—Voy a quedarme un tiempo para observar a Perseo Jackson— dijo Quirón— ahora soy el Sr Brunner.
Andrómeda asintió y salió de la habitación hacia el pasillo de los casilleros.
Su mente divagó en recuerdos sobre la antigua Roma, incluso antes.
Ella a petición de Perseo le perdonó la vida a Eneas que fue el pilar donde se fundó el imperio. Con el tiempo Vesta salvó a los hijos de Marte y Rea Silvia, Rómulo y Remo, dando origen a lo que hoy se le llama Roma.
Llegó a su pequeña oficina y observó una pequeña foto de Annabeth en su cajón.
—Como lo siento mi niña— murmuró Andrómeda. Sus ojos se empañaron y hubiera llorado si alguien no la hubiera interrumpido.
Una mujer de baja estatura que llevaba cazadora de cuero, aunque fuera menuda y tuviera casi cincuenta años a Andrómeda le daba miedo.
Andrómeda se inclinó hacia atrás en su silla giratoria y la estudió con la mirada.
—Supongo que no es una sorpresa encontrar a un sátiro, un centauro y una hija de la tierra en el mismo colegio que Perseo Jackson— dijo la mujer recién ingresada.
—Erinia, vaya sorpresa— dijo Andrómeda— no te he visto desde Orestes.
La erinia frunció el ceño en señal de enojo—Furias, se nos hace más pegadizo.
Andrómeda se puso de pie hasta quedar a un metro de la Furia—Alecto, ¿Qué quieres con Perseo Jackson?
—No te lo voy a decir, pero creo que sabes que probablemente es un hijo de los dioses más antiguos, y a Lord Hades no le gusta eso.
—No lo vas a tocar, ¿me oíste?—dijo Andrómeda. Se acercó lo suficientemente rápido y la agarró del cuello. Con un fuerte golpe la llevó a la pared— No lo vas a tocar o vas a volver al Hades de la forma rápida, Alecto.
La furia solo sonreía de manera siniestra—¿Qué pasa Andrómeda? ¿Te recuerda a alguien su nombre?
Ella apretó el agarre pero pronto la soltó, recordando que es una de los ciervos de Hades.
—Compórtate Alecto, no quiero recurrir a algo más precipitado.
—Tu mantente alejada hija de Perseo, adopta distancia.— sentenció la Furia, desapareciendo dejando a una Andrómeda muy enojada.
POV Percy Jackson
Los alumnos de sexto curso fuimos de excursión a Manhattan: veintiocho críos tarados y tres profesores en un autobús escolar amarillo, en dirección al Museo Metropolitano de Arte a ver cosas griegas y romanas.
El señor Brunner dirigió nuestra excursión, acompañados por la maestra Katsara, nuestra profesora de historia y la señora Dodds, nuestra maestra de pre-álgebra que me odia.
El señor Brunner guío la visita y reunió alrededor de una columna de piedra de casi cuatro metros de altura con una gran esfinge encima, y empezó a contarnos que había sido un monumento mortuorio, una estela, de una chica de nuestra edad. Nos habló de los relieves de sus costados. Yo intentaba prestar atención, porque parecía realmente interesante, pero los demás hablaban sin parar, y cuando les decía que se callaran, la otra profesora acompañante, la señora Dodds, me miraba mal.
La profesora Andrea intentaba sin éxito explicarnos distintas esculturas o pinturas sobre la antigua Grecia mientras que el señor Brunner complementaba la información.
Al final, Nancy Bobofit se burló de una figura desnuda cincelada en la estela
y y o le espeté:
—¿Te quieres callar? —Me salió más alto de lo que pretendía.
El grupo entero soltó risitas y el profesor interrumpió su disertación.
—Señor Jackson —dijo—, ¿tiene algún comentario que hacer?
Me puse como un tomate y contesté:
—No, señor.
El señor Brunner señaló una de las imágenes de la estela.
—A lo mejor puede decirnos qué representa esa imagen.
Miré el relieve y sentí alivio porque de hecho lo reconocía.
—Ése es Cronos devorando a sus hijos, ¿no?
—Sí —repuso él—. E hizo tal cosa por…
—Bueno… —Escarbé en mi cerebro—. Cronos era el rey dios y…
—¿Dios?
—Titán —me corregí—. Y… y no confiaba en sus hijos, que eran dioses. Así que Cronos… esto… se los comió, ¿no? Pero su mujer escondió al pequeño Zeus y le dio a cambio una piedra. Y después, cuando Zeus creció, engañó a su padre para que vomitara a sus hermanos y hermanas…
—¡Puaj! —dijo una chica a mis espaldas.
—… así que hubo una gran lucha entre dioses y titanes —proseguí— y los dioses ganaron.
—Resumió 10 años de batallas en un par de oraciones pero está bien Perseo— dijo la maestra Andrea, seguida de un asentimiento del señor Brunner.
—Menudo rollo. ¿Para qué va a servirnos en la vida real? Ni que en nuestras solicitudes de empleo fuera a poner: « Por favor, explique por qué Cronos se comió a sus hijos» — acotó Nancy Bobofit a su amiga en un susurró.
—Señorita Bobofit, está castigada por irrespetuosa—dijo la señorita Andrea. Yo sonreí, al menos pillaron a Nancy.
—¿Y para qué, señor Jackson —insistió Brunner, parafraseando la excelente pregunta de la señorita Bobofit—, hay que saber esto en la vida real?
Mierda, me pillaron.
—No lo sé señor— dije observando el suelo.
—Ya veo. —Brunner pareció decepcionado—. Bueno, señor Jackson, ha salido medio airoso. Es cierto que Zeus le dio a Cronos una mezcla de mostaza y vino que le hizo expulsar a sus otros seis hijos, que al ser dioses inmortales habían estado viviendo y creciendo sin ser digeridos en el estómago del titán. Los dioses derrotaron a su padre, lo cortaron en pedazos con su propia hoz y desperdigaron los restos por el Tártaro, la parte más oscura del inframundo. Bien, y a es la hora del almuerzo. Señora Dodds, ¿podría conducirnos a la salida?
La clase empezó a salir, las chicas conteniéndose el estómago, y los chicos a empujones y actuando como merluzos. La maestra Andrea sostenía la puerta para que pasen. Grover y yo nos disponíamos a seguirlos cuando el profesor exclamó:
—¡Señor Jackson!
Lo sabía.
Le dije a Grover que se fuera y me volví hacia Brunner.
—¿Señor? —Tenía una mirada que no te dejaba escapar: ojos castaño intenso que podrían tener mil años y haberlo visto todo.
—Debes aprender la respuesta a mi pregunta —me dijo.
—¿La de los titanes?
—La de la vida real. Y también cómo se aplican a ella tus estudios.
—Ah.
—Lo que vas a aprender de mí es de importancia vital. Espero que lo trates como se merece. Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.
Unas manos se apoyaron en mis hombros y yo volteé la cabeza, solo para ver a mi maestra favorita.
—Señor Brunner— dijo la maestra aún detrás mío— ¿Terminó de atormentar a Perseo o ya puede ir a almorzar?
Pensé que el señor Brunner se enfadaría con su colega, pero en lugar de eso sonrío y asintió.
—Puede ir señor Jackson.
—Vamos Perseo— dijo la maestra. Comenzó a caminar y yo la alcancé— No te preocupes por el señor Brunner, es un viejo obsesionado.
—Puede decirme Percy, maestra— añadí.
—Bueno Percy— dijo abriendo la puerta para que pase— ve a almorzar algo.
Asentí y caminé hacia el patio de comidas, desde donde se podía contemplar el tráfico de la Quinta Avenida. Se avecinaba una enorme tormenta, con las nubes más negras que había visto nunca sobre la ciudad. Supuse que sería efecto del calentamiento global o algo así, porque el tiempo en Nueva York había sido más bien rarito desde Navidad. Habíamos sufrido brutales tormentas de nieve, inundaciones e incendios provocados por rayos. No me habría sorprendido que fuese un huracán.
Nadie más pareció reparar en ello. Algunos chicos apedreaban palomas con trocitos de cookies. Nancy Bobofit intentaba robar algo del monedero de una mujer y, evidentemente, la señora Dodds hacía la vista gorda. Grover y yo estábamos sentados en el borde de una fuente, alejados de los demás. Pensábamos que así no todo el mundo sabría que pertenecíamos a aquella escuela: la escuela de los pringados y los raritos que no encajaban en ningún otro sitio.
—¿Castigado? —me preguntó Grover.
—Qué va. Brunner no me castiga. Pero me gustaría que aflojara de vez en cuando. Quiero decir… no soy ningún genio.
—Solo te exige porque sabe que puedes a más. Por cierto, ¿como te saliste?
—La profesora Andrea me sacó. Cada día me cae mejor esa mujer— dije con una sonrisa.
Grover a mi lado frunció el ceño— Ten cuidado con ella, Percy. Ella puede ser algo… —no llegó a terminar la frase porque detrás de nosotros se escuchó un carraspeo.
Ambos nos volteamos y allí estaba la profesora Andrea—Cuidado como terminas esa oración señor Underwood, no me gustaría castigarlo.
—Sí, se-ñora— dijo mi amigo entre tartamudeos— yo tampoco quiero ser castigado.
—Lo sé, y por eso te voy a castigar de todos modos. — se volteó hacia mí— Tu también me caes bien Perseo.
La profesa se marchó y no pude resistir seguirla con la mirada—Wow— murmuré.
—Esa perra— murmuró mi amigo.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por una risa como de dinosaurio proveniente de Nancy Bobofit a unos pocos metros de ellos.
Nancy se encuentra sentada en una fuente molestando a una niña. No sé lo que me pasó o lo que sucedió, pero enfurecí.
La señorita Dodds estaba a unos pocos metros de ella ignorando todo, lo que sumó a mi furia.
Tan solo quise que Nancy se cayera en la fuente de agua, imaginé el agua cubriéndola a ella y unos momentos después ella estaba dentro de la fuente.
Un rugido de risas resonó en todo el patio comedor mientras todos señalaban a Nancy que estaba dentro del agua.
Grover río nerviosamente y me miró pero rápidamente desvió la vista.
La señora Dodds se acercó a mí, con una mirada soñadora que incluso daba más miedo que su mirada normal.
—Señor Jackson, queda castigado. Venga conmigo— dijo tomándome del brazo.
—¡Espere!— gritó Grover— ¡él no hizo nada, fui yo!
—No quieras defender a Perseo, señor Underwood—dijo con veneno.
—No sé que hice pero no importa Grover, no me defiendas— dije.
Grover trató de replicar pero una mirada de la maestra bastó para callarlo.
Me apretó el brazo y me guío hasta dentro del museo, en el ala de mitología.
Una pintura de Perseo salvando de Andrómeda se cernía enorme sobre la pared. Allí nos detuvimos y la señora Dodds se agachó a mi altura con sus ojos demoníacos.
—¿Dónde está?
Yo dudé—¿Disculpe?
Ella presionó más fuerte mi brazo—Lo que robaste, ¿dónde está?
—Pero maestra, yo no robé nada— repliqué a la defensiva.
Ella se enderezó y dio un paso atrás— ¿Dónde está el rayo del cielo?
Yo di un paso atrás asustado. Ella arqueó la espalda revelando un par de alas de murciélago, su estatura descendió y su pelo rizado se volvió largo y fibroso, de un color gris. Una túnica negra cubría su cuerpo.
Yo siempre pensé que era un monstruo, pero no literal.
Ella se abalanzó sobre mí y un reflejo de activo, me agaché y ella pasó de largo.
—¡Percy!— un grito me obligó a darme vuelta, para ver al profesor Brunner en su silla de ruedas—¡Agárralo!
Brunner arrojó algo que por instinto sujete solo para ver qué era un bolígrafo. ¿Para qué me iba a servir un bolígrafo?
El murciélago Dodds se abalanzó de nuevo sobre mí y por instinto lo destapé. Una espada de 3 pies se materializó y la balanceé en dirección a ella.
La espada la atravesó y se convirtió en polvo.
Observé la espada un momento, tratando de entender como tres pies de bronce entraron en un diminuto bolígrafo.
Busqué a Brunner con la mirada para exigirle explicaciones pero estaba solo en la habitación, o al menos eso pensaba.
—Bonita espada.
Me volteé hacia la voz solo para encontrar a Andrea Katsara de pie. Solo que no se parecía a la maestra Andrea, sino que parecía más joven pero más feroz.
—¿Andrea? ¿Qué sucede? ¿Qué fue esa cosa?— dije tan rápido que pensé que no me iba a entender.
Ella se acercó y me abrazo con fuerza, lo que me dejó atónito, pero pronto correspondí.
—Se vienen años duros Perseo, tienes que prepararte y ser fuerte— dijo soltándose del abrazo— tu espada paso por dos personas antes de llegar a ti, y la primera es una de las personas más nobles que conozco.
—Pero Andrea, ¿Qué sucede?
—Pronto lo descubrirás— dijo. Huggg, odio los misterios— se fuerte, y cuando necesites ayuda solo habla con la hija de la sabiduría. No sé si se van a llevar bien, pero espero que sí.
—Pero maestra, no entiendo nada de lo que dice— contesté implorando información.
—Solo recuerda lo que te dije— dijo. Chasqueó los dedos y de repente me encontré solo en la habitación con un bolígrafo en mi mano.
Demoré demasiado, lo sé. Esto de independizarse y trabajar para vivir es un tanto más duro de lo que pensé jaja.
Voy a profundizar más en el paso de Andrómeda, aprovechando el tiempo dentro del arco del ladrón del rayo.
