Si que fueses tú ya era imposible, el hecho de que lo recuerdes –de que me recuerdes– viene rayando en lo estrictamente onírico.

Tenía diez años de edad. Fue un día de verano y la ciudad estaba repleta de gente bulliciosa y alegre. Ayudaban la calidez del sol y la frescura del aire, ya que todos estaban notablemente felices de no tener que ocultarse tras varias capas de abrigo. El desfile estaba a punto de empezar y yo no podía esperar a verlo todo.

La gente aplaudía, sonreía, se reía. No contenían su emoción por verlos. Y yo tampoco.

Los carruajes se acercaron lentamente y con ellos, tú.

A tus padres a penas los noté. Ya ellos lo hacían con costumbre, con experticia. Pero tú, tú eras una niña. Por más normal que fuese para ti, los ojos de un niño cargan genuinidad. Lo intentabas contener, pero quizá en alguna parte de tu expresión identifiqué asombro. Si fue así, lo ocultaste increíblemente, tal como te han enseñado a hacer desde que naciste. Ese era tu modo de operar. Sospecho que siempre ha sido así.

A medida que te acercabas, lo noté de inmediato. Eras una niña, pero te rodeaba más gracia que a muchísimas personas tras décadas de vida.

El sol brillaba sobre ti. Un halo de luz. Fue mi turno para mirar con asombro.

No sabía si me verías. Honestamente, lo dudaba. Aun así, extendí mi mano, con la ingenua esperanza de que, si hacía un esfuerzo, te lograría alcanzar.

En ese momento, lo increíble pasó. Me viste de vuelta. Fueron un par de segundos, pero los recuerdo tan vívidamente que jamás dudaría de ellos. Ese momento quedó tan grabado en mi memoria que, diez años después, aun me parece que fue ayer y, mientras dudo sobre la veracidad de un montón de mis recuerdos infantiles, por ese arriesgaría todo.

Hay más. Me viste, con mi mano extendida, y sonreíste. Quizá te causó gracia que te estuviese tratando de alcanzar, quizá fue porque nuestras miradas se encontraron y bajaste tu guardia. Jamás me imaginé que esa sería la primera de muchísimas veces que te vería a los ojos, por lo que aprecié ese momento como una reliquia, como algo irrepetible. Aun hoy, creo que quedé con la costumbre de hacerlo, porque no hay día en que te mire y no piense que estoy viviendo lo imposible.

Yo sonreí de vuelta. Duró apenas un instante. Tras eso, seguiste tu camino y te perdí entre la gente, la algarabía y los deberes innegables que recibiste al nacer. No sería la última vez.

Nada de eso sería la última vez. Tras esa, millones de veces te vería, recibiría tu sonrisa y sonreiría de vuelta. Tras esa, millones de veces te intentaría alcanzar solo para perderte. Tras esa, millones de veces me dejarías asombrado, con mis recuerdos como único testigo de lo que sucedió.

El sol se coló en mi visión y perdí lo último de ti. Fue etéreo. No podía ser menos.

Esa fue la primera vez, en una época en la que no éramos más que inocencia y tábulas rasas. Ninguno de los dos siquiera podía imaginarse alguna de las complejidades que más tarde embargarían nuestra vida.