Capítulo 9: El momento exacto

En general, la gente no reconoce el momento exacto en que se enamora de otra persona. Suele ser algo gradual, que lentamente los va invadiendo, hasta que repentinamente, sin saber cómo, sin saber por qué, esa persona se ha convertido en lo más importante en sus vidas. Todo gira en torno a ella, y nada tiene sentido si no puede ser compartido con esa persona única y especial.

Pero yo soy un caso diferente. Yo recuerdo el momento exacto en el que me di cuenta de que me había enamorado. Y no solo enamorado. Recuerdo el momento exacto en que me di cuenta que esa chica era la mujer con quien quería pasar el resto de mi vida.

Era mi último año en Hogwarts, y con Tom, Rick y Felicity ya habíamos organizado el viaje que haríamos terminado aquel año.

Habíamos decidido que necesitábamos un poco de aventura, conocer el mundo más allá de Hogwarts, más allá de Londres. Así que nos iríamos de viaje a América del Sur. Una tierra llena de magia, magia de la que nosotros sólo habíamos escuchado en los libros. Podríamos ver cosas con las cuales algunas personas simplemente pueden soñar. Y recorreríamos países de asombrosa belleza. Sería un viaje de un año completo, o talvez incluso más tiempo. No había límites para nosotros.

Los exámenes habían terminado, y para coronar el año, habíamos ganado la Copa de Quidditch. Así que para festejar, los alumnos de séptimo año de Gryffindor decidimos organizar una fiesta en la Sala Común para la última noche antes de volver a casa.

Recuerdo que para aquella ocasión Rick agradeció una vez más, como lo había hecho cientos de veces durante esos siete años, que mi padrino me hubiera dado el Mapa del Merodeador para mi cumpleaños número once. Fue gracias a ese maravilloso trozo de pergamino que conseguimos las cervezas de manteca a tiempo para la fiesta.

Decoramos todo el Salón de rojo y dorado. Guirnaldas y globos sobrevolaban toda la sala, y varios destellos de luces mágicas se encendían cada tanto y zumbaban por el lugar, para desaparecer sin dejar señales.

Otro de mis compañeros, Doug, se hizo cargo de la música, sorprendiéndonos a todos con algunos de los mejores temas que los muggles hayan compuesto jamás.

Pusimos una única condición: todos debían asistir a la fiesta con máscaras. ¿Por qué? Pues no había un verdadero motivo. A serles sinceros, simplemente nos pareció divertido organizar una mascarada.

La noticia de la gran fiesta de Gryffindor se difundió rápidamente por entre las demás casas, y las diferencias entre colores y banderas parecieron quedar de lado a las hora de divertirse. Alumnos de las cuatro casas se entremezclaron el la sala común de Gryffindor, que para aquella noche resultó llamativamente pequeña. Y una vez más, mis queridos amigos agradecieron enormemente a mi padrino, y a los famosos Merodeadores por su impecable creación. De no haber sido gracias al mapa, los alumnos de otras casas nunca hubieran llegado a la Sala sin ser descubiertos antes. Felicity se encargó de guiar a los de Slytherin. Y Tom, quien había entablado muy buenas relaciones con otro muchacho de Hufflepuff llamado Piers, se ofreció a guiar no solo a llas águilas, sino también a los hurones.

Lo que había empezado como un pequeño festejo se había convertido en una impresionante fiesta, de la cual únicamente quedaban restringidos los más pequeños, por cuestiones de seguridad.

Y ustedes se preguntarán, ¿por qué les hablo tanto de esta fiesta? Porque fue justamente entre medio de tanta gente, de música demasiado fuerte, y máscaras por todos lados, que reconocí a la mujer de mi vida.

Todavía la recuerdo bajando las escaleras de las habitaciones de mujeres de Gryffindor. Lucía una túnica color plata, y el cabello rubio suelto sobre los hombros, como a mi me gusta. Bajaba junto a su mejor amiga, conversando alegremente. Llevaba puesta una máscara plateada, que le enmarcaba sus ojos azules, y dejaba al descubierto su nariz puntiaguda, sus mejillas sonrrosadas y sus labios curvilíneos. Y mientras que bajaba las escaleras y se abría camino entre la gente, la escuché reír. ¡Cómo me gustaba esa risa! ¡Cómo me encandilaba esa mirada! Estaba paralizado en mi lugar, atontado por su belleza, hipnotizado por su risa. Y sin embargo, por más que muchos piensen que ése fue EL momento, se equivocan.

El momento vendría varias horas más tarde, cuando abrumado por su indiferencia, me escapé hacia la terraza de la torre, a tomar un poco de aire fresco. Tengo fresca en la memoria la sensación del viento tibio de verano rozándome el rostro. Recuerdo perfectamente que me incliné sobre el barandal de la terraza, y durante largos minutos permanecí ensimismado observando la luna.

—¡Oh, mujeres! No podemos vivir con ellas, no podemos vivir sin ellas —rió repentinamente la voz de Tom White. El muchacho apareció en la terraza con sus característicos anteojos negros y una sonrisa burlona en los labios. —Te he estado buscando, Lupin… Allí abajo está teniendo lugar una de las mejores fiestas de mi vida, y tú te encuentras aquí, solo, como un lobo mojado aullando a la luna —continuó burlándose su amigo, mientras que se acercaba a mi, y se reclinaba también sobre la baranda.

—Creo que has bebido de más, compañero —me burlé yo al sentirle el olor a hidromiel. Tom bufó, mientras que hacía un gesto con la mano como si descartara aquel comentario.

—Mañana estaremos dejando este lugar para siempre, Lupin… ¿has pensado en eso? —comentó repentinamente Tom, adquiriendo una expresión melancólica.

—Es raro, ¿no crees? Terminar Hogwarts… —agregé, pensando por primera vez seriamente en ello.

—Pues… Hogwarts es genial, pero… ¡no esperan tantas cosas allá afuera, compañero! ¡El mundo es nuestro! —gritó Tom, mientras que se inclinaba peligrosamente sobre el borde del balcón.

—Tranquilo, Señor del Mundo —me reí, mientras que lo empujaba un poco hacia atrás, temeroso de que cayera.

—Todo saldrá bien, Lupin… en una semana estaremos en México, y a partir de allí… ¡quién sabe a dónde iremos a parar!

—Será increíble —coincidí, emocionándome nuevamente con la idea del viaje.

—Claro que lo será —aseguró Tom, y repentinamente, me aferró del cuello con su brazo, y me acercó a él—. Ahora, hazme un favor… baja a esa fiesta, busca a esa chica, y dale un beso de una vez por todas —le susurró por lo bajo, y luego lo soltó.

—Estás borracho —reí, aunque sabía a qué se refería con aquel comentario.

—Al menos yo estoy borracho de alcohol, pero tú... ¡tú, Lupin, estás borracho de amor! —se burló de mi mientras que bajaba las escaleras, sin darme tiempo a retrucarle nada.

Habían pasado tan solo unos segundos cuando escuché nuevamente pasos en las escaleras. Sonreí para mis adentros, convencido de que se trataba de White, quien regresaba para gastarme alguna otra broma que se le había ocurrido en el camino.

—Si has venido para ser molestándome con todo eso del amor te voy a tirar por el balcón —dije en broma, mientras que giraba en dirección a la puerta de acceso a la terraza.

Quedé mudo al percatarme que no se trataba de Tom White, ni de mi amigo Rick Fox, ni su hermana Felicity.

—No tengo intenciones de molestarte… pero si lo deseas, puedo irme —me dijo Victoire, detrás de su máscara de plata. Una sonrisa parecía vacilar en sus labios, como si dudara sobre mi respuesta.

—No, por favor… quédate —prácticamente le rogué, sin poder quitar mis ojos de los suyos.

—Me gusta cómo llevas el pelo hoy… pareces de mi familia —rió Vicky, mientras que señalaba con un dedo mi cabello, el cual lucía de rojo furioso para aquella ocasión. Yo también reí, mientras que inconcientemente me rascaba la cabeza.

—Quería que hiciera juego con mi máscara —señalé. Hoy me doy cuenta de lo estúpidas que fueron aquellas palabras. Pero Vicky estaba sonriendo en ese instante, y nada más importaba.

—Han organizado una linda fiesta —comentó ella, caminando algo indecisa hacia mi. Aquello me sorprendió.

Yo conocía a Victoire Weasley. La conocía demasiado bien. Y sabía que ella nunca vacilaba. Era una mujer segura de sí misma, que caminaba siempre con la frente en alto.

Y sin embargo ahí estaba ella, con la mirada perdida en el suelo, en un claro intento por evitar encontrarse con mis ojos, que no podían dejar de observarla. Jugaba inquietamente con sus manos, haciendo tamborilear los dedos contra el borde de la baranda. Sonreí al comprender lo que le sucedía: Victoire Weasley estaba nerviosa.

—Me alegro que te haya gustado —intenté retomar la charla. Repentinamente ella levantó sus ojos y los clavó en mí. Y toda mi seguridad de hombre se desbarrancó con esa mirada.

—Todavía no ha terminado, Ted —dijo casi en un susurro.

Estábamos tan cerca… podía sentir su perfume, sobrevolando el aire, llegando hasta mi, tentándome a reducir la distancia que me separaba de ella. Tan dulce… tan angelical… estaba convencido de que se estiraba mi mano para tocar la piel de su rostro, ella se esfumaría en el aire. Porque aquello no podía ser real. Tenía que ser un sueño.

El tiempo pareció detenerse para nosotros dos en esa terraza, en esa mirada. Ya nada más importaba… solo nosotros, allí.

Y entonces, una explosión se escuchó desde una de las ventanas de la torre de Gryffindor, y repentinamente, el cielo se iluminó con los destellos de los fuegos artificiales que seguramente Hamilton Knight, capitán del equipo de Quidditch, estaba lanzando en ese instante.

El sonido estruendoso de los artificios nos tomó por sorpresa, sobresaltándolos. Y en un segundo, todo el clima se había desvanecido. Victoire volvió a desviar la mirada, esta vez hacia el cielo nocturno, donde brillaban luces de todos los colores. Yo me maldije a mi mismo por dentro. ¿Cómo pude ser tan estúpido de dejar pasar ese momento único?

—Creo… creo que es hora de irme a dormir… —habló repentinamente Vicky. Aquellas palabras fueron como un puñal en mi pecho. ¿Irse? ¿Ahora? —Buenas noches, Ted — se despidió, y inclinándose hacia mí, me dio un beso en la mejilla.

Y mientras que la veía caminar de regreso hacia la puerta de la terraza, supe que había dejado pasar el momento. Y que nunca me perdonaría no haberla besado allí mismo, en esa terraza, ese día.

No sé por qué lo hice. Sólo sé que no podía dejar que aquel fuera el final. Sólo sé que no estaba dispuesto a dejar pasar el momento.

Recorrí a paso rápido los escasos metros que Victoire había recorrido, y antes de que pudiera llegar a tocar el picaporte de la puerta, la tomé de la muñeca, reteniéndola. Ella giró instintivamente a mirarme, sorprendida y feliz. Sí, podía leer en sus ojos de que se alegraba de que yo la hubiera detenido.

—No te vayas todavía —le pedí, mientras que daba un paso más hacia ella, todavía sujetándola por la mano, como si tuviera miedo que fuera a escaparse en cualquier instante.

—¿Por qué? —me preguntó en un hilo de voz casi inaudible.

—Porque hay algo que quiero hacer antes de que te vayas —le confesé, y antes de que pudiera decir otra palabra, me incliné sobre ella, y la besé.

Y entonces lo supe. En el instante en que mis labios tocaron los de ella, lo supe. Supe que la amaba. Supe que nunca encontraría otros labios como los de ella. Supe que nadie me haría más feliz que ella. Supe que estábamos hechos el uno para el otro.

Ese beso, ese instante en la terraza… ese fue el momento exacto en que me enamoré de Victoire Weasley. Recuerdo mi corazón latiendo desbocado en mi pecho, mezcla de miedo y felicidad. Recuerdo el sabor dulce de sus labios, la suavidad de su piel cuando me animé a tocarle la mejilla. Recuerdo cada detalle de ese instante… porque fue uno de esos momentos únicos en la vida de una persona. Esa clase de momentos que nos marcan profundamente, y nos definen como seres humanos. Esos momentos que nos traen hasta el lugar en que nos encontramos ahora.

Fue un beso breve, tímido, casi robado. Pero bastó. Y lo supe en cuanto me separé de sus labios, y la volví a mirar a los ojos. Había otro brillo en aquella mirada azulada.

—Hace mucho que vengo esperando este momento, Ted Remus Lupin —se burló de mi ella, y me abrazó.

El último fuego artificial de Hamilton brilló entonces sobre la torre de Gryffindor, iluminándonos de rojo y dorado. Yo me aferré a la espalda de Victoire como un náufrago a la orilla, deseando poder quedarme allí para siempre.

Hoy, casi tres años después de dicho evento, sigo sintiéndome igual. Y estoy convencido de que es algo que jamás cambiará. Victoire Weasley siempre será mi refugio, mi orilla. Siempre será mi momento exacto.

Yo, por mi parte, simplemente espero poder ser siempre el de ella.


Sé que me tardé bastante, y que este capítulo es bastante breve... pero bueno, era un momento de la vida de Lupin que hace mucho que vengo deseando escribir. Solo espero que les haya gustado...

Como podrán notar, he hecho un salto cronológico muy importante en la vida de Ted... aprovecho para recordarles a los lectores que este fic no transcurre en orden cronológico, sino que son una serie de one-shots agrupados juntos, pero que no tienen una continiudad literal el uno con el otro (por supuesto que si se relacionan entre sí, pero no son continuaciones el uno respecto del otro). Hay mucho eventos de la vida de Ted que transcurren en Hogwarts y que todavía no les he relatado... pero quédense tranquilos, que lo haré.

Para los lectores que también me acompañan en mi saga de Albus Potter, les cuento que "El Templo de Hades" está llegando a su fin... quedan solo un par de capítulos, asi que los invito a leerlos!

Gracias a todos por sus reviews, y me haría muy feliz que si leen esta historia me dejen un review comentándome qué les ha parecido!

Saludos,

G.