Capítulo 3: Una mañana cualquiera

Una mañana más despertaba en Villenneé. Los actuales habitantes estaban empezando sus rutinas. Algunos salían en coche hacia la ciudad, mientras que otros tomaban el tren. Quien salía aquel día antes que ningún otro había sido Ulrich. Ese día la agenda estaba bastante completa.

—Probablemente no vuelva hasta pasada la hora de comer —le dijo a Yumi. Tenía en el coche cargada una camilla plegable, y en el asiento del copiloto estaba un maletín con su bata y los aceites de masaje—. ¿Seguro que no quieres venir conmigo? Podrías aprovechar y conocer la zona. Comprarte algo bonito si te apetece… —le propuso.

—No, gracias —respondió ella. Llevaba una camiseta y unos pantalones de yoga—. Voy a hacer ejercicio. Otro día te acompaño, de verdad. La verdad, la vida aquí es bastante monótona.

—En parte era lo que queríamos, ¿no? Vivir lejos del bullicio de la ciudad.

—Supongo —dijo ella, con las manos en los bolsillos—. Ten cuidado con no destrozar alguna espalda, ¿vale? —preguntó, de broma.

—Lo tendré —respondió él, y le dio un beso en los labios—. Pasa un buen día, ¿vale?

—Lo intentaré —comentó Yumi. Sacó el móvil del bolsillo, y mientras Ulrich montaba en el coche, escribió un mensaje en el nuevo grupo que tenía con las chicas del acuerdo, "Villenneénsas", y les ofreció hacer la clase de yoga con ella.

Miró a Ulrich marcharse. Era extraño. En todos aquellos años no había dejado de amarlo nunca. Ni siquiera el escaso tiempo de vacaciones en la playa en el cual se habían tomado un tiempo para descansar. Y aún así, sentía algo extraño en los últimos días. Y eso que parecían estar más tranquilos desde que su hijo Takeru había optado por irse a vivir a un piso de estudiantes. Habían recuperado mucha intimidad. Y aún así sentía que necesitaba algo. Y no sabía lo que era. Se metió en casa. Aelita y Laura se apuntaban al yoga con ella. Sissi ni siquiera había recibido el mensaje. Estaría dormida. Obviamente, Samanta habría ido a la consulta...

—Hola, Yumi —saludaron Alicia y Emily antes de que cerrase la puerta.

—Buenos días, chicas —respondió—. ¿Necesitáis algo?

—Hemos visto tu mensaje. Emily no se encuentra bien hoy —le dijo Alicia. Era cierto, la joven tenía un aspecto algo desmejorado—. Ha pasado la noche vomitando.

—Ay, pobre…

—¿Te importaría que se quedara hoy con vosotras? —preguntó Alicia—. Yo es que tengo que ir a trabajar…

—Claro que no. Pasa —ofreció la japonesa.

—Gracias… —dijo Emily—. Te veo cuando vuelvas —añadió mirando a su novia.

—Pórtate bien y no des mucho trabajo a Yumi —bromeó—. Gracias, de verdad.

—No hay por qué darlas —dijo Yumi. ¿Por qué aquella parejita le despertaba tanta ternura? Daba igual, ocurría desde hacía tanto tiempo. Dejó que Emily entrase en casa y fue con ella a esperar a que Aelita y Laura apareciesen por allí.

Durante unos kilómetros Ulrich condujo al son de la música de Dunedain. No iba muy rápido, ya que aunque el límite de velocidad le parecía ridículamente bajo, no le convenía saltarse las normas de circulación. Sólo lo había hecho una vez, cuando Yumi se había puesto de parto, muchos años atrás, y consideró que en aquel momento era necesario. Además, odiaba conducir con prisas.

No tardó en localizar el desvío que le llevaría al primero de los pueblos donde tenía trabajo aquella mañana. Lo observó mientras el GPS le indicaba como podía el camino. La señal del GPS no era la mejor del mundo, pero tampoco se podía perder mucho. Aquel pueblecito rural era más grande que Villenneé. No era un gran hándicap. Él había visto caballos más grandes que Villenneé. Y aunque era temprano, ya se veía movimiento en las calles. En ese momento le pareció curioso lo que se podía echar de menos tener una tienda cerca.

Logró aparcar frente la puerta de la casa donde le habían contratado. Se dio cuenta de que era una casa de dos plantas, y maldijo su posible suerte si le tocaba subir la camilla por alguna escalera no diseñada para peatones sino para sherpas.

Descargó la camilla y se acercó a la puerta. El buzón únicamente tenía un nombre. Nadine Feraud. Sí, inequívocamente, era el nombre que tenía anotado en la agenda del móvil. Pulsó el timbre y aguardó, no más de veinte segundos. La puerta la abrió lo que dd definía como una "madurita interesante". Tenía melena rubia y era de tez pálida. Por un momento, pensó en un fantasma. Pero no, los fantasmas no eran bellos, y aquella mujer desde luego que lo era.

—Hola. ¿Tú eres Ulrich? —preguntó.

—El mismo. Teníamos la sesión ahora —respondió él, levantando la camilla.

—Por favor, pasa.

Se hizo a un lado para dejarle entrar en la casa. Era pequeña pero acogedora. Siguiendo a la mujer, Ulrich entró en lo que debía ser el salón, pero Nadine había sido previsora y había echado a un lado la mesa y el sofá. Menos mal. Tenía el espacio necesario para montar la camilla. No le supuso mucho problema montarla, ante la atenta mirada de la rubia.

—Bueno, la ventana, mejor así —dijo bajando la persiana levemente, de modo que entrase poca luz pero natural—. Voy a salir para que se quite la ropa.

—Uy qué descaro —bromeó ella. Ulrich no dijo nada. Estaba acostumbrado a que de vez en cuando, alguien hiciera aquella broma—. No tardo, te aviso.

Salió al pasillo a aguardar. Se puso la bata y dejó el móvil en vibración. No le gustaba apagarlo, pero no podía dejar que aquello sonase en medio de la sesión. Él era una persona responsable. Se ajustó el cinturón en el que dejaba el bote de aceite y en ese momento oyó la voz de Nadine llamándolo. Se echó el móvil al bolsillo trasero y entró.

Ella había sido tan obediente que al quitarse la ropa había olvidado taparse las nalgas, y le aguardaba bocabajo. Era algo bastante común. Ulrich vadeó la camilla, tomó la toalla que la mujer se había olvidado en el sofá, y le cubrió las posaderas.

Por principio, Ulrich jamás hablaba durante las sesiones, salvo que la persona a la que atendía fuese dicharachera. Y desde luego, ese parecía ser el caso de Nadine, que no aguantó más de dos minutos de masaje antes de empezar una conversación. Lo bueno fue que no elevó mucho el tono de voz. El alemán sabía que no podía trabajar con ruidos fuertes.

—¿Hace mucho que te dedicas a esto?

—Sí, hace bastante. De hecho, tengo mi propia clínica de masajes en la capital. ¿No la conoce?

—Creo que me suena. Pero desde luego, no olvidaría si me hubiera hecho un masaje un chico tan guapo como tú.

Ulrich sonrió pero no dijo nada. Nadine le parecía un poco atrevida, pero no era la primera vez que alguna de sus clientes le tiraba los trastos. Bueno, y alguno también lo había hecho. Las primeras veces había sido bastante más incómodo, pero actualmente estaba curtido. Además, seguro que la mujer simplemente estaba nerviosa. Se notaba por como tenía la espalda que pocas veces había recurrido a hacerse un masaje. Trabajó sus músculos con cuidado. De vez en cuando ella soltaba algún ruidito. ¿Gemía? Qué mujer tan rara.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —murmuró Nadine. A pesar de lo que le gustaba hablar, se veía rendida ante las habilidosas manos de Ulrich y estaba en cierto estado de sopor.

—Claro —dijo él, sin dejar de trabajarle la columna.

—¿Nunca has pensado en hacer… masajes eróticos?

—No es la primera que me lo pregunta —comentó él. Seguía tranquilo—. No, nunca me ha dado por ahí. No podría dedicarme a ello.

No era una mentira. Ulrich había hecho masajes eróticos a todos sus amigos del acuerdo. Y por supuesto, todas aquellas sesiones habían derivado en el maravilloso sexo. Pero jamás había cobrado por aquellas "citas". Simplemente se lo había pasado bien de una forma diferente. Y por supuesto, jamás daría esos masajes a alguien de fuera del acuerdo. Cualquier toque sexual con alguien ajeno sería una traición hacia Yumi.

—Pues estoy segura de que tendrías tu agenda de clientes —volvió a murmurar la mujer—. Tendrías trabajo asegurado…

—No creo que ese trabajo esté legalmente remunerado —bromeó Ulrich—. Ya nos queda poco para terminar. Si se da la vuelta…

Nadine giró sobre su cuerpo y dejó que Ulrich completara aquel masaje. El chico estaba tan concentrado en su trabajo que no se daba cuenta de los ojos suplicantes con los que le miraba ella. Pero incluso si los hubiera percibido le daría igual. No iba a hacer nada con esa mujer. Ni con ninguna. Remató el masaje y dejó que ella se recuperase y se levantara a su tiempo, mientras él salía de la sala y de despojaba de la bata.

Envió un mensaje a Yumi. Un simple "Te quiero". Pero lo envió. Volvió a entrar al salón cuando Nadine ya se hubo vestido, si podía llamarse así al acto de ponerse una bata por encima del cuerpo. Sacó el dinero de un jarrón que tenía, y se lo tendió a Ulrich. Este lo contó y asintió. Luego plegó la camilla.

—¿Puedo volver a contar contigo?

—Claro. Espere que revise… —sacó el teléfono y abrió la agenda—. Tengo toda la semana ocupada… pero podría ser la que viene, mismo día, misma hora.

—Me parece perfecto —dijo ella—. Un placer, Ulrich, me siento como nueva.

—Me alegro de ello. Nos vemos la semana que viene.

Ulrich supo que Nadine no dejó de mirarle en todo el rato que tardaba en cargar de nuevo la camilla en el coche y meterse dentro. Puso la ruta en el GPS. Dos calles de distancia. Poca, pero estaría loco si se arriesgaba a ir con la camilla por la calle. Sería él quien necesitase un masaje en ese caso.

Sissi se había despertado un poco tarde para su gusto al final. Pero no estaba mal. Al fin y al cabo, en aquel sitio había poco que hacer. Vio el mensaje de Yumi ofreciéndo la clase de yoga. Pero no le apetecía mucho y probablemente ya hubiera concluído. Se extrañó al no ver a Javier a su lado, y luego recordó que ese día tenía que ir a Kadic. Pues nada, la mañana para ella sola.

Se puso ropa cómoda y bajó a desayunar. Un café solo con tostadas. Se calzó con unas deportivas y salió a la calle. Aspiró el aire puro de aquel sitio. "Una urbanita como yo enamorada de este pueblo. Quién me lo iba a decir", pensó mientras caminaba. Recordó mentalmente dónde estaban las casas de sus amigos. Seguro que la mayoría no se encontraban en casa. Tal vez pillaría a Aelita en casa… Pero no, al pasar por delante de su ventana no la vio. Claro, seguro que estaba haciendo yoga. Recordó fugazmente el polvo que habían echado en el ayuntamiento y salió del pueblo.

No tardó mucho en llegar al lado del río, donde se ensanchaba por varios metros. Era un sitio tan bueno que habían acordado hacer una barbacoa allí un fin de semana no muy lejano, antes de que el frío empezase a apoderarse del ambiente. Sería una pena aquello.

—Buenos días, señorita —dijo una voz serena.

Sissi se giró para ver a un hombre muy bien vestido. Era indudablemente mayor, pero no tanto como para considerarlo un anciano. Vestía un traje gris, pero su aspecto no imponía como si tuviera delante al ejecutivo más importante de alguna empresa. El pelo abundante revelaba que había sido negro como el azabache en otra época, pero ahora las canas habían empezado su irremediable invasión. Llevaba un bastón, pero no lo usaba para caminar, como pudo comprobar.

—Hermoso día, ¿verdad? —preguntó.

—Muy hermoso —dijo ella, mirando de nuevo el cauce del río.

—Es extraño ver a alguien por estos caminos. ¿Sabe usted que aquel pueblo se encuentra abandonado?

—Ya no —respondió Sissi—. Lo han repoblado. Bueno, lo hemos repoblado. Me he mudado a vivir allí.

—Oh, entonces somos casi vecinos. Me llamo Edmond, señorita —dijo él, y le tendió la mano. Ella devolvió el saludo, y se sorprendió al ver que el señor hacía una ligera reverencia hacia ella—. Vivo ahí al lado, en una finca. Suelo darme paseos por la zona. Normalmente no me acerco aquí porque no vivía nadie.

—Bueno, pues ya puede venir sin miedo a perderse —bromeó Sissi—. Lo único malo es que no tenemos comercio. Hacemos un viaje en fin de semana para aprovisionarnos.

—Ah, la gente de ciudad. Aquí la vida es más tranquila que eso normalmente. Vamos a comprar cuando hace falta, día a día. Pero bueno, son dos estilos igual de respetables.

Sissi asintió. Aquel tal Edmond le resultaba agradable en el trato.

—¿No me enseñaría el pueblo, por casualidad? Como digo, no suelo venir por aquí y normalmente me desvío hacia el este. Entrar en un pueblo abandonado me daba reparo.

—Sin problema, pero ya le advierto que no hay gran cosa que ver.

—Bueno, me conformo con un buen paseo y una compañía agradable —dijo él—. ¿Andamos?

Ella asintió y se encaminaron hacia el pueblo. En ningún momento Edmond pretendió tocarla de modo alguno, ni siquiera ofreciendo su brazo para que le acompañase. Simplemente andaron hasta la entrada del pueblo, que el hombre valoró como ciertamente mejorado.

—Aún recuerdo la última vez que vine. La mitad de las paredes estaban que se caían. Y de hecho, esa casa…

—Esa aún no está habitada —le indicó la chica—. Hemos estado reformando aquellas en las que vivimos, claro. Y si se venden más casas, supongo que también las reformarán.

—Pues os han quedado muy bien. Parece ahora más acogedor, incluso habiendo poca gente…

—Muchos de los que han venido trabajan. Yo ahora tengo ingresos por la academia de mi familia, así que solo voy una vez por semana y el resto a descansar.

—Es un buen plan de vida, aunque espero que tengas algo que hacer para no aburrirte.

—Siempre hay algo —dijo ella.

Y justo en aquel momento, en que en plena subida por el ayuntamiento (por una leve desconfianza, no había subido por la calle que desembocaba en su casa, sino por la opuesta) estaban pasando al lado de casa de Yumi. Y en el pequeño jardín estaba la japonesa, Aelita, Laura y Odd en plena clase de yoga. Emily, con la carita desmejorada, se limitaba mirarlos.

—Vaya, la perezosa —bromeó Yumi—. ¿Te apuntas?

—No, gracias. Le estaba enseñando esto a Edmond, es un pueblo del otro vecino.

—Encantado, señoritas. Y caballero —añadió mirando a Odd.

—¿Cómo te ha dado por el yoga? —le preguntó Sissi al rubio.

—Por el buen culo que me hacen las mallas —bromeó este, sin tapujos.

—Bueno, seguimos. Que lo andéis bien —se despidió Yumi.

Pero antes de que pudieran continuar la clase, a Aelita le sonó el teléfono. A aquellas horas, era raro recibir una llamada. Sería algo importante, Jeremy con toda probabilidad. Pero no. En la pantalla aparecía "Lorraine Puig". Era la jefa de Recursos Humanos de su anterior trabajo. Por un momento, se pensó si debía descolgar o no. Hacerse la despistada. Pero consideró que no estaría bien hacer eso. Se excusó con el grupo y se alejó para hablar con Lorraine.

—Buenos días.

—Hola, Aelita. ¿Cómo estás? —preguntó Lorraine. Aquella mujer no estaba allí por casualidad. Sabía escoger las palabras y el tono de voz adecuado para cada situación, había mediado en varios conflictos de empleados e incluso comunicado los despidos de la forma más delicada posible. Ese día, el tono de conversación empezaba cercano.

—Pues bien. Disfrutando del cambio de aires, creo que me hacía falta —respondió Aelita con sinceridad.

—Me alegro. Tienes que decirme dónde estás, querría pasarme algún día a tomar un café.

—Estaré encantada —dijo la pelirrosa con sinceridad. Simplemente esperaba el momento en que empezase la verdadera razón de la llamada.

—Escucha… me quedé muy preocupada cuando me enviaste la carta de dimisión —y ahí empezaba—. Sobre todo el hecho que te limitases a agradecernos todo el tiempo que habías trabajado con nosotros, pero… sin darnos ninguna razón para querer abandonar.

—Mis motivos son personales —Aelita intentó controlar el tono de voz. No quería irritarse, pero que intentasen indagar en sus causas le molestaba tanto como una picadura de mosquito en el culo.

—Mira, nos conocemos desde hace muchos años. Si ha ocurrido algo que yo pueda arreglar…

—No hay nada que arreglar. Simplemente he querido aprovechar el cambio de aires para hacer otros cambios con mi vida.

—¿Te ha acosado algún compañero? ¿Crees que te hemos pagado demasiado poco? Sea cual sea la razón lo podemos arreglar. No nos gusta perder a alguien con tu valía.

—Agradezco tus palabras, de verdad. Pero no es nada de eso. El trato siempre ha sido exquisito. Si te sirve de algo, me notaba asfixiada. Quería cambiar, simplemente. Quiero decidarme a otras cosas, voy a escribir una novela.

—Y me encantaría que tu experimento saliera bien. De verdad que sí, espero verla pronto en las librerías. Pero piénsalo bien. Es muy arriesgado…

—Dinero tengo de sobra —aseguró Aelita—. He trabajado por gusto. Y ahora he decidido no trabajar. Espero que lo entiendas.

—Por supuesto. Si cambias de idea… bueno.

—¿Bueno?

—Me gustaría decir que las puertas estarán siempre abiertas para ti. Pero que alguien se vaya no gusta mucho. No sé por cuánto tiempo podrías recuperar tu antigua plaza…

—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

—Te deseo buena suerte, de veras —Lorraine sonaba sincera, pero era experta comunicándose y podría haberse dedicado a las artes escénicas si hubiera querido por lo brillante de sus interpretaciones—. Pero sigo queriendo ese café.

—Ya te diré cuando quedar. Hasta luego, Lorraine.

—Hasta luego, Lita.

"Lita". Sólo le hablaba en esos términos cuando no ponían el organigrama de la empresa de por medio. La pelirrosa se guardó el teléfono, algo dolida por aquella repentina presión. Y no solo aquello. Había una leve mancha de mentira en lo que le había dicho a Lorreine. Y es que no había sido capaz de empezar la novela.

Hacía muchos días en que había empezado a tomar notas de lo que iba a escribir. Detalladas notas de los personajes que iban a aparecer, sus historias entrelazadas, incluso se había documentado de algunos sitios de la frontera francesa que le serían útiles para la narración. Pero cuando se había puesto delante del ordenador, no había sido capaz de empezar a narrar. Ni siquiera había nombrado el título del primer capítulo. No era tan importante, podía llamarlo "Capítulo 1" a secas, pero ni una simple oración había parecido lo bastante buena para empezar a escribir. Ni en silencio, ni con música de fondo, ni con una película a bajo volumen, ni dentro ni fuera de casa. Las palabras se negaban a salir de su cabeza.

Volvió con su grupo. Evitó sin querer la mirada de Laura. Se sentía culpable. Ella, que no quería trabajar, le seguían ofreciendo su antigua plaza, mientras la otra había perdido su empleo y no le llamaban para que ocupara la vacante que había dejado. Era terrible. Le sonrió tímidamente, y continuaron su clase improvisada.

Como había dicho, Ulrich no llegó a casa hasta pasada la hora de comer. Yumi ya había acabado, pero le gustaba la compañía de su marido, y se sentó con él a la mesa mientras charlaban. La televisión estaba encendida por pura rutina, pero no tenían el sonido activado.

—¿Qué tal la ruta de hoy? —preguntó Yumi mientras degustaba una copa de vino.

—Pues bien. Tengo los brazos cansados, pero es gratificante. Mañana tengo apenas una cita solo. ¿Te apetece que vayamos a algún sitio?

—Sí. Improvisemos algo —dijo ella—. ¿Y qué? ¿Alguna pueblerina de buen ver que te haya tentado? —bromeó.

—Ahora que lo dices… creo que hoy me han lanzado la caña —Ulrich se acababa de acordar de Nadine—. La señora fue bastante graciosa. Me preguntó si no me había planteado hacer masajes eróticos a domicilio.

Se rió, y esperó que Yumi coincidiera en la risa, pero para su sorpresa, ella apenas mostró una sonrisa que parecía una mueca burlona. Diablos. No podía ser que se hubiera enfadado por aquello.

—Yumi… sabes que soy incapaz de ponerte los cuernos, ¿verdad?

—Sí. Claro que lo sé —dijo secamente.

—Pues no lo parece.

—La culpa es mía… no debí preguntarte, no me gusta imaginarte en esas situaciones —se levantó y llevó el vaso al fregadero.

—Escucha —Ulrich se había levantado y estaba a la espalda de Yumi. Con cuidado, probó a rodearla con los brazos, y al ver que ella no le rechazaba, le dio un abrazo—. Espero que lo sepas. Con nadie fuera del acuerdo. Incluso de ahí podemos irnos si queremos.

—Lo sé. Simplemente, no me gusta que te echen así la caña. No se puede evitar. Me casé con un hombre muy atractivo —dijo ella suavemente—. Me reconforta saber que sigues pensando así.

—Contigo antes que con cualquier otra persona.

Le dio un suave beso en la mejilla. Ella se volteó y se quedó un rato entre los brazos de él. Y a pesar de lo que le había dicho, le encantaría "conocer" a aquella cliente.

Por su parte, William había regresado temprano. Su oferta del taller por la zona no había prosperado tanto como el negocio de Ulrich, pero los ingresos de la ciudad mitigaban la situación. Por el contrario, se había enterado de cierta noticia en uno de los pueblos cercanos.

—¿Pastorear? —preguntó Laura, un tanto incrédula.

—El hombre que se ocupa de los robaños de la zona se encuentra un poco mayor —explicó William—. Según me han contado, necesita que lo suplan un par de veces por semana… Sé que no es el trabajo que más gracia te hace. Pero pensé que tal vez querrías mantenerte ocupada.

Sacó un papel del bolsillo.

—No he dicho nada de que vaya a llamarle —dijo, tendiéndole la nota a su mujer. Era un número de móvil. Por la numeración, llevaba muchos años en activo—. Ni que fueras a llamar tú. Pero pensé que tener la opción estaría bien.

Dudosa, la rubia tomó el papel en su mano. A pesar de lo que había hablado con Jeremy, no había recibido oferta alguna. Y además, tampoco encontraba alternativas. Sissi ya le había ofrecido impartir clases en Kadic, pero no se veía capacitada para la docencia. A ella le gustaba investigar, no explicar. Sacó el móvil del bolsillo, con mucho cuidado y marcó el número.


¡Hola a todos! Resulta placentero a la par que extraño publicar con esta frecuencia, pero me encanta poder hacerlo :D Espero que el capítulo os haya gustado. Sé que no ha habido lemmon, pero ya ha sido bastante extenso. En el siguiente sí habrá ;)

honter11: ¡Gracias! No, no me olvido, será el siguiente one-shot que publique. Prometido ;)

Moon-9215: Esto para cuando en la serie siempre tienen la misma edad, imaginarlos crecidos es muy complicado xD

DemonElAbogadoOscuro0722: Lo es, lo es ;) Aunque de momento va a tener poco peso en la trama. De momento XD Me alegra que te guste el capítulo. Y tu fanatismo con Yumi... Tal vez deba hacer un lemmon de ellos dos :P

Me despido por lo pronto. Espero que nos veamos por aquí pronto de nuevo con el cuarto capítulo. Lemmon rules!