Capítulo 5. Por un puñado de dólares

McCree se sorprendió a si mismo mirando atrás por las calles, vislumbrando el peñón de Gibraltar, buscándolo con la mirada a medida que se alejaba. Preguntándose si al limitarse a huir estaba siendo infantil.

¿Jack y Ana aparecían y el se marchaba como un niño con una pataleta? ¿Si ellos vienen a la casa del árbol entonces yo me voy? Se puso a dar vueltas por las calles, irritado consigo mismo y con todos los demás. Había sido impulsivo pero la verdad era que realmente había estado horrorizado por la traición.

Ana Amari viva, el mazazo era demasiado fuerte, todos aquellos años, mientras él vagaba completamente solo, dejado de lado, pensando que sencillamente era el superviviente cuando en realidad era el abandonado. Sabían que él estaba por ahí, solo, perseguido por la ley, cazado por cazarrecompensas y antiguos enemigos, sobreviviendo, y no le habían llamado, no le habían dicho nada. Ana Amari primero, luego Genji se había marchado sin decir nada a nadie, luego la destrucción de Overwatch, Jack… parecía que solo Gabriel había sido realmente arrebatado de su lado. Todos los demás habían hecho sus vidas sin él.

El resto de la nueva Overwatch no tenían la culpa, pero… le dolía. Dolía demasiado, todo el mundo había seguido adelante. McCree siguió andando, era tan fácil como ir a la estación de autobuses, un viaje corto, a Marbella quizás, desde allí decidiría el siguiente destino. O quizás hacer la ruta de la plata…

El viaje en autobús fue un infierno, estaba casi mareado.

Notaba a Deadeye tenso, lo cual le hacía notar una desagradable presión en las sienes, había aprendido a reconocer aquello como un síntoma de su propia ansiedad, como cuando tenía pesadillas y su fiel don se ponía histérico, intentando destruir lo que no era real.

No quería irse. Le había gustado tener un hogar, tener compañía… sentir a alguien cubriendo sus espaldas. Mierda. Mierda. No sabía que hacer. Sacó la tarjeta de su bolsillo. El teléfono personal de Hanzo.

Podía llamar a cualquiera, a Winston, a Genji, podía poner cualquier excusa. Qué había necesitado aclarar las ideas, tomar el aire, y volver, dolería en el orgullo, pero no sería la primera vez que se tragaba el orgullo y aceptaba la realidad.

Pero Amari y Morrison seguirían allí.

Podía llamar a Hanzo y preguntarle como iban las cosas y si quería secuestrarle y llevarle de vuelta… y preguntarle si se veía capaz de levantarle en brazos…

Cuando bajó del autobús solo pudo culparse a sí mismo de estar tan ensimismado de no ver al individuo que le siguió desde el lavabo de la estación y de la emboscada que le tendieron en la cafetería de esta.

Jesse pidió un café y se quedó mirando un rato el número de la tarjeta, no sabía porqué estaba tan nervioso, era estúpido, solo tenía que marcar el número y usar todo su encanto, saludar, preguntarle si le había echado de menos aquellas tres horas…

Para ser alguien que había perfeccionado el arte de la seducción rápida, estaba muy anquilosado. En Blackwatch no había tenido tiempo de tener relaciones, la idea de una pareja estable se antojaba casi cómica, nunca sabía donde iba a estar, las únicas relaciones estables eran con sus compañeros de equipo. Las parejas que había tenido habían sido siempre esporádicas, gente desconocida en bares, la rara pero encantadora relación de una semana allá donde decidiese ir en unas raras vacaciones.

Hanzo entraba en la categoría compañero de trabajo y McCree recordaba muy bien el consejo de Reyes al respecto, "donde tengas la olla no pongas la polla".

Consejo en el que Jesse había pensado muchas veces cuando veía a Reyes y Morrison interactuar, los primeros años, antes de que la tensión por la corrupción, la prensa y los superiores se volviese insoportable, cuando pensaba que era imposible que aquellos dos no estuviesen casados.

Ya no estaba en Blackwatch… marcó el número y esperó.

- Cuelga el teléfono.

El cañón de la pistola se clavó en sus costillas y Jesse colgó el teléfono inmediatamente. Imbécil. Idiota. Se había pasado meses en equipo y ya se había ablandado tanto que le emboscaban en una cafetería a plena luz del día. Ni siquiera había sido advertido por Deadeye, nervioso como había estado.

- Eh, amigo, no hace falta ser tan intenso.

- Un francotirador te está apuntando, si yo caigo disparará a matar.

- Habéis hecho los deberes, muy bien. Un notable alto para el caballero.

Sonrió afablemente sabía que eso ponía histéricos a los soldados, porque este no era un cazarrecompensas, Jesse reconocía el estilo militar cuando lo veía. Echó un vistazo alrededor, con disimulo.

El francotirador no parecía ser un farol. Alguien había dejado estratégicamente abiertas unas ventanas altar para facilitar las cosas, y el edificio de enfrente tenía una planta vacía. No podía haber sido más evidente.

En ese momento un hombre entró en el concurrido bar y se sentó en una mesa de la esquina, de la cual se levantaron y marcharon inmediatamente dos mujeres vestidas con uniforme de policías. Y que evidentemente no eran tales. Las falsas agentes se pusieron cómodas en la barra, en una zona desde la cual podrían actuar si las cosas se ponían feas para su jefe.

Pero no era como si el jefe necesitara guardaespaldas.

El mismísimo Doomfist, Akande Ogundimu, combatiente, estratega, visionario, el hombre que había convertido Talon en una organización cuyos objetivos iban mucho mas allá de limitarse a ganar dinero por vías fraudulentas. Akande era un hombre peligroso con un plan.

Nunca se había enfrentado a Doomfist, pero sabía que Winston, Tracer y Genji lo habían hecho… y que no había sido nada fácil incluso siendo un tres contra uno.

- Hablarás con él, si haces un solo gesto que…

- Relájate, soldadito. Bang bang, ya lo sé, no soy nuevo.

Suspiró, se ajustó el sombrero, para nerviosismo del imbécil que tenía al lado y se encaminó hacia la mesa en la que Akande esperaba. El tipo era enorme, una torre de hombre, un tamaño y una fuerza parejas a su inteligencia. No pasaba desapercibido por su corpulencia, pero los demás transeúntes no se paraban a mirar, Akande vestía como un hombre de negocios y ojeaba un periódico extranjero, eso le volvía invisible con tanta eficacia como el estilo de turista yanqui lo hacía por McCree cuando se quitaba el traje de vaquero.

Akande levantó la vista el periódico.

- Señor McCree, se parece mucho a un hombre cuya cabeza vale 60 millones de dólares.

- Y usted, Ogundimu, se parece mucho a alguien que no los va a cobrar.

El tipo sonrió levemente y McCree tuvo completa seguridad de que era un hombre que podía pasar de encandilarte con una oferta y luego arrancarte la cabeza con una mano sin que se le arrugara el traje, no necesitaba al francotirador para nada. La pregunta era si no solo le mataría si no si mataría también a los civiles a su alrededor.

- Ha sido difícil de encontrar hasta ahora.

- Una llamada de teléfono hubiese bastado, ¿sabe?

- Prefiero dar un toque personal a las ofertas laborales.

- Una oferta de Talon. - McCree escupió en el vaso de refresco vacío de la mesa al pronunciar el nombre de la organización.

- La nueva Talon.

- Que ahora es una ONG que ayuda a huérfanos y viudas, como he podido no verlo.

Akande frunció el ceño y su mano derecha se cerró en un puño sobre la mesa. Era casi imposible percibir los aumentos del brazo, los informes decían que casi lo había perdido por completo, mutilado durante los últimos días del conflicto de la Crisis Omnic, en la juventud de Akande. La tecnología de la empresa familiar había hecho maravillas, una fusión orgánica y cibernética a nivel extraordinario.

La familia que comía bocadillos terminó y se marchó.

- Irrelevante, usted es un soldado de fortuna, un mercenario, y estoy dispuesto a ofrecer un sueldo acorde a sus habilidades.

- Soy independiente, no trabajo a sueldo. - Vigiló las salidas, pero tenía mala pinta, y dudaba que Akande fuese un hombre que aceptara un no por respuesta, no cuando se había molestado en ir en persona. - No es nada personal, tan solo le he cogido gusto a la vida en solitario.

- Sin embargo, juraría que ha vuelto a trabajar a tiempo completo con… una organización ilegalizada.

El bastardo lucía muy satisfecho, oh si, puede que la Comisión Internacional de Justicia no hubiese actuado aún contra la nueva Overwatch, seguramente el papeleo estaba siendo draconiano, pero tarde o temprano lo haría. Y notarían el calor.

Las chicas que tomaban refrescos fueron al baño.

- Me pagan. - No era del todo mentira, todos tenían un sueldo asignado.

- Sabe, McCree, el bando vencedor pagaría mucho más. Quizá podría comprarse ropa de verdad.

Una burla a su atuendo de vaquero, nts nts, triste.

- ¿Mi ropa? ¿Has visto alguna de las cosas que lleváis en Talon? He visto a vuestro asesino gótico, Akande, ¿tenéis un grupo tributo de Kiss?

Como respuesta Akande le pasó una tarjeta-monedero, dejándola frente a él en la mesa, Jesse estuvo muy tentado de limitarse a romperla en dos, pero fingió interés, cogió la tarjeta y la activó.

Era mucho dinero. Muchísimo. La idea de que Talon pudiese permitirse mover tanta cantidad para contratar a un hombre era terrorífica.

- Desde luego sabes hacer que un hombre se sienta apreciado.

- También podemos ofrecer mejoras.

- Mejoras.

- Sé lo que es perder el uso de un brazo, la herramienta de trabajo de un hombre.

No estaba mal como intento de establecer simpatía. Brazo derecho, brazo izquierdo. La prótesis cibernética del nigeriano era una obra de arte, McCree podía imaginar que el tipo incluso podía olvidar que era artificial, él no tenía esa suerte.

Una pareja terminó su café y se levantó de la mesa.

Volvería a trabajar con una sola mano antes que trabajar para Talon. Era solo un brazo, podía vivir con un solo brazo y la conciencia tranquila. Había cosas más importantes.

- Es una oferta tentadora.

- Es la única oferta, McCree, no se repetirá.

La amenaza velada era evidente. Jesse sonrió, se repantingó y sacó un cigarro, suave, relajado, todo iba bien.

- Hacía años que no me sentía tan especial, permítame sentirme deseado unos minutos, no estoy acostumbrado a ello, ¿sabe? - Rebuscó y sacó su encendedor.

- No soy un hombre con tiempo…

Solo quedaban cuatro civiles. Dos estaban en el baño, la camarera estaba agachada guardando unos vasos, el que quedaba trabajando con el ordenador estaba a solo dos pasos de la salida. Sabía que los que quedaban estaban con Talon.

McCree arrojó la granada de luz sobre la mesa y disparó contra la alarma de incendios.


No estaba mal. Con dos cojones, gilipollas, pero con dos cojones.

Sombra pasaba de cámara a cámara, había hackeado el sistema de seguridad de la cafetería y de tráfico, y seguía con interés las peripecias del pistolero. La granada de luz había evitado que Widowmaker hiciese blanco (de todas formas, sabía de buena tinta que para esa misión Amelie llevaba munición no letal, Akande quería a McCree vivo), y la alarma de incendios había provocado suficiente caos inicial.

Ahora el pistolero jugaba al ratón y al gato por las calles, mientras la gente corría aterrorizada por el tiroteo. En contra de McCree jugaba su evidente preocupación por las bajas colaterales, evitaba las multitudes, cambiaba de rumbo para no involucrar a los civiles… pobre corazón blando.

- Tu chico, no lo hace mal, mira, otros dos agentes de Talon fuera de juego, McCree 4- Talon 0. Buen marcador.

- Concéntrate en la misión. - Gruñó el otro por el comunicador.

- ¿La tuya o la de Akande?

Otra sucesión de disparos y otros dos agentes de Talon mordiendo el polvo. Pero Sombra, desde su privilegiada posición de observadora podía ver que eso no importaba. Akande estaba dando órdenes con toda precisión, McCree estaba siendo conducido como un ternero al matadero. Doomfist era un estratega experto en usar las debilidades de sus enemigos, y había calado al pistolero al instante, usando a los civiles asustados, cerrando salidas. McCree saldría justo frente a Widowmaker.

Amelie Lacroix, armada y lista para el blanco.


McCree corría y disparaba, se cubría y rodaba, iba bien. Podía hacer esto.

El corazón le galopaba en el pecho y a su pesar tenía que admitir el miedo. Recordaba Polonia, las calles, la emboscada, la artillería pesada viniendo a por él. Esta vez era de día, y las calles estaban llenas de gente que podía salir herida. Era aún peor.

Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Todos los sonidos le hacían volverse, girar, había demasiados sonidos. Gritos.

Estaba solo, y esta vez era culpa suya. Estaba solo de nuevo.

Disparó con precisión y otro agente de Talon cae en el sitio, saltó sobre su cadáver caliente y salió hacia delante, si consiguiese llegar a la plaza podría…

Delante, la tela de la araña.

Paró en seco en el umbral del callejón, un proyectil impactó justo a sus pies, le hubiese dado a él mismo de no haberse detenido al instante. Deadeye, siempre alerta a lo importante. Pero el francotirador, la araña… era muy bueno. Las lecciones de Amari sobre disparo con rifle de francotirador llenaron su cabeza cuando la araña disparó de nuevo corrigiendo a toda velocidad y le impactó en la pierna antes de que pudiera retirarse.

No dolía tanto como esperaba, pero no tenía tiempo de mirarse la herida, se descubre pudiendo correr por la plaza, disparando contra Widowmaker, pues sin duda es ella, una ráfaga de balas para cubrirse, hasta llegar a la pequeña iglesia de la esquina, un buen sitio donde ocultarse unos minutos.

- ¡Me acojo a sagrado! - Gritó con una carcajada nerviosa nada mas atravesar el portón de una patada.

No había nadie, gracias a Dios, así que cerró las puertas y tomó aire. Entonces descubrió que el impacto en su pierna era un dardo. ¿Droga, veneno? Empezaba a sentirse mareado.

- No, no, no, mierda.

Trastabilló hasta un confesionario y se encerró dentro, se sentó en el sitio reservado al cura y amartilló la pistola apuntando a la puerta, ojalá se den prisa, pensó, ojalá entren todos a la carrera y pueda descargar a Deadeye sobre ellos de una sola tanda. Antes de que el hormigueo de los dedos se haga más intenso y no pueda apretar el gatillo.

El silencioso vuelo de la lechuza. Frente a nosotros.

Disparó a través de la puerta sin molestarse en abrirla. Unos segundos de silencio después, parecía que hubiese abatido a esa misteriosa lechuza… entonces la niebla negra entró en el pequeño habitáculo.

Pensaría que el espectáculo de pesadilla era una alucinación de no haber visto las imágenes del museo, con aquel monstruo que era Reaper materializándose como una nube de oscuridad. No había esperado poder verlo a distancia tan corta.

No era humo, era como arena, miles de granos de arena minúsculos moviéndose como un enjambre, uniéndose hasta crear la figura vestida de sólido negro, la máscara blanca cerniéndose sobre Jesse. Una lechuza, Deadeye había calado al enemigo.

Iba a disparar, pero la mano, o mas bien la garra, porque el tipo tenía garras metálicas en los guantes, se cerró sobre su muñeca y la retorció dolorosamente.

- Ingrato, una iglesia no es un refugio.

La voz reverberaba como si fuese múltiple, pero el timbre era familiar, ingrato…

Jesse sintió que el suelo se abría bajo sus pies, porque era imposible, porque tenía que ser una alucinación, la droga del disparo, tenía que ser eso, deliraba. No podía ser, tenía que librarse de aquel tipo, movió la mano hacia sus grandas pero antes de que pudiese acercarse el tipo agarró el cinto de estas y lo arrancó.

- Yo te enseñé todo lo que sabes.

No… no… no…

- ¿Jefe?

La mano que retorcía su muñeca se relajó un poco, pero no cedió su presa.

- Ha pasado mucho tiempo, Huckelberry.

No podía ser. Primero Morrison… luego Amari… y el mismo día Reyes. Era imposible.

- No puede ser… ¿Gabe? Pero… pero estabas muerto… la explosión….

- Sssssh, lo sé.

Reaper, no, Gabe, le abrazó. Jesse dejó caer a Peacekeeper y respondió al abrazo con fuerza, apretando, con miedo de que el otro hombre se convirtiese en humo allí mismo. Oh dios, estaba allí, Gabe estaba allí, con él.

- Lo estabas haciendo bien, nadie sabía donde estabas, lo siento mucho, chico.

- ¿Por qué? ¿Dónde estabas tú? ¿Qué te ha pasado? - Jesse no podía contener el llanto, todo era demasiado intenso. - ¿Eras tú todo este tiempo? ¿Reaper?

- Era necesario. - Reaper le pasaba las garras por el pelo.

No. Una trampa. Traición. Traición. Nos ha traicionado. ¡Traición!

¿Qué? Jesse notó en ese momento la escopeta de Reaper apoyada en su costado, bajo la axila. A esa distancia, con la potencia de tiro de esas cosas… le reventaría, le destrozaría, los pulmones, el corazón...

- ¿Gabe?

- No puedo dejar que te cojan, Jessie, no sabes lo que hace esta gente, lo que le hicieron a Amelie te lo harán a ti, y te usarán contra mí.

Le abrazaba con fuerza contra su pecho y Jesse tembló con más fuerza.

- No… no, jefe, ven conmigo, ahora todo es diferente, iremos los dos, juntos otra vez.

- Overwatch te destruirá como me destruyó a mí, no dejaré que lo hagan.

- Jefe… por favor…

- Lo siento tanto, chico, será un instante, ni lo notarás. Yo los destruiré a todos en tu nombre, tranquilo.

Había delirio, locura en la voz de Gabriel, aquello que le había pasado le había destruido. No era él, era una sombra, un pálido reflejo del hombre que le había enseñado todo.

- Adiós, hijo.

Jesse sollozó. Entonces el mundo estalló en un resplandor azul.

Todo saltó por los aires, Reaper se deshizo entre sus manos, el confesionario se volvió astillas, dos criaturas de leyenda arrasando con todo a su paso. Dragones.

Apenas puede moverse, entre la droga, el pico de adrenalina bajando, puede ver como Reaper se reforma y se enfrenta a las bestias momentáneamente, solo para tener que desvanecerse de nuevo al enfrentar las fauces de puro poder azul.

Un enorme hocico con largos bigotes se acercó a él, olisqueando… Jesse extendió una mano, le costaba coordinar… lo tocó… era sólido… era… cálido… algo en su interior se revuelve, como si Deadeye estuviese aturdido.

- ¡McCree!

Shimada… Hanzo. Cerró los ojos, estaba agotado, física y mentalmente, estaba dolorido… en ambos sentidos también. Notó como unos fuertes brazos le levantaban del suelo.

- Lo… sabía…

- ¿McCree?

- Sabía que… podrías llevarme en brazos…

Se dejó engullir por la oscuridad, la paz de la inconsciencia.


Nota de la autora: ¡Drama! No puedo escribir solo cosas bonitas porque soy una dramática de la vida.

El diseño y el lore de Akande me encanta, creo que el fandom puede hacer oro puro con él.

Un saludo y gracias por leer este fanfic.