La Muerte de las Extrañas
Prudence era la líder. Ella siempre fue diferente. Más hermosa. Y dominante. Ella hablaba por las tres.
Agatha la seguía en silencio. Dorcas bailaba detrás de ambas. Y resultaba perfecto, sobre todo mientras crecían.
Eran amigas. Pero más que eso. Las Hermanas Extrañas. Como en Shakespeare y el mito griego. Habían surgido de la tierra, del semen de un dios desconocido. No tenían padre o madre. Hablaban con fragmentos de poesías, se leían la mente la una a la otra, vestían igual, con variaciones.
Lo mejor era para Prudence. Lo sobrecargado para Dorcas. Lo discreto para Agatha.
Ella sabía que en el silencio y la obediencia a los magos adecuados podía encontrarse el camino al éxito. Pero estaba al tanto de qué era el honor para las brujas y lo defendía.
Sin embargo, Faustus Blackwood le quitó a su hermana, dándole un apellido. Los hombres, hasta el Señor Oscuro, no causaban sino problemas.
Eso, la legitimidad, fue algo que no pudieron dividir en tres, no era un amante. O el nombre de una obra.
Dorcas no lo entendía. Dorcas solo. Siguió bailando. Nunca entendía, solo seguía órdenes y música. Invisible o no.
Agatha tuvo que mostrarle lo que los susurros en su mente.
Se lo mostró con puñaladas y saña.
Se lo mostró profundamente, al herirla.
Porque Dorcas no debía vivir. No para seguir sufriendo con rabia. Como sufría Agatha, a la sombra soberbia de Prudence.
Prudence.
Prudence las había destrozado a las tres, así que Agatha lo hizo más evidente. Porque Prudence no lo entendería hasta que su hermana favorita, la más inocente y tonta, estuviera desangrada en sus brazos.
Eso hiciste.
Faustus lo entendía. Él era Judas, Agatha también.
Prudence no.
Dorcas fue un sacrificio digno.
Gracias a ella, Agatha pudo ser la líder. Sin séquito.
—Ahora, obedéceme, hija —la llamó Faustus.
Y Agatha se sintió feliz, porque fue otra cosa que le pudo quitar a Prudence, lo que más quería.
Más que a ellas tres.
Los traidores no necesitan apellidos. Sus nombres son olvidados por la avergonzada humanidad.
Pero los dioses primigenios sí que los recuerdan.
A ellos acuden.
Prudence nunca superaría eso.
Ni Prudence, ni el mundo.
Y la victoria fue agridulce para Agatha, porque su hermana restante era su mundo.
Y ella misma, de nuevo, como a Dorcas, le arrancaría el corazón con el comienzo del Fin.
