Capítulo 1. El hombre del oeste

Genji Shimada respondió a la llamada. Había mucha gente que deseaba volver a ver. Sabía que habría caras nuevas, el mundo era diferente.

Él era diferente.

Cuando había recibido la convocatoria no había dudado, en compañía de su maestro había escuchado las palabras del gorila y comprendido lo que significaban. El renacimiento. La lucha por el bien mayor. La redención. Para todos.

Pero no había respondido inmediatamente. Antes había marchado a Japón, al encuentro tantas veces pospuesto con su hermano. Era el momento, no podía regresar con Overwatch sin antes ofrecer a su hermano lo que él mismo buscaba, lo que comprendía que debía dar antes de recibir. Enfrentar su propio fantasma de venganza antes de emprender aquella nueva etapa.

El mundo estaba cambiando. Hanzo había estado furioso, abatido. Pero había visto en él la capacidad de cambiar... quizá lo mismo que su propio maestro, Zenyatta, había visto en un cyborg que solo sentía dolor y apatía.

Genji se reunió con Overwatch, con Winston, Mei, Tracer, Reinhardt, Brigitte, Mercy y Echo. Habían respondido a la llamada, se habían enfrentado a Sector Null en París, habían dado la cara. Estaban juntos. Caras nuevas, caras viejas. Camaradería.

McCree no estaba allí.

Echo les había explicado como había conseguido reunirse con ellos. McCree la había rescatado y activado, incluso le había hablado de la convocatoria. La omnic había reproducido la voz y la cara de su viejo amigo, con aquella habilidad suya tan fantástica.

La visión de McCree, aunque fuese una imitación azul brillante, había removido algo dentro de Genji, aquel era un amigo al que había dejado atrás durante demasiado tiempo. A Jesse le habría encantado la imitación, además había estado divertido, con todo el encanto que era capaz de tener cuando quería.

Mei incluso se había ruborizado al verlo, seguramente se escondería tras Winston de ver al verdadero Jesse McCree en persona.

"Me quieren a mi, pero en realidad te necesitan a tí." Ese era Jesse, zalamero siempre con las damas, fuesen omnic o humanas.

Pero Echo también les había dicho que McCree se había marchado diciendo que tenía otros negocios que atender. Genji meditó en la habitación que había elegido para si mismo en Gibraltar. Jesse era una persona importante para él. Habían sido amigos... pero se habían separado con veneno en las palabras y en el corazón.


"Te convirtió en su arma favorita, un revolver a su servicio. Es tu oyabun, todos son iguales, ninguno piensa que es un monstruo, os llaman hijos pero sois herramientas."

"Deja de convertir tu vida en la mía, yakuza."


No había sido agradable. Habían llegado a las manos. Idiota y traidor había sido su último intercambio de palabras. Después se habían evitado como la peste, fulminándose con la mirada, soldados que se suponían en el mismo bando, enfrentados por fuerzas que habían destruido Overwatch desde su corazón. Era algo que le pesaba en el espíritu.

Jesse debería estar allí. Jesse formaba parte de aquello. Tenía que arreglarlo.

Un pitido en su comunicador. Un número que no esperaba pero había ansiado ver con todas sus fuerzas. Contestó con rapidez, ansioso, y después corrió a ver a los demás, tenían que preparar otra habitación para el recién llegado. Quería que todo fuese perfecto.

- Winston, tendremos visita muy pronto. ¿Hay tarta?


Termina de tomar notas, a fin de cuentas tiene un par de artículos por escribir como Joel Morricone sobre la aparición de Overwatch en Rio esa misma mañana y sus consecuencias.

A ojos de los demás clientes del hotel de Estambul es un turista latinoamericano, toma notas, saca alguna foto, pasea de forma despreocupada y coquetea de forma ligera con alguna mujer, y a veces algún hombre. Viaja barato, es agradable pero no memorable.

Una buena coartada mientras escribe su artículo. Pero ahora tiene una preocupación que no había esperado encontrar allí.

Frota con aire distraído la pantalla del teléfono en tanto gira la pantalla para ver el reflejo en ella. Su sombra sigue allí, por fin la ha localizado. Un hombre, fornido, hombros anchos... está de espaldas, pelo negro, recogido. Tiene un estilo moderno.

El tipo se levanta y se marcha. Mierda. ¿Ha notado algo? ¿O se ha equivocado? No, el tipo debe tener un plan, o se ha dejado ver a propósito.

Jesse McCree no quiere tener un tiroteo en una ciudad a la que le gustaría volver sin estar en la lista de los más buscados de la localidad, pero sospecha que el cazarrecompensas no le dará otra opción. Quizá pueda evitarse, su sombra le siguió por la calle y no hizo nada hostil, quizá es un combatiente de distancias cortas o está esperando el momento.

Guarda lo que ha avanzado del artículo, le gusta, se siente inspirado. Overwatch ya no es una organización oficial, esa no existe, la nueva es mas bien un grupo de bienintencionados vigilantes y quiere que el mundo lo entienda.

Genji ha vuelto a escribirle, una broma sobre llevar la falta de puntualidad occidental demasiado lejos como puya por no responder a la llamada de Overwatch. No ha contestado, ya le dijo que no la primera vez. No entiende porque continúa.

Terminará el artículo después de ocuparse del tema más apremiante.

Sube a su habitación. Comprueba las señales de intrusos, todo está en orden. Echa un vistazo por la ventana, no ve nada, pero eso no significa que no haya nadie. Lo que te mata es lo que no ves llegar, le solía decir Reyes.

Se cambia de ropa. Si va a salir a tiros de Estambul no quiere hacerlo con su identidad falsa, es McCree quien aparece y desaparece de los sitios y se mete en líos con la ley. En un abrir y cerrar de ojos el turista chileno desaparece, el pistolero de Nuevo Méjico ocupa su lugar.

Y aguarda. No a la oscuridad, si no al atardecer. Ha elegido la habitación porque el sol se pone justo por detrás del edificio, y por unos segundos cegarán a cualquiera que mire justo a su ventana. Es su táctica favorita, un buen truco.

Se mueve por la cornisa con rapidez y se descuelga por el lateral del edificio, apenas ha afianzado los pies en el suelo cuando se percata de que no está solo. Desenfunda al instante y se vuelve con Peacekeeper en alto, lista para disparar.

Su sombra está allí. En la penumbra del callejón, parece levemente sorprendido, como si no le esperase por allí, se ha girado casi al mismo tiempo que él. McCree comprende que ese era un buen lugar desde donde vigilar la otra entrada, desde el otro lado de la calle.

Se han sorprendido mutuamente.

El tipo está ahora apuntándole con un arco... un puñetero arco, con una flecha tensada, el arma es evidente alta tecnología pese a lo extraño que resulta, claro que Jesse McCree no es quien para juzgar anacronismos. Rasgos afilados, ojos oscuros, no puede distinguir mucho más los rasgos con el contraluz que ahora juega en su contra.

Quien será más rápido. Qué dará en el blanco, la bala o la flecha.

- Jesse McCree.- La voz es grave, casi reverbera en la garganta, le gusta, con un fuerte acento japonés.

Sabe su nombre. Cazador. Jesse no duda, percibe el cambio en el aire, será mas rápido. Dispara contra el arco, el impacto lo desvía y la flecha sale disparada hacia la pared, rebotando, la sorpresa es fundamental y la aprovecha, rueda hacia el otro hombre y le empuja con el hombro, desequilibrándolo. Con el tiempo ganado ni siquiera se gira, sale a la calle y corre como alma que lleva el diablo.

En una hora está en un tren a Sofia, Bulgaria, oculto en un compartimento de mercancías. No conoce a ningún mercenario ni cazarrecompensas que use un arco como arma preferente, y eso que está muy bien informado, ¿es alguien nuevo? Es japonés desde luego, o finge muy bien el acento.

Lo importante es que lo ha dejado atrás, se echa el sombrero sobre los ojos y se echa una siesta, tiene tiempo de relajarse. Le alegra no haber tenido que matar a nadie.


Menos de una semana después está en Craiova, Rumanía, y su sombra ha vuelto. No sabe como le ha encontrado, pero espera que el otro no sepa que ha sido visto.

Es muy bueno, lleva una de esas máscaras sanitarias que tan educadamente lleva la gente para no contagiar a los demás, y nadie se preocupa por ello dadas las oleadas de epidemias que aún tienen lugar en el mundo pese a los avances de la biotecnología. McCree no le reconoce exactamente, pero suma dos y dos con facilidad, el tipo lleva una funda de violonchelo en que cabe perfectamente el arco que vio usar a su cazador y la constitución es la misma, la ropa es holgada, estilo hipster, pero McCree adivina los músculos, esos hombros podrían levantar columnas.

Se pierde entre las calles, entra a un bar de Jazz y se pone cómodo, pasará allí un rato, la música es buena y hay habitaciones en el piso de arriba. Un sitio donde pasar la noche sin reserva anticipada.

Apenas entra por la puerta del pequeño dormitorio cuando se le pone la piel de gallina, antes de que pueda llevarse la mano a la cintura una flecha vuela y se clava en la tela de su poncho, tal fuerza tiene que le impulsa hacia atrás y le atrapa clavándose en el marco de la puerta. Está clavado como un insecto de coleccionista.

Podría haberle arrancado la cabeza, el tirón le ha estrangulado momentáneamente. El tipo está apostado en la ventana, el arco en alto, una segunda flecha preparada, sus piernas le mantienen en equilibrio acuclillado como un ave de presa.

- Jesse McCree, tenemos amigos en común.

Mierda. Entonces no es un cazarrecompensas cualquiera, no parece del estilo de Los Muertos, y Null Sector no contrata orgánicos, debe ser un mercenario de Talon, este debía ser el peligro del que le había intentado avisar Morrison.

El tipo parece quererle vivo, probablemente para interrogarle, si van a por Overwatch querrán antes toda la información posible y querrán arrancársela.

- He venido ha...

Los ojos del cazador están clavados en los suyos, pero atentos al revolver. Error. De un manotazo lanza contra el otro un jarrón de cerámica. Pleno a la cabeza. El golpe desequilibra al enemigo, que cae hacia atrás. McCree no se queda a ver si consigue hacerle caer por la ventana, saca la cabeza del poncho (le gusta mucho ese poncho, lo echará de menos), sale corriendo y abandona el edificio.

Unos fuertes insultos en japonés a su espalda le indican que ha cabreado mucho al cazador.

Espera no volver a ver a ese hombre.


No es un hombre, es una maldición, un fantasma vengativo, un oni.

Nunca antes le habían dado caza de esa manera. Ha tenido que enfrentarse antes a enemigos que querían su cabeza, pero a los más agresivos los ha matado, y a los más persistentes les ha dado esquinazo o amedrentado.

Su oni no es ninguno de los dos, astuto como para no enfrentarle cara a cara, valiente para no temer emboscarlo y ponerle contra las cuerdas, tenaz para dar con él no importa donde vaya.

Y ese arco. Jamás había visto a nadie usar ese arma con tanta eficacia. Las cosas que hacía con esas flechas. Cuando había estado en Serbia había tenido un duelo contra su oni en una zona de edificios en construcción.

Disparo, cobertura. Pero no importaba que hiciese, ocultándose tras columnas, saltando entre las zanjas de los cimientos, el otro le encontraba sin descanso. Hasta que McCree se había dado cuenta de que había unas flechas en particular que emitían una vibración subsónica.

Dios, el oni tenía flechas que actuaban como un radar. Había disparado a todas y cada una de esas flechas antes de que ambos tuviesen que retirarse por la llegada de la policía.

En el trayecto en tren había escapado nada mas verle entrar en el vagón, le había tirado encima el carro de la comida y saltado por la ventana justo a tiempo de agarrar el tren que circulaba paralelo.

Había creído darle esquinazo en Albania solo para que el oni revelase que otro de sus trucos era saltar y trepar por las paredes... lo que le había recordado mucho a Genji, ¿es que todos los combatientes japoneses eran ninjas? El oni había saltado sobre él cuando McCree ya se había creído a salvo en un crucero, situándose en la barandilla.

- ¡McCree, soy...!

Le había dado un puñetazo con el brazo mecánico y arrojado por la barandilla de vuelta al puerto. Pero el tipo había caído como un gato, se había incorporado cuando el barco ya se alejaba y le había regalado los oídos con coloridos insultos en japonés en la distancia.

Pero no había acabado allí. Ahora estaban en Sicilia, jugando al ratón y al gato por las calles y callejones de Palermo. McCree estaba tan molesto como emocionado, parte de el disfrutaba de aquel toma y daca, pero también empezaba a estar agotado.

Su némesis inexorable estaba allí, en aquellas calles. Era ahora o nunca. Se rondan hasta que finalmente, al alba, en una calle empedrada del paseo marítimo junto al puerto, se cruzan sus caminos. El encuentro sin embargo no es planeado, al igual que en su primer enfrentamiento, se juntan cara a cara por casualidad al salir ambos contendientes al mismo tiempo de dos calles paralelas, a un lado las casas, al otro, el mar.

Jesse McCree no puede apenas ocultar su sorpresa. El oni ha cambiado su atuendo, al igual que él, ha debido notar que era el momento de mostrarse.

Tiene el pelo negro recogido con una cinta dorada, un mechón suelto sobre la frente y mechones encanecidos en las sienes. El rostro al descubierto, esta vez con luz adecuada para juzgar los rasgos, pómulos altos y marcados, nariz de puente ancho, cejas elegantemente perfiladas, con una curvatura que le resulta extrañamente familiar. Los ojos son marrones, pero no tan oscuros como le habían parecido, más miel oscura que café.

La barba está cuidadosamente recortada y perfila una mandíbula y barbilla angulosas.

Es muy guapo y McCree se muerde el labio con decepción, dios, en cualquier otra circunstancia estaría coqueteando con casi desesperación. Esos brazos podrían levantarle del suelo en todos los sentid...

El brazo. Las ropas, una excelente combinación de ropa tradicional japonesa y mejoras cybernéticas deja al descubierto medio pectoral y el brazo izquierdo. Con un elaborado tatuaje, un dragón... y de pronto todo encaja, ese algo que le dice que el oni es familiar.

"Amigos en común."

El oni no ha levantado el arco, lo mantiene en su mano.

- ¡Aguarda! Jesse McCree, detén tu mano, soy Hanzo Shimada.

¡Por eso le sonaba!

- Aaaah, claro, por dios, el hermano de... ¡BASTARDO FRATICIDA!

McCree desenfunda y Deadeye acude a su lado, ardiendo por sus venas desde el estómago. El viento del oeste sopla.

Pero se queda sin tiempo. Los ojos del otro se abren con alarma, el tatuaje del hombro brilla con un destello azul. No puede hacer el disparo, el otro se ha puesto en movimiento inmediatamente, como si algo le hubiera alertado del peligro que corría.

En cuestión de segundos el barrio es un campo de batalla, por suerte los civiles se han puesto a cubierto de forma inmediata, encerrándose en sus casas mientras dos hombres se dan caza mutuamente. Esta vez Jesse pone toda la carne en el asador, matará a ese desgraciado.

Las cicatrices de Genji, las partes del cuerpo sustituidas por máquinas, el dolor en sus ojos cada vez que algo le recordaba que no era del todo humano, que había cosas que había perdido. El dolor fantasma, si a él le dolía el brazo que no estaba ahí, ¿qué sentiría Genji?

Mataría a aquel desgraciado, no le permitiría hacer daño a nadie más.

Carga y dispara. El otro se mueve veloz, es como intentar disparar a Genji, es rápido. Le devuelve las flechas siempre que puede, pero McCree tampoco se queda quieto y sabe que tiene una ventaja clave, las flechas se acabarán, y recargar balas no es tan costoso.

Tarde o temprano se pondrá a tiro y nadie se merecerá más la bala. Entonces ocurre, se ha cubierto tras unas jardineras cuando el otro aparece de la nada, de un salto prodigioso aparece en el aire y dispara, no una flecha si no una andanada de ellas.

McCree rueda sobre si mismo, pero cuando se detiene, aunque ha esquivado el ataque, está al descubierto, y a su espalda solo está el mar.

El oni, Hanzo Shimada, se acerca con el arco en alto, le queda una única flecha, pero visto lo visto no necesita ninguna más.

- Ya basta de jugar al ratón y al gato, oirás lo que tengo que decir. Tenemos que hablar.

- Habla con esto.

Y sus ojos se encienden rojos. Jesse McCree arriesga todo o nada, Deadeye se despierta como una llamarada, el mundo se detiene, el olor del mar desaparece y solo hay tierra árida, las flores blancas de saguaro que apenas tienen aroma, no hay gaviotas, el cielo azul es territorio de un sol abrasador, el coyote huele la promesa de sangre, la serpiente hace sonar el cascabel que anuncia que está lista...

Su presa está ahí delante. Y de pronto lo ve... el tatuaje brilla resplandeciente y azul. Dragones. Shimada, claro. Bueno, Deadeye siempre había querido probar la muerte de un dragón, se la daría.

El sol está alto. Sangre para el amanecer. Sangre de dragón para el nuevo día.

Pero no ocurre. No hay un dragón, Hay dos. Y allí, en el espacio entre dos mundos creado por Deadeye, puede oírlos con la misma claridad con que el Shimada debe hacerlo.

¡NO DEJES QUE NOS MIRE! ¡SALTA!

Y el siempre sorprendente cazador salta, por encima de McCree, a la única cobertura posible. Al mar. Se arroja por el puerto y cae al agua.

La bala dispara a la nada, no puede ver a su enemigo. Deadeye se retrae dolorosamente, McCree no está acostumbrado a sacar los dientes y que se cierren sobre nada, le engulle una horrible sensación de decepción, de falta... de sed... tiene una sed horrible... se siente estafado, engañado y traicionado.

Se pone en pie a duras penas y corre. Una fuente calma la sed física, pero sigue sintiéndose como si le hubieran quitado un órgano vital. Necesita recuperar el aliento y tiene que planear la revancha, y sobre todo tiene que avisar a Genji. El enemigo es más peligroso de lo que imaginaba.

Llega a la casa vacía que ha ocupado temporalmente, dios bendiga las segundas viviendas vacacionales, abre la puerta y coge la botella de güisqui que tiene siempre en la entrada, es una costumbre que siempre viene bien. Da un trago largo y suspira.

Entonces se da cuenta de que la puerta de la sala está abierta.

Se acerca y allí está, el oni imparable, empapado de los pies a la cabeza, furioso, el ceño fruncido y un aire a gato mojado impagable. McCree suspira con agotamiento.

- Me obligas a ser deshonorable.- Masculla Hanzo Shimada.

- No tengo ni idea de lo que me...

Entonces lo nota, un leve mareo... el modo en que la botella pesa en su mano y todo empieza a ser lento... estar en pie empieza a resultar un esfuerzo... levanta la botella de güisqui y la mira como si le hubiese traicionado.

- Ve... neno...

- Somnifero.- El oni se acerca.- Tu elegiste la manera difícil.

La oscuridad le engulle.


Nota de la autora: Segunda parte de mi fanfic, tiene referencias a la primera y al interludio, pero tampoco es imprescindible leerse estas, habrá referencias eso sí.