Capítulo 1: Bienvenidos a Villenneé

El plan del Gobierno para devolver la vida a las zonas rurales ha pasado por varias fases. Actualmente, los pueblos deshabitados cuentan con ofertas especiales en las viviendas, tanto alquiladas como a la venta. Si además se consigue un alto porcentaje de ocupación, se desplegarán las medidas oportunas para que los residentes dispongan de las opciones de telecomunicaciones mínimas para...

—¡Corta ya el rollo, Richard, que nos lo sabemos! —protestó Odd—. Y pásame esa caja, anda.

Con un suspiro de fastidio, el pelirrojo tomó la caja que Odd le pedía. "Fue mi idea que se vinieran aquí a vivir… y por gilipollas me he comido ayudarlos a todos con la mudanza", pensó para sus adentros.

Aquella idea había comenzado a gestarse unas semanas antes. Por sus contactos dentro del Gobierno, se había enterado de que Villenneé, uno de los pueblos abandonados desde había por lo menos una década, era uno de los objetivos para la repoblación. Las intenciones eran sencillas: experimentar con un paraje pequeño, y si la cosa funcionaba, aprovechar para repoblar pueblos más grandes. Conseguir que la gente de ciudad se mudase al campo y que mantuvieran sus ritmos de vida.

—¡Vamos, que casi lo tenemos todo! —gritó Yumi, desde la ventana del piso superior de su nueva casa—. ¡En seguida os echamos una mano!

—O podríamos descansar, porque llevamos dos días en que es imposible tomarnos un respiro —comentó Ulrich, tentado de sentarse en el sofá.

Había sido uno de los puntos a los que nadie había rechazado antes de hacer la Gran Mudanza: llevarse los cómodos muebles de la ciudad. Para ello, habían tenido que contratar a una buena cuadrilla de obreros para realizar unas pequeñas reformas, escudados nuevamente en las ayudas del Gobierno para aquel plan. Y con un bonus: todas aquellas casas "de pueblo" tenían una buhardilla habilitada, perfecta para meter trastos.

El grupo había pensado que sería una buena oportunidad para ellos. Sus hijos ya estaban crecidos, se iban a la universidad, a pisos de soltero… Ese fue uno de los pensamientos que Aelita había expresado en la reunión grupal en la que habían empezado a planear irse todos a vivir a Villenneé. El segundo, por supuesto, era el tema de sus trabajos.

—¡Pero Ulrich! ¡Tu negocio aquí funciona de maravilla! —había comentado William—. ¿Por qué no haces como yo? Mi hija Luna llevará la gestión de los talleres, con eso tendrá para vivir y aún así tengo beneficios. Y aprovecho para montar un taller por la zona rural, que me consta que no están muy servidos.

—Porque mi pequeño Takeru no tiene el alma de un fisio —respondió él—. Y además, no creo que por ahí haya mucha gente que necesite de alguien que de masajes a domicilio.

—¿Un grupo de gente que no tiene quien les de masajes cerca? Cierto, no creo que puedas hacer negocio —había bromeado Sam.

Ella misma había optado por trasladar el local donde daba terapia, más cercana a la estación de tren. Se podría desplazar todos los días y regresar sin problemas. Carlos, por su parte, disponía de su ordenador para atender los casos desde donde vivieran, y podía desplazarse para atender en persona si era necesario.

Villanneé no había visto un tumulto así de gente desde 2019, cuando el pueblo se había vaciado definitivamente. Los propietarios de las casas usaban al Estado como intermediario, tanto para los planes de alquiler como de venta de aquellas casas, y en teoría no iban a conocerlos en persona (salvo que a alguien le apeteciera pasarse por allí a ver cómo estaba la cosa).

Con ese desplazamiento, Aelita, Jeremy, Yumi, Ulrich, Odd, Dorjan, Samantha, Carlos, William, Laura, Alicia y Emily habían acordado poner sus viviendas de la gran ciudad en alquiler. Pero habían tenido un problema. Eran 6 casas a habitar. Villanneé tenía un total de trece viviendas por ser ocupadas. Necesitaban, al menos unos séptimos ocupantes para que el plan saliera adelante.

—¿No te plantearías un cambio? —preguntó Aelita a la mañana siguiente, cuando fue a hacer una visita a Sissi.

—Es un cambio demasiado grande. Soy una urbanita, ya lo sabes —comentó Sissi—. Además, es el primer año que Sofía asume la dirección, y necesita unas directrices para…

—Ha tenido a la mejor maestra posible —le dijo la pelirrosa—. Además, el pueblo prácticamente va a ser ocupado por nosotros. Richard nos ha conseguido prioridad. Es ahora o nunca…

—Tendría que comentarlo con Javier… —comentó ella.

Pero su marido se había mostrado encantado con aquella idea. Tenían dinero suficiente, la academia funcionaba bien. Podrían probar la experiencia. Si no funcionaba, tras un año (el contrato mínimo exigido por el Plan de Repoblación) podrían regresar a la ciudad. Con un poco más de confianza, Sissi se animó también.

Las gestiones fueron a las mil maravillas, como suele ocurrir cuando el gobierno se quería quitar "un marrón" de encima. No pusieron apenas trabas, y pronto complieron las partes del trato más delicadas: las telecomunicaciones (era imposible tirar la fibra óptica hasta allí, pero sí que todas las casas podrían disponer de teléfono y ADSL) y las comunicaciones físicas, montando un apeadero a cinco minutos de la villa para que pudieran disponer de trenes.

Desde el primer momento, a Odd había sido al que más le había entusiasmado la idea aquella. Que la mayoría vivieran en el mismo edificio había logrado mantener viva la llama del acuerdo sexual durante aquellos años. Sin embargo, ahora disponían de un pueblo entero solo para ellos, lo cual le daba mejores oportunidades, lejos por fin de la mirada de una sociedad demasiado crítica para ciertos placeres.

Con esa gran idea fueron todos un sábado por la mañana a ver Villanneé en persona, y el aspecto del pueblo les encantó. Tenía un aspecto rústico y un poco dejado, pero pronto se arreglaría eso. Hicieron un pequeño tour por las casas, ninguna era igual a otra. Según lo que consideraron que necesitaba cada uno, empezaron a repartirse las propiedades como buenamente les pareció. Con todos conformes, solo quedaban dos cosas: las reformas, y la mudanza.

El tiempo de lo primero fue vital para lo segundo. En los días siguientes habían publicado por internet anuncios de alquiler de sus casas. Para evitar el pánico, como solo podría ocurrir con una estampida general, publicaron los anuncios con pocos días de diferencia unos con otros. Salvo por un par de "compañeros de piso" que estuvieron a punto de convertir el piso de Odd y Dorjan en una casa okupada, pronto los contratos estuvieron firmados.

Y ahora, por fin, estaban terminando la mudanza. La primera, que estaba en la base del pueblo, había sido ocupada por Jeremy y Aelita. La casa disponía de dos habitaciones en la planta de arriba, y un salón-cocina en la de abajo, así como el cuarto de baño. Por este motivo, Jeremy había podido colgar la tele de plasma en una de las paredes (gracias a la ayuda de Odd), y ahora en el comedor tenía la opción de mirar por la ventana o mirar Netflix. La habitación que no iban a ocupar la habían habilitado como una pequeña oficina, de forma que si les apetecía, podrían realizar su trabajo para el Centro de Física en remoto. Y por supuesto, cajas de cacharros de tecnología almacenados en la última planta que les había dado mucha pereza revisar lo que les apetecía conservar y lo que no.

—Por lo menos pudimos cambiar la cocina… Nos ha costado un poco de dinero extra, pero no me hubiera apañado con los fogones —comentó Aelita, mirando la vitrocerámica.

—Pues sí. Pero ahora, deja eso —le dijo Jeremy. Vamos a ver si nuestros amigos necesitan ayuda. Y luego cocino yo —prometió—. ¿Macarrones?

—Oh, mi héroe Estrella Michelín —bromeó ella. Se dieron un beso, y salieron a la calle.

La casa colindante a la suya se hallaba vacía, al igual que la que tenían en frente. Completa intimidad. Pero haciendo la diagonal, se encontraba la casa de Samantha y Carlos. El chico había alquilado una furgoneta, y estaba vaciándola de cajas.

—¿Una manita? —preguntó Jeremy.

—Gracias —dijo Carlos—. Todo lo que me queda son papeles del trabajo que van arriba del todo… Y creo que Sam estaba poniendo en orden la habitación.

El rubio y la pelirrosa tomaron sendas cajas cada uno y siguieron al chico escaleras arriba. Su salón era un poco más modesto, pero tenían más espacio en el cuarto de baño. La habitación principal habían optado por dejar únicamente la cama, y la contigua sería una mezcla entre armario y los papeles del trabajo de Samantha.

Ella se encontraba leyendo un papel en ese momento, a la luz de la ventana. La hoja no había sido escrita a mano, sino con letras de titulares de periódicos y revistas aleatorios. El mensaje simplemente rezaba una frase. "Voy a por ti, puta", y ni siquiera tenía alguna especie de firma.

Al escuchar ruido, Sam se alarmó. Guardó la nota en una caja de metal, en la cual había otros cuatro folios de estilo similar, y la escondió en un cajón de su mesilla de noche. "Aquí estaré a salvo", pensó. "Ha sido una gran idea que nos mudemos aquí".

—Gracias por la ayuda, chicos. Aelita, por favor, esa caja dame…

—Dime dónde la pongo —dijo ella.

—En la habitación a tu espalda, donde puedas, en serio —respondió Sam—. Gracias. ¿Necesitáis algo por ahí arriba? —preguntó.

—Nada. Todo va como la seda —respondió Carlos.

Intentando disimular su nerviosismo, subió igualmente a ayudarlos. Todo iba a ir bien.

Justo al lado de su casita se encontraba la plaza del pueblo, ante la cual se levantaba el Ayuntamiento. Vacío, por supuesto. Mirando hacia el consistorio, el camino se bifurcaba en dos calles que seguían subiendo. Era el único inconveniente del pueblo, hacía cuesta hacia arriba. Tal vez podrían proponer poner escalones, aunque la pendiente no era muy empinada.

Subiendo por el camino de la izquierda, se podía ver un local cuyo aspecto decía "abandonado" por todas partes. Y subiendo un poco más, se encontraban dos casas a mano derecha, siendo la primera la de Alicia y Emily.

Las chicas estaban muy contentas por haber podido irse a vivir a un sitio así. Tenían mucha saturación de la ciudad. Y aunque desplazarse todos los días para ir a su trabajo podía ser un suplicio, lo preferían. Podían ir directamente en tren, en lugar de conduciendo, y aprovechar ese rato a solas para trabajar, o dormir, o estar juntas.

—Bueno, ha quedado esto bonito, ¿verdad? —preguntó Emily. Le habían dado un toque particular al salón, cubriendo la mitad de la piedra que formaba la estancia, empleando madera negra, que quedaba perfecta con la parte superior descubierta en color blanco. Los muebles seguían el mismo diseño.

—Me encanta —dijo Alicia. Se acercó a la espalda de su pareja, y le abrazó por la cintura—. Hice bien fiándome de ti. Tienes un gusto exquisito.

—Claro que lo tengo. Me casé contigo, ¿verdad? —preguntó Emily, y se llevó un suave beso de su novia por aquel comentario.

—Arriba también tenemos todo. He guardado los trastos en la habitación vacía, y ya tenemos en la buhardilla la cama redonda con la televisión grande —le comentó.

—Bueno… podemos ir a ayudar a nuestros amigos… o estrenar esa cama —propuso Emily.

—¿Quieres ver una peli?

—¿Qué peli? —preguntó Alicia, traviesa, y riendo, ambas subieron por las escaleras tomadas de la mano.

De vecinos tenían a William y Laura. El matrimonio se había puesto de acuerdo con ellas en una cosa: que los dormitorios no estuvieran pared con pared. Era sencillo, pues de ese modo, disponían de dos ventanas desde allí: una que daba a la calle del pueblo, y la otra, permitía ver el campo. Él había dejado la segunda habitación por completo a disposición de Laura, mientras él había improvisado un taller en el pequeño terreno delante de la casa. Sólo le cabría un coche, pero el suyo lo podían aparcar fuera sin muchos problemas.

—Espero que no pase nada por los días que me he tomado —comentó Laura—. Con Luna fuera de Erasmus, la casa de ciudad se me hacía grande… aquí por lo menos tenemos todo el espacio para nosotros.

—Es cierto —dijo William—. Creo que aquí podemos ser felices también. Y la verdad, me noto que respiro mejor. El taller cerrado me empezaba a matar.

—Bueno, aquí no tendrás ese problema —dijo ella, y le envolvió con los brazos—. ¿Qué has hecho con las cajas de los archivadores?

—Ya están todos subidos. Y la casa está impecable. ¿Vamos a ver cómo van los demás?

—Claro.

Pero su sorpresa llegó al ver a Sissi y Javier en su puerta.

—¡Hoooooola! —saludó ella—. ¿Todo bien por aquí?

—De maravilla. ¿Ya habéis terminado? —preguntó William.

—Sí, veníamos a ver qué tal os iba —respondió Javier—. Nosotros ya nos hemos instalado.

Su casa estaba un poco más alejada, en uno de los extremos de la villa. Claro que la distancia no era lo suficientemente larga como para llamarla "lejana". En un rinconcito, la casa era ligeramente mayor en tamaño, donde habían pensado en montar un pequeño huerto, y de ese modo aprovechar el tiempo. El pueblo no estaría vacío de forma habitual, pero tener tareas de por medio les interesaba,

La planta en la que estaban las habitaciones había sido cambiada. Abajo mantenían apenas el comedor y el aseo, y habían optado por no reformar la cocina. Manteniéndola con su aspecto añejo y verificando que funcionara, habían montado un saloncito en la planta superior, donde disponían de una chimenea, la cocina, y una mesa con dos cómodos sillones, enfrente de su dormitorio. La buhardilla almacenaba una gran cantidad de ropa en su mayoría, pero no tenían pensado ninguna utilidad real para la habitación. Tal vez un dormitorio para cuando Sofía asomara por allí.

—Vamos a ver cómo están Odd y Javier —propuso Laura.

Torciendo la esquina a la derecha por su calle, llegaban a una pequeña placita. Había dos casas desocupadas por completo, y la tercera, en la misma línea que estaba la de Sissi y Javier, se habían metido a vivir Odd y Dorjan, que se encontraban fuera, en un banco improvisado con dos tocones de madera y una tabla. Era una construcción más alargada, pero con un poco menos de altura de techo. La mayor reforma que habían realizado era en la buhardilla, donde el rubio se había montado un pequeño estudio para montar música y cosas de imagen, por lo que habían realizado un buen aislamiento para no molestar a Dorjan cuando estuviera preparando sus papeles de la oficina. La idea de Odd de tirar abajo la pared para ofrecer conciertos en directo no había sido tan bien acogida, y había prometido no volver a proponerlo. Al menos por el momento.

—Qué trabajadores os veo —rió Laura—. ¿Habéis acabado?

—Sí, nada mejor que un tercer par de manos para acabar pronto —comentó Richard, que ahora llevaba un botellín en la mano.

—Ay, el señorito que no se acostumbra a trabajar con las manos… —bromeó William. Odd se atragantó con su bebida—. No me digas que…

—Sí, estaba pensando en las pajas —respondió el rubio, provocando una carcajada general, y una subida de colores de Richard—. ¿En serio te da vergüenza?

—Hay cosas a las que uno no se acostumbra. ¿Os parece si pasamos a por Yumi y Ulrich, y nos reunimos en la playa del ayuntamiento? Me queda poco tiempo antes de irme y tenemos que zanjar algún asunto nuevo.

El grupito aceptó la propuesta. Miraron hacia el camino que comunicaba con la vía del tren, y torcieron a la derecha. Bajaron a buen paso y llegaron a la casa de la japonesa y el alemán. Les sorprendió fijarse que en el pequeño jardín se habían instalado una fuente zen, y a su lado se encontraban los dos, en ropa de deporte, sobre dos esterillas, sentados sobre las piernas, meditando.

—¡Ah de la casa! —gritó Odd—. ¿Termináis y no nos ayudáis a los demás, caraduras? —preguntó.

—Pensaba que tú podías con todo —bromeó Ulrich. Abrió los ojos y se puso en pie—. Nosotros estamos perfectamente instalados.

La casa, desde su posición, daba con la de Alicia y Emily. Una de sus ventanas incluso permitía ver la plazita trasera. El dormitorio había sido decorado con buen gusto, y después de una pequeña conversación, había cedido en montar una sala de fisio en el segundo dormitorio. Yumi no tenía nada en contra de la profesión de su marido, pero indudablemente, que extraños entrasen en casa a hacerse un masaje, no le gustaba. Y menos aún las extrañas.

Para compensar, habían dividido la buhardilla, dejando un reducido espacio para ropa y sábanas, y ocupando casi todo el espacio, un sofá doble circular con una televisión grande para ver la televisión. La chica había desarrollado la debilidad por darse maratones de alguna serie después de las sesiones de modelo. Continuaba triunfando, y mudarse a aquel pueblo le permitiría alejarse del "¡Oh, pero si tu eres….!" que tanto la incordiaba.


—Bueno, pues ya que estamos todos… —empezó Richard, una vez todos se habían congregado en la plaza—, os tengo que comunicar alguna cosa más. El Gobierno…

Un ruido que no esperaban escuchar sonó en aquel momento. Era un motor. Un motor de coche. Diablos. El vehículo aminoró el paso al ver que tanta gente ocupaba la plaza, y finalmente se detuvo.

—¡Hola, buenos días! —saludó el copiloto desde la ventanilla. Abrió la puerta y se bajó. Iba con una camiseta hawaiana y pantalón corto. Las sandalias no eran lo más apropiado para aquel terreno. Parecía ligeramente mayor a los miembros del grupo—. No esperábamos encontrar gente por aquí. Me llamo Damien.

—Hola, Damien —respondió Richard en primer lugar—. ¿Has venido por el plan del Gobierno para…?

—¿Qué? ¡Oh, no! Bueno, casi —respondió él—. Mis padres… bueno, fallecieron hace un par de semanas. Creo que fueron los últimos en irse de aquí —comentó. Para haber perdido a sus padres, no parecía muy apenado—. El caso es que ni me acordaba de este sitio, hasta que nos leyeron el testamento… Hemos venido a ver cómo está esto. No sé si para vivir, o venderlo o qué… ¿Se encarga usted de esas cosas? —preguntó.

—No, no habitualmente, esto ha sido… excepcional —respondió el pelirrojo, pensando que no volvería a hacer esa clase de favores al grupo—. Justo iba a decir que había que elegir un alcalde…

—¡Ah, pues nos fiamos de ustedes! —respondió—. Si nos dejáis pasar…

—¡Vamos, Damien, que quiero echarme un rato! —dijo una voz dentro del vehículo. Una joven rubia asomó la cabeza por la ventanilla—. Por favor, quiero llegar a la casa.

—Lexa, mi compañera —dijo Damien, abriendo de nuevo su puerta—. ¡Ya nos conoceremos con calma, vecinos!

Montó en el vehículo, y el grupo se hizo a un lado para dejarlos pasar. Con cierta curiosidad, se asomaron a ver dónde dejaban el vehículo.

—Al parecer tenéis vecinos —comentó Jeremy hacia Yumi y Ulrich—. Esperemos que no se queden… Parte de nuestros planes se irían al traste.

—En cualquier caso… Richard, ¿necesitas un alcalde? —preguntó Dorjan.

—Sí… y dos ediles. Mi trabajo hoy termina aquí, así que necesitan a alguien como contacto por si ocurre algo.

—Yo me ofrezco —dijo Aelita, dando un paso al frente.

—Cariño… sé que estás capacitada para ello —comenzó Jeremy—, pero con el trabajo… ¿crees que vas a tener tiempo como para…?

—Lo tendré. He decidido que voy a dejarlo.

Aquella noticia no solo tomó por sorpresa a Jeremy, sino a toda la multitud. Richard, fiel a su indiferencia, empezó a tocar el suelo con el pie. Tenía prisa por marcharse.

—¿Qué es eso de que vas a dejarlo? —preguntó el rubio—. Es decir… no me habías dicho nada de…

—Estoy cansada —respondió Aelita—. He estado ganando bien por algunos años pero… no creo que donde estemos podamos sacar nada adelante. Quiero dejarlo. Al menos por un tiempo.

El estupor del rubio era evidente, y de pronto todos tenían la misma prisa que Richard por querer marcharse.

—¿Y qué vas a hacer?

—Escribir. Tengo unas ideas en la cabeza. Quiero escribir un libro, quizá más si se me da bien.

—… ¿Y si no?

—Con dos doctorados podré volver a trabajar. No voy a desconectarme de la física, Jeremy. Simplemente voy a dedicarme a otras cosas.

No muy convencido, Jeremy asumió que en aquel momento no tenía otra cosa que decir. Asintió, con la esperanza de que a su esposa se le pasara aquel deseo de la cabeza muy pronto.

—Bueno, pues tenemos alcaldesa. ¿Quiénes serán los ediles? Si no, los elijo a dedo —comentó Richard, rompiendo la escena con la delicadeza de un toro en estampida.

—Yo me apunto —respondió Alicia—. Si a todos os parece bien.

Hubo un murmullo de aprobación. Emily apoyó la cabeza en el hombro de su pareja.

—Pues yo creo que voy a dedicarme también —dijo Javier—. Total, somos catorce… podremos gestionarlo entre los tres, ¿os parece? —propuso.

—¿Y dónde iréis a reuniros? ¿A algún spa entre los tres? —bromeó Odd.

—Si tienes celos te puedes apuntar a eso, somos un gobierno transparente.

—Perfecto. Yo me marcho ya, entonces. Aelita, te pasaré la información para que hables con los responsables de todo esto, y además tienes mis datos de contacto, si ves que no puedes gestionar algo, dímelo. Señores, señoritas, un placer, como siempre.

"Si ves que no puedes gestionar algo, dímelo" gesticuló Jeremy. Aelita le miró, le había cazado. Él se puso colorado, pero ella tiró suavemente de él y le dio un beso. Algo extraño ocurría, Jeremy no era celoso de nadie más que del pelirrojo… y eso a ella le gustaba en cierto modo. A pesar de lo cual, Richard jamás había participado en los encuentros sexuales del grupo, más allá de las quedadas en las que coincidían todos, y no tenía la menor intención de pasar con él un rato en privado.

—Se me hace raro que no te hayas querido instalar tú, Richard —le dijo Carlos mientras le acompañaban al coche, él y Sam—. ¿Seguro que no te apetece?

—Lo siento, mi puesto me obliga a estar más accesible en la capital —respondió con sorna—. De todos modos, espero que os vaya bien. Lo digo en serio.

—¿Sabes por donde te puedes meter ese puesto? —inquirió el otro.

—Chiiiiiiicos, calma —intervino Sam—. No me hagáis reconciliaros de nuevo. Que bien os lo pasásteis ese día.

Ambos se encarnaron ligeramente, e ignoraron que la chica tenía razón. Richard se llegó a su coche, y después de estrecharles la mano a ambos, montó y se fue de allí.

—Parece mentira que estemos aquí todos —comentó ella.


—Laura, te llaman —comentó William. Estaba aliñando una ensalada, y su mujer se había dejado el teléfono en la cocina.

Ella entró y descolgó la llamada.

—Dígame.

El escocés continuó echando un chorro de vinagre, y a punto estuvo de caérsele la botella en el bol por culpa de un ruido. Se dio la vuelta alarmado. Laura tenía la mano en la oreja, pero el teléfono había caído al suelo, destrozándose la pantalla.

—¡Laura! ¡Laura, ¿qué ha pasado?!

—Era del trabajo… Me han despedido...


Hace cosa de un par de años, cierto mentiroso conocido como Felikis cerró la "trilogía del lemmon" en el último capítulo de 'Code: Not more lemmon?" diciendo, afirmando, aseverando que no habría una cuarta parte, que punto y final, que se acabó... Pero esas promesas están hechas para romperse ;)

Cronológicamente... yo que sé cuándo estaría situado xD Simplemente ha pasado el tiempo suficiente para que sus hijos se puedan ir de casa, que el último fanfic era ya demasiado coral para mi gusto ;) Y no solo eso, ya que Milly, Tamiya... OCs originales míos... tampoco tendrán una presencia importante en este fanfic, salvo que se me ocurra otra cosa. A priori, no contéis con ellos. Ni siquiera con Richard Dupuis, que ya ha cumplido su cometido ;)

Espero que os gusta leer esta nueva historia, que tendrá, como siempre, muchos problemas para los personajes. Y sexo, por supuesto. Creo que los pobrecitos necesitarán desfogar de lo que mi despiadada pluma (o despiadado teclado) va a hacerlos.

CLE is alive again. Esperando vuestro feedback, ya sabéis. Lemmon rules!