Capítulo 11: La familia Potter

No tengo recuerdos de mis padres. Ni uno solo.

No recuerdo sus rostros. No recuerdo sus voces, ni sus risas. No sé cómo se sentían sus abrazos ni sus caricias. No guardo ningún registro de sus besos o sus abrazos.

Murieron cuando yo era demasiado pequeño para recordar. Y ahora, solo viven a través de los recuerdos compartidos por otros. Recuerdos de personas que sí los conocieron. Que vivieron y compartieron momentos con ellos.

Conozco a mis padres a través de los ojos de los demás. Retazos y fragmentos de una vida pasada. La abuela Andrómeda me cuenta de mi madre cuando era pequeña, y el tío Harry me habla de mi padre en sus años como Merodeador y, más tarde, como profesor de Hogwarts. Los Weasley recuerdan los momentos compartidos durante los años de la guerra, mientras peleaban codo a codo en la Orden del Fénix.

Y yo no puedo evitar sentirme feliz y triste al escucharlos. Me aferro a cada uno de esos recuerdos, de sus historias, de sus anécdotas, de las cartas que escribieron, de las fotos que se sacaron… Es lo más cerca que jamás estaré de ellos. Y es terriblemente doloroso.

A veces, roza el masoquismo. Deseo saber más de ellos, escuchar un poco más, conocerlos un poco mejor. ¿Quiénes eran sus amigos? ¿Qué música los hacía bailar? ¿Qué libros leían en sus horas libres? ¿Cuál era su sabor de gragea favorita? ¿Qué cosas los hacían reír, y qué cosas los hacían llorar? ¿A qué le temían? ¿Cómo se imaginaban que iban a ser sus vidas? ¿Les gustaba el quidditch? ¿Cómo fue que mi padre terminó con el apodo de Lunático? ¿Cómo lograron los Merodeadores fabricar el Mapa? ¿Cómo fue que mi madre se decidió a ser Aurora? ¿Cómo eran las transformaciones de mi padre durante la luna llena? ¿A qué edad mi madre logró dominar sus habilidades de metamorfomaga? ¿Cómo se enamoraron? ¿Cómo y por qué se unieron a la Orden del Fénix?

Y cada nueva pregunta que logro responder, cada nuevo dato que logro extraer de sus pasados, tiene un sabor agridulce. Cuanto más me acerco a ellos, cuanto más los conozco, más lejos me siento. Más consciente soy de que eso es todo lo que alguna vez conseguiré. Fragmentos. Recuerdos. Pedazos de una vida truncada. Y un sabor amargo residual, que me recuerda que ya no están aquí.

Después están todas esas preguntas para las que jamás encontraré respuestas. Preguntas sobre lo que podría haber sido si la Segunda Guerra Mágica nunca hubiese tenido lugar. Si mis padres no hubiesen muerto peleando contra Voldemort. La familia que podríamos haber formado... La vida que podríamos haber disfrutado juntos.

Harry siempre lo entendió. Él mejor que nadie sabe lo que se siente. Los dos cargamos la misma cruz. El mismo dolor. El fantasma de una familia destrozada por la violencia y la muerte. Y la fortaleza para salir adelante, a pesar del dolor. Lo más difícil de ser huérfano no es perder a tus padres. Es tener que vivir el resto de tu vida sabiendo que ellos nunca serán parte de ella. Y aún así, mis padres forman parte de mí de una forma que es imposible de explicar, a un nivel más allá de la lógica y el entendimiento. Harry me dice que me parezco mucho a Remus, pero que tengo la misma sonrisa de Tonks. Andrómeda afirma que heredé la valentía de mi padre y la fortaleza de mi madre. Yo no sé que creer. Pero me gusta pensar que es verdad. Me hace sentir más cercano a ellos, como si todavía estuviesen aquí conmigo.

Si creen que mi historia es triste, esperen a escuchar la historia de mi padrino. Es imposible no admirarlo después de escuchar todo lo que ha tenido que sobrevivir. Harry ha logrado salir adelante contra todo pronóstico, superando todas las adversidades que la vida le lanzó en su camino. Y a pesar de todo, de la destrucción, de la muerte y del sufrimiento, ha logrado mantenerse genuinamente bueno. No guarda rencor en su corazón, ni deseos de venganza, ni resentimientos. Ha aceptado su papel en este mundo con estoicismo, y se ha mantenido fiel a sí mismo.

Tal vez es por ello, porque él conoce la soledad y el dolor que conlleva la ausencia de una familia, que se ha esforzado más allá de lo humanamente imaginable para que yo nunca tenga que sentir esa ausencia. El mejor padrino que mis padres podrían haber elegido. Mucho más que un padrino, de hecho.

Harry es un padre para mí. Y hoy puedo decir, sin un atisbo de duda en mi corazón, que yo soy un hijo para él. ¿Por qué estoy tan seguro de esto? Bueno, puedo enumerar un millar de razones, pero me conformaré con contarles una de mis anécdotas favoritas. Un ejemplo de porqué Harry Potter es el hombre más increíble que existe en este planeta.

Yo tenía catorce años. Para entonces, ya había alcanzado prácticamente la altura que tengo ahora como adulto, aunque todavía mantenía un aire desgarbado y flacucho. No fue hasta después del despertar de mi mitad lobuna, un año más tarde, que mi cuerpo terminaría de moldearse y adquirir su aspecto más maduro. Pero ya por ese entonces estaba claro que el niño en mí había quedado atrás. Y yo hacía mi mayor esfuerzo por hacerlo notar.

Después de debatirme entre todos los colores habidos y por haber, me había decidido por llevar el pelo de color azul. Victoire comentó un día que le gustaba cómo ese color combinaba con mis ojos, y eso fue suficiente para que yo me decidiera por el azul.

La abuela Andrómeda no estaba del todo contenta con mi elección. Ella siempre ha sido un poco… tradicionalista. Supongo que son gajes propios de haber crecido en una familia aristocrática. El azul era demasiado rebelde para ella.

—Ya no eres un crío, Edward. No puedes ir por ahí con el pelo de ese color. Falta que te tatúes los brazos y te confundirán con un convicto —me criticó Andrómeda una mañana ese verano, al comprobar que mi reciente resolución de dejarme el pelo de ese color se mantenía firme con el paso de los días.

—El tío Sirius tenía un montón de tatuajes —intenté defenderme, con una sonrisa divertida en los labios. Andrómeda me lanzó una mirada fulminante.

—El tío Sirius era un convicto —me recordó ella, pero la comisura de sus labios se curvaron levemente, y supe que la pelea estaba ganada. El tío Sirius Black siempre había sido el primo favorito de la abuela.

Mi ropa tampoco ayudaba a mi aspecto de delincuente juvenil. La mayoría de mis remeras eran de quidditch. Mi favorita era la camiseta oficial de las Holyhead Harpies que la tía Ginny me había regalado en Navidad un par de años atrás, y que ahora estaba descolorida y manchada debido al exceso de uso. Mi segunda camiseta favorita había pertenecido una vez a mi madre. Era una remera de cuello redondo, negra, y tenía escrito en la parte delantera el nombre de la banda de música favorita de Nymphadora Tonks: Las Brujas de Salem. En esa época todavía me entraba, aunque comenzaba a quedarme algo corta, pues claramente yo prometía ser más alto que ella. Pero todavía no me había resignado a dejar de usarla por aquel entonces.

A pesar de que mi abuela se ocupaba de comprarme túnicas hechas a medida, yo seguía prefiriendo los cómodos y clásicos vaqueros muggles. Y siempre que alguien criticaba mi elección, la tía Hermione me defendía ferozmente, argumentando que no había nada malo con la ropa muggle y que si los magos se acostumbraran a usar más vestimenta como la mía entonces no desentonarían tanto en el mundo no mágico. Pero bueno, la tía Hermione siempre ha sido una rebelde encubierta (tan bien encubierta que ni ella misma se ha dado cuenta aún).

Mi aspecto estaba rematado por un collar con un diente de dragón que el tío Charlie me había regalado para mi último cumpleaños, y yo lo llevaba orgullosamente colgando de mi cuello. Mi amigo Rick se había puesto como loco al verlo, y me había rogado que le consiguiese uno igual. Felicity, su hermana, me había ordenado que bajo ningún punto de vista lo hiciera. Por lo visto, Richard planeaba usar el colgante como una estrategia de conquista. Se había inventado toda una historia que involucraba una escoba y su fabulosa habilidad como jugador de quidditch, en la cual él mismo arrebataba el colmillo de las fauces de un feroz dragón para luego escapar victorioso con el trofeo. Thomas White se había reído por lo bajo al escucharla, meneando la cabeza con la resignación propia de quien sabe que se encuentra ante una causa perdida. Yo, por supuesto, le prometí que le conseguiría uno igual, aunque me aseguré de hacerlo a escondidas de Felicity (cuando quiere, la chica puede ser aterradora). ¿Cómo podía negarme? ¿Tienen idea de las potenciales anécdotas que iban a surgir si Richard Fox finalmente ponía en marcha su plan de conquista? ¡Nos daría suficiente material para reírnos de él por décadas!

Así que se podrán imaginar que cuando mi abuela y yo recibimos una invitación oficial del Ministerio de Magia para un evento de gala, mi aspecto se volvió una especie de obsesión para Andrómeda.

En cualquier otra situación, no me habría interesado en lo más absoluto. Verán, este tipo de fiestas parecen divertidas, pero en realidad, son un verdadero chasco. Son eventos extremamente formales, repletos de personas importantes y figuras distinguidas, todos vestidos en sus mejores atuendos y obligados a seguir un sinfín de protocolos de etiqueta. Son largas, aburridas y terriblemente glamorosas. Y no se parecen en nada a lo que un adolescente consideraría una fiesta.

Pero esta gala era especial. Era importante. Era la Ceremonia de Nombramiento del Auror Harry James Potter como Jefe del Deparmento de Aurores. Y no pensaba perdérmelo por nada del mundo.

Así que esa tarde, a pesar de lo mucho que me gustaba mi cabello azul, cedí bajo la presión de mi abuela y cambié el tono hacia mi color de pelo natural. Me peiné prolijamente y me coloqué la túnica de gala color azul marino, y escondí el pendiente de diente de dragón debajo de la misma para que la abuela no pudiese verlo. Y me sentí increíblemente osado al hacerlo.

A veces, sumergido en la cotidianidad de nuestra vida, se me olvidaba que mi abuela era una mujer impactante. Pero ese día, ataviada en un vestido negro y elegante, el pelo recogido firmemente en un rodete, y su cuello y muñecas decoradas con joyas de plata y esmeraldas, Andrómeda brillaba con la antigua distinción que sólo las hermanas Black podían mostrar. Mi abuela había crecido entre botellas de champaña y música de salón. Había pasado toda su infancia y adolescencia desfilando por eventos y fiestas como ésta. Finalmente, lo había abandonado todo por amor tras conocer a mi abuelo Ted Tonks. Y jamás se había arrepentido de su elección.

Tomado del brazo de mi abuela, nos Aparecimos al Valle de Godric. El tío Harry y su familia se habían mudado allí tras el nacimiento de James, su primer hijo. Personalmente, creo que la casa del Valle es mucho más acogedora que la vieja casona de Grimmauld Place donde Harry vivió durante los primeros años tras la guerra. Ese lugar siempre me pareció un poco escalofriante, y sé que Harry comparte el sentimiento. Pero por extraño que pueda parecer, mi padrino no está dispuesto a vender la propiedad y desprenderse completamente de ella. Algo profundo, oscuro y melancólico lo une a esa casa, incluso hasta el día de hoy.

Grimmauld Place está repleto de fantasmas de la guerra y recuerdos de muerte, traición, dolor y miedo. Pero también, fue un refugio en tiempos de desesperanza, fue hogar para los marginados, para los que escapaban de la persecución y la mentira. En esa casa, la Orden del Fénix resurgió para combatir una vez más a Voldemort. En esa casa, Harry y sus amigos trazaron el plan para destruir de una vez y por todas al Innombrable. Esos pasillos guardaban el eco de las pisadas de Sirius Black, de Alastor Moody, de Albus Dumbledore, de Severus Snape… Y finalmente, de mis propios padres.

Y después de la guerra, Grimmauld Place había sido el lugar al cual Harry había regresado para reconstruir su vida. Para retomar lo que había quedado inconcluso, en pausa, a la espera de lo que sucedería. Grimmauld Place había visto crecer el amor entre mis tío Harry y Ginny. Había sido el primer hogar de la familia Potter.

Pero con la llegada de James, Harry quiso darle un nuevo comienzo a la familia. Y decidió dar vuelta la página, y finalmente, abandonar la tenebrosa mansión de los Black, para volver al lugar que lo había visto nacer y convertirse en leyenda. El Valle de Godric. Donde todo había comenzado.

Andrómeda golpeó a la puerta de la casa de los Potter y aguardó pacientemente a que le abrieran.

Harry abrió la puerta, e inmediatamente el estruendo proveniente del interior de la casa inundó mis oídos. Con tres chicos era de esperarse que la casa fuese un completo descontrol.

Harry tenía todavía el pelo mojado tras ducharse, y la camisa blanca cerrada a medio camino, con los puños todavía abiertos, la corbata colgándole sin atar del cuello, y los pies descalzos. Llevaba los anteojos torcidos sobre el puente de la nariz, y estaba claro que la situación doméstica estaba completamente fuera de su control. Sin embargo, en cuanto sus ojos se encontraron con los míos, me guiñó un ojo cómplice y una sonrisa divertida se dibujó en sus labios.

—Harry, querido, tenemos que estar en el Ministerio dentro de veinte minutos —le advirtió Andrómeda. Los ojos de mi abuela lo escudriñaron críticamente, de pies a cabeza, y Harry se sonrojó levemente.

—Sí… Estamos un poco demorados —comentó nerviosamente, rascándose la nuca—.Los chicos nos están dando algunos problemas…

JAMES SIRIUS POTTER, SI LLEGO A ENCONTRAR OTRO CHASCO ESCONDIDO EN LOS BOLSILLOS DE TU TÚNICA TE JURO POR MERLÍN QUE… —gritaba en ese momento la voz de Ginny Weasley desde la planta alta.

—Iré a darle una mano —comprendió mi abuela inmediatamente, mientras subía las escaleras sin decir nada más.

—Pero mira nomás que elegante te has puesto, Lupin —bromeó mi padrino, palmeándome amistosamente la espalda—. ¿Ya te aburriste del pelo azul? —me preguntó mientras se abotonaba el frente y los puños de la camisa. Yo me encogí levemente de hombros, sin poder esconder mi frustración. ¡No había sido me elección!

—La abuela me dijo que ese color no era apto para una Ceremonia Oficial —respondí, revoleando los ojos de forma desafiante. Harry ahogó una risa mientras caminaba hasta el espejo que colgaba en la sala y observaba su propio reflejo en el mismo.

—Bueno, esta es mi Ceremonia Oficial, así que tienes mi permiso para usar el color que te dé la gana, Teddy —me respondió Harry al pasar, mientras usaba su varita para secarse el pelo, su mirada todavía puesta en su reflejo en el espejo.

—¿Estás seguro? —le pregunté, dubitativo.

—Por supuesto —me aseguró mientras se acomodaba la corbata y los anteojos, y hacía un intento inútil por peinar su cabello.

—¿Qué te parece éste color? —insistí, esta vez, en un tono cómplice. Harry giró a mirarme despreocupadamente, convencido de que se encontraría con algún color eléctrico y llamativo.

Yo, en cambio, había optado por un tono oscuro, negro azabache, y revuelto. Harry quedó momentáneamente congelado frente al espejo, sus ojos fijos en mí, la boca levemente entreabierta, una expresión mezcla de sorpresa y emoción. Mi padrino tragó saliva, nervioso, y por un instante, pensé que mi broma podría haberlo ofendido. Instintivamente, comencé a cambiar el color de regreso a mi tono natural.

—¡No! —se apresuró a decir Harry, caminando hacia mí, y colocando una mano cálida sobre mi hombro—. Me gustaba más de la otra forma —agregó con una sonrisa, y comprendí que mi gesto lo había dejado sin palabras porque se sentía halagado.

—¡Teddy, Teddy! ¡Mírame! ¡Soy una princesa! —gritó Lily, mientras bajaba apresurada por la escaleras de la mano de Andrómeda. Llevaba puesto un vaporoso vestido color crema, con cientos de pequeñas piedras brillantes adheridas a las capas de tul. Ella misma lo había elegido de la vidriera de un local de Diagon Alley, un par de semanas atrás.

Con sus cuatro años, la pequeña niña era la viva imagen de su madre. De piel pecosa, cabello rojo como el fuego, e inmensos ojos avellanas, Lily Luna siempre fue y siempre será mi debilidad. Es una niña intensa, fuerte y frágil al mismo tiempo, capaz de ver a través de las personas hacia el interior de sus corazones.

—¡Pero te hace falta una tiara para ser una princesa! —bromeé en cuánto ella llegó frente a mí.

Metí la mano por debajo del cuello de mi túnica, y extraje el collar que el tío Charlie me había regalado, deslizándolo por sobre mi cabeza y sosteniéndolo frente a Lily. Los ojos de la niña estaban fijos en mí, anhelantes.

Mutare inaerum —pronuncié, sacudiendo la varita frente al colgante. Lily ahogó un gemido de emoción al ver que mi colgante se convertía en una delicada tiara color bronce. Con un movimiento pomposo, coloqué la joya sobre la cabellera roja de la hija de Harry. Y luego, haciendo una exagerada reverencia, agregué—. Ahora sí: toda una princesa.

—Eso fue una excelente muestra de magia, Teddy —comentó Harry, alzando las cejas.

—Tu madre también tenía talento para Transformaciones —comentó repentinamente Andrómeda. Su voz había sonado igual de serena que siempre, y sin embargo, había algo más detrás de esas palabras. Era esa calidez, esa dulzura, la que siempre había diferenciado a mi abuela de sus hermanas Black. Y su sonrisa… Esa sonrisa que me dedicaba en ese momento, haciéndome saber sin tener que decirlo que se sentía orgullosa de mí.

—¡Dámela, James! ¡Es mi turno! —gritaba la voz de Albus Potter en ese momento, mientras su hermano mayor James bajaba zumbando por las escaleras, montado en una escoba para niños.

—¡Te la daré si logras alcanzarme, hermanito! —le respondió James entre carcajadas.

Harry suspiró mientras se llevaba una mano a la frente y apuntaba con su varita hacia James, que en ese momento volaba en dirección a la cocina. La escoba de James se detuvo inmediatamente, y con un movimiento grácil de muñeca, Harry hizo que la misma se sacudiera bruscamente, derribando a su conductor y lanzándolo de lleno al suelo.

—¡Ey! —se quejó James, poniéndose se pie y lanzando una mirada de reproche a su padre.

—Ya hemos discutido esto, James. No vamos a comprar dos escobas. Tienen que aprender a compartirla —fue la respuesta indulgente de Harry, aunque el agotamiento en su voz denotaba que había repetido el mismo argumento múltiples veces. James frunció el ceño y se cruzó de brazos, refunfuñando.

El mayor de los hermanos Potter había heredado el cabello negro de su padre y los ojos marrones de su madre. Y por lo que comentaban los adultos, toda la picardía (y sí, también un poco de la arrogancia) de su abuelo.

—Pero Albus no sabe volar y va a romperla—objetó James.

—¡Sí se volar! ¡Y no voy a romperla! —se quejó Albus, bajando las escaleras luciendo completamente ofendido.

—Bien: no sabes volar tan bien como yo —se corrigió James, una sonrisa presumida en los labios.

—Al menos yo no me caigo de la escoba —le retrucó Albus, hábilmente.

—¡No me caí! ¡Papá me tiró! —fue el turno de defenderse de James. Pero Albus lucía una sonrisa incrédula en los labios.

Albus, el segundo hijo de Harry, se encontraba al pie de las escaleras, y sus ojos verdes y penetrantes parecían querer fulminar a James. De los tres hijos, Albus es quien más se parece físicamente a Harry. Y de los tres hermanos, él siempre fue el más maduro, y posiblemente, también el más astuto. De alguna forma, siempre se las arregla para ganar las discusiones con su hermano mayor.

—Por cierto, mamá dijo que si llegas a hacer explotar algo durante la ceremonia, va a darte en adopción —agregó Albus, sus ojos brillando con cierto malicioso placer mientras lo decía.

—¡Nadie va a hacer explotar nada durante la ceremonia! ¡Y nadie va a dar en adopción a nadie! —exclamó Harry, interrumpiendo la discusión entre sus dos hijos antes de que ésta escalase a mayores. A mi lado, Lily soltó una risita divertida.

—Pero… —intentaron quejarse James y Albus al mismo tiempo.

—¿Dónde están tus zapatos, James? —los interrumpió Harry, resignándose a la idea de que, efectivamente, iba a llegar tarde a su propio festejo.

—Oh, bueno, tuve un pequeño problema con eso —respondió James, incómodo, evitando la mirada de su padre.

—Los prendió fuego —lo delató Albus casi de forma automática.

—¡Fue un accidente! —exclamó James con fingida inocencia.

—¡Pusiste fuegos artificiales dentro de los zapatos y los encendiste! —retrucó Albus, como si no pudiese creer el descaro de su hermano.

—¡Intentaba ver si podía convertirlos en zapatos voladores! —fue la respuesta de James, mientras ponía los ojos en blanco.

—Yo me encargo —intervino Andrómeda, con un suspiro, mientras subía las escaleras y le hacía un gesto a lo James para que la siguiera. El chico obedeció sin chistar. Todos sabemos perfectamente que no es buena idea discutir con mi abuela.

Harry los observó desaparecer y giró su atención hacia el reloj en la pared, inquieto.

—No te preocupes. No van a empezar la fiesta sin ti, Auror Potter —habló la voz Ginny, burlándose de la expresión de preocupación que lucía mi padrino.

Y entonces, Harry levantó la mirada del reloj para posarla en la mujer que estaba de pie al final de las escaleras. Sus ojos verdes se abrieron inmensos detrás de los anteojos mientras la observaba bajar las escaleras, completamente embobado.

Y no era para menos. La tía Ginny lucía despampanante en un vestido verde esmeralda, que caía ligeramente sobre su cuerpo y dejaba su espalda al descubierto. Llevaba el cabello suelto y levemente ondulado. Lucía una sonrisa radiante mientras observaba con orgullo a su esposo, el hombre que en breve se convertiría oficialmente en jefe de los Aurores. En uno de sus brazos cargaba la túnica formal de Auror de Harry para eventos oficiales, cuidadosamente doblada para evitar las arrugas.

—Cielos, eres la mujer más hermosa del mundo —comentó Harry, sonriendo con cierto descaro, mientras avanzaba hacia ella y tomaba su rostro con ambas manos para besarla en los labios.

—¡Puaj! ¡Papá! —gritó Albus, asqueado.

—¡Cielos, Harry! ¿Es necesario que hagas eso delante de nosotros? —no pude evitar quejarme, avergonzado. Harry se rió, separando sus labios de los de mi tía pero sin soltarla del todo. Ginny me dedicó una mirada socarrona.

—Ya llegará el momento en que tengamos que decirte lo mismo a ti, Ted —fue la respuesta picante de mi tía—. Casi te olvidas de esto, Harry —agregó, extendiendo la túnica con ambas manos para que su esposo pudiese colocársela.

La imagen de Harry dentro de su traje oficial de Auror era imponente. Inspiraba respeto y autoridad. Harry se acomodó la túnica sobre los hombros, y se cerró los botones sobre la camisa blanca. Sobre la pechera izquierda, relucían una serie de medallas e insignias que hablaban sobre los múltiples logros y proezas que mi padrino había recolectado durante su corta pero intensa carrera. Entre las medallas relucía nada menos que una Primera Orden del Merlín, la cual le había sido otorgada tras la Segunda Guerra Mágica. Yo estoy muy familiarizado con esta medalla, pues tengo dos: tanto mi madre como mi padre recibieron una tras su muerte, en reconocimiento por el sacrificio que habían hecho para derribar el régimen del terror de Lord Voldemort. Sacrificio que les había costado la vida a ambos. Otra cosa que comparten mis padres y mi padrino: todos ellos son héroes de guerra.

—Hemos resuelto el problema de los zapatos —se escuchó la voz de Andrómeda, mientras bajaba nuevamente con James, quien esta vez, tenía los pies calzados.

—¿Qué problema con los zapatos? —preguntó Ginny, frunciendo el ceño. Harry le dio un suave beso en la mejilla.

—No quieres saberlo —le aseguró mi padrino, entre risas ahogadas. Ginny puso los ojos en blanco.

—Recuérdame que mañana le mande una Howler a George diciéndole que si vuelve a enviarle chascos a mis hijos voy a lanzarle un Maleficio Punzante tan potente que no podrá sentarse sobre su trasero hasta el próximo milenio —le advirtió Ginny a su esposo. Harry dejó de reírse al ver la mirada amenazante de su esposa, no del todo convencido de que ésta estuviese hablando en broma. Después de todo, mi tía Ginny es conocida en la familia por ser capaz de lanzar algunos maleficios bastante desagradables.

—¿Todos tienen sus zapatos y sus tiaras? —preguntó Harry, evadiendo la mirada de su mujer, pero tomándose el tiempo para sonreír divertido en mi dirección. Y es que mi tío Harry es dueño de parte de las acciones de Sortilegios Weasleys, y secretamente, le encantan los chascos que George tan brillantemente desarrolla—. ¡Vamos entonces!

Ser un Auror tiene sus privilegios. Uno de ellos era que la casa de Harry se encontraba directamente conectada a las chimeneas del Ministerio de Magia, donde se celebraría la fiesta esa noche.

El salón se encontraba repleto de personas, cada una de ellas más importante que la anterior. Se encontraban presentes los jefes de todos los departamentos del Ministerio, así como el propio Ministro de Magia Kingsley Shacklebolt. También habían asistido prácticamente todos sus colegas del cuartel de Aurores de mi padrino. Y por supuesto, Ron Weasley estaba también allí.

Harry y Ron habían entrado juntos a la Escuela de Aurores. Después de años luchando codo a codo contra Voldemort, era imposible imaginarlos tomando otro camino. Y se habían mantenido igual de inseparables durante todo su tiempo en la Escuela, y posteriormente en su desempeño como Aurores. Cuando el ministro le ofreció el cargo de Jefe del Departamento de Aurores a mi padrino, éste le dijo que sólo aceptaría con la condición de que Ron fuese su vicejefe. Eran un equipo, y Harry siempre aseguraba que sus logros nunca habrían sido posibles de no ser por el pelirrojo que consideraba su mejor amigo, y a esta altura del partido, su hermano.

La prensa estaba como loca. Cada uno de los medios de comunicación nacionales (y varios internacionales) había enviado algún corresponsal a cubrir el evento, y los periodistas se desesperaban por conseguir una foto de Harry Potter, Jefe de Aurores, y las palabras exclusivas del agasajado.

Pero a pesar de los años, mi padrino no parece acostumbrarse a su propia fama, y tampoco parece disfrutarla. Las fotos siguen incomodándolo, y las preguntas de los periodistas siguen irritándolo. Siempre que puede, intenta escapar del centro de atención y pasar desapercibido. Lo cual, déjenme decirles, es prácticamente imposible. No existe un mago o bruja en todo Gran Bretaña que no conozca la cara de Harry, el Niño-Que-Vivió, El Elegido, El Salvador, y a partir de ese día, el Jefe de los Aurores.

Cuando yo era todavía pequeño, Harry solía llevarme a pasear a lugares muggles. Íbamos al cine, o a dar vueltas por Hyde Park, o caminábamos por algún centro comercial y jugábamos a los videojuegos o a las carreras de autos. Disfrutaba del anonimato que le brindaba el mundo de la gente no mágica. La libertad de poder caminar por la calle sin tener que estrechar alguna mano o firmar algún libro (¡Y cielos, cómo detesta cuando la gente le pide que les firme la biografía NO AUTORIZADA que escribió Rita Skeeter después de la guerra!). A veces pienso que Harry cambiaría toda es fama, todo ese reconocimiento, por una vida completamente ordinaria sin vacilar un instante. Pero a pesar de todo, Harry sonríe tímidamente ante las cámaras, se muerde la lengua cuando la prensa lo atosiga con preguntas, estrecha las manos de sus seguidores, y firma sus libros con paciencia, y acepta que, aún sin proponérselo, se ha convertido en un héroe para el mundo mágico.

Tras la ceremonia de nombramiento, durante la cual el Ministro Shackbolt colocó una nueva medalla en la pechera de la túnica de Harry, mi padrino se vio obligado a cumplir con las responsabilidades propias de su cargo, y atender finalmente a la prensa. Se había pasado toda la fiesta evadiéndolos, y Ginny se la había pasado riéndose de él, mientras Harry gruñía por lo bajo. "Todos estos años, y todavía sigues sonrojándote frente a las cámaras y ladrando respuestas a sus preguntas" se burlaba de él su mujer, aunque en su mirada quedaba claro que ese era una de las cosas que más le gustaban de Harry.

—¡Auror Potter! Aquí, de Noticias Voladoras, de España…

—Señor Potter, unas palabras para El Profeta….

—Monsieur Potter, ¿podría responder unas preguntas para La Voix du Sorcier…?

—¡Estamos en vivo desde la Red Mágica Inalámbrica…!

Y así, los medios de comunicación se peleaban por conseguir la exclusiva con mi padrino, mientras éste se armaba de paciencia e intentaba brindarles respuestas educadas y protocolares.

Tras media hora de responder inagotables preguntas, Harry comenzaba a exasperarse, y su sonrisa empezaba a vacilar, convirtiéndose en una mueca de pocos amigos. Ginny dejó entonces de reírse de él, y decidió salir a su rescate. Abriéndose paso entre la multitud, llegó junto a Harry y se dirigió a la prensa señalándoles que, lamentablemente, el señor Potter ya no podía dedicar más tiempo a responder sus preguntas porque su mujer exigía su presencia en la pista de baile.

Y la prensa respondió con un estallido de risas y sonrisas complacidas, aceptando la cordial pero tajante excusa de Ginny. Mi tía Ginny siempre ha tenido un talento con los medios. Y la prensa simplemente la adora y le teme en partes iguales. Los periodistas ya le tenía un gran respeto por aquella época, y este respeto fue creciendo conforme pasaron los años y Ginny se volvió no sólo una figura del quidditch, sino también una editora profesional. En aquel entonces, sin embargo, recién comenzaba su carrera en el mundo de la noticias como corresponsal especial de deportes para El Profeta.

—Nos gustaría tomarle una última foto con su mujer y sus hijos, Auror Potter —le pidió uno de los fotógrafos, antes de que Harry lograse escabullirse de forma definitiva. Mi padrino suspiró, y dibujando una sonrisa forzada, asintió con un movimiento de cabeza.

—¡Niños! —los llamó Ginny, buscando a sus hijos con la mirada.

Para ese entonces, James se las había arreglado para identificar a quien dirigía el departamento de Deportes y Juegos Mágicos, e intentaba persuadirlo de modificar la ley para permitir que jugadores menores de diecisiete años pudiesen jugar de forma profesional al quidditch. El hombre frente a él lo escuchaba con una sonrisa divertida en los labios, visiblemente sorprendido de que un chiquillo de siete años le plantease algo así.

Albus y Rose se encontraban jugando un partido de Naipes Explosivos en la mesa cercana. Cuando mi abuela Andrómeda les preguntó de dónde habían sacado las cartas, los chicos simplemente se encogieron de hombros y Albus acusó a su hermano James de haberlas contrabandeado.

Lily y Hugo correteaban por todo el salón, entremezclándose con la gente y tomando chocolates y galletas de la mesa dulce para esconderlos en la túnica de Hugo.

Tía Hermione logró atrapar a Lily y llevarla junto a sus padres, mientras que Andrómeda se disculpó con el jefe de Deportes y Juegos Mágicos por la conducta de su sobrino, y arrastró a James hacia donde el fotógrafo aguardaba pacientemente. Albus le advirtió a su prima que no hiciese trampa mientras abandonaba también la mesa para sumarse a la fotografía familiar, y Rose se mostró visiblemente ofendida ante la acusación de que alguien como ella pudiese hacer trampa.

Ginny tomó a Lily en brazos, y entrelazó su otro brazo libre con el de Harry. Albus y James permanecían de pie frente a ellos, el mayor de los hermanos empujando sigilosamente al otro para que éste perdiese el equilibrio y trastabillara.

El fotógrafo se preparó para sacar la ansiada foto de la familia Potter cuando Harry lo detuvo.

—¡Un momento! —exclamó mi padrino, levantando una mano en el aire. El fotógrafo obedeció inmediatamente—. Falta uno de mis hijos —agregó Harry, y sonriendo, giró a mirarme—. ¡Teddy, ven aquí! —me llamó con un movimiento de su mano.

Y yo sentí que el corazón me estallaba en el pecho.

Los ojos verdes de mi padrino me atravesaron de lado a lado, y pude ver en su mirada la misma expresión de amor que lucía cuando miraba a James, Albus y a Lily. Y sentí que mis propios ojos comenzaban a arder y a humedecerse. Se me secó la garganta, y un calor intenso comenzó a invadirme el pecho. Mi mente se encontraba en jaque, y mi cuerpo estaba paralizado.

Me había llamado su hijo.

—¡Vamos, Teddy! —escuché la voz de Ginny, entre risas, llamándome. Lily levantó su manito diminuta, saludándome desde los brazos de su madre. James se sumó al gesto de su padre, moviendo enérgicamente los dos brazos y haciéndome señas para que avanzara hacia ellos. Albus me guiñó un ojo y simplemente se movió hacia un costado, haciéndome un lugar entre él y James.

Y tras unos segundos de completo estupor y total felicidad, finalmente mis pies respondieron y avanzaron hacia ellos.

Harry conserva una copia de esa foto sobre su escritorio en el Cuartel de Aurores. Dice que de esa forma, siempre tiene a su familia cerca, incluso cuando está trabajando. Ginny tiene otra copia colgada en una de las paredes de la casa del Valle, para mostrarla orgullosa a cada persona que visita la vivienda de los Potter.

Yo llevo la mía conmigo, en mi billetera, junto a la foto de mis padres.

Me tomó algunos años darme cuenta que, si bien la vida me había arrebatado a mis padres biológicos cuando yo todavía era demasiado pequeño como para recordarlos, también me había dado una familia adoptiva maravillosa. Soy un huérfano que tiene dos papás y dos mamás. Soy un hijo único, pero que tiene tres hermanos.

Y en cierta forma eso me vuelve un afortunado, porque me han amado por partida doble.


Después de mucho tiempo, me animé a escribir un nuevo capítulo de Memorias de Ted.

Esta idea venía incubándose en mi mente desde hace meses, pero no terminaba de darle forma... Siempre pensé que Harry considera a Ted como un hijo. Y que Ted ve a Harry como una figura paternal, un segundo padre.

Quise reflejar un poco la cotidianidad de la familia Potter.

Espero que les guste, y gracias a todos por los comentarios! Son demasiado generosos conmigo! :)

Saludos,

G.