Capítulo 8: Dos leones, un águila y una serpiente
Pisé tembloroso el piso de piedra que se extendía delante de mí. Todo mi cuerpo temblaba de la emoción. Sentía mis manos sudorosas. Once años esperando estar allí…
—¿Nervioso, Lupin? —se burló al lado mío Tom, pero con solo mirarlo pude ver que él también estaba como yo.
Hogwarts era mucho más de lo que yo había imaginado. Mucho más de lo que mi padrino jamás podría haberme contado. La magia se podía sentir en cada esquina de aquel castillo. Caminé a los tropezones, girando a mirar todo a mi alrededor mientras que Hagrid nos guiaba a través del pasillo subterráneo que nos llevaría hasta el Gran Salón.
Tom caminaba confiado junto a mí, a pesar de su ceguera. No necesitaba bastón, y con el tiempo, yo aprendería a acostumbrarse a aquello. Porque Tom veía, solo que de una manera diferente al resto.
—¡Todos acérquense, por favor! —llamó repentinamente la voz de Neville Longbottom, un fiel amigo de Harry, y profesor de Herbología de Hogwarts. Todos obedecimos, y nos agolpamos alrededor de él.
Seríamos cerca de cincuenta estudiantes. Todos con las mismas miradas ansiosas y hasta preocupadas. Aquello me sirvió de consuelo, pues al menos, yo no era el único que se encontraba en estado de pánico.
—Gracias, Hagrid —le dijo el Prof. Longbottom al semigigante que nos había guiado en los barcos a través del Lago, hasta el castillo.
Hagrid le devolvió el saludo con una inclinación de cabeza, y haciendo un terrible estruendo a su paso, se alejó de nosotros, camino al Gran Salón.
—Mi nombre es Neville Longbottom, y les doy la bienvenida a Hogwarts —anunció el profesor de Herbologia, sonriente.
—¡Ey, Ted! ¡Es el loco que casi prende fuego mi casa! —me susurró Tom, entre risas. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reír y continuar prestando atención a lo que Neville decía en ese momento.
A pesar de que los años habían pasado, Neville seguía siendo la misma persona que mi padrino me había descripto de cuando eran niños y estudiaban en Hogwarts. Se lo continuaba notando inseguro, y nervioso frente a la obligación de ejercer un papel de autoridad. Pero indudablemente, se trataba de un hombre de gran corazón, que como yo y muchos otros, había sufrido enormemente en manos de Lord Voldemort, pero había sabido sobrevivir. Lamentablemente, durante estos veintidós años, me he cansado de conocer gente marcada por el horror de Tom Riddle. Somos muchos los que cargamos con el peso de varias generaciones atormentadas por el mal.
Neville explicó rápidamente lo que sucedería a continuación: nos formaríamos en fila, y entraríamos al Gran Salón, donde seríamos sorteados a nuestras casas correspondientes. Con cada palabra que decía, yo sentía los nervios ir creciendo dentro de mí, volviéndome loco. Ya no quería esperar. Quería ser sorteado de una vez por todas.
—¿Listos? ¡Vamos, entonces! —anunció Longbottom, con una sonrisa, y las gigantescas puertas del Gran Salón se abrieron.
Cuatro filas de mesas, largas y abarrotadas de estudiantes giraron inmediatamente a mirarnos, mientras que marchábamos hasta el frente del salón. Neville encabezaba la fila. Una vez en el frente, permanecimos a un costado, mientras que el Prof de Herbología traía el viejo y desgastado Sombrero Seleccionador, protagonista de algunas de las mejores historias de Harry Potter.
Fui incapaz de prestar atención a la canción del Sombrero. Ni tampoco presté atención a los nombres de aquellos compañeros míos que iban siendo sorteados, por orden alfabético. Mi mente se encontraba abstraída en ese instante, tratando de descifrar a dónde iría a parar yo. ¿Sería en Slytherin, donde mi abuela había aprendido a armarse de la fuerza y astucia necesaria para enfrentarse a los Black, y casarse con mi abuelo? ¿O sería Hufflepuff, donde mi madre había aprendido que hay que luchar y trabajar duro por aquello que se ama, y nunca bajar los brazos? ¿O sería Gryffindor, donde mi padre y mi padrino habían ganado la valentía necesaria para enfrentarse cientos de peligros por defender sus sueños? ¿O estaría mi lugar en aquella casa a la que yo tan olvidada tenía, la honorable Ravenclaw?
—Lupin, Ted Remus —me llamó el Prof. Longbottom, con una sonrisa.
Tardé en reaccionar y avanzar hasta el taburete donde se suponía que debía de sentarme. Sentía mi corazón sacudirse expectante en el pecho, y las miradas de los alumnos clavadas en mi, a la espera de la sentencia final del Sombrero.
Neville me dedicó un guiño amistoso antes de colocarme el Sombrero sobre la cabeza, y entonces, todo se oscureció.
—Mmm… ¡Pero qué jovencito más particular! —me habló una voz al oído, haciéndome saltar levemente del asiento. —Creo que nunca había visto a alguien como tú… tu padre era diferente, y tu madre sin duda era diferente… pero tú, muchacho, eres único —continuó hablando la vocecilla.
Yo no me animé a interrumpirlo en su debate personal. No quise interferir en la decisión del Sombrero, fundamentalmente, porque no sabía exactamente qué era lo que quería. ¿Slytherin? ¿Hufflepuff? ¿Gryffindor? ¿Ravenclaw?
—¿Por qué dudas tanto, muchacho? Si es más que obvio que alguien como tú no podría estar en otro lugar que en... ¡GRYFFINDOR! —gritó repentinamente el Sombrero.
E inmediatamente, un barullo se elevó en el Salón. En cuanto el Prof. Longbottom me quitó el Sombrero de la cabeza pude ver que la mesa de los Leones había estallado en aplausos, gritos y silbidos. Y entonces comprendí que el Sombrero tenía razón: yo pertenecía a Gryffindor. Esa mesa era mi lugar. Todas mis dudas se desvanecieron en ese instante.
Una gigantesca sonrisa se dibujó en mi cara mientras que caminaba hacia me nueva mesa y recibía gustoso los saludos de los alumnos vestidos de rojo y dorado. Me senté junto a otro muchacho que acaba de ser sorteado también para la casa de Gryffindor, como yo. Era un chico moreno, de amplia y blanquísima sonrisa, y mirada verde. Me saludó con una inclinación de cabeza en cuanto estuve junto a él.
—Así que seremos compañeros, ¿eh? —me dijo, mientras que extendía su mano hacia mi.
—Eso parece —coincidí, sin poder esconder mi felicidad por pertenecer a la misma casa que mi padre—. Mi nombre es Ted Lupin —le dije, mientras que estrechaba su mano.
—Richard Fox —se presentó—. ¿Conoces a alguno de los otros chicos? —me preguntó Richard, mientras que volvía su atención hacia la fila de niños que todavía esperaba para ser sorteados. Recién entonces caí en cuenta de que la Ceremonia aún no había terminado.
—Sí, conozco al chico de gafas negras. Su nombre es Thomas White —le dije, mientras que señalaba disimuladamente a quien más tarde se convertiría en uno de mis mejores amigos—. ¿Y tú, conoces a alguien? —inquirí con sincera curiosidad. Ansiaba comenzar a conocer la gente que compartiría conmigo los próximos siete años. Richard asintió enérgicamente, mientras que su mirada viajaba hacia la mesa de Slytherin.
—¿Ves a la muchacha de es idéntica a mi pero en mujer? —me dijo, mientras que señalaba a una chica de tez oscura y ojos verdes—. Pues es mi hermana melliza, y acaba de ser seleccionada a Slytherin —agregó luego con cierta tristeza.
Yo no pude evitar chasquear la lengua, casi de forma reprobatoria ante aquel comentario. Han de entender que yo crecí entre serpientes y leones. Nunca entró dentro de mi pensamiento la idea de que Gryffindor y Slytherin no eran compatibles. El tiempo terminaría por darme la razón.
—No deja de ser tu hermana por estar en Slytherin —le dije, en tono de burla. Richard rió nervioso.
—Lo sé… pero quería que estuviera en mi misma casa —confesó el joven Fox, mientras que lanzaba una mirada de soslayo a su hermana.
—Oh, no te preocupes… la única diferencia está en que ella tendrá otra Sala Común —traté de alentarlo.
—¿Y qué hay de las mesas separadas por casas? —insistió Richard.
—Bueno… nunca escuché que hubiera una ley que prohibiera que estudiantes de distintas casas se sentaran a comer juntos en una misma mesa… —le respondí. Richard pareció entusiasmarse ante la idea de que, después de todo, no tendría que separarse definitivamente de su hermana.
—White, Thomas —escuché en ese instante la voz de Neville Longbottom llamando a mi amigo.
Tom avanzó sin miedo alguno hacia el taburete. Se mostraba seguro, y una sonrisa pícara le surcaba el rostro. El Sombrero apenas rozó su cabeza antes de gritar:
—RAVENCLAW
Y la mesa de las águilas estalló en aplausos y saludos de bienvenidas para su nueva adquisición. Inevitablemente, la sonrisa se comenzó a borrar de mi rostro mientras veía avanzar a Tom hacia la mesa de Ravenclaw. Hasta entonces, había guardado la esperanza de que los dos termináramos en la misma casa.
—Ey, no deja de ser tu amigo por estar en Ravenclaw —me comentó Richard, cómplicemente.
—Lo sé —confesé, recuperando débilmente la sonrisa.
¿Sería un impedimento para nuestra amistad el hecho de que Tom estuviera en Ravenclaw? Recordé entonces a Luna, la amiga de mi padrino, que había pertenecido a la misma casa, y se había convertido en una de sus mejores amigas. Había sido nombrada como madrina de Albus, el segundo hijo de Harry. Y Lily, la más pequeña de los tres hermanos Potter, llevaba por segundo nombre el de ella.
No, claro que Ravenclaw no sería un impedimento para mi amistad con Thomas White. Como tampoco Slytherin lo sería para Richard Fox.
Richard resultó ser un muchacho carismático, y sumamente hablador. Durante el resto de la comida, Richard, o Rick como terminaría diciéndole con los años, me contó que había pasado gran parte de su vida en Estados Unidos. Sus padres habían huido de Inglaterra durante la Segunda Guerra contra Voldemort, y habían encontrado asilo en Nueva York, donde vivían sus abuelos maternos, ambos muggles.
Luego de que la guerra terminara, el Sr. y la Sra. Fox decidieron quedarse indefinidamente en la ciudad que nunca duerme. Pero ambos habían coincidido en que, si algún día tenían un hijo, querían que fuera a estudiar a Hogwarts. Y así fue como los mellizos Fox, Richard y Felicity, terminaron en Hogwarts.
—¿Interrumpo algún debate filosófico de radical importancia para la humanidad? —rió una voz femenina. Había cierta acidez en aquellas palabras, un aire sin duda burlón. Aquellas fueron las primeras palabras que le escuché decir a Felicity Fox, la hermana de Richard. Y con los años, terminaría acostumbrándome a su humor áspero e irónico.
—Ted, ella es mi hermana —dijo Rick, aunque no había necesidad de hacer aquella presentación. Sin duda, eran idénticos, con la pequeña diferencia de género.
Recuerdo que lo primero que pensé sobre Felicity era que se trataba de una chica muy bella. Peligrosamente bella. Y los años terminarían por demostrarme que tenía razón. Felicity se convertiría en una de las mujeres más lindas de Hogwarts, y como buena Slytherin, no dudaría en usarlo a su favor.
—Un placer conocerte, Ted. Veo que mi hermano ya te está aburriendo con nuestra vida yankee, ¿no? —volvió a burlarse Felicity, aunque le dirigió una sonrisa amistosa a Rick.
—Y veo que tú te estas aburriendo sobremanera en la mesa de las serpientes para arrastrarte hasta aquí a escuchar mi aburrido discurso —le devolvió el golpe Rick, sonriendo de lado. Ella le sacó la lengua en forma burlona.
—Creo que no le caigo muy bien a mis nuevas compañeras —confesó Felicity, lanzando una mirada confundida hacia la mesa de Slytherin.
—Es porque eres bonita —dijo repentinamente la voz de Tom.
Felicity, quien no había visto llegar al amigo de Ted, se sonrojó ante aquellas palabras. Rick la miró sorprendido. Más tarde, mi nuevo amigo me confesaría que su hermana nunca se sonrojaba ni sentía vergüenza. Y efectivamente, yo mismo comprobaría la veracidad de aquellas palabras con nuestros años en Hogwarts. Tom sería, siempre, la única excepción a esa regla. El único capaz de hacerla sonrojar.
—¿Creen que alguien nos rete si me siento un rato aquí? Ya terminé de comer, así que no voy a robarle la comida de los voraces leones —bromeó Tom. Ni siquiera esperó a mi respuesta para sentarse frente a mí.
—Pues si él puede sentarse aquí, yo también —recuperó el habla Felicity, empujando a su hermano para que le hiciera un lugar.
Aquella fue la primera vez que los cuatro nos sentamos juntos. La primera de muchas otras veces. De hecho, de allí en adelante, no recuerdo comida en la cual nos sentáramos separados. Al principio, algunos de los estudiantes más grandes nos miraban extrañados. Pocos nos dirigían miradas desaprobatorias. La mayoría, simplemente lo ignoraba. Y con el paso de los años, todos se acostumbrarían a ver sentados juntos a dos leones, un águila, y una serpiente.
¿Cómo fue que nos hicimos amigos? No estoy muy seguro. Talvez fue ese mismo día, en ese instante en que nos sentamos todos juntos, y compartimos la mesa durante el tiempo que quedaba. O talvez fue durante las comidas que le siguieron, o cuando nos empezamos a juntar en la biblioteca para hacer los deberes, o cuando salíamos todos juntos a caminar por los jardines del castillo, o cuando gracias al Mapa del Merodeador, podíamos escaparnos por las noches y reunirnos en aulas vacías a charlar hasta altas horas, mientras que comíamos golosinas robadas de la cocina.
No estoy seguro en qué momento fue que establecí ese vínculo tan intenso con esas tres personas. Porque somos tan diferentes los cuatros… y sin embargo, no puedo imaginarme un mejor grupo de amigos que ese.
Una comida fue todo lo que bastó para que los lazos comenzaran a trenzarse entre nosotros cuatro. Lazos que nos mantendrían unidos durante los siete años que todavía restaban por cursar. Lazos que serían puestos a prueba en varias ocasiones.
Dicen que la amistad está repleta de buenos momentos. Pero nadie nos habla nunca de los malos momentos. Porque existen. Son reales. Y nos tocan a todos.
Quisiera poder decir que mi vida es perfecta. Quisiera poder asegurarles que siempre he tenido momentos felices. Quisiera poder decirles que nunca he sufrido, que nunca he llorado. ¡No saben cuánto deseo poder decir que mi vida esta llena solo de momentos felices!
Pero no es verdad. Y no me mal interpreten. Me ha tocado vivir muy buenos momentos. Momentos muy felices. Pero también he vivido mucho dolor, mucha tristeza. Momentos muy malos.
La gente siempre nos habla de los buenos momentos que compartimos con nuestros amigos. Dicen que esos son los recuerdos que más nos quedan. Yo no pienso lo mismo. Los momentos que yo más recuerdo fueron los malos momentos. Momentos en los que el mundo entero se me tiñó de negro. Porque fue en esos momentos, donde sentí más que nunca la necesidad de que alguien me tendiera una mano.
Y tuve suerte. Yo tenía tres personas dispuestas a tenderme una mano. Tres personas dispuestas a acompañarme en medio de ese mundo gris que me estaba abrumando. Así que si me lo preguntan a mí, yo no mido a mis amigos por los buenos momentos. Yo los mido por los malos momentos que vivimos, y que supimos superar juntos.
Mis amigos no son perfectos. Y yo tampoco lo soy. Nos hemos equivocado, y mucho a lo largo de estos años. Nos hemos peleado, muchas veces, y nos hemos vuelto a amigar todas las veces. Hemos estado en desacuerdo en muchas cosas, y hemos criticado mucho el uno al otro. Pero siempre hemos sabido estar el uno para el otro. Siempre. Nos hemos apoyado incluso cuando no coincidíamos del todo. Crecimos juntos, nos equivocamos juntos, y aprendimos juntos. Compartimos amores y desamores, encuentros y desencuentros. Compartimos muchas risas, pero también, muchas lágrimas.
Y al final de cuentas, eso es lo que queda: momentos. Buenos o malos, no importa. La vida está hecha de momentos. Lo importante es con quién los compartimos.
Es un capítulo corto, lo sé. Pero me pareció lindo contarles cómo fue que Teddy conoció a su grupo de amigos. O al menos, al grupo de amigos que yo me imagino. Espero que les guste...
Leí todos los reviews! Y se los agradesco muchísimo. En gran parte, son esos reviews los que hacen que yo me siga animando a escribir estos one-shots de momentos en la vida de Teddy... ;) Quisiera poder darles una respuesta a todos... pero estoy con muy poco tiempo y queria subirles este capítulo pues hace mucho que no actualizo esta historia (pobre ted... lo tengo abandonado!)
Gracias nuevamente, y espero ansiosa sus opiniones al respecto!
Saludos,
G
