Capítulo 7: Ver más allá
No importa cuánto hayas escuchado hablar de Hogwarts en tu vida, no hay nada que pueda prepararte para ese lugar.
A veces, incluso llegué a envidiar a los brujos hijos de muggles. Ellos no tienen que preocuparse durante once años pensando en si la carta llegará algún día. Tampoco pierden el sueño noches enteras preguntándose a qué casa irán a parar. No se preocupan por si serán buenos magos, o resultarán ser los peores de la clase. No sopesan las posibilidades que quedar en el equipo de Quidditch de su casa, porque ni siquiera saben lo que es eso.
Para ellos, todo es mucho más fácil. Llevan una vida tranquila, ajenos a que existe en algún lugar perdido entre las montañas de Escocia, un castillo donde TODO es posible. Ellos ni siquiera saben que son brujos. Y de repente, un día, llega una carta. Y todo cambia en un segundo. La información llega como una nube abrumadora, mezcla de nerviosismo, ansiedad, felicidad y miedo. Y entonces, recién entonces, empiezan a pensar en varitas mágicas, en libros de hechizos, en escobas voladoras y en sombreros seleccionadores.
Yo, en cambio, he tenido a Hogwarts en mi mente desde mi más tierna infancia. Conocía sus torres, sus pasillos, las aulas, las Salas comunes, el campo de Quidditch, el lago, el Bosque Prohibido y la Cabaña de Hagrid antes incluso de haber puesto un pie allí.
El tío Harry nunca se cansaba de hablar de Hogwarts. Y yo se lo agradecía. A través de las historias que Harry me contaba, yo iba construyendo lentamente aquel magnifico lugar en mi mente. Casi podía verlo a medida que Harry lo describía.
Algunas historias llegué a escucharlas cientos de veces, y creo que hoy volvería a escucharlas cientos de veces más. Todavía sigo conteniendo el aliento mientras que Harry me cuenta cómo consiguió su lugar en el equipo de Quidditch con solo once años. Me emociono al escuchar sobre los hipogrifos que Hagrid llevaba a las clases. Puedo pasarme horas enteras riendo a carcajadas cada vez que Harry me cuenta sobre aquel Baile de Navidad durante su cuarto año, su miedo de invitar a salir a Cho Chang, el pánico de tener que bailar frente a todos, la vestimenta ridícula que llevaba Ron, y su ataque de celos al ver a Hermione del brazo con Viktor Krum. Recuerdo que mi sangre solía hervir de bronca y rabia siempre que mi padrino me contaba las odiosas historias que involucraban a la profesora Umbridge. También solía contarme de mi padre, su profesor favorito.
Tuvieron que pasar muchos años para que Harry comenzara a compartir conmigo historias no tan afortunadas de su paso por Hogwarts. Fue así que mi padrino comenzó a compartir conmigo todos los eventos desafortunados que marcaron su adolescencia, y que todavía hoy cuando es todo un adulto, lo tienen marcado.
Pero incluso con mis escasos diez años, yo era capaz de comprender el significado especial que Hogwarts tenía para mi padrino. Un significado que también había sido compartido por mi padre. Y seguramente por muchos otros estudiantes a lo largo de los siglos.
Hogwarts es más que un castillo. Hogwarts es más que una escuela de magia y hechicería. Hogwarts es un hogar. Con todo lo que esa palabra significa. Y no alcanza con escuchar hablar de él para comprenderlo. Hace falta poner un pie allí dentro para poder sentirlo en carne propia.
—Quiero que me escribas tan pronto como te encuentres en tu dormitorio hoy a la noche. ¿Entendido, Ted? —me recordó por décima vez en el día Andrómeda, mientras que me alisaba innecesariamente mi túnica negra de Hogwarts. Yo asentí, hecho un nudo de nervios.
La realidad es que no la estaba escuchando. Mi mirada se encontraba perdida en aquel tren rojo que en pocos minutos me estaría llevando al destino más esperado de los últimos años. Era aquel tren el que me llevaría directo hacia mi futuro. Hacia mi destino. Ese tren determinaría en cierta manera la persona en la que yo me convertiría con el correr de los años.
—Es genial, ¿no crees? —me dijo la voz de Harry, sacándome de mi aturdimiento. Yo lo miré y asentí torpemente. Él me devolvió la sonrisa como siempre acostumbraba, y todavía acostumbra hacer. —Todavía recuerdo la primera vez que yo tomé el Expreso de Hogwarts. ¡Ni siquiera sabía cómo llegar al andén 9 3/4! —me confesó Harry, entre risas.
Mi padrino siempre ha tenido un gran don: él es capaz de leerme mejor que cualquier otra persona. Es como si hubiera una conexión especial entre nosotros. Como si él supiera entenderme mejor que nadie. Ante Harry, yo siempre era un libro abierto que él no tenía ninguna dificultad para leer y comprender.
—¿Y cómo hiciste para encontrar el andén, tío? —le pregunté yo, incapaz de contener mi curiosidad, e intentando distraerme y deshacer el nudo de nervios que era mi estómago en ese instante.
—Oh, nunca lo hubiera encontrado de no ser para la Sra. Weasley—respondió, todavía sonriendo, y me guiñó un ojo. Sabía que estaba intentando tranquilizarme, y ciertamente funcionaba.
El saber que mi padrino, uno de los mejores Aurores que existen en el mundo mágico, había necesitado ayuda para encontrar la entrada al andén 9 ¾ era reconfortante.
—Harry… ¿y si no logro adaptarme a Hogwarts? —solté finalmente la principal preocupación que rondaba mi mente en ese instante.
Ni siquiera hoy sé porqué sentía esa preocupación. Talvez fuera porque toda mi vida había rondado un círculo conocido. Nunca había tenido la necesidad de adaptarme a un mundo nuevo y extraño. Nunca había estado lejos de mi familia. Había estado esperando tan ansioso el momento de ir a Hogwarts, que nunca me había detenido a pensar lo que ello significaba. ¿Y si terminaba en una casa que no me gustaba? ¿Y si no conseguía hacerme amigos? ¿Y si extrañaba a mi familia?
Harry se arrodilló delante mío, y le revolvió cariñosamente el cabello.
—Mocoso, no hay forma que no te adaptes a Hogwarts—me aseguró.
—¿Cómo lo sabes? —lo puse en duda, con la voz temblorosa.
—Porque eres el hijo de un Merodeador. Tú naciste para Hogwarts, Teddy —me respondió tranquilamente mi padrino. Y aquella era la respuesta que necesitaba.
—¡Teddy! —escuché entonces la voz aguda e infantil de Victoire. Y segundos después me vi envuelto en una cascada de cabello rubio y perfume a jazmín. Eso es algo maravillo de Vicky: su aroma a jazmines. —¡No quiero que te vayas sin mi! —lloriqueó ella, todavía aferrándose a mi cuello.
Tengo que confesar que ese día sonreí para mis adentros. Puede que ustedes, al leer estas palabras, se convenzan de que era por amor que Victoire no quería mi partida. Y en parte, puede que tengan razón. Pero la verdad es que Victoire siempre ha sido una muchacha competitiva, y detestaba la idea de que yo conociera Hogwarts antes que ella.
—Ya te tocará a ti dentro de unos años —le respondí yo, mientras que trataba de separarme de su abrazo. Vicky resopló.
—¡Dos años es demasiado tiempo! —siguió quejándose ella.
En ese momento, todo el andén se llenó del potente sonido del tren que anunciaba su partida. Sentí un estremecimiento, y nuevamente mi estómago pareció revolverse. Esta vez, de emoción y ansiedad.
—Te escribiré contándote todo —le aseguré a Victoire, apurado. Ella me clavó su mirada celeste, penetrante e ipnotizante.
—¿Lo prometes? —insistió, seria.
—Lo prometo—y sellé con esas palabras un pacto que se mantendría durante los siguientes dos años, hasta que Victoire finalmente entrara a Hogwarts.
—Vamos, Ted, o el tren te dejará —me apremió la abuela, mientras que me daba una palmadita amistosa en la espalda.
Harry me ayudó a subir mi baúl al tren. Un segundo bocinazo anunció la pronta partida. Crucé una última mirada con mi padrino antes de subir yo mismo al tren. Todavía recuerdo aquella mirada. Porque fue la misma mirada que años más tarde, Harry le dedicaría a sus propios hijos al verlos subir al Expreso de Hogwarts.
Y entonces, las puertas se cerraron, y el tren comenzó a moverse.
Permanecí varios segundos, o talvez incluso minutos, paralizado en la puerta, viendo alejarse el andén, perdiendo de vista a mi familia.
—Muchacho, debes sacar tu baúl del pasillo. Esta obstruyendo el paso—me habló repentinamente un muchacho de sexto año de Ravenclaw, que lucía orgulloso en el pecho la insignia de Prefecto.
—Perdón —me disculpé apresuradamente, mientras que tomaba mi baúl y me disponía a arrastrarlo a través del vagón.
—Al final del pasillo hay un par de compartimientos con lugares libres —me sugirió el Prefecto de Ravenclaw, posiblemente apiadándose de mi ineptitud de novato.
Le agradecí con un gesto de cabeza, y me dispuse a recorrer el pasillo hasta llegar afectivamente a los últimos compartimientos. El prefecto tenía razón. Había uno dónde sólo había tres muchachos, conversando animadamente, posiblemente de tercero o cuarto año. Decidí probar mi suerte en otro compartimiento.
El siguiente estaba relativamente vacío. Solo había un muchacho solo. No le pude ver la cara desde la puerta, ya que se encontraba mirando hacia la ventana. No llegué siquiera a tocar el picaporte de la puerta que el muchacho giró la cabeza en mi dirección.
Era un chico de mi misma edad. Tenía el cabello rubio y llevaba puestas unas gafas de vidrios negros, como si se trataran de anteojos de sol. Se puso de pie, y caminó hacia la puerta sonriendo.
—¿Buscas un lugar? —me preguntó tras entreabrir la puerta.
—Ehm… sí. ¿Tienes lugar aquí? —pregunté estúpidamente. El muchacho acentuó su sonrisa.
—Nose… mis amigos imaginarios y yo ocupamos mucho espacio —bromeó el chico, de manera distendida. Yo reí algo nervioso. —Vamos, entra. Hay lugar de sobra —me invitó a pasar luego, y volvió a caminar hasta el asiento que segundos antes había estado ocupando.
Yo entré rápidamente mi baúl, y cerré la puerta detrás de mi. Me senté frente a muchacho.
—Ted Lupin —me presenté, extendiendo una mano hacia aquel chico. Él pareció ignorar mi mano.
—Yo soy Thomas White —se presentó él, todavía sin estrechar mi mano. Tras unos segundos, decidí retirarla.
—¿Eres de primer año? —le pregunté, tratando de entablar una conversación. Él asintió con la cabeza. —Yo también —le comenté a pesar de que él no me había preguntado.
—Lo sé —me dijo él. Aquellas palabras me sorprendieron. No porque me parecieran cortantes o antipáticas. Pues el chico no las había pronunciando con esa intención. Todo lo contrario. Parecía haber un enigma detrás de aquella frase, como si verdaderamente él supiera algo.
—¿Y ya sabes a qué casa te gustaría ir? —pregunté yo, sintiéndome sumamente intrigado por Thomas White. Thomas se recostó cómodamente sobre el respaldo del asiento, en actitud pensativa.
—Pues no… no lo sé. Tampoco es que tenga mucha idea al respecto. —confesó finalmente, encogiéndose de hombros—. Verás, mis padres no son magos, y la primera vez que me hablaron de un sorteo y de "casa" fue cuando un muchacho torpe se presentó en la puerta de mi casa —me explicó mejor Thomas.
—¿Un muchacho torpe? —insistí yo. Thomas volvió a sonreír. Obviamente, el recuerdo de aquel momento le resultaba cómico.
—Creo que es profesor aquí. Longbopom, o algo así me dijo que se llamaba —respondió Thomas.
—Lognbottom. Neville Longbottom —lo corregí yo—. Es profesor de Herbología.
—¡Ese mismo! —exclamó emocionado Thomas, y soltó una risa fresca. —Hombre, espero que Herbología no requiera de usar mucho la varita mágica… porque Longbottom casi prende fuego mi casa al querer hacerme una "muestra" de magia —se rió Thomas.
Yo me uní a su risa. No me resultaba muy difícil imaginarme a Neville en una situación como la descripta por aquel muchacho. En aquel entonces, apenas había visto al profesor Longbottom en unas pocas ocasiones, en casa de Harry. Pero habían bastado para comprobar que Neville era la persona más torpe de todo el mundo mágico.
—¿Y qué hay de ti? ¿Ya sabes a qué casa quieres ir? —me preguntó Thomas.
—Pues, tampoco estoy seguro. Mi abuela fue a Slytherin. Mi padre a Gryffindor, mi madre a Hufflepuff, y mi padrino a Gryffindor. Así que estoy bastante dividido —le confesé, riendo. Thomas asintió con la cabeza.
—Es lo que algunos llaman un… conflicto de intereses —se burló, tratando de adoptar una expresión seria. Duró solo segundos, pues inmediatamente los dos estallamos en risas.
—¿Eran tus padres los que estaban contigo en la estación? —le preguntó repentinamente Thomas. Aquella pregunta me tomó un poco por sorpresa. Pues yo no recordaba haber visto a Thomas en el andén.
—No… esos eran Harry y Ginny. Harry es mi padrino y Ginny su esposa. Mis padres están muertos —le respondí. Por alguna razón que ni siquiera hoy comprendo, no me sentí incómodo al decir aquello. Había algo en Thomas que me daba confianza, que me hacía sentir cómodo, que me hacía sentir que podía compartir eso con él.
—Oh… lo siento, compañero. —se disculpó inmediatamente Thomas, adquiriendo una expresión seria.
—¿Por qué? Tú no los mataste, hombre. —le dije, riendo. Thomas rió también, agradecido de que yo no me hubiera ofendido.
—Tus tíos parecen buena gente —comentó repentinamente Thomas, desviando el rostro hacia la ventana del vagón. Arqueé mis cejas, inquisitivamente.
—¿Y puede decir eso sólo por verles la cara? —me burlé, divertido.
Una sonrisa extraña se dibujó en el rostro de mi compañero de compartimiento. Casi como si se tratara de una expresión irónica, o incluso burlona.
—Algo así —respondió misteriosamente Thomas.
Yo ignoré aquellas palabras. Más tarde, comprendería el misterio que se escondía detrás de aquel breve intercambio de oraciones.
El resto del viaje transcurrió tranquilo y divertido. Thomas White era todo un personaje. Un muchacho raro, se podría decir. Con un humor ácido e inteligente, un halo de misterio girando en torno a sus labras, y una risa completamente transparente y contagiosa.
Casi no me percaté de que afuera, el sol comenzaba a ponerse, y las estrellas hacían su tenue aparición en un cielo que lentamente se iba oscureciendo. Hacia el atardecer, alguien golpeó a la puerta de nuestro compartimiento.
—Adelante —dijimos los dos al mismo tiempo, mientras que observábamos cómo un muchacho alto y de cabellos negros abría la puerta del vagón y se introducía en el mismo. Llevaba el escudo de Hufflepuff bordado en la túnica, y la insignia de Prefecto colgando del cuello, igual que aquel chico que yo me había encontrado en el pasillo al subir al tren.
Pero no fue nada de eso lo que me desagradó del chico. Sino la extraña expresión que lucía: un gesto de clara lástima.
—Hola… mi nombre es Sack Lorman. Tú debes de ser Thomas White, ¿verdad? —se presentó el Prefecto de Hufflepuff, con la mirada todavía de pena dirigida hacia Thomas.
Inmediatamente, la sonrisa pareció borrarse de los labios de Thomas al escuchar aquellas palabras, como si Sack acabara de amenazarlo de muerte. Yo miraba alternativamente a uno y al otro, sin comprender nada de lo que estaba pasando.
—Te he estado buscando por todo el tren… la Directora McGonagall me ha asignado como tu guía, al menos hasta que lleguemos a Hogwarts… —continuó hablando Sack, al no recibir respuesta alguna de Thomas.
Mi compañero de compartimiento pareció enfurecerse ante aquellas palabras. Su mejillas se tiñeron de un intenso tono rojo, y se puso inmediatamente de pie, con los puños cerrados y los labios fruncidos del enojo.
—Yo se cuidarme perfectamente bien. Lo he hecho durante once años y puedo seguir haciéndolo en lo que queda de viaje hasta Hogwarts —le respondió Thomas, enfurecido, tomándome completamente por sorpresa.
—Pero la Directora pidió específicamente que yo fuera tu… —trató de excusarse Sack, tan sorprendido como yo ante la reacción de Thomas.
—¡Yo no necesito ningún guía! —lo interrumpió Thomas, haciendo un claro esfuerzo por controlar su voz y no gritar como un desaforado.
—Como digas. Yo solo quería ayudarte —reaccionó Sack, encogiéndose de hombros, visiblemente ofendido ante la reacción de Thomas. Mi compañero pareció tranquilizarse al escuchar aquellas palabras, pues sus labios se relajaron un poco, dibujando una especie de sonrisa.
—Lo sé… es solo que no necesito ayuda. En serio —insistió Thomas, esta vez en un tono más tranquilo. Sack asintió con la cabeza, aunque era obvio que no coincidía en aquel punto, y tras unos segundos, salió del vagón.
Thomas permaneció de pie varios segundos después de que el prefecto hubiera salido del vagón. Luego, como si hubiera salido de un trance, se dejó caer pesadamente sobre el sillón frente a mí, y soltó un resoplido resignado.
—Ya me parecía a mi que había pasado demasiado tiempo sin que algo de esto sucediera —se lamentó Thomas, más para si mismo que para mí.
—Perdona pero… yo no entiendo nada de lo que acaba de pasar, Thomas —le confesé, acercándome más a él, y sentándome sobre el borde de mi propio asiento, expectante.
Thomas frunció los labios, debatiéndose entre explicarme aquella extraña situación que acaba de suceder, o simplemente fingir que nada había pasado. Soltó nuevamente un suspiro, y entonces, extendió una de sus manos hacia sus anteojos de sol, tomándolos por el borde.
—¿Quieres entender lo que acaba de suceder? Bueno… aquí está la explicación, Ted —me dijo, mientras que se sacaba los anteojos.
Primero, todo lo que pude ver fueron sus ojos cerrados. Y entonces, abrió sus párpados.
Los ojos más celestes que jamás había visto en mi vida me devolvieron la mirada. Ojos tan celestes que parecían transparentes. Ojos tan celestes que parecían… ciegos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté yo, todavía algo sorprendido. Thomas se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, mientras que volvía a ponerse los anteojos.
—¿Por qué iba a contártelo antes? —preguntó en cambio. —Yo no soy un pobre chico ciego, Ted. Soy simplemente un chico más, que ve diferente.
—¿Diferente? —inquirí, cada vez más interesado en la persona sentada delante de mi.
—¿Sabes por qué no necesito de la ayuda de ese muchacho inepto para llegar a Hogwarts? —preguntó retóricamente, recuperando un poco su chispa al decir aquellas palabras. —Porque yo veo, Ted. Solo que de una manera diferente a como puedes ver tú, o el resto de las personas. Tú ves colores, formas, rostros. Yo en cambio, veo energía. Veo la esencia de las personas, Ted.
—¿La energía? —repetí, cada vez más estupefacto. Thomas sonrió.
—Claro… Energía, alma, como quieras llamarlo. Yo puedo verlo. Cada persona tiene su brillo, su color, su intensidad… —me explicó pacientemente Thomas, y un aire soñador llenó sus palabras. —Fue así que te reconocí en el andén. A ti y a tu familia.
—¿Qué fue lo que viste? —pregunté, sin poder evitar que una sonrisa comenzara a dibujarse en mi rostro.
—Vi a personas heridas, personas que han sufrido, que han perdido mucho… y sin embargo, brillan. Te digo Ted… tu familia tiene un brillo muy intenso. —me respondió Thomas, también sonriendo.
—Vaya… Thomas, es genial. —aquellas palabras se escaparon de mis labios. Thomas adquirió entonces una expresión seria.
—¿En serio lo crees? —preguntó, serio, enderezándose en su asiento.
—¡Claro que si! Tú puedes ver a las personas, Thomas —recalqué yo, sin poder creer que mi compañero no fuera conciente de lo que ello significaba. Thomas sonrió pícaramente.
—Y no solo eso, compañero… he aprendido a reconocer las distintas energías. Puedo diferenciar entre la gente que mágica y la no mágica, por ejemplo. —continuó abriéndose él.
—¿Sabías reconocerlos antes de recibir tu carta? —pregunté, confundido. Thomas asintió.
—Es raro… siempre supe que la magia existía, incluso antes de recibir mi carta. Yo podía ver todo ese poder moviéndose alrededor de algunas personas. Energía fluyendo desde ellos, haciendo cosas maravillosas… —comenzó a decir Thomas, sumergiéndose en sus propios recuerdos. —No sé cómo se ve la magia con tus ojos, Ted… pero si pudieras ver al menos un segundo lo que yo veo… —suspiró.
—Es sorprendente… —tuve que confesarle. Thomas rió.
—No te das una idea de todo el tiempo que he estado esperando este momento, Ted. Soñando con poder ser yo también parte de ese mundo que podía ver, pero al cual todavía no pertenecía… —Thomas me confesó su temor.
Y entonces, comprendí que mi teoría había sido equivocada. Había algo peor que pertenecer al mundo mágico y tener que esperar ansiosamente durante once años que llegue tu momento para poder ir a Hogwarts. Y era conocer al mundo mágico, pero no saber si algún día podrás siguiera pertenecer a él.
—Tú serás un excelente mago, Ted —soltó repentinamente Thomas.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunté yo, dudoso de aquellas palabras, pero muy deseoso de poder creerlas.
—Porque lo estoy viendo ahora mismo, Lupin. Tu energía no se parece en nada a del resto de la gente… es como si fuera un mezcla un poco rara, pero que en cierta forma, funciona bien… —comenzó a analizarme Thomas. Yo reí al escuchar aquellas palabras.
—Verás, Thomas… si creías que tú eras el más raro de este vagón, pues lamento decepcionarte. Yo tengo un secreto más grande para contar —me reí de mi mismo.
El resto del viaje lo dedicamos a contar nuestras historias. Nuestras vidas.
Yo le conté de mis padres, Remus Lupin, el Merodeador licántropo, y Nymphedora Tonks, la Aurora Metamorfomaga. De Andrómeda Tonks, la Black desheredada. De Harry Potter, el Niño que vivió. Le conté de los Weasley, de mi infancia. De la vida que había tenido, y de la vida que hubiera podido tener si Voldemort nunca hubiera existido. Hablé de mis miedos e inseguridades con respecto a Hogwarts. De lo mucho que había ansiado toda mi vida aquel momento. Y de las expectativas que tenía.
Y él me contó de su vida. Cómo había sido crecer sin ver, o mejor dicho, viendo diferente. De cómo había aprendido a descifrar lo que veía. De cómo podía ver la magia y reconocerla. De cómo había aprendido a arreglárselas solo. De su miedo a que la gente se enterara de su condición y lo discriminara. De sus inseguridades sobre si mismo. Sobre si sería capaz de hacer magia sin poder ver.
Aquella fue la primera vez que abrí mi corazón a un desconocido. Lo dejé entrar dentro de mi, conocer lo más profundo de mi ser. Mis sentimientos, mis miedos, mis amores, mis virtudes y debilidades. Todo. Y era extraño, porque en cierta manera, Thomas ya lo sabía todo de mi, tan solo con verme. Pero se sintió bien. Compartir todo aquello con alguien, y que me entendiera. Y a su vez, que la otra persona me abriera su corazón. Aquella fue la primera vez que aprendí a mirar verdaderamente. A ver más allá de lo que ven los ojos.
El viaje transcurrió en un santiamén, y antes de que fuéramos concientes de ello, nos encontrábamos en la estación de Hogsmeade. El tren detuvo su marcha, y las puertas del mismo se abrieron para dejarnos salir.
Thomas y yo esperamos a que nuestro vagón prácticamente se vaciara para salir del compartimiento y bajar del tren. Yo ya había puesto mis pies en tierra firme y me encontraba caminando hacia donde se agolpaba la multitud de estudiantes cuando comprobé que Thomas no me seguía. Giré sobre mis talones para encontrarlo de pie, petrificado, en el último escalón del tren.
—¡Ey! ¿Qué te sucede? —le pregunté, volviendo sobre mis pasos hacia donde Thomas se encontraba paralizado. Tenía cierta expresión de terror en el rostro.
—¿Y qué pasa si llego a necesitar ayuda, Ted? —soltó Thomas su último y mayor miedo de todos. Yo sonreí condescendientemente.
—No te preocupes. Me tienes a mi, Thomas —le aseguré, mientras que le daba una palmeada en el hombro, incitándolo a avanzar. Thomas me devolvió la sonrisa, y dio un paso, bajando finalmente del tren.
—Por cierto, Ted… puedes llamarme Tom. Mis amigos me llaman así —me dijo, mientras que caminábamos hacia la multitud.
—Tú llámame Teddy, entonces —le pedí yo.
Sabía que por delante me esperaba un largo y difícil camino. Sabía que Hogwarts iba a traer muchas satisfacciones, pero también muchos problemas, desafíos, desencuentros y fracasos. Pero ya no tenía miedo. Estaba listo para enfrentar lo que fuera que tuviera que venir porque no estaba solo.
A partir de aquel día, yo sería el que vería el mundo con los ojos, y Tom el que vería más allá de la realidad, el que vería con el alma.
Bueno, este era un capítulo que hace mucho tiempo quería escribir. Siempre pensé que Ted debía de tener a su lado un amigo especial. Y cuando Thomas vino a mi mente por primera vez, me lo imaginé especial, diferente al resto de la gente. Alguien dueño de un poder único y diferente. Alguien ciego, pero capaz de ver mucho más de lo que ve la gente común.
Espero que les haya gustado. Disfruté mucho de escribirlo, y espero que haya reflejado bien los miedos e inseguridades que muchas veces pueden venir junto con aquello que deseamos demasiado.
Respondo reviews de los capítulos 5 y 6:
G-Annie: muchas gracias por el review. Me alegro que te haya gustado el capítulo. Y espero que también disfrutes este nuevo one shot.
Rose Weasley de Malfoy: jaja, asi que tu favorito fue el capítulo 5? Sí, a mi también me gustó mucho escribir ese capítulo. Hay algo triste y conmovedor en las personas que mueren por amor. ¿Puede haber acaso una mejor forma de morir, que por alguien a quien amas? ¿Qué sentido puede tener una vida, si no esta orientada a amar? Si no puedes morir por nadie, entonces es que no has amado lo suficiente, y por lo tanto, no has aprovechado tu vida. Sí, la frase de Remus está en Los Guardianes Negros. Como dije al empezar esta historia, este fic esta basado en el Ted Lupin de "Albus Potter y los Guardianes Negros", asi que muchos datos van a ir coincidiendo entre ambas historias. En cuanto a la frase de Tonks... es una frase que a mi me gusta mucho... la idea de nosotros somos solo un segundo en el mundo, pero que el amor puede durar más... es lindo. En cuanto a Victoire... es una mujer enamorada. Las mujeres enamoradas lo pueden todo, jajaja. Con respecto al comentario del capítulo 6, ufff! Me hiciste sonrojar con eso de que Rowling debería envidiarme ajjaja. No creo que sea para tanto, pero me pone muy feliz que te haya gustado la descripción de volar, porque eres de mis mejores críticas en todos los fics!
Sofi: me alegra que te haya gustado tanto el capítulo 5, y que te haya hecho acordar a un momento personal tuyo. Eso significa muchísimo para mi, porque quiere decir que, como escritora, logré escribir algo con lo cual vos como lectora pudiste identificarte. Muchas gracias por compartirlo conmigo.
Nat Potter W: por favor, decime Gabi. Hace tanto que venis dejandome reviews que me hace sentir incómoda que me llames por el nombre completo ajaja. Me alegra mucho que te haya gustado el capítulo 5, y que te haya parecido una "lección moral". Creo que el mundo sería un lugar mucho mas lindo si la gente aprendiera a amar un poquito mas. =)
CrisitnaB: que bueno que te hayas emocionado! Tenia miedo de que el capítulo 5 tuviera demasiado "sensibilismo", por decirlo de alguna forma. Pero la verdad que es como yo imagino que me sentiría de estar en el lugar de Ted. Gracias por considerarme una de tus favoritos.
cocholat: gracias por el review! La verdad que "Memorias de Ted Remus Lupin" es un proyecto bastante ambicioso que se me ocurrió tras varios pedidos de algunas lectoras sobre un fic para Teddy, la estoy muy feliz con los resultados que esta dando. Me resulta todo un desafío literario cada vez que me tengo que sentar a escribir un nuevo capítulo, y suelen tomarme mucho tiempo, porque soy bastante perfeccionista. Pero lo disfruto mucho, y me alegra que ustedes como lectores también lo encuentren interesante para leer. Gracias nuevamente!
Alfredoi: que lindo encontrarte también por acá. Viniendo de vos, me tomó como todo un halago tu review. La palabras "increible" me dejo sorprendida, ajjaja. Muchas gracias por tomarte el tiempo para leer esta serie de one shots y me alegra que te hayan resultado buenos. Espero que sigas pensando lo mismo con este capítulo y los próximos. Saludos!
Atenea23: asi que tu eres una Victoire? Asumo entonces que debes de ser una persona que esta muy enamorada. Muchas gracias por el review... es todo un halago para mi que me digas que conseguí arrancarte una lágrima y una sonrisa al mismo tiempo. Gracias!
Gracias también a todos los lectores que no dejan reviews pero que siguen esta historia! Y perdón por la demora.
Saludos,
G.
